Destellos de una historia de grandeza

Destellos de una historia de grandeza Mateo Martínez estaba tumbado en su cama, observando el río Guadalquivir por los amplios ventanales de su habita...
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Destellos de una historia de grandeza Mateo Martínez estaba tumbado en su cama, observando el río Guadalquivir por los amplios ventanales de su habitación. Era Mateo un hombre de unos cuarenta años, es decir, de los nacidos alrededor del 2015, y un próspero empresario sevillano. La razón de que estuviera abstraído en sus pensamientos a una hora tal como las once de la mañana de un lluvioso día de noviembre, es que aquel en concreto era domingo, y por tanto su empresa, Softech, estaba cerrada. Él y sus veintiséis trabajadores desarrollaban programas informáticos para empresas muy asentadas en el sector, como Stratocorp, creada a principios de 2020, o Cloud Solutions, del 2024, todas ellas multinacionales. Entre su obra se encontraba un programa que estaba siendo clave en el desarrollo de un agujero de gusano artificial controlado, que podría llegar a hacer posibles los viajes en el tiempo. Ese programa lo pidió la Junta de Andalucía para la Universidad de Sevilla, y el proyecto se estaba llevando a cabo en el Centro Nacional de Aceleradores, que había adquirido mucho prestigio internacional últimamente. Mateo se quedó pensando en ese programa en concreto, porque era la razón de que esa tarde de domingo tuviese que ir al Centro Nacional de Aceleradores, ya que le habían anunciado que el proyecto estaba casi terminado y querían que presenciara su primera prueba. Le acompañaría Blas Gutiérrez, su mejor amigo desde la Universidad, que trabajaba también con él en Softech. Finalmente, se levantó de la cama y abrió el armario con un gesto, que los sensores de movimiento de la habitación reconocieron. Hoy, el ordenador del piso le sugirió una camisa blanca, una chaqueta y unos pantalones vaqueros, junto con unos náuticos marrones. Aceptó la sugerencia y, mientras se vestía, ordenó a los sistemas de la cocina que le fueran haciendo una tostada con jamón y un café. Todos los sistemas de la casa habían sido diseñados por empresas andaluzas, que habían entrado en auge a

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partir del 2030, cuando el Parlamento de Andalucía había publicado en el BOJA el incremento de los fondos para el fomento del I+D+i como nuevo motor de desarrollo de la región, aunque el turismo todavía siguiera siendo importante. Así pues, Mateo desayunó, se preparó y se puso las lentillas informáticas. Eran estas un dispositivo que 2

se empezó a desarrollar en 2012, y que tenían una pantalla transparente de cristal líquido que podía mostrar información tridimensional ante el usuario, con la que este podía interactuar. Las lentillas le informaron de que hoy tenía que ir a la prueba del túnel del tiempo, y él desechó esta información con un vago gesto de la mano. “Como si no lo supiese, después de haber incluso soñado con ese maravilloso avance potencial para la ciencia”, pensó él. Finalmente, se puso los microauriculares, que estaban conectados con las lentillas, tras las orejas, y salió a la calle. El paseo de Colón estaba muy transitado normalmente, pero a esta hora de domingo sólo el nivel inferior tenía circulación. Los niveles superiores, hechos de un material plástico transparente muy resistente, sólo se usaban cuando los inferiores empezaban a saturarse. Se escuchaba el leve zumbido de los motores de hidrógeno de los coches. Mateo entró en el suyo y se incorporó al tráfico. Recogió a Blas frente a la Maestranza, y siguieron su camino. -Bueno, Blas -preguntó Mateo-, ¿listo para presenciar un paso de gigante en la Ciencia? -Por favor, Mateo, sabes que yo siempre estoy listo para los avances científicos. -¡Esa es la actitud! Estoy deseando llegar, pero antes tengo que pasarme a recoger a Clara, que acaba de llegar de Nueva York. Los del Centro de Aceleradores dijeron que ella también podía venir si quería. -¿Tu mujer también viene? -¡Pues claro, sabes que es física! Ella nos podrá explicar mejor cómo va esto.

Así que pasaron por el aeropuerto y recogieron a Clara, una mujer de un año menos que Mateo, de metro setenta de estatura y una melena castaña que le llegaba a la cintura. Mateo le dio un beso y volvieron al coche, encaminándose, ahora sí, a la Cartuja. Llegaron poco después de mediodía, así que aún tenían tiempo antes de la hora del 3

experimento. Pararon en la cervecería Raimundo, un clásico local con ese típico olor a boquerón en adobo y a tortilla de patatas, y pidieron unas tapas para almorzar. Cuando quedaron satisfechos ya eran casi las dos, y el experimento era veinte minutos más tarde, así que cogieron sus chaquetas del coche y fueron dando un paseo, ya que no iban demasiado justos de tiempo. Cuando alcanzaron a ver el edificio, una moderna construcción de ductal, fibra de carbono, partes plásticas y mucho cristal, todo introducido en una reforma que databa del 2047, entraron por su puerta. El equipamiento también era muy novedoso, con aceleradores de partículas del tamaño de un piano, un gran avance con respecto a su homólogo holandés, el único otro acelerador de partículas equiparable, pero que ocupaba el espacio de seis campos de fútbol. Entraron todos en el laboratorio, teniendo para ello que ponerse un traje de material antirradiación, transparente y ligero, que había en unos armarios blancos a la entrada. Dentro había cinco personas con bata blanca de científico, tres hombres y dos mujeres, que los saludaron. -¡Oh, bienvenido, señor Martínez, bienvenido -exclamó una de las mujeres, una señora de unos cincuenta años, entrada en carnes, con un jersey bajo la bata-, le esperábamos más tarde! Pero bueno, llegar temprano no hace daño a nadie, supongo. Ella debe ser su esposa, y él su amigo, el señor Gutiérrez, ¿no es así? -Correcto, señora, le presento a mi mujer, Clara, y a mi amigo, Blas.

-¡Un placer, un placer! -respondió la mujer, evidentemente excitada-. Mero escepticismo científico, no damos nada por hecho hasta que tenemos pruebas irrefutables. Les presento a los doctores Thomson, Domínguez, Rodríguez y Medina, mis queridos colegas, ¡y yo soy Sara Ramos! -Se saludaron-. Bueno, pues hechas las 4

presentaciones, ya solo queda la primera prueba con humanos, que es para lo que están ustedes aquí. -Un momento, señora,-intervino Mateo-, ¿no estará insinuando que las van a llevar a cabo con nosotros? -¡Justamente! ¡Allá vamos! Y antes de que Mateo pudiese replicar, un haz de luz blanca le cegó los ojos y sintió sus piernas flaquear. Y al abrir los ojos el laboratorio había desaparecido. En su lugar, Mateo, Clara y Blas estaban de pie en una burbuja transparente, a unos doscientos metros del suelo. Pero lo que veían no era Sevilla. Era Cádiz, pero no la de su tiempo, sino una Cádiz antigua, de edificios bajos y encalados. Y flotaron rápidamente hacia el oratorio de San Felipe Neri, donde presenciaron atónitos el momento en el que se declaró la Constitución de 1812, la Pepa. Y hubo otro destello, y estaban en Sevilla, pero una Sevilla que parecía aún más antigua que aquella Cádiz, y se dieron cuenta anonadados de que por el río Guadalquivir circulaban enormes barcos cargados de oro y recursos preciosos, y que el Archivo de Indias estaba nuevo, y que la Catedral aún estaba en construcción, aunque ya casi acabada. Y otro destello, y estaban en Isbiliya, la Sevilla musulmana, y la Catedral había sido sustituida por la Mezquita Mayor, un edificio magnificente, con el Patio de los Naranjos lleno de hombres purificándose, y la Giralda que lucía banderas verdes con la media luna árabe. Y otro destello más, y se hallaban en Hispalis, la Sevilla romana, con su acueducto nutriéndola de agua, y con

edificios de ladrillos, con ocasionales templos de mármol, incluso con Itálica visible en lontananza. Y otro destello más, y estaban en un campo verde, con el Guadalquivir cruzándolo, y vieron a cámara rápida cómo un grupo de personas se asentaba en un lugar de este campo, los tartessos. Y otro destello, más largo y esta vez azul, y 5

presenciaron la Córdoba de inicios del siglo XX, con el río Guadalquivir también surcándola, y descendieron hasta el Círculo de la Amistad, y allí Blas presenció a su tocayo, Blas Infante, triunfal tras haber logrado el Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Autonomía de Andalucía. Hubo otro destello azul, y se encontraron de nuevo sobre Sevilla, casi de su tiempo esta vez, y de noche por primera vez en todo el trayecto, con una Cartuja muy animada, y una línea de AVE y autopista recién abiertas, muy transitadas: era la Sevilla de la Exposición Universal de 1992, con bullicio audible incluso desde la burbuja y luces que surcaban la noche como lanzas, iluminando toda la ciudad. Y con otro destello estaban de nuevo en el que ahora parecía no más que un triste laboratorio, con aparatos y ordenadores con cientos de lucecitas. Sara estaba mirándolos sonriendo. -Ha sido… Y había… Y hemos visto… Y era… -intentó explicarse Mateo. -Lo sabemos -respondió Sara-. Ya habíamos hecho pruebas con otras personas, incluso con nosotros mismos, antes que con usted. Lo que ustedes han presenciado es un recorrido por algunos de los momentos más importantes de la historia de Andalucía, y en particular, de Sevilla. Han visto ustedes momentos y periodos históricos de importancia no sólo para el pueblo andaluz, sino para el resto de España y del mundo. Han visto momentos que unirían a Andalucía, otros que le darían esplendor, incluso el momento de la redacción del primer proyecto de Estatuto de Autonomía andaluz, pero lo que mi equipo y yo les hemos mostrado es, sobre todo, el pasado de un pueblo que, a

lo largo de la Historia, ha sido grande, y que sigue siendo grande. Ahora depende de los jóvenes seguir escribiendo esa Historia de grandeza, y de llevar nuestra tierra, nuestra gran tierra, a un futuro cada vez mejor.

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Mario Bizcocho González Centro Itálica, Sevilla