La semilla del mal. Joan Calafell Mach

La semilla del mal Joan Calafell Mach © Joan Calafell Mach, 2015 Todos los derechos reservados www. sb-ebooks. com ISBN: 978-84-15947-47-9 Diseño...
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La semilla del mal Joan Calafell Mach

© Joan Calafell Mach, 2015

Todos los derechos reservados www. sb-ebooks. com

ISBN: 978-84-15947-47-9

Diseño de cubierta: Esther Maré

Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual.

A la meva filla Neus, en el seu divuitè aniversari.

Cada uno recoge lo que siembra. Buda

Capítulo 1

Barcelona, 1957

Algo tan pequeño como una aguja de coser y un carrete de hilo marcaron mi vida para siempre. A los catorce años empecé de aprendiza en la tienda que mis padres tenían en la calle Mercaders. De haber sabido las consecuencias, tal vez me hubiese embarcado con destino a América, escondida en la bodega de uno de esos barcos que salían del puerto de Barcelona y tardaban meses en volver. Pero ya era demasiado tarde. Mi padre, Ramón Espinás, era sastre. Y mamá, María Aliberas, era modista. Se conocieron en un salón de baile y tras casarse y pasar una escueta luna de miel en Mallorca, abrieron una pequeña tienda en Barcelona, a la que llamaron Tejidos Espinás. Allí empezaron a vender telas a metros y a confeccionar trajes y vestidos a medida. Ambos eran del oficio y una larga temporada trabajando para otros había hecho de ellos unos buenos profesionales. Durante años el negocio prosperó. Nuestra clientela no era muy selecta, pero sí constante. Papá se encargaba de los escuálidos oficinistas que aspiraban a poco más y que necesitaban parecer unos señores en las bodas, banquetes y comuniones, y mamá hacía que dependientas del mercado que deseaban encontrar marido pareciesen princesas, envolviéndolas en telas que, aunque sencillas, sacaban lo mejor de ellas, que a veces no era mucho. Y doña Francisca y yo, en medio. El calendario nos mostraba un santo que sostenía una calavera y cuyo nombre nunca he recordado, y nos hablaba de junio de 1957. En la radio, Sara Montiel se pasaba el día fumando a la espera del hombre al que quería y Gracia Montes dudaba entre una rosa y un clavel. Nada más empezar como aprendiza me pusieron bajo la tutela de doña Francisca Anglada, cuya indeterminada edad me tenía intrigada. Algunas historias que explicaba, relativas a la guerra –nunca supe cuál–, me dieron pistas de que se acercaba a los cien años. Regordeta, con toda seguridad había tenido una juventud ya olvidada. Según oí decir a mamá, había sido viuda toda su vida. Su cabello me impresionaba, y enseguida comprendí que bajo aquella mata blanca se escondía le experiencia de muchos años pasados junto a una aguja y un hilo. Doña Francisca y yo éramos viejas conocidas, ya

que en más de una ocasión yo había tomado un biberón entre sus cálidos brazos mientras mamá atendía a alguna clienta. La primera aguja que cayó en mis manos, a los cinco años, tuvo el fatídico honor de atravesar mi piel y extraer de mi cuerpo una gota de sangre a la que yo añadí un séquito de interminables lágrimas saladas. Un accidente que habría de repetirse varias veces, hasta que un avispado doctor –sin duda con sólida formación en el extranjero, según advirtió papá– se apercibió de la cruel realidad: yo, Neus Espinás Aliberas, era zurda. La tienda no daba para mucho, pero papá y mamá tenían para ir tirando y además se podían permitir el lujo de dar a doña Francisca, cada sábado por la noche, un sobre marrón cuyo contenido, que yo nunca vi, alegraba mucho a la mujer. Eterna aprendiza de esposa, supe más tarde que su marido había muerto el mismo día de su boda. El negro fue el único color que cubrió su cuerpo desde entonces y la castidad, su impuesta virtud. Doña Francisca me enseñó a coser. Primero pasé horas con las presillas y los sobrehilados usando restos de telas. Después hice más de mil metros de dobladillos y pespuntes. Los ojales se me resistieron un poco, pero mi tesón y la paciencia de mi centenaria maestra dieron su fruto. Sentados en la trastienda, en sillas de cáñamo pintadas de azul, le dábamos a la aguja un montón de horas cada día. Mamá, cuando no estaba atendiendo, también pasaba horas a nuestro lado, marcando, cortando o cosiendo. Ellas con la derecha, yo con la izquierda. Ninguno de los utensilios de modista estaban pensados para zurdos, y eso me dificultaba todavía más el trabajo. Papá también se encargaba de las compras y atendía a los viajantes que le ofrecían sus telas, paños y tejidos. Era un oficio que siempre encontré fascinante. Me los imaginaba con sus enormes muestrarios entrando en comercios exóticos de la India, o en exclusivas tiendas de París como las que yo veía en las revistas que circulaban por el mostrador. Vogue y El hogar y la moda eran algunas de ellas. Mis ojos se perdían en el mar de fotos de chicas guapísimas, de piernas interminables y estrechas cinturas, que lucían vestidos que yo sabía que nunca serían para mí. Además de aprender el arte de la costura, mi trabajo más importante consistía en el abastecimiento real. No es que fuésemos proveedores de la real casa –que yo no sabía muy bien lo que significaba–, sino que tenía que ir casi a diario a la mercería La Real, situada unas casas más abajo en la misma calle. Me mandaban allí a buscar botones,

hilos, hebillas y cremalleras. También agujas de coser, alfileres e imperdibles, broches, presillas y corchetes de mil medidas. Cuando entraba allí me daba la sensación de penetrar en una caja mágica. Miles, millones de pequeños objetos llenaban ese lugar encantado. Tres mostradores, como murallas infranqueables de un castillo de cuento, me separaban de una dependienta, una aprendiza y la dueña, doña Purificación García, que tendría la edad de doña Francisca, pero que era alta y delgada y se movía con gran agilidad. Me gustaba ir a buscar botones. Yo llevaba la muestra y doña Puri, que es como la llamaban todos, sacaba cajas y más cajas llenas de cartones blancos con botones cosidos. Sus expertas manos recorrían las muestras hasta dar con el que yo necesitaba. Entonces desaparecía tras las cortinas de una pequeña puerta y volvía al cabo de un rato con una caja de donde sacaba unos cuantos botones que envolvía con suma pulcritud en un papel satinado. Después, yo le alargaba una libretita donde ella anotaba la venta con letra primorosa. Apuntaba lo mismo en otra libreta idéntica que llevaba nuestro apellido en la tapa, y una vez al mes papá iba a pagar las compras tal y como era costumbre en esa época. De reojo yo me miraba a la aprendiza, un par de años mayor que yo, que siempre ordenaba y clasificaba cartones llenos de muestras de hilos o cintas de infinitos colores y tonalidades. Después volvía corriendo a nuestra tienda, donde me esperaba una pequeña reprimenda por “las horas” que había tardado. Las lentejuelas me fascinaban más que nada. Teníamos una caja llena de ellas. Cuando me quedaba sola en la trastienda era el objeto al que me dirigía sin demora. Equiparaba esos pequeños objetos redondos y brillantes con el tesoro escondido de un pirata. En mis manos veía rubís, diamantes y esmeraldas, mientras los sujetaba con los ojos muy abiertos… hasta que la voz del Capitán –mamá– me incitaba a devolver el cofre del tesoro a su sitio con la amenaza de colgarme del palo mayor, sin duda el peor castigo para una aprendiza de pirata. La tienda de mis padres no era más que un cuarto de unos pocos metros cuadrados, donde un mostrador de color marrón separaba a la clientela de una docena de estanterías que cobijaban un montón de piezas de tela de todos los tipos y texturas. Un pequeño escaparate que mamá cambiaba cada semana mostraba las novedades de temporada junto a varias revistas de moda nacionales y extranjeras. Tras una cortina de terciopelo rojo estaba la trastienda. Allí, junto a un probador que permitía cierta intimidad a la hora de probar los trajes y vestidos, cosíamos los encargos. Una mesa grande y alta para marcar y cortar y otra baja y pequeña para el trabajo de aguja. Junto a

la mesa había una máquina de coser a pedales, una Singer negra con letras doradas que era la joya de la corona, y a la que mamá y doña Francisca tenían mucho cariño, y de la que cada mes nos llegaba algo que papá denominaba como “letra”, aunque reconozco que yo nunca vi ninguna. Tras varias semanas de aprendizaje me di cuenta de que los clientes empezaban a pasar cada vez más de largo y se dirigían a tiendas y almacenes más modernos y sofisticados, en los que encontraban de todo y que podían permitirse el lujo de anunciase a doble página en los periódicos. La competencia era fuerte y los grandes almacenes aparecían como setas. Jorba, Sepu, Almacenes Capitol o El Águila nos hacían la competencia y siempre a mejores precios. Pero un día nos llegó el encargo más extraño que jamás habíamos tenido.

Capítulo 2

Barcelona, 1957 Tienda de Tejidos Espinás

Era media mañana de un día gris a principios de septiembre cuando el repiqueteo de la campana de la puerta al abrirse hizo que papá alzase la vista de la manga que tenía entre sus manos. Se levantó y tras una fugaz mirada a mamá se dirigió a la tienda. Incluso doña Francisca dejó de usar la máquina de coser para oír lo que pasaba fuera. Yo me acerqué y abrí un poco las cortinas. No era la primera vez que lo hacía. Era el lugar perfecto para espiar. Un hombre, que sujetaba un bastón de madera con la empuñadura dorada, trajeado con pulcritud, se dirigió a papá. Sus ojos azules brillaban bajo una mata de cabellos grises peinados con esmero. Vestía de negro, camisa blanca y una corbata verde manzana en la que brillaba algo dorado que no alcanzaba a ver desde allí. Sus zapatos de punta daban la sensación de haber sido pulidos minutos antes. No muy alto, su cara y su cuerpo mostraban un hombre que sin duda era amante de la buena y refinada mesa. Pero no iba solo. Junto a él se encontraba una niña de más o menos mi edad, que llevaba un vestido blanco, impoluto, como los de comunión. Su cabello rubio, largo, liso y bien peinado, estaba sujeto con una cinta también blanca, y calzaba unos primorosos zapatos a juego. Oí que mamá, que también había sacado la nariz entre la cortina, susurraba algo parecido a “tal vez quiera que le hagamos un arreglo al vestido de la niña, o un traje para el señor”. La voz del caballero era cálida y su sonrisa de las que se contagiaban nada más verla. Bajo ella, una ristra de dientes blancos lucía orgullosa. Mamá y yo aguzamos el oído. –Don Ramón, me han hablado muy bien de la calidad de su trabajo y del de su esposa. Quisiera encargarles la confección de unas batas –dijo el caballero. –¿Batas? Claro, podemos hacer batas, aunque nuestra especialidad son los trajes y vestidos, como puede ver por el tipo de telas que tenemos. –Papá señaló a su alrededor.

–La verdad es que ya tengo sastre desde hace años, pero el hombre se ha hecho mayor y no se ve con fuerzas para el encargo que me ha traído hasta aquí. Y disculpe que no me haya presentado, soy Salvador Zabaleta, y esta es mi hija, Irina. –La señaló. La niña hizo una especie de reverencia de ballet con un atisbo de sonrisa en los labios. –Usted dirá entonces, señor Zabaleta. –Dedico parte de mi fortuna a ayudar a los más necesitados. Hace unas semanas, mientras pasábamos por delante del colegio Riera, mi hija, Irina, me hizo notar las carencias de esos pobres chicos. Entonces pensé en que podía colaborar en mejorar sus condiciones de vida. Ese colegio, que en realidad, como supongo que usted ya sabe, es un triste orfanato, acoge a niños de toda la ciudad, chicos sin familia, pobres abandonados, chavales sin futuro, a los que nadie quiere y que han sufrido todo tipo de vejaciones y penalidades. Solo hay que ver sus rostros, de miedo y de dolor. En sus pocos años de vida han padecido más que usted y yo juntos –hizo una pausa–. El poco dinero que la institución recibe del estado no llega para todos. Yo he pagado unas remodelaciones en la cocina y los dormitorios, les he enviado leche, carne y pescado para mejorar su alimentación y ahora quisiera regalarles unas batas, como las que llevan los chicos de los colegios más pudientes. Papá le cortó. –Es una estupenda idea. Pero siga, por favor. –Como le decía, necesito que me confeccione cincuenta batas para otros tantos chicos del orfanato Riera. ¿Cree que podrá hacerlo? Papá se sorprendió por el encargo, abrió los ojos del todo, y creo que murmuró algo como “¿cincuenta?”. –Naturalmente, don Salvador, pero no tengo aquí ninguna tela para batas. Si le parece pediré unas muestras y le… –Don Ramón, creo que no me he explicado bien. Mi pedido consiste en que usted confeccione batas; confeccione, no en que me venda telas. Papá lo miró extrañado. Su boca abierta nos indicó que había perdido el hilo, algo poco afortunado para un sastre.

–Me explicaré mejor –siguió el caballero–. Yo le traeré la tela y todo lo necesario y usted solo tiene que confeccionar; ya sabe, cortar, coser y todas esas actividades propias de su oficio que a mí se me escapan. Papá se sobrepuso. –Claro, claro, no es la primera vez que alguien nos trae una tela para que le hagamos un vestido. No hay ningún problema, señor Zabaleta. –No solo la tela, don Ramón, también le traeré el hilo, los botones, la tiza para marcar, las tijeras… todo lo que se necesita. –No… no… no entiendo. ¿Lo traerá todo? –Todo. Se hizo un silencio, ambos hombres se miraron. La tal Irina sonreía con la mirada perdida entre las piezas de telas de las estanterías, ajena a la conversación entre los adultos. –Bien… –asintió papá–, como quiera. Le haré un presupuesto. ¿Tiene alguna idea de cómo la quiere, con bolsillos, solapa…? –Eso lo dejo a su buen entendimiento. Un par de bolsillos supongo que serán suficientes, el diseño es cosa suya, uno clásico. Piense que es para niños huérfanos, sin muchas pretensiones. De todas maneras, cuando le traiga la tela le daré unas instrucciones mucho más detalladas para su manejo y que deberá seguir con atención. –Ehhh… de acuerdo. ¿Cuándo la traerá? –Mañana mismo. Si es que llegamos a un acuerdo económico, claro. Noté cómo mamá dejaba de respirar. Tal vez así pensaba oír mejor la oferta. –Si le parece bien, cuando empiece le daré cincuenta mil pesetas a cuenta y la misma cantidad cuando acabe. –Perdón, ¿ha dicho cinco mil? –papá frunció el entrecejo. –Cincuenta, don Ramón, cincuenta mil mañana y el resto al acabar. ¿Acepta? –Claro que acepto. –Papá alargó la mano, pero el caballero no hizo gesto alguno de querer darle la suya.

–Entonces, nos vemos mañana, don Ramón. –Volvió la cabeza en dirección a la cortina y nosotras nos retiramos con rapidez–. Señoras… que tengan un buen día. Se dirigió a la puerta. Su hija, a la que había llamado Irina, lo acompañó sin hacer ruido. Esa niña se movía como flotando, daba la sensación de no tocar el suelo, como las bailarinas de los ballets rusos que una vez había visto actuar en un teatro. “Sin duda la hija de un caballero de esa categoría tendría una educación exquisita y de altos vuelos y el ballet, piano y canto se contarían entre sus estudios”, pensé. Mamá salió a la tienda y yo la seguí. Doña Francisca volvió a darle al pedal de la máquina de coser y el sonido del metal entrelazando los hilos una y otra vez inundó la trastienda de nuevo. En la tienda enseguida noté el olor, un suave olor a naranja fresca. Era el perfume que esa niña había deja atrás, un recuerdo sutil de su estancia. –Cariño, esto será nuestra salvación. ¡Cien mil pesetas por cincuentas batas y sin coste de material es un chollo! –Papá se frotaba las manos. –Sí, son dos mil por bata, carísimo. No entiendo por qué no nos ha pedido un presupuesto; le hubiese salido por una cuarta parte o menos. –Mamá frunció el entrecejo. –Supongo que se mueve por las altas esferas y allí todo es muy caro. No debe de saber el precio de una bata y no habrá querido parecer un ignorante. Por el traje que llevaba es un hombre adinerado, sin duda. –Me extraña que lo traiga todo. La tela, de acuerdo, como hizo Mónica con su vestido de boda, que la trajo de París, pero… ¿el hilo? Y creo que ha dicho que los botones, tijeras… todo. No lo entiendo. –Yo solo sé que podremos pagar algunas deudas y ahorrar algo para nuestra hija –me miró–. Que la pobre ya tiene suficiente con haber tenido que dejar el colegio para aprender a coser. Con este dinero podremos darnos todos algún capricho. –Miró hacia la cortina–. Y seguir pagando a la pobre Francisca, que la mitad de los días no tiene nada que hacer. –Neus no irá a la universidad, pero si Dios quiere tendrá un oficio, que eso siempre es bueno –sentenció mamá–. En cuanto a don Zabaleta, ya veremos qué nos trae.

** * ** Al día siguiente doña Francisca no estaba de buen humor. Achaques de la edad, supuse. Una no puede llegar a los cien años sin tener unos buenos y sin duda merecidos achaques. Cuando no era la espalda, era la rodilla; si llovía porque llovía, y si salía el sol, todavía peor. Y para acabar de enredar las cosas, yo había cosido los botones de una blusa todos al revés. Con la cara satinada por dentro. –No sé qué pasa por tu cabecita de niña zurda, Neus. ¿No has visto que la parte de fuera es más brillante? Fíjate en el nácar, se ve muy claro –me riñó por mi descuido, que en realidad no lo era, pues yo veía ambas caras iguales. El providencial tañido de la campana me salvó de la bronca. Devolvió a doña Francisca a su máquina y yo a la cortina, mi trinchera de observación. Desde allí vi cómo el señor Zabaleta llegaba sonriente con su bastón de puño dorado, abría la puerta y la sujetaba para que entrase su hija, que iba cargada con un paquete alargado de dimensiones considerables y un cesto de costura de mimbre colgado del antebrazo. Lo dejó todo encima del mostrador. Cuando el paquete tocó la madera, el sonido que hizo me dio a entender que su peso era notable. Me pregunté cómo su padre había permitido que esa niña, que no parecía muy fuerte, más bien frágil y endeble, cargase con ese peso. –Doña María, don Ramón, aquí lo tienen. Tal y como les dije. Papá y mamá se pusieron tras el mostrador y miraron el paquete envuelto en papel de seda azul. Don Salvador lo cogió y lo desenvolvió con pulcritud. Debajo apareció una pieza de tela plegada de un color hueso. No parecía ser nada del otro mundo. –¿Algodón en crudo? –preguntó papá mirando a mamá, que también puso cara de extrañada. –Muy perspicaz, don Ramón. Veo que ustedes conocen el producto. –No es muy difícil conocer una tela de algodón sin teñir. Se usa para hacer juegos de cama, delantales y… Don Salvador la interrumpió. –Y batas, hermosas batas para chicos sin nada en la vida.

Papá pasó la mano por la tela. Miró a mamá y encogió los hombros. –Nos dijo que nos traería también el resto de utensilios, si no recuerdo mal. –En efecto, aquí están. Irina, por favor… Su hija, en silencio, empezó a sacar objetos del cesto de costura y don Salvador fue nombrándolos: –Un carrete de hilo de color negro para coser. Una caja con trescientos botones de nácar. Una tiza de marcar –dijo cuando la niña mostró un trozo rectangular de tiza azul–. Unas tijeras para cortar… –continuó diciendo. Irina puso la mano en el cesto y… no sacó nada. Abrió los ojos todo lo que pudo, que debo decir que era mucho, y miró dentro sin parpadear. Nunca olvidaré el rostro de espanto de esa niña cuando volvió la vista en dirección a su padre. –¿Irina? ¿Y las tijeras? Irina negó con la cabeza. Al instante, y tras una fugaz mirada a papá y mamá, su padre le aferró el cuello con su mano derecha, apretó los dientes y entrecerró los ojos. Apretó fuerte. Ese hombre, en apariencia tranquilo y bondadoso, parecía poseído por el demonio. Daba la sensación de que sus ojos, enrojecidos, iban a salírsele de sus órbitas. Por un momento pensé que iba a estrangularla allí mismo. El rostro de la niña cambió de color, se amorató. Tenía la boca abierta pero no pronunciaba palabra, sin duda estaba dejando de respirar. Iba a morir. Miré a papá. ¿No pensaba hacer nada? Él y mamá estaban como catatónicos delante de esa escena de violencia contra ese ser indefenso, como si el tiempo se hubiese detenido para ellos para que no fuesen conscientes de tal agresión. No supe bien el qué, pero creí que debía hacer algo. Decidí actuar. –¿Papá, estás ahí? –dije, aparté las cortinas y salí. Al instante, el hombre dejó a la niña y todo volvió a la normalidad. Papá y mamá parpadearon de nuevo. El hombre clavó sus ojos en los míos un breve instante. Noté un nudo en el estómago. El olor a naranja inundó mis fosas nasales, pero no era el mismo que ya había olido con anterioridad; era más ácido, más impertinente. –Vaya, parece que nos hemos dejado las tijeras –dijo don Salvador de nuevo con su radiante sonrisa, como si no hubiese pasado nada.

–Por eso no se preocupe, don Salvador. Tenemos tijeras de sobra –dijo papá. –El problema es que… no sirven. Esta tela es especial y necesita unas tijeras especiales para cortarla. Papá abrió el cajón del mostrador y sacó unas tijeras grandes, plateadas, una de las muchas que teníamos en la tienda. –No me diga que estas tijeras, del mejor acero toledano, no sirven. ¿Puedo…? – señaló la tela, a lo que don Salvador afirmó con la cabeza. Papá intentó hacer un corte pequeño en un extremo. Como si quisiese cortar acero con un palo de madera. Las tijeras no hicieron su trabajo. Papá insistió varias veces, cada vez con los ojos más abiertos, hasta que tuvo que desistir. Esa tijera no cortaba aquella tela. Miró a don Salvador. –¿Cómo es posible? –Se lo he dicho, se necesita un acero especial, forjado en… aunque… –sus ojos azules se clavaron en las tijeras que había usado papá. La cogió y, sin mediar palabra, juntó dos dedos y pasó el filo de la hoja varias veces entre ellos, a modo de afilador manual. Papá y mamá miraron tal operación extrañados. Después hizo lo mismo con el otro filo. Al final se las devolvió a papá–. Pruebe ahora –pidió. Papá las cogió y, ante el estupor de todos, la tela se cortó con facilidad. –Tema solucionado –dijo don Salvador sin dejar tiempo a que reaccionásemos–. Sigamos. ¿Irina? La niña continuó sacando utensilios del cesto: –Un paquete de alfileres. Otro paquete de agujas apuntadoras del número 10. Espero haber acertado con la medida. Papá afirmó con la cabeza. Su mente todavía estaba en otro lugar. –Esto es todo, si es que esta niña no se ha dejado nada más… –le pasó la mano por la cabeza–. Cariño, siempre estás pensando en tus cosas y algún día… perderás la cabeza–. Irina sonrió con levedad. –Falta la tela para el cuello y los bolsillos. Podríamos hacerlos de color azul marino. ¿Le parece que use una tela de las que tenemos nosotros? –propuso papá.

–¡No! –afirmó con rotundidad don Salvador–. ¡De ninguna manera! Toda la tela de la bata debe salir de esta pieza, absolutamente toda. Y el hilo solo de este carrete. Y ahora, coja un papel y anote las instrucciones. Papá así lo hizo. Vi de qué forma mamá se miraba al caballero, supuse que veía algo extraño. Y tenía razón. Todo eso, empezando por la tela y por las tijeras, era muy extraño. Don Salvador empezó con sus instrucciones, que papá anotó en la libreta de encargos. –Solo pueden usar el material que les he traído. Las tienen que coser a mano, no quiero que hagan nada a máquina. Solo ustedes dos pueden confeccionarlas. No quiero que nadie más manipule esta tela. Nadie. ¡Ah!, y la talla será única. Todas de la misma medida. Y cada bata llevará seis botones, ni uno más ni uno menos. Hizo una pausa mientras comprobaba que papa anotaba todos esos detalles. Continuó. –Los botones no se coserán en cruz ni en paralelo, deberán coserlos de manera que el hilo forme la letra “Z”, es decir, del agujero de arriba a la izquierda al de arriba a la derecha, de ese al de abajo izquierda y después al de abajo derecha. Es la inicial de mi apellido, un detalle que me hago a mí mismo. Don Salvador se inclinó sobre el mostrador. Miró a papá a los ojos. –Esta manera de cómo coser los botones es muy, muy importante. ¿Lo han entendido bien, señor Ramón, señora María? –Claro, se trata de formar la letra Z con el hilo que pasa por los cuatro agujeros del botón. Es sencillo, ¿no, María? –Sencillísimo –afirmó mamá acompañando de varios golpes de cabeza. –Bien, tengan en cuenta que no les pagaré la otra mitad si no se hace todo como he pedido. Noté cómo papá tragaba saliva. –Así lo haremos. ¿Y para cuándo lo necesita? –Quisiera que para mañana tuviesen una muestra hecha con cualquiera de las telas que ustedes tienen. La talla de su hija estará bien. Imagínense que es para ella. Irina tocó el brazo de su padre sin decir nada, ni tan siquiera mirarlo.

–Gracias, Irina. Me olvidaba de otra instrucción. Nadie, absolutamente nadie podrá probarse ninguna bata de esta tela sin que yo lo pida y estando yo presente, ¿de acuerdo? –El caballero no esperó respuesta–. Vendré mañana y, si la muestra está bien, cosa que no pongo en duda, podrán empezar con las cincuenta. Mis padres estaban algo confusos con tal cantidad de instrucciones y normas. Por suerte, papá lo había anotado todo en la libreta. Vi cómo añadía la instrucción relativa a que nadie podía probárselas sin su permiso. –Entonces, aquí les dejo la tela y el resto del material. Mamá cogió el único rollo de hilo que habían traído. Lo miró. Era de un negro azabache, brillante, el negro más hermoso que yo había visto nunca. –No creo que tengamos suficiente tela ni hilo. ¿Va a traer más, don Salvador? –No. Con esta cantidad será más que suficiente. Se lo aseguro, doña María. – Miró a su hija–. Irina, se hace tarde, vamos. Se marcharon dejando a papá y mamá con la boca abierta. A los pocos instantes, papá reaccionó. –Vamos, guardemos la tela y la cesta con todo esto y empecemos a hacer una bata para Neus. Así pasamos la tarde, yo haciendo de modelo y mis padres midiéndome, cortando y cosiendo con una tela azul que había salido tarada y que usábamos para pruebas. Al caer la noche la bata de muestra estaba terminada y yo muerta de cansancio y aburrimiento. Las farolas de la calle ya se habían encendido hacía rato y la fina lluvia había devuelto rápido a la gente a sus casas o la había confinado en alguno de los muchos bares de la ciudad de Barcelona. –Ha quedado bien, un corte clásico y sobrio. Veamos qué dice nuestro distinguido y raro cliente –afirmó mamá. Esa noche me costó dormir. Soñé que una mano me cogía del cuello y me lo apretaba hasta que quedaba reducido al grueso de una manguera. Me desperté sobresaltada. Me levanté y fui a la cocina a beber algo. Nuestro piso estaba justo encima de la tienda, de manera que del trabajo a casa había menos de un minuto. Una puerta y una escalera de dieciocho escalones separaban ambos mundos. Aunque en realidad no

separaban nada. No había ambos mundos, solo existía uno. Nuestro hogar era la prolongación de la tienda, incluso en el pasillo teníamos alguna que otra pieza de tela retirada por alguna razón y mi habitación había sido el hotel temporal de cajas de todo tipo. Durante la cena el único tema de conversación había sido ese encargo y las extrañas condiciones. Comprobé cómo mis padres no eran conscientes del momento en que don Salvador había apresado, por decirlo de una manera suave, a su hija. Era como si se hubiesen ausentado del mundo por unos instantes. Pensé en decírselo, pero eran dos contra uno y me tomarían por loca. Entré un momento en la tienda. El olor impertinente de naranja todavía seguía allí. Volví a la cama después de beber un vaso de leche.

** * **

Al día siguiente me puse la bata y me paseé por delante de don Salvador y su hija, que seguía llevando el mismo vestido de comunión, callada y volátil como una pluma. Advertí que en su cuello se veía una marca azulada que no había visto los otros días. ¿Tal vez…? –Perfecto, estaba seguro de que harían un modelo perfecto. Vaya… –se fijó en los botones, unos de plástico blanco que usamos como muestra–, veo que han entendido cómo quiero que los cosan. Hermosa Z. Ya pueden empezar con las cincuenta unidades –dijo don Salvador haciendo como que aplaudía–. ¿Les parece si vengo dentro de una semana? –¿Una semana? –preguntó mamá mirando a papá con el rabillo del ojo. –Las tendrá. Vuelva el próximo miércoles, don Salvador –afirmó papá, supongo que pensando en la importante cantidad de dinero que iban a recibir. Como si le hubiese leído la mente, nuestro cliente le alargó un sobre blanco, cerrado. Vi que llevaba impreso un dibujo: una copa, la mitad blanca y la mitad negra. Mi vista se dirigió a la corbata verde manzana de don Salvador. El objeto brillante que el otro día no había distinguido bien era una aguja de corbata con la misma copa, la mitad blanca, la mitad negra. –Aquí está mi parte, cumpla usted con la suya.

Papá lo cogió como si fuese un recién nacido y se lo guardó con cariño en el bolsillo trasero del pantalón. Don Salvador, su sonrisa y su liviana hija se marcharon. Yo me acerqué a la puerta tras ellos y miré por el cristal. Un manto gris había cubierto la ciudad y empezaba a llover. Gotas plateadas chocaban con la acera. De nuevo me dio la sensación de que esa niña, más que andar, flotaba y de que sus ropas prístinas no se mojaban, ni su pelo, tan liso y bien peinado, ni… Papá me llamó.

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Una semana. Siete días, seis de ellos de los llamados laborables. Ese era el tiempo que mis padres tenían para hacer cincuenta batas, o sea ocho o nueve al día. Las instrucciones eran claras. Solo ellos las podían tocar, por lo que doña Francisca y yo fuimos relegadas al ostracismo. Doña Francisca se puso con algunos encargos todavía pendientes y yo estuve practicado el noble arte de empaquetar. Pasé ratos de amor y odio con un papel de envolver de la tienda, marrón y con el nombre de Tejidos Espinás impreso en blanco, y envolví cientos de veces –o eso me pareció a mí– una caja de zapatos, hasta que supe hacer un paquete a la perfección, lazo incluido. Solo faltaba que me diesen un diploma de honor con mi nombre en letras doradas, como los que daban en las academias de idiomas o de mecanografía. También recibí una clase magistral de doña Francisca. Cogió la caja de los retales y me enseñó a distinguir entre los diferentes tipos de tela: percal, paño, otomán, cretona, franela, y la que más me costaba pronunciar: cheviot. Después de tan avanzados estudios, imprescindibles para una modistilla, pululé entre casa y la tienda. Unas pequeñas y aburridas vacaciones, aunque reconozco que me hubiese gustado ayudar. Como solo tenían unas tijeras y una tiza que marcase –por alguna razón desconocida la nuestra se deslizaba sin dejar rastro–, mamá se encargó de marcar y cortar y papá empezó a coser. Pronto se dieron cuenta de que tenían algo extraño entre sus manos. La tela era de una suavidad y calidez inusitada para un algodón crudo. Papá quiso comprobar si era algodón de verdad e hizo la prueba habitual: acercó la llama de un mechero a un pequeño trozo de tela. A partir del humo y del olor, un buen sastre sabe qué material tiene en sus manos. Pero ese no fue el caso. El tejido no se quemó; al

contrario, escupía la llama, que no llegaba a tocarla por mucho que la acercase. También comprobó, sorprendido, que el hilo, siguiendo el ejemplo del algodón, solo se podía cortar con las tijeras “afiladas” por don Salvador. Y por mucho que tirases de él no se rompía. En cuanto a las agujas, las nuestras se mellaban en cuanto tocaban la tela. Las únicas que atravesaban ese tejido eran las que había traído nuestro cliente y que papá había clavado con maestría en su alfiletero, que siempre llevaba prendido en la muñeca. Todo era muy extraño, pero no por ello mis padres dejaron de trabajar. Según papá, ¿qué podían hacer? Era un encargo y ya habían cobrado la mitad. A mí me confiaron la ardua tarea de separar los botones de seis en seis, supongo que para tenerme entretenida un rato. Cogí la caja que habían traído con tan mala fortuna que tropecé con mamá. El contenido de la caja voló por los aires y todos los botones se fueron al suelo. Me pasé un buen rato recogiéndolos y fue entonces cuando me di cuenta. –¿Habéis visto? Todos los botones han caído del mismo lado. –Casualidades de la vida –dijo papá sin levantar la vista de lo que estaba haciendo–. Acaba de recogerlos antes de que se pierda alguno. Lo hice, no sin antes tirar un par de ellos y comprobar mi teoría. Al cabo de un rato ya los tenía agrupados de seis en seis. Cogí uno y lo observé con detalle. De nácar. Redondo, de unos dos centímetros, un par de milímetros de grueso, cuatro agujeros. Estaba frío, helado. Me lo acerqué a la nariz. Olía a mar, a concha salada, como las que yo recogía en verano en la playa de la Barceloneta. El color fue lo que más me llamó la atención. No era el clásico nacarado iridiscente que según cómo le daba el sol brillaba de una manera u otra. Daba la sensación de tener luz propia, una especie de fluorescencia interior que creaba colores imposibles. Era el botón más hermoso que había tenido en mis manos. ¡Y había tenido muchos después de tanto viaje a la mercería La Real! Durante varios días papá y mamá se dedicaron por completo a la confección de esas batas. A pesar de pedirlo en repetidas ocasiones, siempre me negaron tocar nada más. Insistí en que me dejasen coser algún botón o hacer un dobladillo; nada, fue inútil. Las instrucciones eran claras. Solo ellos podían manipular esa tela. “Las normas son las normas y, aunque no las entendamos, tenemos que cumplirlas”, me aleccionaba mamá. Yo miraba cómo le daban a la aguja una y otra vez, sin descanso, sentados en esas sillas

bajas de cáñamo desde las ocho de la mañana hasta las nueve o diez de la noche, con un breve descanso de una hora para comer. Esa noche el sueño se repitió. La mano que me agarraba el cuello volvió a hacerlo y me levanté sobresaltada con la frente cubierta de sudor. El corazón me batía en el pecho pidiendo a gritos salir de allí. Respiré hondo e intenté calmarme. Salté de la cama a la oscuridad de mi habitación. Me apetecía un vaso de leche caliente y un par de galletas. Rodeada de penumbra fui a la cocina. Al pasar por delante de la puerta que daba a la escalera que bajaba hasta la tienda, un olor a naranja me recordó a Irina. Miré a la puerta. Ese trozo de madera me separaba de una tela que no se quemaba, botones iridiscentes y tijeras afiladas por manos humanas. La abrí y bajé en silencio, intentando emular los pasos vaporosos de Irina. Llegué a la trastienda. La claridad de un par de farolas encendidas en la calle inundaba de luces y sombras el interior. Encima de la mesa reposaba el cuerpo inerte de una bata a medio cortar, como un cadáver destripado en la mesa de un forense con los utensilios de tortura a su lado: alfileres y tijeras. Una sombra me sobrecogió. Allí parecía haber alguien bailando al son de una música inexistente. Veía esa silueta danzante, irreal, a pocos metros de mi cuerpo. Me llamaba. Una voz en mi interior me decía que me acercase. ¿Tal vez soñaba? Pensé en duendes, en seres sobrenaturales que visitaban la tienda de noche. Mi corazón se aceleró, un sudor frío cubrió mi frente. Tragué saliva. A pesar de ello no pude evitar dar unos pasos indecisos en su dirección. Alargué el brazo con lentitud y lo toqué. Era cálido, muy cálido. Entonces comprendí lo que tenía entre mis dedos. Una bata, una bata que colgaba de un perchero que se mecía ligeramente. Mis ojos, ya acostumbrados a la penumbra, vieron que estaba a medio coser. Faltaban los bolsillos, el cuello y un botón, el último de abajo. Llamada por una necesidad imperiosa de colaborar, cogí la bata, me senté y me dispuse a coser ese botón. ¿Quién iba a darse cuenta? ¿Quién iba a notar tan pequeño detalle? Cogí una aguja en la que había enhebrado un trozo de hilo. Lo toqué sin querer y me dio la sensación de que estaba vivo, de que reaccionaba a mi tacto retorciéndose como una minúscula serpiente apresada en el ojo de una aguja. Supuse que era mi imaginación y me puse a trabajar. En pocos minutos ya lo había cosido tal y como quería don Salvador. Orgullosa de mi trabajo, me la puse y la abroché. Sonreí y me miré en el espejo. Me quedaba que ni pintada. Entonces recordé las instrucciones: “Nadie debe ponérsela…”. Volví a colgar la bata en el mismo lugar. La penumbra me

acompañó hasta la puerta y volví a la cama. Cuando estuve acurrucada bajo la frazada recordé que no me había preparado el vaso de leche.

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Y llegó el día a mediados de septiembre. Lluvioso, oscuro, los fluorescentes tuvieron que hacer horas extras y trabajar desde que abrimos la tienda, siempre pendientes de un apagón general. Las cloacas estaban hartas de tanta agua y la devolvían con aspavientos a las embarradas calles barcelonesas. Papá –como siempre hacía cuando caían cuatro gotas– nos recordó el dicho: “Calles mojadas, cajas cerradas”. La máxima se cumplía una vez más y los tres esperábamos ansiosos a nuestro cliente mano sobre mano. A mí no me dejaron aguardar en la tienda y me retiré a la trastienda, a las trincheras. Doña Francisca no había venido, al parecer una vecina suya había muerto y tenía que ir al funeral. El tiempo acompañaba para tal acto. No tuvimos que esperar mucho. Tocaban las once cuando la puerta se abrió y apareció la grácil Irina seguida de su padre bajo un enorme paraguas negro. La niña, en cambio, iba tal cual, con el mismo vestido impoluto de comunión y su impecable melena. Tal vez un coche los había dejado en la puerta, ya que ella no parecía estar mojada, a pesar de que hacía varias horas que no cesaba de llover con ganas. De nuevo el suave olor a naranja fresca inundó la tienda, aunque al parecer yo era la única que lo notaba. Papá, con la cinta amarilla de medir colgada del cuello, se adelantó con una sonrisa como las que pone uno cuando le toca la lotería. –Aquí tiene usted su encargo, don Salvador. Cincuenta batas para los pobres chicos huérfanos. ¿Qué le parece? Las batas estaban perfectamente dobladas y dispuestas en varias pilas encima del mostrador, gracias a la habilidad de mamá, que en eso sacaba sobresaliente. Don Salvador se acercó y cogió una de ellas, la de arriba del todo. La desdobló, la dejó colgar por los hombros y la examinó con sumo detalle: por delante y por detrás, por la derecha y la izquierda. Sonrió y movió la cabeza arriba y abajo cuando vio que el cosido de los botones formaba la letra Z tal y como él había pedido con tanta insistencia. Después se la dio a su hija. Esta la desabrochó y miró el interior, observó con detalle las costuras y el acabado sin dejar ningún rincón fuera del alcance de sus ojos color miel.

Afirmó con la cabeza antes de devolverla a su padre. Yo no entendía qué pintaba ella evaluando nuestro trabajo como si fuese una experta modista. Entonces, don Salvador pronuncio una frase que me hizo tragar saliva: –Ahora necesito que su hija se la pruebe. Tres pares de ojos se clavaron en la cortina que me ocultaba. Papá me llamó y yo salí en silencio. Don Salvador me repasó de arriba a abajo. Me dio la sensación de que sabía que lo había visto estrangular a su hija. –Hija, ponte la bata para que don Salvador vea cómo te queda. Don Salvador me la acercó. Alargué la mano y la cogí intentando evitar sus ojos y su eterna –o casi– sonrisa. Cuando me disponía a ponérmela, el hombre me interrumpió. –Neus, te llamas Neus, ¿no? Asentí con la cabeza. Don Salvador dio dos pasos y se plantó delante de mí. –Neus, antes de ponerte esta bata necesito que vacíes tu interior de todo pensamiento, ya sea bueno o malo. –Mi cara de extrañada con los ojos como dos platos mostraba a todas luces que no entendía lo que me estaba diciendo–. Me refiero a que intentes no pensar en nada mientras tengas la bata puesta. Ni bueno ni malo. Es importante. Muy, muy importante. ¿Lo entiendes? –Lo intentaré. No pensaré en nada mientras la lleve puesta. Me imaginaré una… una hoja en blanco, sin nada escrito. Comprendí que eso no era fácil. No pensar en nada… Mi cabeza siempre daba vueltas. Como la de todos los adolescentes, supuse. Hice un esfuerzo. Cerré los ojos, me imagine una hoja en blanco y me puse la bata. Una manga, la otra, un botón, otro… hasta el sexto. Todos abrochados. Llevaba puesta la bata y los ojos cerrados, pensando en… Por primera vez en la vida conseguí no pensar en nada. Entonces lo noté, algo salía de mí interior. Algo que era mío, profundamente mío hacía un intento de escapar de mí cuerpo de adolescente. La cabeza se me nubló, los sentidos se me embotaron, oí como un zumbido y entonces… me desmayé.

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Abrí los ojos cuando alguien puso bajo mi nariz algo que olía a mil demonios. Estaba tumbada en la cama y varios pares de ojos me miraban. –¿Cómo te encuentras? –la voz de mamá fue la primera que oí. –Creo que bien. ¿Qué ha pasado? Otra voz, que no identifiqué, respondió. –Te desmayaste. Ahora ya eres una mujer. Voy a darte un reforzante. Mamá intervino de nuevo. Se sentó en la cama junto a mí y me acarició el cabello. Sonrió. –Has tenido tu primera regla, hija. ¿Recuerdas que lo hablamos hace días? Pues ya ha sucedido. Pero a ti te ha dado muy fuerte esta vez. Ahora descansa un rato y duerme una buena siesta. Afirmé con la cabeza. Mamá me besó en la frente y yo la abracé. Noté una corriente de afecto entre ella y yo, más allá de las palabras y las caricias maternales. Papá sonreía a un par de metros de allí y me guiño un ojo. Cuando mamá y yo nos separamos, un recuerdo acudió a mi mente: una hoja en blanco. –¿Qué ha pasado con las batas? ¿Lo he estropeado todo? Papá fue el que intervino en esta ocasión. –Claro que no. Don Salvador me ayudó a traerte hasta aquí y él mismo hizo venir al doctor Ruiz. Es el médico de su familia y acudió enseguida. –¿Y las batas? –pregunté mientras me incorporaba un poco y mamá me ponía un cojín en la espalda. –Mientras el doctor estaba contigo, estuvieron repasando la que te habías puesto. –Y vaya un repaso. La niña la estuvo mirando una y otra vez por dentro, buscando en el interior de las mangas y en todos los pliegues, incluso dentro del dobladillo. No sé qué buscaba, tal vez chinches o piojos, ¡yo que sé! Al final le dijo a su padre que todo estaba correcto, que la bata estaba vacía. ¿Vacía de qué? Se las

envolvimos bien, nos pagaron y se fueron tan contentos con las cincuenta batas. Si no hubiese sido por tu desmayo creo que se hubiesen estado todo el día mirándoselas con detalle una a una. –Y nos hicieron devolver todo lo que había sobrado: alfileres, hilo, tiza y unos metros de tela. Todavía no entiendo cómo es que sobró tanto material –dijo papá extrañado. El doctor Ruiz los interrumpió. –Que se tome dos de estas pastillas en cada comida durante diez días –les alargó un papel con un nombre indescifrable para los no doctorados–. Y ahora deberían dejarla descansar.

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Ese fin de semana nos fuimos los tres a una antigua masía trasformada en hotel cerca de Dosrius, en medio del campo. Un lugar tranquilo. Incluso tenían proyector de cine. Esa noche vimos la película Solo ante el peligro, con Gary Cooper y Grace Kelly, y cenamos de fábula. Un capricho que papá y mamá quisieron darse con el dinero de las batas y que a mí me fue muy bien para desconectar de mi desmayo y feliz entrada en el mundo de los adultos. Aunque, en realidad, siempre pensé que algo de mí se había ido con esa bata.