Instituto de San Felipe y Santiago

Instituto de San Felipe y Santiago DE ESTUDIOS HISTÓRICOS - Salta (Argentina) Boletín 2013 INSTITUTO de SAN FELIPE Y SANTIAGO de ESTUDIOS HISTÓRICOS ...
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Instituto de San Felipe y Santiago DE ESTUDIOS HISTÓRICOS - Salta (Argentina) Boletín 2013

INSTITUTO de SAN FELIPE Y SANTIAGO de ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA Fundado el 21 de junio de 1937

Fundador del Instituto

S.E.R. Sr. Arzobispo de Salta Mons. Roberto J. Tavella+

Ex-Presidentes Honorarios

S.E.R. Mons. Roberto J. Tavella + Dr. Ricardo Levene + Dr. Roberto Leviller + S.E.R. Mons. Carlos Mariano Pérez + Pbro. Arsenio Seage S.D.B. + S.E.R. Mons. Moisés Julio Blanchoud

Presidente Honorario

S.E.R. Sr. Arzobispo de Salta Mons. Mario Antonio Cargnello

Comisión Directiva

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Presidente

Dra. Luisa Miller Astrada

Vicepresidente

Prof. Ercilia Navamuel

Secretario

Dr. Oscar Cornejo Torino

Prosecretario

Prof. Rosa López de Pereyra Rozas

Tesorero

Dr. Patricio Colombo Murúa

Protesorero

Prof. Margarita Fléming de Cornejo

Vocal Titular

R.P. Dr. Federico Prémoli

1º Vocal Suplente

Sr. Luis Arturo Torino

Órgano de Fiscalización

Dr. Rogelio Saravia Toledo

Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta Directora

Dra. Luisa Miller Astrada

Subdirector

Dr. Oscar Cornejo Torino

Comité Editorial Dr. Armando Raúl Bazán. Académico de la Academia Nacional de la Historia Dra. Marta de la Cuesta Figueroa Dr. Rogelio Saravia Toledo Pbro. Federico Prémoli

Miembros Titulares Fundadores 1. Gral. Ricardo Solá+

7. Dr. Ernesto M. Aráoz+

2. Dr. Atilio Cornejo+

8. Dr. David Saravia Castro+

3

3. Mons. Miguel Ángel Vergara+

9. Dr. Julio C. Torino+

4. Ing. Rafael P. Sosa+

10. Dr. Arturo Torino+

5. Dr. Carlos Serrey+

11. Dr. Santiago Fléming+

6. Sr. Juan Carlos Dávalos+

Miembros de Número o Académicos Actuales Sillón Nº1 “Mons. Roberto J. Tavella”

Lo ocupa: Sr. Luis Arturo Torino

Sillón Nº2 “Gral. Ricardo Solá”

Lo ocupa: Dra. Marta de la Cuesta

Sillón Nº3 “Dr. Atilio Cornejo”

Lo ocupa: Dra. Luisa Miller Astrada

Sillón Nº4 “Mons. Migel A. Vergara”

Lo ocupa: Prof. Olga Chiericotti

Sillón Nº5 “Ing. Rafael P. Sosa”

Lo ocupa: Prof. Ercilia Navamuel

Sillón Nº6 “Dr. Carlos Serrey”

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Sillón Nº7 “Dr. David Saravia Castro”

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Sillón Nº8 “Dr. Julio C. Torino”

Lo ocupa: Dr. Oscar Cornejo Torino

Sillón Nº9 “Dr. Ernesto M. Aráoz”

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Sillón Nº10“Sr. Juan Carlos Dávalos”

Lo ocupa: Sr. Andrés Mendieta

Sillón Nº11“Dr. Arturo S. Torino”

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Sillón Nº12“Dr. Santiago Fléming”

Lo ocupa: Prof. Florencia Cornejo

Miembros Activos o Plenos

Lic. María Ester del Rey y del Moral

Com. Soc. Carolina Linares de Tadeo

Prof. Cristina del V. Genovese Castellani

Prof. Alicia Bárber de Gutiérrez

Mga. Laura Navarini de Demergassi

Mga. Teresita del Milagro Gutiérrez

Arq. Roque Gómez

Sr. Rodolfo Leandro Plaza Navamuel

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R. P. Federico Prémoli

Prof. Margarita Fleming de Cornejo

Dr. Patricio Colombo Murúa

Prof. Susana Mirande de Casal

Ing. Guillermo Solá Pereyra Rosas

Dr. Rogelio Saravia Toledo

Sr. Jorge Flores Canclini

Sr. Roberto W.G. Vitri

Prof. Eulalia Figueroa de Freytes

Prof. Esther María Torino

Dr. Ricardo Federico Mena

Dra. Susana Martorell de Laconi

Lic. Rosa López de Pereyra Rosas

Miembros Ordinarios

Mons. Raúl Casado +

Prof. Roberto O. Figueroa

Prof. Lilia E. Pérez Arévalo

Sr. José Ríos+

Dr. Darío F. Arias+

Prof. Ana González de Lazarovich

Sr. José Juan Botelli

Sr. Roberto Casas+

Prof. Julia Cabral

Prof. Elsa Castellanos Solá+

Prof. Mercedes Puló de Ortiz

Pbro. Normando Requena+

Prof. Miriam Corbacho Romero

Prof. María Irene

Sr. Diego Cornejo Castellanos

Dr. José Antonino Cornejo+

Sr. Miguel Ángel Salom

Dr. Lucio Cornejo

Prof. Carlos Vicentini

Sta. Susana Cornejo Isasmendi+

Prof. Leonor Navamuel de Figueroa

Dr. Diego Outes Coll

Sr. Gregorio Caro Figueroa

Prof. Carlos Polemann

Prof. Vicente Pérez Sáez Sáez+

Prof. María Fanny Osán de Pérez

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Miembros Correspondientes en: 1.- Ciudad de Buenos Aires Dr. Tomás Diego Bernard

Dr. Ricardo Levene (h)+

Sr. Jorge C. Bohdzi Evic

Dr. Segundo V. Linares Quintana

Pbro. Dr. Cayetano Bruno S.D.B.+

Dr. Félix Luna

Dr. Julián Cáceres Freyre+

Sr. Julio César Luzzato+

Dr. Juan Adrián Cornejo

Dr. José M. Mariluz Urquijo

Dr. Vicente O. Cutolo

Dr. Eduardo Martire

Contralmirante Laurio H. Destefani

Dr. Ambrosio Romero Carranza+

Dr. Mariano de Echazú Lezica+

Dr. Víctor Tau Anzoátegui

Dr. Enrique de Gandia+

Dr. Julio Vicente Uriburu+

Dr. Félix Martín y Herrera

Dr. Martín Villagrán San Millán

Escr. Carlos Ibarguren (h)+

Dr. Jorge G.C. Zenarruza+

Cnl. Julio Sergio Jovanovics Usandivaras+ Dr. Ricardo Zorraquín Becú+ Dr. Abelardo Levaggi

Prof. Miguel Ángel de Marco

2.-Buenos Aires

9.- La Rioja

Sr. Juan Isidro Quesada

Dr. Roberto Catalán Lic. Francisco E. de la Puente Prof. Herminio Torres Brizuela

3.- Catamarca

10.- Mendoza

Dr. Armando Raúl Bazán

Dr. Edberto Oscar Acevedo

6

Prof. Pedro I. Galarza+

Dr. Pedro Santos Martínez

4.- Córdoba

11.-San Luis

Prof. Felipe de Olmos

Sr. Hugo A. Foucade

Dra. Branka Tanodi de Chiapero

5.-Corrientes

12.-Santiago del Estero

Dr. Héctor R. Cornejo

Dra. Amalia Gramajo de Martínez Moreno Prof. Hugo Martínez Moreno

6.-Entre Ríos

13.- San Juan

Prof. Humberto Pezzarini

Dr. Horacio Videla

7.-Jujuy

14.- Tucumán

Dr. Vicente Cicarelli

Prof. Rodolfo A. Cerviño Pbro. Rubén González

8.- La Pampa

Prof. Ernesto Muñoz Moradela

Pbro. Celso Valla

Prof. Teresa Piossek Prebisch Dr. Carlos Páez de la Torre Prof. Elena Perilli de Colombres Garmendia

Miembros correspondientes en el exterior: 1.- Chile Dr. Sergio Martínez Baeza

2.- España Dr. Manuel Ballesteros Gaibrois

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Dr. Juan Pérez de Tudela y Bueso Dr. José Miguel López Villalba

Miembros Fundadores y Titulares Fallecidos a) Fundadores +Dr. Ernesto M. Aráoz

+Ing. Rafael P. Sosa

+Dr. Atilio Cornejo

+Dr. Arturo S. Torino

+Sr. Juan Carlos Dávalos

+Dr. Julio C. Torino

+Dr. Santiago Fléming Vergara

+Mons. Miguel Ángel

+Dr. David Saravia Castro

+Dr. Carlos Serrey

+Gral. Ricardo Solá

b) Titulares

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+Sra. Sara Solá de Castellanos +Sr. Juan Manuel de los Ríos +Dr. Adolfo Figueroa García +Dr. Roberto García Pinto +Sr. Juan Carlos García Santillán +Dr. Julio Lederer Outes +Sr. Pastor López Aranda +Dr. Cristian Puló +Sr. Miguel Solá +Pbro. Arsenio Seaje S.D.B. +Prof. María Teresa Cadena de Hessling +Dr. Francisco Uriburu Michel +Dr. Gaspar Solá Figueroa +Prof. Fernando Figueroa +Prof. Luis Oscar Colmenares +Cnl. (r) Luis Alberto Leoni Houssay +Prof. Carlos Gregorio Romero Sosa +Prof. María Inés Garrido de Solá

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PRESENTACIÓN

El Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, fundado por el primer Arzobispo de la dicha ciudad, benemérito Monseñor Roberto José Tavella, contó con la entusiasta participación de insignes titulares precursores que acompañaron y consolidaron, sus primeros pasos. Consubstanciados con su ideal primigenio y altos lineamientos, intelectuales y espirituales, orientaron esta conspicua entidad hacia el estudio sustentado en formación, incorporación y promoción de valores, principios y virtudes teologales, cristianas y humanas. Hoy, esta Institución desde su larga e infatigable trayectoria, de presencia sostenida y fecunda, como fragua y estímulo de la cultura de nuestra provincia, hacia la Nación y el mundo, se complace en conferir, a este

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quincuagésimo número de su tradicional Boletín, triple carácter conmemorativo:

1)

Cien años de los salesianos en Salta.

2)

Cincuenta años del fallecimiento de Monseñor Tavella.

3)

Doscientos años de la Batalla de Salta.

1. No puede soslayarse que esta primera remembranza deba incluirse precisamente en el N° 50 del arriba aludido BOLETÍN DEL INSTITUTO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA. En efecto, resulta coincidente, sin cálculo previo, ni deliberación alguna, el hecho de que Monseñor Tavella, sea Salesiano en circunstancias- casuales o causalesde la celebración del centenario de la llegada de los Salesianos a ésta ciudad. ¡Ah! las elegancias de la Providencia. Previsora Tutela Divina. Los Sacerdotes Salesianos de Dom Bosco han marcado preclaro y señero rumbo, dejando rotundo surco, profunda huella, en tantos corazones salteños que se moldearon en virtud y estudio, por efecto de su paso en las aulas del Colegio Ángel Zerda de nuestra ciudad. Mención especial merece esta congregación, por la devoción que supo infundir, hacia Nuestra Madre María Auxiliadora. Asimismo debe destacarse entre sus felices concreciones, los nucleamientos subsidiarios, tales, Boys Scout o Exploradores de Dom Bosco, los talleres de artes y oficios y artesanos: niquelado, carpintería y talla, plomería, electricidad, la tan conocida imprenta…, para capacitar a los jóvenes y dotarlos de salida laboral y todo cuanto hace a la edificación de los discípulos del Santo de los niños y la juventud, en el decurso de abarcadora y meritoria dedicación. Cuántos esclarecidos sacerdotes pasaron dejando todo de sí en abnegada docencia, ejemplo, consejo y entrega, para elevación de nuestra sociedad en todo su conjunto y en todo quehacer.

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Lugar preeminente ocupa la atención de la Capilla de María Auxiliadora, con Misa diaria, asistencia y dirección espiritual de la feligresía, la administración de sacramentos y caritativo consuelo a enfermos y moribundos. En fin, no cabe aquí la enumeración completa, de la ingente obra pía que encararon sin desmayo, los salesianos, a lo largo de una centuria.

2. Y se llega por moción e imperio de corazón, a la evocación de Monseñor Roberto José Tavella. A su inolvidable, austera, erudita y sobre todo tan querida persona, volvemos el pensamiento, al conmemorar el cincuenta aniversario de su partida a la Casa del Padre, para evocar agradecidos su eminente y fructífera guía de la grey salteña, su ejecutiva gestión por la educación, a través de iluminadas y efectivas inspiraciones puestas por obra, en acorde y consecuente jerarquía y dimensión: INSTITUTO DE HUMANIDADES DE SALTA, BACHILLERATO HUMANISTA MODERNO, UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA y el ya mencionado INSTITUTO DE SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA, que proclaman desde su fundación hasta la actualidad, tan visionaria valoración de la formación humana integral de las almas a él confiadas, a través de instrumento idóneo, que sólo puede estar sustentado en el sólido fundamento de la educación que, adecuada y equilibradamente, proporcionan los estudios clásicos. Facilitadores éstos, en el más alto rango, del razonamiento lógico, que despierta lucidez indispensable y habilita apertura y destreza hacia la captación de todas las disciplinas del amplio espectro del saber.

3. Al Bicentenario de la Batalla de Salta y a su ilustre General Don José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, baluarte que supo conducir las tropas patrias a gloriosa victoria, de la mano de Nuestra Señora de la Merced. A Ella confió a sus soldados, a través del rezo del Santo Rosario, en diaria

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formación, para que a su amparo lleguen, junto a Nuestro Señor Jesucristo, a destino de Gloria Eterna, luego de vida buena, valerosa, comprometida y leal. Su aurea memoria no sólo quedaría en los anales de las heroicas hazañas militares de los grandes héroes de la patria, sino también entre los hombres de convicción y magisterio. En medulosas y sabias reflexiones, acuñadas a lo largo de una vida de contrastes, pues conoció el éxito y la fama, la ingratitud y el sufrimiento físico y espiritual, acrisoló vasta experiencia que legó a las generaciones que le sucedieran, en compendiosas meditaciones, que en sintética expresión, dicen mucho y muy bien del sincero, doliente, y honesto corazón, que sentidamente las expresara. Con la eficaz conducción de Belgrano, el triunfo criollo en la batalla del 20 de Febrero de 1813, se cuenta entre los hitos emblemáticos y determinantes de la gesta libertaria, con incidencia directa en la definición categórica del triunfo de la voluntad de independencia americana.

Nuestro Boletín agradece los 78 años de pervivencia del INSTITUTO DE SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA, gratitud materializada con la edición de este volumen que hoy se acerca al público por la Gracia de Dios, “Fuente de toda razón y justicia” y de Quien invocamos Protección para la actual coyuntura que atraviesa esta tierra bendita, destinataria de la Misericordia del Altísimo, en sus inescrutables designios

Sea pues este, el homenaje de toda la salteñidad, en recuerdo y exaltación a la propicia coincidencia de tres significativas y egregias efemérides dignas de perdurable memoria, en reconocimiento merecido y memento emocionado, por cada una de las tres conmemoraciones, que se yerguen en sus circunstancias y méritos, como paradigma y aleccionador ejemplo para la posteridad.

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Centenario de los Salesianos en Salta – Acto inaugural Mons. Mario Cargnello Arzobispo de Salta

Queridos amigos todos aquí presentes:

I Permitamos a nuestra imaginación que, como una cámara filmadora capaz de vencer al tiempo, nos traslade cien años atrás a este mismo lugar y a sus alrededores para grabar las escenas que entonces sucedieron.

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El paisaje es el mismo, al oeste las sierras subandinas con el cerro San Lorenzo y las lomas de Isasmendi coronadas por el cerro Güemes, imponente en su altura maciza y desafiante; al norte se abría el valle de Vaqueros invitando al ciudadano a pensar en la vecina Jujuy; al oeste los cerros de Chachapoyas, Tres Cerritos, 20 de Febrero, San Bernardo, La Candelaria y La Pedrera se coronaban en la cruz que había sido plantada diez años antes en el Cerro San Bernardo recordando al salteño la protección del Señor y el pacto de amor entre este pueblo y Jesús, el Señor del Milagro, y al sur el valle de Lerma se abría desafiando a pensar en una Salta capaz de superarse a sí misma integrándose con toda la patria.

Al mismo tiempo, el paisaje no era el mismo. Pensemos que anoche, hace 100 años, ya muy entrada la noche arribaron a Salta, a la estación del ferrocarril, el P. Luis Correa Llano, el P. Ambrosio Bonfanti, el estudiante Abel Pecci y el hermano Coadjutor José Kein. Con ellos venía el P. inspector José Vespignani. Los estaban esperando el Vicario General Mons. Julián Toscano y el Pbro. Ildefonso Barandiarán. Nos los podemos imaginar trasladándose por la calle Mitre a la Curia donde los recibió Mons. Matías Linares y Sansetenea, el quinto obispo de Salta, quien exclamó al verlos: “¡Finalmente tenemos al Padre José con sus salesianos, después de esperarlos por 20 años!”.

Al día siguiente se instalaron en calle 11 de Septiembre (hoy Pellegrini) 76 para inaugurar y bendecir el oratorio festivo “Don Miguel Rúa” en homenaje al Beato primer sucesor de Don Bosco porque había sido su deseo encarar esta fundación. ¡Cómo sería de fuerte su figura que los sucesores superaron la disposición de no fundar y abrieron esta casa en Salta! Imaginemos a Mons. Linares preocupado porque la casa era chica y decidiendo que los padres se trasladaran a calle La Florida 186 donde dio comienzo la actividad escolar del Colegio Don Miguel Rúa. Imaginémonos a nuestro mayores, quizás tatarabuelos de algunos de ustedes, experimentando el crecer de un gran entusiasmo por lo que los padres significaban para la sociedad, según narran las crónicas…y demos un paso más.

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II

Permitamos a nuestra inteligenciareflexionar sobre lo que entonces acontecía y que llenaba de gozo a los protagonistas:

En primer lugar, se cumplía un sueño. Un sueño acunado en el corazón de Don Odorico Esquiú, hermano del Venerable Fray Mamerto, Obispo de Córdoba. Viven hoy en Salta sus descendientes directos. Don Odorico había pedido esta fundación al p. Costamagna en 1880 y logra entusiasmar a Mons. Buenaventura Rizo Patrón, tercer obispo de Salta, en esta empresa. La llama encendida de este sueño fue creciendo y la enarbolaron Mons. Pablo Padilla y Bárcena (cuarto obispo), y el Vicario Capitular que lo sustituyó cuando su traslado a Tucumán, el Presbítero Clodomiro Arce y Don Matías Linares quien hizo tres intentos de poner en marcha la fundación e impulsó a viajar al P. Toscano a Italia y facilitó todo para que fuera realidad esto que hoy disfrutamos. En segundo lugar, se ponía en marcha una obra capaz de recrear el presente y aportar mejorar el futuro de nuestra Salta. Me impresionó un dato que transcribe el P. Arsenio Seage y dice que en 1889:”En la ciudad de Salta, por ser ella todavía pequeña, la diferencia social existente entre distintos sectores era muy acentuada y de impresión chocante. Bajo aparente calma se mantenía un rescoldo de sordo rencor y de fácil explosión. Miembros del Gobierno, destacadas personalidades, muy particularmente de los componentes del Clero, se unieron para conseguir como preventivo, la fundación de un colegio de Artes y Oficios en la capital de la Provincia”. Por ello organizan una comisión que se lamenta en una circular por la pérdida de tiempo de los jóvenes con un aprendizaje tan mezquino y elemental, que suele supeditarlos a la competencia de obreros extranjeros, “a quienes no debemos suponer mejor dotados por la diferencia de raza sino por la diferencia de educación recibida, que los coloca a ellos en un nivel industrial superior” por ello conciben la fundación de la escuela bajo la dirección de los Padres Salesianos.

La historia del siglo transcurrido es testigo del acierto de estos pioneros de la educación y grandes servidores del bien común que pensaron,

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insistieron y se comprometieron con este proyecto. Fueron fecundos los veinte años de espera a los que aludía Mons. Matías Linares. Sí, fueron fecundos, fueron evangélicamente fecundos!

III

Permitamos ahora a la feinvestigar con temor y respeto las grandes líneas del amor de Dios que se manifiesta en este proyecto que hoy nosotros heredamos como don y aceptamos como tarea:

Descubrimos sobre todo un servicio de amor del Dios amigo de los hombres y mujeres, de los jóvenes y de los niños que quiere hijos libres, dignos y solidarios. Libres y por ello conscientes, formados, capaces de pensar, de discernir, de elegir sin presiones. Dignos, respetuosos de su condición humana y de la dignidad de todos los demás. Solidarios, luchadores contra el egoísmo, la cerrazón, la avaricia, el atropello, el abuso y abiertos a la comunión, a la fraternidad. Dios nos quiere familia y nos da la educación como camino de equidad.

Aparece a continuación una ofrenda a la juventud y a la niñez que los ayuda a integrarse socialmente en tiempos difíciles. El estudio y el trabajo como camino de crecimiento personal, de integración comunitaria y de capacidad de señorío sobre la creación son de una actualidad elocuente.

No deja de resplandecer en este proyecto la obra de la Iglesia, a través de los salesianos y las hijas de María Auxiliadora al servicio de la familia. ¡Cuántas familias de nuestra Salta se gestaron, sostuvieron, recrearon y consolidaron desde el clima familiar de la obra salesiana! La educación formal e informal, su tarea en el centro y en la periferia, la obra del aula, del templo, del campamento, de la reunión, todo se dirige a pensarnos como familia.

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¿Cuál es la clave de este servicio que se traduce en alegría, como bien señaló la Sra. Ministra de Educación de la Provincia, Prof. Adriana López Figueroa? La clave la da el lema de Don Bosco: “da mihi animas, caetera tolle”. Se trata de la expresión de un amor entrañable por cada persona “animas”. Se trata de un servicio al joven y al niño basado en una relación cordial “da mihi”. Se trata de educar “cor ad cor” en el decir del Cardenal Newman. Se trata de tomar en serio lo que leemos en el Oficio de Lecturas de la liturgia de las horas del 31 de enero: “Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús… y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio… Son hijos nuestros…tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro como conviene a unos padres de verdad” [1]

IV

Permítanme ahora agradecer, continuando el gozo de Mons. Matías Linares al recibirlos, tres dones que quiero destacar sin negar los muchísimos que ustedes dieron a esta comunidad: la inserción eclesial de los salesianos, siempre abiertos a atender a todos, sus exalumnos están en el corazón de las tareas parroquiales y arquidiocesanas. Hay sacerdotes del clero secular que son sus exalumnos y, como si eso fuera poco, durante algo más de tres décadas dirigieron el Seminario Metropolitano “San Buenaventura”. Esto en primer lugar. Pero además quiero agradecer el servicio a la promoción humana del varón y de la mujer salteña. Ustedes han favorecido la movilidad social ascendente de la sociedad de nuestro medio respondiendo con creces a la preocupación que anidaba en el corazón de aquellos pioneros de 1880. Y, por último, quiero agradecerles los dos señores arzobispos que dieron a la Iglesia particular de Salta, Mons. Roberto José Tavella y Mons. Carlos Mariano Pérez. Medio siglo de la historia están cubiertos por sus figuras de pastores sabios y fieles.

Termino pidiéndoles que no dejen de acompañarnos en la tarea de asumir el desafío de la educación como servicio imprescindible a la verdadera inclusión social teniendo como meta un saber que sabe para qué sabe, una ciencia que camina de la mano de la conciencia, un conocimiento que se dirige al servicio y a la convivencia y no al dominio y a la anulación.

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Les rindo mo homenaje de gratitud por Ceferino Namuncurá, por Laurita Vicuña y por Artémides Zatti. Por tantos que nos dieron tanto en esta Salta y en el país. Con ustedes levanto mis ojos al cielo y digo: “Todo lo ha hecho Ella” y desde su Corazón maternal, conectando con el gozo de Mons. Linares que los esperó 20 años hoy les digo: Gracias por estos cien. Que el Señor los bendiga con vocaciones salesianas entusiastas para otros muchos cientos de años más. Gracias.

50° Aniversario del fallecimiento de Mons. Roberto José Tavella Misa concelebrada en la Catedral Basílica de Salta Martes 21 de mayo

Queridos hermanos:

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En este año de la Fe, en un momento en el que experimentamos fuertemente el misterio de la Iglesia: a lo que significó la renuncia del Papa Benito XVI y la posterior elección del Papa Francisco, se agrega en nuestra arquidiócesis la ocasión de poder celebrar el cincuentenario de la muerte de M ons. Roberto José Tavella, quien ha sido el primer arzobispo de Salta. Cuando esta diócesis de Salta fue elevada a la categoría de arquidiócesis en el año 1 934, después de la renuncia de M ons. Campero, el Papa Pio XI eligió a Mons. Tavella para que fuera el primer arzobispo de Salta. En estos días, mostrando la grandeza y la fecundidad de su figura, una serie de instituciones vinculadas con él, ya sea por origen o porque tomaron su nombre, le rinden su homenaje, recuerdan aspectos de su personalidad y los aportes que la riqueza de la misma ofreció a la Iglesia de Salta, de la cual aún nosotros hoy podemos disfrutar y experimentamos el compromiso de continuar con esa tarea. Entre las obras de este gran arzobispo se destacan el Instituto de Humanidades, del cual va a nacer el Bachillerato Humanista y, posteriormente, ya como la última ofrenda o el canto del cisne, la creación de la Universidad Católica de Salta. Mons. Tavella firma el decreto de creación de esta casa de altos estudios dos meses y dos días antes de morir, cuando ya con el cáncer estaba bastante avanzado y habiendo mediado un viaje a Roma, con muchas dificultades de la salud, para obtener el permiso y crear la universidad. Pienso que el fruto de su obra, que se descubre en la permanencia de las instituciones que creó y de l a s decisiones que tomó, revelan que ha sido verdaderamente un buen pastor.

Mons. Tavella cuando vino a Salta era un muy joven arzobispo y se enamoró del Señor y la Virgen del Milagro,contribuyendo a la purificación y profundización de esta devoción en nuestra arquidiócesis. Creó parroquias, se preocupó por la creación de la diócesis de Orán en el año 1961. Su gran amor por la Acción Católica lo llevó a trabajar

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fuertemente por la misma y hacer de esta institución una "avanzada misionera y evangelizadora" en nuestra ciudad y más allá. Sn alma salesiana se tradujo en ese amor especial por la educación, que lo llevó a ver en la misma la mejor manera de servir a Salta, a quien quería cada vez más. Quería que el salteño creciera en formación intelectual y pudiera crecer en participación social y ciudadana, porque solamente hombres capaces de recorrer el camino que lleva a la verdad, serán verdaderamente libres, solidarios yciudadanos que estén dispuestos a transformar la sociedad para el bien. La elección del Bachillerato Humanista revela un pensamiento en el cual, adentrarse en el conocimiento del latín y del griego, ayuda al estudiante que se forma en la escuela a razonar y a pensar y acelera el camino hacia la verdad que nos atrae, porque se aprende a conocer. Todos estos gestos, sumados a la frescura del testimonio que nos pueden brindar aquellosq ue lo conocieron revelan que ha sido -repito- un buen pastor. Por eso el fruto sigue, se ha convertido en un árbol, en sus ramas se han confiado jóvenes; a su sombra descansan hogares y se proyectan vidas. Y todo esto ha sido vivido en ese estilo que tenía monseñor Tavella, que descubrimos en el Evangelio del día de hoy, cuando Jesús enseñándoles a sus discípulos, les habla sobre su Pasión, Muerta y Resurrección encontrando en ellos descuido y preocupación por ver quién era el más grande. El Señor enseña que quien quiera ser primero, debe hacerse último de todos y el servidor de todos. Monseñor Tavella fue un servidor de esta Salta a lo largo de los veintiocho años de ministerio episcopal. Fue un verdadero servidor, que se fue despojando de todo lo que era tener para poder servir, para ayudar a ser a los demás. Me parece haber escuchado ayer de la Sra. Fanny Lola Pereyra Rozas de André que “él fue un príncipe en su forma de ser y un mendigo en su manera de vivir”. Es interesante que los últimos pensamientos que han sido grabados en los recordatorios de su muerte haya un recuerdo especial que nos invita a amar la pobreza. Esto habla de la grandeza en su figura, y en particular, de su actualidad. Grandeza porque todo lo que hizo con porte de hombre digno, lo hizo con una gran austeridad que le dio coherencia, y actualidad, porque en un momento de la crisis del hombre, como dijo el Papa Francisco, sólo la capacidad de los cristianos de aportar un estilo austero, puede sanear los vínculos desgastados por una injusticia, que sólo propicia

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constantemente el tener más, acumular más y someternos a la avaricia. Él fue un hombre austero, honesto. Incluso el Dr. Oscar Cornejo (padre) que lo atendió al final testimoniaba que, en el final de sus días, hubo que comprarle sábanas. Es bueno que sepamos que la grandeza pasa también por ahí y cuando uno es capaz de desposeerse como hizo él, sostiene la calidad del fruto. Me parece que el fruto que reconocemos a cincuenta años de su muerte muestra en la calidad de su entrega, expresada en estos gestos. Queridos chicos y jóvenes, que son los beneficiarios de Mons. Tavella, sepan descubrir en él una estrella, un estímulo para caminar con esa pasión por Jesús, por el Evangelio y por la patria, caminar para ser hombres y ciudadanos de primer nivel como lo fue él. Como hijos de la Iglesia le agradecemos a Dios este hijo de la Iglesia, que forma parte de las mejores páginas de la historia de la Iglesia Argentina y sin lugar a dudas, de la mejor página de la historia de Salta.

+Mons. Mario Cargnello Arzobispo de Salta

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Mons. Roberto José Tavella a cincuenta años de su muerte

El Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta se adhiere a los homenajes a su Fundador, S.E.R. Mons. Roberto J. Tavella al conmemorarse en el día de la fecha los cincuenta años de su muerte. Es muy amplia y por todos conocida la enorme labor desarrollada por este insigne pastor que tuvimos la inmensa dicha de tener en Salta y a quien pude conocer y tratar personalmente, pero quiero referirme, por razones de tiempo, solamente a algunos aspectos de su vida, sin olvidar su inmensa tarea como educador y pastor, que ha sido destacada en otros actos. Mons. Tavella fue el décimo y último vástago del matrimonio formado por Jerónimo Tavella y Rosa M alvasio, quienes desde la itálica Liguria, arribaron a nuestras tierras y se radicaron en Concordia (Entre Ríos) junto con la mayor de sus hijos en 1877. En ese lugar entrerriano, al que mucho amaba, nacería el futuro arzobispo de Salta el 26 de Febrero de 1893, quien recibió las aguas bautismales el 2 de Abril del mismo año de manos del Pbro. .José de García, siendo apadrinado por su hermana Asunción y su primo Ricardo Tavella. Cursó sus primeras letras en su ciudad natal para luego trasladarse con su familia a Buenos Aires, siendo matriculado en el Colegio Parroquial San Juan Evangelista, dirigido por los padres salesianos, pasando luego al Colegio Don Bosco, de la misma congregación, ubicado en calle Solís 252. Allí, a corta edad, nacería su vocación religiosa, que comienza a concretarse con su ingreso al aspirantado salesiano de Bernal en 1905. Luego de cursar sus estudios eclesiásticos fue ordenado sacerdote el 25 de Mayo de 1918 por M ons. Francisco Alberti en la cripta del Santuario de María Auxiliadora y en presencia de su querida madre, Da. Rosa Malvasio de Tavella. Ejerció su ministerio sacerdotal en Bernal, San Nicolás de los Arroyos y finalmente en Buenos Aires, sin olvidarse nunca de la docencia, porque, como dice el Padre Seage en su biografía "para él dictar clase era vivir; lo hacía con intenso placer yvigor. Los ojos le brillaban y eran el centro hacia donde convergían las miradas de los oyentes." Y agrega "que algo parecido pasaba con su predicación; claridad, sencillez y simultáneo fervor y profundidad".

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Llegamos así al año de 1934 en que tuvieron lugar tres acontecimientos que fueron trascendentes en su vida; en primer lugar la canonización del Fundador de los Salesianos, San Juan Bosco; luego la realización del XXXIV Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, que tuvo por Legado Pontificio al entonces Cardenal Eugenio Paceli, luego Papa Pío XII y por último su designación para ocupar el cargo de primer Arzobispo de Salta, en la recientemente

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elevada a sede arzobispal, por mandato del Papa Pío XI. La bula de designación fue del 22 de Setiembre de 1934, siendo consagrado Obispo el 17 de Febrero del año siguiente en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires por el Sr. Nuncio Ap ostólico Mons. Felipe Cortesi, asistido por los Arzobispos de Buenos Aires, Mons. Santiago Luis Copello, y de Córdoba, M ons. Fermín Laffite. Tomó posesión de la Arquidiócesis de Salta acompañado por una gran cantidad de fieles el 24 de Febrero de 1935, desempeñándose como Arzobispo hasta su muerte ocurrida hace hoy cincuenta años. El primer aspecto que quiero resaltar es su afición por la historia, que ya aparece en la redacción de los tres únicos libros por él escritos, y que son "La Historia de la Patria" de 1920, dirigido a los docentes, "Las M isiones Salesianas de La Pampa", con relatos muy valiosos sobre la conquista del desierto y que aparece en 1924 y por último la biografía titulada "Monseñor Santiago Costamagna, Memorias Biográficas'' de 1926. Según su biógrafo después no tuvo tiempo suficiente para dedicarse a escribir. Pero la obra más importante en este campo de la historia es la fundación del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, que continúa con sus inquietudes históricas. Cuando Mons. Tavella llegó a Salta encontró campo propicio para desarrollar su amor por la historia y así convocó a selecto un grupo de intelectuales que, luego de algunas reuniones, le propuesta para la creación de un institut presentaron una o de historia, acompañada de un proyecto de estatutos. La fundación se concretó el 7 de Junio de 1937 con la firma del Decreto que daba nacimiento al Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. El mismo lleva el nombre de los dos Apóstoles Patronos de la fundación de la Ciudad de San Felipe de Lerma, luego Salta.M erece destacar, porque muestra su manera de pensar, uno de los considerandos del decreto que dice "siguiendo la tradición de la Iglesia, a cuya sombra han brotado todas las iniciativas y los esfu erzos de nuestra civilización". En el artículo segundo del decreto de en número fundación designa los M iembros Titulares y Fundadores, de once en los que incluye a ilustres personas del medio, ocupando el sillón nº 12 el mismo Mons. Tavella. En el tercero hace lo propio con la primera ComisiónDirectiva, que durará un año en sus funciones, y que estuvo integrada por: Presidente, General Ricardo Solá, Vice-Presidente, Dr. Atilio Cornejo, Secretario Pbro. Miguel Ángel Vergara y Tesorero, Ing. Rafael P. Sosa. La primera Sesión Pública del recientemente

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fundado Instituto fue en San Francisco el 19 de Setiembre de 1937 con un homenaje a los vencedores de Humahuaca de 1837. El Instituto sigue con su labor hasta el momento presente, participando en actividades de

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su competencia con otras instituciones del país, especialmente con las de la región del NOA y con la Academia Nacional de la Historia. Hasta ahora lleva publicados 49 Boletines además de otras obras de carácter histórico. El otro aspecto que quería destacar es el cálido hombre que existía detrás de tan insigne persona expresado en su culto a la amistad y su apego a la familia, de lo cual yo puedo dar testimonio por haberlo visto personalmente, teniendo gratas vivencias de sus veraneos en la casa de mi abuela en Río Blanco, donde tenía un cuarto especialmente reservado a él. Allí le encantaba escalar los cerros, organizando paseos de los que participábamos chicos y grandes y donde aprovechaba para impartir su catequesis y sus enseñanzas, que eran recibidas por todos. Recuerdo especialmente cuando se llevó procesionalmente una pesada cruz al cerro en reemplazo de otra que existía y que había sido derribada por un rayo; en el lugar indicado quedó plantada la nueva cruz y allí continúa hasta el día de hoy, siendo testimonio de la fe de los moradores. Con mis padres tuvo especial estima, siendo él quien l os casó. Esa amistad duró hasta los últimos momentos de su existencia, ya que mi padre estuvo al lado de su lecho de muerte, siendo testigo del ejemplo de humildad y pobreza que nos legó M onseñor con su vida puesta al servicio del pueblo de Dios a él confiado y también con su muerte, que, en sus palabras, nos exhorta a no llorar porque se va al encuentro del Padre, y a tener confianza no temiendo a la muerte, esperándola con paz y alegría. Estos son conceptos que solo pueden expresar las almas grandes, que no debemos olvidar y cuyo ejemplo tenemos que difundir, especialmente en estos tiempos, tan apegados a los valores mundanos, donde se prioriza el tener y el mostrar en contrapartida con la austeridad de vida, que fuera la característica de nuestros mayores. Antes de terminar mis palabras de homenaje a Mons. Tavella quiero recordando especialmente a quien lo acompañara durante mucho tiempo y que fuera su secretario privado y familiar, el anteriormente mencionado Rdo. Padre Arsenio Seage, sacerdote salesiano, el que se desempeñara con gran amor y con una brillante labor como Secretario del Instituto de San Felipe y Santiago desde 1982 hasta 1986, en que renuncia por razones de salud, y que escribiera una biografía en tres tomos del Primer Arzobispo de Salta. Concluyo con un profundo agradecimiento, tanto en lo personal por las enseñanzas recibidas, como en lo que me toca como miembro del Instituto de San Felipe y Santiago, por tanta obra y tan impresionante legado que de forma sencilla pero cabal nos dejó nuestro queridísimo M onseñor Tavella, a quién deben recordar todas las generaciones venideras de Salta.

27 Palabras pronunciadas por Oscar Cornejo Torino, Secretario del Instituto de San Felipe y Santiago, el día martes 21 de Mayo de 2013 ante el busto de Mons. Tavella en Paseo Güemes

Mons. Roberto José Tavella

Pbro. Carlos Escobar Saravia

I: Breves referencias biográficas.

Los padres de Mons. Roberto José Tavella, Jerónimo Tavella y Rosa Malvasio, llegaron a Entre Ríos hacia el año de 1877. Provenían de la región italiana de Liguria y los acompañaba su primera hija de nombre Carmen. Se establecieron en cercanía de Concordia, en cuatro hectáreas que les había conseguido Antonio Malvasio, hermano de Rosa Malvasio. Allí nacieron los primeros hijos americanos: Antonia, Juan, Luis, Asunción, Rosa y Herminio. Preocupados por la educación, de sus ya numerosos hijos, decidieron establecerse en Concordia, pero sin renunciar al primer asiento argentino, que se mantuvo al cuidado de su padre. Allí nacieron los tres últimos miembros de la familia: Ernesto, Emilio y Roberto José. El último de los hijos, Roberto José, nació el 26 de febrero de 1883. Fue bautizado el 2 de abril de 1893 por el Pbro. José de García, en la Parroquia de "San Antonio de Padua". Sus padrinos fueron: Ricardo Tavella, primo hermano y su hermana Asunción. Su padre, que atendía el viñedo, viajaba en su carreta a Concordia todos los fines de semana para compartir la "misa dominical" con toda la familia. Lamentablemente, murió a los 54 años de edad, el 7 de agosto de 1896, como consecuencia de un inesperado accidente, cuando su esposa contaba 45 años y su hijo José Tavella apenas tenía 3 años y medio. Su Confirmación fue llevada a cabo el 25 de noviembre de 1899 por Monseñor Rosendo de la Lastra, Obispo de Concordia, en circunstancias de una visita pastoral a la nueva residencia de su familia.

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II: Referencias sintéticas acerca de la formación intelectual de Mons.: Roberto José Tavella.

El primer contacto escolar del niño Roberto José recuerda a la "Escuela Municipal" de Concordia. En ella cursó exitosamente su Primer Grado. A su segundo grado lo cursó en la Escuela Nacional de Concordia, donde la mayoría de sus compañeros eran de origen vasco. Ya en 1902, cuando Roberto José cumplía 9 años, su madre decidió establecerse en Buenos Aires, con la finalidad de asegurar la educación de sus hijos. Su nuevo domicilio fue el tan famoso "Barrio de la Boca del Riachuelo". En tal circunstancia el educando Roberto José tuvo su primer contacto con la Congregación Salesiana, que había desembarcado en "América Latina", hacia los años finales de 1875. En un marco pleno de crisis conceptual y de desajustes culturales, prosigue su formación en el Colegio Salesiano, que abriera sus puertas en 1877. Ha tenido como primer maestro al padre Serafín Santorini, quien lo ha preparado para su Primera Comunión, llevada a cabo un 8 de diciembre, fiesta litúrgica de la "Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen". A esa altura, de diez años de vida, el propio padre Santorini, aconseja a su madre que lo inscriba en el aspirantado del Colegio Don Bosco de Bernal. En esas aulas cursó el quinto grado, con especial dedicación al estudio de la "Gramática Castellana" y de la "Gramática Latina". En 1906, aprueba el sexto grado y rinde, corno libre, un "Curso de Humanidades". Ya a los cinco años de aspirantado y a los 16 años de edad, solicita ingresar al Noviciado de la "Congregación Salesiana". Su solicitud es aceptada el 2 de febrero de 1909. En el año 1911, concluye con sus estudios de Filosofía y obtiene el título de "Maestro Normal Nacional". Ya en 1912 inicio la actividad docente al frente del sexto grado en el Colegio Salesiano de Bernal. Desde el comienzo del año 1915, pasa a integrar el cuerpo docente y directivo del "Colegio Salesiano Pío IX" de Buenos Aires, lo que le permite su graduación corno "Profesor Nacional en Letras y Ciencias"

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Finalmente: el 25 de mayo de 1918 es ordenado Sacerdote por Mons. Francisco Alberti, Obispo Auxiliar de Buenos Aires, una solemne y multitudinaria ceremonia que se llevó a cabo en la Cripta del Santuario de María Inmaculada". Su "Primera Misa" se llevó a cabo el 2 de julio, del ese mismo año de Ordenación, en la "Capilla Mater Misericordiae", del colegio Don Bosco. Sin embargo, no detiene su proceso de maduración intelectual. Despliega, pues, al contrario, una vida activa de lectura, de estudioso, de docente, unida a una infatigable acción social corno "asesor" de sus alumnos y de un "Círculo Católico de Obreros". Ya en esa etapa se distingue por asumir una franca defensa de la Tradición Católica Argentina que era cuestionada por una generación qu e fue ya integrada por políticos, gobernantes y pensadores, que respondían a la Corriente Cosmocentrista, puesta en marcha en el siglo XV, vale decir, en los comienzos de la Edad Moderna. Ha sido, justamente, esa lucha la que ha templado en él su profundo e irrenunciable sentimiento nacional y latinoamericano, que debió obrar como centro de inspiración en el momento de sus grandes fundaciones educativas. Por lo demás, en esa etapa, que recorre los años de 1920 a 1926, recibe la designación de "Consejero Escolar Salesiano", que lo mueve a acreditar su prestigio como escritor con sus siguientes obras: "Historia de la Patria", "Las Misiones Salesianas de La Pampa" y la "Biografía de Monseñor Santiago Costamagna", escritas hasta con referencias patrióticas. Poco tiempo después, en 1927, pasa del Colegio Salesiano de Bernal, a desempeñar el alto cargo de director del "Colegio Don Bosco" de San Nicolás de los Arroyos, a orillas del Paraná, el "Sagrado Río" que ostentaba ya el privilegio de haber sido contado por Manuel José de Lavardén, en su famosa "Oda al Paraná". Este nuevo destino ha invitado, al padre Roberto José Tavella, a desplegar una importante tarea organizadora de los estudios salesianos; ideológica, con la transmisión de su pensamiento argentinista e hispanista; docente, con sus clases, principalmente de Filosofía y, hasta cierto punto, política, con la difusión pública de sus convicciones doctrinarias. Por ejemplo, a su personal iniciativa se atribuye el traslado a San Nicolás de la "Acción Católica" (que fuera fundada en 1931), y a la que veía como adecuado escudo de defensa frente a las amenazas laicistas, anticlericales, y de indiferencia religiosa, que sembraba, como al voleo, el "liberalismo" abroquelado en la "Idea hombre-individuo", del Empirismo del siglo XVII, que Inglaterra aportaba a la "Cultura Occidental" en la modernidad.

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Justamente esa idea o definición de hombre, distinta y contrapuesta a la tradicional, había avanzado por la Argentina con la disimulación de la "España Borbónica", a partir de la coronación de Felipe V (Duque de Anjou), nieto de Luis XIV.

Ello, justamente, explica la participación de la "Dinastía Borbónica", en dos acontecimientos trascendentales de la vida americana y argentina. Por un lado, la "Expulsión de la Compañía de Jesús", en 1767, por Carlos III, pero por instigación de los "ministros masones": el Conde de Aranda, el Marqués de Floridablanca, el Conde de Campomanes y Esquilache. De otro lado, ya en pleno siglo XX, la implementación del laicismo en la "Enseñanza oficial Argentina", bajo el poderoso impulso masónico de Eduardo Wilde, con la sanción de la Ley 1420, denominada de "Educación Común", cuyo artículo octavo se daba el lujo de copiar a la "Ley Ferry" de Francia. En esa etapa, su personalidad ha sobresalido por la defensa y afirmación de la tradición cristiana, que había remansado en la Argentina y que era fuertemente vilipendiada por una generación burguesa de políticos, de gobernantes y de escritores. Tales fueron las encrucijadas que le permitieron madurar su profundo sentimiento argentinista e hispanista, que traía desde los orígenes de su formación intelectual. Culmina esa instancia cronológica de su vida, la designación como "Consejero colegial Salesiano", a la que incorpora su actividad como escritor, entre 1920 y 1926, cuando publica sus tres conocidas obras: "Historia de la Patria", "Las Misiones Salesianas de La Pampa" y la "Biografía de Mons. Santiago Costamagna",.... de referencias patrióticas. Poco tiempo después, en 1927, pasa del Colegio Salesiano de Bernal, a ocupar la dirección del Colegio Don Bosco de San Nicolás de los Arroyos. Pero, ya el 11 de septiembre de 1934, su nombre preside una terna para el Arzobispado de Salta, que acompañan los nombres del Pbro. Miguel Ángel Vergara y de Dionisio Napal. La misma es elevada en esa fecha a la Nunciatura Apostólica por el Senado de la Nación. Finalmente, el 20 de septiembre de 1934, el Papa Pío IX, firma en Roma la designación del Padre Roberto José Tavella, como primer Arzobispo de Salta, en reemplazo de Mons. Julio Campero Araoz, que había renunciado en julio de 1934, por motivo jubilatorio.

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La Ceremonia Consagratoria se cumple el 17 de febrero de 1935, en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, en un acto conjunto para las Diócesis de Catamarca, de Jujuy y de Viedma.

IV: Presentación del pensamiento de Mons. Roberto José Tavella.

Fueron múltiples las aristas que han confirmado la personalidad humana e intelectual de Mons. Roberto José Tavella. Entre ellas, en forma sintética, se pueden distinguir las siguientes:

Primera: Una profunda formación humanista.

El humanismo representa una corriente intelectual y cultural que hace su aparición en el siglo XV y que recorre la historia moderna como línea paralela al "Cosmocentrismo" (que también nace en el siglo XV), pero con la pretensión de sustituir a Dios por la

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"naturaleza" o "mundo físico", como centro de gravedad vital del hombre, de la vida, de la cultura y del pensamiento. Uno y otro arma su cronología como respuesta a su origen genético. Así, al tiempo que el "Cosmocentrismo" avanza a caballo del laicismo, vale decir, que abre un progresivo distanciamiento del hombre con relación a Dios; El humanismo retoma el hilo de la "Cultura Occidental Cristiana", que representaba como la "alma madre" de la Civilización Occidental, desde su nacimiento en el siglo VI, a cargo del Papa San Gregorio Magno (Número 46 de la sucesión apostólica), al ordenar el grandioso plan misionero de "conversión de los bárbaros" (dueños de Europa desde la "caída de Rómulo Augústulo, bajo el filo de la espada Odoacro, Rey de los Hérulos. Segunda: una firme convicción nacional e hispanista que, a estar por investigaciones de última generación, había labrado su acta de nacimiento, con el nombre de ''Nacionalismo Católico" en las controvertidas jornadas del "Primer Congreso Pedagógico Argentino", celebrado durante las segunda presidencia de Julio Argentino Roca, cuando Eduardo Wilde era Ministro de Educación. Justamente fueron esas tendencias doctrinarias, opuestas a la tradición greco-latina y cristiana del mundo de occidente,, enrolados en la "Nueva Era", que ya decidían la vida, el pensamiento y la cultura del siglo XX, las que promovieron la aparición de esa ilustre epopeya de pensadores y escritores Hispano-Americanos que, desde 191O hasta nuestros días, ha merecido ser llamada, por Francisco Romero, "Generación de los Fundadores". Monseñor Roberto José Tavella ha pertenecido a ella, por derecho propio, en base a sus ideales doctrinarios, puestos en evidencia en sus memorables fundaciones educativas, durante su gobierno arzobispal en Salta. Tercera: una irrenunciable inclinación por la enseñanza, que era un carisma prácticamente definitorio de la Congregación Salesiana. Pero, cabe agregar, para "hacer verdad" conforme al decir del padre Leonardo Castellani, que Mons. Roberto José Tavella veía a la Educación en términos de único medio o instrumento disponible para encarar un trabajo recuperador del pasado cultural Greco-Latino y Cristiano, que había incorporada a la Civilización de Occidente, el Papa Gregorio Magno, desde el año 590, hasta fines del siglo XVII, etapa cronológica en la que la Dinastía Borbónica había sustituido a la Dinastía de los Austrias en el trono de España. Así, por impulso propio de la Espiritualidad Salesiana, pero con el insalvable agregado de su concepción intelectual, decididamente

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humanista, Mons. Roberto José Tavella brinda al país las siguientes fundaciones salteñas: I)

"Instituto de Estudios Históricos San Felipe y Santiago":

Cabe afirmar que la finalidad concreta de esa institución no miraba a ser una escuela de formación más, sino una suerte de avanzada llevada a cabo para verificar críticamente la verdad de la "Historia Latinoamericana", en general y de la Historia de Salta en particular. Lamentablemente no ha tenido seguidores que lo hayan entendido en la profundidad de su pensamiento y de sus preocupaciones. II)

"El Instituto de Humanidades":

Se trataba de un centro de estudios de nivel terciario, destinado a la preparación docente que conformaban la llamada: "Área clásica", la "carrera de Historia"; la "carrera de Letras"; la "carrera de Filosofía" y la "carrera de Religión o Teología". Sus planes de estudio contaban con la inclusión de la "lengua griega" y de la "lengua Latina", que postulaba la "Generación de los Fundadores", como una herramienta crítica más, contra el Positivismo. Por desgracia, esta fundación ha sufrido violentos embates políticos, que la han clausurado. III)

"El Bachillerato Humanista Moderno".

Es una fundación educativa de nivel secundario que ha surgido como de las cenizas del Instituto de Humanidades. Se mantiene aún en actividad, a pesar de la Ley 24.195, denominada "Ley Federal de Educación", que responde a los ideales culturales de Flacso, y ha sido sancionada en abril de 1992. La originalidad del Bachillerato Humanista Moderno, ha consistido en el intento de realizar el sueño de José Vasconcelos y de Enrique Rodó (preclaros miembros de la Generación de los Fundadores) con la inclusión de la Lengua Latina y de la Lengua Griega, en su plan de estudios. Otro rasgo propio ha sido la aplicación de una estructura educativa de siete años en lugar de los cinco años de la enseñanza oficial.

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Con este Instituto, Mons. Roberto José Tavella, abrigaba la esperanza de iniciar un reencuentro formativo con la "memoria de las raíces" o "el rescoldo del corazón", conforme a dos brillantes metáforas del actual Papa Francisco. IV)

"La Universidad Católica de Salta".

Se trata de una fundación de Nivel Universitario, vale decir, del más alto Nivel Educativo. Sus múltiples carreras profesionales ostentan, como nota distintiva una "estructura pedagógica", denominada "Estudios Generales". La integraban las llamadas "Artes Clásicas", que comprendían la Lengua Griega, la Lengua Latina, la Filosofía y la Teología, que rememoraban, con sentido moderno el antiguo "Trivio" medieval. Justamente esta Universidad, con sus "Estudios Generales", estaba llamada a cumplir la trascendental misión de formar la mentalidad de los profesionales santeños con los ideales o valores de la "Tradición Occidental Cristiana", que bajaba por la línea del Humanismo, en forma paralela al "Cosmocentrismo Laicista" del siglo XV.

Epílogo:

Estas expresiones finales, tienen el sentido de agradecer a la "Comisión de Homenaje a Mons. Roberto José Tavella", la oportunidad que me han brindado para hacer público mi reconocimiento a su persona. Precisamente debo a Él, el despertar de mi vocación al Sacerdocio y el haber podido compaginar mi específico ejercicio pastoral y parroquial con la docencia, ya en el "Instituto de Humanidades", ya en el "Bachillerato Humanista Moderno", ya en el "Colegio Nacional de Salta", ya finalmente, en la "Universidad Católica de Salta".

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Consideraciones sobre la Batalla de Tucumán Elena Perilli de Colombres Garmendia

Los años pasan, las generaciones se suceden y lo que unos sabían, otros lo ignoran, o ya no lo conocen bien. Es necesario, de tiempo en tiempo, volver a contar, desde un comienzo los hechos del pasado. Por eso agradezco la invitación del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta para recordar, con algunas variantes, la acción tucumana del 24 de septiembre del año 1812. Esta batalla tiene, desde luego para la causa de la revolución, una importancia y trascendencia excepcionales. Pero como simple acción de armas está llena de aspectos notables, que no son simplemente militares. Por lo pronto hay que considerarla en su contexto porque ella solo es el primer acto del triunfo argentino en el norte, al cual sigue la batalla de Salta, triunfo criollo que es para los españoles de arriba su derrota del sur, en dos etapas: la de venida y la vuelta. Por otra parte, las batallas de Tucumán y Salta son las únicas de carácter campal dadas contra los españoles en el suelo argentino. Y esto, ya les asigna un significado singular. Situación Nacional Iniciado el movimiento revolucionario de mayo, sus conductores debían imponerlo en las ciudades del interior, venciendo a las fuerzas realistas que dominaban en el Alto Perú y en Montevideo. La idea era apoyar los movimientos revolucionarios preexistentes y lograr el reconocimiento de las cuatro intendencias alto-peruanas a la Junta de Mayo. En realidad, se confiaba mucho en la predisposición de la población indígena que por el recuerdo de la sublevación de Tupac Amaru guardaban un viejo rencor a la dominación española. Al comienzo, el comando de ese ejército fue asumido por Juan José Castelli, secundado por el coronel Juan Ramón Balcarce. Las acciones militares comenzaron en octubre de 1810 y tras el primer rechazo de las tropas realistas en Cotagaita, tuvieron un importante triunfo en la batalla de Suipacha. Tal situación permitió el acceso al Altiplano donde

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contaban con el apoyo de sectores revolucionarios y de algunos grupos de indígenas. Sin embargo, esta situación auspiciosa terminó en un desastre en el que influyeron diversas causas y que se expresó en la derrota de Huaqui, en junio de 1811. Las bajas sufridas por los patriotas fueron enormes y la más grave de las consecuencias fue que permitió a los realistas penetrar en la región del noroeste argentino. Desde esta perspectiva, Tucumán se convirtió en un centro clave para el acceso a la llanura pampeana[2]. La acción patriota se vio dificultada por problemas internos originados en la falta de armas y de otros elementos para luchar contra el enemigo superior en hombres y equipos. Otra dificultad era la crisis del poder central, nacida cuando el Primer Triunvirato sustituyó a la Junta Grande, sin el consentimiento de las ciudades que le habían dado origen. El nuevo gobierno actuó pensando que lo más apropiado para salvar la revolución era defender Buenos Aires y el Litoral, descuidando al norte, donde los españoles avanzaban peligrosamente conquistando grandes extensiones de nuestro territorio. Esto ocasionó grandes problemas. Luego de la derrota de Huaqui y de la ocupación de las ciudades de Salta y Jujuy por las tropas españolas comandadas por el general Pío Tristán, la acción española se dirigió a aplastar la desobediencia contra el Rey. Se trazó un plan de acción que consistía en vencer a las tropas patriotas en el norte y unir en un eje el Alto Perú con Montevideo, eran los dos centros fieles a los españoles. Así podían recibir por el Océano Atlántico o por el Pacífico, hombres y armas, enviados directamente desde España. Situación regional Las provincias del Norte apoyaron desde el primer momento al ideal de mayo. Cuando llegó a ellas el Ejercito Auxiliar del Perú, integrado en sus comienzos por cuerpos militares porteños se incorporaron luego voluntarios de diferente procedencia. Las provincias del interior contribuyeron eficazmente a su organización brindándole hombres, alimento y caballería. Tras la derrota de Huaqui, nuestras tropas quedaron desmoralizadas y casi sin posibilidad de reorganizarse por la persecución que hacía el ejército

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español. En esta situación se hizo cargo Manuel Belgrano. El Triunvirato vio en él al hombre que podía afrontar con éxito la caótica y delicada situación que amenazaba a la revolución. Dice José María Paz en sus Memorias, que Belgrano después de haberse hecho cargo de los restos del ejército patrio, tras la derrota en el Desaguadero, se retiraba de Jujuy en dirección a Tucumán. Pese a la inferioridad de condiciones, con Pío Tristán pisando sus talones, lograba mantenerse sereno y valeroso. Con ello y con su palabra logró que sus soldados no diesen señales de pánico. Según Paz, Belgrano “jamás desesperó de la salud de la patria” y su valor en las campañas era a toda prueba. Buscaba siempre avanzar sobre el enemigo y perseguirlo y si este era el que avanzaba, procuraba hacer alto y rechazarlo. Paz lo comparaba con Aráoz de Lamadrid y advertía que Belgrano no tenía “el arrojado valor de un granadero” sino que su valentía era más bien cívica que guerrera, “al estilo de los senadores romanos que perecían impávidos en sus sillas curules”. Belgrano procuró levantar la moral de los hombres e imponer disciplina, consiguió armas y vestimentas, creó un hospital de campaña, consiguió la provisión de alimentos, entre otras medidas. En Jujuy donde la población se hallaba disconforme con el accionar del Ejército y con las autoridades porteñas, Belgrano logró encauzar la situación Cabe recordar que Jujuy, Salta, Tucumán tenían una relación muy estrecha con las intendencias y gobernaciones del Alto Perú. Hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata y la apertura del puerto de Buenos Aires la relación comercial con España se realizaba a través del puerto del Callao. Además, muchos de los actores políticos de mayo se formaron intelectualmente en la Universidad de Charcas. Saavedra, natural de Potosí, había sido desplazado por un triunvirato porteño de la presidencia de la Primera Junta. El clima antiporteñista en esta etapa de la revolución influyó en las provincias significativamente. Belgrano demostró su capacidad política cuando se hizo cargo del ejército en Jujuy. Con sus acciones: aprovechó la celebración del segundo aniversario de la Revolución, condenó severamente a quienes mantenían vinculaciones con los realistas, desplegó la bandera creada en las márgenes

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del río Paraná, la bendijo. Con estas medidas y el encendido discurso al pueblo ayudaba a la creación de una conciencia nacional. Belgrano conocedor de la inferioridad numérica del ejército patriota y de armamentos obedeció al Triunvirato y ordenó, el 23 de agosto de 1812, el éxodo de la población de Jujuy, disponiendo la estrategia de “tierra arrasada” o sea destruir todo aquello que pudiera servir al enemigo. Belgrano y el Gobierno. A fines de febrero de 1812, el Triunvirato manejado por Rivadavia había ordenado a Belgrano lo siguiente: “Si la superioridad de las fuerzas de Goyeneche le hicieren dueño de Salta y sucesivamente emprendiese, como es de inferir, la ocupación de Tucumán, tomará VS anticipadas disposiciones para transplantar a Córdoba la fábrica de fusiles que se halla en aquel punto, como la artillería tropa y demás concerniente a su ejército”. La orden del gobierno implicaba dejar a Tucumán y Santiago inermes, desmantelando y desguarneciendo esta plaza para dirigirse a Córdoba. Después de la auspiciosa acción de Las Piedras, Belgrano escribió: “VS debe persuadirse que cuanto más nos alejemos, más difícil ha de ser recuperar lo perdido y también más trabajoso mantener la tropa para sostener la retirada con honor y no exponernos a una total dispersión y pérdida de esto que se llama ejército, pues debe saber cuánto cuesta y debe costar hacer una retirada con gente bisoña en la mayor parte, hostilizada por el enemigo con dos días de diferencia”. Y era hablar con conocimiento de las cosas. Pero el Triunvirato, ignorante de todo eso siguió machacando sobre la necesidad y la urgencia de que Belgrano se retirase a Córdoba. Tanto que, cuando este, desde el río Salí comunicaba con fecha 12 de septiembre que contando con el pueblo ya estaba decidido a presentar batalla, el Triunvirato insistía en la retirada. Belgrano escribía a Rivadavia el 14 de septiembre una misiva que resulta reveladora del ánimo del prócer a diez días de la batalla. Le cuenta que había informado al gobierno sobre su decisión de resistir a los españoles. “Sé que los enemigos se me acercan pero me dan tiempo para reponerme algún tanto y mediante Dios lograr alguna ventaja sobre ellos”, dice.

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Razonaba que “retirarme más e ir a perecer es lo mismo y poner a la patria en mayor apuro”. Además si lo hacía “perdemos para siempre esta provincia, aumentamos la fuerza del enemigo con buenos soldados y seremos el objeto eterno de execración”. Agregaba que “el último medio que me queda es hacer el último esfuerzo, presentando batalla fuera del pueblo, y en caso desgraciado encerrarme en la plaza para cumplir con honor. Esta es mi resolución, que espero tenga buena ventura, cuando veo que la tropa está llena de entusiasmo con la victoria del 3 (se refería a Las Piedras), que mi caballería a aumentado con hijos de este suelo que están llenos de ánimo para defenderlo”. No se hacía demasiadas ilusiones. “Cuando menos espero lograr que se salve todo lo perteneciente al Estado, dando lugar a que avancen las carretas mientras contengo al enemigo fijándolo en ese punto. Que preparándolo como lo estoy haciendo, tal vez vuelve a escollarse en él y sufrir, sino una total derrota, al menos en mucha parte”. Tenía claro que “algo es preciso aventurar, y esta es la ocasión de hacerlo. Felices nosotros si podemos conseguir nuestro justo fin y dar a la patria un día de satisfacción, después de los muchos amargos que estamos pasando”. En otra posdata hablando en tercera persona se quejaba: “Belgrano no puede hacer milagros, trabaja por el honor de su patria y por el de sus armas, cuando es dable; y se pone en disposición de defenderse para no perderlo todo; pero tiene la desgracia de que siempre se le abandone, o que sean tantas las circunstancias que no se le pueda atender. Dios quiera mirarnos con ojos de piedad y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas, que están llenos del fuego sagrado del patriotismo y dispuestos a vencer o morir”[3]. Táctica de Belgrano En su retirada Belgrano había llegado a la Casa de Yatasto y allí dejó el camino de la posta que venía por Trancas y torció a la izquierda siguiendo hacia Burruyacu, por el viejo camino de las carretas, que podía llevar a Santiago sin tocar la ciudad. Fue una estrategia para que Tristán creyese que abandonaba Tucumán y descuidase elementales precauciones de orden militar. Por otra parte, hizo creer a los tucumanos que se retiraría por Santiago sin defender la capital, poniendo a prueba su patriotismo y decisión.

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Se puso en condiciones de exigir a los patriotas tucumanos los mayores sacrificios en refuerzos de toda naturaleza para su ejército. A ello se agregaba que al cambiar el rumbo el ejército enemigo perdió todo contacto inmediato con el suyo. Muchos años más tarde el general Rudecindo Alvarado, en 1869, escribió una carta a una de las hijas del Coronel Bernabé Aráoz en la que se refería a la actitud del vecindario de ofrecer su concurso al Ejército del Norte, para que detuviera la retirada y enfrentara en Tucumán al enemigo. Alvarado narraba que se encontraba en Tucumán, a fines del referido año 12, cuando se supo que Belgrano con sus tropas venía retrocediendo desde Salta y Jujuy. El haber abandonado estas dos últimas provincias “envolvía la convicción de la superioridad de las fuerzas realistas, de la debilidad de los independientes y lo que era más afligente, se desconocía el punto hasta dónde podría ausentarse nuestro pequeño ejército, que bien podía temerse fuera hasta las márgenes del Plata” Fue en esos momentos de “melancólica expectativa que llegó a Tucumán el teniente coronel Juan Ramón Balcarce, desprendido del ejército, en comisión, de la fuerza del general Belgrano”. Este permanecía con sus tropas en La Encrucijada, lugarejo inmediato a La Ramada. A poco de llegar el comisionado dispuso que todos presentasen las armas que tuviesen”. Así se hizo, se le entregaron “las escopetas, sables, pistolas y hasta espadines de los cabildantes, de lo que se apoderó Balcarce sin más excepción que mi sable y pistolas”, que como oficial le fueron devueltos. La requisa, añade la carta, exaltó “los ánimos de los patriotas tucumanos y muy noblemente el del señor Bernabé, padre de Ud. en cuya casa se practicó una reunión de vecinos y se acordó por unanimidad nombrar una comisión cerca del comandante Balcarce”. La comisión debía manifestar a este el disgusto del vecindario por el hecho de desarmarle e inutilizarle los esfuerzos generosos que ofrecerían si el ejército se resolvía ayudarlos en su defensa. Alvarado, de 77 años, cuando escribía la carta recordaba que “la comisión nombrada en la reunión de vecinos estaba compuesta por Bernabé, el doctor Pedro Miguel Aráoz, y por mí, que vivamente secundaba el movimiento de defendernos”. En la entrevista con Balcarce este pidió mil hombres montados y una suma de dinero y Bernabé Aráoz, contestó que en lugar de 1000 hombres

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serían 2000 lo que ofrecía y en cuanto a la suma se completaría inmediatamente. Así fue como Belgrano, al contar con esos refuerzos resolvería, acaso tenía ya planeado hacerle frente en Tucumán, y Alvarado concluía su misiva diciendo “el patriotismo tan puro como heroico del padre de Ud, su bien merecida influencia en la provincia y los medios que nunca economizó en defensa de la patria, le dieron títulos de honor que ojalá hubieran sabido apreciarse…”. Fue una feliz coincidencia entre lo que pensaba Belgrano y la actitud del pueblo tucumano. La embajada de vecinos llegó al campamento de Belgrano y tras escuchar sus pedidos el general accedió a quedarse. Con esto, el rogado Belgrano, tanto o más decidido que sus rogadores, siguió con la tropa hacia nuestra ciudad. Casi en las puertas, el 12 de septiembre, desde las márgenes del Río Salí comunicó al gobierno central su decisión. Lo hizo adornándola con las siguientes palabras: “Son muy apuradas las circunstancias y no hallo otro modo que exponerme a una nueva lección, los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ello nuestro total crédito. La gente de esta jurisdicción se ha decidido a sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla, y de no, no nos seguirá y lo abandonará todo; pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, o para ganar tiempo a fin de que se salve cuanto pertenece al Estado. Cualquiera de los dos objetos que consiga, es un triunfo, y no hay otro arbitrio que exponerse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos que son obra del cielo, que tal vez empieza a protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en la Capital”. Después de mandar esta nota, Belgrano entró a la ciudad y comenzó los preparativos de la defensa. Suponía que tenía muy poco tiempo, un par de días, pero Tristán creyó, al parecer, que Belgrano se retiraba poco menos que huyendo. Y así no tuvo apuro en avanzar con su ejército sobre Tucumán y se demoró en Metán. Belgrano dispuso de este modo de doce días para organizar sus tropas.

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Como dice Mitre, el plan de Belgrano era “esperar al enemigo fuera de la ciudad, apoyando su espalda en ella”, y después, en caso de contraste, encerrase en la plaza”. Para ello cuenta Paz, se fosearon las calles y se colocó artillería, que no iba a llevarse a la acción. Los vecinos principales y los Aráoz alistaban gente de la campaña para engrosar el ejército, reunir caballadas y proporcionar reses para el mantenimiento de los defensores. Llegaron, aunque reducidos contingentes de Catamarca, (170) conducido por el capitán Bernardino Ahumada y Barros, y otros tanto de Santiago. Se formaron los cuerpos de caballería, llamados Decididos de Jujuy y la caballería salteña bajo la jefatura de José Antonio Moldes. Del Alto Perú vino Ascencio Padilla, quien con 50 jinetes se incorporó al ejército de Belgrano en la función de escolta del general. Eran adiestrados a diario y se equipaban como podían. Carecían de armas para todos y debieron equiparse con improvisadas lanzas con cuchillos enastados en palos y tacuaras. Y casi todos con el arreo gaucho cotidiano: el puñal en la cintura, en algunos casos las boleadoras, y en la montura de sus caballos, el lazo a los tientos y los guardamontes adelante. El jesuita Diego León Villafañe narró que Vicente y Antonio Villafañe habían entregado al ejército de Belgrano 4000 caballos, mucho ganado vacuno y dinero en efectivo que sus descendientes jamás reclamaron. Las obligaciones que en los años de la guerra el erario tucumano debió afrontar fueron muchas y particularmente graves. El territorio de la región fue teatro de la guerra y Tucumán fue un centro logístico y estratégico. Además de la acción del 24 de septiembre se repetiría ese aporte cuando se intentó avanzar hacia el Alto Perú, con malos resultados y cuando San Martín inició la ejecución del Plan Continental por el norte. En ambas circunstancias el apoyo tucumano en dinero, vituallas y hombres, o los esfuerzos para mantener la tropa en su ciudad, originaron gastos extraordinarios. Parte de ese cambio se perfila en la documentación de hacienda, en la percepción de nuevos impuestos y en la percepción de otras cajas o empréstitos aplicados en la ciudad. En 1812, por ejemplo, el Cabildo tucumano en “consideración a la urgencia y escasez del erario nacional” impuso una contribución mensual a

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todos los vecinos de la ciudad, la que debía ser integrada en la caja provincial bajo el carácter de “contribución patriótica en socorro y auxilio de las presentes urgencias”[4]. En ese año, la invasión realista obligó que las autoridades, ciudadanos y ejército mancomunaran sus fuerzas y posibilidades de acción para sobrevivir e impedir la derrota militar[5].

El ejército invasor Por su parte, Tristán se movió desde Metán siguiendo por el camino de la posta hacia Tucumán, muy confiado. Al entrar en esta jurisdicción comenzaron las sorpresas, la más dura, la captura del coronel Huici, ya narrada, quien era el más jactancioso y tenaz perseguidor del ejército criollo. En Trancas fue visto por una partida del capitán Esteban Figueroa quien los hizo prisioneros. Las otras sorpresas del ejército invasor fueron: el vacío y el silencio que hallaron a lo largo de todo el camino, pues ni las mujeres habían quedado en los ranchos. A la vez, a toda hora, partidas criollas los hostigaban como “tábanos rabiosos” dice Manuel Lizondo Borda. Siguió avanzando Tristán hasta el 23 de septiembre donde al acercarse a la ciudad se dio con la mayor sorpresa, Belgrano y sus tropas lo esperaban para dar batalla. En la mañana del 24 Tristán, desde Los Nogales donde pasó la noche, marchó en dirección a la ciudad. Al llegar a Los Pocitos, Aráoz de Lamadrid prendió fuego a los campos y el incendio con el viento del sur, corrió en pavorosas llamaradas hasta el enemigo y lo desordenó haciéndolo virar hacia el oeste, hasta dar con el viejo camino del Perú, por donde siguió. Pasando a una legua de la ciudad se detuvo en el lugar del Manantial. El hecho es que Belgrano con las tropas que daba frente al norte, tuvo que contramarchar para ir a situarse en el Campo de las Carreras (hoy Plaza Belgrano) cerca y de cara al enemigo, dándole una nueva sorpresa. Se enfrentaban el ejército español de 3500 hombres al patriota de solo 2000 y como se sabe, las tropas de caballería cubrían las alas del ejército,

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estando la derecha al mando de Juan Ramón Balcarce y apoyada por una acción del cuerpo de Dragones, la caballería gaucha de los tucumanos entusiasta y llena de bríos. Los tucumanos ayudaron al buen criterio estratégico de Belgrano con sus conocimientos topográficos respecto de los terrenos que debía seguir Tristán. La batalla Para José María Paz fue uno de los combates más difíciles de describir, lo que surge de los documentos es que hubo una gran confusión. La victoria fue obra de la Providencia y de la combinación de varios factores: religiosos, populares, psicológicos, naturales, etc. Cuenta Julio P. Ávila que “El General Belgrano pasó en vela toda la noche del 23 de septiembre de 1812. Montado en su caballo recorría incesantemente todos los cuerpos y batallones de infantería reunidos en la plaza, hoy Independencia, conversando con los jefes y alentando a los soldados para pasar de allí al campamento. Balcarce tomaba sus últimas disposiciones, teniendo la caballería acampada en el sitio ocupado hoy por la estación San Cristóbal”. En su recorrido forzosamente Belgrano pasaba por delante de La Merced, con gran concurrencia por la festividad que se celebraba. El general puso su ejército bajo la protección de esta Madre antes de la batalla. Y eso dio fe en el triunfo a muchos soldados y en Tucumán a todos, que sentían la protección de la Virgen, redentora de cautivos. Y con el triunfo, Belgrano le regaló su bastón y la hizo Generala. A raíz de esto y el éxito de la campaña la causa revolucionaria quedó ligada hasta hoy a esa fiesta mariana. La batalla se libró el 24 de septiembre y cuenta el tucumano don Marcelino de la Rosa, de boca de actores de aquel momento, que a mitad de la batalla, ocurrió algo sobrenatural, nunca visto entre los soldados del Alto Perú y que por lo mismo, contribuyó a desbandarlos. Fue un gran ventarrón, un viento huracanado que llegó desde el sur, dice de La Rosa. “El ruido que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles inmediatos, la densa nube de polvo y una manga de langostas, que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daban a la escena un aspecto terrorífico”. Hasta las langostas ayudaron ese día, porque millares de ellas escapando al viento, hacían fuertes y secos impactos en los cuerpos y caras

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de los combatientes. Y si los mismos criollos que las conocían creían sentir “heridas de bala” es de imaginar el espanto de los alto-peruanos al sentir en sus cuerpos, esta granizada. Otro factor decisivo y extraordinario fue la caballería gaucha, en su mayor parte tucumana. Llevó su carga, atropellando al enemigo de un modo formidable, nada pudo oponerse a su paso. La caballería enemiga de Tarija, al verlos llegar huyó, ni la infantería española pudo contenerlos, los gauchos atravesaron de parte a parte el ejército enemigo como si fuera un matorral, llegaron hasta donde estaban las mulas cargadas de oro y plata y de ricos equipajes y se apoderaron de estos. Este hecho es criticado por Paz, pero esta clase de tropa eran hombres de campo, toscos y pobres, creyeron que tenían derecho a tomar las riquezas del enemigo. Después de cumplir con su deber. Era su botín. En suma, diremos que hubo confusión en los dos bandos y que el resultado establecido al día siguiente fue que Belgrano con otros oficiales fue empujado por el desbande de la caballería santiagueña fuera del campo de batalla, hacia el sur, cerca del Rincón y el general Tristán replegado sobre el Manantial con una columna que salvó, trataba de reunir sus contingentes dispersos. La infantería patriota quedó dueña del campo de batalla, y viéndose sola, se replegó hacia la ciudad entrando en ella para acantonarse y prepararse al mando de Eustaquio Díaz Vélez. Belgrano llegó hasta el Rincón, indeciso. Por otra parte los oficiales criollos Dorrego y Díaz Vélez encontraron abandonadas 39 carretas cargadas con armas y municiones. Paz narra que se encontró con Belgrano y con la noticia de que toda la infantería estaba en la ciudad y conociendo el triunfo de la caballería, sintió que había ganado la batalla. Cuenta que vio soldados españoles entregados, rendidos, Belgrano intimó a Tristán a rendirse en nombre de “la fraternidad americana” pues era arequipeño. Tristán estaba indeciso, pero en la tarde del 25 se convenció de que no tomaría la ciudad y se dio por vencido. Esa misma noche emprendió la retirada hacia Salta. Dejaba en el campo de batalla 453 muertos, 687 prisioneros, 13 cañones, 358 fusiles y todo el parque constituido por 39 carretas con 70 cajas de municiones y 87 tiendas de campaña. El ejército criollo tuvo pocas bajas, 65 muertos y 187 heridos.

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En el parte de la Batalla que Belgrano envió a las autoridades decía, refiriéndose a la heroicidad de los protagonistas, “Quiero estampar sus nombres para que la posteridad los recordase con la veneración debida, mas esto no es dable y me contentaré con que en la lista de revista que han de pasar queden con la nota honrosa que merecen para que obtengan en su tiempo las atenciones de la patria. Los hijos de Jujuy y Salta que nos han acompañado, los de Santiago del Estero y los tucumanos que desde mi llegada a esta ciudad me han dado las demostraciones más positivas de sus esfuerzos, han merecido mucho y no hallo como elogiarlos; a todos parecía que la mano de Dios los dirigía para llenar sus justos derechos”. En la larga lista de los que participaron estaban los nombres de muchos protagonistas de nuestra historia: José María Paz, Manuel Dorrego, Rudecindo Alvarado, Esteban Figueroa, José Moldes, Alejandro Heredia, Eustaquio Moldes, y muchos otros. Como la batalla tuvo lugar en el día de la Virgen de las Mercedes, antes de combatir Belgrano le encomendó públicamente el resultado. Después de la batalla Tras su triunfo, Belgrano había hecho numerosos prisioneros. Cabe narrar aquí la participación de uno de ellos, el cura de la parroquia de Trancas, el presbítero Miguel Martín Laguna y Bazán. Aunque parezca poco pertinente incluirlo en nuestro tema, este personaje refleja la realidad de la sociedad tucumana en tiempos que tuvo lugar la batalla e ilustra sobre algunas de las muchas dificultades que debió enfrenar Belgrano. Laguna pertenecía a una familia muy importante de Tucumán, Su padre fue un comerciante peninsular que se casó con Francisca Bazán, propietaria del solar histórico donde se declaró la Independencia. Miguel Martín era el primogénito y estudió en Córdoba y se ordenó sacerdote en Charcas. Fue cura y vicario del Beneficio de Trancas a partir de 1795 y durante 36 años, en cuyo lapso edificó dos iglesias y llegó a ser prosecretario del obispo de Salta. La parroquia de Trancas era muy extensa, comprendía el norte de Tucumán y el sur de Salta. La condición de cura de parroquia implicaba en muchos casos beneficios económicos considerables. El acceso al control de la mano de obra que constituía la feligresía y el usufructo de los bienes y derechos parroquiales, permitían a los párrocos acrecentar sus

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riquezas. De hecho, Laguna pertenecía a una familia acaudalada. En una sociedad como la tucumana donde los niveles de instrucción eran bajísimos los sacerdotes pertenecían al reducido grupo intelectualmente superior. Cito a este sacerdote porque es una familia que expresa claramente las diferencias ideológicas dadas dentro de un mismo grupo familiar con respecto a los cambios que trajo el movimiento de Mayo. En Tucumán las nuevas ideas no fueron aceptadas en forma unánime. Por ejemplo, cuando había que entregar el dinero recaudado para la Corona a las nuevas autoridades, Pedro Antonio de Zavalía y Andía, cuñado del cura Laguna y recaudador del impuesto de tabaco y Naipes, se negaba a cederlos, decía que pertenecían al Rey. Belgrano le aconsejó que lo hiciera y el manifestó “consejos no ayudan a pagar”. Esta actitud fue muy común, muchos españoles continuaban fiel Resalta el contraste entre el representante más destacado de la familia Laguna, don Nicolas Valerio, quien manifestó muy tempranamente sus ideas independentistas y federales en 1810 y 1813, con la actitud del presbítero Miguel Martín, simpatizante de Fernando VII y opositor decidido a la causa revolucionaria. Producida la Revolución de Mayo, las autoridades solicitaron a los curas rurales que estimulasen a la feligresía a contribuir con las necesidades de la guerra. La actitud de Laguna era radicalmente distinta a la de otros sacerdotes de la jurisdicción. Los de Leales, Burruyacu, Monteros y Río Chico realizaron donativos para la expedición auxiliadora a cargo de Ortiz de Ocampo, reunieron 2053 pesos, sin que haya mención en los documentos del curato de las Trancas. En una carta en 1810, Laguna respondía al Cabildo de San Miguel de Tucumán sobre la contribución patriótica para la guerra. “No contesté entonces porque no tenía pronto numerario que oblar, o tal vez fue porque preveí lo sucedido después. Ud sabe muy bien, que mi casa está en camino real y en tal mediación de lugar descansan todos en él o para proveerse o descansar propiamente. La calidad de los transeúntes me obliga a tratarlos con generosidad. Dejo a la consideración de Ud, la reflexión de mi donativo.” Además afirmaba haber entregado 25 caballos[6] El curato de Trancas durante la guerra de la Independencia fue escenario de luchas armadas, allí acamparon los ejércitos y se abastecieron.

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Como fervoroso realista, el presbítero Laguna se unió a Tristán. Después de la victoria patriota de 1812, estaba entre los prisioneros. El historiador Julio P. Avila yerra cuando afirma “que seguramente fue hecho prisionero por Tristán al pasar por esa villa”. No resulta extraña la posición de Laguna, ya que obispos, frailes y curas predicaban entre la tropa la guerra contra los patriotas a quienes calificaban como herejes. La reputación de impiadosos había perjudicado notablemente a la causa revolucionaria en las provincias del Norte. Se les hacía creer que los que morían por el Rey eran mártires de la religión y volaban al cielo. Paz narra en sus memorias “el cura Laguna de Las Trancas se había unido al ejército de Tristán y empezaba a predicar la guerra contra los mismos paisanos”. Belgrano tuvo la suficiente firmeza para inutilizar las astucias de los realistas y restablecer la opinión religiosa. Existen dos notas de Belgrano a las autoridades en las que manifestó su repudio por la incorporación de Laguna al ejército realista. Una de ellas, el 24 de octubre de 1812 expresaba. “El cura de Trancas Miguel Laguna, estaba sindicado de ser contrario a nuestra causa y todos me exigían que lo separara de allí, como no tenía un dato no tomé providencia hasta que habiendo venido con el enemigo cayó en nuestras manos y en las mías la carta que acompaño, con que comprobé su malignidad y además con la de haber hecho venir a sus feligreses de baqueanos del enemigo y que siguieren su suerte”. Seguía “Le he mandado para esa a su costa, a las órdenes de VE, y bueno será que vaya a la Recoleta para que le enseñen que ningún eclesiástico debe atizar el fuego de la guerra civil y solo debe atender sus obligaciones. Vuestra Excelencia dispondrá lo que mejor le pareciera, pero no debe volver a su curato mientras la patria no haya asegurado su causa”. Surge de este texto que Belgrano encontró una carta de Laguna que demostraba su adhesión a Tristán. Cuando se produjo el triunfo quiso demostrar con otra misiva su adhesión a Belgrano, pero no logró engañar al jefe del ejército del Norte. En una segunda carta a las autoridades Belgrano informaba aún más claramente sobre Laguna. Conjeturaba que “Cuando no quiere comprometerse un individuo amante de la causa, toma muchos arbitrios que jamás faltan para evadirse de obrar contra su propia conciencia y sobre todo contra la patria”.

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Ante el avance de los realistas, Laguna no tomó medida alguna, teniendo donde refugiarse sin salir de su curato, lejos de ocultarse del enemigo, se aproximó a él, bien por temor a que le prendieran una partida nuestra, o para cohonestar su conducta inmoral”. Deducía Belgrano que Laguna pensó que los realistas vencerían y prefirió su interés particular al general de la patria, jamás podrá merecer el nombre de patriota y sí de un egoísta detestable”. Su actitud determinó que el general lo alejara de su iglesia, sin privarlo del beneficio para que no perjudicara a la causa revolucionaria. Juzgaba que los servicios que declamaba Laguna eran ridículos en comparación a los sacrificios sufridos por los verdaderos americanos. Asimismo, le parecía una patraña la solicitud del párroco para que se reconociese lo que había gastado, “propia de los que juegan a dos barajas. Lo que sé de positivo es que él huyó a la hacienda de su hermana después que advirtió la derrota del enemigo y entonces seguramente me dirigió el memorial con el objeto de deslumbrarme, pero nada de esto basta para disfrazar la verdad de su delincuente manejo”. Este caso expresa claramente que la causa patriota contaba con enemigos a la par que defensores abnegados. En dirección opuesta Laguna, otro sacerdote, José Agustín Molina, defendió la independencia. Tras consagrarse en Córdoba regresó a Tucumán sin más aspiraciones que de ejercer como cura de parroquia. Pero fue nombrado Vicario foráneo, juez de diezmo y comisario de cruzada. (Por ello el sacerdote era una especie de gobernador de la ciudad en los aspectos eclesiásticos). José Agustín fue una figura de importancia en la política tucumana. Durante la batalla fue colaborador junto a Pedro Miguel Aráoz. Molina fue el encargado de oficiar la misa por el triunfo de Belgrano y allí resaltó la importancia de la unión entre la Virgen y la Patria que para él “era una sola y no puede desconocer su hermandad”. En esa oportunidad Belgrano estaba en la iglesia de la Merced junto a su hermano sacerdote. En una sociedad en donde la alfabetización era privilegio de pocos los sermones se convirtieron en una de las formas más efectivas a través de los cuales los intelectuales podían influir en la sociedad.

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Conclusiones La batalla de Tucumán puede calificarse como batalla del pueblo, por eso ha dicho con razón Vicente Fidel López que fue la más criolla de las batallas. Mitre expresó sobre su trascendencia que lo que la hizo más gloriosa fue “la inmensa influencia que tuvo en los destinos de la revolución americana”. “En Tucumán salvóse no solo la revolución argentina, sino que puede decirse que contribuyó de manera directa y eficaz al triunfo de la independencia americana”. Si Belgrano se hubiese retirado el norte se hubiera perdido para siempre, como pasó con el Alto Perú para la República Argentina. Se realizó en el centro de un espacio geopolítico distinto al actual. La ocupación española no alcanzaba la Patagonia, ni el sur de la llanura pampeana, mientras que en el noroeste las actuales provincias del Chaco, Formosa y norte de Santa Fe, estaban ocupadas por indígenas en actitud beligerante. Debemos rescatar el trabajo del historiador Pérez Amuchástegui, quien señala que Belgrano había tomado conocimiento de que Abascal, Virrey del Perú, tenía preparado un plan en el que Tucumán jugaba un papel fundamental, dado que la captura de la ciudad posibilitaría el desarrollo de un ataque vía Río Paraná a la ciudad de Buenos Aires. Y así se tendería un nexo estratégico con el puerto de Santa Fe[7]. Tucumán serviría de base de operaciones por sus riquezas materiales y naturales, al estar situada en el nacimiento de una gran llanura y posibilitaría el transporte rápido de un numeroso ejército para arribar al Paraná. El triunfo de Belgrano en Tucumán es aún más relevante porque bloquea la estrategia realista antes mencionada. También esta gesta muestra un claro ejemplo de compromiso y lealtad con la causa patriota. La batalla coincidió con la festividad de la Virgen de la Merced, y al mes siguiente se llevó a cabo una emotiva procesión en su honor. Como se dijo, en agradecimiento, Belgrano le entregó el bastón de mando y la nombró Generala. También el Cabildo proclamó a esta Virgen “Patrona menos principal” y estableció que en su día se conmemore el aniversario de la batalla de

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Tucumán “por el beneficio que recibió la patria de su Santísima mano destruyendo las legiones enemigas que amenazaban los derechos del hombre y la libertad civil”. En orden a esta cita la causa aparecía clara, el nuevo orden había nacido centrado en los derechos del hombre y la libertad civil; los sacrílegos eran los realistas, defensores del despotismo, enemigos de la patria y de Dios. El Campo de las Carreras quedó incorporado como escenario de las celebraciones más importantes remarcando el componente de la guerra y los valores cívicos relacionados con ella. Sin embargo, allí no hay un monumento que la recuerde. Armando Raúl Bazán expresa que la Batalla de Tucumán fue la más nacional de las que se libraron en la guerra de la Independencia, porque en ella estuvieron representados casi todos los pueblos de la convocatoria de Mayo. Fue un ejército popular que marcó la suerte de la Revolución[8]. El 1º de febrero de 1813, Bernardo Monteagudo, desde Bs As se dirigió al cabildo tucumano en nombre de la Sociedad Patriótica elogiando la victoria de 1812 como “uno de los acontecimientos que se inmortalizan en los anales del mundo”. Decía que la Sociedad estaba dispuesta a dar un testimonio público de gratitud y alta consideración” hacia Tucumán por ese “glorioso suceso.” Había mandado a fabricar “una lámina de plata con sobrepuestos de oro dedicada a la valerosa ciudad”. La Sociedad comisionó a Monteagudo para conducir la lámina a Tucumán. Pero se demoró el artista y al año siguiente anunciaba que “Antonio Álvarez Jonte que acompañado sale en comisión a las provincias del interior” la llevaría y solicitaba se la colocase en la Sala del Cabildo en prueba de gratitud y justicia. Es cierto que Álvarez Jonte y Francisco Ugarteche llegaron a Tucumán integrando la “Comisión Directiva del Interior” con amplias facultades en enero de 1814. Pero nada se sabe de la lámina y si la trajo, la habrá colocado el Cabildo en la sala?[9] Por otra parte, el Triunvirato otorgó un premio en dinero a Belgrano por los triunfos de Tucumán y Salta que el general dispuso se destinasen a la construcción de escuelas. La de Tucumán tardó más de un siglo en concretarse. Es indudable que esta batalla marcó un punto fundamental en la consolidación de la revolución de Mayo. Algunos historiadores coinciden en que la victoria de Belgrano en Tucumán, la de San Martín en Maipú y la de

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Bolívar en Boyacá, señalan el comienzo del fin del dominio español en América. Fue decisivo para el compromiso que los tucumanos tomaron con la revolución y el sostén de la guerra. En las luchas se consolidaron como líderes políticos los que participaron en la guerra y surgió una clase, la de los militares, cuyos vínculos irán desatando conflictos y anudando solidaridad. Finalmente puede rescatarse para reflexionar la convicción del grupo dirigente acerca de la necesidad de enfrentar la situación, aun frente a las numerosas adversidades, actitud que podríamos esperar en los actuales dirigentes. Otro aspecto rescatable fue la adhesión del pueblo que se decidió a participar y acudió con sus recursos a preparar la defensa, animados por el espíritu patriota. Hoy el individualismo y la indiferencia nos conducen a no participar. Al igual que ahora no era un momento fácil ni un camino sencillo el que se abría, eran tiempos de agobio y desesperanza. Belgrano aparece como una figura emblemática a la hora de definir perfiles humanos. Es un modelo por su rectitud, el cuidadoso manejo de los caudales públicos y su noble gesto de donar 40000 pesos para cuatro escuelas. La consagración de la victoria a la Virgen de la Merced expresa la arraigada devoción tucumana y el sentimiento religioso que hoy perdura y que Belgrano supo insuflar en la tropa y que hasta hoy da el carácter de fiesta cívico-religiosa al 24 de septiembre. Por todo lo expresado considero que esta fecha debe tener el carácter de fiesta nacional para recordar su importancia. Un pueblo sin conciencia histórica corre el riesgo de desaparecer. Por eso

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HOMILÍA EN LA SANTA MISA POR LOS VENCEDORES Y VENCIDOS EN LA GESTA BELGRANIANA Pbro. Federico Prémoli Iglesia San José – Salta – Jueves 25 de octubre de 2012

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Nos reunimos hoy en esta Santa Misa en sufragio de los vencedores y vencidos en la gesta belgraniana de la que se cumplen los doscientos años. Y lo hacemos imitando el gesto del religioso y cristiano General Don Manuel Belgrano que quiso, una vez terminada la Batalla de Salta, “que los muertos fueran sepultados en una fosa común, como un testimonio más de la sinceridad de sus ilusiones sobre fraternidad y paz. El 21 de noviembre, mandando otra vez en Salta Chiclana, colocó sobre un tosco pedestal de piedra, alzado sobre la tumba común, una cruz que él mandó hacer con tal destino, pintada de verde. En sus brazos, grabado en letras de relieve, se leía: A los vencedores y vencidos el 20 de febrero de 1813. Sujeta estuvo esta cruz a los vaivenes de la fortuna de la guerra; pues cuantas veces entraron triunfadoras las fuerzas españolas a la ciudad de Salta, la arrancaron de su peana, como queriendo con eso borrar aquel símbolo de su derrota, y otras tantas veces fue repuesta en su lugar cuando los salteños volvían a quedar dueños de su país”[10].

Gesto del General Belgrano que es digno de imitar por ser gesto de la más genuina caridad cristiana. En efecto, era nuestro querido general hombre cristiano y muy devoto. “Era de aquellos espíritus consagrados con pasión al bien de sus semejantes, que más notablemente descuellan durante y con motivo de las agitaciones religiosas; bueno, más que para político, para apóstol y mártir de una fe en que no mueve el anhelo de arrancar la vida por la violencia del hondo de las entrañas, sino llevarla por el amor al corazón más bien. Ciertamente que era un hombre justo y religioso, honrado a toda prueba, animado su pecho de un valor cívico y moral el más sublime, y digno de ser, bajo estos contornos, espejo de virtudes”[11].

Justamente por esto había deseado, desde el inicio de su actividad al frente del Ejército del Norte, restablecer la piedad religiosa. Él vio con claridad “que una de las causas mayores del desprestigio en que había caído la revolución era la irreligiosidad escandalosa de que dieron harta prueba sus oficiales al través de la inmensa zona que recorrieron, encontró el general por oportuno y político imprimir, como una nueva faz de la disciplina de su ejército, la piedad religiosa; no porque fuera él un hipócrita, como lo calificaba [ … ] su enemigo, pues era cristiano católico con todas las venas del alma, sino porque pensó en el mucho bien que iba a reportar la patria con ello y porque en el fondo de su corazón, que lo revelaba en todos sus actos

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públicos, tenía confiada en Dios solamente la suerte desesperada de sus armas”[12].

Prueba elocuente de todo esto fue que, después de la victoria de Tucumán, ocurrida el día de la Virgen de la Merced, 24 de septiembre de 1812, victoria que Belgrano creía, a fe de buen católico, un verdadero milagro, ordenó “que su ejército concurriera todo entero a la procesión que se celebró, y como satisfaciendo un voto general, la imagen de la Virgen fue conducida al mismo campo de batalla [ … ]; cuando adelantándose Belgrano y llegando con gravedad hasta presencia de la imagen, a una orden suya descienden las andas: la atención pública lleva allí sus ojos, curiosa de lo que va a pasar; y fue no otra cosa que el jefe de aquel ejército victorioso colocó en mano de la Virgen su bastón de general. La emoción más profunda estremeció las almas de los que contemplaron el suceso. El general y los pueblos proclamaron a la Virgen de las Mercedes por generala del ejército argentino, y este acto de edificante devoción, como que bajaba de las alturas mismas del mando y del poder, obtuvo un eco muy grande, que repercutió más especialmente en aquellos pueblos del norte, tan heridos de antes en sus más caros afectos religiosos; lo que contribuyó, a la vez [ … ] [a despertar] una confianza y un entusiasmo de mayores quilates en aquellas poblaciones que dieron en ver en la de Tucumán cómo la mano de Dios estaba visible para sostener la causa de la libertad y de la patria”[13].

La salida del Ejército desde Tucumán a Salta “fue un acto de pleitesía a la Generala del ejército. Lo ocasionó […] un regalo de las monjas porteñas. Cuando estas se impusieron de haber quedado Nuestra Señora de las Mercedes constituida en su alta jerarquía militar, ‘lo celebraron mucho, y quisieron hacer una manifestación al ejército, mandando obsequiosamente un cargamento de cuatro mil pares de escapularios de la Merced”[14]. Estos escapularios los llevaron devotamente los soldados desde ese momento sobre el pecho y les sirvieron de distintivo de guerra en la acción de Salta, conservando sus vivos colores a pesar de los avatares de la campaña, lo que fue para ellos, a sus ojos de sinceros creyentes, prueba irrecusable de visible y asombroso milagro[15].

En toda la correspondencia del General Manuel Belgrano aparece claramente esta convicción religiosa de que, como dice el salmo, “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores; si el Señor no

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guarda la ciudad, en vano se cansan los centinelas” (Salmo 127). Así lo afirmó comunicando al Excelentísimo Supremo Gobierno de las Provincias unidas del Río de la Plata el 20 de febrero de 1813 la victoria de Salta: “El Todopoderoso ha coronado con completa victoria nuestros trabajos: arrollando, con las bayonetas y los sables, el Ejército al mando de Don Pío Tristán, se ha rendido del modo que aparece de la adjunta capitulación”[16].

La fe del General Belgrano, que hoy deseamos poner en evidencia, alcanzó también a procurar para sus soldados la asistencia espiritual por medio de los capellanes del ejército que tuvieron una honrosa participación en toda la gesta que hoy conmemoramos. Así lo afirmó el mismo General: “No debo olvidar a los Capellanes del Nº 1 Don Roque Illezcas; del Nº 2 Don Juan José Castellanos; del Nº 6 Don Romulado Gemio y Don José María Ibarburu; de Pardos Don Celedonio Molina, al de Dragones de la Milicia Patriótica del Tucumán Don Miguel Aráoz; han ejercido su santo ministerio en lo más vivo del fuego con una serenidad propia, y han sido infatigables en sus obligaciones”[17]. Fueron dignos capellanes, “no eran aquellos sacerdotes corrompidos y escandalosos que acostumbraban de pintárselos sus jefes, sino que poseídos de las más heroicas virtudes cristianas, los habían visto durante la acción correr en medio de la refriega a prestar los auxilios de la religión a los moribundos que caían en el campo de batalla con una abnegación y con una caridad que enternecían”[18].

Frente a tanto testimonio de piedad cristiana, de fe y de caridad, no nos queda más que elevar hoy nuestros ruegos a Dios, Nuestro Señor, por medio de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora, por el eterno descanso de los vencedores y vencidos en esta admirable gesta que ocupó un destacadísimo lugar en la lucha por la independencia de nuestra patria y de las naciones americanas. Al mismo tiempo, debemos orar por nuestra su mirada hacia el Señor, como lo hicieron nuestros grandes héroes los generales Belgrano, San Martín y Güemes, para que de Él venga el auxilio necesario. Así lo dice el salmista patria a fin de que, en estas dramáticas horas por las que tiene que atravesar, sepa volver: “Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 121).

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Hacienda de Castañares

ALOCUCIÓN EN LA CASA HISTÓRICA DE CASTAÑARES CON MOTIVO DE LA VISITA DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA

Pbro. Federico Prémoli Finca Castañares, Salta, viernes 26 de octubre de 2012

Hoy los campos de Castañares son muy diferentes a lo que eran en la época en que el General Manuel Belgrano venció a las tropas realistas al mando de Pío Tristán aquel 20 de febrero de 1813, hace doscientos años. La ciudad ha cubierto esos extensos campos que se abrían entre las pircas de esta finca, que hicieron las veces de trincheras para el ejército patriota, y la pequeña ciudad de entonces. Sin embargo, la casa histórica en donde estamos, es la misma. Los mismos muros, la misma torre, la misma galería. Todo es un mudo testimonio de aquel plan increíble e imposible que venía gestándose desde hacía más de un mes y que terminó de concretarse en esta casa para conseguir la victoria de la Batalla de Salta.

En efecto, nadie sabía que Belgrano estaba aquí, nadie imaginaba que el ejército aquí se atrincheraba, nadie creía que Salta podía ser atacada desde aquí, desde el norte, y no desde el este, desde los portezuelos que abren el paso de todas estas hermosas cerranías sobre el valle de Lerma y la ciudad de Salta. Allí los esperaba el ejército de Tristán, allí los esperaban todos. Pero

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Belgrano y su ejército estaban aquí, en Castañares, donde hoy nos encontramos nosotros.

Sin duda alguna, esta posición respondía a una estrategia de Belgrano, a un plan calculado y pensado, es decir, a una prudencia militar aguda y afilada. Claro está que, ante los ojos poco atentos de muchos, esto no era prudencia sino locura. Así es la mezquina mentalidad humana que no puede concebir una prudencia que no sea a la vez cobardía y abstencionismo. Vienen a nuestra memoria las palabras del Apóstol de los Gentiles quien, refiriéndose al Redentor y a su acto salvífico, conjunto de todas las virtudes, decía que la cruz es escándalo y necedad, pero sabiduría y fuerza de Dios para el que cree. El binomio locura-sabiduría, insensatez-prudencia, estaba patente aquel 19 de febrero de 1813 en esta casa histórica. Aquí se planeaba un ataque prudente pues esta gran virtud manda en determinadas ocasiones y de acuerdo a la realidad circundante lo que se debe hacer. Y, si bien, en algunos casos puede indicar abstención, en otros, que son los más, indica y manda una acción, a veces, incluso, urgente. Es la inteligencia de lo presente, parte integrante de la prudencia.

Sin embargo, la inteligencia de lo presente supone la memoria de lo pasado. Aquí se vinculan egregiamente prudencia e historia. Moral y ciencia. ¿Cómo pensar que el General Belgrano no recordaba todo lo sucedido anteriormente al Ejército del Norte y en especial a la Batalla de Tucumán? Todo lo recordaba, todo lo guardaba en su pecho. Por ello decidió partir de Tucumán, en el momento menos apto y menos aconsejable, y que, sin embargo, era el momento justo. Era la época de las lluvias: “no cruzarán el Río Pasaje” decía Tristán. “No podrán avanzar, no podrán llegar, ya cesarán las lluvias, ya emprenderemos el camino del sur y vengaremos la derrota de Tucumán”. Así pensaban y se distraían los realistas en Salta, en fiestas y diversiones, departiendo con las damas salteñas, quienes, sin saberlo ellos, ejercían su papel de guerreras de la Independencia con ese arte de seducir y obtener información que se pasaba al instante a los patriotas y que han hecho célebres a nuestras antepasadas salteñas en toda la gesta libertadora americana[19].

Así estaban en Salta, distraídos y ociosos. La prudencia de Belgrano era atenta y observadora, por eso acertó en sus decisiones. Vemos aquí presentes el raciocinio propio del plan prudencial junto a la solertia en

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realizar el plan rápidamente, pues así lo mandaba la circunstancia. El 13 de enero partió el ejército de Tucumán hacia Salta y el 13 de febrero, cruzando audazmente el Río Pasaje, decidió el patriota General realizar aquel histórico juramento de la nueva bandera nacional con toda la tropa presintiendo el cercano triunfo donde ese lienzo ideado por él iba a alcanzar su primera gloria en estos campos donde hoy nos encontramos[20]. La bandera blanca y celeste, signo de los colores del firmamento y del amado manto de la Santísima Virgen, establecida ahora como la Generala de su ejército, flameó desde entonces al frente de las tropas que llegaron al Fuerte de Cobos el 14 de febrero[21]. Desarmada la resistencia realista, los patriotas ocuparon la zona, cercana al pueblo de Campo Santo, sede del histórico Ingenio de San Isidro, antigua propiedad de la familia salteña de los Cornejo. Cuenta la tradición familiar que, habiendo el ejército y su ganado consumido toda la cosecha de caña de azúcar, la mujer de don José Antonino Cornejo, Doña Josefa Usandivaras, le advirtió a su esposo que no tendrían con qué darle de comer a sus hijos. A lo que este insigne patriota respondió: “si la patria me pide incluso a mis hijos, a mis propios hijos se los daré”[22].

Este era el espíritu que reinaba en Salta, por todas partes, entre mujeres y varones, entre los gauchos, hacendados y hacendadas, como Doña Juana Moro de López y Doña Martina Silva de Gurruchaga. Toda la campiña salteña estaba al servicio de la patria, por eso era dueña absoluta de la situación, manteniendo a Tristán como escondido en la ciudad sin sospechar siquiera la cercanía de los patriotas. Sin embargo, caído el Fuerte de Cobos, recibió las primeras noticias de que el Ejército del Norte estaba a las puertas de Salta.

Cuenta una antigua crónica de esta Campaña de Salta escrita por el Capitán Mateo Ríos oficial de los “Decididos de Salta” que estaban al mando del Coronel Gaspar Burgos: “el día 14 continuamos el camino desde Cobos, el tiempo era malo la lluvia caía a torrentes haciendo difícil el desplazamiento de la artillería y las carretas de maestranza, gracias al tezón de la gente del exército pudimos pasar por el Huayco-ondo que ocupa como tres leguas con muchos torrentes. El Señor General acompañó la tropa en todo momento dando las oportunas órdenes. Llegada la noche el Coronel Don Gaspar Burgos le propuso al Señor General ir a la Finca de las Higuerillas por ser lugar seguro como así también apropiado para mandar una partida por [la Finca] la Cruz de distracción al enemigo. Así se hizo i a la mañana del 16 el Señor General Don Manuel Belgrano con su plana Mayor siguió por una

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cañada a unirse a su tropa en la Posta de Luna en La Lagunilla para seguir hasta Chacha-Polla donde sería el campamento” [23].

Este texto nos indica la estrategia de Belgrano para la realización de la Batalla de Salta. Nos indica también que en la prudencia militar del general no faltó ese elemento esencial que se llama ‘docilidad para escuchar el consejo de los sabios y prudentes’. Hemos escuchado como accedió al consejo del Cnel. Burgos en ir a las Higuerillas, Finca del patriota Don Vicente Toledo que se convertía así en lugar clave de la Guerra de la Independencia. Pero, y esto fue fundamental, accedió al consejo del capitán Don Apolinario Saravia que le indicó no entrar a la ciudad por los Portezuelos, los cuales ya se encontraban fortificados, sino por unas tortuosas cañadas a través de la Finca La Lagunilla hasta caer en la Finca Castañares, en la zona de Chacha-Polla, propiedad de su padre el Coronel Don Pedro José Saravia[24]. Este fue consejo genial y oportunísimo que terminó de confundir al ya absorto Coronel realista Don Pío Tristán.

Cuenta la tradición que, en la alborada del día 19 de febrero de 1813, ya que en el atardecer del día 18 y durante toda esa noche el ejército había atravesado con esfuerzos sobrehumanos las cerranías y había podido acantonarse en esta gloriosa Finca de Castañares, estando aún Tristán en la cama, le fue informado todo y dijo: “¡Ni aunque fueran pájaros!” convencido como estaba que el trastorno de la sierra por otro punto que no el del portezuelo, para un ejército regular cual era el de Belgrano, obra era superior a todo esfuerzo humano[25]. Luego preguntó: “¿Y son muchos?” sin poder dar crédito aún a la cosa. “Como avispas” le respondieron. “¿Y aún llueve?” volvió a decir. “Sí, señor, llueve” le dijo. A lo que imprudentemente respondió: “Pues me alegro, así se matan mejor las avispas”[26].

En esta casa, hoy histórica, de la Finca de Castañares, como ya se había hecho tres días antes en la sala de la Finca Las Higuerillas, el General Don Manuel Belgrano terminó de idear el plan de batalla que lo conduciría a la victoria del 20 de febrero de 1813. ¡Qué diferente era todo a lo ocurrido en Tucumán! Por esto fueron tan diferentes las victorias de Tucumán y de Salta. Desde aquí Belgrano pudo prever todo lo que iba a suceder, sobre todo lo que significaba atacar por el norte, porque desconcertaba al enemigo y le cortaba la huída hacia Jujuy. Desde esta casa dio orden de esperar todo el día 19 con precaución pues haber atacado ese día significaba someter a las tropas

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a un esfuerzo inútil ya que necesitaban descanso después de haber llegado hasta aquí realizando obra sobrehumana y en medio de la lluvia. Desde aquí se tuvieron en cuenta todos los detalles con gran circunspección para que el acierto fuera total y la victoria un hecho. Por todas estas cosas la Batalla de Salta ha pasado a la historia y es recordada como uno de los grandes momentos de la gesta belgraniana y de la Guerra de la Independencia.

La Batalla de Salta y sobretodo sus prolegómenos que brevemente hemos reseñado no hacen más que mostrarnos la prudencia del virtuoso General Don Manuel Belgrano, virtud principal que, con razón, es madre de virtudes. En una guerra justa, la prudencia militar asegura la victoria y establece la paz, paz que Belgrano buscaba para establecer con ella nuestra soberanía nacional en el concierto de todas las naciones libres del mundo. Justamente por esto, en nuestro General, la prudencia no estaba sola y estaba acompañada de las demás virtudes. En atención a esta realidad, cuando los salteños en el centenario de la batalla construyeron el monumento a la victoria del 13 de febrero de 1813, quisieron poner en los cuatro extremos del hermosísimo trofeo a las representaciones de las cuatro virtudes cardinales, que aún hoy podemos contemplar. A saber: PRUDENCIA – JUSTICIA – FORTALEZA – TEMPLANZA[27].

Hoy nosotros, en el bicentenario de la gesta belgraniana, queremos recoger este testimonio de virtud y queremos actuarlo para la gloria de Dios y de nuestra grandiosa nación argentina, en la confianza de que solo la virtud, y nunca el vicio, de sus gobernantes ciudadanos podrán volver a ponerla en el lugar que la providencia de Dios le ha asignado en este mundo, como logró hacerlo Belgrano con su gloriosa gesta.

Muchas gracias

Placa colocada en la hacienda de Castañares por la Academia Nacional de la Historia y el Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta

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Palabras de bienvenida a los Miembros de la Academia Nacional de la Historia pronunciadas por la Presidenta del Instituto, Dra. LUISA MILLER ASTRADA

El Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, honrado y halagado con la visita del señor Presidente y señores académicos de Número de la Academia Nacional de la Historia, ofrece estas palabras de bienvenida a los ilustres visitantes. Y no es para menos, porque su presencia en esta ciudad, es la respuesta a la invitación cursada por este Instituto para celebrar Sesión Extraordinaria en Conmemoración del Bicentenario de la Gesta Belgraniana llevada a cabo entre los años 1812 y 1813. La epopeya protagonizada por el Ejército de la Patria comandado por el general Don Manuel Belgrano, tuvo como escenario el espacio geográfico en que hoy se integran las provincias de Jujuy, Salta y Tucumán. Aquí se desarrollaron hechos que determinaron el objetivo independista de la Revolución de Mayo. El juramento a la bandera prestado por la tropa y el heroico pueblo jujeño al conmemorarse el segundo aniversario de la instalación del Primer Gobierno Patrio, que el General en Jefe presentó como símbolo identificatorio ante las naciones del mundo, ratificó la intención independista expresa en la Villa del Rosario. Desautorizada por el Triunvirato, sus colores fueron recuperados en el sello de la Soberana Asamblea General Constituyente de 1813 y fueron los colores que condujeron al Ejército de la Patria en los triunfos de Tucumán y de Salta. Así como las decisiones de la Soberana Asamblea constituyen una implícita declaración de Independencia, la victoria de Salta que afianzó a la de Tucumán, salvó a la Revolución por la Independencia del Plata, donde sobrevivía el Gobierno Patrio decidido el 25 de Mayo.

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Esta es la segunda oportunidad en que la Academia Nacional de la Historia, el más alto Cuerpo Académico integrado por historiadores de las Provincias Argentinas, se reúnen en la ciudad de Salta para celebrar Sesión Pública. La primera se realizó en 1945 cuando presidía la Institución el Dr. Ricardo Levene y el Instituto de San Felipe y Santiago estaba presidido por el Dr. Atilio Cornejo. Hoy, la presencia de la actual presidente de la Academia Dr. Miguel Angel Demarco, culmina la gestión iniciada por el anterior presidente el Dr. Eduardo Martiré. Bienvenidos señores Académicos

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PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL PRESIDENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA PARA ABRIR LA SESIÓN ESPECIAL REALIZADA EL 26 DE OCTUBRE DE 2012 EN CONMEMORACIÓN DEL BICENTENARIO DE LA BATALLA DE SALTA EN LA CIUDAD DEL MISMO NOMBRE, CON EL AUSPICIO DEL INSTITUTO DE SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS.

La Academia Nacional de la Historia viene a esta ilustre provincia de Salta a participar en los homenajes con que ella adhiere al bicentenario del hecho de armas que afianzó la victoria de Tucumán y demostró con creces el valor y entrega de los hijos de este suelo a la causa de la libertad. Al recibir la invitación del antiguo y prestigioso Instituto de Estudios Históricos de San Felipe y Santiago, el cuerpo académico aceptó, como ha ocurrido pocas veces, salir de su ámbito del Antiguo Congreso Nacional para trasladarse a otro punto del país, en este caso a la bella ciudad que tantas páginas indelebles ha escrito en los anales de la patria. Vinimos animados del propósito de brindar nuestro modesto aporte a las celebraciones y hemos recibido, como es tradicional en esta tierra, múltiples expresiones de aprecio y generosidad. Nuestra visita a la Hacienda de Castañares; las honras tributadas a Belgrano y a su Ejército por sus herederos los jefes, oficiales y soldados del Regimiento de Caballería Ligero 5, ataviados con su uniformes de época; las palabras del intendente municipal y de otras personalidades, además de la entrega de diplomas que recuerdan nuestro paso por la ciudad, comprometen nuestra gratitud.

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Y ahora, en la sesión académica propiamente dicha, que cuenta con la presencia de autoridades, historiadores, profesores, alumnos de institutos superiores, harán uso de la palabra los académicos doctora María Luisa Miller Astrada y doctores Armando Raúl Bazán e Isidoro J. Ruiz Moreno, a quienes iré poniendo en uso de la palabra, no sin antes agradecer a la mesa directiva del Instituto de San Felipe y Santiago por la excelente organización de este encuentro y por las múltiples expresiones de cordialidad y amistad de que nos hicieron objeto desde el momento mismo de llegar a Salta.

LA BANDERA: CREACIÓN, CAMBIO RESTABLECIMIENTO

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ISIDORO J. RUIZ MORENO

Voy a tratar un tema referente a la gesta del general Belgrano en el bicentenario de sus muchos méritos por la nacionalidad, que abarca a todos los argentinos: la creación de la bandera, el símbolo más representativo de la Patria , que juramos defender hasta morir, y que lucimos en la fachada de nuestros domicilios al conmemorarse hechos gloriosos.

La evocación ha de precisar una idea errónea en algunos, de que la iniciativa de Belgrano fue permanente, en cuanto a que no sufrió alteración. Según esta creencia, el General ideó la enseña y desde entonces ésta fue adaptada por los argentinos. Apenas si se alude a una inicial prohibición –pronto enmendada, como se verá-, pero se ignora que la bandera llegó a ser reemplazada por otra durante muchos años. He de ceñirme únicamente a testimonios contemporáneos de los sucesos, única fuente válida para recrear el pasado. Comencemos por lo mayormente sabido.

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El 13 de febrero de 1812, desde Rosario, Belgrano ofició al Gobierno Central residente en Buenos Aires, acerca de haber “llegado el caso” –ante la guerra exterior ya iniciada- de que se adoptase “la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos”. La necesidad –exponía- era que algunos cuerpos del Ejército llevaban insignias diferentes, “de modo que casi sea una señal de división”, argumentaba. Cabe destacar que ya en esa época temprana, Belgrano aludía a una enseña nacional, lo que demuestra el sentido independentista surgido en mayo de 1810. Una semana después un decreto del Primer Triunvirato dispuso: “Sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata , de color blanco y azul celeste”, lo que se hizo saber a las autoridades y a los jefes militares. Es importante destacar que el color celeste es una gradación del azul: un azul claro, de modo que no está del todo mal aludir al “azul”, aunque en la bandera argentina debe usarse de tono pálido.

Es menester precisar que los colores usados como escarapela en la semana de mayo de 1810 fueron una cinta blanca –distintivo de los Borbones reemplazados por Napoleón-, o blanca y colorado, de acuerdo a la Cruz de San Andrés o de Borgoña estampada en enseña peninsular. El grupo “morenista” convertido en oposición adoptó el color celeste en vez del colorado, para marcar su distancia con el Gobierno, que usaba éste. Cambiada la Junta Grande por el Triunvirato, se difundió el uso de las cintas blancas y celestes, en forma paulatina. De ellas se inspiró el general Belgrano.

Creyendo Belgrano –con esa conformidad a su iniciativa- que podía avanzar sobre el símbolo de la naciente Patria, unos días más tarde, el 27 del mismo mes volvió a dirigirse al Gobierno con la nota ahora consagrada por la Historia : “Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional”.

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Se comprueba el origen preciso de la enseña, derivada de la escarapela –y no del manto de la Virgen o la coincidencia con la banda de la Orden de Carlos III-, sino que es una misma: reducida para el uso personal, y la grande para desplegar ante soldados propios y enemigos. El vecindario de Rosario la celebró, al igual que el de Jujuy cuando la hizo bendecir el 25 de mayo, “aniversario de la Patria ”, destacó su creador, “en medio de las aclamaciones y vivas del pueblo, que se complacía de la señal que ya nos distingue de las demás Naciones”.

Si bien no se conservó dicha primera bandera, por lo que se expondrá a continuación, la disposición de sus colores sería una lista blanca arriba y otra celeste debajo: así figura en el cuadro que se hizo pintar el mismo Belgrano (Londres, 1815), como fondo de su efigie mostrando un combate; e igualmente en el grabado que mandó imprimir San Martín luego de Maipú (Londres, 1818), en el cual se lo representa portando la bandera del Ejército de los Andes, con esa disposición de las dos franjas. Empero, el Triunvirato desautorizó a este último por el paso dado: en medio de una situación militar difícil en la Provincia Oriental y con negociaciones diplomáticas para salvar la independencia, cursó a Belgrano la orden de eliminarla, haciendo pasar su creación “como un rasgo de entusiasmo”, le previno el 27 de junio. El General acató la disposición, que se mantuvo reservada.

Pero el movimiento emancipador no tenía vuelta, y alcanzó su reflejo en la inspiración de Belgrano.

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El propio Gobierno de las Provincias Unidas, ese mismo año 1812, había dispuesto no pasear más el estandarte español por tratarse de “una ceremonia humillante” (11 de mayo), “incompatible con las prerrogativas de la libertad que ha proclamado y defiende”, hasta sustituir dicha ceremonia “por una demostración más digna y análoga a nuestra regeneración social”. Así se difundió desde el órgano oficial la Gaceta Ministerial.

Y apenas un mes después el “estandarte de la libertad”, se expuso por primera vez en la Capital desde la torre de la iglesia de San Nicolás (donde hoy se levanta el Obelisco). El 10 de junio de ese año 1812 –el mismo mes en que se prohibió al general Belgrano a mostrarla- una carta del enviado portugués coronel Juan Rademacker a Lord Strangford, embajador británico en Río de Janeiro, le describía una función de teatro titulada “El 25 de Mayo”, compuesta por Ambrosio Morante, a cuyo final un “Genio” figurando “el espíritu de Independencia Americana”, presentó al público de Buenos Aires “a nova bandera nacional, que he azul e branca”.

Ya estaba impuesta la enseña que Belgrano nos legó, según cantamos en las fiestas patrias. En el año 1813 el “pabellón de la Patria ”, la bandera “republicana”, “de la Independencia ”, como se la denominó, fue lucida en cuanta ocasión fue considerada conveniente. No dejó de hacerlo el nuevo Gobierno (segundo Triunvirato), y el diario llevado por Juan Manuel Beruti –hermano de quien distribuyó las cintas tres años antes- indica en septiembre que en el Fuerte, sede del mismo, “en la misma asta de bandera se puso por el Gobierno en la parte superior un gallardete de color celeste y blanco, divisa de la Patria

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, que dominaba la bandera española de amarillo y encarnado, que estaba debajo de la nuestra, preludio de que pronto declararemos nuestra independencia”. Aunque pasarán más de tres años para hacerlo en forma solemne, los términos utilizados, en forma coincidente, no dejan duda que el Río de la Plata era una Nación separada del Reino de España desde 1810, cuando dejaron de recibirse autoridades y disposiciones desde la Península. Un enemigo de la Revolución de Mayo, el defensor de Montevideo, mariscal Gaspar Vigodet, anunciaba al Ministro de Relaciones Relaciones Exteriores de Portugal: “Los rebeldes de Buenos Aires han enarbolado un pabellón con dos listas, azul-celeste a las orillas y una blanca en medio”.

Aquí tenemos una innovación: a la bandera de Belgrano se le había sumado otra faja en la parte superior. Se ignora el momento en que fue decidida y el autor de ella, siendo que varios autores atribuyen la tercera a iniciativa de don Bernardino Rivadavia, estrecho amigo de Belgrano. A poco ambos desempeñarán una misión conjunta en Europa. Ya estaba impuesto el distintivo nacional, en forma oficial: cuando el 31 de enero de 1814 se tornó a un Poder Ejecutivo unipersonal, al flamante Director Supremo se le otorgó un distintivo del cargo: “Llevará una banda bicolor, blanca al centro y azul a los costados”. Prolijamente el “diario” de Beruti registró el 17 de abril de 1815: “Este mismo día amaneció puesta en el asta de la Fortaleza la bandera de la Patria , celeste y blanca, primera vez que en ella se puso”. No es de extrañar, pues, que al impartir instrucciones el Director Supremo al coronel Hipólito Bouchard, a punto de emprender su navegación de corso, le previno el 21 de septiembre del último año: “Si se trabara algún combate se tremolará el pabellón de las Provincias Unidas, a saber: blanco en el centro y celeste en sus extremos, al largo”. Convertida en

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el símbolo de la independencia sudamericana, la bandera argentina fue adoptada por varios países de Centro América.

Se llegó así al momento de solemnizar, de manera pública, lo decidido en Buenos Aires entre el 22 y el 25 de mayo de 1810: proclamar la definitiva emancipación de España, lo que se venía viviendo desde entonces. Y en el mismo mes de julio en que se manifestó la resolución, el día 25, un ley del Congreso Nacional reunidos en Tucumán dispuso: “Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una Nación, después de la declaración de su independencia, será su peculiar distintivo una bandera celeste y blanca, de que se ha usado hasta el presente”. Sería tremolada en la Fortaleza de Buenos Aires –sede del Gobierno-, buques y unidades militares (para las cuales se agregó por ley del 25 de febrero de 1818, “un sol pintado en medio de ella”, dorado, se entiende, y no está de más marcar el detalle, por lo que vendrá).

Desde entonces el azul claro en los extremos, y blanco en el medio con un sol, fue ostentada en edificios públicos y ceremonias castrenses. Durante la guerra contra el Imperio de Brasil la llevó así el Ejército Republicano de Operaciones. Fue la que usó, en consecuencia, el general Lavalle cuando de retorno al finalizar la contienda, depuso y derrocó al Gobernador Dorrego. Pero al margen de tan deplorable suceso y consecuencias, la enseña nacional quedó como símbolo de Argentina, en tierra y por mares, desde que lo dispusiera el Congreso de la Independencia.

Mas no por mucho tiempo, para asombro y condenación de cantidad de compatriotas.

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Sabido es que al asumir el Gobierno de la Provincia

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de Buenos Aires el general Juan Manuel de Rosas, impuso una férrea distinción entre partidarios y adversarios, con extrema dureza en el trato hacia éstos, en todas sus manifestaciones. No escapó ni siquiera la representación de nuestra soberanía. En ese tiempo el Gobernador Rosas exigió el uso de una divisa partidista, de color colorado, usado éste desde la figuración de Artigas en el Litoral (1815) con reveladora elocuencia gráfica: la bandera nacional cruzada en diagonal por una banda colorada, distintivo de la Federación que aquel caudillo buscaba imponer como sistema político.

Las líneas se acentuaron: hallándose Rosas en su campamento en el sur, sobre el río Colorado, envió un deseo para conocimiento del doctor Felipe Arana –su futuro Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores- y de su esposa doña Pascuala Beláustegui de Arana, presidenta de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, tan asombroso que es necesario conocerlo a través de las propias palabras de Arana (22 de abril de 1833): “Pascuala me encarga diga a Ud. que, como este año está de Presidenta, ha dado orden a las escuelas que para las fiestas del 25 de Mayo quiten las cintas celestes, y usen las punzó, según Ud. lo significó”…

El conocimiento de esta aberración fue contestado por el general Rosas al siguiente mes, el 29 de mayo, al doctor Arana, en términos inequívocos: “Sírvase Ud. manifestar a mi señora doña Pascuala cuánta ha sido mi complacencia al saber que había privado [negado] el uso de la cinta celeste en los premios del 25 de Mayo. Siguiendo su ejemplo, mandé que todo el que tuviera algo celeste en el Ejército lo quemase dicho día”. Mayor agravio al color patrio usado desde 1811, utilizado por Belgrano al año siguiente, oficializado en Tucumán en 1816, y enarbolado por los Ejércitos de la Independencia , no podía darse. Y para más grave escarnio, al conmemorarse el inicio de las jornadas emancipadoras.

Pero eso fue el primer paso de la conducta de Rosas con relación a la bandera patria.

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En 1835 asumió el segundo período de Gobierno en Buenos Aires, con facultades dictatoriales, al concedérsele la “suma del Poder Público”. Y ya sin ninguna oposición que interfiriese en su conducta, al año siguiente (23 de marzo) comunicó al coronel Vicente González, en Monte: “He entregado al Coronel una hermosa bandera que debe remitir a Ud. en primera oportunidad, con el correspondiente oficio. Ésta es para los días de celebridad en ese punto. Sus colores con blanco y azul oscuro, con un sol colorado en el centro, y en los extremos el gorro punzó de la Libertad. Ésta la bandera nacional por la ley vigente. El color celeste ha sido arbitrariamente y sin ninguna fuerza de ley nacional introducido por las maldades de los unitarios. Se le ha agregado un letrero de ¡Viva la Federación ! Vivan los federales! ¡Mueran los unitarios!”.

Está de más cualquier comentario. Sólo aclarar que esta adulteración de colores –que no es nada menos que una sustitución del emblema patrio por uno partidista- fue dispuesta sin siquiera ley de la Sala de Representantes provincial, ni decreto del Poder Ejecutivo, sino mediante circulares.

Pero esa fue la bandera desplegada por las tropas de Rosas en sus posteriores operaciones contra sus enemigos constitucionalistas –denominados “unitarios”-, y así se pintó en cuadros de la época. No era la bandera argentina, por supuesto; y conviene transcribir la opinión del general José María Paz al mandatario correntino don Joaquín Madariaga (2 de febrero de 1845), en lucha contra el Dictador porteño: “El comandante don Jorge Kardassi me ha presentado una bandera de la balandra de guerra de Buenos Aires, Carmen, que fue por él apresada en su tránsito desde Montevideo. Esta adquisición no sería un trofeo si fuera el pabellón argentino, a cuya sombra hemos combatido, y cuya vista inflama a nuestros leales compatriotas: ella es solamente la insignia del despotismo más atroz que preside la carnicería y la barbarie. Ella no es la bandera de Mayo, pues desfigurada en sus colores y emblemas, no tiene ninguna semejanza con la que simboliza las glorias de la Patria.

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Por ello es que he creído deberse conservar en el depósito que tenga la Provincia para éste objeto”.

Conceptos bien elocuentes y terminantes por provenir de quien los enunció. Pero todo llega a su fin, y la Dictadura de Rosas resultó conmovida por la revolución iniciada por el Gobernador de Entre Ríos, general Justo J. de Urquiza, al proclamar en 1851 el anhelo de reunir un Congreso Constituyente. El lema de guerra de sus fuerzas era elocuente: “¡Mueran los enemigos de la Organización Nacional!”. La Provincia de Corrientes se le adhirió.

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La esperanza de la regeneración de la Patria tuvo un simbólico elemento, del más elevado significado. Cabe adelantar que las cuatro Provincias del Litoral usaban enseñas propias izadas en sus embarcaciones, y por eso el agente de Urquiza en Montevideo –donde se gestaba una alianza para dotar al gobernante entrerriano de naves de guerra y dinero metálico, objetos necesarios para la campaña a iniciarse- se dirigió a éste inquiriendo qué enseña debía enarbolar en el edificio que lo alojaba. La respuesta del general Urquiza fue categórica: “Desde que los Estados de Entre Ríos y Corrientes son parte integrante de la Confederación

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Argentina, no corresponde a la Legación usar de otra bandera ni de otras armas que las que reconoce el mundo como el símbolo de la nacionalidad argentina; por consiguiente debe V.S. tremolar en la casa de la Legación la bandera azul y blanca, y ser el escudo de armas que entre dos manos entrelazadas lleva una asta en que está colocado el gorro de la Libertad ”. El 1º de mayo de ese año 1851, Urquiza se había adelantar a levantar la prohibición de Rosas de usar el color azul (representación de los “unitarios”).

La primera operación militar fue llevada contra el aliado de Rosas, general Oribe, logrando su rendición ante Montevideo, en el mes de octubre. Si los jefes y oficiales de Buenos Aires se embarcaron en naves inglesas para volver junto al Dictador porteño, la tropa que estuvo a órdenes de aquel hasta entonces, en cambio, fue incorporada al Ejército triunfador, al uso de ese tiempo. En enero de 1852, al cruzar el arroyo del Medio el Ejército Grande Libertador, tuvo lugar un acto que registró Domingo F. Sarmiento en su “diario”: “Despliegue de banderas. Sorpresa y entusiasmo al ver la bandera nacional azul-celeste”. En su libro Campaña en el Ejército Grande el mismo Sarmiento explica tal reacción: “El coronel Echenagucía viene a verme y me describe la emoción de los soldados del antiguo Ejército de Rosas al emprender su marcha, entrar en su Provincia, y ver ondear al frente de sus Batallones la bandera azul-celeste nacional, que se les había dado ese día, en lugar de la azul-negra con letreros, de Rosas. Díjome con dolor que muchos oficiales no conocían el pabellón nacional, educados en la guerra civil”. Con la batalla de Caseros ganada por Urquiza, junto con la libertad, dignidad y la base de la Constitución , retornó para siempre el uso de la auténtica bandera argentina.

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LAS DOS GRANDES BATALLAS DEL NORTE Carlos Páez de la Torre (h) [28]

Desde los primeros meses posteriores a la Revolución de Mayo y por espacio de 15 años, el noroeste de la actual República Argentina fue el sostenedor del movimiento iniciado en 1810. La malformación tradicional de nuestro país, ha hecho que esa circunstancia pase generalmente desapercibida en la mente de los varios millones de ciudadanos que residen en las zonas más pobladas de la República. Casi no es necesario decir que esto ocurre porque no nos hemos preocupado, a través del tiempo, de generar (por medio de la educación y a partir de la escuela primaria) una conciencia clara de estas cosas. Si lo hubiéramos hecho, habríamos conseguido que las batallas de Tucumán y Salta, y después la acción denodada de los escuadrones gauchos de Salta y Jujuy estuvieran grabadas en el imaginario colectivo con la misma fuerza que tienen el 25 de Mayo “frío y lluvioso” o las victorias de San Martín en Chile, por ejemplo. En fin, es una de las tantas cuestiones que debiéramos concentrarnos en corregir. Y bueno sería que, en estos tiempos en que tanto se proclama la necesidad de cambiar el modo de ver la historia nacional, lo que ocurrió en el noroeste entre 1810 y 1825 ascendiera a la categoría de los acontecimientos que dieron definición a la patria. Acaban de conmemorarse los bicentenarios del Éxodo Jujeño y de la batalla de Tucumán. En poco más de tres meses celebraremos el bicentenario del

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juramento del río Pasaje, el 13 de febrero de 1813, y luego los dos siglos de la gloriosa batalla de Salta, del 20 de febrero de 1813. Jorge Luis Borges cierra uno de sus famosos textos de ficción, ambientado en el Japón del siglo XVIII, con estas líneas. Dice: “este es el final de la historia de los 47 hombres leales: salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras”. Algo así ocurre con aquellas dos grandes batallas del norte, que evocaré rápidamente en esta intervención. Nosotros también, que nunca perderemos la esperanza de ser leales a la memoria de esos valientes, queremos seguir, entretanto, honrándolos con palabras. Y contar otra vez esa historia que, entre comillas, todos saben, al menos en teoría.

Después de Huaqui Demos por conocidos los acontecimientos previos a aquellas grandes definiciones en esta parte del país. La primera campaña al Alto Perú, luego de la victoria de Suipacha de 1810, se había cerrado con el atroz desastre de Huaqui. La retirada que le siguió fue un auténtico caos. Al antes fuerte ejército triunfador de Suipacha, las deserciones lo habían dejado reducido a apenas 200 hombres, que arribaron penosamente a Jujuy. Unos 600 dispersos se habían adelantado y estaban en Salta, donde Rudecindo Alvarado los reunió y los agregó al resto. Se sumaron también las milicias de Salta, que el gobierno había acuartelado. A todo esto, la Junta dispuso, en agosto de 1811, que los jefes batidos en Huaqui fueran reemplazados por el coronel Cornelio Saavedra. Este se hizo cargo de la fuerza, pero por muy poco tiempo, ya que la Junta (sustituida por un Triunvirato desde setiembre), ordenó que Juan Martín de Pueyrredón relevara a Saavedra. El nuevo jefe designó como segundo al coronel José Moldes, quien tomó enérgicas medidas de disciplina y reclutamiento, con lo que pudo elevar los efectivos a unos 2000. Pueyrredón, entusiasmado, autorizó a su jefe de vanguardia, Eustoquio Díaz Vélez, a intentar (enero de 1812) un ataque a los realistas en Nazareno. Terminó en otra derrota. Entonces, Pueyrredón ordenó una presurosa retirada con rumbo a Tucumán, a la vez que solicitaba su relevo del mando. Y el

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Triunvirato resolvió que el reemplazante de Pueyrredón sería Manuel Belgrano.

Belgrano asume y contramarcha El 27 de marzo Belgrano recibió, de manos de Pueyrredón, en Yatasto, la desvencijada tropa. Como primera medida, canceló el repliegue y contramarchó hacia el norte. Acampó primero en Campo Santo, y el 19 de mayo instaló su cuartel general en San Salvador de Jujuy. Los realistas iban, a todo esto, de triunfo en triunfo. En mayo, tuvieron dominada a Cochabamba. Más tranquilo, el general en jefe, José Manuel de Goyeneche, se dispuso a ocupar las provincias “arribeñas” de la actual Argentina. Encargó la misión a su primo, Pío Tristán, quien había ascendido a general por su desempeño en Huaqui. Y el 1° de agosto, Tristán iniciaba su campaña. Iba al mando de 2000 soldados de infantería y 1200 de caballería, y contaba con 10 cañones. Entretanto, en Jujuy, Belgrano luchaba con enormes dificultades para convertir en ejército ese grupo desmoralizado. Logró que Buenos Aires le enviara 40.000 pesos y 400 fusiles, a tiempo que activaba la recluta. El gobernador intendente, doctor Domingo García, le remitió 500 hombres desde Salta, y de allí arribó también el coronel Moldes, con 125 hombres equipados y montados a su costa: eran los llamados “Decididos de Salta”. En Jujuy se formaron los “Decididos de Jujuy” mientras, en la Quebrada, Antonio González Balcarce multiplicaba la recluta de jinetes. Para levantar el ánimo de los soldados, el 25 de mayo de 1812 Belgrano decidió enarbolar la bandera que había creado meses atrás, en Rosario. Ante una gran multitud, presentó la enseña al ejército y pueblo desde el Cabildo, y la hizo bendecir, en la Catedral, por el canónigo Gorriti.

El “Éxodo Jujeño” Sabedor de que el próximo objetivo de las fuerzas realistas era Jujuy, Belgrano decidió que la totalidad de la población la abandonase, sin dejar nada que pudieran aprovechar los invasores. El 29 de julio, lanzó un bando tajante. Ordenaba que todos los habitantes se unieran al ejército, llevando cuantas armas, de fuego o blancas, tuvieran en su poder o pudieran adquirir,

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además del ganado, cosechas y hasta las mercaderías de los comerciantes, todo bajo pena de sanciones severísimas. Así, se formó una enorme columna de población civil, cuya marcha hacia Tucumán empezó el 23 de agosto de 1812. Hombres, mujeres, niños con sus pertenencias a cuestas, fueron protagonistas de aquel memorable episodio conocido como el “Éxodo jujeño”. Belgrano fue el último en alejarse de Jujuy, después de la medianoche del 23 de agosto. Alcanzó al galope el grueso de las tropas, y con ellas siguió rumbo a Tucumán. En Salta se le incorporó el resto de las milicias y la guarnición de esa plaza. Así, cuando los realistas entraron en Jujuy, encontraron la ciudad abandonada. Desde Jujuy, Tristán despachó avanzadas para hostilizar la retaguardia patriota, que estaba al mando del coronel Díaz Vélez. En Cabeza de Buey, el hostigamiento adquirió más violencia, y toda la retaguardia hubiera sido destrozada, de no mediar la intervención del cuerpo de reserva.

Las Piedras y cavilaciones Los realistas, envalentonados ante este ejército desmoralizado que se retiraba, el 3 de setiembre decidieron cargar sobre su retaguardia, en las inmediaciones del río Las Piedras. El ataque fue exitoso, y, a pesar de los esfuerzos de Díaz Vélez, el enemigo logró apoderarse de dos piezas de artillería y hacerles varios prisioneros. Pero Belgrano, que no se hallaba lejos, supo aprovechar la ocasión. Amparándose en los accidentes del terreno y las arboledas, desplegó sus fuerzas y enfrentó a los realistas. Los puso en fuga, tras matarles una veintena de soldados, además de tomar prisioneros y armamento, y rescatar gran parte de los capturados. El combate de Las Piedras no tenía trascendencia militar; pero resultó clave para insuflar una nueva moral en los soldados. A esa altura, Belgrano cavilaba sobre sus próximos pasos. Las órdenes del Triunvirato, en su poder, eran claras. Si los realistas llegaban a ocupar Salta -cosa que en esos momentos estaban haciendo- y marchaban sobre Tucumán, el Ejército del Norte debía retirarse hasta Córdoba sin presentar batalla. Pero el general calibraba la posibilidad de quedarse en Tucumán y resistir desde

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allí. Claro que se trataba de una variante muy grave, y todavía no se había decidido a adoptarla. En Yatasto, el camino se divide en dos. Uno, el llamado “de las carretas”, llevaba a Córdoba, por Santiago, y rozaba territorio tucumano sin pasar por la ciudad. El otro conducía a la ciudad de Tucumán, directamente. Belgrano optó por el primero, y acampó en La Encrucijada, paraje de Burruyacu, como paso previo a internarse en territorio de Santiago.

Resistir en Tucumán

Mientras tanto la vanguardia realista, rehecha después de Las Piedras, hizo alto cerca de Metán, a la espera de refuerzos antes de avanzar hacia Tucumán. Descontaban que Belgrano seguiría a Santiago, dado el camino que había adoptado. Y por eso, sin apuro, se demoraron varios días en Metán. Ese margen iba a resultar precioso para el ejército patriota. Desde La Encrucijada, Belgrano envió a Tucumán al coronel Juan Ramón Balcarce. Su misión era recoger todas las armas que hubiese disponibles en esa ciudad, y reclutar hombres para que engrosaran la tropa. Debía examinar, además, el espíritu de la gente, para pulsar la dimensión de su apoyo al Ejército. La población se inquietó de inmediato ante la presencia del comisionado. Si los realistas avanzaban, cuando entrasen los hallarían desarmados y lejos del Ejército. Los vecinos empezaron a congregarse, nerviosos y angustiados. La reunión importante se desarrolló en la casa de don Bernabé Aráoz. Era el personaje de mayor significación por su fortuna, por su carácter decidido y por la autoridad que ejercía sobre la campaña. Resolvió, y lo apoyaron todos, requerir a Balcarce que el Ejército detuviera su repliegue y enfrentara a los realistas en Tucumán, para lo cual ofrecían brindarle toda clase de ayuda. Y, para reforzar la propuesta, partió una comisión a La Encrucijada. La encabezaba don Bernabé con su pariente, el clérigo Pedro Miguel Aráoz, y también el coronel Rudecindo Alvarado. El general escuchó sus razones y les expuso que quedarse implicaba desobedecer las órdenes que tenía. Pero, en el fondo, estaba inclinado a complacerlos. Les dijo, finalmente, que detendría su marcha en Tucumán, si le aportaban 20.000 pesos para socorro de la tropa y un millar de hombres de caballería. Aráoz prometió que le

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entregaría el doble. La decisión, entonces, quedó tomada. El Ejército se haría fuerte en Tucumán, y allí enfrentaría a los realistas. Resuelto Belgrano a afrontar este desafío de tan incierto resultado, toda la provincia entró en febril actividad de preparativos y reclutamientos. El tiempo apremiaba, ya que los realistas iban a moverse desde Metán en cualquier momento. El general levantó el campamento de La Encrucijada y el 11 de setiembre por la noche entró en Tucumán con su exhausta tropa. En menos de dos semanas, llegaría el momento de la verdad.

Amanece el 24 de setiembre Al amanecer del 24 de septiembre de 1812, empezaron los movimientos definitivos de los ejércitos que combatirían en la batalla de Tucumán. Los 3000 hombres del realista Tristán habían pasado la noche acampados en la cañada de Los Nogales, mientras los 1.800 que componían el ejército de Belgrano permanecían en los fosos y trincheras de la ciudad. Al rayar el alba, estos se movieron hacia el norte de la población. Desde allí, podía divisarse perfectamente al enemigo acampado en Los Nogales. Estando ya claro, Tristán empezó desde allí su avance hacia la ciudad. Pronto debió torcer camino, porque se encontró con un incendio de pajonales, obstáculo creado por una patrulla criolla de Gregorio Aráoz de La Madrid. Optó entonces por el camino del Perú. Pasó por Ojo de Agua y llegó hasta el puente de El Manantial. Allí hizo un alto y resolvió desplazar un batallón hacia el sur para cortar la eventual comunicación con Santiago. Y luego, con el grueso del ejército, dobló a su izquierda y marchó sobre Tucumán. A todo esto, Belgrano –enterado de estos movimientos- sacó su fuerza del sector norte y, tras cruzar rápidamente la ciudad, la emplazó al oeste, por las inmediaciones de la actual plaza Belgrano, abarcando gran parte de lo que se llamaba entonces Campo de las Carreras. Formó una larga línea de batalla, que iba aproximadamente desde un poco más al norte del hoy Colegio de Las Esclavas, en Alberdi y Lavalle, hasta la zona de Los Vázquez, aproximadamente sobre la intersección de las actuales calles Independencia y Bernabé Aráoz. La caballería estaba emplazada en los flancos y en la primera línea. Los infantes, al frente, en tres columnas. La escasa artillería se distribuía en los claros de la formación.

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La batalla de Tucumán El ejército realista venía confiado desde El Manantial, con su artillería desarmada sobre mulas y a paso cansino. De repente, se topó con los patriotas formados en batalla. Rápidamente Tristán trató de desplegar su fuerza, cosa que logró sólo en parte, porque ya avanzaba disparando sus fusiles la infantería de Belgrano, a tiempo que el barón de Holmberg hacía tronar la artillería. Esa arremetida inicial impidió a Tristán armar y utilizar sus cañones, que le hubieran sido de preciosa ayuda. Ya la batalla estaba trabada. Belgrano ordenó que cargara la caballería del ala derecha, a las órdenes de Balcarce. Esta hizo un desvío para evitar el fuego de los infantes enemigos, y cayó sobre la caballería por detrás. Su efecto fue demoledor, puesto que no sólo desbarató a los jinetes de Tarija y Arequipa, sino también a gran parte de la infantería realista que pugnaba por alinearse. Fue una arremetida de ímpetu tremendo, donde los Dragones y los Decididos atacaban dando alaridos y golpeando sus guardamontes. El resultado fue que, en desorden, toda el ala izquierda enemiga empezó a retirarse hacia el puente de El Manantial. Entretanto, en el centro, la infantería realista (del sector no afectado por la carga) había logrado alinearse y poner en apuros a los hombres de Ignacio Warnes. Pero auxiliado éste por la reserva de Manuel Dorrego, lograría hacer replegar a los enemigos. Claro que en ese momento la batalla se complicó. Arribó al campo aquella columna de infantería que Tristán había enviado al sur, y acudió en auxilio de la derecha realista. Belgrano galopó desde su derecha hacia la crítica izquierda patriota, para ordenar la carga, pero no pudo hacerlo. Cuando llegó, ya sus soldados estaban envueltos en un desbande cuyo tumulto lo arrastró hacia el sur, sacándolo del campo de batalla. El momento era gravísimo. El ala derecha realista, sintiéndose fuerte y apoyada por el batallón extra, arrolló a la columna de infantes de José Superí, que tenía enfrente, y formó un martillo sobre la izquierda patriota. Esto a tiempo que empezaba a soplar un viento fuerte y cálido: una tormenta de tierra que luego se convertiría en lluvia, a lo que se agregó una manga de langostas. Todo parecía confuso en el campo. El mayor general Díaz Vélez tomó entonces una inteligente decisión. Reflexionó que si había roto en tres puntos

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la línea española y capturado la mitad de su artillería, además de tomar más de medio millar de prisioneros, era ya imprudente quedarse en el lugar. No podía comunicarse con Belgrano, lo inquietaban las posibilidades que tendría el movimiento de martillo, y sabía que Tristán, en el puente de El Manantial, rearmaba a toda prisa su fuerza.

Tristán se retira Decidió, entonces, replegarse a la ciudad de Tucumán que estaba fortificada y desde la cual podía resistir. Además, los criollos acababan de capturar las columnas enemigas de víveres y bagajes, que atolondradamente habían entrado en la planta urbana sin participar en la acción. De ese modo Tristán, cuando volvió al campo, vio que la batalla había concluido y que los patriotas lo esperaban dentro de la ciudad. No se atrevió a atacarlos. Envió un ultimátum rechazado, disparó cañonazos, ejecutó “maniobras de aparato”, y a la medianoche del 25, pensándolo mejor, se retiró a Salta. De esa manera, se había cortado en Tucumán el avance realista, cancelando un gravísimo peligro para la suerte de la revolución. En esa jornada, los patriotas tuvieron 65 muertos y 181 heridos, y los realistas dejaron 453 muertos y 626 prisioneros. El feliz suceso, además, repercute con fuerza en Buenos Aires. La noticia llega el 5 de octubre. El 8, un golpe de Estado derroca al Primer Triunvirato y a la Asamblea General Legislativa. Se constituye el Segundo Triunvirato que convoca, el 24, a elegir una nueva Asamblea: se formará a comienzos del año siguiente y habrá de pasar justificadamente a la historia por sus decisiones.

Persiguiendo al enemigo En Tucumán, el victorioso Belgrano no pierde el tiempo. Ni bien inicia el derrotado Tristán su contramarcha, destaca fuerzas para perseguirlo. Envía una columna de 600 hombres, al mando del coronel Eustoquio Díaz Vélez. Formaban en ella los “Decididos de Salta” y milicianos de Tucumán. Afirma el historiador Bernardo Frías que en la persecución cooperaba el hostigamiento de propietarios patriotas de la campaña salteña, como los

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Gorriti, los Saravia y los Latorre, cuyos jinetes atacaban las partidas realistas y tenían al ejército del monarca en constante zozobra. Una vez que Tristán cruzó el rio Pasaje, el coronel Díaz Vélez resolvió interrumpir el acoso y apresurarse para llegar a Salta antes que los realistas. Usó el camino de herradura que iba por las montañas y caía al valle de Lerma por el fragoso sendero de la Cuesta de la Pedrera. En ese momento, la ciudad de Salta había vuelto brevemente a poder de los patriotas, gracias a Juan Antonio Álvarez de Arenales. La vanguardia de Díaz Vélez, al mando de Cornelio Zelaya, batió una partida realista en el río Las Piedras, el 30 de septiembre; entró a Salta el 15 de octubre y siguió rumbo a Jujuy, buscando apoderarse de esa ciudad poco guarnecida, donde existían importantes depósitos de municiones y de dinero del Rey. Pero el ataque fue repelido y Zelaya debió contramarchar a Salta. Poco después, arribó a esa ciudad Díaz Vélez con sus soldados. Pero sólo pudo permanecer un par de días. Ya llegaba Tristán con el grueso del ejército y, luego de un tiroteo con sus avanzadas –y una fuerte escaramuza en el paraje de El Bañado- Díaz Vélez regresó a Tucumán y unió sus fuerzas a las de Belgrano.

Preparativos en Tucumán Los meses siguientes del Ejército del Norte en su campamento de Tucumán, transcurrieron en un clima de tensión, por varias razones. Ocurría que Belgrano aspiraba a marchar lo más pronto posible sobre Salta, pero no podía hacerlo si no reforzaba sus tropas. Logró que el gobierno le enviara desde Buenos Aires unos 800 hombres pertenecientes a los regimientos 1 y 2 de Patricios, además de varias remesas de armamento y vestuario, como también dinero. Este último distó de cancelar la larga deuda de sueldos, pero por lo menos la tropa impaga recibió algo a cuenta. Los fondos se administraban bajo la más severa economía, por medio de una Comisión de Hacienda, que presidía Francisco de Gurruchaga. Contando los Patricios y el resultado de la recluta, a fines de diciembre de 1812 el Ejército de Belgrano tenía una fuerza efectiva de 3.000 hombres. Eran sometidos a un constante adiestramiento: era urgente, por ejemplo, que

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se familiarizaran con el uso de la lanza y del sable, que la mayoría de ellos despreciaba. La cantidad de soldados equipados e instruidos, distaba de constituir el único problema. Era consciente Belgrano de la escasa disciplina que caracterizaba a sus oficiales. Eso le suscitó problemas serios. En sus “Memorias”, el entonces teniente José María Paz narraba varios de ellos, con cierto detalle. También asoman en la correspondencia oficial de Belgrano.

Oficio mentiroso. Tristán en Salta Mientras el Ejército de Norte se apresta, el realista Tristán ha resuelto hacerse fuerte en Salta. En el trayecto hacia esa ciudad, desde “el campamento de Las Lagunas, antes del Arenal”, remite un insólito oficio al gobernador de la jurisdicción. En esa comunicación, fechada el 29 de septiembre, lejos de reconocer el contraste de Tucumán, afirma que el 24 ha sido un día de triunfo para los realistas, y ordenaba al gobernador mandar ahorcar a todo el que propalase la versión contraria.

Claro que, como lo subraya el historiador Frías, la fanfarronada no engañaba a salteños y jujeños. Si Arenales había podido tomar la ciudad de Salta por varias semanas, e incluso habían estado allí -vimos- las fuerzas de Díaz Vélez, era absurdo creer en una derrota patriota en Tucumán. Y pronto los viajeros que de allí venían confirmaron claramente esas sospechas. Alrededor del 18 de octubre de 1812, el grueso del ejército de Tristán llegó a Salta. Según el historiador realista Francisco Javier de Mendizábal, el virrey del Perú, marqués de la Concordia, estaba profundamente fastidiado por la derrota de Tucumán. En primer lugar, quería relevar del mando a Tristán y sustituirlo por el brigadier Francisco Picoaga. Su criterio era, además, que Tristán contramarchara hasta Jujuy y se reuniera, por la quebrada, con Picoaga, con lo que hubiera sumado 4.500 hombres. Pero Tristán –que aborrecía al colega brigadier- quería quedarse en Salta, reparar sus fuerzas y volver sobre Tucumán para desquitarse. Finalmente Goyeneche, contraviniendo las órdenes del virrey, aceptó que su primo permaneciera en Salta. Desde allí Tristán le solicitó, con urgencia, refuerzos que compensaran el millar de hombres que –entre prisioneros y muertos- le había costado la desastrosa campaña de Tucumán. Su jefe y

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pariente le remitió el batallón Paucartambo y el batallón Azángaro, que quedó en Jujuy. De esa manera, Tristán llegó a contar con unos 3.500 soldados de línea.

Imprevisión de Tristán Instalado en Salta, el vencido de Tucumán empezó a sentirse tranquilo. Era verdad que partidas de jinetes patriotas del sur del valle de Lerma, hostigaban con frecuencia sus fuerzas hasta las mismas puertas de la ciudad. Pero no les daba importancia. Alentaba el propósito de vengar a corto plazo la derrota de Tucumán y se sentía en condiciones de hacerlo. Era cuestión de esperar un poco. Se alojaba en la casa de doña Liberata Costas, esposa del oficial realista Agustín de Gasteaburu, ubicada en la actual calle Caseros, entre Buenos Aires y Alberdi, según el historiador Atilio Cornejo. Sus soldados acampaban en diversos locales de la ciudad: el Cabildo, los templos de La Merced y San Francisco y el Hospicio de San Bernardo, de los padres Betlemitas. Pensaba Tristán que Salta era segura. Puesto que llegaba el verano, estación de las lluvias, conjeturaba que en el remoto caso de que Belgrano viniera a atacarlo, las crecientes del río Pasaje eran imposibles de vadear por su ejército. Tan seguro estaba de esto, que no cuidó de fortificar sus márgenes. Se limitó a poner –por si llegaban a cruzar- una pequeña guarnición en el paraje de Cobos.

Belgrano rumbo a Salta El 13 de enero de 1813 empezó a moverse desde Tucumán, en forma escalonada, el Ejército del Norte, con 3.000 hombres dispuestos a caer sobre Tristán en Salta. Primero partió el regimiento de Cazadores, luego todos los de Infantería y por último la caballería de los Dragones, así como las milicias tucumanas que mandaba Bernabé Aráoz. La campaña tenía ya un buen auspicio, con el triunfo del general José Rondeau en el Cerrito de Montevideo, el 31 de diciembre de 1812. Y muy pronto tendría otro, con la pequeña pero contundente victoria del coronel José de San Martín sobre los realistas, el 3 de febrero, en las barrancas de San Lorenzo, sobre el Paraná.

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La fuerza arribó al río Pasaje. Estaba crecido, pero pudieron cruzarlo en “dos o tres días de maniobras”, dice Gregorio Aráoz de la Madrid en sus memorias. Narra que con ese fin, “se construyeron balsas, dos botes o grandes canoas y se colocó una gran cuerda por una y otra banda del río, asegurada por grandes maderas que se fijaron al efecto”. Según corrige el realista Mendizábal, el cruce demandó ocho días. De cualquier manera, atravesó las torrentosas aguas del río el Ejército de Norte, con todos sus soldados, sus caballos, sus 10 piezas de artillería y sus 50 carretas, sin que apareciera un solo explorador de Tristán en sus inmediaciones.

Juramento en el Pasaje Cumplido el cruce, el 13 de febrero Belgrano dispuso realizar, sobre la margen norte, la ceremonia de juramento a la Asamblea General Constituyente, que el 31 de enero se había instalado, con toda solemnidad, en Buenos Aires. La tropa formó en cuadro y, tras una corta alocución, se leyó la circular del Triunvirato que ordenaba jurar obediencia a la Asamblea como órgano supremo. Acto seguido, el mayor general Díaz Vélez se presentó trayendo la bandera celeste y blanca, seguido por una escolta y al son de tambores. Esto porque Belgrano había resuelto aprovechar la ocasión para que, simultáneamente, se jurase tanto la obediencia a la Asamblea como a esa bandera que el Gobierno le había obligado a esconder cuando la creó, y que él reservaba para “una gran victoria”. Había sido “gran victoria” la de Tucumán, y estaba seguro de que el nuevo gobierno no lo desautorizaría esta vez. Desenvainando su espada, el general prestó el juramento; lo tomó luego a los jefes de cuerpo –a los cuales se incorporó, recién llegado de Buenos Aires, el coronel Martín Rodríguez- y finalmente a la tropa, que respondió con un cerrado “Sí, juro”. Luego, narra Mitre, “colocando su espada horizontalmente sobre el asta de la bandera, desfilaron sucesivamente todos los soldados y besaron, uno por uno, aquella cruz militar, sellando con su beso el juramento que acababan de prestar”. Paz recordaba que, dado lo largo del trámite, Belgrano fue reemplazado en el sostén de la espada, primero por Rodríguez y luego por otros oficiales superiores. Al terminar el acto, el general hizo grabar con un escoplo, sobre el gran árbol que se alzaba en la margen, la inscripción “Río del Juramento”. Fue el nombre que desde entonces reemplazó al antiguo de Pasaje.

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Prosigue el avance El 14 de febrero de 1813, al día siguiente de la jura del Pasaje, el Ejército del Norte prosiguió la marcha rumbo a Salta. Su vanguardia cayó sobre los soldados realistas que guarnecían Cobos. Mató a varios, hizo algunos prisioneros, y el resto fugó a Salta llevando la noticia del ataque. Cuando se enteró el jefe realista, brigadier Pío Tristán, no le dio importancia al comienzo. Pensó que el incidente no pasaba de ser una de las tantas operaciones de esa guerrilla rebelde, con la que pronto pensaba terminar de raíz. Pero nuevos y numerosos testimonios que fueron llegando, lo convencieron de que, de alguna manera, el ejército de Belgrano había cruzado el Pasaje y marchaba a atacarlo. Entonces, resolvió fortificar y artillar los llamados Portezuelos, el grande y el chico. Eran quiebres del cerro San Bernardo, al este de la ciudad, y constituían la única entrada posible al valle de Lerma. La misma medida adoptó en el ancho zanjón que seguía, así como en el puente de tres arcos que se cruzaba para entrar a la ciudad. Mientras tanto, proseguía el avance de los patriotas. Al grueso del ejército se sumó la vanguardia, que aguardaba en Cobos, y desde allí continuaron la marcha. Antes, Belgrano comisionó al coronel Santiago Figueroa y a Saturnino Saravia, para molestar y distraer a los realistas por el sur, persuadiendo a Tristán de que la batalla se trabaría sobre los cerros de la entrada. Al lado de Belgrano cabalgaba Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien suministró al general preciosos datos de la zona donde iba a internarse. Además, le entregó un plano de Salta y de sus alrededores, territorio que era desconocido para el jefe patriota.

La ruta inesperada Al llegar a la bifurcación de Punta del Agua, el general dispuso que su vanguardia -con los coroneles Díaz Vélez y Zelaya- marchara por el camino de la izquierda, para tomar los Portezuelos y asegurarse la entrada a la ciudad. Mientras, el grueso de la fuerza tomó por la derecha, rumbo a la Lagunilla, a donde llegó el 18 de febrero. Pero Díaz Vélez y Zelaya fueron rechazados por guerrillas desprendidas de los fortificados Portezuelos, y debieron retirarse.

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Se presentaba entonces a Belgrano el grave problema de buscar otra entrada a Salta, sin chocar con la fuerza que aguardaba en los Portezuelos, con los cañones colocados en las sendas y en el puente, y todo un ejército desplegado alrededor de esa posición. El capitán Apolinario Saravia, uno de sus ayudantes, aportó entonces una solución inesperada. Indicó una senda fragosa y muy poco conocida que, trepando dos leguas por los montes, caía a la quebrada de Chachapoyas. Esta desembocaba en la estancia de Castañares, propiedad del coronel Pedro José Saravia, padre de Apolinario, a poco más de una legua de la ciudad y al norte de ella. Belgrano mandó reconocer el paso y, cuando anochecía el 18 de febrero, encaró la senda con todo el ejército. Bajo la lluvia, 3.000 soldados -entre los que formaba el nutrido contingente de Tucumán- con 10 cañones y 50 carretas, se desplazaron trabajosamente por esa huella de ganado, “rellenando los hoyos, rebajando las prominencias peligrosas, barriendo, por fin, la senda de todo peligro”, narra el historiador Bernardo Frías. En ese trajín, emplearon toda la noche. Así, al amanecer del 19 de febrero el Ejército del Norte arribó a la planicie de Castañares, que procedió a ocupar. También ocupó las pequeñas eminencias llamadas Tres Cerritos, contra la sierra. Pronto se le unió la vanguardia rechazada en Higuerillas, llegada por la misma senda.

Los patriotas en Castañares La posición era inmejorable. El ejército patriota aparecía a espaldas de su enemigo, y a una altura desde la cual dominaba todo el espacio tendido hasta la ciudad. Además, cortaba a los realistas la comunicación con Jujuy, donde estaba el medio millar de soldados del coronel Miguel Tacón. Al amanecer del 19 de febrero, alguien dijo a Tristán que venían fuerzas por el norte. No le dio importancia. Creía imposible el paso por otro lado que los Portezuelos, y se limitó a decir: “¡Ni aunque fueran pájaros!”. Pero, cuando aclaró el día, todo Salta pudo divisar a las tropas patriotas acampadas junto a los cercos de piedra de Castañares. El ayudante de Tristán despertó a su jefe para informarle la novedad. Según Frías, Tristán volvió a dudar. “¿Son muchos?”, preguntó. “Como avispas”, le contestaron. Inquirió entonces “¿Y aún llueve”? Ante la respuesta afirmativa, comentó con ironía: “Pues me alegro, así se matan mejor las avispas”.

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Se vistió, y pasó a la casa de Aguirre, -emplazada, según Atilio Cornejo, en la actual calle Mitre entre España y Belgrano- cuyo balcón ofrecía una excelente vista hacia el norte. Enfocó el anteojo en esa dirección, y recién entonces lo golpeó la realidad. Debió convencerse de que, llegado no sabía por dónde, a una escasa legua estaba acampado todo el ejército enemigo.

La formación realista De inmediato, Tristán procedió a cambiar la ubicación de sus fuerzas, que sumaban un total efectivo de 3.388 soldados, contando oficiales. Las sacó de los Portezuelos y las llevó dando frente al norte y de espaldas a la ciudad, a una cuadra del borde del Tagarete de Tineo, arroyo pantanoso cuyas aguas corrían muy crecidas por las lluvias. Considera Frías que Tristán cometía dos errores con esa estrategia. El primero es que le hubiera convenido mantenerse en los Portezuelos con sólo un cambio de frente, ya que estaría así a mayor altura que las tropas enemigas. El segundo fue que, en el apuro, no atinó a llamar a la guarnición de Jujuy para que lo reforzase. Según describe Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano”, la fuerza realista formó en dos líneas. La primera tenía tres batallones de infantería. Apoyaba su flanco derecho sobre el San Bernardo, por cuyos repliegues hizo avanzar unos 200 soldados. En el flanco izquierdo estaba su caballería, de 500 jinetes, y al frente de la línea se desplegaban las 10 piezas de artillería. La segunda línea estaba integrada por dos batallones en columna, y a retaguardia formaban la reserva y el parque. Considera Mitre que esta formación “era más hábil que la patriota”, ya que “en la distribución de las diferentes armas habían sido mejor consultados los accidentes del terreno”. Juan José Fernández Campero, cuarto marqués de Tojo y primer marqués de Yavi (título este último con el que era conocido), mandaba el ala izquierda, tendida sobre el extremo oeste, con sus 500 jinetes. Cuerpos principales de la infantería y artillería eran los batallones de Cuzco, Abancay y Cotabamba; el de Chilotes y los granaderos de Paruro, “todos pardos y mulatos” del Perú, ataviados con “calzón corto de lana y ojota en el pie y gorras chatas militares”, dice Frías. Por el este, sobre la falda del San Bernardo, formaban la otra ala del ejército el Real de Lima –compuesto por unos 500 puros españoles peninsulares, al mando del coronel Antonio Lesdael- y el Paucartambo. No podían saber los realistas que el marqués de Yavi, con otros oficiales, había acordado “aflojar” en la batalla, durante reuniones secretas en casa de

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Juana Moro de López. Era una nueva –y última- voltereta de aquel personaje que había apoyado a los patriotas en la victoria de Suipacha pero, tras el desastre de Huaqui, había retornado al bando del Rey.

El ejército patriota En cuanto a los patriotas, según Mitre, se distribuían en “5 columnas paralelas de infantería en línea de masas con 8 piezas de artillería divididas en secciones a retaguardia; dos alas de caballería, en la prolongación de la línea de batalla, y una columna de las tres armas, con 4 piezas de artillería, formando la reserva”. Al mando de la columna de la derecha iban el teniente coronel Manuel Dorrego y después, por el orden de formación, los comandantes José Superí y Francisco Pico, el sargento mayor Carlos Forest y el comandante Benito Álvarez. La caballería de esa ala estaba al mando del flamante teniente coronel Cornelio Zelaya, y la del ala izquierda, al del capitán Antonio Rodríguez. El teniente coronel Gregorio Perdriel comandaba la infantería de la reserva, y el sargento mayor Diego González Balcarce, con el capitán Domingo Soriano Arévalo, estaban al frente de la caballería. En cuanto a la artillería, las piezas de la derecha estaban a cargo del teniente Antonio Giles; las del centro, de los tenientes Juan Pedro Luna y Agustín Rávago; la de la izquierda, del capitán Francisco Villanueva, y las de la reserva, del capitán Benito Martínez y el teniente José María Paz. El mayor general del Ejército, coronel Eustoquio Díaz Vélez, comandaba la derecha de la línea, y la izquierda era responsabilidad del coronel Martín Rodríguez. Mitre apunta, como “vicios más notables” de la formación patriota, la dispersión de la artillería y la colocación de la caballería sobre el lado izquierdo, donde la naturaleza del terreno le impedía obrar. Opina que debió haber estado en el lado opuesto: su ausencia allí permitió, al enemigo, obtener su única ventaja al trabarse el combate. La noche del viernes 19 de febrero, las fuerzas patriotas y realistas estaban frente a frente, separadas por unas quince cuadras: sus guerrillas intercambiaban disparos aislados, más algunos insultos, como narra La Madrid. Todo bajo una persistente lluvia, que los soldados soportaban a cuerpo descubierto y en medio del barro. Al caer la noche, se hizo un silencio

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sólo interrumpido por las voces de alerta de los centinelas. En la línea enemiga, brillaban fuegos que estuvieron encendidos hasta el amanecer.

La batalla de Salta Llegó así el sábado 20 de febrero de 1813. Como un buen presagio, cesó la lluvia y de a ratos salía el sol. Después de un rápido desayuno, la fuerza patriota inició su ofensiva. A pesar de los vómitos que lo sacudieron esa mañana, Manuel Belgrano pudo montar a caballo y ordenar el avance. Marchaba en la reserva, donde el abanderado portaba la enseña azul y blanca, destinada a recibir ese día el bautismo de fuego. Sonaban clarines y tambores. A medio tiro de cañón, dice Bartolomé Mitre, “desplegaron gallardamente las columnas que ya podemos llamar argentinas. La reserva conservó su formación”. Según Belgrano, “hicieron la evolución tan perfectamente y con tanta serenidad, como si estuviesen en un ejercicio doctrinal”. De inmediato los realistas abrieron fuego de artillería. Belgrano mandó a Manuel Dorrego avanzar sobre la izquierda realista con dos compañías de Cazadores y el apoyo de la caballería de Zelaya. El embate fue rechazado, y sólo el auxilio de los jinetes del ala derecha impidió que sus autores sucumbieran. El enemigo se arriesgó mucho en el rechazo, pero fue contenido por el regimiento de castas de Buenos Aires. Fue durante ese movimiento que un disparo hizo impacto en el muslo de Eustoquio Díaz Vélez: sangraba mucho y Belgrano dispuso, a pesar de su furiosa protesta, que se retirase para atender la herida. Asimismo, Gregorio Aráoz de La Madrid recibió, en la pierna, una bala salida de las filas patriotas.

Fuego generalizado Simultáneamente, el general mandó que una sección de la reserva, con Silvestre Álvarez a su frente, operase sobre la columna ligera realista que tiroteaba sobre su izquierda en diagonal, desde la falda del San Bernardo. Luego, al galope, se trasladó a la derecha, y ordenó a Dorrego cargar otra vez sobre la izquierda enemiga, cuidando de no interceptar el fuego de la artillería que debía apoyarlo. Junto con las milicias de Salta, Dorrego se

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lanzó en una violenta y exitosa arremetida: desbarató el ala izquierda realista y entró en la ciudad en su persecución. Esa ala era la que mandaba el marqués de Yavi, quien huyó al galope con su gente. Para el historiador Bernardo Frías, es evidente que, con su desbandada, el marqués cumplía el compromiso de defección que había asumido en los conciliábulos secretos. Cita en su apoyo no sólo tradiciones de la familia Otero, sino al historiador realista Mariano Torrente, para quien tal suceso determinó la pérdida de la batalla. Como la desaparición de la caballería del marqués dejó descubierto el flanco izquierdo, el jefe realista Pío Tristán lo hizo llenar con dos batallones de infantes sacados de la segunda línea de su centro. Pero esos infantes se desordenaron rápidamente, para replegarse en fuga rumbo a la ciudad. Según Mitre, temían que les apareciera por detrás –como ocurrió en Tucumán- la caballería patriota. Para Frías, sólo puede explicarse ese desbande porque sus oficiales integraban el grupo de comprometidos del marqués de Yavi. A esa altura, el fuego se había generalizado. La línea argentina no detenía su avance vencedor. Y, para zozobra de los realistas, apareció en lo alto de las Lomas de Medeiros un grupo numeroso de paisanos a caballo. Era la compañía armada por Martina Silva de Gurruchaga y aumentada, dice Frías, por la apurada recluta de campesinos que otras patriotas salteñas, montadas a caballo, hicieron en puntos cercanos al campo de batalla.

Los patriotas, dueños del campo En esa instancia del combate, solamente el centro realista se sostenía, con tres batallones que disparaban metódicamente sus cañones. Pero debieron ceder al centro patriota que mandaban José Superí y Carlos Forest, y corrieron en fuga dejando muchos muertos, además de sus cañones y una bandera. Al escapar, varios cayeron a las aguas del Tagarete del Tineo y se ahogaron, pues no sabían nadar. Entretanto, en las faldas del San Bernardo, el ala realista del naciente resistía con vigor a los patriotas, con los peruanos del regimiento Paucartambo y los peninsulares del Real de Lima. Ubicados a mayor altura, y con la torrentosa Zanja Blanca del cerro a su frente, bordeada por algarrobos, esa posición les daba mayor ventaja para disparar sobre los patriotas, si bien el zanjón los cortaba del resto del ejército.

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Al ver que avanzaban 200 tiradores del Real de Lima sobre el ala patriota de ese punto, corrió Belgrano en su auxilio, con la reserva y dos cañones. Se sucedió un largo tramo de feroz y encarnizado fuego, con muchas bajas. Los realistas, lejos de ceder, descendían ganando posiciones. De pronto, al advertir que el centro de las tropas del Rey se disolvía, empezaron a vacilar. En ese momento Juan Antonio Álvarez de Arenales, aunque no tenía mando en el ejército, se puso a la cabeza de un grupo de “Decididos” y se lanzó a la carga sobre el Real de Lima y el Paucartambo, logrando finalmente dispersarlos en fuga por las faldas del cerro. Esto significaba que, de una punta a la otra, las fuerzas realistas habían abandonado el campo de batalla. Ahora, la encarnizada lucha se había trasladado a la ciudad.

La lucha en las calles Por las calles, Dorrego, Forest, Superí, Francisco Pico y Cornelio Zelaya, apoyados por las dos piezas de artillería que había arrastrado hasta allí el teniente Juan Pedro Luna, avanzaron hasta una cuadra y media de la plaza, que estaba fortificada con empalizadas. Tomaron el antiguo templo de La Merced, en la actual esquina Veinte de Febrero y Caseros, dos cuadras al oeste de la plaza. Desde el campanario, agitaron un poncho de Superí, cuyo color en algo se parecía a la bandera celeste y blanca, para indicar su posición a Belgrano. En medio del caos, Tristán –a quien no faltaba valor- trataba inútilmente de reunir sus soldados, que corrían por las calles, y apostarlos en las empalizadas. Pero la mayor parte se había refugiado en la Matriz, que funcionaba entonces en el que fue templo de los Jesuitas, frente a la plaza, sobre la hoy calle Mitre. Cuando el mismo Tristán, según Frías -o su ayudante, según Paz- ingresó al templo espada en mano, advirtió que no podía contar con ese grupo que se amontonaba, aterrorizado y tembloroso. No sirvió de nada que una porteña realista, Pascuala Balbastro, subiera indignada al púlpito, para tratarlos de cobardes e incitarlos a luchar.

La victoria del 20 de febrero

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Tristán se convenció, entonces, de que no le quedaba otro comino que la rendición. Envió al coronel Felipe de la Hera a entrevistarse con Belgrano. Lo llevaron ante el general con los ojos tapados y “embarrado hasta el pescuezo”, dice Paz. Lo hicieron desmontar y le quitaron la venda, de espaldas a la tropa. Empezó a decir a Belgrano, en voz baja, algo que nadie pudo escuchar. Lo que se escuchó fue la respuesta. “Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana; que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación; que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy a mandar en todos los que ocupan las mías”, expresó Belgrano. Al poco rato, se acalló el estampido de cañones y de fusiles. La acción había durado tres horas y media. Esa noche se firmó la capitulación, y al día siguiente la fuerza realista completa que quedaba en pie (2.776 soldados y oficiales) entregó sus fusiles, cañones, banderas y bagajes. El noble Belgrano no aceptó la espada de Tristán, y le dio un abrazo para evitarle la humillación. Los realistas tuvieron 481 muertos y 114 heridos, y los patriotas 103 muertos, 433 heridos y 42 contusos. En el parte, Belgrano diría: “no tengo expresión bastante para elogiar a los jefes, oficiales, soldados, tambores y milicia que nos acompañó de Tucumán, al mando de su coronel don Bernabé Aráoz”. Librada hace dos siglos, la gloriosa acción de Salta fue, como recuerdan los historiadores Carlos Floria y César García Belsunce, “la primera y única rendición de un cuerpo de ejército enemigo en batalla campal, que registra la Guerra de la Independencia”.

MANUEL BELGRANO Y LOS PUEBLOS DEL NORTE Armando Raúl Bazán

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Hay una verdad histórica consagrada por el juicio de los historiadores: las batallas de Tucumán y Salta fueron decisivas para la suerte de la revolución rioplatense en el escenario geográfico que hoy configura el mapa político de la República Argentina. Y la misma significación tuvo para el Alto Perú, hoy Bolivia, la batalla de Sipe-Sipe, donde el Ejército Auxiliar del Perú al mando de Rondeau fue completamente derrotado por las fuerzas realistas conducidas por el brigadier Joaquín de la Pezuela (29 de noviembre de 1814).

Tucumán y Salta marcan la única etapa verdaderamente honrosa en las campañas del Ejército Auxiliar que tuvo la responsabilidad de imponer la autoridad de la Junta de Mayo en las provincias del Alto Perú. Ellas pertenecían a la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata creado por la Corona española en 1776. Paradojalmente, fue en ese ámbito donde los pueblos manifestaron inicialmente la acogida más entusiasta a la Revolución rioplatense, especialmente en la población indígena que era inmensa mayoría. Para ese sector la revolución fue recibida como un mensaje de liberación social, resucitando las frustradas expectativas que en su momento suscitó la rebelión de Tupac Amaru. El clima político altoperuano era óptimo para que sus pueblos fueran amparados por el Ejército Auxiliar. Ese fue el gran desafío.

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Pero se sucedieron graves errores políticos y militares que desbarataron ese objetivo. Explicar el problema sería materia de una disquisición que desbordaría el tema de mi exposición. Volvamos, pues, a Tucumán y Salta. El 26 de marzo de 1812, Juan Martín de Pueyrredón, interinamente al mando del Ejército hizo en la hacienda de Yatasto entrega del mando a Manuel Belgrano, patriota de la primera hora y miembro de la Junta Provisional Gubernativa de Mayo. Sabemos que no era militar de carrera. Había estudiado Derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid donde obtuvo el título de abogado. Pero según confiesa en su Autobiografía su verdadera vocación era el estudio de la economía política, el derecho público y los idiomas. Desahuciando ese íntimo sentir, la causa de la independencia americana y específicamente rioplatense lo comprometió enteramente y la sirvió con abnegación con sacrificio de su persona. Recibió un ejército que había perdido su capacidad combativa después del desastre de Huaqui (20 de junio de 1811).

Antes de viajar al Norte tuvo la convicción de que un pueblo que luchaba por su libertad debía tener un símbolo que lo identificara, distinto del estandarte de quienes lo habían sojuzgado. La bandera azul y blanca flameó por primera vez en las barrancas del Paraná, el 27 de febrero de 1812. El Gobierno del Triunvirato, por voz del secretario de Guerra, Bernardino Rivadavia, lo desautorizó pero la comunicación pertinente no llegó al destinatario. Su tarea inmediata cuando llegó a Jujuy fue infundir a las tropas disciplina y una mística guerrera de que habían carecido, poniéndolas en aptitud profesional para afrontar la responsabilidad asignada desde su creación, 27 de mayo de 1810. Belgrano estaba convencido de que era necesario inflamar el entusiasmo de los pueblos por la causa de la libertad, mostrándole con ejemplos la diferencia que había entre los soldados de la libertad y los servidores del antiguo despotismo. Sin duda, entre los revolucionarios rioplatenses fue quien más hizo para crear una conciencia de Patria que distinguiera a los criollos de los súbditos del rey. Cuando llegó a Jujuy advirtió que los pueblos del Norte, enfriado el entusiasmo inicial por derrotas militares y lucha de facciones, estaban desmoralizados y casi hostiles. Fresco estaba el agravio inferido a los diputados de los pueblos convocados para legitimar la autoridad de la Junta

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de Mayo, expulsados de Buenos Aires en noviembre de 1811.

Belgrano palpó ese estado de opinión. Mientras, se puso afanoso a organizar los despojos del Ejército creando nuevos cuerpos, estableciendo el parque y maestranza, los servicios de sanidad y de intendencia, contando con el apoyo moral y material de los jujeños. En ese empeño de crear una conciencia de Patria, quiso solemnizar el segundo aniversario del 25 de mayo con una ceremonia para retemplar el espíritu revolucionario de los pueblos. Luego de la ceremonia religiosa, frente a las tropas y al pueblo. Luego de la ceremonia religiosa, frente a las tropas y al pueblo reunido en la plaza, presentó la bandera azul y blanca que había creado y la hizo bendecir por el canónigo Juan Ignacio de Gorriti. La insignia fue jurada por las tropas con el compromiso de defenderla hasta morir. El efecto moral de esa ceremonia fue impresionante y denota en Belgrano la fina percepción de los estímulos que los dirigentes deben ejercitar sobre un pueblo libre, necesitado de persuasión y no de temor. Esto no lo comprendió el Gobierno del Triunvirato, que seguía la medrosa y ambigua política de esconder la intencionalidad de una patria independiente bajo la máscara de fidelidad a Fernando VII. Desaprobó la medida y la presentación pública de la bandera, previniéndole que hiciera pasar lo actuado como un rapto de entusiasmo y que siguiera enarbolando el pabellón de los Borbones. ¿Cómo entender, porque el nuevo gobierno destituía y fusilaba a los que confesaban su lealtad al rey, caso del ex – virrey Liniers, pero al mismo tiempo proclamaba su fidelidad a Fernando y la voluntad de conservarle sus dominios americanos? Los preparativos de Belgrano hacían presagiar u nuevo avance sobre el Alto Perú para auxiliar a los patriotas de Cochabamba y Chuquisaca que, conducidos por Arce y Padilla, sostenían la resistencia contra las fuerzas de Goyeneche. Esa expectativa fue contrariada por instrucciones precisas del Triunvirato ordenando la retirada, privando al invasor de todo recurso en el territorio abandonado. La orden fue reiterada por oficio reservado, en razón de noticias recibidas del teatro de la guerra, según las cuales Goyeneche con todo su ejército se disponía a ocupar la provincia de Salta. Era la política de “Tierra arrasada” impartida con un rigor inflexible. A más de 1.500 kilómetros de distancia la orden se revestía con una retórica de pomposo patrioterismo: “ La Patria

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es preferible a las lágrimas de los que se creen infelices por medidas de tal naturaleza…” Así planteadas las cosas, Belgrano obedeció fulminando a los jujeños con su terrible Bando del 29 de julio que apelaba al sacrificio y heroísmo de la población sin darle alternativas: el pueblo en masa debía abandonar su tierra y seguir al ejército en su marcha retrógrada. Aquellos que no lo hicieran serían considerados “traidores a la Patria ”. El 29 de agosto se inició el operativo conocido como el “Éxodo Jujeño”. El cabildo de Jujuy suplicó a Belgrano –dice Bernardo Fríasque fueran eximidos “los ancianos, enfermos, inválidos y desamparados, principalmente mujeres”. Y la respuesta fue de una dureza inesperada en aquel hombre naturalmente noble y generoso. El bando se llevará a ejecución “venciendo imposibles mismos”.

La guerra tomaba de esta suerte un aspecto horroroso con acumulación de daños y padecimientos inútiles. Esta retirada facilitó las operaciones del ejército de Pío Tristán, nativo de Arequipa y primo de Goyeneche, quien decidió ocuparse de la rebelión de Cochabamba. A dos siglos de distancia, este episodio de retirada compulsiva masiva, significó un tremendo sacrificio para el pueblo más castigado por la guerra de la independencia, que soportó nueve invasiones desde 1812 hasta 1822. Pío Tristán, Pezuela, José de la Serna , Pedro Olañeta, Jerónimo Valdez, José Canterac, Juan Ramírez Orozco y finalmente el propio Olañeta, tenaz defensor de la causa realista a quien considero el Güemes de los españoles.

Esa no fue la única contribución de los pueblos del Norte a la causa de la independencia. Se patentizó en la batalla de Tucumán y se repitió en Salta. El 12 de septiembre, después de una difícil retirada, Belgrano con su ejército y los emigrados que colmaron la pequeña ciudad de 4 mil habitantes llegaron a ésta. Ahí se encontró con un pueblo decidido a jugar su destino peleando. Nada de cumplir órdenes impartidas desde los despachos de Buenos Aires. Ahí surgió como cabeza de ese movimiento Bernabé Aráoz y sus hermanos, quien sería dos años después gobernador intendente por recomendación de San Martín. Belgrano se conmovió al ver el entusiasmo cívico de la gente. Su deber de obediencia al poder central fue superado por la voluntad popular. En oficio al gobierno dirá: “La gente de esta jurisdicción se ha decidido a sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla, y de no, nos seguirán…

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pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo…” Hombre tan ceñido a la obediencia y disciplina juzgó que era preferible jugar la suerte en una batalla que el desastre oscuro de una retirada como la de Jujuy, donde había presenciado los padecimientos estériles del pueblo. La batalla de Tucumán, dada en el campo de La Ciudadela , fue la más nacional de todas las que se libraron en la guerra de la Independencia. Ahí estuvieron representados casi todos los pueblos de la convocatoria de Mayo. El escuadrón “Decididos” de Jujuy, la caballería salteña con la destacada jefatura de José de Moldes, personalidad que merece una digresión. Ha sido olvidado por los historiadores, con excepción de Bernardo Frías, quien lo estudia en extensas páginas. En mi “Historia del Noroeste Argentino” le hice justicia cuando dije que fue el primer independentista de las Provincias Unidas. Nacido el 1º de enero de 1788, era hijo del comerciante más fuerte de la plaza de Salta. Fue enviado a España donde recibió formación militar en la Guardia de Corps del rey Carlos IV, donde estuvo San Martín.

En Madrid trabó amistad con otros jóvenes americanos que soñaban con la independencia de los dominios hispanoamericanos y se afilió a la logia de Cádiz, donde fueron miembros O”Higgins, Carlos María de Alvear, San Martín y Zapiola. Al regresar a Buenos Aires en 1809, comunicó a los patriotas porteños la situación de España con la invasión napoleónica. Fue encendiendo la chispa revolucionaria en Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán. Y en Salta se vinculó con el grupo de abogados formados en Chuquisaca, denunciados por el virrey Cisneros al intendente Isasmendi de conspirar contra la autoridad del rey. Al producirse la Revolución , desempeñó importantes cargos políticos y militares: teniente gobernador de Mendoza, y coronel mayor en el Ejército del Perú, cargo que asumió el 11 de octubre de 1811 como segundo jefe de Pueyrredón. Su rígida disciplina, su temperamento violento y su franqueza sin concesiones le provocaron la hostilidad de la oficialidad de un ejército

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trabajado por el desorden, hecho documentado por Pueyrredón cuando explicó al gobierno que el desastre de Huaqui tuvo su origen “en la injusta admisión de un grupo de oficiales sin honor, inútiles y viciosos, que al paso que son una carga para el Estado, hacen odiosa su presencia en los pueblos y destruyen moralmente el crédito de la más justa de las causas”.

Volviendo a la batalla de Tucumán fue muy importante la incorporación de las milicias tucumanas reunidas por Aráoz, 400 jinetes, según la estimación de Mitre. Y el escuadrón de los “Patricios Santiagueños”, 300 plazas organizadas en su momento por Juan Francisco Borges, el primer patriota santiagueño. Desde el Alto Perú vino el más famoso de los jefes de las Republiquetas, Manuel Ascencio Padilla, quien cuando esa región fue sojuzgada por Goyeneche se retiró con 50 de los mejores jinetes y se incorporó al ejército de Belgrano, formando la escolta del general. Catamarca no estuvo ausente de ese trascendental hecho bélico: el día 23 víspera de la batalla el capitán Bernardino Ahumada y Barros con una compañía de 170 hombres anunció a Belgrano desde Río Seco su incorporación. El general le contestó enseguida: “·…si los hijos de Catamarca quieren cubrirse de gloria y dar laureles a su provincia, que vengan a unirse a los jujeños, salteños, tucumanos y santiagueños que con el mayor brío intentan sostener sus derechos…” La obra más autorizada sobre este tema, podríamos decir el autor clásico, Bartolomé Mitre, no resuelve con precisión el aporte de los pueblos del Norte. Y cuando habla de la batalla de Tucumán, ni siquiera menciona a Manuel Ascencio Padilla, a la compañía catamarqueña de Ahumada y Barros y consigna solamente a un piquete de Santiago del Estero. Moldes aparece de paso, cuando en medio de la batalla transcribe un diálogo suyo con Belgrano donde lo anoticia que la línea de combate patriota estaba cortada. Era en ese momento inspector de infantería y artillería, cuya designación considera un error de Belgrano, quien en materia de disciplina coincidía plenamente con el salteño y por lo atinente a la artillería descansó en el consejo de barón de Holmberg. Si aparecen nombrados con participación importante los jefes y oficiales venidos de Buenos Aires: Eustaquio Díaz Vélez, Juan Ramón Balcarce y Manuel Borrego, jefe de la oposición a la permanencia de Moldes, a quien llamaba “El tirano Moldes”. Esta es, pues, la verdad sobre la contribución de los pueblos del Norte a las batallas decisivas que dio Belgrano en Tucumán y Salta y que salvaron a la revolución del desastre de una retirada que hubiera colocado a Tristán

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en condiciones de operar conjuntamente con la flotilla de Vigodet que dominaba los ríos del Litoral y las fuerzas realistas de Montevideo. Justificados motivos tuvo el pueblo de Buenos Aires cuando apoyó el golpe de Estado del 8 de octubre donde aparecieron en la plaza de Mayo Ortiz de Ocampo y José de San Martín al frente de sus regimientos y solicitaron cabildo abierto. De ahí salió un nuevo gobierno que reemplazó al desacreditado primer Triunvirato donde Rivadavia era el eje de las decisiones. Juan José Paso, el político más hábil de la revolución rioplatense, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte no representaban sino a la ciudad, -afirma José Luis Busaniche- que se proclamó sin mayores escrúpulos “depositario de la autoridad superior de las Provincias Unidas”. Sea como fueren, se advirtió enseguida un nueva dirección en el movimiento revolucionario: el gobierno resolvió dar prioridad a la guerra en el frente norte y la convocatoria a una asamblea general a la que concurrirían las ciudades con Cabildo. Pero este es otro tema que desborda el marco de mi exposición.

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Religiosidad Popular y Desarrollo Económico de la Región Estudio del Fenómeno Religioso en el Sumalao: La Devoción al Cristo de Vilque, en el Valle de Lerma, Provincia de Salta, Argentina, nacida en la feria de mulas más grande del mundo

Felipe Hipólito Medina

La feria del Sumalao y la fiesta del Cristo de Vilque, congregan cada año a decenas de miles de fieles y peregrinos de todo el norte argentino y de países vecinos, Bolivia, Perú y Chile. Su historia está directamente relacionada con la feria de mulas más grande del mundo (siglo XV), para abastecer al Cerro Rico de Potosí.

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En el Sumalao de 1700, el pueblo tenía lo que necesitaba para vivir, y su esplendor era un reflejo de la luz de la Villa Imperial de Potosí. Le faltaba Dios. El pueblo interpretó la terquedad de una mula como expresión de la voluntad divina y el deseo de Dios, de quedarse allí. Y cuando se fue apagando su economía, la esperanza de un futuro mejor, por un pasado de gloria añorado, encontró en el Cristo de Vilque, las fuerzas para continuar.

Hoy el Sumalao es un sitio privado, con un Santuario enclavado en un campo sembrado, casi sin árboles. El pueblo sencillo y sabio continúa, año tras año, buscando al Cristo Sufriente de la Cruz, en el cuadro de arte mestizo indoamericano. Un pueblo pobre que aún espera su redención, haciendo que sus sufrimientos y dolencias tengan sentido en la imagen del Cristo.

El fenómeno del Señor del Sumalao nació en el marco de un gran movimiento económico, y por su misma dinámica, ésta celebración religiosa-popular, genera un movimiento económico financiero que favorece, a las instituciones civiles y comerciales, políticas, e incluso religiosas.

1. Introducción: La devoción al Señor del Sumalao es una de las expresiones más acabadas de religiosidad popular, nacida en la feria del mulas más grande del mundo, allá por el año 1700. Su importancia para este trabajo radica en que sus ritos religiosos se mantienen inalterables a lo largo de 300 años, a pesar de su conflictividad institucional, sobre todo en el siglo XIX, y la desaparición de la feria de mulas y los cambios sucesivos de su contexto económico. El pueblo sencillo siguió y sigue buscando las glorias del pasado a través de la expresión religiosa y el clima festivo de la feria. Sumalao constituye un punto clave para las investigaciones sociales, religiosas y económicas en el Norte Argentino. A pesar de su importancia histórica no ha sido estudiado en esos aspectos. Toda la bibliografía existente está centrada sobre las cuestiones referentes al culto y la religiosidad popular, salvo la de Concolocorvo (véase: El lazarillo de ciegos caminantes de Don Alonso Carrió de la Vandera, por Calixto Bustamante Carlos, inca, alias Concolocorvo) que destaca la importancia de la feria de mulas y una serie de

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conferencias o artículos que destacan los diferentes momentos de la economía del Valle de Lerma.

A partir de la vivencia de la Fiesta, del encuentro con los peregrinos y promesantes, con los feriantes y sacerdotes, la lectura de los diversos relatos históricos y la búsqueda de documentación en los archivos eclesiásticos de la curia diocesana de Salta, surgieron una serie de preguntas: ¿Cuándo y cómo surge la devoción al Señor del Sumalao o Cristo de Vilque?; ¿Cuáles son los ritos que sostienen el culto a lo largo de, aproximadamente, 200 años?; ¿Qué características tienen los peregrinos y que actitudes tienen hoy frente a la devoción?; ¿Qué postura tomó la iglesia ante el nacimiento de un nuevo culto, sobre todo en el contexto de una feria de mulas?; ¿Qué gravitación tenía la feria frente a la fiesta religiosa?; ¿Cómo continua hoy la devoción, en un lugar descampado, diferente al Sumalao de 1700?; ¿Fiesta o religiosidad ritual?; ¿Existe una relación particular entre la religiosidad y el desarrollo económico de los pueblos? Ciertamente, mi trabajo de investigación no pretende agotar las diversas aristas que surgen del abordaje. Me aproximo con todo respeto por la religiosidad de la gente sencilla, desde una perspectiva de la ciencia religiosa, no turística, no histórica ni periodística, no teológica ni antropológica, interesado en la dinámica religiosa, social y cultural del pueblo salteño y del pueblo del norte grande, Argentina, Bolivia, Perú y Norte de Chile, que año a año, viene a rendir culto al Señor del Sumalao. Sobre todo, un lugar tan especial, donde seguramente fue centro, no sólo de comercio y religiosidad, sino de intercambio de ideas, principalmente las ideas libertarias que provenían desde las ciudades cultas e importantes del Virreinato del Alto Perú que fueron preparando el ambiente para la Revolución de 1810 y la posterior independencia Nacional en 1816.

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Fue también en Sumalao donde los gauchos del Gral. Martín Miguel de Güemes batieron a una partida realista el 10 de junio de 1814.

2. Ubicación geográfica, aspectos geológicos y climáticos: Sumalao es un paraje escondido, se encuentra ubicado en el centro del Valle de Lerma, en la provincia de Salta, a 30 Km de la ciudad capital, muy cerca de la turbulenta confluencia del tranquilo río Arias con el impetuoso río Rosario. Sus coordenadas geográficas lo ubican entre los 65° - 15´ y 65° - 39´ de longitud oeste y los 24° - 52´y 25° - 8´de latitud sur. Sumalao fue el centro de la economía del Valle de Lerma, sobre todo para la ciudad de Salta, situada en la cabecera del mismo. Sumalao se encuentra ubicada dentro del Valle de Lerma, en una región plana. El Valle de Lerma es una fosa tectónica asimétrica flanqueada por un alto cordón de montañas que superan los 5000 m de altura al Occidente y una sierra de menor altura (