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."^(A /os de abajo.) -Él es, y

que importa poco que »

— Es

al

cabo y

al fin

ha de con-



confiemos

le

el

nuestro.

verdad -contestaron abajo todos

»y, diri^^icndose á »

como

por apoderarse de todos los secretos de este palacio, creo

cluir

¿Conque, por

has acogido

á la

ms

continuó

el

de ar.iba.

has tenido miedo

lo visto,

del t:mb'or y te

Alhambra?

»Por cuyas palabras comprendí que acababa di verificarse

un movimiento subterráneo, cuyos efectos me eran entonces desconocidos; pero viendo que yo no hice más que una inclinación de asentimiento con »

—Has hecho

cabeza, siguió diciéndome:

la

donde más seguro

bien; aquí es

los españoles, vencedores de los árabes,

no

les

justicia.

do de

débil la fábrica de este palacio sin verlo

moros

la

Vosotros

habe'is

nunca

Sobre todo, vuestros arquitectos, que han tacha-

hecho

ojos de

estás.

más que con

los

cara, y sin que siquiera se les ocurra que los alarifes

lo hicieron así

porque

así,

y no de otro

modo, debía

fabricarse en este cerro, sacudido continuamente por

los

terre-

motos. Nosotros, que poseemos todos los secretos y compren-

demos todos apreciamos

somos

los primores de su construcción,

los que

la parcialidad y la ligereza de vuestros juicios.

»_Pero, ¿quienes sois vosotros?— exclame' yo

sin

poder

contener mi curiosidad..

>— ¿Eres

un poeta cristiano injerto en moro, nos estás viendo

y no nos conoces? Nosotros somos los gnomos de la Alhambra; habitamos bajo la tierra de sus cimientos, dentro de su

montaña

roja y

cuidamos de su conservación y sostén,

previ-

niendo las averías con que los terremotos pueden perjudicarla. Si vuestros arqueólogos y vuestros Gobiernos cuidaran de sus

preciosos restos, tica

como su

valor merece y

como

la

gloria artís-

de España exige, ya estaría por tierra esa monstruosa prue-

ba de

la

barbarie de conquistador de Carlos

1,

que,

como todos

los conquistadores, hizo una barbaridad derribando los pabello-

nes de invierno del alcázar moro para hacer ese babilónico picadero, que no ha servido

más que para

circo de las ratas á

su VIDA Y SUS OBttAS

li

uicncs perseguimos sin cesar nosotros para que no minen por

debajo lo que aquel loco flamenco dejó en pie por casualidad arriba

¡Diantre!

»

grran

leí

')

— exclame'

yo

casi

escandalizado— ¿Así hablas

Emperador Carlos V?

-Amigo,

los

moradores de bajo

guardar consideraciones,

no tenemos por qué

tierra

menos

ni

adular, á los de encima

Ese cuadro de piedra no es más que un padrón de ignominia para tu Emperador cinco veces primero, puesto que quinto, y

la

Alhambra es una estancia regia

especialmente construida, que

merecía

ni

que

la

noble y tan

tan

desatinado Emperador, que tuvo que meterse á

ministración en que se había metido, ni

llamáis

atropello de aquel

el

saber por dónde salir de los atolladeros de

le

fraile

la política

merece

por no

y de

la

ad-

desdén con

el

miran los arquitectos y anticuarios, que no conciben

solidez ni belleza

más que

en las macizas columnas y los án-

gulos y líneas recías de las reglas del clasicismo arquifecíural.

Ven, ven con nosotros y verás lo que es

muros, que parece.i de

tierra

la

Alhambra. Esos

colorada para hacer cántaros, son

de un horm gón ían sólida y científicamente cementado y arga-

masado, que se estos

muros

petrifica casi al

petrificados

como

mismo tiempo que si

fueran de una sola pieza los

rajan los terremotos y los proyectiles; pero ni

se seca; y

no los desmoronan

pulverizan, porque su fuerza de resistencia tiene su

todos sus átomos, cuya adhesión, cuando cede á separa los dos trozos hendidos

como

los

la

apoyo en hendidura,

dos pedazos de una

aspada, que salta, pero no se hace cachos..

«Ven ahora á inspeccionar

la

débil arquería de los

empletes y galerías del patio de los Leones. arcos calados de ligero aire, ni

Je

pesan

ni

aéreos

¿Qué ves en esos

estuco, que no oponen resistencia al

gravitan sobre sus blancos pilares de

Macael? ¿Qué ves?

No son

arcos, que no son

mármol más que mar-

ensamblados y claveteados con

cla-

/os y tarugos cementados que se agarran y se unifican con

las

zos de cedro perfectamente

Ibras del maderamen, de

i

modo que

aquí no hay

más que

las

Zorrilla

lá líneas y

ángulos rectos de

la

ensambladura y clavazón de ese

maderamen, que pesando poco y ensamblado perfectamente sufre el

movimiento de

fibrosas se cimbran

poco peso de

trabes de cedro no rinden ni quiebran sus

pesan; y esos arcos fingidos,

porque las maderas

sin peligro;

la tierra al hilo, el

las

bóvedas y arqui-

machones porque no

que sólo están encuadrados en

sus marcos, cabecean pero no se derrumban porque todos los

empujes y

resistencias de los ángulos y líneas rectas se

las

contrarrestan y se equilibran, y así está construida

Alhambra

la

por los moros, que sabían mejor que los cristianos qué pisaban.

Conque

tierra

adiós, que tenemos que tapar y cegar los hue-

cos y hendiduras que los gases y

el

arrugamiento que en

el

globo produce su paulatino enfriamiento han producido esta

noche en

cerro de

el

»yo no

sé,

ciAL», cuándo,

cómo,

trepó por

el

la

Impar-

jefe

me

capa.

pareció

el

que para hablarme

Ya hacía más de una hora que

horizonte; ya sus rayos doraban las torres

Vela y de Gomares, y ya los pájaros llenaban de armonía

selva de los

la

el

El

porqué se fueron y me dejaron aquellos

ni

embozo de mi

sol estaba sobre

de

Alhambra y Torres Bermejas.

cuyo

cien hombrecillos,

el

la

mi querido director de «Los lunes de

avellanos,

cómo me

darme cuenta de conserie

me

cuando yo me desperté

sin

había dormido en una

silla

tenía siempre puesta en

>Pero á mí no

me

sacará nadie de

el

la

poder

que

el

camarín de Lindaraja cabeza que yo anduve y

conversé con aquellos mirmidones, y que este pensamiento

consolador de

la

solidez y seguridad del palacio árabe que yo

envío en las columnas de El Imparcial á los granadinos,

metieron en

lo

Alhambra.»

el

cerebro aquella noche los

gnomos

de

me la

gada; tú verás

si te

conviene venir á consolar á

la

madru-

tu afligido padre.

»JosÉ»

>No puedo

decir lo que sentí ni lo que hice en aquel

momento.

«Aquella noche rompí mis contratos y retiré las palabras

dadas á los editores franceses; y á

la

mañana

siguiente,

piendo con mi porvenir, emprendí mi vuelta á España y terno hogar, cuyas puertas ser

me

romal

pa-

abría la muerte por la tumba

del

más querido de mi corazón. •Dejé á Freyre llorando en la estación, y repitiendo lo que

desde

el

día anterior

le

había oído rezungar muchas veces por

Zorrilla

24

lo bajo: «Sí, dicen bien las gitanas

de Triana: que

'diablo

el

anda ziempre entre

quien inventó loz ezpejoz, y que

ez

azogue

el

é zuz criztalez.»

»yo del

viendo á

partí

de mi espejo roto

trave's

el

rostro adorado

cadáver de mi madre, cuyo último suspiro no me había per-

mitido recojer Dios».