Lo primero es lo primero

Lo primero es lo primero «Lo primero es lo primero». Parece un gran consejo, pero en realidad solo es una trampa de veinte letras. La vida es una ginc...
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Lo primero es lo primero «Lo primero es lo primero». Parece un gran consejo, pero en realidad solo es una trampa de veinte letras. La vida es una gincana de dudas y yo solo te puedo aportar una certeza genuina: nos vamos a morir; y un único consuelo: no seremos los únicos. Podríamos abrigarnos con la idea de que los sueños son mapas del futuro, o albergar el alivio de que nuestras hipocondrías y comportamientos son coreografías ya ensayadas por muchos otros, pero es posible que eso solo subrayara la naturaleza absurda de nuestros bailes. Apurar este mal trago es tomar el atajo hacia la importancia de los pequeños refugios: las canciones que escuchamos en bucle hasta que parecen un soplo, las frases pescadas en un libro que nos explican nuestro argumento, el vermú al sol, los retrovisores bien orientados y todo ese invento de los recuerdos. Los gestos que dibujan paréntesis en nuestras caras. TÚ perteneces a una raza, la humana, que nada más nacer recibe un cate como bienvenida al Planeta Tierra. Y que a partir de ese instante sorbe mocos y enfila el trayecto por su cuenta y riesgo. Esto no es un relájate y disfruta. O quizá debería ser precisamente eso. Se puede errar de muchas maneras, pero acertar solo de una. Por eso lo primero es tan fácil y lo segundo, tan difícil. Aquí puedes volver a intentarlo, ya que todo es ensayo: cada fallo nos corrige y nos cambia. Hay quien juzga que el carácter se templa a martillazos en el yunque de las decisiones. Otros, sin embargo, opinan que el azar es el único motor de toda historia. TÚ puedes pensar lo que quieras. Aunque no necesariamente vas a tener razón. Este libro es único. Único como el nombre más raro, la flor más exótica, el topacio más duro, el gigante más bajo, la frase más pomposa, un código de barras, el estampado de una cebra, la primera vez y la última vez. Único porque lo lees TÚ y porque, una vez dentro, TÚ decidirás cada paso: debes recorrer sus páginas con inteligencia, imaginación y escepticismo. Todos compartimos dudas similares, pero las resoluciones son tan intransferibles como las resacas, así que de TI depende que surja la maravilla o el arrepentimiento, el baile titilante

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del neón o el esguince de los ligamentos del tedio. La risa o el aburrimiento. La realidad de lo inverosímil y el destello de la anécdota. Dos personas que pulsan las mismas teclas tocan canciones distintas. Porque TÚ eres el protagonista, el héroe, la rémora, la víctima o el culpable. Solo TÚ sabrás si eres cobarde, valiente, leal o mezquino; los demás solo intentarían adivinar mediante conjeturas falsas no tanto tu naturaleza como tu capacidad para salir bien parado. Los hombres anónimos sirven a la virtud con más altura que los poderosos, ya que normalmente nos preparamos para las oportunidades eminentes más por la gloria que por la conciencia. Son las decisiones íntimas y secretas las que nos definen. Aquí nadie más te mira. Este libro no es una ventana; este libro es un espejo. He aquí los puntos numerados de este pasatiempo. Su unión es la forja de tu carácter. El dibujo que aparezca cuando los hayas conectado todos será tu retrato robot. Aquí hay muchos caminos, pero todos llevan hacia TI.

NOCHE DE REYES DE 2013. TÚ eres un viajero del tiempo. Tampoco te pongas estupendo. Todos lo somos: nos levantamos hoy cuando suena el despertador y nos vamos a dormir cuando el reloj nos chiva que quedan pocas horas para que vuelva a sonar mañana. Pero también es cierto que éste es un momento decisivo: te encuentras entre tu pasado, aquella época entonces presente en la que básicamente te dedicaste sin saberlo a fabricar recuerdos para soportar mejor tu futuro, y la promesa actual de otro futuro, que en el mejor de los casos se convertirá en presente. Y así. Elegisteis esta noche hace veinte años. Ésta puede ser tu mejor noche. Hoy deberías sacar a la luz la Cápsula del Tiempo que enterraste con tus amigos en el parque acuático donde solíais refrescaros en el verano de vuestras infancias: Aquatic Toboguay, en Sitges, cerca de Barcelona, un reino de toboganes y piscinas que, en este invierno, sigue abandonado. Un accidente que marcó vuestra infancia fue la causa de que lo precintaran poco después de que celebrarais vuestro ritual. Una herida que habéis intentado restañar con el paso de los años, pero que aún regresa a vosotros como el peor ardor: la muerte de un niño de vuestra edad por el fallo técnico de la turbina de una de las piscinas. Por ese agujero se escurrió parte de vuestra inocencia.

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No hay espejo más favorecedor que el retrovisor ni sentimiento más retocado que la nostalgia, así que recuerdas ese escenario con un montaje musical de escenas envueltas en gritos lejanos, patadas voladoras, chapoteos cercanos, palmeras y toboganes locos. Chapuzones en bomba, carreras de seis metros cuando tenías todo el tiempo por delante, tiritas en los chichones, marcas de bañadores con la goma cedida por los furiosos envites de los primeros e increíbles bultos crecientes, sorpresas. En esa caja temporal del pasado metisteis objetos que podrían explicarte cómo erais entonces y cómo pensabais que sería vuestra vida precisamente ahora. Esta noche. Aquel día hacía sol y hoy llueve. Entonces tenías once años y hoy ya superas los treinta. En este 5 de enero de 2013 miras tus zapatillas sentado en el banco de una céntrica estación de metro de Barcelona. Decides atarte los cordones y solo prevés la duda de optar por el lazo simple o por el doble nudo. Ayer lograste encamarte con alguien que prefieres no recordar y del que has huido, así que la cellisca del remordimiento y la neblina de la resaca se han unido a un día que ha amanecido revuelto: la ciudad sufre esta tarde una de las peores tormentas de las últimas décadas. Sigues dándole vueltas. No sabes si acudir a la cita. Ese cofre subterráneo esconde secretos, fetiches y objetos de las que pensabais que eran Las Cosas Más Importantes del Mundo. Acababais de descubrir que todo en la vida era precario y relativo, pero aún no habíais caído en la cuenta de que cualquiera de vosotros podría haber protagonizado el accidente que acabó con los días del Niño de la Turbina. La Cápsula del Tiempo era la prueba de que confiabais en llegar a un futuro en el que las cosas cruciales no hubieran perdido su brillo. Pero el pasado es un Gobierno incompetente y artero que extiende cheques que luego no puede pagar, que promete cosas que no cumple más tarde, que maneja grandes palabras que solo usarían sacerdotes, necios y emprendedores, así que no puedes negar que has dudado de si te apetecía o no reencontrarte con unos amigos que en su mayoría no tienen ni dinero ni trabajo, que han optado por el cinismo o por el humor, o por las dos cosas, para negociar con lo que les ha tocado en desgracia. Que, en definitiva, parecen otras personas a aquellas que metieron esos objetos en la Cápsula del Tiempo. Existió la época en que otorgar créditos era pecado y sin duda has aprendido que planear el futuro puede ser un acto de presunción que a menudo se paga caro y que algunas ideas son bombillas con una obsolescencia programada. Hace unas semanas comentaste un recuerdo común con uno de los amigos que juraron desenterrar vuestro tesoro. Te llamó por teléfono muy borracho, casi podías oler su aliento alcohólico por el aparato, para recordarte el día de rebajas en que os perdisteis en el centro comercial de Plaza Cataluña, el hedor a plástico frío y a confusión de colonias, a escasos metros de donde estás sentado ahora. El episodio tuvo algo de juego terrorista (desparejasteis calcetines, arrancasteis alarmas, quitasteis etiquetas de artículos carísimos y las enganchasteis

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en los más baratos, bebisteis muestras de café, espiasteis en los probadores a la madre recién divorciada, escupisteis en perchas, inyectasteis espuma de afeitar dentro de los zapatos de hebilla de la sección de caballeros), pero al cabo de un rato la aventura derivó en pesadilla. Se consumía la tarde y estabais perdidos. Poco después, angustiados; deambulando con los puños apretados por una selva antillana de aborígenes gigantes y lianas de ropa sin vida. Pero la voz en off del centro comercial os reclamó, os indicó a dónde debíais dirigir vuestros pasos y volvisteis a la seguridad. Tu amigo te hizo revivir todo esto en una especie de idioma beodo muy parecido al kazajo, fruto de la ingesta de tal número de botellas de cerveza que, dispuestas en fila, llegarían a los Urales. Te llamaba porque se sentía humillado. En una entrevista de trabajo, la mujer de Recursos Humanos, que olía a perfume y nicotina, había soltado una carcajada cuando había leído en el currículum de tu socio de niñez la frase «Inglés, nivel medio» y había intentado ahogar otra al recitar, en voz alta, «Manejo a nivel usuario del entorno Word Office». La reciente enfermedad detectada a su madre, la incómoda mudanza del piso que compartía con su ex novia (y con un bangladeshí jovial y con un skater cuarentón con anillo en el pulgar), la incipiente calvicie, la mierda de música que sonaba en el bar desde el que te llamaba. La conversación llegó a su fin cuando tu amigo te gritó por el teléfono que dónde cojones estaba la voz en off del centro comercial cuando se la necesitaba. El resto de compañeros de niñez, más discretos y menos cercanos, tienen historias similares que habías intuido revisando sus estados en redes sociales. A TI no te va mucho mejor, porque, porcentualmente, a poca gente le va mucho mejor. Así que, si bien ayer decidiste acudir a la cita que convocasteis hace veinte años, hoy te debates entre la promesa de emborracharte y rescatar de la Cápsula algún indicio de las Cosas Que Realmente Importan y la pereza de tener que soportar cargas ajenas, desencantos generalizados y la borrasca que os atacará al aire libre en el parque acuático en ruinas y que le imprimirá a esta noche un simbolismo que te parece demasiado burdo, demasiado aburrido y demasiado inútil. Siempre demasiado. Esta tormenta. Esta tormenta que ningún hombre del tiempo quiso prevenir y que ha cogido a casi todos en la calle, desprovistos de paraguas y recursos. Esta tormenta que nos niega una marquesina y un responsable a quien dirigir la peor imprecación. Esta tormenta que provoca resbalones, toses y apagones, que arrasa planes y peinados. Esta tormenta que nos ha arruinado la mejor noche y que habrá convertido este lugar en un sitio menos habitable cuando al fin amaine. Tu cabeza es un avispero donde zumban ideas como éstas, porque éstas son las cosas que amenazan a la gente aquí y ahora, mientras miras los lazos anudados de tu zapatilla derecha. Te diriges al encuentro de la Cápsula del Tiempo, pero siempre surge la oportunidad de traicionar un juramento. Porque podrías cambiar de opinión. Porque solo TÚ eriges tu propia aventura. Solo TÚ sabrás lo que haces. Así que TÚ sabrás lo que haces.

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Este libro te mostrará tu carácter. Pero incluso los perros lo tienen. TÚ además piensas, así que decides. Y decidir es abrir infinitas posibilidades que te devolverán a la duda. Una frase de otra voz en off, la que sale de la megafonía del metro, te arranca de tu alelamiento de cervatillo cegado por los focos de un coche que derrapa. Una frase que podría abrir el primer interrogante si fueras de los que se dejan engatusar fácilmente por la fotogenia del melodrama: «Está totalmente prohibido bajar a la zona de vías».

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