Las citas en los sermones del Siglo de Oro

CRITICÓN, 84-85, 2002, pp. 63-79. Las citas en los sermones del Siglo de Oro Félix Herrero Salgado Universidad de Salamanca El sermón es en la Retó...
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CRITICÓN, 84-85, 2002, pp. 63-79.

Las citas en los sermones del Siglo de Oro

Félix Herrero Salgado Universidad de Salamanca

El sermón es en la Retórica eclesiástica lo que el discurso en la Retórica clásica, o sea, el texto retórico; y, como discurso, en teoría de Quintiliano, «consta de aquello que es significado y de aquello que significa, esto es, de asuntos y palabras»: res y verba; res, la cosa, vinculada a la invención, y verba, las palabras, vinculadas a la elocución. Añade el calagurritano que asuntos y palabras se asocian a la colocación o disposición. El campo de mi estudio se dirige, preferentemente, a la res, cosa o asunto, cuyo contenido analiza con devota sencillez San Francisco de Borja en los pragmáticos avisos que ofrece al predicador al tratar de la invención: Así hará el predicador, [como Dios en la creación del mundo]: [Invención] primero elegirá el sagrado texto, el argumento y materia de la doctrina y qué es lo que dicen acerca de esto los santos, y meditará su Evangelio. Tenga para esto lugares comunes con abundancia y riqueza de sentencias, razones, metáforas, figuras de la divina Escritura, ejemplos, historias y comparaciones. Y después [Disposición] lo hermoseará con orden y distinción, disponiendo cada cosa en su lugar, perfeccionando las partes hasta que el entendimiento quede satisfecho1. El P. Borja habla al predicador, en tan pocas palabras, de los variados elementos que conforman el entramado, complejo mundo, del sermón. De ellos, unos le serán dados como fruto de su formación, de su inteligencia y de su experiencia; mas otros, los más, los habrá de buscar el diligente orador en los libros.

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Borja, Tratado breve, p. 17.

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El que ha de ejercercitar tan alto oficio [como es el de predicador] menester es que sepa. Y no puede saber sino estudiando y trabajando y estando de noche y de día sobre los libros, con los cuales ha de tener mucha amistad y poca, o ninguna, con las calles y plazas y negocios de fuera. Es aviso y consejo de Fray Diego de Estella2. Después, gran parte del material hallado en el estudio lo utilizará el predicador en el discurso: unas veces, asimilado, formando parte del cuerpo doctrinal; otras, aflorará con las mismas o parecidas palabras que halló en los textos de su estudio, e, incluso, a veces, con la explícita mención de sus autores. Palabras prestadas, breves sentencias o frases más o menos amplias, que constituyen las citas. LA CITA C O M O S I S T E M A DE R E L A C I O N E S

Siendo el objeto de este artículo poner de relieve la importancia que las citas tienen en la Oratoria sagrada, se impone decir unas palabras sobre ellas a modo de introducción teórica, que servirá, precisamente, para poner énfasis en su trascendencia. Para ello nada mejor que, como pórtico de entrada, concederme la licencia, también yo, de traer aquí unas palabras ajenas: Las citas forman parte de un complejo mundo intertextual, donde bajo la perspectiva, siempre omnipresente, del fin educativo y moral, el texto citante nos traslada desde un mundo determinado a otro lejano, el del texto citado, que cobra así renovada actualidad3. Se apuntan en tan breve texto ideas que quiero amplificar, aplicándolas desde este momento a mi tema. Díaz Lavado habla de un «texto citante», de un «texto citado» y de la cita o enunciado que se toma de este segundo para incrustarlo en el primero. Habla de la intertextualidad, o sea, del «conjunto de relaciones que se ponen de manifiesto en el interior de un texto determinado». Habla también de ese viaje de acercamiento y de rejuvenecimiento que realiza la cita desde la lejanía en el tiempo hasta la proximidad. Y, finalmente, habla de la explícita intencionalidad moral que se da en los textos —de Hornero en Plutarco—, objeto de su estudio, que, precisamente, coincide con la intencionalidad del sermón. Siguiendo a Campagnon4, completará la trilogía —«cita o enunciado» (t), «texto citado» (TI) y «texto citante» (T2)— con la inclusión en ella de los respectivos autores (Al y A2), con lo que el cuadro de relaciones de una cita queda constituido por dos sistemas: SI (A1T1)—t—S2 (A2T2). De todo esto hacemos breve comentario en esta introducción teórica. Si decíamos que la intertextualidad debe entenderse como «un conjunto de relaciones que se ponen de manifiesto en el interior de un texto determinado», nada más manifiestamente intertextual que el texto de un sermón. Si Julia Kristeva decía que

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Estella, Modo de predicar, T. II, p. 17. Díaz Lavado, 1994, p. 681. (En la cita he prescindido de algunas palabras que se refieren muy en concreto a Plutarco.) El artículo, aunque se centra en Plutarco, es una magnífica síntesis sobre la teoría y práctica de la cita. Del tema dije también yo algo en este mismo libro colectivo, véase Herrero Salgado, 1994. 4 Compagnon, 1979. 3

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«todo texto se construye como un mosaico de citas»5, ¿qué más variado mosaico que cualquiera de la oraciones sagradas de nuestro geminado Siglo de Oro? Podemos apreciar la realidad de las dos afirmaciones en las policromadas teselas que conforman las fichas que tomo de tres sermones que predicaron en el día que solemnemente abría la Cuaresma tres frailes de distintas órdenes, cuyas vidas como predicadores escalonan todo el siglo XVII. Fray Basilio Ponce de León, osa. «Discurso para el Miércoles de Ceniza». Número de citas: 71 (en unas 20 páginas). Sagrada Escritura, 35 citas: AT, 31 (Pentateuco, 6; Libros poéticos y sapienciales, 18; Profetas, 7).-NT, 4 (Mt, 1; S. Pablo 1; Apoc, 2). Autoridades, 36 citas: SS. PP., 8 (San Basilio, 4, y 1 Santos Gregorio y Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo y Pedro Crisólogo).-Doctores y comentaristas, 8 (S. Isidoro, Filón, Ruperto, Nicolás de Lira...).Autores clásicos, 20 (Plutarco, 3; Séneca y Virgilio, 2; y 1 Hornero, Aristóteles, Platón, Eurípides, Esquilo, Plinio, Apuleyo...)6. P. Andrés Mendo, sj. «Sermón primero. Miércoles de Ceniza». Número de citas: 82 (en 23 páginas): Sagrada Escritura, 49 citas: AT, 35 (Pentateuco, 11; Libros históricos, 4; Poéticos y sapienciales, 16; Profetas, 4).-NT, 14 (Ev, 12; Apoc, 2). Autoridades, 33 citas: SS.PP., 19 (S. Jerónimo, 5; S. Basilio, 3; SS. Agustín, Ambrosio y Juan Crisóstomo, 2, y 1 SS. Atanasio, Bernardo, Juan , Gregorio, Pedro Crisólogo y Efrén).-Doctores y otros Comentaristas, 8.Autores clásicos, 6 (Séneca, 2, y 1 Plutarco, Zenón, Herodoto, Estado)7. Fray Manuel Guerra y Ribera, osst. «Oración. Miércoles de Ceniza». Número de citas: 110 (en 32 páginas): Sagrada Escritura, 79 citas: AT, 65 (Pentateuco, 34; Libros históricos, 17; Poéticos y sapienciales, 9; Profetas, 5).-NT, 14 (Ev, 8; S. Pablo, 3; Apoc, 3). Autoridades, 31 citas: SS. PP., 14 (S. Agustín, 4, y 2 SS. Basilio, Juan Crisóstomo, Jerónimo y Gregorio; 1 SS. Clemente y Atanasio).-Doctores y comentaristas, 12.-Autores clásicos, 5 (Plutarco, Diógenes, Solón, Zenón, «un discreto antiguo»)8.

Dejo a la consideración de los estudiosos las sugerentes reflexiones a que invita la simple enumeración de los datos estadísticos; en su momento también yo haré algunas sobre otros sermones o sermonarios. Continúo comentando ideas que me sugiere la cita de Díaz Lavado. Aun suponiendo, como así era en efecto, que muchos de los predicadores que tenían el privilegio de poder imprimir sus oraciones, aprovechaban, como, ciertamente, lo harían los tres citados predicadores, el material reunido en su preparación para transformar en un pequeño tratado lo que habían representado en el pulpito, lo que a mí me interesa constatar aquí es ver cómo estos oradores, eruditos de primera o segunda mano, convertían sus sermones en un abigarrado mundo por el que desfilaban personajes de muy variada procedencia: autores sagrados de las Divinas Letras, Santos Padres y Doctores de la Iglesia, estudiosos de los avatares de la humanidad, doctos en el conocimiento de la naturaleza, y todos los componentes del inmenso mundo de la 5 Ktisteva, 1969. 6 Ponce de León, Quaresma, pp. 1-8. (Para facilitar las comparaciones «ajusto» el número de páginas de los tres sermones.) 7 Mendo, Quaresma, pp. 1-23. 8 Guerra y Ribera, Quaresma, pp. 275-290.

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cultura clásica grecorromana. Y cada uno llegaba a esos sermones portando bajo el brazo sus frases o sus versos, que, al conjuro de la voz del predicador, depositaba en la trayectoria del discurso. ¡Fantástica epifanía y resurrección de la sabiduría divina y humana la que se ostenta en la erudita pieza oratoria! Y es que el orador sagrado, en sus incursiones lectoras por los libros santos o profanos, se deja encantar por personajes o por bellas significativas palabras que, en su lectura, le salen al paso solicitando su atención; no sabe resistir a su hechizo, y, cargado de tesoros, regresa a su celda, compone su sermón y, como nuevo «ángel», en el pulpito hace a sus fieles partícipes de sus maravillosos hallazgos: la buena noticia, la buena lección de aquellos personajes tan lejanos en el tiempo y, sin embargo, en su boca, tan próximos y, dinamos, tan familiares. Modelos de fe, como Abraham; de obediencia, como Isaac; de castidad, José; de fortaleza y fidelidad, Moisés; David, «varón según el corazón de Dios», y héroes del mundo antiguo que pueblan los versos homéricos y las historias de Plutarco —Aquiles o Alejandro—, son pan de cada día en su boca y en los oídos y en la cultura religiosa de los fieles. Y no sólo elige el predicador de sus autores preferidos hombres-modelos de conductas, sino también, en comunidad de pensamiento, toma de ellos, prestadas, frases largas o breves sentencias para incorporarlas a su exposición doctrinal. Así es como se entabla el diálogo entre la lejanía y la proximidad; diálogo de historias y diálogo de ideas, dentro de un mismo texto, el sermón, entre el orador y los autores que le prestan sus propios enunciados y entre los mismos autores prestamistas. Y así es como el préstamo, el enunciado —frase más o menos larga, breve sentencia o verso— del texto de un autor queda incrustado en el texto del nuevo autor, donde vivirá nueva experiencia, tal vez muy diferente de la que le hizo salir a la vida en el lugar de origen. Que esto sea así, podemos verlo ya desde este momento, aduciendo algún texto de sermones. Mundo abigarrado y dialogante es el que presenta Fray Basilio Ponce de León en este texto que traigo del «Discurso del Miércoles de Ceniza». Diez voces, en mesa redonda, se aprestan a dialogar sobre el tópico de la inestabilidad de la vida que el orador, moderador, ha puesto como tema: David dio por título a un Psalmo: Pro his qui mutabuntur. Y San Basilio declarando este título dice que se entiende de los hombres, cuya vida es una perpetua mudanza; la traslación de Aquila dice pro foliis, la de Símaco pro floribus; de suerte que a quien nuestra Vulgata llama mudables, llaman estos dos intérpretes flores y hojas, las cuales entran en el número de cosas mudables: la flor con el frío se hiela, con el calor se marchita, y, como dice Job, dura muy poco en un ser: Quasi flos egreditur et conteritur, et nunquam in eodem statu permanet LJb 14,2]. Y las hojas las lleva el aire. Cristo nuestro Señor curó a un ciego, y preguntándole si veía, dijo: Veo hombres que andan como árboles [Mt 8,24]. Glosó este lugar San Pedro Crisólogo: No ve, dice, a los hombres como columnas quedas y firmes; porque aquellos a quienes Dios da ojos y los toca con los rayos de su luz miran con tal desengaño, que ven que los hombres no son pilares ni columnas firmes, sino árboles que con cualquier viento se menean. Un Poeta dijo: Enimvero dii quasi pilas nos homines habent: que juegan con nosotros a la pelota. Que no sé yo si pudo declarar mejor las mudanzas a que en esta vida vivimos sujetos. Pero mucho primero que él dijeron esto mismo las divinas letras. Salomón en los Proverbios, hablando de cómo se había Dios nuestro Señor con este mundo y con las cosas, Ludens (dice) in orbe terrarum [Pr 8,31]. Las cuales palabras Nicolao de Lyra las declaró desta suerte: Ludum faciens de orbe terrarum: lo uno porque este mundo es semejante al CRITICÓN. Núms. 84-85 (2002). Félix HERRERO SALGADO. Las citas en los sermones del Si ...

LASCITASEN

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juego de la pelota, donde por momentos pasa de unas manos a otras sin detenerse en ninguna, como pasan los Reinos, los Imperios, las haciendas y todos los bienes de esta vida. Ludens in orbe terrarum, dice el Sabio; DU quasi pilas bomines habent, dice el Poeta. Verdad experimentada y llana9.

Las palabras dichas en algún lugar y circunstancia concreta o escritas en algún libro vuelven a resucitar para vivir nueva experiencia en el tiempo. El día 28 de Octubre, festividad de San Simón y San Judas, del año de 1555, el Emperador Carlos V hizo juntar en Bruselas a los Procuradores de sus Estados de Brabante y Flandes y en su presencia abdicó de sus Reinos en favor de su hijo Felipe II. Cuarenta y cuatro años después, Fray Alonso de los Ángeles predicó en la Catedral de Barcelona ante el Virrey y Capitán General del Principado de Cataluña, los Señores del Consejo y la Nobleza de la Ciudad el sermón de honras en las exequias del Rey Felipe II. El orador, en un momento de su sermón, traslada a tan excepcional auditorio al salón del trono del Palacio de Bruselas para escuchar al Emperador en el comienzo de la breve plática que pronunció aquel memorable día de su abdicación: Yo quisiera, hijos míos, dejaros en más quietud, y lo he procurado: cuarenta años enteros os he gobernado lo mejor que he podido y sabido; fío en Dios que os será buen Príncipe mi hijo. Dios me es testigo que jamás moví guerra sino provocado. A mi Dios pido juzgue entre mí y mis enemigos, si lo he sido jamás en estorbar la paz pública. Pídoos por Dios seáis constantes en la religión y obedientes a la Iglesia Romana y a vuestro Príncipe. Perdonadme, hijos, los descuidos.

Las palabras del Emperador fueron pronunciadas en un contexto de guerras político-religiosas y presentan a un Emperador belicoso a su pesar y defensor de la Iglesia Romana. Fray Juan de los Ángeles rescata estas mismas palabras en un momento en que las armas y la inquietud religiosa seguían gravitando sobre la exhausta Europa para probar la continuidad y fidelidad del Rey difunto a la política de su padre en defensa de la Iglesia Católica. Bruselas y Barcelona, ciudades lejanas en el mapa físico, pero unidas por unas sentidas palabras que fueron dichas y repetidas en similares contextos histórico-espirituales. P R E S E N T A C I Ó N DE LA C I T A EN EL T E X T O D E L

SERMÓN

Veamos ahora una nueva cuestión: cómo llega la cita al texto del sermón. Unas veces literal, introducida frecuentemente por un verbo dicendi. El agustino Fray Pedro de Valderrama expresa la necesidad de que en el predicador se den la mano obras y palabras: Es empresa propriamente de justos justificar a otros. Y así no a la doctrina del pecador prometió la Majestad divina el convertir con eficacia y con efecto los pecadores, sino a la doctrina del justo, diciento Esaías: In scientia sua iustificabit iustus meus multos [53,11]: Con su doctrina y ciencia convertirá a muchos no cualquiera sino el justo, verdaderamente justo y siervo mío. Por lo cual aconsejó San Pablo a su discípulo Timoteo: Attende Ubi et doctrince 9

Ponce de León, Quaresma, p. 6.

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tuce; hoc faciens, te ipsum salvum fades et eos qui te audiunt [1 Tm 4,16]: Que primero y ante todas cosas mirase por su vida y sus obras, y después por su doctrina y palabras para que con esto pudiese aprovecharse así a los otros10. Otras veces el autor que cita trae el enunciado ajeno en estilo indirecto o bien hace de él paráfrasis o amplificación. Tal proceder es frecuente en Paravicino: embeber las frases, el pensamiento ajeno, en el texto propio. Como en este fragmento en que trata de demostrar cómo Felipe III asistió durante toda su vida a sus obligaciones: Sabía que aun a Dios no nombra Moisén hasta haber dicho qué hacía criando el mundo. Había oído o leído que hasta el fin del mundo, dice san Juan, que no se ha de cerrar el libro del Cielo. Tan de toda vida es el negociar con los puestos soberanos, que habiendo criado Dios todo el mundo en seis días, parece, dice el fénix Augustino, que tomó aliento en el séptimo para ir descifrando aquella brevedad en tantos siglos y criaturas, como de los senos délias descoge11. Finalmente, otra forma de enriquecer el propio texto: no ya con ajenas palabras explícitas en uno u otro estilo, sino con retóricas alusiones; históricas en este fragmento del mismo panegírico hortensiano, en que el panegirista exalta la hermosura de Felipe III, que le fue concedida, afirma, por gczciz de la sangre y predestinación real, desde su nacimiento: Nació el año después de nuestra salud reparada de mil y quinientos y setenta y ocho en el mes de abril. Mes por la juventud solene del año, por los triunfos insignes, fiestas y coronaciones, venerable entre los Romanos. En el día catorce: día en los anales divinos célebre por haber sucedido en él la redención hebrea, las divisiones pasmosas del mar bermejo y el naufragio escandaloso de Faraón en sus ondas. Pronóstico legalmente sagrado, o ya sagradamente lego, del Moisén que nació, no a España sola, sino a la Iglesia. Y nació con tan primera hermosura, como del Hijo de Dios (advertido [yo] de Tertuliano) entendió David. Y el mismo Moisén bastava para ejemplo, cuya nativa belleza obligó a la Infanta de Egipto a hacerle criar en adopción suya cuando le halló en la cestilla de juncos en el Nilo, fecundo esta vez a lo menos prodigiosamente. Creció siempre en ella con Majestad Real y decoro. Circunstancia, la de la hermosura al Reino, que Dios mismo observó en David; S. Basilio y Séneca en las abejas; que nuestro sabio Alfonso previno en sus descendientes, y que hasta los Etíopes, desobligados por el natural disfavor del cielo, a pleitear hermosuras solicitan (en opinión de Aristóteles) para sus Magistrados12.

La cita puede ser una sentencia breve o una frase más amplia o un ejemplo. Sentencia es, dice Fray Luis de Granada «una oración tomada de la vida, la cual manifiesta brevemente lo que hay o lo que conviene haber en la vida». Como ésta que transcribe el P. Mendo en el citado sermón del Miércoles de Ceniza:

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Valderrama, Exercicios espirituales, f. 363v. Paravicino, Panegyrico funeral, p. 35. 12 Ibidem, pp. 9-10. Véanse las eruditas y esclarecedoras notas que a estos párrafos y a todo el texto pone Francis Cerdan en la cuidada edición de este y otros sermones en Paravicino, 1994, pp. 189-217. 11

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En estando impresa en nuestros corazones esta verdad: que somos polvo, conseguiremos los retornos del Cielo: Veritas de terra orta est, et iustitia de cœlo prospexit, decía el Real Profeta [Ps 84,12]. Una frase más amplia tomada de un Santo Padre de la Iglesia, que pone como colofón a su propio comentario, da pie al jesuita para desarrollar el mismo pensamiento: La palma de la gloria no se da a quien en vano se jacta de grandeza sino a quien, humilde, acordándose de que es tierra, se envuelve en polvo y se humilla hasta la nada. San Ambrosio: Ubi colligitur pulvis, ibi palma proponitur. Nemo nitidus coronatur: pulverulentum decet victoria. Non decet redimitos floribus corona, sed pulverulentos (p. 8). Fray Luis de Granada, tratando del ejemplo, da sabios consejos para su uso correcto y provechoso: Se aumentan y crecen los ejemplos con la manera de tratarlos. Podrá, pues, comenzarse por la alabanza del autor o nación de donde se trae el ejemplo de este modo: si alguno citare un ejemplo de Plutarco podrá decir antes que este autor es el único y más grave de todos por haber juntado a la elocuencia de historiador una suma inteligencia de la filosofía; de suerte que no sólo se ha de considerar en él la fe de la historia sino también la autoridad y juicio de un gravísimo y doctísimo filósofo*3. Pues esto es lo que hace exactamente el carmelita Fray Alonso de los Ángeles en el sermón citado de las exequias de Felipe II (fol. 170r/v): No sé qué asomo desto se fingió Hornero, cuya escritura y poesía floreció siempre entre las escrituras antiguas como la mejor que nunca fue ni se cree que será; y entre muchos varones ilustres de que hace memoria, a Aquiles engrandece sobre todos en el esfuerzo y valentía; y tanto le procura hacer inmortal en la memoria de los venideros que entre otras notables cosas que del describe es que en las honras de su muerte lloraron los dioses y los hombres, y las Musas, cuyo oficio es cantar, lloraron allí tan lamentablemente, que ninguno las oyó que no fuese provocado a llorar la muerte del gran Aquiles. De lo que se sigue, concluye el carmelita, que «los sacerdotes, que en sentir de Platón y San Agustín son dioses de la tierra, están justificados para hacer sentimiento por el tal Rey». FUNCIONES

DE LAS CITAS

Dos han sido y son las principales funciones que se han atribuido a las citas en un texto sagrado o profano: de ornato y de autoridad; o sea, la cita aporta a su nuevo texto un valor estético o un valor argumentativo. Estudiosos del tema hay que, como Householder, señalan a las citas siete funciones: reafirmación, ilustración, comparación ornamental, ornamento, ornamento reconocido, autoridad, incidental. Morawski presenta un clasificación más clara y sencilla: función de apelación a autoridades, 13 Granada, Rhetórica Eclesiástica, pp. 243-244.

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función erudita y función de ornamento. Díaz Lavado en el artículo citado sigue la tipología de Morawski y la aplica con algunas subdivisiones a su estudio —las citas de Hornero en Plutarco—: 1.-Función lógica: Citas de autoridad, citas eruditas y citas reafirmativas; 2.-Función de ornato: Citas ornamentales propiamente dichas y citas ornamentales integradas. No trataré ni aduciré ejemplos de cada una de estas funciones por razón de que pueden notarse éstas fácilmente en los textos que aparecen en este artículo. Sí quiero apuntar otra función muy propia de la cita en la oración sagrada: ser eje vertebrador del discurso. La cita no sólo prueba y confirma lo expuesto por el predicador, sino que es base para la argumentación y el desarrollo de la narración. Lo vemos en dos tipos de citas: la que el orador toma como tema de su oración y la que aduce en cualquier parte de la misma. El sermón es un discurso que parte de un tema y gira hasta el final en torno a ese tema: una frase de la Sagrada Escritura, tomada, generalmente, del evangelio del día. El tema, al decir del dominico Fray Juan de Segovia, es «como el quicio para la puerta: sobre él ha de girar toda la oración». Veamos la virtualidad organizativa que aporta el enunciado del tema al discurso. Lo tomo del «Sermón segundo de la festividad de la Madalena» de Fray Pedro de Valderrama. Las palabras del evangelio del día —«había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo...» [Le 7, 36-39]—, estructuran el sermón en siete consideraciones: Escóndanse los primeros borrones y bosquejos que el glorioso pintor S. Lucas dio en el retrato desta gloriosa santa; no parezcan hoy las líneas que hizo el carbón de la culpa [...]; parezcan otras siete virtudes que en contrapeso de sus pecados tuvo esta gloriosa santa, pues cuando vino a los pies de Cristo no vino tan sola que no viniese acompañada de otras tantas damas de honor, con que mereció que le tuvieran mucho respeto en casa del Fariseo. La primera fue la diligencia: Ut cognovit. La segunda, la vergüenza: stans retro. La tercera, la humildad: secus pedes Christi. La cuarta, la contrición: lacrimis cœpit rigare pedes eius. La quinta, la liberalidad: et ungüento ungebat et capillis capitis eius tergebat. La sexta, el amor: et osculabatur pedes eius. La séptima, paciencia: no habló palabra con cuanto contra ella habló el Fariseo14.

A partir de aquí, orientado y estructurado el discurso con las palabras del tema, al cuidado del predicador queda exponer cada uno de los siete miembros de la división. Sin dejar el sermón de la Magdalena, podemos ver cómo una cita sirve para desarrollar la argumentación de un punto: aquí, su segunda virtud, la vergüenza: Hablando el Esposo a la Esposa le dio a entender disimuladamente con qué se conservava la castidad de las mugeres: Statura tua similis est palmee [Ct 7,8]. Pues, Señor, ¿no había otros árboles más olorosos, floridos, de más hermosa y agradable fruta a quien comparar a una doncella tierna sino la palma? Fue linda comparación. No es esta fruta de la palma tal que cada uno pueda alcanzarla a mano y quitarla, ni bastará una horquera para quitarla; está muy alta. No han de estar las mujeres muy a mano de los hombres, ni parecer delante de ellos;

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Valderrama, Festividad de los santos, p. 301.

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cuanto más retiradas, más seguras. Y aún hay otra curiosidad que notar en la palma maravillosa [...]

La curiosidad: unas hojas de la palma son verdes y esparcidas; otras, recogidas y blancas. Y la consecuencia: «La mujer ligera y que está esparcida delante de los hombres, maravilla es que no sea verde y deshonesta: Mulier vaga et quietis impatiens [Pr 7,11]». Por el contrario, la recogida... Moraleja: recoger a la mujer en un arca, como hizo Abrahán con Sara cuando fue a tierra de gentiles, y como hace hoy la Magdalena, que «por huir de ponerse delante de los otros, mostrando su vergüenza, se quiso poner detrás de los pies de Jesús». Y así se termina el punto o consideración segunda. IMPORTANCIA

D E L A S C I T A S EN LA O R A T O R I A

SAGRADA

En los datos estadísticos que nos brindaban las fichas de los tres sermones del Miércoles de Ceniza se hacían notar las copiosas asistencias que en forma de citas recibía el texto evangélico inicial a lo largo de la oración: 263 citas en 75 páginas, más las obligadas repeticiones del enunciado o parte del enunciado del tema15. Todo eso, que nació, como veremos, de una necesidad y que en sí constituye un alarde de erudición, hace pensar en la dificultad que suponía y supone la lectura de un texto plagado de intromisiones, casi siempre en latín, que obliga a la mayoría de los lectores a andar por los sermones como con zancos. He aquí una de las principales causas que han espantado a los investigadores del estudio de la oratoria sagrada. Personalmente, para evitar que la lectura de un sermón se convirtiera en una carrera de obstáculos, opté, desde el tomo dedicado a los predicadores jesuítas, por dar en nota a pie de página la cita latina y su versión castellana en el texto. Prefiero una lectura seguida, sin barreras, al dudoso efecto mágico de las divinas palabras. Un poco de historia Recuerdo aquí algo que ya dejé escrito en otros lugares16. El uso de la cita o lugar de la Sagrada Escritura con valor apodíctico se da ya en las mismas Escrituras: vemos que a su testimonio acude Jesús en varios pasajes del Evangelio, y S. Pedro en el primer sermón de la Iglesia el mismo día de Pentecostés [Hch 2,14-36], y S. Pablo en la predicación a los judíos [Hch 13,16-42 ...]. Y la homilía de los Santos Padres es un comentario de las Escrituras por las Escrituras, pues, como dice San Ambrosio: Oportet enim divina divinis conferamus quo melius colligere possimus. El texto sagrado servía de explicación y comentario de los pasajes bíblicos de la liturgia del día y de aval de la propia opinión. En momentos de crisis doctrinal, el recurso a los lugares se hizo más frecuente por temor a desviaciones punibles y como defensa de la palabra personal. Con el tiempo, a la Escritura añadieron los predicadores textos de los Santos Padres, Comentaristas, Teólogos y escritores graves cristianos o gentiles. De esta forma, como ya he dicho al comienzo de este artículo, el sermón se convirtió en taracea de opiniones 15 Recuérdese lo que decía Fray Tomás de Llamazares: «Al tema se viene por todo el sermón, como al pan por todas las viandas». Llamazares, instrucción de Predicadores, p. 14. 16 Herrero Salgado, 1996, pp. 177-183; 282-294; 1998, pp. 89-102; 2001, pp. 253-262.

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ajenas, pero tan consciente y trabajosamente elaborado, que llegó a constituir un entramado perfecto, equilibrio de sabiduría y elocuencia, de lección de cátedra y oración de pulpito. Ahí radica, precisamente, la dificultad de su lectura a que me refería antes. Fray Basilio Ponce de León, predicador y humanista, tiene una visión amplia del empleo en el sermón de la palabra ajena. La expone en el «Prólogo» a sus Discursos de Quaresma ya citados: Heme aprovechado de lo que he visto en autores impresos, que para eso se compran y se leen, en que he mirado en dos cosas. La una que no fío tanto de mi autoridad que quiera que por mi dicho se me crea; ni de mi ingenio pienso que lo alcanza todo sin ayuda de vecinos. La otra, en que es general costumbre de los que escriben bien y cuerdamente hacer un compuesto de cosas ajenas y de suyas, ansí para escribir más a lo seguro y cierto, como para servir al entretenimiento y gusto del que leyere los libros. Marco Tulio dice el cómo se ha de hacer para que, aunque se aproveche de otro, le pueda llamar trabajo suyo: Nos ea tuemur quce dicta sunt ab his quos probamus, eisque nostrum iudicium et nostrum ordinem adiungimus. Que no es más de estimar la tela de la araña por ser suya que la miel de las abejas porque se labra de diferentes flores. Y porque a ccelo recibí estimar los trabajos de todos, porque sé lo que cuestan estudios de importancia, descubro de ordinario las fuentes de donde saco la doctrina. Que como dijo Plinio: Ingenui pudoris est fateri per quos profecerimus. Y mirando a lo mismo dijo Cicerón a Bruto: Tu quidem a Nevio vel sumpsisti multa, si fateris, vel si negas, surripuisti [...] Pago, pues, a los autores lo que me dan nombrándolos, y por lo que he sacado con mi discurso muéstrome agradecido con decir que es a ccelo; que de allí es de donde nace todo el bien y a quien se debe todo17.

Bien es verdad que lo que fue en un tiempo necesidad se convirtió, a veces, en exhibición vanidosa de erudición e ingenio, o en facilona estrategia para elaborar el sermón, de que usaron con mucha frecuencia ciertos predicadores, o, como «Pérez de Ledesma» graciosa y maliciosamente los apoda en su Censura: «sastres que zurcen cuanto han sisado a los vestidos ajenos»18. He enumerado las fuentes de donde proceden los enunciados de las citas —que, por otra parte, quedaban bien patentes en las fichas estadísticas de los tres sermones del Miércoles de Ceniza anteriormente dadas—: Sagrada Escritura, Santos Padres, Doctores y Comentaristas, y escritores graves cristianos o gentiles —filósofos, naturalistas, historiadores— e, incluso, poetas. La Sagrada Escritura suministra al predicador la materia principal del sermón y le sirve de eje del discurso. De la Escritura usa, además, como prueba del argumento, como fuente de historias y ejemplos, que aclaran la doctrina que se está impartiendo y como modelo de estilo y exornación de la oración. En términos generales, podría decirse que el Nuevo Testamento da la base del argumento y la materia del sermón y el Antiguo es la fuente de citas de autoridad, de ejemplos y de historias. 17

Ponce de León, Quaresma, «Prólogo». Pérez de Ledesma, Censura de la elocuencia, pp. 56 y ss. Para la polémica que sobre el asunto de los lugares o citas mantuvieron «Pérez de Ledesma», o sea, el P. Ormaza, y su correligionario y compañero de Colegio, P. Valentín de Céspedes, véase la generosa Introducción que, al libro de éste, pusieron F. Cerdan y J. E. Laplana Gil (Céspedes, 1998). 18

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Los Santos Padres, santos y sabios, poderosos en obras y palabras, recibieron de Dios socorros especiales y abundantes de la gracia divina para penetrar con su luz e inspiración en los misterios de las Escrituras. En sus libros hallan los predicadores los comentarios más sólidos y elocuentes de la palabra revelada, un evangelio explicado y aclarado. De los escritores gentiles hablaré más adelante; ahora, sólo apuntaré que tienen patente de libre circulación por los sermones los filósofos —Aristóteles, Platón y, sobre todo, Séneca— e historiadores-filósofos, como Plutarco, porque en sus libros se encuentran «razones muy provechosas para confirmación de nuestra fe y erudición de nuestras costumbres». La práctica en los sermones Es indudable que cada predicador, aun perteneciendo a la misma orden y a la misma época, lo mismo que tiene sus temas preferidos, tiene sus fuentes preferidas; todo depende de su formación y sus gustos; incluso de su edad. Comparemos sermonarios de tres jesuítas: Mariai, tomo 2° (1625), del P.Jerónimo de Florencia; Sermones varios (1656) del P. Manuel de Nájera, y Asuntos predicables (1664) del P. Andrés Mendo. Restrinjo las cifras estadísticas a la Sagrada Escritura: Mariai. SE, 329 citas: AT, 223 citas: Pentateuco, 26; Libros históricos, 16; Libros poéticos y sapienciales, 150; Profetas, 31.-NT, 106 citas: Ev, 54; San Pablo, 44; San Pedro, 4; Santiago, 2; Apoc, 2. Sermones varios. SE, 369 citas: AT, 243 citas: Pentateuco, 106; Libros históricos 72; Libros poéticos y sapienciales, 28; Profetas, 37.-NT, 126 citas: Ev, 98; S. Pablo, 19; S. Juan y S. Judas, 1; Apoc, 8. Asuntos predicables. SE, 476 citas: AT, 291 citas: Pentateuco, 112; Libros históricos, 56; Libros poéticos y sapienciales, 86; Profetas, 37.-NT, 185: Ev, 153; Hch, 3; S. Pablo, 21; Apoc

Sólo dos reflexiones que se deducen a simple vista de estos datos. Primera: predominio en los tres sermonarios de las citas del Antiguo sobre el Nuevo Testamento: 757 y 417, respectivamente. Segunda: en el Mariai prevalecen los lugares doctrinales (Libros poéticos y sapienciales, Epístolas), 200, sobre los narrativos (Pentateuco, Profetas, Evangelios y Hechos), 129. En los otros dos sermonarios, por contra, se da la preferencia a la cita de los libros narrativos sobre la de los doctrinales: 320 sobre 49 en Sermones varios; 369 sobre 107 en Asuntos predicables. De lo que se podría deducir una conclusión general: el P. Florencia compondría un sermonario de carácter razonador, como así es en efecto, y los PP. Nájera y Mendo unos sermonarios en que llevan la primacía los elementos narrativos, como así sucede en la realidad, pues los dos siguen en sus sermones el procedimiento discursivo de los «lugares historiales»19. Veamos unos textos. 19 Hablando de gustos y preferencias, quisiera dar, aunque sea en nota ad calcem, los datos estadísticos de las citas que trae Fray Luis de Granada en su Retórica Eclesiástica: 1.044 citas: SE, 476 citas: 285 del AT (118 de Profetas, 100 de Libros Poéticos y sapienciales, 40 de Pentateuco y 27 de Libros históricos) y 191 del

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Del Mariai. El P. Florencia está aportando pruebas para demostrar la Pura Concepción de la Virgen desde su primer instante. He aquí una: El Padre eterno crió a esta Señora para Hija suya queridísima y primogénita de todas sus criaturas, como ella misma lo confiesa: Ego ex ore Altissimi providi primogénita ante omnem creaturam [Ecl 24]. El cual lugar acomoda a la Virgen la Iglesia Universal; luego no es razón que habiendo criado todas las criaturas angélicas en gracia y algunas humanas también, cuales fueron Adán y Eva, criase a la primogénita de todas en desgracia suya, hija de ira, enemiga de Dios y esclava de Satanás. Mucha razón, pues, era que la que había de ser la principal de todas las criaturas fuese desde el principio poseída del Padre que la crió. Y esta razón la veo engastada en aquellas palabras: Dontinus possedit me ab initio [Pr 8], según la Vulgata. Desde el principio me poseyó el Señor, y da la razón de esa posesión la lición de los Setenta: Dominus condidit me initium viarum suarum in opera sua, como si dijera: Dontinus possedit me ab initio, quia condidit me initium omnis creaturœ20. En el texto siguiente del «Sermón del Miércoles de Ceniza», el P. Mendo utiliza el lenguaje narrativo-descriptivo, con la secuencia que en él suele ser habitual en los comienzos de las proposiciones: proposición o tesis, lugar histórico, reparo, aclaración por autoridad y aplicación: [Proposición] Quien tiene en la memoria el polvo, tiene el Cielo en la mano. [Lugar historial] Dos túnicas llevaba el Sumo Sacerdote: la una de jacinto, la otra de lino muy delgado: Fecerunt quoque tunicam superhumeralem totam hyacinthinam. Fecerunt et túnicas byssinas opere textili Aaron et filiis eius [Ex 39,20 y 25]. [Reparo] Misterio hay en la materia y colores de las túnicas. Ni ha de estar la de lino sola, ni sola la de jacinto; no se han de dividir ambas; quien lleve la una, lleve también la otra. [Explicación por autoridad] Explíquelo el Abad Ruperto: Lineum vestimentum terram significat; hyacintinum ccelum in colore demonstrat, quia de terra paulatim ad cœlestia sustollimur. La vestidura de lino en el color está mostrando la tierra; el jacinto es el color del Cielo. Lleve, pues, el Sacerdote ambos colores, porque con la memoria de la tierra y del polvo asegura la suerte del Cielo. [Aplicación] ¡Oh si nos vistiésemos deste color de la tierra! ¡O si nunca le apartásemos de la memoria! ¡Oh si siempre le trajésemos a la vista! ¡Cómo el Cielo se nos vendría a las manos! Quia de terra paulatim ad cœlestia sustollimur (Quaresma segunda, p. 7). Hice una breve alusión a la aceptación que entre retóricos y predicadores tuvo, en general, la inclusión en los sermones de citas de escritores gentiles. No aportan, es NT (104 de S. Pablo, 78 de Evangelios, 4 Apoc, 3 Hechos y 1 de Santiago y de Judas.- 222 citas de SSPP (36 de S. Agustín, de quien toma doctrina concionatoria y ejemplos; 94 de S. Cipriano, su modelo preferido, 25 de S. Jerónimo, 20 de S. Gregorio Magno, 15 de S. Bernardo, 10 de S. Juan Crisóstomo, 9 de S. Gregorio Nacianceno, 7 de S. Ambrosio, 5 de S. Basilio y 1 de S. Gregorio Niseno.- 105 citas de Doctores y otros Comentaristas.- 241 citas de autores clásicos: Retóricos, que le prestan la doctrina (83 citas de Quintiliano —a veces, páginas enteras—, 63 de Cicerón, 17 de Cornificio, a quien atribuye la Rhetorica ad Herennium y 6 de Aristóteles) y escritores que le prestan ejemplos (Virgilio, 38 citas; Ovidio, 5; Horacio, 3; Hornero, Juvenal y Terencio, 2). Verdaderamente puede afirmarse que en la Retórica luisiana se encuentra una antología de los más bellos textos de las Divinas Letras y de los Santos Padres, y un generoso compendio de las Retóricas clásicas. Para el cómputo he utilizado la espléndida edición por el benemérito e incansable Fray Alvaro Huerga, op, de las Obras completas de Granada, 1999, Tomos XXII y XXIII. 20 Florencia, Mariai, pp. 6-7.

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cierto, a la argumentación pruebas de valor apodíctico, pero sí son apoyatura a las tesis de los predicadores, porque proceden de autores que por su prudencia, sabiduría y virtudes naturales, tenían reconocida autoridad. A veces, sus palabras resultaban más convincentes para los fieles que las mismas palabras de la Escritura y Padres, como procedentes de la ley natural, más cercana a la mente del hombre. Por eso no es extraño que autores sagrados y gentiles se encuentren aportando sus razones en un mismo texto, aun cuando, a veces también, la presencia de los gentiles en la oración no tenga más misión que ostentar erudición vanidosa. Lo vemos en algunos textos. Mas antes digamos dos palabras sobre la frecuencia que de su uso hacen los predicadores en sus sermones. Generalizando, podría decirse que pasada la época del furor en los predicadores por mostrarse humanistas, que coincide con las décadas finales del xvi y las dos primeras del xvn, la apetencia de traer autores gentiles al sermón se fue atenuando. Careemos las cifras de autoridades que dan tres sermones de autores ya citados: Fray Alonso de los Ángeles, Exequias de Felipe II (136 pp.): Citas de la Sagrada Escritura, 133. Citas de autoridades, 215: SS. PP., 45 citas; Doctores de la Iglesia y comentaristas, 30; Historiadores y naturalistas, 69; Autores clásicos, 71 (Platón, 11; Plutarco, 6; Plinio, 6; Séneca, 5; Aristóteles, 4; Hornero, 3; Ovidio, Cicerón, Jenofonte, 2; Horacio, 1 ...). Fray Basilio Ponce de León, Domingo 3° de Quaresma (26 pp.): Citas de la Sagrada Escritura, 75. Citas de autoridades, 114: SS. PP. 22; Doctores y comentaristas, 18; Autores clásicos, 60 (Séneca, 8; Aristóteles, 7; Plutarco, 6; Cicerón, Virgilio, Plinio y Eliano, 3; Platón, Herodoto, Juvenal, Claudiano y Solino, 2; Hornero, Ovidio, Luciano, Aristófanes, Pitágoras y otros, 1). P. Manuel de Nájera, Sermón de la Circuncisión (20 pp.): Citas de la Sagrada Escritura, 30. Citas de autoridades, 18: SS.PP., 5; Doctores y comentaristas, 13; Autores clásicos, 0.

Si fijásemos nuestra atención en los datos, tendríamos que calificar a los dos primeros predicadores, como diría el obispo Terrones, de «tan negro de humanistas, que la mayor parte del sermón se les va en ellos». Y al P. Nájera lo meteríamos en el grupo «de los que abominan del estudio dellos reciamente». Poco sé de Fray Alonso, pero seguro que con la edad se le templarían los humos de la afición a la paganía, como le sucedió a Fray Basilio, cuyos últimos sermones están absolutamente purgados de palabras de la gentilidad. Del P. Nájera habría que decir que, aunque en materia de autoridades, lo suyo o los suyos sean los Padres, y Oleastro y Lira y el Abulense, sin embargo, con alguna paciencia, se puede sorprender a Séneca apuntando al orador alguna frasecilla; tal, en el «Sermón primero sobre el verso primero del Miserere», o en el «Sermón del día de Santo Tomé», o, ¡dos veces!, en el, por lo menos, extraño en el tema «Sermón en fiesta de toros». Muy frecuente es que las citas de autores gentiles y sagrados se alternen en el discurso con toda naturalidad; la luz divina y la luz natural iluminan así el texto. Explícitamente lo confiesa Fray Alonso de los Ángeles: Y para que mejor se goce esta conformidad [del desprecio de la vida y deseo de la muerte] en el principio del discurso y prueba de nuestro tema, me place poner aquí dos lugares juntos: uno del santo Job, otro del Filósofo: Homo natus de muliere, brevi vivens tempore, repletur

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multis miseriis, qui quasi flos egreditur et conteritur et fugit velut umbra et nunquant in eodem statu permanet \]b 14,1-2]. [Aristóteles] Homo imbecillitatis exemplum, temporis spolium, fortunce lusus, imago inconstantice, No me parece sino que jugaban a cartas vistas este Santo y este Filósofo y que concertaron hablar con una misma uniformidad extraña en las miserias de la vida humana.2!

En alarde de erudición sagrada y profana, Fray Basilio Ponce de León trae al Discurso del Miércoles de Ceniza la voz de poetas, trágicos, filósofos, historiadores, Padres y Sagrada Escritura para tratar de convencer a los oyentes del tan manido tópico de la brevedad de la vida: Y danos a entender esto la brevedad y mudanza de la vida de lo cual está dicho mucho y declarado con diferentes comparaciones para que se entienda mejor. Hornero comparó nuestra vida a las hojas del árbol, que, cuando mucho, dura un verano. A Eurípides le pareció mucho, y dijo que la felicidad humana bastaba que tuviese nombre de un día; reprehendiéndole esto Demetrio Falareo, pareciéndole que bastaba dar el nombre de instante. Platón la llamó sueño de gente despierta. A S. Juan Crisóstomo le pareció demasía y la llamó sueño y borrachez de hombre tomado de vino; porque como éstos entre sueños se imaginan reyes y señores, así hay hombres que se desvanecen en esta vida y se imaginan o sueñan lo que no son. A otro Filósofo pareció que llamarla sueño era ser algo y la llamó sombra de cosa soñada. Esquilo la llamó umbra fumi, sombra de humo, que siendo el humo poco más que sombra, no será más que ser sombra de una sombra. Plutarco: Punctum temporis est vita hominis: es un punto y no sabe la Filosofía cosa que menos pueda dividirse. Y en libro de la Sabiduría [5, 9-12] se compara la vida a la sombra: Transierunt omnia rtostra tanquam umbra; al correo que pasa corriendo: tamquam nuntius prcecurrens; a la nave que corta el mar con viento próspero sin dejar huella: tamquam navis quce transivit aquam fluctuantem, cuius, cum prceterierit, non est vestigium invenire; a la ave que pasa volando y hace con las alas algún ruido... 22 El ejemplo, que participa de la eficacia de la similitudo y la auctoritas, en palabras del retórico jesuíta J. B. Escardó, tiene todas estas virtudes: adorna y hermosea la oración, declara la materia y hácela probable; convence el entendimiento y mueve la voluntad, porque más fuerza tienen para mover que los preceptos.23 Pues para finalizar esta exposición quisiera traer del mismo agustino Fray Basilio Ponce de León, erudito humanista como su tío Fray Luis de León, un ejemplo, en que el pío Eneas viene con sus versos a mostrarse paradigma de la conducta divina: [Tesis]: «No pueden las obras que hiciéremos, por buenas que sean, ser merecimientos dignos de la gloria si se hacen en pecado mortal». [Ejemplo] Aquel valiente capitán Eneas, ya que se movía a compasión y lástima con los humildes ruegos de su enemigo vencido, así como le vio en los hombros los despojos que 21 22 23

Ángeles, Sermón fúnebre, fol. 3r. Ponce de León, Quaresma, pp. 5-6. Escardó, Rhetórica Christiana, p. 105.

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había tomado de su amigo Pallante cuando le quitó la vida, se embraveció de suerte que cerrando los oídos a sus lástimas como a hombre indigno de perdón le entregó a la muerte merecida: Et iamque magis cunctantem flectere sermà ceperat, infelix humero cum apparuit alto balteus, et notis fulserunt angula bullís Pallantis pueri, etc. ¡Aeneyd. 12] Pues no tengáis por buena manera de parecer delante de Dios las manos llenas de sangre, la alma sucia con los excesos y demasías de la vida pasada, la alma en pecado, en uno de avaricia, en otro de ambición y soberbia, en otro de vanidad, en otro de enemistad y rancor, en otro de deshonestidad y torpeza.24

A manera de conclusión. Llegado a los límites de espacio impuesto a mi trabajo, discurría cómo podría darle fin: recapitulando, como si fuera epílogo de discurso; buscando la reflexión de los posibles lectores sobre la maravillosa obra de laboratorio que es un sermón; o poniendo el acento en la labor del predicador, artesano de ese entramado o mosaico de opiniones que es el discurso. Deseché el primero, por repetitivo. Si optaba por la reflexión de los lectores, se me ocurría que nada mejor que las palabras con que el jesuita P. Quintín Pérez esbozaba lo que era un sermón de Fray Hernando de Santiago: algo así como un motete de Palestrina, que arranca de un tema gregoriano y va agrandando su círculo hasta abrirse en un acorde amplio, perfecto, resonante de voces diversas: El pasaje del Evangelio fraseábalo con otros de ambos Testamentos; venía luego el torrente de Santos Padres, desentrañando, interpretando, aplicando; luego el coro de los expositores, concordando y comentado, y por fin, como base de todo, la ciencia de los teólogos, apoyada en la filosofía racional. Ciertamente con oír al Maestro, se oía sobre un punto la armonía de la Iglesia.25

Y, en tercer lugar, pensaba que si ponía el acento en la labor de los predicadores, labor de silla antes del pulpito y después del pulpito, nada mejor, puesto que estaba en el mundo de las citas, que seguir citando, y esta vez trayendo la voz del filósofo preferido y más querido por nuestros predicadores, Lucio Aneo Séneca, «crédito de Andalucía, lustre de Córdoba y gloria de España», quien en carta a Lucilio dice: No he abandonado la lectura; creo que me es necesaria, en primer lugar, para no confiar enteramente en mis opiniones y, además, para que, en vista de lo que los demás han encontrado, pueda juzgar y descubrir algo a mi vez. [...] No conviene escribir siempre, ni leer siempre; lo primero sería fatigoso y agotaría nuestras fuerzas, y lo último las aflojaría. Necesario es hacerlo alternativamente, templar lo uno con lo otro, de manera que la pluma forme un cuerpo de lo que la lectura ha recogido en diferentes parajes. Debemos imitar en esto a las abejas, que vuelan por todas partes para libar en las flores lo que es conveniente 24 25

Ponce de León, Quaresma, pp. 1-2. Pérez, 1949, p. 135.

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para hacer la miel; enseguida lo llevan a las colmenas y lo depositan en los panales y, como dice nuestro Virgilio: «Liban la miel / y depositan el dulce néctar en celdillas». [...] Debemos imitar a las abejas y poner por separado lo que hemos recogido en diferentes lecturas, porque de esta manera se conservará mejor; después, reunir estos diferentes jugos y darles por nuestro trabajo un sabor compuesto de todo ello, de manera que, si bien se note que está tomado de otra parte, véase, sin embargo, que no es la misma cosa (Lucio Aneo Séneca, Epístola 84). Añádanse a tan autorizadas palabras la consideración de que el sermón es un discurso circunstanciado —¡y qué circunstancias tan críticas las vividas en nuestro Siglo de Oro!— y dirigido por un imperativo religioso-moral bajo la férula de la Escritura; y añádase, además, el picante del vanidoso prurito de querer ostentar erudición, y tendremos la justificación o la comprensión de la abusiva o generosa copia de voces ajenas que invaden el discurso sagrado y ponen sordina a la propia voz del predicador.

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HERRERO SALGADO, Félix. «Las citas en los sermones del Siglo de Oro». En Criticón (Toulouse), 84-85, 2002, pp. 63-79. Resumen. El presente artículo pretende mostrar que la cita tiene tal importancia en el texto del sermón, que, a veces, podría considerarse éste como un verdadero mosaico de palabras e ideas ajenas. En una primera parte se estudia la cita desde diferentes puntos de vista teóricos: como sistema de relaciones, como diálogo de palabras y de ideas, sus formas de presentación en el discurso y sus funciones. En una segunda parte, el análisis se centra en las peculiaridades de la cita en la oratoria sagrada: se hace un poco de historia sobre su presencia en el sermón, se exponen las fuentes de procedencia y su práctica en los sermones. Résumé. Cet article veut montrer que la citation a une telle importance dans le texte du sermon que, parfois, on pourrait considérer celui-ci comme une véritable mosaïque de mots et d'idées d'emprunt. Dans la première partie la citation est étudiée selon différents points de vue théoriques, comme système de relations, comme dialogue de mots et d'idées, sa présentation dans le discours et ses fonctions. Dans une seconde partie, l'analyse est centrée sur les particularités de la citation dans l'éloquence sacrée. Après un rapide historique de son utilisation, sont exposées les sources et la pratique de la citation dans les sermons. Summary. This article advances the theory that the quotation has so much importance in the text of a sermon that, at times, it could be interpreted as a true mosaic of other unrelated terms and ideas. Initially, the quotation is studied from différent points of theoretical views: such as a System of relations; a dialogue of words and ideas; and the form it takes in the présentation of discourse adn the functions. Secondly, the analysis is focusedon the peculiarities of the quotation ¡n the Sacred Oratory, including a brief history about its origins in the sermon and an explanation of its sources and use in sermons. Palabras clave. Autoridades. Cita. Fuentes. Intertextualidad. Retórica eclesiástica. Sagrada Escritura. Sermón.

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For fin se publica una edición fidedigna de los tan socorridos Avisos de J. Pellicer de Tovar. Por curioso que parezca, de una obra en que con tanta confianza fueron a beber todos los historiadores y estudiosos del reinado de Felipe IV, no existía, hasta la fecha, más que la defectuosa y a veces disparatada edición de Valladares (1790). Edición, a juicio de P. de Gíiyangos, en que « apenas hay página (...) en que no se hallen erratas de mucha consideración ». Hoy, las Editions Hispaniques ofrecen, preparada por Jean-Claude Chevalier y Lucien Clare, catedráticos en la Universidad de París-Sorbona, una edición en dos tomos, cuidada y exacta, del manuscrito de los Avisos. A la fiel y estrecha reproducción de este manuscrito se añade, en el primer tomo, un extenso glosario de la lengua de los Avisos, acompañado, como ayuda a los lexicógrafos, de todas las referencias correspondientes. Instrumento imprescindible en un texto de la clase de los Avisos, vienen en el segundo tomo dos índices críticos : el de las personas (2840 entradas) y el de los lugares (1220 entradas). Un texto cuidadosamente depurado ha de permitir la corrección de. algunos errores c inferencias que, en los últimos decenios -y antes- se publicaron, apoyándose en la edición de Valladares. 9 de Agosto de 1639 Murió Don Juan de Alarcón, Poeta famoso, así por sus comedias como por sus corcobas, y Relator del Consejo de las Indias.

José PELLICER DE TOVAR AVISOS Kdiciñn preparada por Jean-Claude CHEVALIER y Luden CLARE, catedráticos en la Universidad de París-Sorbona Hasta /Until/ Jusqu'au : l-IX-2002 Precio de suscripción / Suhscription Price / Prix de souscription (2 vol.) : 9» euros Después del / After / Après le : l-IX-2002 : 125 euros Gastos de envío / ProlHgt' / Frais d'envoi : Francia : 4,57 euros CE. / U.C. : 8,54 euros Resto del mundo / Resl of World / Reste du monde : 15.21 euros

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5 de Febrero de 1641 Bartolomé Spínola, del Consejo de Hacienda, i el Secretario Juan García Muñoz, Secretnrio del Presídeme de Hacienda, tuvieron dentro del Consejo vnas Palabras sobre vn despacho: Spínola le dijo que era vn desvergonçado; i el Muñoz le tiró el Tintero, que dio con cl a Don Antonio Campo-Redondo, que hace oficio de Hressidente. i manchó a los demás, salpicándolos de tinta.

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5 de Abril de 1644 Pero no lia hecho menos dolor vn Religioso de los Agoniçantes. Religión que ha poco que se fundó en bspaña. que traen manteo i sotana Negro, i cruce»; punías ¡il lado derecho, cuyo principal Instituto es ayudai a bien moiir; que, estando cumpliendo con esta Obligación en casa de vn Cavallcro Portugués del Apellido de Mascaieñas, salió ile noche a la Calle a vna Neeessídad i, passando vn Hombre, le atravessó la Espada por el Cuerpo, de modo que murió allí; i el Enfermo ha mejorado. Que son Secretos sólo reservados a Dios.

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