Llámame Brooklyn. Eduardo Lago

Llámame Brooklyn Eduardo Lago 004-121431-LLAMAME BROOKLYN.indd 1 20/11/15 18:03 Llámame Brooklyn Eduardo Lago Premio Nadal 2006 Premio Ciudad d...
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Llámame Brooklyn

Eduardo Lago

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Llámame Brooklyn

Eduardo Lago Premio Nadal 2006 Premio Ciudad de Barcelona de Novela 2006 Premio de la Crítica 2006 Nueva edición corregida por el autor

BARCELONA MÉXICO BUENOS AIRES

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Prólogo Diez años después 1. Todo comenzó en julio de 1985 en un hotel de Katmandú. Por las mañanas, cuando bajaba a desayunar al comedor, me resultaba im­ posible apartar la mirada de un póster en el que se podía ver la línea de rascacielos que rodea la Bahía de Hong Kong. Era una foto cuar­ teada, de gran tamaño y colores estridentes. Por alguna razón, la imagen me hacía pensar no que nunca había estado en Hong Kong, sino que no conocía Nueva York. Al cabo de una semana de contem­ plar el póster, tomé la decisión de viajar a la ciudad americana. Cuando volví a Madrid a finales de verano, escribí a una amiga que llevaba un año viviendo en Nueva York. Me dijo que podía ir a su casa cuando quisiera. Llegué la víspera del día en que se iba a España a pasar las Navidades. Cuando llamé al timbre de su casa, en Astoria, Queens, mi amiga me dijo desde la puerta que tenía que matricular­ se en un curso antes de irse de viaje y en aquel mismo instante salía hacia Manhattan. Si no estaba muy cansado, tal vez me apeteciera acompañarla. Fuimos en metro hasta la parada de Hunter College, en la calle 68. Mientras hacía los trámites de la matrícula, mi amiga me sugirió que esperara en P. J. Clarke’s, una taberna irlandesa fun­ dada en 1884. P. J. Clarke’s, el único edificio bajo que queda en una zona donde sólo hay rascacielos, es una de las tabernas con más ca­ rácter de la ciudad y uno de los últimos supervivientes de una época en que la vía elevada del metro discurría a lo largo de la Tercera Ave­ nida, entonces una inacabable sucesión de pubs irlandeses. 2. La primera imagen que conservo de Nueva York es una perspec­ tiva de la Avenida Lexington al anochecer, vista desde el pasadizo de cristal de Hunter College que atraviesa la avenida a la altura de la 5

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calle 68. Los faros de los coches descendían desde Spanish Harlem formando un reguero de destellos blancos que al salir por debajo del pasadizo se transformaba en un parpadeo de luces rojas que se alejaba hacia Manhattan Sur. La configuración de la luz cambia dramáticamente cuando uno se traslada a otros puntos de la ciu­ dad. La apoteosis es el violento estallido de luces de Times Square. La manera en que converge allí la totalidad de estímulos ópticos posibles es un resumen del carácter de Nueva York. Times Square bombea hacia el resto de la trama urbana de Manhattan toda la energía luminosa que la ciudad precisa para que en ningún mo­ mento se interrumpa el ritmo de la vida ciudadana. La luz de Nueva York es un repertorio de símbolos abstractos que resumen el espa­ cio urbano. Índices bursátiles, reclamos publicitarios, titulares de periódico que giran en torno a la parte superior de los rascacielos… Todo (la línea del cielo, el perfil de los puentes y los edificios, el trazado de los parques, las siluetas de los árboles y los barcos, la trayectoria que describen los helicópteros) sirve de excusa para que la luz se condense en torno a las imágenes esenciales de la ciu­ dad reduciéndolas a sus rasgos más esquemáticos. Haces de luz deshilachada recorren las calles como líneas de fuerza convirtien­ do la ciudad en una expresión del movimiento en estado puro. Su­ perpuesto a las infinitas modulaciones de la luz, el caos acústico circundante se adentra en todos los reductos de Nueva York crean­ do un estertor de fondo que no es posible dejar de percibir en nin­ gún momento. Al igual que ocurre con la luz, la conmoción resul­ tante del choque entre todos los ruidos que genera la ciudad se expande en todas las direcciones fundiendo en una todas las fran­ jas del espectro sonoro, fenómeno conocido como ruido blanco. La expresión tiene valor metafórico. Barrios, etnias, nombres, huma­ nos de Nueva York, todo se funde en una explosión de ruido y luz. Cuando llegué, la ciudad era objetivamente peligrosa, sólo que yo no lo percibí. El tumulto de imágenes y sensaciones que veía esta­ llar en derredor tenía sobre mí un efecto que no acababa de enten­ 6

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der. El delirio de Nueva York me calmaba. Ningún otro lugar podía ser ya mi ciudad. 3. En junio de 1987 volví para quedarme. Pasé el verano en un «piso ferrocarril» de la calle 12, cerca de Alphabet City. Tras una breve estancia en el Seventeen, un hotel decrépito situado en las inme­ diaciones de uno de los barrios más elegantes de la ciudad, Gramer­ cy Park, me fui a vivir a Brooklyn. Brooklyn: Recuerdo el impacto que causó en mí la sonoridad de aquel vocablo la primera vez que puse un pie en el barrio, las imágenes que despertaba el mero hecho de pronunciar el nombre estando allí. Los edificios, los parques, las gentes y las calles de Brooklyn tenían un carácter propio, distinto y ajeno al de Manhattan. La aspereza del entorno, el aire que se respi­ raba al otro lado del río, no tenían nada que ver con la vida en la isla que se asoma al Hudson. Más que a otra ciudad, me pareció que me había ido a vivir a otro planeta. Fue el espíritu de Brooklyn lo que buscaría captar en una novela que, sin darme cuenta, había empe­ zado a nacer en el momento en que me fui a vivir allí. Sin saber muy bien por qué, estaba persiguiendo la historia de una huella que ha­ bían dejado en la memoria colectiva nombres, lugares, individuos que habían dejado de existir. La historia que quería escribir sería la crónica de algo que había empezado a desaparecer hacía tiempo y que seguía haciéndolo ante mis ojos cuando llegué. Nombres nece­ sarios, que no es posible pronunciar sin escuchar el eco de una his­ toria: Gravesend, Sunset Park, Red Hook, Brownsville, Brighton Beach, Fort Green, Prospect Park, Coney Island, Bushwick, Williams­ burg. Todos son Brooklyn. 4. Desde que tenía ocho años siempre he escrito, pero fue mi llegada a Nueva York lo que marcó mi nacimiento como escritor. Conservo cientos de cuadernos que he ido escribiendo ininterrumpidamente desde que llegué a Brooklyn hace ahora casi treinta años. Nunca los releo, de modo que no sé muy bien qué habrá en ellos. Los cuader­ 7

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nos cobraron una importancia inusitada desde el primer momento. Para mí era cuestión de urgencia intentar registrar todo lo que su­ cedía a mi alrededor. Cuando fijé mi residencia en Brooklyn empe­ zaron a crecer de manera torrencial. La escritura que iba surgiendo en ellos era de signo antitético a la que se hace con el teclado de un ordenador. Las señas de identidad de mi escritura están todas en los cuadernos que empecé a escribir a mediados de los ochenta. Los ejes de coordenadas del primer año que pasé en Brooklyn eran la George Westinghouse Vocational and Technical High School, donde daba clases de español por las mañanas, y el Montero Bar and Grill, donde veía a mis amigos por la noche. La sombra de Manhattan siempre estaba ahí, de un modo u otro, pero era un punto de refe­ rencia un tanto remoto, un estorbo casi. 5. Escribía porque no me quedaba otro remedio y lo hacía sin in­ tención de publicar. En este sentido cabe decir que durante muchos años los cuadernos de Brooklyn se fueron escribiendo solos. De cuando en cuando, la escritura magmática que se iba acumulando en ellos se asomaba casi por su cuenta al exterior. Fue así como apa­ recieron los primeros cuentos. El origen de muchos estaba en mi lectura diaria del New York Times, ritual que para mí tiene algo de sagrado. Leyendo las noticias del Times me tropezaba inesperada­ mente con embriones de cuentos, historias cuyo contenido parecía pedir a gritos que alguien las convirtiera en relatos. Fue así como surgió Little Man, la historia del traficante de drogas que fue abatido a tiros en White Castle, Condado del Bronx, cuando contaba sólo 14 años. La historia de Little Man no está en Llámame Brooklyn, como tampoco la de Richard Ramírez, el violador y asesino en serie que mantuvo en vilo a los habitantes de California a mediados de los ochenta. Otras irían a parar a la novela, como la de Daniel Rakowitz, el mendigo que asesinó a una bailarina holandesa y dio de comer un potaje con sus restos a los indigentes de Tompkins Park, o la de April Olivia, la recién nacida a quien su madre abandonó junto a un cubo 8

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de basura envuelta en una mantita de color rosa en la que prendió con alfiler una nota cuidadosamente redactada pidiendo que al­ guien se ocupara de ella, o la crónica del suicidio de Rothko. No to­ das las historias eran tan oscuras como las que acabaron en el Cuaderno de la Muerte. Las había también luminosas o agridulces, como la de Sam Evans, el negro ciego que memorizó el texto completo de la Biblia; la crónica del Hotel Chelsea, donde celebraba sus anti­ cumpleaños míster Tuttle, alias la Sombra; o las historias protago­ nizadas por Thomas Pynchon, Jesús Colón o Felipe Alfau; o las pes­ quisas detectivescas de Robert C. Carberry, cuyo fin era seguir los pasos de Nadia Orlov; o las crónicas que escribió el abuelo de Gal, David Ackerman para el Brooklyn Eagle. Desde el andén elevado del metro, en Kings Highway, vi muchas veces el reclamo publicitario de una agencia de detectives que decía, escuetamente: «¿Conoces bien a tu pareja?». El capítulo ocho de la novela se titularía así. 6. Viéndome escribir a todas horas, mis amigos me preguntaban si les podía dejar ver algo de lo que hacía. A veces les leía un fragmen­ to en voz alta o imprimía unas páginas que tenían casi forma de re­ lato. Aunque la cantidad de material que iba vertiendo en los cua­ dernos era ingente, creo que siempre tuve la oscura voluntad de escribir una novela que diera cuenta del impacto que tuvo sobre mí el hecho de instalarme en Nueva York dejando España para siem­ pre. No se trataba en modo alguno de contar mi historia personal, sino de radiografiar una emoción común a muchas personas. En­ contré el punto de contacto entre el país al que había llegado y el que dejé atrás en un episodio histórico lleno de idealismo y emoti­ vidad cuyo final acabó siendo doloroso: el de los jóvenes norteame­ ricanos que fueron a España para luchar contra el fascismo en la Brigada Lincoln. El hecho histórico no era más que un punto de arranque. Cuando lo que escribía en los cuadernos empezó a orien­ tarse hacia la creación de una novela sentí que las barreras que se­ paran la realidad de la ficción se desdibujaban de manera imper­ 9

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ceptible. Esa indefinición es para mí parte esencial del proceso creativo y hasta hoy no sé muy bien qué hay a cada lado de seme­ jante barrera. Ahora que han pasado diez años desde que se publicó la novela, no soy capaz de diferenciar con claridad entre los perso­ najes que me inventé y los que conocí. Casi todos tienen una base real, sí, pero a lo largo del proceso que siguió sus rasgos se fueron desdibujando hasta desvirtuar sus orígenes por completo. El poder de la ficción consiste en eso. 7. Hay en el vocabulario de los cuadernos un término que tuvo mu­ cha importancia desde el primer momento: semblanza. Los cuader­ nos mezclan las semblanzas de lugares con las de personas, como decía Capote que había que hacer. Se fueron fraguando lentamente a lo largo de los años. No era tanto lo que oía como lo que imagina­ ba, aunque no siempre. No hace mucho, hurgando entre mis pape­ les, me encontré una semblanza del Montero escrita en 1988. No recordaba haberla escrito. Cuando la descubrí hacía años que se ha­ bía publicado Llámame Brooklyn, pero el germen de la novela estaba ahí. En junio de 1988, coincidiendo con el aniversario de mi llegada a Nueva York, hice mi primer viaje a México. Estando en Veracruz escribí de un tirón una novela para niños que permanece inédita. ¿Cuántos años estuve así, escribiendo sin tener la menor intención de publicar? 8. Cuando escribo necesito saber que hay un parque cerca. Desde donde vivo ahora puedo ver los árboles de Washington Square. En el otoño de 1988 empecé un doctorado en literatura. Entonces irrumpió en mis cuadernos Bryant Park. Entre 1988 y 1993, los espacios esen­ ciales de mi imaginación fueron el Grace Building, un rascacielos de la calle 42 que tiene un elegante perfil curvo, y el edificio de mármol de la Biblioteca Pública. Bryant Park se encontraba entre uno y otro. Durante los primeros años del doctorado viví en un minúsculo estudio de la calle 44, muy cerca de Times Square, en un edificio 10

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donde había tantos solitarios que le puse el nombre de Torre de la Soledad. Allí escribí muchos cuentos, casi siempre a mano. Las au­ las del programa doctoral estaban en el piso 40 del Grace Building. La vista de Manhattan Sur que se divisa desde allí es sobrecogedora. En los sótanos había una biblioteca que respondía al nombre de Mina Rees y unos pisos más arriba una sala de computadoras donde los estudiantes de doctorado escribían sus sesudos papers. Fueron años de lecturas incesantes y gozosas así como de aviesos experi­ mentos con la escritura. Para huir del mundo académico buscaba refugio en los cuadernos. Localizaba una zona en la que sabía que había un relato en estado bruto, lo rescataba y me ponía a trabajar en él con el ordenador. Cuando lo daba por terminado lo imprimía y le regalaba un ejemplar a mis amigos del programa doctoral que se encontraran en aquel momento conmigo en la sala de ordenadores. 9. Tras un tiempo en la Torre de la Soledad volví a Brooklyn. Años después, en el otoño de 1993, después de haber vivido en muchos de sus enclaves, dejé el barrio para no volver. En cierto modo fue una traición, aunque para entonces mi imaginación había acotado para siempre el territorio de Brooklyn como el lugar en que habría de desenvolverse en el futuro la novela. En realidad, no hubiera sido posible precisar sus límites. Llámame Brooklyn era una más entre las innumerables historias de las que iba dando cuenta año tras año en los cuadernos. Como entidad real, la novela tardaría más de una dé­ cada en cobrar forma. El Montero, que en el plano de la ficción pasó a llamarse Oakland, era uno de sus centros de gravedad, tal vez el más importante, aunque ni mucho menos el único. A su alrededor, e incluso independientemente de él, había toda una red de histo­ rias, cada una con su epicentro. Un año, no recuerdo exactamente cuál, reuní media docena de cuentos y los encuaderné. Sin decirme nada, GB, mi compañera, se lo prestó a un amigo pintor que había venido a exponer en una galería de Broadway. Unos meses después, estando en su casa de Colliure, el pintor amigo de GB me confesó 11

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que había leído mis cuentos y me preguntó por qué razón no los publicaba. No supe qué responder, pero me vi obligado a pensar y comprendí que no tenía un motivo claro. Seguí llenando cuader­ nos, de los que de vez en cuando rescataba un cuento, pero algo había empezado a cambiar y poco tiempo después tomé por fin la decisión de publicar. Lo primero que descubrí fue que encontrar editor no era nada fácil. Mi determinación no bastaba. Alguien te­ nía que creer en lo que hacía y apostar por mí. 10. En el año 2000, no bien habíamos entrado en el tercer milenio, vieron la luz dos volúmenes muy delgados. Su forma y origen no pueden ser más diferentes. Uno de ellos salió directamente de los cuadernos y fue un regalo de cumpleaños que le hice a GB. En julio de 1995 había viajado con ella a Chiapas. Su cumpleaños es en sep­ tiembre. Cuando le pregunté qué quería que le regalara me pidió que diera forma al diario de lo que había ocurrido durante el viaje a Chiapas. Tardé varios meses en acabar aquel proyecto. Cinco años después, una editorial de Zaragoza, Prames, publicó mi Cuaderno de Méjico [sic]. El otro libro fue también un regalo, en este caso de un amigo mío, lector exquisito y excelente editor. Mi amigo había pu­ blicado un librito exiguo, de portada delicada en la que aparecían minúsculas reproducciones de la flor de lis en oro con un fondo de color amarillo claro. Utilicé la misma portada para la edición de los seis relatos cosidos a mano que había leído sin autorización mi ami­ go el pintor de Colliure. Le puse un título meramente descriptivo: Cuentos dispersos. «Little Man» y «¿Quién quiere las cenizas de Richard Ramírez?» fueron a parar ahí. La edición, publicada por Turner, constaba de un total de 200 ejemplares. Regalé la mayoría. Cuando volví a Nueva York me quedaba una veintena de libros que llevé a las librerías Macondo y Lectorum, que estaban en la calle 14. No se vendió ninguno. Recuerdo el día en que los fui a recoger bajo la mirada compasiva de los encargados. Del Cuaderno de México se editaron 1000 ejemplares, una cantidad exorbitante, y creo que to­ 12

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davía quedan algunos. De vez en cuando un amigo me sorprende diciendo que lo ha pedido y la editorial de Zaragoza se lo ha hecho llegar. 11. Cuando escribí la semblanza del Montero en 1988 no tenía con­ ciencia de la historia que quería contar ni de cómo habría de hacer­ lo. Las historias tienen vida propia independientemente de quien acabe por escribirlas. Desde el primer momento saben qué camino van a seguir en el futuro, pero el escritor encargado de contarlas no siempre está seguro de cómo debe proceder. No le queda más re­ medio que permanecer en una actitud de escucha poética, como aconsejaba hacer Dante, aguardando a que lleguen hasta él señales que no siempre es fácil detectar. Cuando por fin ocurre esto, su mi­ sión es ser fiel a ellas reproduciéndolas en el texto sin interferir de­ masiado. Si no se obra así, lo que sale a la luz corre el peligro de ser un ente forzado, artificial, sin vida propia, algo que ningún talento es capaz de enderezar. 12. El germen de la novela estaba íntegro en la semblanza del Mon­ tero. Sólo faltaban los protagonistas. Siempre supe que serían dos. La novela que quería escribir era una elipse cuyos focos tenían que ocupar los portadores de la historia. Tardé mucho en dar con ellos. Un día vislumbré en mi imaginación la escena en que por fin se en­ contraban. Fue en el Oakland. Uno de ellos era un hombre de unos cincuenta años, un ser oscuro destinado a ocupar el centro de la narración, el incognoscible Gal Ackerman. El otro, Néstor Oliver­ Chapman, periodista de profesión, era un ser luminoso de algo más de treinta años. Cuando Ackerman se cruza en su camino, Chap­ man se convierte en testigo involuntario de su trayectoria y, com­ prendiendo el destino trágico que lo aguarda, se resigna a ser el continuador de su legado. Por supuesto, el proceso no fue cons­ ciente, sólo el paso del tiempo me permitió verlo con suficiente cla­ ridad. Gal no tenía que cambiar, no hacía falta. Huérfano de la Guerra 13

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Civil Española adoptado por un matrimonio de brigadistas de Brook­ lyn, él era el portador del misterio. Fue Néstor quien poco a poco fue adquiriendo el perfil que le correspondía. Tardé mucho en con­ seguirlo, pero cuando por fin me resultó creíble que también él fue­ ra español, se puso en marcha el engranaje de la novela. 13. En 2000, año en que se publicaron el Cuaderno de México y Cuentos dispersos, yo vivía en la calle 20, en Chelsea, y el parque más cer­ cano era el del Seminario Episcopal, que abría sus puertas al público sólo a ciertas horas. En la esquina con la Novena Avenida había un local comercial que cambió varias veces de dueño y siempre acaba­ ba fracasando hasta que lo compró un joven francés que abrió una repostería que inmediatamente tuvo éxito, La Bergamotte. Allí escri­ biría muchísimas páginas, tal vez dos terceras partes de lo que ha­ bría de ser Llámame Brooklyn. Una semana (recuerdo que fue la de los óscars) tres personas me sugirieron que me pusiera en contacto con Antonia Kerrigan, una agente de Barcelona. Años antes yo había sido amigo de su hermano Camilo, que entonces vivía en Brooklyn. Durante las vacaciones de Semana Santa, aprovechando un viaje a Madrid, me acerqué a Barcelona con la intención exclusiva de cono­ cer a Antonia. Me recibió con gran amabilidad y atención. Me cos­ tará trabajo olvidar el rincón de Travesera de Gracia donde tenía su agencia. En la esquina había un bar que me gustaba. Le hablé a Ker­ rigan de la ingente cantidad de cosas que había escrito a lo largo de décadas. Me escuchó con paciencia y cuando terminé me dijo que sólo podría ayudarme si yo le daba una novela. Tengo una, le dije, y le hablé del Cuaderno de Brooklyn, la novela que llevaba más de diez años escribiendo, aunque ya no se podía llamar así, pues había pu­ blicado El cuaderno de México, con lo cual había gastado el título. Con instinto certero, Antonia me dijo: «Si llevas tantos años escribiéndola será algo muy irregular. Ahí tiene que haber todo tipo de voces y estilos. Lo mejor sería que empezaras algo nuevo». O palabras a tal efecto. 14

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14. Había peregrinado a Barcelona porque necesitaba que me llega­ ra una señal desde fuera, algo que me obligara a anclar de manera objetiva mis esfuerzos. Cuando regresé a Nueva York comprendí que lo acumulado en los cuadernos no servía. Tras más de diez años dedicado a la novela, era como si jamás hubiera escrito una sola lí­ nea. Destruí todo lo que tenía dispuesto a empezar desde cero. En junio, terminado el curso académico, fui a Madrid y, en la casa que tenían mis padres cerca del Retiro, escribí el primer capítulo de una novela nueva. Para gran sorpresa mía, la historia de la que creía ha­ berme deshecho afloró con fuerza inusitada. La novela que creía inservible seguía viva fuera de la página, intacta, al igual que sus personajes. Escribí el primer capítulo con una facilidad que me sor­ prendió. Gal Ackerman, que entonces tenía algo más de treinta años, conoce a una mujer que cambiará su vida para siempre en la terminal de autobuses de Port Authority. Tras un mes de escritura desenfadada imprimí el capítulo y regresé a Manhattan. Teniendo todo el verano para mí, decidí escribir el siguiente capítulo en Oa­ xaca, donde un grupo de amigos iba a pasar el mes de julio. En Oaxa­ ca me alojé en un hotel pequeño y muy tranquilo. Cuando le dije que era escritor, la dueña me instaló en una habitación que daba a un jardín interior al que no llegaba ningún ruido. Parecía la celda de un monje. En el cuarto no había más que un catre, una mesa baja y una silla. Me pasaba el día escribiendo allí y al caer la noche bajaba al Zócalo, donde se reunía la bohemia del lugar. Mi idea era escribir el capítulo titulado Cuaderno de la Muerte, en el que Gal co­ piaba noticias del New York Times que daban cuenta de hechos ho­ rrendos y las transformaba en relatos, tratando así de encontrarles sentido. El infierno de la escritura se me reveló en toda su plenitud entonces. Le había dedicado años a aquella parte de la novela. Tardé algo más de tres semanas en redactar un borrador del capítulo. No teniendo más que hacer en Oaxaca, adelanté el regreso a Nueva York. Cuando leí lo que había escrito tan laboriosamente aquellas semanas comprobé con desazón que no funcionaba. 15

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15. Decidí dejarlo de momento y ocuparme de otros capítulos de la novela. De tanto en tanto volvía al Cuaderno de la Muerte e intentaba resolver los numerosos problemas que me planteaba el texto. Lo reescribí un total de setenta veces y acabó siendo el capítulo sépti­ mo. La historia de Gal que había escrito con tanta facilidad en la casa del Retiro acabó siendo el segundo. En el infierno de la escritu­ ra en que se convirtió la novela cuando me adentré en ella, la tor­ tura mayor fue dar con la estructura adecuada. Me pasé un tiempo infinito haciendo mapas a fin de no perder­ me yo mismo en el proceso. Reordené los capítulos mil veces, los reescribí de mil maneras, hasta que la novela logró por fin hallar la forma que necesitaba. A veces tardaba un año en completar un ca­ pítulo. En mi vida pasaron cosas que me afectaron profundamente, como la muerte de mi madre y seis meses después la de mi hermano menor. Sólo el capítulo dedicado a Coney Island supuso un año y medio de investigación y redacción. En su forma final tenía 80 pá­ ginas, de las que mi editor me dijo que era necesario sacrificar la mitad. Lo cierto es que la estructura se impuso por sí misma. Por compleja que fuera, la que le di al final era la única posible. 16. Lo primero que hice en Madrid nada más terminar el primer ca­ pítulo de la novela fue enviárselo a Antonia. Había pasado más de un mes desde que había vuelto de Oaxaca y mi agente seguía sin decirme nada. Para mí era importante conocer su opinión. La llamé por teléfono y le pregunté abiertamente qué pensaba. ¿Qué quieres que te diga? contestó. ¿Que me parece bueno? Es demasiado corto como para dar un veredicto. ¿Y si lo que sigue luego contradice esa impresión? O al revés: ¿Y si no me gusta y luego resulta que lo que me envíes después me hace comprender que no podía ser de otra manera? Cuando tengas por lo menos la mitad de la novela, házme­ la llegar y entonces podré decirte algo. Debí de enviarle a Antonia la media novela que me había pedido en septiembre de 2003. Pensé que la leería nada más recibirla, pero 16

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no fue así. Pasaron meses, llegaron las Navidades, fui a España y seguía sin decirme nada. Le hice prometer que lo haría para mi cin­ cuenta cumpleaños, a finales de enero. Pasó mi cumpleaños y tam­ poco la leyó. Tardé unos meses más en conseguir que lo hiciera, a base de insistir. Entonces me dijo algo que cambió las cosas. Estás escribiendo una novela importante, no dejes de mantenerme al tanto, dime por favor qué necesitas. A partir de ahí, no es que se acelerara el proceso, la novela debía seguir su propio curso, pero todo parecía más encarrilado. El 1 de julio de 2004 falleció mi ma­ dre. Unos meses después, Antonia me llamó para preguntarme cuándo creía que tendría la novela terminada. Me puse de plazo el primer aniversario de la muerte de mi madre. El 1 de julio de 2005 le envié por fin el manuscrito. Has terminado tu trabajo, recuerdo que me dijo Antonia. Ahora déjame a mí hacer el mío. Su intención era leer la novela en su casa del Ampurdán, donde pasaría el verano. A mi vez, imprimí el manuscrito, lo leí de un tirón, y constaté aterrado que el texto tenía muchísimos problemas. Ten­ dría que pasarme todo el verano corrigiéndolo. Tras una revisión exhaustiva, a finales de agosto terminé una versión que me pareció satisfactoria. El 1 de septiembre, Antonia me llamó por teléfono, como había prometido. No te llamo como agente, dijo. Te llamo para decir que la nove­ la me ha impresionado mucho desde el punto de vista personal y humano. Le expliqué que el texto que había leído no se podía publicar. Los cambios que había introducido eran tantos que la novela era irreconocible. Mujer inteligente y práctica, Antonia dijo inmediatamente: No quiero saber qué has hecho. Házmela llegar como esté y empiezo a mandarla. 17. Hubo editoriales importantes que mostraron poco entusiasmo por la novela, pero la mayoría de las respuestas fueron abrumado­ 17

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ramente positivas. La primera editorial que la quiso se especializaba en bestsellers. Pensamos que no convenía que se asociara mi nom­ bre con una editorial comercial, aunque el sello en cuestión es el que siempre ha publicado en España a Doctorow. Las semanas si­ guientes fueron un tanto frenéticas para mí. Antonia me dijo que eran bastantes las editoriales interesadas en publicar el libro. Había que pensar muy bien las cosas. Un amigo que dirigía una importan­ te institución asociada a uno de los sellos españoles de mayor pres­ tigio me había propuesto colaborar con él en un proyecto. Cuando lo fui a ver llamó a su secretaria, que apareció con una bandeja en la que se sostenía una alta torre de folios. Me explicó que era el ma­ nuscrito de mi novela. Ésta es la obra de un escritor con talento, me dijo mi amigo. Pero ¿aceptará ese escritor de talento que se introduzcan cambios en su texto? De regreso en Nueva York, AK me dijo: Hay varias editoriales de prestigio interesadas en publicar tu novela, pero creo que lo mejor es presentarla al Premio Nadal. Me consta que no tienen manuscritos aceptables y están buscando de­ sesperadamente una novela digna. No hay garantía de que vayamos a ganar, pero las probabilidades son muy altas. ¿Y si no gana? Publicamos la novela después de que se falle el premio, en ene­ ro. Lo único que tengo que hacer es estirar un poco la entrega estos meses que faltan. Ya me inventaré alguna excusa. El 28 de diciembre recibí una llamada telefónica en la que se me comunicaba que el jurado había decidido premiar mi novela. Había que mantener el asunto en secreto. Tendría que ir a Barcelona y re­ visar el texto a fondo con mi editor, pero nadie me podía ver con él. La víspera del premio la propia editorial empezó a filtrar la noticia de manera muy camuflada. Yo estaba en el Hotel Ritz cuando me pasaron la llamada de un periodista de El País que me había pedido innumerables colaboraciones a lo largo de los años. 18

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Has ganado el Nadal, me dijo en un tono que no indicaba si lo que decía era una pregunta o una afirmación. Me hice el loco y se rio. Es que según el reclamo difundido por la editorial es un desco­ nocido que vive en Nueva York, y sólo puedes ser tú. 18. He tenido el privilegio de entrevistar a algunos de los escritores norteamericanos más importantes de nuestro tiempo. Hablar con ellos acerca de los misterios inherentes al proceso creativo ha ejer­ cido una influencia inconmensurable sobre mi escritura. Varios han fallecido ya: William Maxwell, Norman Mailer, John Updike, Frank McCourt, E. L. Doctorow, Czeslaw Milosz. A Milosz, que era polaco y jamás escribió en inglés, pero vivió cincuenta años en Estados Unidos, lo entrevisté en su casa de Cracovia. El momento clave del encuentro fue cuando le pregunté: ¿Cómo nace un poema? No lo sé. Me viene dado, respondió. ¿Por quién? incidí. No lo sé, repitió. Yo no Lo nombro. Hay un momento comparable en una de las entrevistas que le hice a Don DeLillo, la primera. Al arrancar la entrevista le pregunté si creía que la literatura es un intento de derrotar a la muerte. Guar­ dó silencio mucho rato antes de contestar que sí. En una conversación con un artista, la clave es que hable del proceso creativo. Al describirlo, la mayoría de los narradores a quienes he entrevistado coinciden en señalar que, en sus aspectos más profundos, la creación literaria es un misterio sobre el que el escritor no tiene demasiado control. Su papel consiste más bien en seguir las indicaciones de una voz que no se sabe muy bien de dón­ de procede. 19. Llámame Brooklyn comienza en los acantilados de Fenners Point, cerca de un lugar llamado Deauville. En Estados Unidos no hay nin­ 19

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guna población que se llame así. El nombre lo tomé de Proust. A fin de que el lector no se llame a engaño, al principio del capítulo hay una cita de Melville que dice: No está en ningún mapa; los lugares de verdad nunca lo están. Cuando presenté el libro durante la gira del Nadal, muchos periodistas querían saber si el cementerio de Fenners Point que aparece al principio de la novela era un lugar real. No lo es, les explicaba. El autobús en el que Gal Ackerman sale de Manhattan se adentra en el Lincoln Tunnel, pero, cuando emerge, en lugar de aparecer en Nueva Jersey aflora en un lugar imaginario. Al menos eso es lo que siempre creí yo. Por alguna razón que se me escapaba, cuando se presentó el libro en Galicia los periodistas in­ sistían en preguntarme si el cementerio danés de Fenners Point te­ nía algo que ver con el cementerio inglés de Camariñas, un pueblo de la Costa de la Muerte. No sabía de qué hablaban. Meses después de la publicación de la novela, un amigo me lla­ mó por teléfono a mi casa de Chelsea. Estoy en Fenners Point, me dijo, y describió con toda precisión el lugar donde se encontraba, un pequeño cementerio marino ro­ deado por un muro de piedra en el que hay una lápida en la que se conmemora un naufragio. Es todo exactamente igual que la novela, incluidos los arrecifes donde se estrellan los barcos, siguió diciendo mi amigo. La única discrepancia es que aquí no hay acantilados. El cementerio donde estoy se encuentra al nivel del mar. En el siguiente viaje que hice a España fui a Camariñas. Asom­ brado, comprobé que el cementerio inglés que hay en la Costa de la Muerte es idéntico al cementerio danés de Fenners Point, incluso en los detalles más mínimos. ¿Cómo era posible una coincidencia semejante si yo no había estado nunca allí? Pensé en lo que me dijo Milosz acerca del lugar en el que nacen los poemas. 20. Entrevisté a Frank McCourt unas semanas antes de que falle­ ciera. Un día, estando en la Feria del Libro de Madrid con mi editor, 20

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Prólogo

nos encontramos con una conocida crítica literaria, amiga de los dos. Echadle un vistazo al último libro de Frank McCourt, nos dijo, y señaló con toda precisión la página que debíamos buscar. Asom­ brados leímos: «Por aquel entonces yo vivía en los altos del Monte­ ro, un bar español de Atlantic Avenue cuyo dueño alquilaba habita­ ciones en el piso que había encima del local». Mi desconcierto fue total. Que yo supiera, encima del Oakland nunca había habido cuartos de alquiler. Es cierto que Gal Ackerman vivía en un estudio que le había alquilado Frank Otero, el propietario del Oakland, en el piso de arriba del bar, pero se trataba de algo que yo me había inventado. Ni yo ni mis amigos tuvimos jamás la menor noción de que hubiera un lugar así encima del Montero. El motel que aparece en mi novela es totalmente imaginario, como también la pista de baile y las puertas giratorias que comunicaban el bar con la escalera que daba al motel. El testimonio de McCourt revela que hace muchas décadas hubo cuartos de alquiler encima del Montero, pero eso es algo que yo desconocía. Como en el caso del cementerio danés, yo estaba completamente convencido de que aquellos luga­ res que luego resultaron ser reales eran pura invención mía. 21. Unos meses después de la publicación de la novela decidí acer­ carme al Montero. Todo era exactamente igual que como lo recor­ daba. La mesa del capitán seguía allí con su placa, al igual que las fotos de los marineros daneses, los salvavidas que llevaban los nombres de los buques de los que procedían, los bustos de nave­ gantes barbudos, las tallas policromadas en forma de sirena, las re­ des de pescar que colgaban sobre la barra, las escotillas de cristal y bronce, las dos cabinas de teléfono con sus paredes de madera y sus puertas de cristal, la sala de billar donde jugaban los jóvenes boxea­ dores después de los entrenamientos. No había pista de baile ni puertas giratorias que comunicaran con ningún motel. No había motel. La única discrepancia que advertí fue el color del tapete de la mesa de billar. No era verde, como yo creía recordar, sino de color 21

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granate. La tela estaba muy ajada, lo cual quería decir que proba­ blemente fuera la original. En aquel momento alguien me dio una palmada en el hombro. Era Manuel el Cubano, mejor dicho el indi­ viduo en quien me inspiré para crear mi personaje. No era cubano, sino puertorriqueño, y no se llamaba Manuel, aunque no sabría decir cuál era su nombre real. Al igual que mi personaje, el parroquiano del Montero que se había acercado a saludarme iba impolutamente vestido y llevaba gafas negras a fin de que nadie se diera cuenta de que tenía un ojo de cristal. Nos acercamos a la barra. Manuel el Cubano pidió un par de ro­ lling rocks y me preguntó dónde me había metido. Ya no vienes nunca por aquí, se quejó. De repente me fijé en un detalle que se me había escapado al entrar. En la vitrina de cristal que había encima de la mesa del capi­ tán se veía una foto con un crespón negro. Reconocí al hijo adoptivo de Montero. No recuerdo cómo se lla­ maba. En la novela es Raúl el Enano. ¿Cuándo murió? pregunté. Hace cosa de un mes, repuso Manuel. Ven acá. Agarrándome con fuerza del brazo me llevó hasta la pared del fondo, donde había toda suerte de objetos acumulados en las estante­ rías. Apartó unos libros polvorientos y me señaló una caja forrada con una tela de un color granate idéntico al del tapiz de la mesa de billar. Eran las cenizas del hijo de Montero. Volvimos a la barra. En la esquina, junto a la cristalera que da a la calle, estaba el anciano de pelo blanco en quien me inspiré para crear al personaje de Niels Claussen. No lo saludé. Jamás lo había hecho cuando iba a diario al bar. El Montero es parte de la historia viva de Brooklyn. Hace años, leyendo el New York Times, me tropecé con la necrológica de la viuda de Montero. En realidad era una semblanza del bar. Hace mucho tiempo que no voy. La última vez que lo hice fue con un periodista amigo que tenía mucho interés por conocer el lu­ 22

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Prólogo

gar. Lo encontré cambiado. Había una horrenda marquesina de color granate en la fachada. Dentro, varios televisores retransmitían partidos de béisbol y fútbol americano. Parecía un sports bar. La barra la atendía uno de los hijos de Montero. Me saludó con un gesto cordial. ¿Saben que has escrito una novela que transcurre en este bar? me preguntó mi amigo. Nunca les he querido decir nada, contesté. Fui un momento al servicio. Al volver mi amigo me dijo: Le he preguntado al camarero lo mismo que a ti. ¿Y? Me ha dicho que algo ha oído, aunque no sabe muy bien de qué se trata. Pedí dos rolling rocks. Eduardo Lago Washington Mews, Nueva York, noviembre de 2015

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Uno Fenners Point

Los muertos no existen salvo en nosotros. Marcel Proust

Al llegar a Fenners Point la carretera del condado efectúa un giro brusco hacia el oeste, alejándose de la costa en dirección a Deau­ ville. En el vértice de la curva, del lado que da al mar, junto al arcén, hay una placa de metal que dice: CEMENTERIO DANÉS

Debajo, una flecha de color verde señala el comienzo de un sendero que se adentra en un bosque de pinos. Al cabo de unas doscientas yardas, la arboleda se abre a una explanada desde la que se domina la mancha ilimitada del Atlántico. En Fenners Point la costa alcanza una altura vertiginosa, formando una sucesión de acantilados que culminan en dos salientes conocidos como la Horquilla del Diablo. Allí los farallones caen a pico sobre un archipiélago de arrecifes ne­ gros contra los que bate incesantemente el oleaje. El punto desde donde mejor se aprecia el perfil de Fenners Point es la boca norte de un túnel excavado en roca viva por el que atra­ viesa la carretera, al borde mismo del océano. Allí da comienzo una galería de bóvedas gigantescas que se alejan litoral arriba. En nu­ merosos puntos, los delgados paladares de piedra parecen estar a punto de desplomarse sobre el vacío. Abajo, entre peñascos que la labor conjunta del tiempo y el oleaje ha ido desgajando de la orilla, 25

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se divisa una lengua de arena blanca, inaccesible por tierra y por mar. Desde no hace muchos años, al caer la noche, parpadea entre las aguas un reguero de luces que alerta a las embarcaciones del peligro que encierran las costas de Fenners Point. Sólo cuando que se instaló entre los arrecifes aquella telaraña de señales luminosas se interrum­ pió la aciaga sucesión de naufragios cuyo recuerdo seguirá vivo aún por muchos años entre las poblaciones aledañas a la Horquilla. Cuando empecé a ordenar los papeles de Gal Ackerman, me tropecé con el recorte de una noticia publicada en la Gaceta de Deauville con fecha del 7 de junio de 1965. Dice así: INSTALADA RED DE BALIZAS EN LA COSTA DE DEAUVILLE El pasado viernes 4 se procedió a la instalación de un sistema de señales luminosas en la llamada Horquilla del Diablo, en Fenners Point. Dada la peligrosidad de las aguas, hubo que esperar a que las condiciones meteorológicas fueran favorables. Poco antes del me­ diodía, dos helicópteros procedentes de la base naval de Linden Grove se situaron sobre la broa y procedieron a efectuar una ins­ pección visual de los arrecifes. Inmovilizados en el aire, a escasa distancia de las olas, de las puertas de cada aparato se lanzaron dos cabos por los que descendieron ágilmente trabajadores especiali­ zados que portaban instrumentos de precisión.

Se me escapó una sonrisa. Daba igual que la noticia viniera sin fir­ mar. Al menos para mí, el autor era inconfundible. Con notable rapidez, los especialistas apuntalaron una veintena de barras de acero en la parte superior de las rocas de mayor altura. Cada una de las balizas va rematada por una punta luminosa que se mantiene activa por medio de una señal de radio. Una caravana de vehículos oficiales observó la operación desde la carretera. Al cabo

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de algo más de media hora durante la que el eco que levantaban las aspas de los helicópteros al estrellarse contra las paredes de piedra se mezclaba con el fragor del oleaje, se izaron las sogas, y recogien­ do su carga humana, los aparatos se alejaron, tableteando a lo largo de la costa. Desde entonces, cuando cae la oscuridad, los arrecifes adquieren un aspecto sobrenatural. Con esta operación, tantas ve­ ces retrasada, las autoridades confían en dotar al litoral del conda­ do de un nivel de seguridad más adecuado…

He vuelto muchas veces después a Fenners Point, recorriendo en solitario el camino que llega hasta los acantilados, y he de decir que el espéctaculo más enigmático no son las luces que destellan entre los arrecifes por la noche. En la explanada situada entre el pinar y el borde del océano hay un pequeño cementerio, vallado por una pa­ red de piedra. Para acceder, basta con empujar la verja de hierro de la entrada. Dentro hay una capilla abandonada y, desperdigadas frente a ella, un puñado de lápidas. Salvo una, todas son anónimas y no llevan más adorno que una cruz, esculpida en la superficie de mármol. Junto a la puerta de la capilla hay una placa con la siguien­ te inscripción: IN MEMORIAM El 19 de mayo de 1919 se estrelló contra los arrecifes de Fenners Point el carguero Bornholm, de la Marina Real Danesa. Se recupe­ raron sólo trece cuerpos que no fue posible identificar. Los demás descansan para siempre en el fondo del océano. Se ruega una ora­ ción por sus almas. Consulado General de Dinamarca, Ciudad de Nueva York 21­IX­1919

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Cementerio marino

Mirar por fin la calma de los dioses. Paul Valéry

Brooklyn Heights, 17 de abril de 1991 Ayer por la mañana enterramos a Gal. Tenía que ser así, como en uno de sus poemas favoritos, en un cementerio al borde del mar, barrido a todas horas por el viento, donde el griterío de las gaviotas se confunde con el rumor incesante de las olas. Desde su tumba se domina el Atlántico, bellísimo y normalmente violento, aunque justo ayer estaba en calma y la planicie azul del océano se perdía más allá de donde alcanza la vista. Todo encaja; el lugar donde Gal Ackerman estaba destinado a descansar para siempre lo descubrió él mismo. Cementerio Danés, decía el rótulo que había visto infini­ dad de veces al pasar por Fenners Point en autobús, camino de Deauville, cuando iba a ver a Louise Lamarque. Un día, yendo con ella, al divisar la señal le pidió que detuviera el coche. Se adentraron juntos por el camino de tierra que atraviesa la arboleda hasta llegar a un claro situado casi al borde mismo del acantilado. El cementerio estaba allí, minúsculo, oculto a todas horas a los ojos humanos. Fue Louise quien me explicó, mucho después, que se había erigido para dar reposo a los restos de un grupo de náufragos daneses, tripulan­ tes de un mercante que al parecer transportaba un cargamento de trigo. Gal nunca le había dicho nada al respecto, pero lo cierto es que cuando Frank llamó a Louise para comunicarle la noticia de su muerte, lo primero que le vino a la cabeza fue que tenían que ente­ 29

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rrarlo en Fenners Point. A Frank le gustó mucho la idea. Gal le había hablado del Cementerio Danés más de una vez. Gracias a sus cone­ xiones, al cabo de cuarenta y ocho horas obraba en poder del galle­ go un permiso que autorizaba el sepelio. Acudimos sólo los más ín­ timos, aunque por la tarde se pasó mucha más gente por el Oakland. Gal Ackerman no tenía familia. Su padre, Ben, murió en el 66 y su madre, Lucía Hollander, en el 79. Nadia Orlov no hizo acto de pre­ sencia, por supuesto. Su pista se había perdido hacía años y no ha­ bía manera de saber si estaba viva o muerta, aunque quienes cono­ cíamos bien a Gal sentimos en todo momento algo semejante a su presencia. Como dijo Frank, si aún anda por ahí, tarde o tempra­ no le llegará la noticia. El entierro fue muy sencillo, como hubiera querido Gal. Nadie rezó por él, a menos que el alboroto de las gavio­ tas que volaban por encima de nuestras cabezas fuera una forma de plegaria. Louise leyó en voz alta unos fragmentos del poema de Va­ léry, eso fue todo. Cuando los obreros que había contratado Víctor cubrieron el féretro y plantaron la lápida, la comitiva regresó a Brooklyn Heights. Frank puso una nota en la puerta del Oakland, anunciando barra libre para honrar la memoria de Gal Ackerman. No paró de venir gente hasta muy entrada la noche. A Gal le hubie­ ra encantado ver aquello, como también le gustará descansar para siempre en Fenners Point, al borde de un acanti­lado, en compañía de unos cuantos marineros daneses, buenos bebedores sin duda, como si en realidad no hubiera dejado el Oakland del todo.

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La entrega Fenners Point, 14 de abril de 1993 ¿Te das cuenta, Gal, del día que elegiste para morir? Conociéndote, dudo mucho que sea casualidad. Es el tipo de bromas que te gustaba gastar, convencido como estabas de que nadie se iba a dar cuenta, pero a mí no me la juegas. Por si acaso, he escogido la misma fecha que tú para traerte Brooklyn, así me podré reír contigo. Eras único, al irte tú desapareció toda una estirpe. La verdad es que me cuesta aceptar que ya no estés entre los vivos. Cada vez que pongo un pie en el Oakland, me da un vuelco el corazón, pensando que te voy a ver allí, sentado en una de las mesas.Tú, que tanto hablabas de la muerte, que tanto escribías sobre ella, por fin estás también del otro lado. Nunca había perdido a nadie tan cercano. Para mí es algo nue­ vo y no lo acabo de entender. Solías decir que los muertos no se van del todo, que de alguna manera siguen estando entre nosotros. Para mí la única verdad es que no estás. Te has ido para siempre, Gal, lo demás no cuenta. Ya lo sé. Te conozco demasiado bien, no hace fal­ ta que me digas nada. No me he pasado tanto tiempo poniendo en orden tus escritos en vano. Ahora mismo, me parece oír con toda claridad tu voz, burlándote de mí: Si eso es lo que crees, ¿se puede saber qué demonios haces aquí, delante de mi tumba, hablándome como si estuvieras convencido de que de algún modo tus palabras llegan hasta mí? Vale, lo que tú digas, pero es que da la casualidad de que precisamente hoy, catorce de abril, se cumplen dos años del día de tu muerte… Por eso te decía antes que si lo de la fecha lo ha­ bías hecho a propósito. En todo caso, el aniversario de la Segunda República me parece un día perfecto para traerte el libro. Sí, sí, lo he 31

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terminado. Aquí tienes tu novela, Gal: Brooklyn. La dejaré aquí con­ tigo, en la hornacina que mandó hacer Frank por encargo de Louise. Para que te haga compañía, como cuentan que hacían los egipcios. Perdona lo trillado de la ocurrencia, pero cuando la vi de lejos al entrar, sola, haciendo frente a todas las demás, tu lápida me hizo pensar en una página en blanco. Es la única que no tiene una cruz y el caso es que me gusta mucho así, sin epitafio, sólo con tus iniciales y las dos fechas, como si fuera una marca de agua en una hoja de papel: G A 1938­1991 Estaba cantado que tenías que acabar como los personajes de tu libro. Ahora que he conseguido terminarlo, no tengo ni la más remota idea de lo que voy a hacer con mi vida. Me doy cuenta de que es hora de cambiar de aires. Me pasa un poco como a ti, que no me encuentro a gusto en ningún sitio. Sin saber muy bien por qué, llega un día en que se apodera de mí esta sensación de agobio y la única manera de atajarlo es escapar. De momento sigo en Brooklyn, en tu estudio, pero esto no puede durar. Aunque quién sabe. Para la gente como nosotros, de repente llega un día en que no es posible seguir huyendo. A Louise Lamarque le pasó algo pa­ recido con su casa de Chelsea. Allí está desde hace más de veinte años, hablando con sus muertos, como te gustaba hacer a ti, aun­ que a ella la salva la pintura, que es lo que debiera haberte ocurri­ do a ti con Brooklyn. Por cierto, que aparte de Frank ella es la úni­ ca persona que ha visto la novela terminada. Tres lectores, no está mal. Nunca lo habíamos hablado, pero estoy seguro de que a ti te habría gustado. Louise. Te debo mi amistad con ella. Fue tu ausencia lo que nos vinculó con tanta fuerza. Nos conocimos el día de tu entierro. Me habías hablado tanto de ella que cuando la tuve delante de mí me dio un escalofrío. Era exactamente tal y como me la había imagina­ 32

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do: una mujer de edad, alta, elegante, misteriosa. Aquel día llevaba un traje negro, muy sencillo, y la cara oculta tras un velo. Así que usted es Néstor, dijo cuando Frank nos presentó, dándome la mano y se descubrió. Tenía el rostro acuchillado de arrugas y la mirada dura. En aquella ocasión apenas pudimos hablar. Ella había llegado a la funeraria con muchísimo retraso y Frank estaba impaciente porque las limousines tenían que haber salido ya hacia Fenners Point. Luego tendréis tiempo, dijo, y la acompañó a la capilla ar­ diente para que pudiera estar un momento a solas contigo antes de que sellaran tu ataúd. Hacía un día perfecto de luz y de calor y soplaba una ligera bri­ sa. Cuando terminó la ceremonia, al salir del cementerio, me pidió que me sentara a su lado durante el trayecto de vuelta. Estábamos los dos solos en el espacio enorme de la limousine. Delante, separa­ dos de nosotros por una mampara de cristal ahumado, iban Frank Otero y Víctor Báez. Primero estuvimos un rato muy largo sin ha­ blar. Los acantilados quedaban a la izquierda de la carretera y la mi­ rada se nos iba involuntariamente en dirección al mar. De vez en cuando los árboles ocultaban la vista del océano. Cuando por fin el camino se apartó de la costa, Louise miró hacia el frente y sin le­ vantar el velo dijo en voz muy baja: No es que me haya cogido de sorpresa, todos sabíamos que iba a pasar en cualquier momento, pero yo ya no tengo fuerzas. Soy de­ masiado vieja para encajar golpes así. ¿Cuántos muertos tienes tú? No estaba seguro de lo que quería decir y no contesté. En mi caso han sido tres, continuó. No es que sean muchos, pero no es cuestión de número. Es lo difícil que resulta soportar el peso de su ausencia a medida que va pasando el tiempo. A mi madre no la cuento, murió cuando yo tenía apenas unos meses y no con­ servo ningún recuerdo de ella. La primera muerte que me hizo daño de verdad fue la de mi padre, cuando yo tenía catorce años. Estuve a punto de enloquecer. ¿Tus padres viven? Contesté que sí y ella asintió. 33

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Al principio no entendí qué había pasado. Me negaba a la evidencia. No aceptaba que mi padre me hubiera abandonado. Cuando al cabo de mucho tiempo logré hacerme a la idea algo cambió en mí. ¿Cómo explicarlo? Llevaba más de un año sufrien­ do y de repente, sin que yo me diera cuenta, el dolor se había transformado en otra cosa. Rabia, furia, no sé bien qué… si no era odio se le parecía mucho. Quería hacerle pagar por haberse ido de mi lado. Entonces alzó la redecilla y por segunda vez pude observar su rostro. Tenía los ojos de un color azul claro, extrañamente frío. Sacó del bolso una cajetilla de Camel y la alargó hacia mí. ¿Fumas? Le dije que no, pero ella no movió la mano de donde la tenía. Tardé unos segundos en reaccionar. Cogí el paquete. Dentro en­ contré un mechero de plástico. Saqué un cigarrillo, se lo ofrecí y le di fuego. Louise bajó un poco el cristal de la ventanilla y lan­ zando una bocanada de humo hacia el exterior me preguntó, con voz casi inaudible: ¿Estoy hablando demasiado? Con un movimiento de cabeza, le di a entender que no. La siguiente muerte fue aún peor. No sé si Gal te habrá hablado de Marguerite. Fue mi compañera durante más de diez años… Aunque era prácticamente imposible apurarlo más, todavía le dio una calada al cigarrillo antes de arrojarlo por la rendija de la ventanilla. La colilla se estrelló contra un muro invisible, dejando un reguero de chispas en el aire. Louise se guardó el paquete de tabaco en el bolso y bajó la redecilla del sombrero. Tenía las puntas de los dedos amarillas de nicotina. Gal era mi mejor amigo, por no decir el único, quiero decir amigo de verdad. Nos conocíamos desde hace casi treinta años… Chasqueó la lengua, haciendo una mueca que no supe cómo inter­ pretar. Su muerte es una señal, de eso estoy segura. Siento que se ha desequilibrado para siempre el fiel de la balanza. 34

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Siguió un largo silencio que interrumpió Frank, descorriendo la mampara de cristal. Anunció que estábamos a punto de llegar y le preguntó a Louise si quería tomar algo con nosotros en el Oakland, a lo que contestó que quería estar sola. Otero le indicó a Víctor que la llevara a Manhattan. Cuando nos despedimos me retuvo la mano con fuerza: Pásese algún día por mi estudio a la caída de la tarde, dijo. Creo que tenemos mucho de que hablar. Aunque hoy no le haya dado pruebas de ello, le prometo que también sé escuchar. Subrayó sus palabras con una carcajada seca. Era la primera vez que la oía reírse, y había algo en su manera de hacerlo que me resul­ taba extrañamente familiar. Desde entonces acudo con cierta asiduidad a su caserón de Chelsea. Prácticamente siempre tiene invitados: coleccionistas, críticos de arte, músicos, poetas y sobre todo artistas jóvenes que sienten una intensa admiración por su obra. Al final, Jacques, su ayudante, se las arregla para que se vaya todo el mundo y nos deja a solas. Me suele hablar del trabajo que ha ultimado durante el día, como hacía contigo. Tiene muchísimo talento y me cuesta creer que el mundo haya tardado tanto en reconocerlo, pero lo más asombroso es su in­ diferencia. Le trae completamente sin cuidado lo que se piense de ella. Jacques dice que sigue siendo la misma de siempre. La primera vez que la fui a ver, uno de los invitados, un escultor muy joven, dijo algo en francés que no entendí muy bien, aunque sí lo suficien­ te como para darme cuenta de que era una alusión a su fama. Louise soltó una carcajada idéntica a la que se le escapó cuando nos despe­ dimos a la vuelta de Fenners Point. La risa de Louise es grave, caver­ nosa, de fumadora, como su voz. Aplastó la colilla contra el cenice­ ro y repitió la frase que le había dicho el chico, que observaba su reacción desconcertado. Entonces, de repente, Gal, entendí lo que os unía. Louise se burla de las cosas que preocupan a la mayoría de la gente, igual que solías hacer tú. Le importa un bledo que al final 35

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de su vida haya recaído sobre ella una atención que jamás había bus­ cado. Los dos despreciabais por igual los modos del mundo. Por eso había dicho que tu muerte desequilibraba la balanza. La habías deja­ do sola, Gal. Si no tiene ganas de hablar me propone que tomemos el té en la biblioteca. Observando su rostro arrugado, viéndola encender un Camel sin filtro con la colilla de otro, he aprendido a reconocer en ella la misma fuerza interior que tenías tú. No sabría qué nombre darle, más que desprecio o indiferencia es una forma de dignidad que le sirve para defenderse no sé muy bien de qué. En ti había vis­ to muchas veces esa misma fuerza, extraña pero positiva, cargada de una vitalidad casi violenta. Los dos necesitabais la proximidad del peligro, aunque ella es mucho menos vulnerable. Cuando Louise se siente acorralada, se encierra en sí misma; tú, sin embargo, en­ loquecías y no dejabas de revolverte hasta conseguir hacerte daño, cuanto más mejor. En la biblioteca hay un retrato en el que supo captar uno de los raros momentos en que tu espíritu se encontraba en calma. Te va a parecer una asociación descabellada, pero ese retrato me recuerda una de las cosas más hermosas que has escrito: me refiero a la sem­ blanza de Lérmontov. Una tarde, en el Oakland, me hablaste de él y cuando confesé que no lo conocía te escandalizaste. ¿Qué no sa­ bes quién es Lérmontov? me preguntaste asombrado. Te parecía imposible. El poeta ruso, dijiste, bajando la voz, y te quedaste pen­ sando. Era uno de esos silencios tan tuyos en los que era casi visible la forma de tus pensamientos. Enseguida añadiste: Murió a los 27 años, en un duelo. El zar lo había desterrado y toda la gente de la localidad donde se había refugiado acudió al sepelio. Cuando te volví a ver al día siguiente habías escrito una bellísima semblanza de su vida. Me la diste sin guardarte una copia para ti. Ahora la tie­ ne Louise. Se la regalé la segunda vez que la fui a ver, después de que se hubo ido el resto de los invitados. Me llevó a la biblioteca, se 36

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sentó en el sillón de cuero rojo y encendió un cigarrillo. Cuando terminó de leer, dijo: Está muy bien, pero no es Lérmontov. La miré extrañada y pregunté: ¿Entonces quién? Es Gal, dijo divertida, Gal, ¿quién si no? Aun­ que lo más seguro es que él no se diera ni cuenta. Me reí con ella. Tenía toda la razón, eras tú. Cuando me la quiso devolver le dije que se la quedara. A medida que va pasando el tiempo estoy cada vez más convencido de que siempre habías previsto que las cosas iban a ocurrir así. No te hacía mucho caso cuando me decías que nunca serías capaz de terminar el Cuaderno de Brooklyn, como llamabas muchas veces a tu novela, pero me insististe tanto, a tu manera, sin decir nada con­ creto, que cuando me quise dar cuenta habíamos cerrado un trato. No me entiendas mal, haber empleado así estos dos últimos años ha sido tan importante para mí que mi existencia ha dado un vuel­ co. Pero también es verdad que al principio lo repentino de tu muerte me hizo sentir que había caído en una trampa. Al no estar tú, no podía echarme atrás y la carga se me hizo insoportable. ¿Terminar yo tu libro? Me sentía incapaz, pero no tenía elección. Estaba atado. Me costó resolverme a empezar y cuando por fin lo hice me di cuenta de que había mucho adelantado. Casi a cada paso me encontraba indicaciones que me permitían ver con claridad por dónde seguir. En cierto modo era como tenerte siempre ahí, seña­ lándome el camino. Y no eran sólo tus anotaciones. Muchas veces, de manera fortuita, recordaba retazos de conversaciones. ¿Sabes lo primero que me vino a la cabeza antes de tocar nada, en el momen­ to de tomar posesión del Archivo? (Frank y yo bautizamos así tu estudio, en homenaje a Ben.) Al verme rodeado de tus papeles, de pronto me acordé del día que me hablaste de la última voluntad de Kafka. Había entregado su vida a la escritura y al sentir que la muerte se le echaba encima, le pidió a su mejor amigo, Max Brod, que destruyera sus escritos. 37

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Es una anécdota manida, añadiste, pero no por eso deja de ser impresionante.Virgilio también hizo algo parecido. Naturalmente sólo tenemos conocimiento de los casos en que los amigos desobe­ decieron. ¿Cuántos habrá que, por el contrario, respetaron la vo­ luntad del muerto? ¿Cuántos kafkas y virgilios habrán desaparecido sin dejar rastro de su paso por la tierra? La pregunta me hizo pensar en otra de tus anécdotas favoritas. Tenía la esperanza de que la hubieras escrito para poder incluirla en el Cuaderno, pero no la encontré entre tus papeles. Me refiero a la historia del poeta inglés que escribía sus composiciones en papel de arroz. ¿Te acuerdas de cuando me la contaste por primera vez? Fue casi al principio, una mañana que vine de Chicago y fui directa­ mente del aeropuerto al Oakland. Me estaba separando de Diana y no me atrevía a pasar por casa. Todavía no nos conocíamos bien, aunque ya me habías hablado de Brooklyn, el libro que te llevaba tanto tiempo rondando en la cabeza. No recuerdo a santo de qué me hablaste de un aristócrata inglés que escribía poemas en papel de fumar, después liaba un cigarrillo y antes de encenderlo decía: Lo interesante es crearlos. Lo leí en una entrevista con Lezama Lima, aclaraste. La anécdo­ ta, como las de la muerte de Kafka y de Virgilio, surgió más de una vez en nuestras conversaciones y siempre me llevaba a hacerme la misma pregunta: ¿Y tú por qué escribías, Gal? Un día que íbamos cami­ no del gimnasio de Jimmy Castellano a ver un combate de Víctor te la solté a bocajarro. Te encogiste de hombros y aceleraste el paso. Está­ bamos a una manzana del Luna Bowl y Cletus, el portero, te había reconocido y te hacía señas desde lejos. Resuelto a conseguir una res­ puesta, te corté el paso y te espeté, apremiante: Me has oído perfec­ tamente, Gal. ¿Por qué escribes? Torciste el gesto y esperaste a que me apartara. Te pedí perdón y jamás volví a sacar el tema pero a ti no se te olvidó. Debiste de escribir esto un par de día después. Es ese tipo de detalles lo que me dio a entender que lo tenías todo planeado:

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3 de abril de 1991 La pregunta de Néstor me hizo pensar en uno de los amigos espa­ ñoles de Ben, Antonio Ramos. Se conocieron en enero de 1938, cuando Ben estaba destinado en el hospital de campaña. Una ma­ ñana, al hacer la ronda, le hizo una cura a un prisionero del bando sublevado. Recuerdo el énfasis con que Ben recalcó que no era fas­ cista. Las cosas eran así; enviaban a muchos al frente, sin que les diera tiempo a elegir bando. Se llamaba Antonio Ramos, tendría dieciocho o diecinueve años, y decía que era pintor. Aparte de la gravedad de sus heridas, era de constitución débil, y durante mu­ chos días estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Cuando estuvo fuera de peligro, Ben se empezó a hacer amigo suyo. Tenía una sensibilidad muy especial y mi padre le cobró afecto ensegui­ da. Muchas veces, al terminar la ronda, volvía junto a su cama y se quedaba un buen rato charlando con él. Le parecía que aquel mu­ chachito tenía algo especial. Ramos guardaba entre sus cosas una antología de Antonio Machado de la que le gustaba leer en voz alta porque según él la poesía no se podía apreciar bien sin escucharla. Una de las veces que Lucía pasó por Madrid, Ben se empeñó en llevarla al hospital para que conociera a Antonio. Cuando le dieron el alta lo trasladaron a una prisión militar. Al despedirse, Antonio Ramos le regaló a Ben la antología de Machado y le pidió su direc­ ción. Cuando los milicianos lo subieron al camión con otros prisio­ neros, mi padre pensó que jamás lo volvería a ver. Se equivocó. Años después de acabada la guerra, llegó a Brooklyn una postal con matasellos de París. Antonio Ramos vivía allí. Había terminado Be­ llas Artes en Madrid, y le habían dado una beca, muy poca cosa, pero que le llegaba para vivir. Mi padre le contestó y en años suce­ sivos se siguieron escribiendo de manera más o menos esporádica. Por fin, en uno de sus viajes a Europa, Ben se decidió a hacerle una visita. Debió de ser a principios de los sesenta. Cuando llamó al timbre, le abrió la puerta un individuo esquelético, de aspecto 39

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muy deteriorado. Por un momento, Ben pensó que se había equi­ vocado de piso. Sólo cuando aquella aparición lo abrazó se dio cuenta de que tenía que ser él. Ramos le explicó que le habían extirpado un pulmón y que el que le quedaba funcionaba con di­ ficultad. Vivía en un apartamento muy modesto, en el Boulevard Montparnasse, y el frío se le había metido tan dentro del cuerpo, que a pesar de la calefacción se tenía que echar una manta por en­ cima para poder pintar. Se había casado con una francesa que se llamaba Nicole y trabajaba de traductora en Gallimard. En el mo­ mento de la visita ella no estaba en casa. Ben le preguntó qué tal estaba y Ramos le contestó que el médico le había prohibido pin­ tar, que dado el estado de su único pulmón, si seguía pintando, las emanaciones tóxicas no tardarían en acabar con él. Ben vio varios óleos de gran tamaño a medio hacer y se dio cuenta de que su ami­ go hacía caso omiso de los consejos médicos, pero no le dijo nada. Sé lo que estás pensando, pero te equivocas, le dijo Ramos. Al mé­ dico le he dicho lo mismo. Es justo al revés: si no pintara me mori­ ría. Sonrieron a la vez. Ninguno de los dos quería que se echara a perder la magia del reencuentro. Ramos guardaba una botella de un gran vino de Borgoña y llevaba años esperando una ocasión adecuada para abrirla. Cuando Nicole volvió de Gallimard impro­ visaron una cena y entre los tres dieron buena cuenta del vino.

De modo que por eso escribías. Tuve que esperar a que murieras para conocer la respuesta. En cuanto a la encerrona, el día clave fue el 8 de abril. Estábamos charlando en el Oakland, y de repente me pediste que te acompañara al estudio. Había estado allí otras veces, y me dio la sensación de que todo estaba un poco más ordenado de lo habitual. Señalando las torres de cuadernos, me dijiste: En el fondo todo lo que ves ahí da igual; lo acumulo porque sí, porque es mi único consuelo, porque a veces abro al azar algo que he escrito y leo unas páginas que me llevan a otra dimensión del espacio y del tiempo, y con eso me basta. Me conformaría con entresacar de 40

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ahí una sola cosa, no sabría explicarte bien por qué. Como decía Als­ ton, con un libro basta. ¿Te acuerdas de mi amigo Alston Hughes, el poeta? Murió alcoholizado, como me pasará a mí. Una noche vino a casa la víspera de una lectura de sus poemas, para que le ayudara a elegirlos. Sacó de la cartera un mazo de no más de cien folios. Allí es­ taba todo lo que había escrito a lo largo de sus 63 años de vida. Fue pasando las hojas muy despacio y cuando terminó dijo para sí: ¡Qué vergüenza haber escrito tanto! Le importaba un rábano publicar o no. Leyó con otros dos poetas, un chileno que había sido secretario de Ne­ ruda y una mujer muy dulce, de aspecto modoso, creo que peruana. No recuerdo sus nombres, aunque los dos habían publicado muchos libros. El único desconocido era Alston. Nadie tenía la más remota idea de quién era y si lo habían invitado fue porque yo había insistido a los organizadores en que se le incluyera en la mesa redonda. Me costó tra­ bajo convencerlos, pero al final se fiaron de mi palabra. La lectura que hizo fue escalofriante. Los entendidos no sabían bien qué pensar; les faltaba un rasero con qué medirlo; estaban indecisos entre el descon­ cierto y el más puro desdén. Sin embargo, la reacción de los jóvenes fue muy distinta. Nada más terminar el acto lo rodearon, preguntán­ dole con vehemencia dónde podían encontrar sus libros. Con una son­ risa de satisfacción Alston les contestó que en ninguna parte. Nunca he publicado nada ni lo haré, les dijo, divertido. Ahora que está muerto, creo que hay alguien preparando una edición, en París. Si algo he aprendido de Alston, es precisamente eso. Entonces, alzando la mano derecha, señalaste hacia un punto inconcreto del espacio y añadiste: Ahí hay todo tipo de manuscritos, cosas que sus autores se han empeñado en hacerme llegar a lo largo de los años. Algunos son de amigos, otros de gente que apenas conozco. Trabajos fallidos la ma­ yoría, aunque de vez en cuando me topo con algo de interés. Los guardo allí, dijiste, señalando dos puertas altas que había encima de un armario empotrado. ¿Sabes cómo llamo a ese lugar? Soltaste una carcajada larguísi­ ma antes de decir: 41

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¡El nicho! ¿Quieres que te enseñe el nicho, Ness? No entendía. Sin darme tiempo a reaccionar, acercaste una es­ calerilla y me dijiste en tono perentorio: ¡Súbete ahí! Insististe en que abriese las puertas del altillo y, en efecto, en el momento de hacerlo me parecieron sendas lápidas. ¡Mira bien! ¿Ves lo que hay? Hace unos meses fui a sacar un ma­ nuscrito y me sentí exactamente igual que un enterrador que abre una tumba para proceder al traslado de unos restos. Fue entonces cuando lo bauticé así. Asómate, asómate y verás. Hice lo que me decías. Era un hueco ancho y bastante profundo, con las paredes de cemento. Dentro flotaban corpúsculos de luz sus­ pendidos en medio de una nube de polvo; el reflejo blanquecino de los manuscritos hacía pensar en un montón de huesos desperdiga­ dos en una fosa abierta. Olía un poco a humedad. Me inquietaba mi­ rar aquello, la verdad, de modo que enseguida me bajé. No llegué a tocar nada, aunque tú te empeñabas en decirme que lo hiciera. In­ mediatamente te encaramaste en lo alto de la escalera y con gesto teatral declamaste: ¡Un cementerio de manuscritos! Hundías los brazos entre los papeles, incapaz de dejar de reírte. ¡Decenas y decenas de manus­ critos! Aquí hay de todo, Ness: novelas, poemas, cuentos, obras de teatro, ensayos, libros de memorias, textos insufribles que no inte­ resan a nadie. Increíble, verdad, y su destino común es que nunca serán leídos, jamás llegarán a la imprenta. Tantos sueños de fama, de dinero y vanidad, todas las cosas con que sueña la mayoría de la gente que está empeñada en publicar.Tanto esfuerzo y trabajo ¿para qué? Cuánta amargura y frustración, cuántas esperanzas fallidas. Déjame, déjame que te los muestre. Desde lo alto de la escalera fuiste leyéndome algunos títulos. Tú te reías a carcajadas pero yo sentí un escalofrío. ¿Cómo podías hacer una cosa así? Me hacía daño verte actuar de ese modo. Era el lado sombrío de tu personalidad y en aquel momento me resultaba in­ 42

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tolerable. Por suerte, la escena no se prolongó mucho. Bruscamen­ te, dejaste de reírte, cerraste (con cuidado, no creas que se me es­ capó el detalle) las puertas del nicho, te bajaste, plegaste la escalera de tijera y te la llevaste a la cocina. Ya sabes que en el estudio nunca tengo nada de beber. Voy un momento a la licorería, subo enseguida. Al volver, me encontraste mirando los libros de tu biblioteca. Habías traído una botella de vodka, una petaca de cristal, de esas que cuestan dos o tres dólares, y unos vasos. Los llenaste y dijiste: Te puedes llevar de ahí todo lo que quieras. Yo ya no leo. Todos estos nombres que un día significaron tanto para mí, ya no me di­ cen nada. Hace tiempo que me aburren los libros. Hasta hace poco de vez en cuando releía, pero ya ni eso. Me siento muy cerca del fi­ nal y estoy cansado. Siempre me pareció que tenía razón Alston Hughes. ¿Dejar un libro póstumo, Ness? A veces he pensado si no lo habré escrito con la esperanza absurda de que lo llegue a leer Nadia. ¿O crees que lo habré escrito para mí…? Maldita sea, Ness, he inver­ tido toda la vida en ello sin saber bien para qué. Te acercaste a las torres de papel, diciendo: Aquí lo tienes, Ness, Brooklyn… Mi libro, desperdigado entre las páginas de todos estos cuadernos. Bueno, técnicamente aún no está acabado, pero tampoco falta mucho. En estos momentos se podría decir que es una carrera contra el tiempo. Si vivo un poco más tal vez consiga terminarlo. Pero si no es así… ¿Sabes que fue Nadia quien me lo hizo ver? Le hablaba tanto del libro que iba a escribir. Le explicaba cómo iba a ser, le daba detalles de su estructura. Le enu­ meraba los títulos que se me habían ocurrido, preguntándole cuál le gustaba más a ella. Le contaba las historias que pensaba ir añadien­ do, muchas de las cuales jamás llegué a escribir… Una de aquellas veces me preguntó que cuándo creía que lo iba a terminar. Nunca, le dije completamente en serio. Nadia estaba acostumbrada a mis salidas pero aquella vez se quedó desconcertada de verdad…

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[...]

No te entiendo. No hay nada que entender, es la verdad. ¿Pero por qué? No lo sé, es como si fuera un maleficio. No puede ser. ¿Por qué? [...]

Porque no depende de ti, Gal, el libro existe ya, aunque toda­ vía esté desperdigado en los cuadernos. Pero no estoy seguro de ser capaz de rescatarlo. En ese caso, alguien lo hará por ti. ¿No te parece? [...]

Tomado de uno de tus cuadernos. ¿Te acuerdas, no? Tú mismo lo escribiste. ¿No era ése el pacto? Buena manera de empezar, ¿no te parece? Volviendo a aquel día, el vodka seguía intacto en los vasos. Abriste las cortinas. La luz de la mañana entró violentamente en la habitación, haciéndote decir: Mira esta luz, Néstor. Es la luz de que habla Louise en su poema. La luz de Brooklyn. Volviste a echar las cortinas, como si te resultara imposible se­ guir hablando mientras estuviéramos envueltos en aquella claridad. Lo que le dije a Nadia entonces es verdad. Hay algo en mí que me impide darle forma final a lo que escribo. Pero también tenía razón ella: el libro existía, desperdigado entre los legajos. Aunque el papel que me encontré después te delataba, en­ tonces se te olvidó el detalle de añadir que Nadia también había tenido la clarividencia de saber que alguien lo haría por ti. Pero no hacía falta, porque el trato estaba hecho, aunque yo no lo supiera todavía. Entonces me diste la llave de tu cuarto y te pusiste de pie. No dijiste nada más, ni yo a ti, pero tampoco hacía falta. La suerte estaba echada desde mucho antes de que me invitaras a 44

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subir. Tampoco me diste ocasión de brindar contigo. Apareció en tu cara aquella sombra que había llegado a conocer tan bien. Es­ tabas lejos, solo, perdido dentro de ti mismo, apenas consciente de lo que te rodeaba. Cogiste tu vaso y lo vaciaste de un trago, sin esperarme. Lanzaste una mirada hacia las cortinas, como si tu­ vieras miedo de que se colara la luz, y con el pulso ligeramente tembloroso, cogiste mi vaso y te lo bebiste también. A continua­ ción, te dirigiste a la puerta, sin despedirte de mí, como si yo no estuviera allí. No te seguí. Metí la mano en el bolsillo, jugando inconscientemente con la llave que me habías dado. Fue la última vez que te vi con vida. El 9 de abril me fui de viaje a Nuevo México. La noche del 14, al vol­ ver al hotel, en Taos, me encontré un mensaje de Frank Otero, di­ ciéndome que le llamara urgentemente al Oakland. Cuando lo hice, me dijo lo que había sin rodeos: Malas noticias, Ness. Gal murió esta mañana, en Lenox Hill. Es­ tuvo tres días en coma. Te llamé a la redacción. Bruce Randall me explicó cómo encontrarte. Me ha dicho que vuelves hoy de madru­ gada, o sea que aún llegas a tiempo. El entierro será el 16, en Fen­ ners Point. Estoy pendiente de un permiso, pero tengo mis contac­ tos y estoy seguro de que llegará a tiempo. Nunca había oído hablar de Fenners Point, pero no pregunté nada porque no era momento de explicaciones. Cuando pasó todo, le dije a Frank que me habías dado la llave de tu cuarto y le pedí que subiera conmigo. Estaba todo igual que la última vez que estuve allí contigo. Entonces le conté con detalle nuestra última conversación. No tengo intención de alquilarlo, fue todo lo que dijo. Dispón de lo que hay aquí dentro a tu manera. Han sido dos años, Gal, dos años de ir ordenando poco a poco la enorme cantidad de material que habías dejado, haciendo desapa­ recer lo que estaba destinado a no acabar formando parte de Brooklyn. 45

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Allí, rodeado de tus fotos, de tus cartas y recuerdos, era como si es­ tuvieras conmigo. Cuando el trabajo fue cobrando forma, muchas noches me quedaba a dormir en el estudio y al cabo de unos meses me fui a vivir allí, para que nada me apartara del trabajo. Al leerte, oía con perfecta claridad tu voz. Más de una vez, cuando crujía un mueble o el suelo de madera, me llegué a volver, creyendo que estabas en la habitación y que ibas a decirme algo. Una tarde, poco después de instalarme, vacié el nicho, sin atre­ verme a hojear los manuscritos. Le pedí a Frank que me ayudara. Los bajamos juntos, en varias cajas de cartón, y los fuimos queman­ do uno por uno en la chimenea del Oakland. Viéndolos arder, no me podía quitar de la cabeza lo que solías decir acerca de los escritos que nacen condenados al olvido. Parecemos el cura y el barbero, dijo Frank, sólo que nosotros no le perdonamos la vida a un solo título. Consiguió que me riera. Aquello no fue más que el principio. Cumpliendo tus deseos fui completando los huecos que habías dejado. Lo fui examinando todo con cuidado: las cartas, los blocs de notas, los cuadernos, las carpe­ tas, tus diarios, los de Nadia. Al final del día, bajaba al bar a quemar el material que ya no era necesario. Me había convertido en la pro­ longación de tu sombra. Sí; han sido dos años de obediencia a una voz que no cesaba, una voz que llevaba preparándome para hacer aquello casi desde el día que te conocí, aunque eso no lo comprendí hasta después de que te hubieras ido. Pero ya está, lo hemos conse­ guido, Gal, tú y yo. Aquí tienes tu maldita novela: Brooklyn. Tenía razón Nadia, el libro ya existía. Tú eras el artífice además del único obstáculo. Había que quitarte de en medio; para rescatarlo hacía falta alguien capaz de obedecer tu voz, pero no podías ser tú porque a ti tu voz te consumía. No fue fácil. Ahí van cientos y cientos de horas de silencio y soledad, horas durante las cuales puse mi escri­ tura al servicio de la tuya. Cuando por fin terminé me di cuenta de que si alguien estaba en deuda era yo. Muchas veces, al releer lo que hemos hecho, me cuesta trabajo distinguir tu voz de la mía. Aunque 46

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en realidad, sólo hay una voz, la tuya: cada vez que me tocaba inter­ venir lo hacía pensando en cómo lo habrías hecho tú. Ha sido un largo aprendizaje, pero te estoy agradecido. Gracias a ti puedo decir que soy escritor. Antes de esto, siempre sentí que me quedaba gran­ de la palabra. No tengo nada que añadir. Está todo en el libro. Eso sí, hay que celebrarlo. He traído una botella de vodka como la que trajiste tú aquel día, una petaca de 32 onzas, idéntica a la que te gustaba poner en los altares del Astillero. La dejaré en la hornacina, con el libro, para que te haga compañía. Pero antes tengo que dar cuenta del tra­ go que no me dejaste echar el día que sellamos el pacto. ¿O pensabas que se me iba a olvidar?

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