SAN AGUSTIN, PADRE DE LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA

EN EL XVI CENTENARIO DEL OBISPO DE HIPONA SAN AGUSTIN, PADRE DE LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA Por GABRIEL RIESCO, O. S. A. -1- Los historiadores proc...
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EN EL XVI CENTENARIO DEL OBISPO DE HIPONA

SAN AGUSTIN, PADRE DE LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA Por GABRIEL RIESCO, O. S. A.

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Los historiadores proclaman a San Agustín padre y fundador de la filosofía cristiana. No quiere decir esto qUe antes de la apari­ ción de San Agustín estuviera la Iglesia sin filósofos y sabios defen­ sores de la verdad. Basta recordar al elegante Lactancia, al erudito Orígenes y al ardiente Tertuliano, demostrando la exigencia de un Ser infinito y personal, la creación ex-nihilo del mundo y el destino de la humanidad; al ecléctico Clemente Alejandrino dando nuevo impulso a la filosofía cristiana con el elemento aristotélico, a N emesio con sus profundas intuiciones relativas al hombre, y al falso Areopagita con las suyas respecto a la Divinidad. Con todo es fácil observar que la filo­ sofía anterior al siglo cuarto era más bien apologética, y que todas e­ sas ideas, admirables sin duda alguna, eran ideas sueltas, voces sin en­ lace, miembros dispersos de un organismo: al aparente antagonismo entre la fe y la razón de Lactancia y Tertuliano uníase la falta de pre­ cisión literal con que Orígenes y otros Padres hablaban de las subs­ tancias espirituales. De hecho la Iglesia estaba librada al único argu­ mento de sellar con su sangre la verdad que defendía. A San Agustín le estaba reservado por la Providencia el al­ to honor de levantar el monumento de la filosofía católica. Depuró en el crisol de su ingenio las verdades de la antigüedad, cristianizándolas y así reconstituyéndolas; completó un tratado filosófico del alma; for­ mó un organismo científico de aquellos miembros dispersos; en la ar­ monía que estableció entre la luz de la razón y la luz divina, entre la ciencia y la fe, muestra la profundidad de su genio y abre en la filo­ sofía un campo inmenso a las especulaciones del espíritu humano con todas las cuestiones fundamentales que serán siempre objeto de medi­ tación y de estudio en la historia del pensamiento. -3

Gabriel Riesco, O. S. A.

-llLa razón y la autoridad son las dos fuentes del conocimiento en la filosofía de San Agustín. La razón y la autoridad no se contra­ dicen, sino que, siendo rayos de un mismo foco, se ayudan mutuamen­ te en las funciones propias del espíritu, en el conocimiento de la ver­ dad. La razón tiende siempre a la verdad, a la conquista de las verdades del mundo que nos rodea. Estas verdades no son formas sub­ jetivas de la mente, sino que, eternas como Dios, deben ser norma del entendimiento humano. Pero hay muchas de estas verdades, tanto del orden moral como del orden científico, que consideradas en absoluto están al alcance de la razón humana; más no lo están para la genera­ lidad de los hombres, cuyas inteligencias, obscurecidas por el error, por las pasiones, o por falta de cultura, necesitan un faro luminoso que las guíe en la senda de la vida. Este faro luminoso es la autoridad, dirigiendo los esfuerzos de la razón, enriqueciéndola con los descubrimientos de los sabios, y so­ bre todo iluminándola con los fulgores divinos de la Revelación, para formar de este modo la verdadera ciencia. La filosofía descansa así sobre dos bases tan sólidas como ra­ cionales. No se cortan los vuelos a la razón natural, antes al contrario, ayudada de la luz de la autoridad y fortalecida con la savia de la reli­ gión católica, ve el universo y contempla su belleza y admira su ar­ monía . . . Y entonces elevándose del efecto a la causa, de lo contin­ gente a lo necesario, de lo relativo a lo absoluto, de lo fin ito a lo infi­ nito, de las criaturas al Creador, deduee lógicamente la existencia del Ser inefable cuyos resplandores vislumbraba Platón, o del Primer Mo­ tor, cuyos impulsos sentía Aristóteles; la existencia del Dios vivo y personal perfectísimo y omnipotente, que sacó el mundo de la nada y lo adornó de maravillas y de criaturas, ordenadas todas a un fin, que es el mismo Dios. Y en medio de este conjunto armonioso, donde los seres todos, subordinados unos a otros con un doble vínculo d e acción y de fin, forman esa "admirable escala desde la tierra hasta el cielo, enlazada con un anillo de oro al trono del mismo Dios", vemos al hombre, crea­ do por Dios a imagen y semejanza suya, reflejo de la Hermosura eter­ na y rey soberano de todos los seres. -

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Grande es el hombre y altísima su dignidad. Dios con un soplo de vida infundió en su cuerpo un alma con potencias nobilísimas para que pudiese alcanzar su perfección: la inteligencia, la memoria, el co­ razón, la libertad . . . Libremente puede labrar su destino, sujeto siem­ pre a la voluntad divina, sin que pueda quebrantar el orden estableci­ do por la sabiduría infinita. Para ello grabó en su mente la ley natu­ ral, reflejo de la ley eterna y fundamento de la moralidad de las ac­ ciones humanas. La lucha que el hombre habrá de sostener con los e­ nemigos de su alma será larga y penosa; pero mayor será la recom-

San Agustín, Padre de la Filosofía de la Historia

pensa del triunfo. Dios mismo será el premio de sus fatigas, el con­ suelo de sus dolores y la realización de sus ·esperanzas. Dios es el úl­ timo fin del hombre, su descanso y su felicidad eterna. Así es como explica San Agustín ese triángulo divino que decía Penhon, "Dios, la naturaleza y el espíritu", o el hombre, las co­ sas y Dios, los tres datos de ese gran problema del destino humano, las tres columnas fundamentales del edificio filosófico. A este brevísimo esbozo de la filosofía agustiniana podría a­ ñadirse otras cuestiones trascendentales, explicadas y esclarecidas por

el Aguila de los Doctores con la luz de su genio. Así, las perfecciones

infinitas de la Divinidad -demostrando lo falso y lo verdadero del sistema de Platón-, la incomunicabilidad de la potencia creadora del ser divino, las transformaciones sucesivas de los seres, la teoría del tiempo, las facultades del hombre, el mecanismo de la memoria, la na­ turaleza del alma, su unión maravillosa con el cuerpo, la inmortalidad, el problema del mal, la libertad, el origen de las ideas, el ejemplaris­ mo de Dios, la moraiidad de las acciones, la ley eterna, la ley natural, irradiación de la ley divina en nosotros, la autoridad, el poder, la jus­ ticia, el destino sagrado de la humanidad . . . son temas que se hallan desarrollados en los libros de San Agustín de tal modo que a cualquier ramo de la filosofía que dirijamos nuestra at�:mción, cabe repetir la hermosa frase de San Buenaventura: "Poco o nada dicen en sus obras los escritores, que no esté ya consignado en las del Obispo d e Hipona".

-IVTambién hemos llamado a San Agustín padre de la filosofía de la historia -siendo por lo demás una frase ya corriente entre los autores--, y debemos explicar el sentido de nuestro aserto, a fin de que ni las exageraciones a que se presta en nuestros días esta ciencia menoscaben el buen nombre del insigne Obispo de Hipona, ni las ne­ gaciones irreverentes le arrebaten un título que por derecho le corres­ ponde . . . Es por otra parte una materia de 'grandísima actualidad, cuando la filosofía del dolor humano acude otra vez en defensa de la fe cristiana contra la estupidez de los apologistas de las torpezas epi­ cúreas y contra la apatía de un mundo semi-pagano. La Providencia de Dios que castiga y premia las naciones, sacando bienes de los ma­ les, pero en armonía con la libertad humana, es el centro hacia el cual gravitan todos los acontecimientos históricos. He aquí la intuición ge­ nial de Agustín. En el azote que hoy sufre la humanidad, antójaseme San Agustín el ángel que interpreta a los hombres los designios de la Providencia ... Los acontecimientos actuales, como todos los hechos históricos, contienen una lección magnífica de catolicismo. La historia, según la mente de San Agustín, es un argumento decisivo en favor de la reli­ gión. Al aplicar sus enseñanzas a la defensa de la fe, elevó la historia . a la categoría de verdadera ciencia, sometiéndola a ciertas leyes, fun. dándola en determinados principios· y considerándola como un conjun­ to armonioso. -5

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Solamente cone estas condiciones la historia ha de tener carác­ ter científico, ha de ser la ciencia de los hechos históricos, la filosofía de la historia, es decir, reunirá los caracteres filosóficos de fijeza, de universalidad y penetración, que constituyen e integran su esencia. Sin dichas condiciones la historia será simple historia, la historia de la an­ tigüedad, del paganismo superficial, detallista, exclusivista, reducida a los estrechos límites de un pueblo, de una raza, o de una época. La paternidad de esta ciencia, pues, atribuída a San Agustín, se basa en la originalidad de sus ideas, dando un valor científico a la historia, que no tuvo antes y que luego han ido reproduciendo los fi­ lósofos posteriores. -

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Con esto no queremos decir que los historiadores y filósofos antiguos, como Herodoto y Polibio o Tácito y Cicerón, desconocieron el mutuo encadenamiento de los hechos históricos o sus relaciones de origen y dependencia. Hay verdades clarísimas que no pueden ocultar­ se a ninguna inteligencia. Que a las guerras civiles siguen años de pobreza y debilidad; que los gobernantes inútiles arrastran a los pue­ blos a la abyección y al servilismo; que la falta de autoridad y de jus­ ticia engendran la anarquía; que la molicie y el lujo hacen débiles a las naciones y afeminadas las sociedades, son hechos evidentes y ver­ dades confirmadas por la experiencia universal. Luego dichos autores no pudieron apartarse en sus estudios de lo que más tarde se llamó pragmatismo filosófico. Cuando Tácito describía, lleno de indignación y de sarcasmo, los vicios y la corrupción de costumbres de los romanos, ciertamente que no dejaría de entrever el triste resultado de semejan­ tes extravíos. N o sería, pues novedad alguna en la concepción agustiniana el estudio de los hechos humanos en cuanto son efecto del concurso de las causas segundas y naturales. San Agustín fijó su atención sin du­ da en el pragmatismo filosófico cuando impugnó las teorías de la fa­ talidad y del acaso, como contrarias y substancialmente opuestas al go­ bierno providencial del mundo e incompatibles con la participación y libre ejercicio de las causas segundas; pero solamente de una manera incidental y sin que forme parte de la esencia de su idea luminosa a­ cerca de la filosofía de la historia. Ni siquiera habría ne>vedad en San Agustín, en la materia que comentamos, de haber supuesto simplemente la intervención de un po­ der sobrenatural en los hechos de un pueblo. La historia de la anti­ güedad pagana es ante todo mitología y no sabe explicar ningún acon­ tecimiento histórico sin la intervención de sus dioses. En esto los anti­ guos estaban más cerca del sentido histórico que nuestros modernos historiadores quienes han convertido la historia en un saco material de hechos, privándola de su profunda realidad espiritual. Los historiadores paganos creían en el influjo de seres supe­ riores al hombre en el desenvolvimiento de los hechos históricos. La mitología, ha dicho Schelling, es la historia primitiva de la humanidad. Y es constante que las épocas que no creen en el Dios verdadero estén saturadas de mitos. Ejemplo la nuestra ...

San Agustín, Padre de la Filosofía de la Historia

El mismo San Agu:stín hubo de contestar a la falsa supos1c1on de la credulidad pagana cuando atribuía los males de Roma y su de­ cadencia al enojo de sus divinidades, por el triunfo e incremento que iba tomando la religión cristiana. Esto prueba que basta creer en un Dios para admitir su influencia en los sucesos humanos, pues no es posible aceptar la apatía e indiferencia de un Dios ante el dolor o la dicha del hombre. Esta creencia es constante y universal, cualesquiera sean las aberraciones de las escuelas filosóficas. El culto, los sacrifi­ cios, son una demostración de esta verdad, o sea, del convencimiento general de una providencia previsora de las cosas y de las criaturas. Ahora bien, esas dos verdades anotadas, que nadie puede glo­ riarse de haberlas descubierto y que todos han reconocido, no bastan para dar a la historia de la filosofía el carácter científico que hoy tie­ ne en las escuelas cristianas y que es el mismo que le diera San A­ gustín.

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Quizás por falta de las nociones precisas acerca de Dios y del hombre, lo cierto es que nunca atinó la historia antigua a hacer de esas grandes ideas un cuerpo orgánico, una verdadera ciencia. Fal­ tábale la aplicación necesaria de ambas verdades, la idea exacta en lo que cabe del concurso divino en las acciones humanas y en los desti­ nos de un pueblo, fruto exclusivo del cristianismo. Y así la providencia y el enlace natural de las cosas parecían dos fuerzas antagónicas, totalmente incompatibles. Si atendía a las cau­ sas naturales, se olvidaba de sus dioses; si miraba a éstos, caía en las revelaciones, el ocultismo, la milagrería, etc. De cualquier modo el fa­ talismo como última consecuencia. Porque si las acciones de los hom­ bres son puro efecto de las causas naturales, o sea, de un encadena­ miento natural, inevitable, sin cuidarse del influjo que pueda tener en ellas una voluntad divina, entonces se cae fácilmente en el error de que no hay fuerza alguna capaz de anular los efectos de ese enlace natural de los hechos; y si, por el contrario, se prescinde de la acción de las causas segundas, especialmente de la libertad humana, entonces se cae fátalmente en las arbitrariedades y el capricho de los falsos dio­ ses,, como única explicación de los hechos. En uno y otro, caso, repito, tenemos el fatalismo, el error más contrario a la concepción de la verdadera filosofía de la historia, ya que niega la parte más importante de la vida de un pueblo, cual es el orden moral y religioso, las aspiraciones y la ordenación a la vida futura, puesto que el orden moral no existe con el "estaba escrito" de la fatalidad y sin el libre ejercicio de la libertad humana. Bajo este concepto la historia debía renunciar a dar razones del pasado y del presente, y mucho más a extender sus miradas a las edades futuras. No habría otra ley ni otra razón de los hechos que el caprichoso que­ rer de los dioses o el fatalismo natural. Siempre la negación del hom­ bre, y por lo tanto de la filosofía de la historia. A esto añadamos el modo exclusivista de ver la historia. El estudio de los hechos por sus causas, naturales o sobrenaturales, se a­ plicó a casos aislados, a acontecimientos particulares y concretos, y no -7

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al conjunto de la historia de un pueblo, desde el principio hasta el fin, como un todo uniforme, sometido a ciertas leyes de orden moral. De ahí que dichos estudios resultaban excelentes narraciones, poéticos re­ latos; pero no historia científica, fundada en principios ciertos y cons­ tantes. La historia, con este exclusivismo, en vez de ciencia resultaba un misterio indecifrable, un problema insoluble. Si los dioses no cuidaban de un pueblo en su conjunto, menos cuidarían y se preocuparían de la humanidad, asunto principalísimo de la filosofía de la historia. La palabra humanidad carece de sentido en­ tre los antiguos. La historia pagana podrá tener un carácter nacional, pero no humano, quiero decir, universal. Se ciñe a los límites de un pueblo o de una nación, y es simplemente la historia de los egipcios, de los persas, de los griegos, de los romanos, pero no es la historia del hombre y de la humanidad. Para los historiadores antiguos tenía poca importancia la par­ te filosófica de los hechos. Nada significaba para ellos· el origen del hombre, el sentimiento humano y universal de una felicidad sin fin, la unidad del género humano y el parentesco en la naturaleza de unos pueblos con otros. Nada significaba tampoco la ley moral, destello de la eterna, que rige a todos los pueblos y determina esas relaciones jurídicas de deberes y derechos de unos hombres con otros, del hom­ bre con la familia y con el Estado. Quién pensaba en los destinos de las naciones y en el último fin del hombre? Les importaba solamente las alternativas de una guerra civil, las conquistas de un emperador, o sea, la parte positiva de los hechos históricos sin parar mientes, no ocurrírseles jamás, las leyes providenciales en que se funda la historia de las sociedades humanas. Esta era la concepción de la historia anterior a San Agustín. Ante sus deficiencias e inconvenientes podemos afirmar que el verda­ dero concepto de la filosofía de la historia no se remonta más allá del tiempo en que vivió el insigne Obispo de Hipona. Y como dicho con­ cepto, según se entiende en el pensamiento católico, lo encontramos en San Agustín, paréceme que hay una razón histórica para buscar en é l el origen remoto de la historia científica, es decir, que hay motivos suficientes para adjudicarle el título de padre de la filosofía de la historia..

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En efecto; el pensamiento de San Agustín reune todos los ca­ racteres y condiciones esenciales que definen esta ciencia. Tan es así que fue él precisamente quien le dió el carácter científico que hoy conserva en nuestros centros culturales, dejando desd e entonces la his­ toria de ser, como hemos visto que era, una simple exposición de los hechos, sin estudio alguno de sus causas. San Agustín distingue la simple historia y la historia científi­ ca. No reprueba la primera, o sea, la mera narración de los hechos, pero le da mayor importancia a la segunda. No cree que en la historia de la filosofía deba ni pueda prescindirse enteramente de los hechos. Pero estos ocupan un lugar secundario, al estudiar filosóficamente al hombre y a la humanidad, y son auxiliares en el conocimiento de las 8-

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causas que han producido esos hechos. La simple historia mira los hechos aislados; la filosofía de la historia mira al hombre y a la humanidad. No pueden confundirse ni oponerse, por tener objetos direreiites;··antes se ayudan mutuamente. Vemos, pues, que el concepto idealista de muchas escuelas modernas, según el cual debe prescindirse en absoluto de los hechos, dista mu­ cho y discrepa substancialmente del pensamiento de San Agustín, quien funda en los hechos todas sus observaciones sobre el desenvolvimien­ to de los acontecimientos humanos. Pero hay en la concepción agustiniana algo aún más original y trascendente, y es el modo amplio y racional de estudiar las causas de los hechos. "Los acontecimientos del universo, en cuanto envuelven o suponen la mediación del hombre, no se juzgan en el conceptq de San Agustín de1 modo exclusivista con que la historia :1ntigc:n los ha­ bía considerado al buscar las razones de todos ellos. Es indudable que, proponiéndose Sari Agustín hacer resaltar el influjo de la Providencia divina en el gobierno del mundo, contra la consideración atea de la historia que lo atribuye todo al acaso o a la fatalidad, no se fija tanto en los planes y aspiraciones de los hombres como en el desenvolví-· miento y realización por medio de los hechos de un plan divino ad­ mirable relativo al género humano. Mas es igualmente cierto que este modo especial con que expone San Agustín el influjo de Dios en los acontecimientos del mundo, no hace que prepondere la acción divina sobre la humana tan absolutamente, que se excluya todo ejercicio li­ bre de la actividad del hombre y todo concurso de las causas segun­ das. El hombre es libre, y con esta su libertad contribuye a dar va­ riedad mayor a los hechos, y a hacerlos conjeturables en lo futuro pa­ ra el corto alcance de la ciencia humana: y ver en todos y en cada u­ no de los hechos, desde el principio al fin de ella, el cumplimiento de un plan trazado por un entendimiento superior al del hombre, no es anular ni reducir a esclavitud la actividad humana, porque la activi­ dad humana es uno de los elementos destinados a la realización de ese plan. Cualquiera, pues, que sea la importancia dada por San Agus­ tín a la participación de la Providencia divina en las viscicitudes de los pueblos, el concepto científico de San Agustín acerca de la histo­ ria supone o considera los hechos como efecto a la vez del libre ejer­ cicio de la actividad humana en los casos particulares en que se ve­ rifican y como resultado de la ciencia y querer divinos en cuanto al plan eterno a que se acomodan y el fin último a que todos van ende­ rezados". Según esta hermosa teoría de San Agustín, rara y desconocida hasta entonces, desaparecen las dificultades y deficiencias del exclu­ sivismo histórico, de cuyos males nos da cuenta no tan sólo la historia antigua, sino también la de nuestros días. Dos factores primordiales determinan los hechos humanos: la intervención de Dios y la actividad libre del hombre. Ni el poder de Dios anula la libertad del hombre, ni la actividad humana logra so­ breponerse a la intervención divina. En esta explicación luminosa que­ dan excluídos, por consiguiente, el fatalismo religioso y el fatalismo naturalista. -9

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Aparentemente los acontecimientos históricos se pr esentan a nuestra vista como efectos de las causas segundas o como consecuen­ cias de la habilidad o de la torpeza de los hombres. Pero una conside­ ración más elevada y filosófica de los mismos, dice San Agustín, nos o­ frece misterios y contradicciones que no se resuelven si no es admiti­ do un poder sobrenatural que ordena y dirige los hechos a un fin de­ terminado, donde desaparecen todas las aparentes antimonias y anoma­ lías. Mas tampoco esta intervención de la divina providencia bastaría para explicarnos los problemas de la historia, si su influjo anula la ac­ tividad libre del hombre; porque entonces son un misterio inexplica­ ble la lucha entre el bien y el mal, los triunfos frecuentes, aunque par­ ciales, del error sobre la verdad, la no menos frecuente opresión del justo y el encumbramiento del inicuo, la injusta postergación del va­ ler y del talento, y la más injusta elevación de la ineptitud y de la imbecilidad. Luego según la mente de San Agustín hay que estudiar los hechos históricos en cuanto procedentes de la actividad humana y de la ordenación divina. Solo así llegaremos a la comprensión de los pro­ blemas de la historia. Sólo así será completo, como debe serlo, el estu­ dio de los hechos en sus causas y en su conexión mutua, que es lo que constituye la filosofía de la historia, o la verdadera sociología, en su más noble y genuina expresión y significado. -

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A este concepto fundamental de la filosofía de la historia a­ ñade San Agustín otros signos principalísimos propios de esta ciencia y que contribuyen a darle valor filosófico y universal. Así todo hecho individual está dentro del plan divino, según el cual se suceden las viscicitudes de los pueblos. La importancia y significación de un acto privado radica en la relación que pueda tener con todos los otros. Es­ te enlace, esta relación de unas acciones con otras y de todas a un fin último y general es lo verdaderamente científico de la historia. Y esta apreciación general, este estudio científico, este carácter filosófico, in­ cluído en el orden superior de la Providencia divina, es lo que resalta admirablemente en los libros de "La Ciudad de Dios", al exponer en su más remoto origen, en su desarrollo y progreso, y en su último fin, la historia del hombre, la historia de la humanidad.. A esta penetración y enlace general de los hechos une San A­ gustín el carácter universal de lo histórico. La historia del hombre no es la historia de un pueblo determinado, por fuerte y poderoso que sea. Todos los pueblos son igualmente objeto de la historia científica, puesto que los problemas que ésta estudia brotan del origen y destino del hombre. Y el destino y origen del hombre no están encerrados en las fronteras de ningún país, no los comunica el mito de la superiori­ dad de la raza, ni el falso mesianismo de la clase, ni 1� tonterías del liberalismo, ni la ingenuidad de la adulterada democracia. Por eso la mirada de San Agustín va más allá de los prime­ ros hechos de un pueblo y no se detiene en los acontecimientos con­ temporáneos: es la humanidad el objeto de sus concepciones, y la hu-

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manidad no tiene la vida efímera de las sociedades particulares ni la estrecha existencia de un pueblo o de una raza. Por primera vez, escribe Gilson, una razón humana osa intentar la síntesis de la his­ toria universal. Pero este intento glorioso no sólo se remonta a la cu­ na del linaje humano y con vuelo de águila penetra en los últimos tiempos, sino que expone primero la disposición del plan divino que ha precedido a la existencia del hombre, y estudia después todo el fu­ turo destino señalado a los pueblos en este plan, cuando el hombre desaparezca de la tierra, y haya cesado para siempre la oposición del bien y del mal y terminado la lucha de las dos ciudades. No cabe un concepto más universal de la filosofía de la histo­ ria, que el expuesto por San Agustín. Tampoco más científico, como se deduce de lo expuesto por nosotros. Ya hemos dicho que a su mi­ rada genial no se sustrae ningún suceso culminante de la historia del género humano, y que una de las. cualidades de su grandioso sistema consiste en buscar en los mismos hechos particulares su lado más filo­ sófico, pues el genio de San Agustín no podía reducir la historia hu­ mana a un sistema arbitrario de filosofía histórica, como han hecho al­ gunas escuelas modernas racionalistas. Con todo, "las leyes providenciales a que se someten los he­ chos, las aspiraciones humanas que en los hechos se ocultan, el desen­ volvimiento de principios representados eri. los hechos y por los he­ chos, es lo que atrae principalmente la mirada investigadora del Agui­ la de los Doctores. En los hechos y por los hechos estudia San Agus­ tín el origen y el fin del hombre, la lucha entre el bien y el mal, la realización de un plan vastísimo, concebido en la mente divina con re­ lación al género humano".

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Termino esta glosa con algunas conclusiones importantes. Si la filosofía no ha de confundirse con la extravagancia, tenemos que confesar que filosóficamente hemos progresado poco desde San Agus­ tín a nuestros días. En la solución de los problemas fundamentales que verdaderamente interesan al hombre, más bien hemos sufrido un re­ troceso. La bárbara filosofía materialista casi ha ahogado el espiritua­ lismo cristiano, cuyo exponente máximo es San Agustín. Pero quizás ha sonado ya la hora en que se cumpla la profesía de Montalembert: "Día vendrá en que la humanidad pedirá a gritos que la saquen del espantoso desierto a donde la han llevado las teorías modernas; día en que querrá oír de nuevo los cantos de su cuna, respirar los perfumes de su juventud, acercar los secos labios al pecho de la Iglesia católica". Parece que ese día lo estamos viviendo ya. "Una nueva época ha comenzado y el compás del desarrollo histórico cambia radicalmen­ te", dijo Berdiaeff. Ese compás catastrófico que domina el momento ac­ tual es tal vez la iniciación de una nueva etapa de la filosofía cristia­ na informando al espíritu humano y conduciendo al hombre hacia los resplandores de la verdad. Entonces el hombre de movimiento espiri­ tualista, y la elevación de miras, la profundidad de pensamientos, los vuelos soberanos, las intuiciones sublimes del Obispo de Hipona darían satisfacción cabal y completa a todas las aspiraciones humanas. El pen-11

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samiento readquiriría su jerarquía y su grandeza, y la filosofía su soli­ dez y su prestancia. Pero donde más se deja sentir la necesidad de estudiar a San Agustín en los momentos actuales, es en la hermosa exposición del go­ bierno providencial del mundo. San Agustín se valió de la historia pa­ ra contestar a las injuriosas imputaciones que se lanzaban en sus días contra la idea cristiana. También en los nuestros hay gentes tan esca­ sas de reflexión que quieren culpar al cristianismo de la catástrof e que aqueja a la humanidad. San Agustín hizo ver que la decadencia del imperio romano era efecto de sus vicios y de su corrupción. Nosotros debemos convencernos y proclamar muy alto que nuestra tragedia es consecuencia de una era de errores y de horrores, de crímenes y de apostasías. San Agustín, valiéndose de la historia, escribió la mejor de­ fensa de la fe. Y esta defensa de la fe resultó asimismo la más gran­ diosa filosofía de la historia. En este sentido sí que no hemos progre­ sado- un paso. San Agustín es el maestro único de nuestro tiempo. Mu­ chas ideas que los ignorantes modernos creen modernas se encuentran en tratados de San Agustín. Con razón escribió Euken que hay pun­ tos en los que con su subjetividad poderosa y profunda está más cerca de nosotros que Hégel o Schopenhauer. Es, pues, sin duda alguna, San Agustín el padre de la filoso­ fía de la historia. Sus ideas acerca de esta materia forman el sistema histórico de todas las escuelas cristianas posteriores, menos, ya se en­ tiende, de las racionalistas las cuales han alterado lastimosamente su pensamiento. La primera filosofía de la historia, dice Berdiaeff, admi­ rable por cierto, fue la de San Agustín. "Tuvo un gran significado pa­ r� casi todas las posteriores filosofías de la historia, habiendo nacido durant e el período cristiano de la historia universal, es decir, coinci­ denciando su origen con uno de los momentos más catastróficos de la historia universal: con el derrumbamiento del mundo antiguo y la caí­ da de Roma". Uno de esos momentos catastróficos de la historia se repite hoy. Las enseñanzas de San Agustín no pueden ser más oportunas. Es la llegada del médico que viene a decirnos el origen de nuestra do­ lencia y nos trae el remedio de nuestra enfermedad.

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