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U n poeta por el Caribe Alberto Abello Vives

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso un triste oro, tal es la poesía que es inmortal y pobre. La poesía vuelve como la aurora y el ocaso.

Jorge Luis Borges

I El 12 de noviembre del año pasado, al mediodía, recibí una llamada telefónica del poeta Jorge García Usta en la cual pronunció una_ frase que hoy, una semana después de su muerte, me parece que lo retrata a plenitud, al definir el hilo conductor de su vida y su trayectoria creadora. Ese cálido día, en la prensa cartagenera, empresarios y líderes gremiales, académicos y periodistas, autoridades y políticos, coincidían en el elogio del gran desfile que había devuelto al pueblo cartagenero las raíces populares de la celebración del n de noviembre, cuyo proyecto, orientado por Jorge García, desde el 2004, no había podido implementarse ese año, debido a la cruda temporada invernal con sus miles de damnificados, que obligó a las autoridades a la suspensión de las fiestas. Tras doce meses intensos de talleres de máscaras y disfraces, encuentros de maestros, líderes populares y folcloristas, investigaciones, conferencias y diplomados sobre la historia de las fiestas de Cartagena y su música, el año 2005 había culminado con el gozoso desfile multitudinario de comparsas, cabildos, carnavales, carrozas y disfraces individuales, liderado por las reinas populares, que partiendo de la plaza de La Trinidad del

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viejo Getsemaní, bordeó el cordón amurallado, con el rumoroso telón de fondo de un alegre mar Caribe. Para el pueblo cartagenero era como el grito de independencia de las fiestas populares (hoy denominadas, curiosamente, Fiestas de Independencia): de ahí esa presencia masiva que contrastó con la escasa asistencia al evento simultáneo organizado por el Concurso Nacional de Belleza. Cuando Jorge contempló desde el Baluarte de San Pedro Mártir el auge de la nueva celebración novembrina concebida como un evento incluyente y solidario que retoma las energías invencibles de la tradición popular para convertirse en el eje de la Cartagena del futuro, me llamó y pronunció esa frase feliz que, como un emblema, sintetiza su fecunda, aunque breve existencia: "El mundo sí se puede cambiar". El 27 de diciembre, a las 9 de la mañana, 50 horas después de la muerte de Jorge, cerca de 40 líderes de barrio, de grupos folclóricos y representantes de entidades, volvieron a reunirse, como lo han hecho desde hace dos años, todos los martes, en esta ocasión para definir el plan de acción de las fiestas de 2006. Ese funciona-

miento puntual de reloj suizo en la cálida Cartagena de Indias constituye no sólo un argumento irrefutable del acierto de la frase de Jorge, sino asimismo un testimonio de la vigencia de su legado como animador de la transformación social desde la cultura, de cuyas fértiles actividades soy testigo desde que lo conocí, hace más de 20 años, cuando un Jorge juvenil apoyaba las pequeñas bibliotecas públicas de los barrios populares de la ciudad a la que muy pequeño lo había traído a vivir Nevija Usta, su "madrísima, demasiada mujer, vida más alta que toda poesía". El Jorge de las bibliotecas habría de ser el mismo que logró sacar al Festival de Cine de los fríos, herméticos y excluyentes auditorios a las plazas plácidas y a los parques polvorientos y populosos de los barrios marginados.

Jorge García Usta con su esposa Rocío y sus hijos Alejandro y Esteban

II En la infausta hora de su muerte quedaron sobre su escritorio en el Observatorio del Caribe Colombiano las páginas listas para la edición del número 12 de la revista Aguaita, esa aventura editorial caribeña que desde el primer número contó con la perspicaz supervisión de Jorge. Pocos días antes me había vendido un bono con una ilustración del pintor cordobés Cristo Hoyos para financiar el próximo número de Noventaynueve, la revista de sus pupilos. Jorge García Usta disfrutaba asesorando y corrigiendo pruebas de edición al tiempo que consumía con delicia suma la inmancable bolsita de diabolines que mantenía entre los papeles de su escritorio. Pronto ambas revistas estarán en manos de los lectores y de seguro saldrá también un nuevo número de E- Ch, la nueva revista de estudiantes de la Universidad de Cartagena. Su primera experiencia editorial fue En tono menor, la revista cultural de finales de los 70, órgano de difusión de la obra de ese grupo de amigos talentosos del cual formaban parte Manuel Burgos, Pantaleón Narváez, Rómulo Bustos, Alfonso Muñera, Dalmiro Lora, Pedro Badrán y Pedro Blas Julio Romero. En la primera mitad de los 80, Jorge me convocó para constituir la Fundación Cultural Héctor Rojas Herazo desde donde promovió el estudio y revaloración del sabio toludeño. Gracias a esa misión que Jorge asumió con tesón durante años, Rojas Herazo es hoy reconocido por las nuevas generaciones de lectores y críticos literarios y se han realizado reediciones de sus tres novelas y de toda su obra poética. El prólogo de Jorge a la segunda edición de Celia se pudre revela la profundidad del conocimiento que logró atesorar sobre la vida y la obra del que fuera su gran maestro. Jorge puso sobre sus hombros (así, literalmente), la recolección, organización y edición de la valiosa obra periodística de Rojas Herazo, publicada en dos voluminosos tomos, La magnitud de la ofrenda y Vigilia de las lámparas, por la Universidad Eafit. N o olvido las cuatro mochilas que Jorge cargaba, como un árabe vendiendo mercancías por las calles calurosas de Magangué, cuando estaba en los últimos días de ese trabajo de años y las premuras de la editorial no le permitían un minuto de descanso. El esfuerzo valió la pena: hoy los estudiosos de la cultura caribeña tienen a su disposición esos textos que yacían dispersos en

periódicos y revistas inencontrables en los que Rojas Herazo fue construyendo, letra a letra, su sugerente poética y su original visión del mundo, ambas de talla universal. La Fundación Rojas Herazo, bajo la tutela de Jorge García, promovió, además, la edición de las primeras obras de jóvenes escritores que hoy son figuras nacionales, y más: Rómulo Bustos, Pedro Badrán, John Jairo Junieles, Pedro Blas Julio Romero y Javier Ortiz Cassiani. Como las de ellos, pasaron por sus manos, las primeras publicaciones de muchos otros jóvenes durante múltiples momentos. Recuerdo por lo menos tres series de publicaciones que suman unos 30 libros: la de la Fundación, la de la Alcaldía de Cartagena y la del Instituto de Cultura de Cartagena. A mediados de los 90, Jorge se sumó a la empresa que quiso darle a Cartagena otro periódico, El Periódico de Cartagena, como fuera llamado, en el que ocupó el cargo de editor general y director del magazín Solar (otro nombre emblemático de su labor), con el que se propuso (y lo consiguió) recuperar la riqueza que habían perdido los suplementos dominicales de la región. Con un resaltador amarillo en la boca, como un caramelo, Jorge gozaba de su trabajo como editor. Su obra en este campo, como la del García Usta activista cultural, constituye una prueba más de que el mundo sí se puede cambiar.

III Jorge García Usta fue despedido de El Universal. La razón: una nueva polémica que había desatado ante el despropósito de un alcalde autoritario de hacer obras, como es costumbre en Cartagena, donde no se necesitan. La ira del burdo burgomaestre provocó la abrupta salida de Jorge del principal periódico de la ciudad. Ya el país sabía de él, pues para ese entonces, con su extenso trabajo sobre la contaminación mercurial de la bahía de Cartagena, había producido una de las mejores piezas de la investigación periodística nacional. Cuando entre los dos organizamos un foro para ventilar el tema, a nombre del capítulo Cartagena de Cedetrabajo, agrupación de profesionales a la que ambos pertenecíamos, El Universal provincianamente editorializó: ¡No más foros! Jorge García Usta, así no estuviera vinculado de

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manera formal a algún medio de comunicación, nunca dejó de ejercer el periodismo y contribuyó a formar nuevas legiones de jóvenes desde la academia (fue profesor -además de asesor cultural- de la Universidad de Cartagena, de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de la Universidad Tecnológica) y desde la práctica misma. En 2004, estuvo al lado de Daniel Samper Pizano y Germán Rey asesorando a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en el diseño de un centro para la memoria del periodismo. Intervino con gran lucidez en el I Encuentro de Periodistas del Caribe organizado también por la FNPI con el apoyo de U N E S C O y en días recientes cabe destacar sus

luminosos comentarios críticos al funcionamiento de la Red Caribe de Periodistas, a la cual renunció. Diez juglares en su patio, el libro de reportajes preparado con su amigo Alberto Salcedo Ramos constituye, sin duda, un hito en la historia del periodismo del Caribe colombiano. Ese singular trabajo introdujo una nueva manera de valorar la producción cultural de los músicos populares. El Jorge periodista -ambiental, cultural, políticodeja una obra que es preciso reunir, estudiar y editar, en la medida en que significa un sustantivo aporte a la transformación en el ejercicio de esa profesión.

IV A la hora de comunicar sus conocimientos, los científicos tienen mucho que aprender del lenguaje periodístico para que la gente del común se apropie de los resultados y los beneficios de sus investigaciones. De igual manera, los periodistas, a la hora de investigar, deberían apropiarse del rigor y la disciplina metodológica de las ciencias sociales. Este equilibrio ideal lo logró Jorge García, en quien se aliaron la fluidez y la transparencia verbal del buen periodista con la formación académica en filosofía y letras para convertirlo en uno de los más importantes investigadores de la cultura del Caribe colombiano. La migración árabe a la región, la música y la literatura del Caribe fueron los tres grandes temas que ordenan su trabajo investigativo. Asumidos con auténtica pasión, sus trabajos -desacralizadores, desmitificadores, profundos-, presentados en simposios y seminarios, nunca vieron el punto final, pues Jorge se concedió el tiempo para revisar, corregir y hasta reescribir los textos de otros, pero no para los suyos. ¿A quién si no a Jorge se le hubiera ocurrido titular Cómo aprendió a escribir García Márquez a la minuciosa investigación sobre los años de Gabo en Cartagena, los de su encuentro fructífero con Rojas Herazo, Clemente Zabala, Manuel Zapata Olivella y Gustavo Ibarra Merlano, los tiempos míticos de la lectura átAntígona en la vieja casona de los Ibarra en la Calle Real del Cabrero y de las jaranitas en ese tenderete del mercado público de Gestsemani, La Cueva (la que Gabo sí visitaba), al que llegaban pasadas las cinco de la tarde, al cierre de El Universal, luego de que Zabala, el jefe de redacción, había corregido con severo lápiz rojo los textos de los

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noveles escritores García Márquez y Rojas Herazo? A m i juicio, en sus memorias Vivir para contarla, García Márquez terminó por darle la razón a García Usta. Basta leer el despliegue que el Nobel le concede en sus páginas a los años cartageneros de su vida que habían permanecido en la sombra y el silencio hasta que García Usta se encargó de desempolvarlos. Además de la obra y la trayectoria vital de Rojas Herazo y García Márquez, Jorge García se aproximó al periodismo de Alvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Juan Gossaín, A n t o n i o J. Olier y Aníbal Esquivia, a la narrativa de Manuel Zapata Olivella y a la poesía de Luis Carlos López, entre otros. M u y poco de todo esto ha sido publicado. Cuando Jorge se integra al grupo de fundadores del Observatorio del Caribe Colombiano y opta por establecer su sede principal en esa institución, ya es un investigador destacado. En adelante, durante siete años, se convierte en el incesante maestro de los jóvenes investigadores. El Observatorio fue también idea de él y, sin él, no sería hoy la misma institución. Allí no sólo fue el editor de Aguaita y el asesor de su estrategia de comunicaciones, sino también el más destacado y activo de sus investigadores, quien brindó, además, apoyo a la concepción de todos su programas como la Cátedra del Caribe, las Becas de Investigación Cultural Héctor Rojas Herazo, Leer el Caribe, [email protected] y los estudios sobre la competitividad de Cartagena para la Cámara de Comercio (de los que recomiendo la lectura del documento Cómo reforzar la identidad caribe de Cartagena, propuesta formidable para la necesaria y enriquecedora relación entre cultura y turismo que recibiera los aplausos del Ministerio de Cultura). Para el 29 de octubre pasado, Jorge redactó y envió su ponencia "Los "bárbaros" costeños y la modernización de las letras nacionales" a la X Cátedra Anual de Historia Ernesto Restrepo Tirado del Museo Nacional, convocada alrededor del papel del Caribe en la Nación colombiana. Dicho ensayo, que dio origen a la exposición Caribe Espléndido en el mismo museo, en Bogotá, debió ser leído por su amigo Cristo Rafael Figueroa, pues la fobia de Jorge a los aviones le impidió trasladarse a la capital (tal como ocurrió con otras invitaciones nacionales e internacionales), a pesar de que había jurado hacerlo.

también un inmenso archivo documental esparcido por todos los rincones de su casa. La edición conjunta de esa labor insomne e insigne va a contribuir asimismo a la renovación y el cambio en los estudios culturales de la región caribe colombiana y a despejar el camino a los nuevos investigadores.

V Algún día escribió: Para divulgar la palabra hay que vivirla primero en todos los ríos posibles. Ese era el Jorge García Usta poeta, el autor de Libro de las Crónicas, El reino errante (poemas de la migración y el mundo árabes), Monteadentro, Noticias desde otra orilla y La tribu interior. En esta faceta de su obra se concentra todo su universo: su Ciénaga de Oro natal, la herencia literaria y la naturaleza humana de un Rojas Herazo, la presencia fértil de los árabes en el reino de Macondo, el cine, el Caribe rural y urbano y sus músicos populares. Y fue la poesía, leal a su etimología de poiein (transformación), la fuerza motriz que dio vitalidad a este hombre humilde y complejo, como todos los hombres humildes de su pueblo, para enriquecer la cultura colombiana. El Jorge García Usta poeta es, en esencia, el que pone en movimiento los otros perfiles de su vida fluvial que supo discurrir simultáneamente por cauces diversos hasta el doloroso día de la Natividad del diciembre pasado en el que confluyeron en el inevitable mar del morir. No obstante, el gran impulso y la fecunda energía que traía su poderoso caudal nos permiten predecir que habrá Jorge para mucho tiempo. Como diría M . Yourcenar en Memoria de Diotima (Juana de Vietinghoff): quisiéramos creer que la disolución de la muerte no detiene un desarrollo tan inhabitual; quisiéramos creer que la muerte, para almas como la suya, no es más que un escalón suplementario. La Calera, Cundinamarca, i° de enero de 2006 0

Con su temprana partida, Jorge deja no sólo un buen número de trabajos publicados e inéditos, sino

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