La primera guerra de Hitler Thomas Weber

La primera guerra de Hitler

Taurus

Taurus 15 x 24 cm / Cartoné Páginas: 514 / Precio: 26,00€ Para ampliar esta información puedes contactar con: Lucía Cobos González T 669 76 19 00 [email protected]

Thomas Weber es profesor de Historia Europea e Internacional en la Universidad de Aberdeen y dirige el Centre for Global Security and Governance. Desde que se doctoró en la Universidad de Oxford ha mantenido colaboraciones y dado clase en la Universidad de Harvard, en el Institute for Advance Study de Princeton y en las universidades de Pensilvania, Chicago y Glasgow. Su primer libro, The Lodz Ghetto Album ganó un Golden Light Award en 2004 y un Infinity Award en 2005. El segundo, Our Friend «The Enemy», recibió el Duc d’Arenberg History Prize por su exposición de la historia y la cultura del continente europeo.

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La crítica ha dicho «Imponente y admirable. El título de este libro es completo y preciso, pero no da una idea del alcance y la importancia de su contenido.»

Times Literary Supplement

«Un triunfo para la investigación excepcional… que altera sustancialmente nuestra visión de uno de los personajes más estudiados del siglo xx.»

Wall Street Journal

«Una impresionante labor de investigación.»

Sunday Times

«Una fascinante obra histórica, no sólo porque trata de las experiencias formativas de guerra de un vil dictador, sino porque también nos da una imagen de la nación alemana desde un ángulo inusual.»

The Guardian

«Un trabajo innovador y magnífico de un material esclarecedor.»

Commentary Magazine

«Un novedoso estudio, reflexivo y emprendedor, basado en una habilidosa búsqueda en materiales de archivo y otras fuentes… Los descubrimientos de Weber le han permitido escribir un análisis muy informativo y claro.»

The Spectator

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Sinopsis Hitler mantenía que sus años como soldado en la I Guerra Mundial fueron los más influyentes de su vida. Sin embargo, y pese a las más de seis décadas transcurridas desde su muerte, su etapa en el Frente Occidental seguía hasta ahora rodeada de misterio y presunciones infundadas. La primera guerra de Hitler desvela por primera vez la verdadera experiencia del futuro líder nazi durante el conflicto. Haciendo uso de documentación inédita y de testimonios de sus compañeros de regimiento, Thomas Weber presenta una esclarecedora visión de la vida privada y pública de Hitler, muy alejada del mito que él mismo creó tras su llegada al poder. Este libro revela a un Hitler encargado de tareas de retaguardia, rechazado por los soldados del frente y en el que sus superiores detectaron ausencia de «cualidades de líder»; un personaje que permaneció inseguro de sus ideas hasta el final de la guerra y que ocultó, exageró y deformó sus vivencias a lo largo de su estudiada carrera. ¿Fue Hitler meramente un producto de su tiempo o una anormalidad que se escapa a toda previsión? La polémica y original obra de Weber arroja además luz sobre este interrogante que sigue desafiando a los historiadores y cuestiona la creencia unánimemente aceptada de que la I Guerra Mundial fue la experiencia crucial de su formación política e ideológica y el origen del camino que condujo de forma natural al nazismo.

La revelación de la vida privada y pública de Hitler durante la I Guerra Mundial basada en una investigación sin precedente Es casi un tópico que la II Guerra Mundial no se entiende sin la primera. Fue el modo en que se cerró la guerra que comenzó en 1914, sobre todo en lo tocante a Alemania, lo que dio el pretexto a Hitler para empezar la siguiente. No sólo eso: el propio Hitler siempre atribuyó a su experiencia en la I Guerra Mundial su formación y su concienciación política. Según su propia expresión, admitida como dogma de fe en la mitología nazi, la I Guerra Mundial creó a Hitler. Él y sus seguidores dieron una importancia capital a aquellos años en la forja de la personalidad del Führer, magnificando algunos datos y anécdotas y marginando otros que no encajaban o desmentían esa idea.

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Investigar, pues, aquel periodo de la vida del dictador alemán tiene tanta importancia como dificultades plantea a la hora de abrirse paso entre unos pocos datos mezclados con leyendas interesadas, medias verdades y rastros borrados. Esa es la empresa que aborda Thomas Weber en La primera guerra de Hitler, un trabajo minucioso que, más allá de lo que anuncia su título, se ocupa también del periodo posterior a la guerra hasta la llegada de Hitler al poder, y llega incluso al final del dictador y de su régimen. La mayor parte del libro, que sigue un riguroso hilo cronológico, se centra en el regimiento al que perteneció Hitler —el Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (RIR 16), conocido como Regimiento List por el nombre de su primer comandante—; y las dudas sobre la historia difundida por el Führer y sus acólitos surgen desde el principio. Si aquella experiencia fue tan importante para él ¿cómo es que sólo aparece en una fotografía sin ningún relieve y en alguna referencia de pasada dentro de la historia oficial del regimiento? Es muy poco lo que se sabe de Hitler en esos años. Así, el método adoptado por el autor del libro es el de investigar el conjunto (el regimiento) para tratar de entender la pieza particular (Hitler). «Si podemos contar la historia de la experiencia bélica del Regimiento List, será posible ver cómo encaja Hitler en ella. Si […] conseguimos una imagen más nítida del regimiento en su conjunto [en otras palabras, del cuadro general del que Hitler formaba parte], seremos capaces de reconstruir una imagen precisa y nítida de Hitler en aquel tiempo».

Documentación inédita Thomas Weber encontró uno de esos filones inexplorados que constituyen un tesoro para los historiadores: un conjunto de documentos sobre el Regimiento List (por ejemplo, cartas de los soldados, incluidas algunas del propio Hitler), pendientes de clasificar y catalogar, lo que explicaba que nadie los hubiera usado hasta entonces. Y, como suele ocurrir, cada nuevo dato abría la puerta a otro posterior; éstos eran más fiables que los de los vendedores de material dudoso o los de los descendientes de dirigentes nazis, que se mostraban más amenazantes que colaboradores. El trabajo resultante se centra en cinco interrogantes principales: ¿Radicalizó la guerra políticamente a Hitler y sus compañeros? (O, dicho de otro modo, ¿les preparó para ser futuros nazis?). Lo que les politizó ¿fueron más bien las experiencias de posguerra, con una Alemania sumida en la crisis económica y amenazada por la revolución comunista? ¿Se politizaron la mayoría de los hombres del Regimiento List, fuera por las experiencias de guerra o de posguerra? ¿Qué papel desempeñaron esos hombres en el establecimiento del Tercer Reich y el mantenimiento de la

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Alemania hitleriana? Y, por último, ¿hasta qué punto fue Hitler un producto de su regimiento? El autor sostiene que el Regimiento List es un microcosmos representativo de la Alemania de la época que, por lo tanto, ayuda a entender el país; además, pone en tela de juicio la tesis de que la República de Weimar se desmoronó debido a las características de su sociedad civil después de la I Guerra Mundial. Desde el comienzo avisa de «los peligros de trazar una línea demasiado directa entre el servicio en el Regimiento List y la evolución de la Alemania nazi».

La ficción de los relatos nazis De lo primero que debe desconfiarse es de los relatos ficticios de Hitler y sus acólitos, que tratan de dar sentido al conflicto de la I Guerra Mundial de un modo retrospectivo. Hay que tener muchas reservas hacia lo que se escribió sobre 1914 años después, como ocurre, por ejemplo, con el mito de un Múnich «desbordante de multitudes entusiasmadas y belicistas». En realidad, y contra lo que se ha dicho a menudo, el RIR 16 —compuesto de tres batallones de 1.000 hombres cada uno, y cada batallón dividido en cuatro compañías— nunca fue un regimiento de voluntarios. Por otra parte, tampoco estuvo nunca entre la élite del ejército bávaro. La guerra de 1914 arranca con la sensación de traición y la indignación de los alemanes por la declaración de guerra británica; sensación que se explica, en parte, por el hecho de que Alemania y Gran Bretaña nunca se habían enfrentado en un campo de batalla antes de la I Guerra Mundial.

Un soldado insensible al sufrimiento El soldado Hitler aparece desde muy pronto como alguien incapaz de demostrar empatía hacia el sufrimiento ajeno: cuando sus camaradas de armas veían destrucción y dolor en los pueblos franceses, e incluso los jefes militares expresaban su compasión por aquellas ciudades castigadas por la guerra, Hitler pensaba que habían sufrido poco. Mientras sigue al Regimiento List por los campos de batalla, el autor presenta un cuadro terrible de las condiciones en que se desarrolló la I Guerra Mundial. Ya las primeras batallas causaron un elevado número de bajas en el regimiento. Entre muertos y heridos, éste quedó reducido en un 75 por ciento. A las bajas causadas por el enemigo se unieron los estragos del mal tiempo (las congelaciones, el agua y el fango que inundaban las trincheras) en los últimos meses de 1914. Y a esto se sumarán, más adelante, los piojos, el tifus y las plagas de moscas.

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Un destino privilegiado Hitler, tan sólo once días después de llegar al frente, es nombrado correo y destinado al puesto de mando del regimiento, lo que tendrá consecuencias decisivas sobre su visión de la guerra y su integración en el regimiento. Entre los oficiales, Hitler encontró lo que el autor considera una verdadera familia de sustitución para alguien que carecía de lazos afectivos importantes. Para quienes, al contrario que Hitler, luchaban en el frente, la primera batalla importante fue ya una «experiencia cruel, miserable y brutal», que acabó con las ilusiones románticas que algunos hubieran podido albergar sobre lo que era la guerra. La desmoralización de los «camaradas» de Hitler fue radical. En la Navidad de 1914 se produjo uno de esos hechos paradójicos de las guerras: una tregua llevada a cabo por los soldados de ambos bandos, que confraternizaron entre sí pese a la oposición de los oficiales. Hitler, que no estaba en las trincheras, no participó en ella, y, de creer algún testimonio, le repugnó ese comportamiento poco belicista de sus compañeros. Cartas de Hitler de esos meses dejan ver a un hombre deferente con la autoridad, que sueña con la venganza sobre sus enemigos y que, de paso, sueña también con volver a una Alemania que él considera más pura, en la que se haya destruido el internacionalismo. Con todo, ese atisbo de lo que serán sus ideas futuras es más bien excepcional. Por ejemplo, en un momento tan avanzado de la guerra como pudiera ser el año 1917, Hitler no parece albergar todavía sentimientos antisemitas. En adelante, Hitler pasa las batallas en el puesto de mando del regimiento, varios centenares de metros detrás del frente. Sus compañeros siguen sufriendo los horrores de la guerra, como los efectos de los gases, el dolor de los heridos a los que no se podía socorrer y los cadáveres en descomposición, invadidos de moscas que dejaban sus larvas en los orificios provocados por las balas. Pese a la brutalidad que la guerra imponía sobre los soldados, la tregua de Navidad se repitió en 1915, aunque en esta ocasión no tuvo la dimensión del año anterior, al ser reprimida por los oficiales; algo muy parecido ocurriría al año siguiente. Las misiones como correo de Hitler entrañaban peligro, pero no eran, como afirmaba él, las más peligrosas. «Hitler —escribe el autor— ya se dedicaba a adornar su hoja de servicios». Más tarde, se daría la imagen de un Hitler excepcionalmente valiente y heroico, uno más entre los soldados. La realidad es muy distinta. El destino del futuro Führer en el puesto de mando les parecía a sus compañeros un paraíso comparado con la situación en las trincheras; uno de ellos escribió que habrían dado lo que fuera por intercambiar sus puestos. Hitler nunca fue el típico combatiente del frente: todos sus

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deberes como correo estaban fuera de la zona batida por el fuego de las ametralladoras. Además, Hitler tampoco demostró dotes de mando durante la guerra. Tampoco coincidía Hitler con sus compañeros en lo referente a ideas políticas. A ellos no les transformó la guerra del modo en que él fingiría más tarde que le había transformado a él. Un aspecto en que quedan claras esas diferencias son las prácticas religiosas, extendidas entre los soldados y a las que Hitler, como muchos de los oficiales con los que convivía, era ajeno. Y, en general, las ideas que Hitler expresaría en Mein Kampf no eran compartidas por la mayoría de los hombres de su regimiento.

Al margen de las grandes batallas El Regimiento List no era especialmente valorado. No estuvo, por ejemplo, a la altura de lo que se esperaba de él en una batalla tan dura como la del Somme. En este combate Hitler resultó herido, pero no del modo embellecido en que se contó luego. No fue herido en el frente, sino dos kilómetros más atrás y, cuando comenzaron en serio las operaciones británicas de bombardeo, él ya se encontraba en un hospital muy lejos del frente. Gracias a esto se libró de la parte verdaderamente cruel de aquella contienda. Una enseñanza de la guerra es que los recursos combinados de Gran Bretaña, Francia y sus aliados eran tan superiores a los de Alemania que no era cuestión de saber si Alemania perdería la guerra, sino cuándo lo haría. Con lo que la famosa teoría de Hitler de «la puñalada por la espalda», llevada a cabo por enemigos internos (los judíos, especialmente, pero también la prensa, los políticos demócratas y socialistas y los trabajadores en huelga), se cae por sí sola. De hecho, los estudios que se han llevado a cabo demuestran que los judíos habían prestado servicio en el ejército alemán en la misma proporción que el resto de sus conciudadanos. El descontento con la guerra se va extendiendo según la misma se prolonga, y con él lo que quedara de sentimiento de camaradería y comunidad nacional, una de las bases de la propaganda nazi en los años siguientes. No existieron tales sentímientos, entre otras cosas porque los soldados no pasaban mucho tiempo con los mismos compañeros, lo que impedía que llegaran a identificarse con sus unidades. En el verano de 1917, en otra de las peores batallas de la guerra, Hitler vuelve a estar algunos kilómetros detrás del frente, y llegó, en alguna ocasión, a irse de caza con otros soldados y oficiales del puesto de mando, muy lejos del peligro, el frío y el hambre que sufrían sus compañeros. Y también se libró de los últimos encarnizados combates de la guerra, en agosto del 1918, por estar asistiendo a un curso de señales en Núremberg, al que siguieron unos días de permiso reglamentario.

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La cruz de hierro El mito de un Hitler heroico en la I Guerra Mundial se apoya en buena parte en la cruz de hierro de primera clase que ganó durante la contienda. Pero esa distinción, que no se prodigaba para la clase de tropa (a la que él pertenecía), era más fácil de conseguir si, como era su caso, se estaba en la plana mayor del regimiento. La paradoja es que, además, esa cruz de hierro la ganó gracias a la mediación de un compañero judío, Hugo Gutmann, que presentó su caso y abogó por que se le concediera. Posteriormente, la propaganda nazi silenció el nombre de Gutmann y dio a Hitler un protagonismo falso en el acontecimiento de la guerra que determinó la concesión de la medalla. En resumen, la experiencia bélica de Hitler como correo del puesto de mando de su regimiento fue mucho más segura que la de sus compañeros del frente. La prueba es que, en contraste con las bajas sufridas por estos últimos, la tasa de supervivencia de los correos de su regimiento fue del 100 por cien.

Después de la guerra: la revolución comunista Cuando comenzó la guerra, Hitler tenía escasos amigos o familiares. Al acabar ésta, en sus redes sociales y afectivas sólo se cuentan algunos miembros del puesto de mando del RIR y uno o dos de los oficiales. En otras palabras, a finales de 1918, un Hitler desmovilizado «se enfrentaba a la desintegración de su mundo personal». En cuanto a la política alemana, que parece estabilizada inmediatamente después del final de la guerra, sufre un giro radical en febrero de 1919 con la revolución comunista de Baviera y la respuesta de otros grupos armados, en los que se integran algunos miembros del Regimiento List. Pero el alistamiento y la actuación en esos grupos armados anticomunistas (Freikorps) no implican una politización en sentido fascista. «Lo que movía a los veteranos del Regimiento List y de otras unidades bávaras a alistarse era que su misión consistía en defender, no atacar, el acuerdo político democrático de la posguerra». Para aquellos veteranos, «el acontecimiento decisivo de sus vidas no fue la guerra [como sostendría Hitler] sino la experiencia de la efímera República Soviética». Los grupos fascistas y radicales de derecha no lograron un apoyo masivo en aquellos meses, pero sí consiguieron una mayor legitimidad en la medida en que la gente los veía como un baluarte frente a la revolución comunista. Y como señala el autor del libro, «las experiencias de la República Soviética Bávara y del bolche-

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vismo en Rusia eran reales […] mientras que los horrores del Tercer Reich aún pertenecían al futuro; el temor al bolchevismo se convirtió en paranoia y cegó a muchos bávaros a la violencia de la derecha radical».

Un futuro abierto y, por fin, el nazismo En aquel periodo revolucionario, Hitler se mostró como «un hombre completamente perdido sin una orientación mental clara», cuyos actos «no muestran ninguna coherencia», hasta el extremo de que llegó a servir al régimen revolucionario. «Hitler estaba confuso y su vida aún podría haber tomado distintas direcciones»; su futuro no estaba todavía determinado. Cinco meses después de la derrota de la República Soviética de Múnich, Hitler ya se pronuncia abiertamente por «la eliminación definitiva de los judíos». En septiembre de 1919 asiste a la reunión de un pequeño partido, el Partido de los Trabajadores Alemanes. Lo que escucha le fascina y se afilia inmediatamente. En él halla un nuevo hogar y una nueva red social y se licencia formalmente del ejército, al que aún pertenecía, en marzo de 1920. «Por fin, había encontrado su vocación». La propaganda nazi reescribió la experiencia de Hitler en la guerra para ajustarla a su mitología. Pero, contra lo que esa propaganda sostiene, los dirigentes nazis no se forjaron mayoritariamente en la I Guerra Mundial. Hitler codifica en Mein Kampf su experiencia de la guerra como el mito fundacional del nazismo, presentando al Regimiento List como un grupo de veteranos heroicos que apoyaron a Hitler, unidos por sentimientos de camaradería y comunidad nacional por encima de las diferencias políticas y de clase. La realidad era muy distinta: el Regimiento List había sido una unidad heterogénea y con frecuencia desunida. El partido nazi no creció por los sentimientos nacionalistas de los alemanes, sino debido sobre todo a la crisis económica, como demuestran sus resultados electorales antes y después de ésta.

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