J u l i o A l f r e d o E g e a

DISFRAZ DE NIEVE J u l i o A l f r e d o E g e a POR ALTOS ALEROS DE LA CATEDRAL, POR ESQUINAS Y HUECOS DE LA PIEDRA DORADA, VIVÍA UN MUNDO ALADO S...
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DISFRAZ DE NIEVE J u l i o

A l f r e d o

E g e a

POR ALTOS ALEROS DE LA CATEDRAL, POR ESQUINAS Y HUECOS DE LA PIEDRA DORADA, VIVÍA UN MUNDO ALADO SUS INQUIETUDES Y PASIONES, indiferente al ir y venir de las gentes que, con automóviles o a pie, se veían en la honda lejanía de la calle, en un corretear al parecer sin sentido. Avanzado marzo, cuando a través de las vidrieras se vislumbraba renovada la vara de nardo de San José, entre las flores de los altares, llegaban los vencejos, veloces, chirriadores, discutiendo con el gorrión la propiedad de cualquier rendija, con el gorrión sedentario que aprovechaba la ausencia en emigraciones forzadas por el frío, para invadir habitáculos ajenos. También llegaban los vencejillos, con apariencia de ser primos hermanos de la golondrina, e iniciaban albañilerías del nido, trasportando barro desde los derrames de alguna fuente secreta. Y las golondrinas, elegantes y conversadoras, que se instalaban a media torre, por cornisas bajas, como queriendo observar más de cerca el vivir de los hombres, aunque se remontaran y siguieran la ruta del pequeño vencejo en busca de materiales de construcción para reparar los deterioros de un viejo hogar, o elaborar uno nuevo, si había roto las iras del invierno el del año anterior. SERES DE VIDA SIEMPRE EN VUELO, en constante volar desde el cielo a la piedra, venciendo vientos, haciendo de los aires su patria azul e inmensa, propicia para cazar, enamorarse, e incluso dormir con las alas planeando por el sosiego de sus alturas. Más próximos al hombre, mendigadores, perdiendo vergüenza entre los neumáticos, los gorriones -inquilinos estables- tomaban parte activa en el cotidiano vivir de la ciudad. TAMBIÉN LAS PALOMAS, que haciendo su vida por cornisas, repisas de claraboya o ventana, o en cicatriz causada por andamiajes del campanario, fueron mitad campesinas; volaron en tiempos pasados a la hermosa vega que circundaba a la población, buscando el sustento de cada día, y al desaparecer la tierra de labor, por haberse construido en ella viviendas y complejos industriales, tuvieron que renunciar al gozo de la espiga, perder su hurañez y aprender del gorrión costumbres ciudadanas.

AMOR DIFÍCIL EN REALIDAD ERAN LAS PALOMAS LAS QUE CONSTITUÍAN UNA VERDADERA CIUDAD ALADA POR TODOS LOS CONTORNOS CATEDRALICIOS. Abanicaban el aire de sus alrededores con aplauso de vuelos y envolvían al templo en un rumor de zureos dulcísimos. Eran todas de un gris plateado, con espejuelos verde-azul en el buche, o de un blanco purísimo, salpicado en algunas con lunares negros o azules. Solamente aquel palomo solitario, que andaba siempre escondido con timidez por saberse distinto, era negro cual cuervo. CUANDO SALTABA LA BANDADA HACIA LA CALLE, en busca de comida, quedaba escondido por las bocatejas, o en el florón barroco de un relieve, porque le parecía escuchar, entre el aletear de sus compañeras, algo así como burla de risas. Bajaba en los amaneceres hasta los verdes escondites de un parque, y sólo se alimentaba de briznas de hierba. SE ACRECENTÓ SU TIMIDEZ, SU COMPLEJO DE FEALDAD, AL ENAMORARSE DE AQUELLA PALOMA DE PLUMAS BLANQUÍSIMAS, tan llena de gracia en el caminar y en los

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DISFRAZ DE NIEVE movimientos del vuelo. Al principio ocultaba el apasionado deseo de estar junto a ella, se escondía en su presencia; gozaba y sufría al contemplarla desde cobijos del campanario, saltaba en vuelo ante su proximidad, perdiéndose en huida por lejanías azules del cielo y no volviendo hasta no sentir las alas extenuadas, triste por soledades y cansancio. Después, poco a poco, fue venciendo temores y aproximándose a la preciosa paloma blanca, pero ésta, al notarse vigilada por aquel palomo con apariencia de córvido, aumentó su hurañez, tornándose huidiza y agresiva. ELLA HABÍA SIDO CORTEJADA POR HERMOSOS PALOMOS AZULES, que inflaban el buche en dulces súplicas de arrullo, y arrastraban la cola en su presencia, como señal de agasajo. Pero ella era una paloma muy exigente, de moderna mentalidad, y aún no había llegado su tiempo de enamorarse y, cuando llegara, lo manifestaría aún no siendo solicitada con ceremonias presuntuosas del macho. Por esto, entre la alada comunidad palomera, de costumbres conservadoras, se pensaba que era coqueta y fría, desentendida ante el amor, e interpretaban mal su voluntad de propia iniciativa. Ella seguía alejada de rutinarias aceptaciones, establecidas en todo palomar desde tiempos remotos. EL PALOMO NEGRO FUE POCO A POCO PERDIENDO EL MIEDO. Era mucha la seducción de aquel ser precioso en su elegante andar sobre los tejados, era deslumbrante su blancura, cual un retazo de rayo de luna que, superando escondites nocturnos, conseguía seguir mostrando su belleza durante el día; era mucha la gracia de su vuelo consiguiendo malabarismos en el aire, persiguiendo en juego a los vencejos, quebrando prisa de alas en su aterrizaje. El palomo negro fue volviéndose cada vez más atrevido. La perseguía de teja en teja, en vuelo de huida por las cornisas, enfrentándose con valentía a una corte de palomos rivales. Todo era inútil, la paloma se alejaba de aquel ser enlutado, sin querer oír sus requiebros, escondiéndose ante su presencia. Negativas y desdenes hicieron que el enamorado se encerrara de nuevo en su soledad, se negara al placer del vuelo, permaneciera horas enteras inmóvil sobre el campanario, plegadas sus alas en gesto de tristeza. AQUEL DÍA DE FRÍOS INVERNALES LO PASÓ SOBRE UN RELIEVE DE LA FACHADA PRINCIPAL. No bajó a buscar comida por los jardines, mostró indiferencia por vigilar los vuelos de la amada y, cuando llegó la noche y todo ser viviente buscaba sus cobijos, pensó quedar sobre la piedra, en total desamparo ante la crueldad de las heladas, deseando morir. De pronto, ya noche cerrada, el cielo se encortinó de nubes, la luna pareció irse a dormir, se templaron los aires y comenzó a nevar. Una lenta nevada fue tapizando a la ciudad. Durante horas cayeron grandes copos lentamente, cubriendo edificios, vistiendo a los cipreses del parque con túnicas bellísimas, simulando los tejados cumbres alpinas, cordillera de barrios que encapotaban su rutinaria visión con mágico disfraz. HUBO UN MOMENTO EN QUE SE ABRIÓ UNA VENTANA ENTRE LAS NUBES Y APARECIÓ LA LUNA EN TODO SU ESPLENDOR, como si hubiera descorrido un visillo para asomarse al embellecimiento de la tierra. El palomo solitario, que arrebujado, aterido y hambriento, se sentía morir, tuvo una momentánea visión de la ciudad engalanada, le pareció descansar plácidamente sobre una tarta, como las que había visto en su volar, a través de un ventanal de gentes felices, pero inmensa en su arquitectura. Se miró las alas, la espalda, los costados..., y quedó maravillado de su disfraz de blancura. Pronto cerró la luna su ventana y continuó nevando en la oscuridad, pero ya el palomo tenía pálpitos de alegría dentro de su pequeño corazón de pájaro. Pasó el resto de la noche inmóvil, temiendo desprenderse de su túnica, y cuando amaneció volaron a su alrededor los vencejos, admirando su belleza. Todos sus alados vecinos paraban el vuelo para contemplar la maravilla. LA PALOMA DESDEÑOSA, QUE TENÍA CERCA SU DORMITORIO, SALIÓ DEL ESCONDITE Y VIO A AQUEL PALOMO DE UNA BELLEZA SIN RIVAL. Se le acercó curiosa. El palomo, atrevido, también dio unos pasos de aproximación. Fue un encuentro de arrullos, un diálogo secreto que se animaba con el transcurrir del día. Cuando salió el sol, la nieve helada sobre las plumas empezó a derretirse y el palomo tornó a la tristeza, pero todo había cambiado y el retorno de aquel mal sentimiento fue fugaz. Ella seguía a su lado con arrullos que simulaban risas

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DISFRAZ DE NIEVE y músicas, ella era también un ser enamorado que, a través del diálogo y la mirada de sus pupilas encendidas, había descubierto la noble pasión que encerraba su extraordinario corazón. No le importaba la pérdida del disfraz; veía su plumaje original y hermoso, sublimado por el amor. ROZARON SUS PICOS, VOLARON HASTA LA PÉTREA CABEZA DE UN ARCÁNGEL, cual un símbolo de la perennidad de su enlace, se incorporaron en el cielo a la alegre fiesta de los pájaros, bajaron al parque, cediéndose las encontradas pipas de girasol que habían perdido los niños, se bañaron en la taza de mármol de la fuente y decidieron hacer su nido por altos escondites del campanario.

LA AMENAZA DESDE LOS MIRADORES DE SU PALACIO CONTEMPLABA EL OBISPO AL MUNDO DE LOS PÁJAROS, a aquellos seres que ponían sobre la seriedad de los altos muros una alegre pincelada de naturaleza, un revuelo de vida. Sobre todo en primavera gustaba el señor Obispo de contemplar el gozo de apareamientos y las etapas de la reproducción. El obispo era anciano y sentimental... Consideraba que mirar a las aves, recrearse en la dicha de sus vuelos, intentar traducir sus trinos..., era una manera viva de orar. Ya había observado a aquella extraña pareja de palomas -una blanca y la otra negra-, siempre unidas en el zureo y el vuelo. Adivinaba el nido más allá de los arcos, por donde las campanas lanzaban su llamada de bronce. Se sentía amigo de las golondrinas que anidaban sobre su balcón, y volaban alrededor del templo como maravilladas de su arquitectura, para después elevarse hacia el cielo cual dardos lanzados hacia el misterio. En la mística del señor Obispo contaban los pájaros, le parecía que a San Juan de la Cruz no era posible leerlo sin un fondo de trinos y zureos. UN DÍA LLEGÓ AL PALACIO ARZOBISPAL UNA COMISIÓN DE TÉCNICOS, presidida por el más famoso arquitecto de la ciudad. Planteada la restauración de edificios nobles, se pensó comenzar por el templo más representativo. Eran portadores de un minucioso estudio con datos y presupuestos, realizado por un equipo, sobre planos y estudio de materiales en deterioro por el mordisco de erosiones causadas por fenómenos atmosféricos y otras circunstancias. ESCUCHÓ COMPLACIDO EL OBISPO, PERO TORCIÓ EL GESTO AL OÍR HABLAR DE “EL MAL DE LA PIEDRA”, de los daños causados por la permanencia de las palomas, de los destrozos debidos al efecto corrosivo de sus excrementos, lo que se manifestaba por la altura de los muros..., llegando a una conclusión: había que buscar un medio eficaz para hacer desaparecer a las aves. El señor Obispo no dijo nada, aunque observaron los asistentes que su mirada se desvió hacia el ventanal, y quedó ausente del asunto tratado, fija en la altura de las torre, pensando los visitantes, ante su gesto desentendido, que ya estaba viejo y se le iba el pensamiento hacia otros problemas de la diócesis, y debían abreviar explicaciones. MARCHARON AQUELLOS SEÑORES, DESPUÉS DE UN RITUAL DE CORTÉS DESPEDIDA, Y EL SEÑOR OBISPO SALIÓ AL BALCÓN PRINCIPAL, que estaba frente al templo, aquel que sólo se abría en determinados momentos de grandes conmemoraciones. Espió los aleros. Alegraba las torres aquel salmo de pájaros. Por las más altas cornisas descubrió a las palomas que formaban pareja diferente a todas las demás: una blanca y la otra negra. ¡Tiempo hacía que había perdido la pista de sus vidas! Desde que las descubrió distintas y enamoradas... Siguió con la vista la alegría de sus cortos vuelos, de unos a otros relieves de la piedra. Vio que las seguían dos pichones -uno blanco y otro negro- de torpes movimientos y dudas en el vuelo. Estaban enseñando a los hijos los dominios del aire, un curso de acrobacia para iniciarlos en un vivir independiente, en que tan importante iba a ser el uso de las alas. EL SEÑOR OBISPO SINTIÓ UN RELAJARSE DE LOS MÚSCULOS DEL ROSTRO Y UNA SONRISA LE ENCENDIÓ LAS PUPILAS. Era anciano y sentimental... Se apagó la sonrisa y una lágrima le brilló en la mejilla, y alzó la mano para bendecir al amenazado volar de las palomas. Del libro Sastre de fantasmas y otros relatos (Arráez, 2005)

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RATONES COLORAOS Diego

Reche

Artero

“Y se pongan más serias nuestras fotografías sobre el acantilado del recuerdo“ Luis García Montero

CUANDO MI PADRE SALÍA DEL CUARTO OSCURO Y DEJABA LA PUERTA ENTREABIERTA, YO ME COLABA CON BASTANTE MIEDO Y SIN HACER RUIDO. A tientas, encendía la luz roja y miraba por las esquinas intentando sorprender al ratón colorao. Los ratones coloraos, según mi padre, eran muy listos y vivían más de doscientos años. Sabían de historia y de botánica, conocían los nombres de las estrellas y distinguían las que todavía existen, de las que un día existieron y ya sólo nos llega su luz, predicen el tiempo y sueltan más refranes que Sancho Panza. Por desgracia, yo nunca vi al ratón colorao; sólo aparecía en el cuarto oscuro cuando mi padre estaba solo, revelando fotos de carné. RENOVARSE O MORIR, ERA LA ÚNICA CONSIGNA QUE LES QUEDABA A LOS OFICIOS ARTESANALES A FINALES DE LOS SETENTA. La polaroid hacía cuatro fotografías de color en un minuto y presumía de ello en su propaganda; era su slogan, su razón de ser. Y los anuncios se nos clavan como un principio ético que acabamos por convertir en necesidad. El vertiginoso ritmo del progreso. PERO NO ES LO MISMO LA FOTO QUE SE REVELA SOLA, QUE EL ARTE DE ENTRAR EN UN LABORATORIO Y DESCUBRIR UN PROCESO QUE SE CONVIERTE EN RITO. Al laboratorio lo llamábamos el “cuarto oscuro” y, para mí, aquel nombre tan misterioso, donde mi padre, con su guardapolvos gris, pasaba las tardes revelando en la penumbra de una luz roja, tenía todo la magia de un lugar extraordinario, al que no siempre me dejaba entrar. Cuando me lo permitía, debía quedarme quieto en un rincón, y desde allí lo veía trajinar por la oscuridad, colocando clichés, enfocando e impresionando sobre el papel, controlando la temperatura del revelador y viendo aparecer la imagen lentamente. Cuando se quedaba solo hablaba con el ratón colorao o escuchaba Protagonistas. Aún hoy su sintonía me devuelve a la infancia, al cuarto oscuro, al olor de la matoleina, a las cortinas del estudio donde me escondía del arroz de los domingos, a las historias sobre Colón o Samitier, aquel delantero que corría tanto, que le daba tiempo a poner el balón en el punto de penalti y chutar antes de que llegasen los defensas. POR ENTONCES INVENTARON LA POLAROID, Y MI PADRE SE NEGÓ A INCLUIR AQUELLA CÁMARA EN SU NEGOCIO. Tal vez por eso de ir contra corriente me contaba las aventuras de Don Quijote en las ilustraciones de Gustavo Doré. Mi padre hablaba del Quijote con admiración; mi maestra, con frialdad científica. Mi padre en la escena de los molinos de viento veía a un luchador; mi maestra, a un loco. Mi padre paladeaba las palabras, las soltaba despacio disfrutándolas: “¿De qué temes cobarde criatura? ¿De qué lloras corazón de mantequilla? ¿Quién te persigue o quién te acosa, ánimo de ratón casero?”; mi maestra mandaba preguntas de comprensión para asegurarse de que nos

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RATONES COLORAOS habíamos leído el capítulo indicado. Mi padre en los ríos veía una metáfora del tiempo; mi maestra, agua, solo agua, si acaso, H2O. SIEMPRE TUVO LA CAPACIDAD DE SORPRENDERME, de buscar en la luna al leñador que llevaba a un niño de la mano, de tomar para la cena el huevo que San Pedro le arrojaba por la chimenea, de no hacer ruido al pasar junto a la casa modernista y sorprender al ángel que vivía en el tejado. Y así, una mañana de junio me condujo al desván, de un arca sacó una especie de cofre y de él una fotografía: era Ademuro, mi pueblo, pero hacía muchos años, cuando aún no había barrios exteriores, ni pisos, sólo casas blancas apiñadas alrededor de la iglesia. Luego, entre las estanterías donde se iban archivando placas y negativos, alcanzó una caja negra, golpeó un botón escondido y apareció una cámara antigua que se extendía desde el hueco, como liberada tras largos años de estar plegada en su escondite. Una cámara como las de esos fotógrafos pintorescos de las películas que retratan a los paseantes de un parque soltándoles una explosión de magnesio. -Esta tarde te vendrás conmigo al monte del Castillo - me dijo- tú llevarás la vieja cámara del abuelo. Hoy hace cincuenta años que mi padre, tu abuelo, me llevó allí para hacer una panorámica del pueblo. Yo era un niño como tú, y me dijo que recordase la fecha y el lugar para que repitiera la fotografía cincuenta años después. Creo que fue la primera vez que sentí el vértigo del tiempo. Desde mis once años noté el fluir de las horas que transcurren calladas, mientras pasan los días, las estaciones y los años, como una efímera espiral. AQUEL DÍA EMPEZÓ A NACER EN MÍ EL HOMBRE QUE TODO NIÑO LLEVA DENTRO, y aquella rara encomienda de mi abuelo se convirtió en la responsabilidad de repetir la foto cuando tuviese sesenta años, y eso ya sí escapaba a mí pequeña concepción temporal. De pequeños vivimos al día: vamos al colegio, regresamos a casa para comer, volvemos a la tarde a las clases, y pasan lentas las horas, entre el amarillo taciturno que muere en las ventanas del aula y el bloc de dibujo que se va poblando de paisajes con cielos azules, montañas grises y ríos de plata. La voz de la maestra es un hilo que se corta y que llega hasta las cinco. Después recorremos el camino a casa, procurando no pisar el blanco de las aceras, y quedamos con los amigos en las placetas después de la merienda, jugamos a ser Santillana en cada remate de cabeza, y vamos dejando que caiga la tarde hasta que alguien nos llama desde lo alto de la calle: -¡Nene! ¡Nenico! NOS ESPERAN LAS DIVISIONES POR DOS CIFRAS Y EL RESUMEN DEL TEXTO DE PLATERO, que es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera... En la radio, clásicos populares, y en la penumbra del flexo, el ganchillo y algún libro de Julio Verne que los mayores releen en silencio. La noche, el telediario, algunos veces “Los hombres de Harrelson”, y luego la cama, el sonido de la persiana movida por el viento y la farola parpadeante. A LA HORA DE LA SIESTA, CARGADOS DE CÁMARAS Y TRÍPODES, BAJAMOS POR EL CAMINO DE LA RAMBLA. Aquella tarde de junio era espléndida de luz y los campos aún resistían los tonos verdes, antes de que irrumpiese el calor del estío. Por un camino de cabras, por el punto de encuentro de los dos altozanos del monte, iniciamos la subida hasta que, fatigados, alcanzamos la explanada solitaria que se antepone a las ruinas musulmanas, por donde cruzaba el leve silbido del viento, entre las murallas gastadas, el olor a tomillo y el vuelo de algún pájaro. Allí, sobre unas rocas, mi padre buscó el lugar que durante cincuenta años había guardado en su memoria. De una caja sacó la vieja foto de mi abuelo e intentó hallar el punto coincidente entre la fotografía y el paisaje. Nota del autor. El ficticio nombre de Ademuro es, en realidad, Vélez Rubio, nombre inventado a partir del yacimiento romano de Ad Morum. Igualmente, el monte del Castillo se refiere al Castellón. 

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El casco urbano de Vélez Rubio en 1928; vista desde el Castellón. Foto Reche.

EN 1928 ADEMURO ERA UN PUEBLO ENCALADO, UN PUNTO BLANCO, PRESIDIDO POR LAS TORRES DEL TEMPLO. Más allá sólo había campo, horizontes de besana, el desfiladero que unía Andalucía con las tierras del Levante. Aquel Ademuro rural, de agricultores temerosos de las sequías y la filoxera, de gente humilde donde las clases sociales estaban muy diferenciadas: barrios pobres y casas señoriales. Los que vivían en las casas de aquella foto de 1928 no sabían que la vida les llevaría después de Alfonso XIII a la República y al dolor de una Guerra Civil. E irían viviendo y envejeciendo entre los odios de la posguerra, el franquismo, los años de pobreza, Nodo y la pertinaz sequía, los bailes de parrandas, las emigraciones a Francia y Cataluña, el carnaval y las ferias del ganado, el seiscientos, la clase media, la televisión en blanco y negro del salón parroquial, el cine en la plaza de toros, la música anglosajona y el Dúo Dinámico, colándose entre las canciones de Juanito Valderrama y Manolo Escobar... hasta llegar a los balbuceos de la democracia, esos años que los mayores llamaban “la transición”. TANTAS COSAS, Y EN EL PAISAJE APENAS UNOS CAMBIOS: algún barranco más en las sierras del norte, nuevas viviendas alrededor de la carretera y los primeros pisos, algunos de ellos horribles, enormes y de ladrillo visto. Y allí seguía la rambla, abrazando al pueblo, sin los álamos que tuvo antes de la tromba de agua del 73, y sólo algunos olivos de las huertas vecinas acompañaban a un cauce seco. - Nuestras vidas son como las ramblas, un hilo de agua que, a veces, llega a los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir. Sentenció mi padre señalando su recorrido. Yo permanecí callado, y empecé a comprender la trascendencia de aquella excursión. - ¿Sabes quién es Jorge Manrique?- Me preguntó. Le dije que no con la cabeza.- Ya te lo explicarán en el colegio. Claro, yo no tenía un ratón colorao que me lo contase. DESPUÉS MI PADRE SE SUMERGIÓ EN SU OFICIO DE RETRATISTA. Mientras yo, sentado en una roca, miraba como situaba la vieja cámara de placas del abuelo. La misma que él, cincuenta años antes, había visto colocar a su padre preparando la fotografía. Esa fotografía que archivaba gran parte de su vida, aunque él entonces no lo sabía. Aquella imagen había sido el único referente de su infancia, cuando unos meses después tuvo que emigrar con sus padres a Madrid. Sus once años, sus oficios de aprendiz, de muchacho de los recados en aquel tiempo revuelto de finales de los veinte, los conciertos de música en El Retiro, el sabor de los buñuelos, su contrato como retocador en un estudio fotográfico de la calle Preciados, las películas mudas, los pantalones largos, y el desafortunado día de julio que empezó la guerra y se truncaron sus sueños de terminar el bachiller.

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RATONES COLORAOS

LUEGO, LAS ADVERSIDADES, EL SILENCIO, EL SONIDO DE LAS BOMBAS SOBRE MADRID, LAS DESPEDIDAS, LA BATALLA DE TERUEL. Y en mitad del miedo y del hambre de posguerra, aquella carta de su madre, pidiéndole que regresase a Ademuro, que había sido buena la cosecha de trigo de aquel año y que en el pueblo se vivía más tranquilo. Y tomó un tren hacia el sur y regresó al viejo cortijo, a los atardeceres desde la era, anotando las cabañuelas en un cuaderno, entre las fanegas y los celemines de la última cosecha; y de pronto mi madre, que llegó por la cañada, joven y con un pañuelo anudado al cuello, como aguardándolo desde el sendero del tiempo y dándole un hermoso giro a su vida.

El caso urbano de Vélez Rubio en 1998; vista desde el Castellón. Foto Reche.

MÁS TARDE LLEGARON MIS HERMANOS, CORRIENDO POR LA GALERÍA DEL NUEVO ESTUDIO FOTOGRÁFICO, donde llevaba retratando bodas, comuniones y fotos para el pasaporte, durante treinta y cinco años. Poco a poco fue llegando el progreso, como una caja de sorpresas: el asfalto, los coches, la lavadora, las fotos en color. Y al final yo, que nací cuando ya nadie me esperaba. - Desde aquí deberás repetir la foto dentro de cincuenta años – me dijo con la voz quebrada. Y en sus palabras percibí la levedad provisional del tiempo. ANTES DE LA NOCHE YA HABÍAMOS REGRESADO A ADEMURO. Del bar de Manzanera escapó, de pronto, un grito de gol que luego se convirtió en lamento: Cardeñosa, delante de una portería vacía había fallado la oportunidad de su vida, la oportunidad de que España venciera a Brasil en aquel mundial de Argentina. Lo recordaría siempre. Igual que yo también recuerdo aquella tarde de junio donde descubrí el tránsito del tiempo entre dos fotografías. DESDE ENTONCES HAN PASADO MUCHAS COSAS: descubrí las coplas de Jorge Manrique y también que mi padre tenía defectos; me hice mayor y me fui a estudiar lejos. Mi padre murió una madrugada, y su luz aún permanece, como la de aquellas estrellas que ya no existen, pero que aún las vemos; y ahora me dedico a explicarles por las mañanas a los jóvenes el Quijote. Y SÉ QUE ME QUEDA UNA CITA EN EL CALENDARIO, JUNIO DE 2028, para regresar al monte del Castillo con mi hija y retratar de nuevo Ademuro. Y me pregunto si, de aquí a entonces, habré visto a los ratones coloraos. *** Nota de la Redacción. El presente relato, basado en otros textos anteriores, logró el 1º premio de Relatos Breves convocado por el periódico Ideal en 2005.

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