EL NOVELISTA ERRANTE. una novela de. José Jurado

EL NOVELISTA ERRANTE una novela de José Jurado Título: El novelista errante Autor: © José Jurado Ramos I.S.B.N.: 84-8454-404-4 Depósito legal: A-82...
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EL NOVELISTA ERRANTE una novela de

José Jurado

Título: El novelista errante Autor: © José Jurado Ramos I.S.B.N.: 84-8454-404-4 Depósito legal: A-82-2005 Edita: Editorial Club Universitario Telf.: 96 567 61 33 C/. Cottolengo, 25 - San Vicente (Alicante) www.ecu.fm Printed in Spain Imprime: Imprenta Gamma Telf.: 965 67 19 87 C/. Cottolengo, 25 - San Vicente (Alicante) www.gamma.fm [email protected] Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright

1 La suerte es esa cosa abstracta que parece ordenar el destino de la gente, por la que algunos se hacen millonarios sin haber aprendido a hacer la o con un canuto pero sí la x para tachar números racionales y correlativos. Es esa fuerza con la que son bendecidos por el destino muchos impresentables, a los que se les aparece, unas veces en forma de braguetazo con la hija rica y fea del jefe, o de “bragazo” con el inútil hijo economista del presidente de un consejo de administración cualquiera; o tras un ascenso merecidísimo después de muchos años de peloteo y servilismo, y también es, por qué no, ese nadar en millones tras una tromboflebitis aguda que se llevó por delante a un desconocido tío indiano. Pero otras veces la suerte no es más que una vil tapadera de maldades. ¡Cuánta suerte tienen algunos ladrones de guante blanco para los que el azar es extraordinariamente generoso! Pero las evidencias, tozudas, no hacen más que denunciar tenazmente que su fortuna y su inteligencia no son otra cosa que el botín de negros negocios, que arruinan la vida y la dignidad de las personas. La suerte, dicen algunos, no es otra cosa que la inteligencia de los mediocres, la puerta falsa por donde se cuelan la mezquindad y el engaño. La suerte, al parecer, hay que buscarla, al menos eso suelen decir algunos, pero entonces, cuando nos explican cómo la buscaron y las circunstancias en las que la encontraron, nos 3

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descubren que la suerte tiene mucho que ver con el trabajo, la constancia y el sacrificio y muy poco con la generosidad de los hados. También está la mala suerte, el mal fario, el infortunio, pero éstos no necesitan que nadie los busque, se presentan solos en la vida del hombre; por eso hay gente a la que todo le sale mal -que tienen mala suerte– y no tienen mala suerte una vez, la tienen muchas veces, y entonces decimos con resignación: Las desgracias nunca vienen solas. Son esa gente a los que se les muere la suegra, se les inunda el piso y les roban el coche al mismo tiempo. Claro que de esas calamidades, hay quienes piensan que tienen la culpa los astros y no la mala suerte. Otras muchas veces, con las desgracias de unos tiene mucho que ver la fortuna de otros. Es algo así como la antigua canción de Jarcha: “Eslabón que a mí me sueltan a otro se lo apretarán”. Jaime Palomares se tenía por un gafe, porque los gafes existen, y no es algo que deba tomarse a broma –solía decir. Ser gafe es un gran problema, porque no se trata de llevar la mala suerte a los demás, es que es el gafe mismo la mala suerte. Por eso guardaba en el más estricto de los secretos aquel año en el que, sin proponérselo, sin saber el porqué, decidió hacerse socio del Atlético de Madrid, y así lo pagó el equipo: con dos años en segunda. O cuando compró aquellas acciones de Telefónica porque era la multinacional con mejores perspectivas de la bolsa. Las bajadas a partir de entonces tuvieron repercusiones internacionales y consecuencias políticas de alto alcance. Por éstos y otros pequeños contratiempos, Jaime Palomares se estaba planteando muy seriamente si no habría equivocado su carrera de escritor, y tal vez debería haberse dedicado a la limpieza de automóviles, por aquello de que cada vez que preguntaba por el tiempo, llovía. Pero la realidad era mucho más cruel que su fantasía: si existía alguna razón por la que tendría que dejar de escribir no era otra que su total y rotundo fracaso.

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Llevaba muchos años rompiendo cuartillas y todavía no había conseguido ver en letra impresa más que un libro, y mejor que no lo hubiera hecho. Había tomado la costumbre de fotocopiar sus escritos y regalarlos, y así de esta forma liberaba a aquellos textos de la condena más cruel a la que se puede castigar a un libro: el archivo ignominioso en una estantería para no ser leído jamás. Muchos de aquellos lectores, que más que lectores eran amigos, le decían luego que sus novelas eran obras de arte, pero él sabía muy bien, que en estos temas, el halago de un amigo es bueno pero poco fiable. Jaime Palomares tenía el convencimiento, tal ven infundado, de que sus novelas no habían sido leídas nunca ni por el sinfín de editores a los que se las envió con miles de ruegos y lisonjas, ni por los jurados de los premios en los que pretendió concursar, ni por los admirados genios de la literatura a los que, recordándoles la solidaridad de las artistas, les pidió ayuda para publicarlas. Pero no estaba en lo cierto. Al menos una sí que fue leída. Aquella que, tras venir devuelta por varios editores con buenas palabras y malos hechos, inscribió en un concurso literario de mucho postín, cuyo nombre no quiere olvidar; de esos a donde va la flor y nata de la intelectualidad y de la sociedad. Aquel concurso de infausto recuerdo le llegó a producir la mayor alegría de su vida, y a la par la más dura y última decepción. Tras el cual quiso huir de todo este mundillo de lo literario –porque huele a podrido, decía–, pretendiendo olvidar aquella mala experiencia y no pudiendo desprenderse de la terrible secuela anímica que le había dejado. Tampoco pudo obtener nunca la cátedra de Latín de instituto y que tantos quebraderos de cabeza le había ocasionado. Ahora, a los cuarenta y pico de años, jubilado definitivamente de su carrera de opositor perpetuo, forzado por la desgana emocional y por el cansancio físico, vivía de manera aceptable como profesor de lenguas clásicas en una de esas academias por las que parece no pasar el tiempo, que se dedican a conseguir 5

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en clases vespertinas y nocturnas, lo que los mejores colegios de pago no suelen lograr: que sus alumnos aprendan latín y griego. Había conseguido una estabilidad profesional casi perfecta: por la mañana ejercía de escritor maldito e incomprendido y por las tardes de brillante lingüista. Por suerte para él, hacía poco tiempo que había liberado a su prometida, Silvia, del sambenito de “novia eterna”, constituyendo con ella una de tantas parejas de hecho, señal inequívoca de su progresismo y modernidad, o tal vez de su esnobismo; por aquello de que los que no firman papeles se quieren más y mejor que los que pasan por la vicaría o por el altar civil del ayuntamiento. De cualquier manera, Jaime y Silvia formaban una pareja estable, bien avenida, estéticamente armoniosa, económicamente mediocre e intelectualmente rica, que habían compartido siempre puntos de vista similares en lo que a lo literario se refiere. Para él ella era su principal apoyo y su mejor crítica, y para ella él era un autor de fino estilo satírico, irónico, con una fuerte dosis de humor inteligente, aunque algo ácido y mordaz en las formas; con pluma ágil, léxico rico y de pensamientos serios y profundos, fruto de sus vastos conocimientos y su alta capacidad para la observación y la reflexión. Y del mundillo de las letras ambos pensaban lo mismo: que no era más que una especie de ser monstruoso, una viuda negra, celosa vigía de su enorme tela, dedicada a la localización y captación de mentes geniales y creadoras, para cazarlas y atarlas a su mágica y sublime maraña, y con ellas hacer una reducida nómina de escritores tocados por la gracia divina de las musas, que son los que, a la larga, conseguirán ver sus libros escritos en letras de molde, eso sí, a cambio de rendir culto y pleitesía al gran dios; ese ser todopoderoso y omnipresente al que cantara, muchos años ha, el gran Quevedo. Jaime no era ni quería ser, al menos eso repetían ambos hasta la saciedad, uno de esos escritores prostitutos; él se consideraba más bien un puto escritor, maldito a causa de su 6

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pensamiento puro, veraz e independiente, e incapaz de besar el culo del macho cabrío. -Llegará el día en el que todo el mundo reconozca tus méritos, -solía decirle Silvia con frecuencia-, aunque para ello tengamos que derrochar paciencia. El arte es así, lo que tú estás sembrando ahora nadie lo aprecia, pero dará su fruto con seguridad. Tal vez la causa del estilo flagelante de Palomares, que afectaba tanto al fondo como a la forma, y que, al parecer, era su hándicap, había que encontrarla en las circunstancias de su inspiración; pues cuando mejor escribía era cuando estaba enfadado por algo. Era como si le enardecieran los aspectos viciados de la vida, como si sus musas siempre estuvieran cabreadas; No era de extrañar que sus amigos le hubieran colgado el sambenito de: El novelista del resentimiento. Calificativo que él consideraba injusto, pues nadie llama a los poetas los escritores del agobio emocional o los místicos de la melancolía metafísica, a pesar de que muchos de los mejores poemas están escritos desde la amargura del desamor, desde la angustia de la felicidad perdida, o desde la soledad del alma por el abandono del ser amado. Él, sin embargo, se consideraba un escritor del desarraigo; el cronista de las batallas que se perdieron; de las aventuras de los derrotados; de las luchas titánicas de los cobardes... Él quería ser el historiador de la otra historia, la que no se cuenta porque habla de las hazañas de los héroes vencidos. Palomares, al igual que muchos de sus personajes, soñaba con el advenimiento de un nuevo orden universal, donde la razón, la verdad, la justicia y el amor amordacen a los lebreles de los dueños del mundo. Un mundo donde la gente al fin sea libre para pensar y decidir sobre su destino, y la justicia domine sobre la inmoralidad. Sin embargo, Silvia, a pesar de la ceguera psicológica, a la que sólo el amor la tenía sometida, era muy consciente de la necesidad imperiosa de hacer cambiar la forma errática de 7

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escribir y de pensar de su compañero, por eso hoy, sin llegar a la recriminación, trababa inútilmente de abrir los ojos de Jaime a nuevas fuentes de inspiración. Pero al igual que la cabra, que siempre tira al monte, el pensamiento de su amado volvió otra vez a su utópica levitación sentenciando en tono mesiánico: “El escritor que camina por el desierto ha de contar las tribulaciones y miserias de tan larga travesía; el que escribe desde la gloria, no deja de cantar alabanzas al dios que le protege”. -Es posible que un día no muy lejano –le contestó ella- la gente descubra tu arte y tu maravillosa forma de escribir, y yo seré testigo de tu metamorfosis de reptil en águila imperial, pero es entonces cuando no deberás olvidar estas palabras. Mientras tanto no podrás perder nunca de vista que esta sociedad egocéntrica no soporta la crítica, solamente la tolera fingiendo su ira. Has de sufrir estoicamente a la moderna, mediática y fáctica Inquisición con inteligencia y astucia, y has de aprender a convivir con la envidia y la mediocridad de los que te rodean; y para ello tendrás que evitar el mantener abiertos tantos frentes hostiles como te empeñas en afrontar, en ese sueño imposible de Capitán Trueno de las letras. -No puedo, no quiero renunciar a mí mismo -replicó Jaime. -Entonces no puedes esperar más que el castigo. Si te empeñas en diseccionar, como has hecho, “las vísceras putrefactas y nauseabundas” –Silvia engolaba la voz y citaba textualmente palabras de Jaime- de las instituciones más sagradas de esta sociedad hipócrita, en un inútil afán de demostrar al mundo la verdadera tramoya de esta farsa cargada de oropel, terciopelos y bellas palabras. Pretendes masacrar a la Iglesia en un afán inútil por destruirla, pues bien sabes que ni te han leído ni te leerán jamás. Te empeñas en ridiculizar a los políticos, sea cual sea su color, en unas soflamas que no son más que gritos en el desierto. Y por si te faltara poco, arremetes contra la prensa en esa historia que llamas El cuarto poder. ¿De verdad esperas que 8

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alguno de ellos se pare a leer cómo los criticas? -No lo sé, pero bien sabes que ésta es mi fuerza, la que me permite seguir escribiendo... seguir viviendo– replicó Jaime sintiéndose incomprendido una vez más. -Sí, pero toda tu fuerza se pierde en el silencio más absoluto. Tú no eres más que tú y tu absurda circunstancia, algo así como un mosca inoportuna que no deja de revoletear de un sitio para otro –contestó Silvia. -Tal vez sea una mosca, pero una mosca cojonera que no para ni parará de molestarles mientras viva. Insignificante, pero estoy ahí. Entretanto puedo decir que soy libre, algo que ellos nunca podrán pensar siquiera. -Hasta que usen el matamoscas –respondió ella. El cuarto poder, era el título de una de sus últimas novelas escritas, lógicamente no publicada. En ella contaba la historia de un país imaginario, llamado Cunícula, que muy bien podía ser éste, que necesariamente tendría que estar situado al Norte o al Este, pero nunca al Sur. En él la historia no era más que un instrumento, un recurso literario, una lengua viperina, ágil y certera, dispuesta a lanzar sus esputos contra todo tipo de medios de comunicación. Y no porque Jaime Palomares odiara especialmente a los medios; todo lo contrario, pues Palomares solía repetir hasta la saciedad que: -Lo más sagrado que tiene el hombre es la palabra, ya sea escrita o hablada, porque gracias a ella puede ejercer su libertad. La comunicación es tan necesaria para la sociedad, que sin ella nos pareceríamos a un rebaño de cabras o a una jauría de perros. El mayor valor de la democracia es la prensa; la mayor desgracia para una democracia es una prensa corrupta. Para rematar aquel brutal ataque a los medios de comunicación, concluyó la novela con uno de sus lapidarios aforismos a modo de colofón: “Todos los personajes y situaciones de este relato son imaginarios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. A sabiendas de que, exceptuando los nombres 9

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propios, estaban retratados en ella todos los jerifaltes de los medios de comunicación más conocidos. La novela vino devuelta de cuantos concursos la mandó y posiblemente tirada a la papelera de cuantas editoriales la recibieron. El original dormía el sueño de los justos en la estantería más oculta de su despacho. -Cambia de tema, Jaime –le repetía Silvia. Pero cambiar de tema era tanto como cambiar de cara y eso es físicamente imposible. Pero a todo vaso lleno le rebosa una sola gota y esa fue la última: El manillar de la cabra. Una historia, como casi todas las suyas, metafórica, entre el género burlesco y el satírico, en la que un sagaz comerciante sin escrúpulos ni moral, consigue vender una vieja y oxidada bicicleta, recuperada de un vertedero de basuras, a un pobre y avaro palurdo, tras haberle convencido de que su manillar no era otra cosa que el cuerno de la fortuna y de la eterna felicidad. Tras aquellas ciento setenta páginas no se ocultaba más que una burla descarnada de la clase política. El comerciante avispado no era otra cosa que un político de nuestro tiempo; el paleto, un votante bien informado por la televisión, y la bicicleta, el programa político que cada campaña electoral vende reiteradamente el primero al segundo. Era una crítica inteligente de lo falaces y fugaces que resultan las promesas de los políticos, con una prosa ágil no exenta de gracia y hasta de una cierta dosis de lirismo. El manillar de la cabra, sorpresivamente, fue la primera obra que le deparó una gran alegría, cuando le comunicaron que había sido admitida a la fase final del prestigioso concurso literario de novela Universal. Una alegría efímera porque, lógicamente, ganó otro: el que tenía que ganar; como siempre. Pero al menos aquel pequeño triunfo le sirvió para seguir confiando en sí mismo. Sin embargo, el disgusto no le vendría tras la pomposa noche de la entrega de premios del Universal, vendría un año 10

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después, cuando alguien que lo quería muy bien puso en sus manos un ensayo breve, firmado nada más y nada menos que por el insigne y laureado escritor don Alfredo Galindo. El título del ensayo era: Las trampas de los políticos, y tras haber sido ya líder de ventas, lo estaba publicando, por entregas, el prestigioso diario La Voz, junto con un “cedé” de nuestras canciones más populares, un tirachinas y una camiseta del Madrid, en la tirada del domingo. En él se describían con pelos y señales todos y cada uno de los renuncios de la clase política, sus “mentirijillas” perversas, sus “lapsus” y abstracciones mentales, sus fallos de memoria, su generosidad infinita, en fin, su laica santidad y sus vidas ejemplares; y lógicamente las consecuencias de todas esas virtudes: sus promesas incumplidas, sus “digos” donde dijeron Diego, sus besos de judas, sus abrazos de serpiente y sus vidas ocultas, en una especie de directorio para votantes noveles, donde el lector menos avezado podía descubrir, sin esfuerzo, ese extraño mundo de la política que se mueve entre lo sainetesco y lo dramático, que genera risa cuando debería hacernos llorar. Contra aquellas entregas no había nada que objetar desde el punto de vista literario: amenas, con gracejo y una buena dosis de humor y desenfado, eran unas páginas refrescantes y entretenidas, hechas con la maestría propia de la firma que llevaban. En ellas se podía ver perfectamente reflejada la sociedad del pleno empleo y de la justicia universal, del bienestar y la concordia, del ocio culto y del trabajo justo; esa sociedad amante del arte y de las ciencias: la sociedad de los políticos. Era algo así como Jauja. Podía valorarse como un texto valiente y comprometido, y viniendo de la pluma que venía, también era sorprendente. A Palomares le dio la impresión de que don Alfredo, con aquel ensayo, había querido salir de sus casillas; claro que él llevaba mucho tiempo sin leer nada suyo y muy bien Galindo podía haber cambiado no sólo su forma de escribir, sino también la 11

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de pensar. Lo que no se podía negar de ninguna manera era su oportunismo político. Aquel relato fue un mazazo durísimo para Jaime Palomares. Si a las historias de Galindo se les daba una trama; una línea argumental; unos personajes, donde uno se llamara Sigfrido Cara de Vaca, de profesión comerciante; si se les picaba con la guindilla de la ironía de su estilo, se le sazonaba con la sal de su humor negro y se cortaban un poco más las frases; aquellas historias se convertían como por arte de magia en su novela: El manillar de la cabra. Palomares sabía muy bien que las musas nunca dan el mismo soplo en dos lugares distintos, por eso no pueden existir dos obras artísticas iguales; tampoco creía en las casualidades. Además eran muchas coincidencias: ¡aquello era un plagio como la copa de un pino! El insigne príncipe de las letras lo había fusilado miserablemente mientras ejercía de presidente del jurado del Premio Universal. Allí había devorado y deglutido su novela y la había vomitado ahora con la mayor desvergüenza y descaro. Palomares perdió primero el color de la cara, después los nervios y al fin los buenos modales descargando injustamente en Silvia su furia. Luego, cuando hubo pensado un poco y contado hasta mil, se decidió a recriminar a los editores por aquella mala acción, y éstos en lugar de entristecerse y ofenderse, le ofrecieron la posibilidad de publicar también su novela. Aquel sería su primer éxito de ventas. Al fin consiguió vender un libro. Pero la denuncia de Galindo no tardó en llegar y la justicia, en su ceguera, a la vista de ambos textos, prefirió mirar hacia el otro lado, y muchos fueron los que pensaron que el tal Palomares no había sido más que un oportunista que había sabido aprovecharse de la fama de un gran escritor para darse a conocer; lo que a él le corroía las entrañas. Le mandó a Galindo un ejemplar de El manillar de la cabra, con esta dedicatoria: “Que las musas ajenas te sigan protegiendo e iluminando pues las tuyas te han abandonado, ¡oh, 12

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divino ladrón de mis ideas!” El silencio del prócer de las letras fue la respuesta. El resultado aparente del conflicto no resultó negativo para Palomares: su libro se vendió al rebufo del de Galindo y su nombre comenzó a sonar aunque como el contrapunto de un gran escritor. Cualquiera hubiera dejado pasar la situación y seguir explotando aquella veta literaria y la morbosidad del personal, pero Palomares no era de ese tipo de gente, él creía más en aquel dicho popular que dice: “La venganza es un licor que se debe beber lentamente y muy frío”, y comenzó a beberlo. El vengador inteligente, como el cazador, ha de adoptar las virtudes de la paciencia y de la sagacidad. Deberá estudiar todos y cada uno de los movimientos de su presa; disimulará totalmente su situación, aparentando una amnesia total de lo ocurrido, y colocará una señal imaginaria en su mente, como un piloto de alarma automático, una especie de campanilla que taña en cuanto la presa se encuentre en el cebo o a tiro fijo; entonces deberá aplicar su castigo de forma implacable e inmisericorde; sólo entonces podrá culminar su venganza. Palomares aunque no era un santo, tampoco había descubierto hasta ahora esta faceta oscura y vengativa dentro de su persona. Por eso se sorprendía a sí mismo viéndose planificar este plan diabólico contra Galindo. El gran besugo de la literatura, moriría como todos los peces: por la boca.

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2 “El Novelista Errante, capítulo I”

“Poco han ganado nunca los estudios asiduos, salvo una ruin autoridad emanada de los libros de otros”. W. Shakespeare

Imaginaos un pueblo que parece querer asomarse por el horizonte, cuya silueta se evapora, cual espejismo, abrasada por los rayos solares del medio día, ante los ojos cansados del caminante. Solamente puede distinguirse con claridad meridiana la soberbia espadaña de la iglesia, rematada por el enorme nido de las cigüeñas blancas y manchada por los huecos de sus tres campanas. Sobre los lomos de la mula torda, él, y montando caballo alazán, su padre, caminan rápidos, acuciados por el calor y el buen apetito, después de haber visitado las eras repletas con las últimas parvas, rezado el ángelus con los jornaleros y de haberlos dejado maldiciendo al viento de solano que no acababa de llegar. Era el ambiguo y difuso recuerdo de la niñez, que le venía a la memoria ahora que se acercaba transportado por la suave marcha del confortable mercedes.

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Recordaba también los agradables baños, que tras estos largos paseos campestres, tomaba antes del almuerzo en la sombreada alberca que había en la huerta de casa, y que un hilo de agua cristalina y fría, que nacía junto al tronco de una vieja e inmensa higuera de dulcísimos higos blancos, llenaba, para luego rebosar y perderse generosa por la tierra de un naranjal. Aquellos paseos que realizaban en las breves vacaciones del mes de agosto, tenían para su padre –ahora lo veía muy claro– un doble sentido: enseñar al hijo las magníficas propiedades familiares, y mostrar orgulloso a los braseros al que en un futuro no muy lejano iba ser ministro de Dios. Ahora, mientras se aproximaba al pueblo, recordaba aquellos largos días estivales madrugando para ir a la primera misa, no sin antes haber realizado una larga y piadosa meditación sobre uno de los capítulos de La imitación de Cristo ante el Sagrario, en el silencio sepulcral de la iglesia en penumbra. Después el copioso desayuno familiar y como regalo al padre el largo paseo campestre. Hoy, muchos años después, derrotado por la vida y los achaques, volvía por aquel mismo camino –convertido ahora en una magnífica carretera gracias al asfalto que había sustituido al polvo que él conoció– a la misma casa y a la misma hora de entonces; buscando un clima más seco para sus gastados huesos y un aire más puro para sus débiles pulmones. Y soñando, tal vez, con encontrar la misma fuente junto a la vieja higuera donde poder recuperar la paz para su alma y la salud para su cuerpo. Al pasar junto a la moderna estación de servicio, situada en la última curva justo antes de entrar al pueblo, donde él se dejó al viejo y rojo expedidor manual de gasolina, le vino a la memoria el resplandeciente Hispano-Suiza de su padre, negro profundo, con sus grandes faros, como ojos saltones, sus llantas de radios niquelados y la cigüeña plateada, que cual 16

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mascarón de proa, lucía sobre el morro en señal de su inconfundible estirpe. Al tocar la confortable tapicería del mercedes recordaba que la de aquel coche no tenía nada que envidiar a ésta. Recordaba también el día en el que apareció su padre radiante conduciéndolo junto a la puerta de la casa y ufano por llevar el primer coche del pueblo; aquel coche que sirvió para pasear al mismísimo general Primo de Rivera cuando vino a la inauguración del puente nuevo y del grupo escolar, y que luego confiscaron los rojos. ¡Los rojos!, ¡ay los rojos!, ¡qué malos recuerdos le traen los rojos! Más que recuerdos son pesadillas. Aquel grupo de jornaleros enardecidos e histéricos que les expulsaron del cortijo con golpes y amenazas gravísimas, que después cumplieron, olvidándose de todos los favores y caridades que habían recibido de su familia. Se le venía fresco a la memoria el llanto desconsolado de su madre y la expresión aterrorizada de su hermana, cuando unos hombres armados con escopetas vinieron a la casa y se llevaron a su padre; y los gritos y algaradas en las calles; las manifestaciones, las carreras y los tiros –que unas veces fueron al aire y otras encontraron blanco-. Ellos tras las celosías del cierro contemplaban medrosos las revueltas. Un día vieron un espeso humo negro que inundaba toda la calle y se metía por las rendijas de las ventanas, mientras se oían gritos diciendo que habían quemado la iglesia; y doña Angustias y la servidumbre que todavía quedaba en casa, no hacían más que rezar el rosario sin dejar de sollozar. Una de aquellas noches le despertó el revuelo que se montó entre el dormitorio de sus padres, la escalera principal y las cuadras, pero no pudo ver nada, después supo que alguien había dejado escapar a su padre y éste había huido al campo. Fue la madrugada del veinticinco de agosto del treinta y seis. No lo pudo olvidar nunca porque al amanecer, desde su ventana entreabierta, contempló cómo llevaban a un hombre y a varias mujeres con empujones, insultos y atropellos. Su madre 17

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dijo que era don Julio el cura y las monjas del asilo; todos con las cabezas rapadas: aquello era un “paseíllo”, el acto ritual previo al fusilamiento de aquellos desgraciados. Ese mismo día también fusilaron a don Alfonso, el farmacéutico, y se llevaron a Pedro, el capataz de la casa, del que nunca volvió a saberse nada: dijeron que por ayudar a su padre a escapar. Desde entonces juró odio eterno a los rojos, porque toda aquella turba de gentes malencaradas, desaliñadas y malhabladas, eran los rojos, y nunca pudo verse liberado del todo de este sentimiento; y nunca quiso entender que republicano no era sinónimo de rojo, ni de masón. Sindicalista, comunista, anarquista, liberal, nacionalista... rojo, significarían lo mismo durante toda su vida: muerte y destrucción. Olvidaría que el rojo es un color, el más bello color que puede ver el hombre, el color de lo más precioso de nuestra vida: la sangre; rojo es el color de la realeza, rojo es el sol: fuente de vida... y a pesar del tiempo transcurrido, todavía se le erizaban los vellos del cuerpo cuando oía las palabras que designan la huelga, la reivindicación, la lucha de clases, los mítines, el proletariado... En su fuero interno se seguía produciendo un fuerte rechazo; rescoldo de aquel terrible miedo contenido imposible de apagar, que ni la inmensa cultura asimilada, ni los profundos cambios sociales, habían conseguido que olvidara. Por aquellos días del verano del treinta y seis, Primitivo Varela acababa de iniciar su pubertad y de terminar los cursos de humanidades en el seminario provincial. También había tenido ya varias oportunidades para mostrar sus dotes de escritor en ciernes y de orador brillante; y ya era un consumado devorador de libros. En los últimos días del mes de agosto y los primeros de septiembre, la vida en el pueblo se hizo insoportable y la confusión fue generalizada. Por la radio no hacían más que llegar noticias esperanzadoras del final de la revolución y que muy pronto la situación estaría controlada por las fuerzas naciona18

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listas del general Queípo de Llano. La familia de don Primitivo vivía enclaustrada en la casa solariega llorando la ausencia del padre, la pérdida de numerosos criados fieles y el abandono de casi todos los demás, rezando rosarios y plegarias sin fin para que Dios ayudara a los buenos cristianos y castigara a los rojos, causantes de tantas desgracias. Fueron unos días en los que él tuvo que asumir funciones impropias de un señorito: alimentar a las caballerías y limpiar las cuadras, e incluso, en un alarde de valor, salir al campo para verificar el estado del cortijo, pero nadie le hizo daño alguno, simplemente lo ignoraron, y aquel hecho lo conservó durante muchos años como una auténtica heroicidad. Fue en uno de aquellos días cuando vinieron varios milicianos, con sus monos caquis, que no rojos, a por el Hispano-Suiza y se lo llevaron empujándolo porque ninguno de ellos sabía ponerlo en marcha ni conducirlo; también se llevaron los mulos y los caballos. El día siete de septiembre, santa Regina, a la hora del crepúsculo, llegaron varios coches de los que bajaron gran cantidad de falangistas vestidos de negro. Aquella noche no cesaron los disparos a la orilla del cementerio, ni los gritos desgarrados de las mujeres, ni las pisadas sordas y acompasadas por las calles desiertas y oscuras, y al amanecer todos se pusieron muy contentos cuando entró por la puerta principal de la casa don Valerio Varela, su padre, vistiendo una camisa negra y portando una pistola en el cinturón. Todos se abrazaron al padre y dieron gracias a Dios por haber escuchado sus súplicas. A medida que el coche se adentraba por las primeras calles del pueblo buscando la plaza, los recuerdos se le agolpaban en la mente de nuevo. No había vuelto desde aquellos días trágicos y turbulentos, y ahora le parecía tener la impresión de que el cerebro trataba de actualizar su memoria al encontrarse con el pasado, con las gentes de entonces, con una parte de él que había querido olvidar y ocultar durante casi toda su vida. 19

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Un día del año treinta y siete, pocos días después de haber pasado la fiesta de los Reyes Magos, unos militares preguntaron por él en casa. Venían de parte de su padre y sin darse apenas cuenta cambió la sotana por la guerrera. Había pasado de una forma cruel de la infancia a la madurez; de la niñez a la juventud, sin haber sido consciente de su adolescencia; ya nunca volvería al seminario. Toda la guerra la hizo en el frente de Peñarroya, al norte de la provincia de Córdoba, en artillería. Mil veces tuvo que dar gracias a Dios por haberle evitado el tener que disparar directamente contra un semejante; al menos con aquellos cañones del ciento cinco, cuando lo hacían nunca se podía ver el daño que producían, y... “ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo que ahora estaba en su cabeza no era un recuerdo, porque esta escena nunca se la pudo borrar de su mente, y todavía, a pesar del tiempo transcurrido, cuando pensaba en ella no podía evitar que alguna lágrima se escapara de sus ojos. El frente se había estabilizado y salvo algunas escaramuzas, la vida se había hecho, hasta cierto punto, monótona. Aquel día de finales de noviembre del treinta y siete, había llovido mucho en la sierra de Córdoba, fue un día triste, oscuro y con grandes nubarrones negros cubriendo todas las cimas, mientras que una fina lluvia lo empapaba todo. Al anochecer, poco antes de que tocaran a la cena, encontrándose él junto con otros tres compañeros en la puerta del barracón, vio como una patrulla escoltaba hacia los calabozos a cinco prisioneros republicanos, que, al parecer, habían sido detenidos por equivocarse de trincheras. Estaban empapados por el barro y el agua. Venían cansados, demacrados, desmoralizados... derrotados y temiéndose lo peor –lo que ocurrió. Aquella imagen era nítida, y se le reproducía como si la estuviera viendo en cada momento, como si sus ojos se empeñaran en pasarle aquella película constantemente, lentamente, parsimoniosamente... 20

El novelista errante

Al pasar los milicianos por delante de él y sus compañeros, uno de aquellos, el más joven, casi un niño –como él– le llamó por su nombre: Varela, Varela, soy yo, el Arjona. Un empujón del sargento impidió al chaval continuar hablando y a trompicones siguió el apresurado paso de sus compañeros, mientras hizo ademán de querer sacarse algo del bolsillo de su mono para dárselo. A él, el corazón le dio un vuelco y el miedo le dejó la sangre helada y el cuerpo inmóvil: no le contestó. El Arjona era un compañero del seminario, que había asumido como nombre el de su pueblo, pues se llamaba Antonio Martínez Nieto, hijo de jornalero, gran estudiante y muy piadoso. Aquella noche una descarga cerrada de los máuseres se oyó poco después del toque de silencio. Y la cara del Arjona nunca se le borraría de su recuerdo, ni la brutalidad de aquellos disparos, ni el terrible silencio que se produjo después. Nunca pudo saber qué era lo que quiso sacarse del bolsillo, nunca tuvo valor para averiguar si tal vez hubiera podido hacer algo por él, porque la palabra del hijo de don Valerio Varela pesaba mucho, pero tuvo miedo. Ahora, cuando el mercedes ya circulaba por las calles céntricas del pueblo, este recuerdo hizo que las lágrimas corrieran por sus mejillas –lágrimas que eran fruto de la emoción que sentía, como creyó el chófer. Era la hora de la siesta, la Plaza de la Constitución, la que antes fue del Generalísimo y que él se la dejó siendo de la República, se encontraba intacta, como si el tiempo no hubiera pasado por ella: el ayuntamiento, la casa de los Zurita, el casino, la ferretería “El Candado”..., y la fuente –que ahora estaba controlada por un grifo automático–. A la puerta se habían agrupado un buen número de personas: el alcalde, sus sobrinos, la esposa de uno de ellos, una criada y varios curiosos que a esas horas, al parecer, no tenían sueño ni nada mejor que hacer. Tal vez pudo defraudarlos, pero venía demasiado cansado como para prodigarse en saludos y reverencias; 21