nosotros Por Mex Faliero Fotos: Ajo

El cine, nosotros ese espejo de Mientras la movida audiovisual crece en la ciudad, realizadores, críticos y programadores de festivales debaten ac...
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El cine, nosotros

ese

espejo

de

Mientras la movida audiovisual crece en la ciudad, realizadores, críticos y programadores de festivales debaten acerca de la existencia o no de una cinematografía local. Hay más preguntas que respuestas. El disparador: ¿Existe el cine marplatense?

Por Mex Faliero – Fotos: Ajo

Hay preguntas que evidencian lo complejo de su respuesta ya desde el enunciado: ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es

el origen del ser humano? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Sin embargo hay otras que, a pesar de parecer sencillas, de no suponer demasiados debates existencialistas o filosóficos, son mucho más complicadas de responder. Una de estas incógnitas sería, por ejemplo: ¿existe el cine marplatense? Uno no dudaría en afirmar que sí, que hay muchos cortometrajes hechos por realizadores locales y que la producción ha aumentado enormemente en el último tiempo, incluso con una incursión en el largometraje con alcance nacional como es el caso de Detrás del horror y Navidad, de Diego de Llano, ambas con premios en festivales nacionales y hasta distribución internacional. Pero si nos cuestionamos acerca de qué hace a la esencia regional de una movida cinematográfica, notaremos que el asunto comienza a enroscarse alrededor de disquisiciones mucho más amplias y difusas. ¿Qué calificamos como cine marplatense? ¿Con qué objetivo perseguir esta categoría? ¿Buscamos cantidad o calidad? El concepto de un cine de Mar del Plata es todavía un horizonte hacia el que —si bien más cercano que antes— muchos se encuentran remando. Realizadores, críticos de cine y programadores de festivales son los que están en ese viaje, con más preguntas que respuestas. “Tendríamos que redefinir —o pensar— casi desde lo semántico qué sería un cine marplatense. Si es la producción que se realiza en la ciudad, por gente de la ciudad… pues sí, existe. Si es un cine que dé cuenta de nuestras vivencias, de nuestra realidad, de nuestro modo de ser… creo que aún estamos todos en deuda. Y es una pena porque la ciudad amerita un buen relato”, señala el guionista y docente Ricardo Aiello, también miembro de la Asociación de Autores Cinematográficos Migré. Siempre es un buen punto de partida determinar de qué se está hablando, pensar en concreto si el objeto de discusión tiene asidero, dejando de lado las abstracciones. Y es entonces cuando aparecen opiniones firmes, en un sentido o en el otro. Por un lado el docente y crítico del sitio web Fancinema, Guillermo Colantonio, asegura que no existe un cine local, que

lo que hay son “realizadores en Mar del Plata que hacen cine desde diversos contextos de producción”. Mientras que el realizador Germán López, por el contrario, dice que se está viviendo “el amanecer de una época gloriosa”. Para el director de Umbriel, en la ciudad se está viviendo un tiempo de “expansión del oficio y el lenguaje audiovisual. Los realizadores marplatenses están creando y el público está consumiendo. Pero por sobre todas las cosas: los realizadores se están instruyendo y perfeccionando tanto autodidacta como académicamente”. Estas opiniones encontradas no hacen más que alimentar la dicotomía que existe entre el positivismo de los hacedores y el objetivismo de los analistas, un cruce histórico y que se manifiesta constantemente. Incluso con miradas más arriesgadas como la de la realizadora Daniela Muttis: “para mí lo que existe ni siquiera es el cine, es un universo audiovisual que se desarrolla en múltiples formatos, que tiene en sí mismo la idea de una narrativa cinematográfica, pero no el formato”. “Se puede hablar de productos audiovisuales marplatenses, todavía no de cine, palabra que creo designa un nivel más complejo de articulación narrativa. Se podría concluir que no existe como entidad colectiva y como producción determinada”, agrega el docente Oscar Alvarez a la hora de desarticular categorías demasiado duras para denominar al movimiento audiovisual que se registra en Mar del Plata.

El estado de las cosas

Antes que todo, está el Estado. Y es el realizador y coordinador de ciclos de exhibición, Mariano Oliveros, quien instala la necesidad de su presencia como algo fundamental para la concreción de una cinematografía local. Para él no habrá un cine marplatense hasta tanto no aparezca “un organismo estatal que participe de manera activa en la financiación o ayuda en la producción y que permita que la producción se englobe bajo ese paraguas”. La presencia del Estado es siempre una figura compleja, en tanto las autoridades interpreten la asistencia estatal no como una herramienta fundamental para la transmisión de un discurso oficial, sino como un soporte que construye identidad audiovisual y cultural. El subsidio estatal es un mecanismo tan útil como peligroso.

“Sería importante que el Estado comunal se involucre más, no tanto en abrir espacios para la exhibición —que los hay—, sino desde la primera etapa de realización de un proyecto. Estaría bueno contar con algún concurso para obtener subsidios que permitan realizar anualmente, al menos, un par de proyectos”, se suma al reclamo el realizador Diego de Llano, quien desde Controversiafilms lleva adelante una carrera de las más activas en la producción audiovisual de la ciudad. Más allá de la posibilidad de un subsidio, la gestión cultural oficial en Mar del Plata, en lo relativo al cine, tuvo históricamente nula influencia. Y eso se notó mayormente a partir del Festival Internacional que organiza el INCAA en la ciudad desde hace casi dos décadas —en su regreso—, un espacio casi vedado para los diversos actores culturales marplatenses. Este año la Secretaría de Cultura local intentó aligerar esa ausencia con la creación de un Festival Nacional de Cortos sobre Derechos Humanos y de un Festival de Cine Marplatense, que si bien parece una buena idea lució desprolijo y más como fruto de la necesidad por demostrar acción en un año de elecciones. De todos modos la posibilidad del aporte oficial no es un objetivo que persiguen todos los realizadores. En ese sentido el director Miguel Monforte no ve con tan buenos ojos la injerencia estatal. Para él una movida audiovisual que dependa del Estado, ya sea municipal, provincial o nacional es un “encorsetamiento peligroso”. Bajo su óptica, el Estado debe gestionar “lo que la gente demanda de un modo coherente y sin demagogias. Por supuesto, tampoco renuncio a ningún tipo de apoyo si hay posibilidad de lograrlo y esto no interfiere en mi libertad de expresión”. En esa línea se coloca el docente y crítico de la revista La otra y el sitio web Hacerse la crítica, José Miccio, quien manifiesta no estar seguro sobre la participación del municipio “más allá de los obvios permisos para filmar acá o allá”. Para él resultaría más interesante “contar con una sala

dedicada a la proyección, con uno o varios programadores capaces de ofrecer ciclos variados y novedosos, y con la posibilidad de editar material crítico e histórico. Algo así como la Lugones porteña”. En todo caso, como afirma Colantonio, lo realmente necesario por parte del Estado comunal es que esté presente en la evaluación de proyectos serios “sin la designación de gente improvisada para manejar sectores vinculados a la cultura. Para eso se necesita formación, conocimiento y sensibilidad”.

Identidad desconocida

Uno de los rasgos distintivos de este presente en la ciudad, y que lleva a preguntarnos por la existencia o no de un cine marplatense, es el evidente aumento en la producción audiovisual: ficciones, publicidades, videoclips, en una gestación que aumenta y muestra un mayor cuidado estético. Hay diversas variables que pueden influir, como una tecnología más económica y al alcance de todos, el contagio que pueden generar dos festivales internacionales de cine como el del INCAA o el MARFICI, o la injerencia de las instituciones que educan en lo audiovisual. Y hay más. Pero en definitiva la duda es si lo que define la figura de un cine regional es la presencia de mucha gente filmando en un mismo lugar o la aparición de símbolos culturales identitarios y comunes entre películas. Al respecto, Oliveros acerca una visión concreta: “lo que define al cine de una ciudad es el hecho de que la producción provenga de gente de una localidad. Si yo filmo una comedia adentro de una casa, no deja de ser una película marplatense si buena parte del equipo, realizadores y actores, son marplatenses, aunque la casa esté en Mar del Plata, Tandil o Mendoza”. Pero a costa de sonar antipático, Monforte confronta: “no alcanza con que mucha gente produzca material

audiovisual en un determinado lugar” —como está ocurriendo en Mar del Plata—, eso no es “relevante a menos que ese material resulte trascendente por diferentes motivos”. En definitiva, lo que el director de Héroe corriente señala es que más allá de algunas condiciones similares entre realizadores, eso no se convierte en un sistema de símbolos culturales regulares. Y lo que empieza a tener influencia es otro asunto, que tiene que ver con la impronta de ciudad turística, con una consciencia de lugar de paso que condiciona culturalmente: “por más que Mar del Plata sea la segunda ciudad más filmada del país, sus habitantes tenemos escasa representación en la pantalla a través del cine porteño…”. Y arriesga: “quizás este sí sea un rasgo”. El concepto de lugar de paso es también para Colantonio lo que condiciona una identidad cultural dispersa, y que impide un imaginario audiovisual común. “Mar del Plata ha sido y es una ciudad de tránsito (turístico, laboral y estudiantil). Su indeterminación en este sentido no hace posible internalizar un concepto de región como propio, ni siquiera en su diversidad. Por ende, no hay un cine que represente a los marplatenses o dé cuenta de ese sentimiento en común que define a una región”. El asunto de la identidad en la construcción de Mar del Plata como ciudad, algo que se remite a sus orígenes y al espacio estratégico que ocupa dentro de lo productivo en el país, toma centralidad. El dilema parece estar presente en el hecho de que la ciudad en el cine argentino ha sido vista siempre con ojos extraños —“en general, todavía sigue siendo para el cine una escenografía o el lugar donde se realiza el mayor de los festivales de cine de nuestro país y que, por cierto, no se organiza en esta ciudad”, dice Muttis—: es la ciudad del verano de la comedia picaresca a lo Porcel y Olmedo, o la del invierno mustio y desolador del Nuevo Cine Argentino. Asumirse desde un lugar personal parece el desafío de los realizadores marplatenses, alejarse de la imagen turística a la que la

cinematografía nacional condenó. “El cine se hace contra la postal. Un espíritu provinciano nos hundirá para siempre en el chiquitaje, y terminará convenciéndonos de que nuestro destino es filmar planos generales de la rambla. De necesitar un cine local (algo que habría que ver), no necesitamos un cine Cholo Ciano. Necesitamos un cine Vilas, un cine Piazzolla, un cine al que Mar del Plata no le baste”, como sentencia Miccio.

Inteligencia artificial

Señalábamos anteriormente como una de las variables que influyeron en el aumento de la producción audiovisual local, la aparición de tecnologías más diversas y económicas, que sirvieron para democratizar de alguna forma el acceso al cine. Cámaras de fotos o celulares permiten filmar una película, y si le sumamos los prácticos programas de edición que uno puede

tener en su computadora, las posibilidades para “hacer cine” se amplifican notoriamente. Aunque claro, con la tecnología ingresa otro debate, que tiene que ver con cómo su uso impacta en el desarrollo de los artistas, algo que parece tener mayor injerencia en la producción que en la realización cinematográfica. “Que la tecnología baje los costos de producción es crucial, pero creo que es el dominio de la técnica —no sólo de la tecnología— lo que conduce a la excelencia artística”, manifiesta Mariano Laguyas, director de Chau. Ese parece ser un sentimiento compartido por todos, la tecnología no hace al artista. Y hay algunos lamentos, como el que expresa Aiello, ante el peligro que implica la preeminencia de la tecnología por sobre la sabiduría narrativa, que de eso se trata el cine: “se piensa más en el tenedor y cuchillo que en el propio plato o comida. Hay una gran ausencia en la enseñanza de la creatividad —que por otra parte es imposible de enseñar—. La pericia técnica sólo es un paso hacia la construcción de un mejor artista. Pero hasta diría que no es excluyente”. “Las tecnologías baratas ayudan pero no bastan. El cine directo necesitó de cámaras livianas y sonido sincronizado, pero existió porque Robert Drew hizo con esas novedades algo que no se había hecho antes, y que podría no haberse hecho nunca. Para hacer películas de bajo costo los medios existen. Lo que falta son ojos y oídos, amor y coraje. El cine exige más que habilidad técnica. Mucho más. De hecho puede prescindir de ella”, agrega Miccio. De todos modos, y más allá de que como también señala Colantonio “la llamada democratización tecnológica, además de propiciar un terreno de mayores oportunidades generó su propia paradoja: la falta de ideas”, no deja de ser válido que, gracias a la aparición de nuevas herramientas para registrar imágenes, existan más realizadores. La digitalización permite no sólo mejores condiciones de producción, sino también una

forma más cercana de acceder al público. Como explica Oliveros, “es lo que llevó a que se produzcan muchas más películas marplatenses en estos últimos cinco años que en toda la década anterior”. Es claro a esta altura que el fácil acceso a la tecnología sugiere una mayor cantidad de personas intentando hacer algo con esa herramienta. Y es en la práctica donde ese sujeto descubrirá si es un cineasta o sólo alguien que construye imágenes. La programadora del Mar del Plata Festival Internacional de Cine Independiente (MARFICI) Verónica Paz reconoce que si por un lado “vivimos una época en la que generamos imágenes compulsivamente” y es “muy seductora la idea de proponerse la realización audiovisual, sobre todo porque este aggiornado starsystem en el que estamos propone al realizador como un sujeto destacado”, también existen sus contraindicaciones: “confieso que sigue sorprendiéndome la facilidad con la que puede alguien autodefinirse como director de cine”.

Los profesionales

Como la idea de una industria cinematográfica local parece lejana (muy lejana, y a pesar de las buenas intenciones y los espíritus positivos), lo que aparece en el horizonte como un objetivo inmediato es el desarrollo de profesionales de nivel y en diversos rubros. Si bien como indica Miccio “los profesionales son importantes pero no definen los partidos”, un cine con buenos técnicos en fotografía, sonido, edición y otras áreas, posibilitará que las producciones locales adquieran un aspecto más cuidado. En definitiva la imposibilidad de profesionalización es un problema que no se ha podido resolver aún y que no saca al cine local de una independencia a pulmón que pide a gritos cierta indulgencia en el análisis.

“Afortunadamente en los últimos años, gracias a los planes de fomento y de las políticas estatales (INCAA, TDA, etcétera) se ha logrado avanzar en ese sentido. Pero se requiere persistencia en las políticas y una concientización de los profesionales y de las empresas privadas. En la ciudad hay un campo de acción propio —limitado—, y un campo que se abre a partir de producciones que llegan. Lamentablemente todavía no se coordina, hay falta de comunicación y falta de compromiso político en muchos realizadores”, sentencia Aiello. Para Colantonio, la falta de formación “afecta todos los rubros”, pero el cine no “se trata de modelar una estética como si uno preparara una torta. La estética se encuentra en la medida en que haya una producción continua y que las condiciones estén dadas para que las películas y los órganos de difusión tengan un espacio de discusión. Hay muestras anuales de trabajos pero quién los discute, desde dónde se avanza, desde dónde se construye para mejorar. ¿O la única opción es filmar porque sí? ¿Quién piensa su práctica?”. Sobre este punto la mirada común es más pesimista. Para Monforte, se abren algunos nichos momentáneos en el campo de la publicidad o trabajando en alguna productora que realice videoclips, institucionales o colaboraciones con compañías porteñas. Pero si bien eso ayuda a vivir del medio y a lograr una gimnasia laboral, se lo hace “trabajando para cubrir necesidades de terceros”. Lo que se pierde de esa manera es el desarrollo de ideas propias, de trabajos personales, de una ola creativa que se aplique en el camino apropiado. Sin embargo para Laguyas, de a poco se está dando una profesionalización o, al menos, lo que él ha dado en llamar “una especialización”. “Quizá todavía hoy en Mar del Plata no haya demasiadas chances para tomar ciertos roles como una profesión, porque priman las producciones a pulmón sobre las que remuneran con dinero el trabajo de los técnicos, pero definitivamente eso es independiente de la mejora en la calidad”.

El impedimento mayor parece provenir de la forma en que los medios de la ciudad, entidades que deberían ser fundamentales a la hora de difundir y promover, se sostienen económicamente. Alvarez explica que las pautas publicitarias de los principales medios audiovisuales de la ciudad son de índole nacional —“si sólo se financiaran con la comercialización local no serían viables”—, una realidad que sufren todas las ciudades del interior, no sólo Mar del Plata. “Hay que pensar cómo con menos se puede hacer más, inclusive pensar otros circuitos de distribución de costos menores sin pérdida de una calidad básica”. Y esto lleva al terreno de las ideas, que siempre se aleja de cuestiones presupuestarias o técnicas. Las ideas se imponen desde otros lugares, y como destaca el periodista Rodrigo Sabio “mayormente en todas partes del mundo cuando surge un nuevo cine, siempre ha sido por fuera del sistema profesional y comercial”.

Atrápame si puedes

Si el Estado debe imponerse, sosteniendo económicamente y facilitando espacios de exhibición y formación, y los artistas tienen que mejorar su especialización promoviendo hacia un espacio de mayor profesionalismo, hay una tercera pata que resulta fundamental en este aspecto y es el público. “Hablar de cine marplatense suena un poco presuntuoso, porque en general me parece que hay muchos realizadores marplatenses pero no hay un público que consuma cine marplatense, entonces el cine sin público es como una entidad fantasma que nunca concreta. Cine es la experiencia ida y vuelta”, resalta Sabio. La pregunta es entonces si hay un público local que consuma productos locales y si es posible esto, sin una referencia concreta que relacione al ciudadano con sus artistas. Para Paz “hay un público que responde a propuestas con las que se vincula afectiva, familiar, socialmente. El otro, que más allá del origen local, la elija por los rasgos de ese contenido o propuesta, aún debe construirse”. Lo preciso, como dice Aiello, es que “ningún cine, ninguna obra, ninguna expresión artística tiene vida sin el espectador”. ¿Y cómo se construye ese público entonces? Para Miguel Monforte “con educación audiovisual desde el jardín de infantes, la primaria, la secundaria, con docentes capacitados para hacerlo”; una construcción cultural que con el tiempo llevará a la gente “acercarse a ver lo que hacen sus vecinos, poniéndolo en su justo lugar para valorarlo”. “El público se construye lentamente. El mejor ejemplo es el festival de cine, que lleva casi 20 años y puede enorgullecerse de varias cosas. Por lo demás, habrá cine en Mar del Plata cuando haya cinefilia y dejemos de pensar como profes progresistas, traduciendo la impericia por esfuerzo o la estupidez por inexperiencia. Una cosa es el colegio, otra el cine”, explica Miccio.

Los realizadores como De Llano lo tienen claro, la gente se va a acercar a ver cine local “en la medida que éste lo respete y le ofrezca productos de calidad. Si se presenta cualquier cosa bajo el título de cine marplatense, el espectador que fue a ver eso, lamentablemente, va a generalizar y posiblemente no vaya más”. De todos modos, así como la tecnología modificó a los artistas y la forma de desarrollar su actividad, también lo hizo con el público y el modo en que se acerca al cine: “creo que hoy día el gran público está on-line. La ciudad no debería ser un límite demográfico para nuestro producto”, explica López, realizador joven con una visión que amplifica el panorama a partir de lo que las nuevas generaciones consumen.

Búsqueda frenética

El recorrido de opiniones y miradas nos ofrece un panorama amplio, de cruces y divergencias. Lo cierto es que más que algo concreto, el cine marplatense es aún ese horizonte al cual todavía no podemos acercarnos: está siempre ahí, pero cuesta definirlo. Si más que respuestas hemos obtenido preguntas, Mariano Laguyas se permite algunas que enriquecen la perspectiva porque aportan la cuota de abstracción necesaria para descubrir que las categorizaciones son algo rígidas y, tal vez, inútiles de perseguir: “¿cuántos estamos interesados en desarrollar la idea de un cine marplatense? ¿Es necesario que los hacedores del cine marplatense sean conscientes de su creación? Aunque no nos lo propongamos, los marplatenses que grabamos en Mar del Plata ¿podemos dejar de estar haciendo ‘cine marplatense’? En este punto creo que el tema puede ser un poco más de resultados que de intenciones. El ‘cine marplatense’ surgiría como fruto, como consecuencia del aumento del número de producciones”. En todo caso no deja de ser positivo que la mirada general sea

de búsqueda, tanto en los jóvenes como en los más experimentados. Dejar de buscar sería dormirse en los laureles: dudas antes que certezas. Sólo en la cantidad, en el aporte de ideas, en el esfuerzo constante del trabajo y en la amplitud de miradas surgirá esa identidad esquiva que tanto nos falta a los marplatenses. Porque qué otra cosa puede pintarnos mejor como ciudadanos que el cine. Ese cine que todavía no somos, tal vez simbolice a la ciudad que no termina de ser.

¿Por qué los policías hablan así? Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

Por Pablo Vasco – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

Juan

Pablo

Buceta



Mediodía. policial.

Zapping

televisivo.

Noticiero

con

información

—Gracias, Alfredo. Estamos en vivo con el comisario Garmendia, de la Distrital para que nos cuente lo que acaba de ocurrir hace instantes en uno de los barrios de nuestra querida Mar del Plata. Buenos días, comisario, ¿qué ocurrió? —Buenos días. En el día de la fecha, ocurrió un terrible hecho delictivo, luego de una sangrienta persecución. En horas de la mañana —y en la intersección de las calles Marcelo T. de Alvear y Vértiz— un individuo masculino, de 35 años de edad, cuyo nombre según lo certifica el documento nacional de identidad es Emiliano Lobo, se apersonó con la intención de acceder a la finca en donde vive otro masculino de 22 años, argentino, instruido, de nombre Oscar González y conocido en el barrio con el apodo de El Chanchito.

Aparentemente —y luego de una discusión porque el propietario de la casilla no accedió a franquearle la entrada— Lobo procedió a soplar con fuerza, provocando el derrumbe de la humilde vivienda. —Y qué sucedió? —En ese momento, comenzó una persecución de a pie por las calles del barrio, en donde Lobo arrojó varias piedras a manera de proyectil, provocando que Chanchito González se apersonara en una finca a tres cuadras de donde ocurrieron los primeros incidentes. En dicha vivienda, se encontraba Daniel González, 25 años, quien ante requerimiento policial manifestó ser hermano de Oscar y también apodado El Chanchito. Ante las amenazas e insultos de Lobo, los dos hermanos González salieron en busca de un tercero: Emiliano, 33 años, argentino, instruido, domiciliado en la intersección de las arterias Los Tulipanes y Las Margaritas, en el Bosque Peralta Ramos. Aparentemente, este grupo de ciudadanos formaba parte de alguna especie de asociación ilícita, porque también el último de los González afirmó ser conocido bajo el seudónimo de El Chanchito. Finalmente,

Lobo

llegó

hasta

el

inmueble

en

donde

se

refugiaban los Tres Chanchitos González. Con la intención de acceder al interior de la misma, el agresor hizo uso de un arma de fuego calibre 45, sin permiso aparente para su utilización. Efectuó un par de tiros al aire con el objetivo de amedrentar y —al no conseguir respuesta alguna— se apersonó hasta la chimenea trepando por los techos. —¿Los hermanos eran menores de edad? —Si usted procediera a prestarme atención, señor periodista, habría caído en la cuenta que le dije que las edades eran 22, 25 y 33…

—Mil disculpas, pero me veo obligado todo el tiempo a preguntar eso. —No importa. Según manifestaron los vecinos del Bosque consultados por efectivos de la Departamental, Emiliano Lobo se arrojó por el hueco de la chimenea, sin tener en cuenta que Los Tres Chanchitos González lo estaban esperando a la salida de la misma con un recipiente metálico —más conocido como cacerola— en cuyo interior había agua hirviendo. Al caer en el agua, Lobo encontró la muerte en el acto, lo que fue comprobado por los peritos en un allanamiento posterior. Por último, se procedió a la captura inmediata de los hermanos González, alias los Tres Chanchitos, acusados de homicidio agravado. En la última vivienda, además, se pudo incautar una gran cantidad de teléfonos celulares, 35 gramos de marihuana, varios talonarios de cheques falsos y un automóvil cortado, por lo que se presume que en ese lugar funcionaba un desarmadero. —¿Qué pena les cabría a estos malvivientes? Porque son malvivientes, ¿verdad? —Eso quedará en manos de la justicia, ya está el fiscal trabajando en el caso. También quisiera informar que Emiliano Lobo, el occiso, tenía un establecimiento de faenado de chacinados en Batán, por lo que no se descarta que la discusión inicial respondiera a un ajuste de cuentas. —Muchas gracias, comisario. Lo amo. —Yo también procederé a hacer lo mismo. —Volvemos a estudios centrales. Adelante, Alfredo.

Que no decaiga Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

Por Jorge Kostinger – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

Barney es un dinosaurio

Juan

Pablo

Buceta



que vive en nuestra mente y cuando se hace grande es realmente sorprendente!

Él le brinda su amistad a grandes y pequeños después de la escuela juegan todos muy contentos.

Se aleja la canción, fade out por distancia, se mezcla ahora con los sonidos del tránsito. Ha pasado el Tren de la Alegría, y todavía reverbera en el asfalto su felicidad empecinada, estridente hasta la náusea. Allá va, con alegres pasajeros y con pasajeros que se quieren matar. Todos llevan maracas y gorros de plástico y zanahorias gigantes y toda la artillería que compone lo que en los casamientos es el siniestro pasaje del carnaval carioca. Vocệ Abuuuusou. Tío levantate, vení al trencito, no seas amargo. Paró en un semáforo, todavía se lo ve. ¿Lo ves? Es un tren, aunque tiene forma de barco y no es más que la carrocería disfrazada de un colectivo. Por algo en el nomenclador municipal figuran como Vehículos de Fantasía. Los hemos imaginado, lo hemos urdido como sociedad para pasearnos felices por las calles, para que todos sepan que estamos felices, viajando con los personajes que salieron de la tele. Hace muchos años veraneábamos en Mar de Ajó, y una mañana fuimos hasta San Bernardo. Ya estábamos por volver cuando Cami, que tenía 5 años, vio a Tigger parado junto a uno de estos trenes de la Alegría. Así que bajamos y la niña corrió a abrazarse con el inquieto y hermoso tigre amigo de Winnie

Pooh. Mientras buscaba el ángulo para inmortalizar el momento con mi cámara de fotos, quedé en medio de Bellota y de la Pantera Rosa. Parece que venían con problemas, porque la Chica Superpoderosa, agitaba sus desnudos y oscuros brazos, musculosos y con cicatrices y tatuajes tumberos, movía sus extremidades como aspas por fuera de su vestidito verde, mientras hacía oír su voz aguardentosa, llena de furia pero asordinada por la gomaespuma de la máscara. Sí, y decile a Digimón que la próxima le bajo todos los dientes. Los muñecos están siempre un paso por detrás de la moda infantil; es que debe ser difícil confeccionar los trajes. Así se ha visto a la dupla Bananín y Bananón soliviantando a los pasajeros mucho después de haber salido de cartel. Pero otros, como Pedro Picapiedras o la (¿el?) Pantera Rosa o los Power Rangers han sabido pasar a la categoría de clásicos, acompañando al pasaje del trenbarcolectivo, aunque ninguno de los niños los haya visto jamás por televisión. Después de lo de Tigger en San Bernardo, quedamos con Cami en hacer el viaje acá. Uno es capaz de sufrir así por los hijos. La ciudad desde arriba impacta, supongo que como impacta al ser llevado en ese otro ritual abominable, el de las despedidas de soltero, cuando se es transportado por energúmenos amigos de los amigos de los conocidos, medio en bolas, con los labios pintados en el baúl abierto de un coche. Hola, sí, que tal, soy víctima de una pseudo felicidad tortuosa que yo mismo desprecio, emanada de razones antropológicas insondables, quévaser, easí. Bocina, bocina, qué lindo todo. En el Tren de la Alegría es lo mismo. Uno atisba a extrañar la normalidad de luchar con la impresora, salir a comprar el pan, llevar la cara de culo que le venga en gana. Y está ahí, aturdido por cumbias y reguetones, animado a la happiness por monigotes medio muertos de calor. ¿La estás pasando bien, pequeña?

Los disfraces vistos de cerca son metáfora de la posible decadencia terminal de la civilización occidental. Un Bart Simpson con la cabeza deforme habla agachado con el conductor invisible; el traje de Barney no estaría tan mal, si no fuera porque el lejano parecido cesa de golpe entre el brazo y la muñeca, cuando uno espera que remate con una mano gordita y acolchada, aparece un vulgar guante de lana rojo, que revela una humanidad cualunque trabajando de lo que puede. Hay una maquillada tristeza en el Tren de la Alegría. No se si será que Bob Esponja pierde la voz en su versión monstruosa, no se si es el desgano poco tropical en el uso de las maracas o el recorrido gris de esta felicidad rodante, pero algo de lo que se promete no termina de cumplirse.

Barney nos enseña muchos juegos divertidos, el a b c, el uno, dos, tres también son sus amigos.

Barney viene a jugar cuando lo necesitas él también te ayudará si crees en fantasías!!!

Las invasiones bárbaras Aguafuertes marplatenses de un renegado el Interzonal. Ojo de halcón que ve en general y el plano en detalle (que es Jorge, el que no puede dejar de encontrar

Por Jorge Kostinger – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

periodista nacido en simultáneo el plano lo mismo que decir: el pelo en la sopa).

Juan

Pablo

Buceta



Comenté una foto de Me lo dijo un forro, una de esas páginas sarcásticas del face, cuyo texto decía: “Madre que le pone Jonatan a su hijo y ya le nació villero, con un arito en el labio, robando y en el documento dice El Jony”.

Quién es el/la imbécil que escribe estas cosas. Se te acabaron las ideas y tratás de llamar la atención volcando al nazismo. No te lo dijo un forro, sos el forro. Y ni siquiera podés fingir que es en clave de humor o de crítica a lo Micky Vainilla, no te da. Para próximos posteos podrías bardear a los desaparecidos, intervenir una foto del holocausto o incitar al femicidio. Qué groso que sos. Más de 200 personas me dieron like. Pero unas cuantas salieron a matarme en defensa de la página. No importa, no a los fines de esta columna. El tema es la pasmosa libertad que se da la gente más horrible para publicar sus ideas denigratorias y racistas. Negro, pardo, catinga, wachiturro, cabeza, moreno, villero. La lista es ominosa e infinita. Si a esto le agregara ciertos chistes antisemitas que pululan por las escuelas, y le sumara comentarios a mi comentario acerca de lo bien que estaban sus padres con los milicos, mi columna hubiera empezado así: En 1961, Hanna Arendt está en Israel, enviada por The New Yorker, para cubrir el juicio histórico a Adolf Eichmann, un funcionario del nazismo encargado de administrar la circulación de trenes con prisioneros hacia los campos de concentración. Un año antes, un comando israelí lo había capturado en Argentina. Uno de los conceptos más notables de la filósofa alemana, plasmado en su libro Eichmann en Jerusalem, es la banalización del mal. No quiero googlear, creo que hace referencia a la pasmosa frialdad del prisionero ante las acusaciones del tribunal que lo ahorcaría un año después. Las respuestas del reo se limitan meramente a la misión que le fuera asignada, trenes. La muerte, el exterminio, los niños encerrados para que los mate el gas Zyklon B, fueron temas de otros, para él eran meras formaciones ferroviarias con sus horarios y combinaciones. Obediencia Debida nivel Tercer Reich. Un concepto interesante,

que se extiende a todo un pueblo que fue dejando hacer, que fue permitiendo que el mal se empodere, que se desagoten todos los problemas en determinado grupo, que se encarne en una raza todas las penurias y que se rompan los cristales. Todo pareció ocurrir de a poco, como esa ranita que muere en la misma olla en la que se sentía a gusto hasta que la escalda. Pero acá el enemigo es el negro. Cada vez en forma más desembozada, tenemos adolescentes de piel clara que identifican a sus enemigos por la piel oscura. Pero, ahora que lo pienso, ¡los negros están por todas partes! No es que haya ido al King College en London, fui a la escuela en el barrio las Avenidas. Pero los negros eran mucho menos numerosos, a tal punto que había alguno al que se lo podía llamar El Negro. Nota 1: no es que me puse racista yo, voy a un punto. Sigo. Por algún motivo demográfico, territorial o del siempre resbaloso ascenso social, la gente de color (negro) ha pasado a transitar por espacios que otrora les eran vedados. Consumen, andan, estudian, se salen de los guetos que nos parecían naturales. Nota 2: No creo ni por asomo que se haya acabado con la pobreza, no es ésta una proclama frentevictorista, hay mucho por hacer, la riqueza no ha sido disuelta. Sigo. Y también es posible que los morenos y morenas tiendan a multiplicarse. Nota 3: es momento de que digan que se embarazan para cobrar los planes. Los zambos, los pardos, las castas han abandonado sus provincias de origen y a veces se escapan de sus villas de emergencia. Consumidores de las peores cosas (drogas, bebidas, música, escuelas), las hordas carecen de la educación sexual

necesaria o de la conciencia acerca del destino personal y la ambición de futuro, más propias de las clases medias tradicionales. Por eso será que tienen más hijos. Pero también han accedido a televisores en cuotas, celulares caros, zapatillas que son al súmmum del progreso tecnológico y viajes de turismo. Un sector de la sociedad abomina el cambio. Siempre hay un sector de la sociedad que cree que antes se estuvo mejor. En el paso de siglo entre el XIX y el XX, hubo una intelectualidad que expresó ese malestar, en aquel caso por el aluvión de inmigrantes de la baja Europa que se vinieron para acá. Plumas como las de Cambaceres, Martel o Cané se encargaron de cristalizar esa pavura en novelas que fundaron la literatura argentina. Irían a coincidir en la necesidad de un anclaje, un símbolo nacional que se mantenga ajeno a la corrupción de la sangre. Así dieron con el Gaucho Martín Fierro, después de forzar a José Hernandez para que lo pase de modo gaucho matrero a gaucho dócil. Fue esa la encarnación de la identidad nacional. Hoy no hay escritores que se banquen denigrar al nuevo aluvión zoológico, sería un suicidio —creo—el tránsito por tamaña incorrección política. ¡Pero ni falta hace! Todo el mundo es escritor. Porque, ¿qué otra cosa es un escritor que alguien que escribe? No es menester plasmarlo en libros (y si lo fuera, no es un trámite tan complicado), ni enrolarse para combatir por la República Española; basta con escribir. Y se escribe todo el tiempo, en Facebook, en la sección de comentarios de las noticias, por Twitter, por Whatsapp. Tanto se escribe y tan fácil, que parecen disiparse en la consideración social los valores que antes constituían a la intelectualidad. Podemos hablar sin saber, sin que se hagan evidentes las prerrogativas de un concepto fundado por sobre una opinión que emane desde el mero cantar de los cantares de las pelotas.

Nota 4: yo también tengo miedo a los cambios. Me pasa desde niño. Cuando mi papá dejó de trabajar en la Crush (la gaseosa de naranja), lloré. De modo que al libro que refleja el asco por las invasiones negras, no lo escribe una persona en particular, sino que se constituye coralmente por opiniones de adolescentes (y no tanto) con la tecnología de su lado. ¿Quién es el nuevo gaucho? No lo sé, si tengo que inventar uno diría que es el almacenero. Un cuentapropista que no chupa de la teta del Estado, que se levanta temprano para pagarle a Mastellone y que a la noche es asaltado por los pibes chorros. Pibes que se llaman Brian, Jenifer o Johnatan, mientras la gente blanca bautiza Facundo, Mercedes o Pedro. Todo está al revés.

A Moncloar que se acaba el mundo Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

Por Pablo Vasco – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

Juan

Pablo

Buceta



Amo cuando la ciudad entra en tiempos de campaña política. La gente en la calle parece más buena, como cantaba Palito Ortega, el Elvis Presley que nos tocó por padrón. Los candidatos salen de abajo de las baldosas y se esfuerzan en demostrarnos que están todo el tiempo pensando en nosotros, en nuestros hijos, en nuestra economía, en nuestra seguridad. En nuestro voto. En las esquinas, pibes informarme dónde tengo que año tengo que amenazar con diga dónde se puede cargar

con computadoras se pelean por ir a votar. Pensar que el resto del prenderme fuego para que alguien me la SUBE.

Me encanta sacar ventaja de esa situación. Los candidatos nunca dicen que no: siempre sonriendo, siempre dispuestos. Uno podría pedirles plata o dejarles el auto para que lo laven. O pedirles un auto y dejarles plata para que la laven.

Da lo mismo: estamos en Mar del Plata. Lo que me molesta de las campañas no son los spots infumables que pretenden ser graciosos o convincentes. Me molesta que los candidatos no se pongan de acuerdo en las pequeñas grandes cosas. Porque es obvio que todos quieren bajar la desocupación, combatir el delito y mejorar la vida de los marplatenses. Obviamente que hay matices. Cada candidato tiene su receta. Algunos buscarán mejorar Mar del Plata redistribuyendo la riqueza, otros propondrán meter a los bolivianos en una cárcel con ruedas y llevarlos lejos. Eso es lo lindo que tiene la Democracia (?). La Agenda de los Grandes Temas está bien, pero se impone ponerse de acuerdo en boludeces. Hay que hacer una especie de pacto de la Moncloa: no tengo idea de qué es eso, pero lo escucho muy seguido en programas serios de la TV, como Hora Clave, A Dos Voces o Pasando Vergüenza con Los Leuco. Es por eso que a la hora de Moncloar —acabo de inventar ese término, patente en trámite— propongo que todos los aspirantes a tomar el poder en la ciudad (Pulti, Arroyo, Fiorini, Farías, Martínez y Aldrey Iglesias) se comprometan a resolver de inmediato estos temas de vital importancia para los marplatenses de ley. Algo hay que hacer con las “fuerzas vivas”. Empanadas es un buen comienzo. Desterrar a los que abusan de las selfies, en cualquier lado y por cualquier motivo. Exilio a los comerciantes que te hacen dejar el bolso en la puerta de sus locales. Cárcel efectiva al musicalizador de la Calesita de la Plaza Colón.

Decir la verdad con respecto a “Mar del Plata tiene la bufanda más larga del Mundo”. Nunca vinieron del Guiness a chequear nada. De última, postularnos como “la ciudad que menos chequea las noticias”. Juntar todas las panzas de los policías en un solo lugar. Entrenarlas y mandarlas a vigilar a sus propietarios. Cobrarle una sobretasa a los espectáculos infantiles que abusan de la colaboración del público, preguntándole a cada rato a los pibes qué es lo que hay que hacer o dónde está escondida la Bruja. Eliminar a los fanáticos de Spinetta que redactan las cartas de algunos restaurantes. Aleccionar a los que escriben con mayúsculas en facebook Efectuar un pedido de informes para ver realmente cuántos pianos vende por día la Casa de los Pianos. La transparencia sobre todo. Declarar de interés municipal el robo a casa de deportes. Creo que es un buen comienzo como para despegar. Los que aspiren a ser intendentes tienen que saber que hay un montón de marplatenses que estamos oprimidos por estas pequeñas cosas que nos atosigan. Que se junten todos los candidatos en un lugar neutral (la vereda del Hermitage es un buen sitio) y firmen una Carta Compromiso. Porque nos merecemos una ciudad mejor. Y porque Mar del Plata no tiene techo. Un montón de gente tampoco, pero eso es otra historia.

Primavera

Siesta

A bancar la parada Aguafuertes marplatenses de un renegado el Interzonal. Ojo de halcón que ve en general y el plano en detalle (que es Jorge, el que no puede dejar de encontrar

Por Jorge Kostinger – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

periodista nacido en simultáneo el plano lo mismo que decir: el pelo en la sopa).

Juan

Pablo

Buceta



Conozco un par de colectiveros que son buena gente. Los demás me parecen un poquito abyectos, desclasados, resentidos, misántropos, taimados, maleducados, carentes de empatía y del más mínimo sentimiento, plagas de la sociedad, canallas, huecos, cancheros y una amenaza para la armonía de la especie humana. Si bien no me gusta generalizar, no es un gremio que me caiga muy en gracia. La primera vez que tomé un colectivo solo, tendría yo unos 10 años. Mis nervios por la proeza de ese primer viaje deben haber sido grandes, porque al momento de bajar, y tratando de remedar el gesto piola de los mayores de hacerlo con el coche en movimiento, me tiré cuando el transporte iba a unos 40 km/h. Ni bien se abrieron las puertas, jump, salté a la calle, sin siquiera la secuencia lógica de hacerlo corriendo para disminuir el impacto. No, caí con los pies juntos como esos paracaidistas que improvisábamos atándole bolsas de nylon a soldaditos que lanzábamos desde el techo. De tal suerte que mi

cuerpo heredó toda la energía cinética que traía el 551 y se puso a dar tumbos como una botella vacía y atormentada por la inercia. Después se escuchó la frenada hidráulica de la unidad, que detuvo su rueda delantera muy cerca de mi cara. Y gritos desde adentro y ganas de dormirme un instante sobre la rugosa calidez del asfalto. Mi madre estaba atendiendo su peluquería como siempre. Habrá sido fuerte la impresión al ver que se detenía un colectivo que no pasaba por casa, y de allí bajaba un hombre de camisa celeste cargando a este salame con la nariz sangrando. Ahora que lo pienso, no pudo ser ese el momento en que me empezaron a caer mal los profesionales del volante. Contado así, aquél tipo fue un héroe, una especie de Forrest Gump llevando en brazos a Bubba para ponerlo a salvo. No se por qué no me hice colectivero después de caerme mal. No, yo creo que lo que odio es todo el maldito sistema de transporte. Y sabemos que nos sobran los motivos. Ellos vienen a ser la viva encarnación de ese engendro irreparable que es el servicio concesionado de colectivos. Pobres, capaz que de lo único que son culpables es de ser apenitas patoteros con los concejales cuando se ponen remolones para aumentar el boleto. Y no son todos los que van y amenazan, solamente algunos especialmente entrenados por los empresarios. También odio esperar. Cualquier cosa. No me gusta esperar. La espera es tiempo propio que se lleva otro, tiempo perdido. En alguna parte debo recordar que un tal Lavoisier nos alertó que nada se pierde y todo se transforma. Así que a ese tiempo que creemos perdido lo imagino derramado hacia un sistema universal de drenaje que desemboca en un enorme depósito que le da eternidad a determinado ser que se ríe de nuestra finitud de perdedores de segundos, minutos, horas, días. Cuando espero me acompaña la certeza de sentirme observado. Los infinitos devaneos existenciales del “hacer tiempo”, son el paraíso inalcanzable para los que pecamos de impaciencia.

El tiempo es el otro. El tiempo es del otro, de ese que sabe hacer tiempo. La espera es tiempo propio que se lleva otro y nos deja cierto sabor a tiempo perdido, de ser otro. Es que tengo un toco con el tiempo. Lo mido, lo controlo, trato vanamente de asirlo, aunque ese control se me escapa sistemáticamente, en una sociedad que tolera la impuntualidad hasta límites perversos. Si tenés que encontrarte a las cinco, es como admitir que la cita será entre las cinco y las cinco y media; bueno, yo llego menos cuarto. A veces doy una vuelta de más para no dar/me vergüenza, pero no podré retenerme mucho más allá de menos cinco. En punto estaré mirando la puerta. Un minuto después estaré tratando de convencerme de que los relojes no están todos coordinados. Cinco minutos pasadas las cinco aun tendré tolerancia por el otro, que se me terminará cinco y diez. De allí en adelante todo será furia contenida. Así me va. Una vez fui a una fiesta de quince cuando los mozos aún no se habían puesto los moños. Escarnio y sufrimiento forman el particular infierno del puntual, del que debe dar las explicaciones de su puntualidad patógena, como un vegano que va a un asado. El colectivo en el horizonte puede ser la utopía que avanza hacia mí sorteando semáforos, o puede ser otra línea, la que me lleva a ninguna parte. Por más que me pare en la mitad de la calle, no llegaré a ver de qué se trata hasta que esté a un par de cuadras. Allí sobrevendrá la decepción o la algarabía de conseguir el pasaporte a otra vida, la de mi casa, adonde me esperan el pez (ahora tengo un pez), la tele, la compu y un pedazo de tarta. Prendo un cigarrillo, para descubrir un instante después que no era una carnada infalible. El pobre chofer, al final, es solo un engranaje más del sistema. Ya no pienso todo eso que dije al principio. O lo pensaré la próxima vez que me mire por el espejo retrovisor mientras lo corro dos cuadras. Sólo para detenerse, darme una esperanza, y volver a arrancar lleno de sadismo y con una carcajada satánica que le dobla la nuca.

Arrollados por Arroyo Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la “Comediante”.

pregunta:

“¿Profesión?”,

Por Pablo Vasco – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

―Hola. ¿De qué trabajás?

Juan

con

Pablo

un

seco:

Buceta



―Trafico órganos y robo chicos para venderlos en el exterior ¿Y vos? ―Yo hago encuestas para las elecciones en Mar del Plata. ―Ah, pero sos un hijo de puta… Este diálogo -improbable pero no imposible- se me vino a la cabeza luego de conocer los resultados de las PASO en la ciudad. Y cuando hablo de resultados me refiero a los verdaderos, a los que aparecieron en horas de la madrugada, no a los que salieron a mostrarse antes de la medianoche. Ahora que lo vuelvo a leer, tal vez haya exagerado y no quiero faltarle el respeto a nadie. Les pido mil disculpas a los traficantes de órganos. Volviendo a los sondeos pre-electorales: ¿Cómo se pudo haber errado tanto? ¿Qué onda con las encuestas en esta ciudad? ¿Las hace Higuaín? Lo cierto es que nadie vaticinaba el triunfo de Carlos Arroyo. Al menos, no en los términos en los que se dio. Uno podía suponer que iba a imponerse a Vilma Baragiola en la interna de Cambiemos, sobre todo después de que unos genios de la propaganda política le sugirieran a la concejal de la UCR hacer un spot en donde se mencionara un video que ya había sido olvidado y en donde le tiraran un balde de mierda en la cara. Genios del marketing. No veo la hora de contratarlos para lanzar mi carrera de comediante (ojalá no me sugieran matar un perro en el escenario). Ahora la ciudad está partida al medio. Arroyo divide las aguas (qué chiste malo, por Dios). Por un lado están los que disfrutan de la Arroyomanía, un grupo muy numeroso de personas que ven en el excapo de Tránsito a una especie de Pepe Mujica de derecha, amante de la

educación y del orden, que no usa celular, pone las pilas al sol para que se vuelvan a cargar y compra fideos en un Todo Suelto. Por el otro, los que padecen Arroyofobia juran y recontrajuran que tiene 1500 años, no se refleja en los espejos y que cuando alquilaba videos en Blockbuster, los devolvía sin rebobinar. En el medio está él, ajeno a todo. ¿Lo acusan de milico? No pasa nada: responde comparando su triunfo en las PASO con el desembarco en Normandía. ¿Le recuerdan su paso por la función pública en la Dictadura? Ni se inmuta y contesta obviedades, mientras un par de believers apuran al periodista que pregunta eso. ¿Cuál será el verdadero Arroyo? ¿El que imaginan sus detractores o el que defienden sus militantes? ¿Es Chaplin en “El Gran Dictador” o el viejito simpático de “Up”? ¿Doctor Jeckyll o Mister Hyde? ¿La Momia Blanca o Karadagian? Creo, sinceramente, que hay que parar con la sobreactuación. Vivimos en una ciudad que -todos los santos días- nos da señales muy concretas de estar en sintonía con lo que Zorro 1 representa. Esos votantes estaban esperando a alguien con estructura que los pasara a buscar. Todos tenemos -en la familia o en nuestro ámbito de trabajoun potencial votante de Arroyo. Todos conocemos a alguien que piensa que esto es un bardo, que alguien tiene que ponerle coto a lo que vivimos diariamente (dicho en tono de republicano al que le duele el país). Y también algunos más

pasados de rosca, a los que ya no les interesa tanto si se encarcela al que mandó a matar y a robar bebés hace 30 años porque ahora te matan por un celular. Están ahí, no me digan que recién ahora se dan cuenta, no jodamos. Pelearse con la realidad es lo que peor que nos puede pasar. También hay que decir que si lo han elegido es porque el resto de la oferta política no ha resultado tan atractiva, seamos sinceros. Acá nadie hace autocrítica, está prohibido. Casi todos los facheros de la ciudad (fachero = facho + tachero) aseguran que con él llegará el orden a Mar del Plata. Un montón de gente con buenas intenciones también afirma lo mismo. Orden y Progreso, como aparece en la bandera del país que se comió 7 contra Alemania. Sería bueno que nos dijeran qué entienden por “poner en orden la ciudad”. Pregunten ustedes porque yo tengo miedo.

La amistad facebook

en

tiempos

de

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

Por Pablo Vasco – Foto: Ilustración: Luciano Cotarelo

Juan

Pablo

Buceta



Ayer me pasó algo horrible. Venía caminando tranquilamente, rumbo a ninguna parte, cuando de pronto me encontré con una persona que creí conocer. Empecé a mirarla detenidamente, pero no podía determinar de dónde la conocía. Hasta que me acordé: estaba frente a lo que solemos denominar un “amigo de facebook”. Acto seguido, me asaltaron una serie de dudas. ¿Debo saludarlo? ¿Lo ignoro? ¿Le doy la mano o un beso? ¿Por qué no hay más puestos de recarga de tarjeta de colectivos? La verdad es que jamás había entablado una conversación personal con ese tipo, pero debido a distintas interacciones virtuales conocía muchos aspectos de su vida: separado, hincha

de Kimberley, votó a Arroyo, el viernes un cerrajero le arrancó la cabeza con un arreglo de madrugada y le gustan muchísimo los chistes que hace Lanata en su programa de tele, por lo que infiero que desconoce totalmente la existencia de algo llamado Saturday Night Live. Me quedé mirándolo. Y él se empezó a poner nervioso. Tal vez me haya reconocido, pero tengo mis dudas. Mi foto de perfil es de hace algunos años y en ella estoy abrazando a mis hijos. Y ayer estaba solo, no daba ir a buscar a los chicos para semejante pavada. —Hola, ¿no me conocés? El tipo se asustó, sacó el celular y llamó al 911. Tenía una cara de desesperación terrible, como si lo fueran a asaltar o —aún peor— como si le fueran a ofrecer entradas para ir a ver “Socios Por Accidente 2”. —¡Dejame tranquilo! ¡Auxilio, por favor! —¡Hola, Roberto! ¡Nos conocemos de facebook! ¡Dame un abrazo! El tipo empezó a correr como un enajenado. Para no dejarlo solo en esa, yo también empecé a correr. La gente que andaba por ahí dejó de hablar de Bailando por un sueño para prestarnos atención. Sin quererlo, protagonizaba un escándalo público por primera vez en mi vida, después de esa ocasión en la que me agarré a trompadas en la playa por un parasol de Florencio Randazzo. De repente llegó un patrullero, del que bajó una pareja de policías. Al agente lo reconocí al instante, también de facebook: se llamaba Alberto, le saca fotos a las hamburguesas antes de comerlas y una vez le puso Me Gusta a mi frase: “Las perfumerías más antiguas vienen de la época de la colonia”. Un boludo. A la mujer policía no la pude identificar. Jamás levantó la

mirada del celular que llevaba en la mano. Mandaba mensajes a una velocidad demencial, como si con esas maniobras estuviera manejando el ARSAT. —Qué pasa? Preguntó el agente. —No sé. Ese hombre me miró mal. Para mí que me quiere robar. —Documentos, por favor… Le entregué el DNI. El policía lo miró un rato poniendo cara de interesado. Era obvio que no quería que nos diésemos cuenta de que tenía severos problemas de lectoescritura. —Vamos a proceder a detenerlo… —¿No te acordás de mí? Soy Pablo ¡tu amigo de facebook! ¡Una vez compartí una foto de un mono vestido de arquero que subiste a tu muro! Fue inútil. No tuve suerte. Me esposaron y me metieron en un patrullero. Afortunadamente, el vehículo no tenía nafta. Ni ruedas. Se las afanaron mientras discutíamos. Aproveché entonces la confusión para pedir la palabra. Se había juntado un montón de gente. Casualmente, los conocía a todos. ¿A qué no saben de dónde? De facebook. Fue así que me subí a un banquito que tenía un militante del PRO que andaba regalando globos por ahí y empecé a hablar de la amistad en estos tiempos de redes sociales. Propuse ir a festejar el Día del Amigo a algún lado, pero me contestaron que ya estaba todo reservado y que -en realidad- ese festejo surgió de la imaginación febril de un odontólogo, argentino y masón (no específicamente en ese orden) que se inspiró en la llegada del Hombre a la Luna. Y que ya todos sabemos que eso no sucedió jamás, tal como quedó demostrado en la última película de los Minions. No me rendí. Como si fuera un Ari Paluch pasado de rosca, los

rocié con combustible espiritual y traté de prenderlos fuego apelando a los recuerdos. Les hablé de lo más lindo que tiene el mes de julio, esas interminables notas periodísticas debatiendo sobre la existencia de la amistad entre el hombre y la mujer y del tema de Queen “Friends will be friends”, que remite inexorablemente a la serie que protagonizaban Carlín Calvo y Pablo Rago. No tuve suerte. Un boludo, que nunca falta, me dijo que eso no era un buen ejemplo. Que un programa de tele en donde el personaje principal le dice: “Vos, fumá…” a su amigo a cada rato era una apología del tabaquismo. Y ahí me di cuenta del engaño. El gobierno tiene razón: Carlín miente. En realidad, todo es una excusa para que un montón de gente salga a reservar lugar en restaurantes o bares porque el 20 de julio hay que salir a tomar algo sí o sí con personas a las que -generalmente-uno ve todos los días. O casi todos. Sin contar la aparición de ese azote del demonio que es la selfie grupal. Y no sé si vale la pena llamar amigo a ese tipo que no nos bancamos mucho y que cada vez que nos ve, nos toca la panza y nos dice “estás más gordito, eh”. O al que te llama a cualquier hora para contarte cosas que no le interesan a nadie. Sépanlo: esa gente no necesita un amigo. Necesita un esclavo. Tal vez el Día del Amigo sea una moda, como el agua saborizada o afanarle ideas a campañas políticas de otros países. Tal vez los verdaderos amigos no se desvivan por salir a tomar algo ni hagan escenas porque uno olvidó mandarle un whatsapp con emoticones. Eso es lo lindo del asunto. Hay días en que es muy difícil

encontrar a un verdadero amigo. Y hay días en donde parece que las licencias de amistad las repartió Belmonte. Besis.