Historia de un Mundo Animal

Historia de un Mundo Animal _______________________________ José Durán Algunos de los personajes que aparecen en este libro pueden tener parecidos, ...
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Historia de un Mundo Animal _______________________________

José Durán Algunos de los personajes que aparecen en este libro pueden tener parecidos, casuales o no, con personas “reales”, es por ello que varios mundos se funden en estas páginas. Discernir entre lo real y lo ficticio puede ser una tarea improductiva cuando reconocemos que el pensamiento crea continuamente nuestra realidad; eso ocurre no solamente a veces, sino siempre. Si algunas personas existían antes de este libro o comenzaron a existir con él, o incluso si alguien que ya existía se transforma en otra persona completamente distinta con el devenir de esta historia, no se puede saber con certeza. Nada es más real que aquello que imaginamos. A pesar de todo, muchos nombres han sido cambiados conscientemente y curándome en salud afirmo que: cualquier parecido con la “realidad” que conocemos es pura coincidencia. (O tal vez no)

El autor 3

Historia de un mundo animal Autor: José Durán Foto de la portada: José Durán © José Manuel Durán García Primera edición: diciembre, 2013

Queda rigurosamente prohibida, la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito del titular del copyright.

ISBN: 978-1-304-32552-5

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A Milan Kundera, que despertó al escritor que dormía dentro de mí.

A las musas creadoras y a las energías de luz, y al origen de todo, el creador(a) original. A la madre Tierra que nos alberga y a nuestros compañeros de viaje: las plantas y los animales.

A mi familia de sangre, mis padres y hermanos. A mi eterno amigo Lobo, que me espera all á en las Pléyades. A Carmen Rius, por darme la mano en los momentos más oscuros.

A mi compañera Cris, por decidir caminar a mi lado. A mis amigos lectores con quienes comparto parte de mi vida, escrita y leída desde el corazón.

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Índice Comenzando a andar (prólogo)...........................11 El amigo – Capítulo I.......................................15 Un mundo animal...........................................21 Hemingway – El kéfir – El Doctor – El sueño – Los recuerdos

El amigo – Capítulo II.......................................31 En el país del Este..........................................33 Irena – Michael – El Profeta – El inicio – Terezín y San Segimón Litice (el guión) Veleta – La noche en Chequia – El cubano – El ingenuo – Dana – ¡Ivana! – Natasha

El amigo – Capítulo III....................................101 El Doctor – Capítulo I.....................................104 Regreso a Barcelona...................................... 111 El castillo – Los gatos del hotel – Las ocasiones perdidas – Na shledanou (Adiós Irena, adiós)

El amigo - Capítulo IV...................................129 7

Margarita...................................................133 El secreto – Más allá del mar

Intermezzo.................................................147 1999... Don't give up 2000... Lobo 2001... Tiempos extraños 2002... The Beatles

En Italia ....................................................173 El día D

El amigo – Capítulo V.....................................185 Regreso a Ciudad del Mar................................188 Cuento del hombre pobre ...............................209 Era mattina sul mondo...................................234 El amigo – Capítulo VI.....................................237 Marco Polo..................................................241 Padova – La noche en Italia – La basílica

El Doctor – Capítulo II.....................................255 8

El amigo – Capítulo VII....................................257 El Dios de los hombres ...................................262 Los libros del mercado de Ciudad del Mar Alciony – Barcelona – Catarsis – Dios – Emozioni

Final..........................................................273 El Doctor – El amigo – El extranjero

Epílogo.......................................................285

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Comenzando a andar (Prólogo)

¿Realidad, ficción, sueño, fantasía...?, ¿quién sabe distinguir la precisa frontera entre nuestra realidad y el mundo que la mente humana es capaz de crear? ¿Vivimos en una sola dimensión? La vida que conocemos, la que damos por real, ¿es igual para todos? Demasiadas preguntas para comenzar a escribir un libro, sobre todo cuando intuyo que uno de los principales motivos de cualquier lector es ampliar su conocimiento, aprender, descubrir, o tal vez… ¿soñar? Quisiera aclarar el origen de esta historia, que aunque sumergida en sueños y fantasías, tiene sus cimientos firmemente aposentados en el mundo real; nada de lo que sigue nació de mi imaginación, pero confieso también, que nada está a salvo de ella. El protagonista de este relato vivió y, quién sabe (yo lo deseo), todavía vive entre nosotros; aunque perdí su pista un lejano agosto de 2003. Coincidí con él en un bar de Padova y conversamos hasta bien entrada la noche. Aquella charla acabó con un fuerte apretón de manos y -como todos los encuentros fortuitos-, con una despedida de sabor amargo -el amargor que produce el 11

tiempo cuando es ligero como una pluma, y la conciencia, pesada como el plomo-. Leno, mi desconocido amigo, me dejó también las páginas de un diario que al parecer había escrito improvisadamente en los días previos a nuestro encuentro. Aquel diario me serviría de inspiración para uno de los cuentos que formaron mi primer libro. No podía sospechar que esa sería la clave que me llevaría, años más tarde, al compromiso verbal de escribir su verdadera historia. Quiso el destino -o quién sabe si algún plan diseñado desde otros niveles de existencia-, que uno mis primeros lectores fuera precisamente, el mejor amigo de Leno. Fue así como él dio conmigo, aunque hubiera sido más ortodoxo decir que fui yo quien lo encontré a él después de una ardua búsqueda, pero debo confesar que pasado un tiempo desde mi primer y único encuentro con Leno, la “matriz” me absorbió de nuevo en un sueño hipnótico y me olvidé por completo de aquel hombre misterioso, hasta que su mejor amigo me contactó. No puedo revelar muchos datos sobre él, me pidió permanecer en el anonimato y eso voy a hacer. Sólo para satisfacer la curiosidad de los lectores, diré que es un prestigioso psicoanalista de Barcelona, colega de profesión con quien además comparto muchos puntos de vista sobre el psicoanálisis (algunos de los cuales no serían bien vistos por las huestes más fanáticas de Freud).

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Lo que él quería es que yo acabara de escribir la historia de Leno. Yo aparecía, después de muchos años, al final de una cadena de intentos fallidos de plasmar en un libro una historia real, que ni el propio protagonista, tal vez por falta de ganas o interés, ni su amigo, quizá por falta de talento para la escritura, habían conseguido. Sin embargo una brecha se abrió en mi conciencia; una cosa era escribir sobre mis propias experiencias y otra, muy distinta, escribir sobre otra persona, a la que no me unía ningún vínculo y, mucho menos, ninguna autoridad intelectual. Hablé de ello con él y enseguida me tranquilizó: “Tengo el convencimiento de que Leno aprueba nuestra decisión. Y la verdad, no soporto la idea de que su recuerdo desaparezca para siempre en las tinieblas del tiempo, que inevitablemente, lo condenarían al olvido”. Ahora, sin más, me despido de la narración. Callaré para siempre, y dejaré que sean ellos: las personas, los fantasmas, o los mismísimos muertos, los que expliquen su propia historia... la historia de un mundo animal.

José Durán

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Barcelona, 7 de febrero, 2004

El amigo – Capítulo I La plaza que hay delante de mi balcón está completamente vacía, no hay ruido de personas ni sonido de animales. Corre una leve brisa que roza con delicadeza mi cara, una brisa también silenciosa. Esquivando el edificio de enfrente alcanzo a ver las montañas, el sol refleja todavía su verde. Dando un leve impulso a los ojos consigo divisar el mar, apenas un trozo de ese mar inmenso, atrapado entre el final de la colina y el comienzo del pueblo. Con la vista fija en el horizonte intento escapar del pasado, intento en vano ver el futuro, pero al igual que el mar, éste se pierde en la lejanía. Irena telefoneó esta mañana, me alegré sin querer, estaba acostumbrado a verlos juntos y pensé por unos segundos que todo volvía a ser como antes; luego me aclaró que sólo necesitaba unos libros que había olvidado en su casa. Ni siquiera sabía que Leno había marchado. ―¿Todo va bien? –mi mujer me observaba desde detrás del cristal. ―Sí… ―Estás preocupado, ¿no quieres...? ―Hoy ha llamado Irena. 15

―¿Se lo has dicho? ―No, no creo que deba, además ella no preguntó por él. Creo que es mejor así. ―¿Y si estuviera...? –me miró a los ojos, pero quedó callada, no se atrevió a terminar la frase. ―Él está bien, no sé dónde, pero sé que está bien y volverá a visitarnos. ―Creo que no deberías continuar leyendo su libro... Aquella sentencia quedó marcada en el aire, luego Cristina se despidió con un beso y me dejó de nuevo solo. Quizás tenga razón, pero ¿quién es la razón para hablar de sentimientos? No recuerdo el día que conocí a Leno, pero sí el día que se despidió. Éramos muy buenos amigos y estoy convencido de que lo seguiríamos siendo si no se hubiera marchado. Cuando en el año noventa y ocho decidió irse a Italia no fue una sorpresa, hacía años que hablaba de aquel viaje, de quedarse algún día allí, definitivamente, en el país del arte que tanto amaba, pero a Leno le costaba decidirse. Fue así también con las mujeres que conoció, sobre todo con Irena y ella era de ese tipo de mujeres con las que es mejor no dudar. Poco a poco, sus visitas se fueron espaciando cada vez más en el tiempo, hasta que a comienzos del año pasado apareció por sorpresa el día de su cumpleaños -quería celebrarlo con nosotros en la intimidad-. Ese día apenas dormí, intuía que no lo volvería a ver. 16

Al llegar la noche nos fuimos, Leno y yo, a tomar unas copas, hablamos de planes para el próximo año y pusimos fecha para volver a vernos. Luego, a modo de “última batalla” volvimos juntos a Ciudad del Mar. En el coche tuvimos la última charla, allí me entregó su libro: —Quiero que guardes esto –Leno me dio un puñado de hojas, unidas con dos anillas y dos tapas que él mismo había hecho, luego continuó –. Son sólo hojas escritas, algunas con demasiada rapidez, otras con mucha paciencia, pero sólo eso, páginas desordenadas de una vida... Sé que si las tengo yo, las destruiré, por eso prefiero que las guardes tú, así el pasado tendrá un lugar donde vivir lejos de mi memoria. ¡Ah!, ése era el sino de la vida de Leno: el pasado, la memoria, el olvido... A la mañana siguiente le acompañé al aeropuerto. Marchó de nuevo a Padova, según me dijo, la ciudad adonde huyó de los recuerdos hace años, pero también prometió escribirme y no lo ha hecho. No le pedí permiso para leer su libro, entendí que al dármelo adquiría también este derecho, y ahora no estoy seguro de conocerle. Tantas historias acerca de sus viajes, de sus relaciones singulares con mujeres extrañas, todo este tiempo pensando que no había secretos, y secretos es lo único que hay en la vida de este desconocido. Ahora en mi despacho, observo la fotografía que nos hicimos en Venezia cuando fui a visitarlo la primera vez. Leno hablaba 17

extasiado por los descubrimientos de su nueva patria, parecía entonces que realmente había superado su reciente pasado. Mi amigo era fuerte, de ello no había duda, yo mismo no hubiera podido resistir tanto tiempo como él lo hizo, y mucho menos emprender una aventura tan impredecible como ésa. Se fue con apenas unos cientos de euros en el bolsillo... —Leno... –le dije en una de nuestras charlas –, que ahora no te vas de vacaciones, vas a ser un extranjero, con otras costumbres, otro idioma... –. Su mirada entonces, era la de un niño que acababa de comerse un pastel y se estaba chupando los dedos. —No te preocupes por mí, sabes que siempre encuentro la manera de sacar la cabeza. —¿Y por qué no buscas trabajo aquí? En Barcelona hay muchos hoteles. —Este país lleva ignorándome desde que nací, ahora simplemente voy a dejarme llevar por la corriente; siento que aquí no me quieren, por eso voy a darles el gusto de irme lejos. —Nosotros te queremos, nuestra casa será siempre tu casa... —Amigo... La decisión ya está tomada. La fotografía de Leno sonriendo parecía un espejismo, como toda su vida. Desde pequeño siempre había sido diferente. Siendo niños no podía entender la tristeza que le invadía cada vez que venía a mi casa a jugar, y miraba a mi madre con los ojos de quien aceptaba los besos que ella le daba como un 18

tesoro escondido: “Me gusta tu mamá”, repetía siempre. Y las noches que se quedaba a dormir, mi madre nos acunaba con un cuento; esa noche sus ojos brillaban más que las estrellas, se quedaba inmóvil, escuchando cada palabra, saboreándola como un helado que se deshacía dulcemente en su boca. Luego antes de dormir, me pedía que le diese la mano: —Abre el cajón de la mesilla y dame tu mano, tengo miedo. —Leno, aquí no hay fantasmas. —Dame tu mano... Colocábamos las manos en el cajón abierto de la mesilla que separaba nuestras camas, hasta que el sueño nos visitaba llevándonos a cada uno en un viaje diferente; Leno soñaba con tener en su casa unos labios dulces, maternales, que le besaran cada día; mientras yo, más superficial, soñaba apenas con la bicicleta que estaba llegando en el carruaje de los reyes magos y que mi padre se había apresurado en comprar, sabedor de que la infancia es un tesoro que se pierde fácilmente, y que nadie tiene derecho a robar. Un niño no puede entender el mundo de los afectos, sólo los acepta o los busca, o los echa en falta, pero nunca es consciente de ellos. Por eso pensaba que los miedos de mi amigo tenían que ver con los fantasmas y monstruos con que los adultos contaminan la imaginación infantil. Nada más lejos de la realidad, los peores monstruos no habitan en bosques mágicos ni castillos encantados, no; el terror está siempre en la propia casa, y él lo sabía.

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Ahora que por fin estoy leyendo su libro, tengo miedo, a descubrirme a mí mismo formando parte de su vida de una forma diferente a como siempre creí, o tal vez descubrir, que el mundo en el que vivo es el mismo en el que Leno vivió, un mundo como él describía... extraño, irreal en cierto modo, y diferente...

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Un Mundo Animal (el diario de Leno) Nada es igual esta mañana, al despertar he pensado en ti, sólo fue un instante, pero duró una eternidad. Hoy has desaparecido para siempre. He escuchado luego, el eco de tu voz que me llamaba; intenté alcanzarla, te lo juro, pero al ir a levantarme, sentí de nuevo el vacío, y vacío caí en el suelo. Nada es igual esta mañana, a pesar de que ayer estabas aquí, tan cerca que casi te rocé con mis dedos. Para ser sincero, nunca pensé que lo nuestro, fuera algo más que una historia de amor, vulgar, como las palomas que pueblan nuestra ciudad, tan común como un niño en la entrada de un colegio, esperando crecer algún día e ir en busca del destino, aunque de ello, el niño, aún no sabe nada.

En el leve sueño antes de despertar una chica desconocida me habla sin mirarme a los ojos. —Tienes que marchar –murmura. —¿Marchar?, ¿adónde? —No importa, pero tienes que irte, huir de aquí, para no volver nunca jamás. 21

—Comprendo, ¿eso es lo que deseas? —No, eso es lo mejor para los dos. Al despertar, el viejo de la calle San Atón me observa desde la fotografía enmarcada. Luego, desde la ventana diviso un grupo de niños que corren calle abajo hasta el colegio. Muchos años después la vida continúa igual, pero con menos tiempo por delante. Yo continúo huyendo, sin motivo aparente, pero sigo, tal vez sea ya suficiente. Más allá del recuerdo, persiste la imagen de lo que un día era mi vida, hablo de muchos años antes de llegar aquí, antes de la llegada del Profeta. En esa imagen sonrío, algo cada vez menos habitual, y a mi lado hay una mujer que dice que me quiere. ¿Se puede cambiar el destino? Hace tiempo que había decidido depositar mis pensamientos en algo parecido a un libro, pero quizás, el estar siempre ocupado siguiendo causas perdidas me ha restado horas para hacerlo. Ahora ya no puedo seguir, no tengo fuerzas; después de todo, quizá tengamos todos una nueva oportunidad en una nueva vida, pero ¿quién lo sabe? Todavía soy joven, sí, pero me siento viejo. Por ello deduzco que mi vejez prematura se ha cernido más sobre mi alma que en ninguna otra parte de mi cuerpo. Puede que ahora escribiendo estas páginas me conceda demasiado protagonismo e incluso es posible que estas mismas páginas no lleguen nunca a ser leídas, pero no es por eso que las escribo. Necesito liberar el alma envejecida y atormentada que 22

adormece mi vida. Quisiera comenzar por el principio, pero ¿cómo encontrar el principio si ni siquiera sé dónde estoy?

Hemingway El primer verano después de separarme de Irena, un cliente de la Taberna donde trabajaba me regaló una novela: El viejo y el mar. Mi experiencia con ella parecía evocar la aventura del viejo pescador. Hacía tiempo que la seguía en su huida, pero ella se alejaba sin remedio, y cuando creía tenerla conmigo, los tiburones llegaron sin avisar para despedazarla, dejándome sólo los restos. Al perderla comenzó la batalla más difícil. Los sentimientos estaban incrustados en mi interior y perderlos era perder una parte de mí. Poco a poco, cada una de las mujeres con las que he estado, se ha ido llevando pequeños trozos de mi vida, y ahora, después de estos años, me siento vacío, un vacío que me asfixia y me rodea sin compasión. No hay descanso, sólo ese terrible hueco que me quema, poco a poco, como un agujero negro, sin luz, profundo y devorador. Yo siento ahora esa muerte lenta, siento como el alma languidece y los celos la destruyen. Los celos son como las bacterias que descomponen la materia inerte, estoy lleno de ellos y precipitan la descomposición del alma. Los celos se la imaginan en manos de otro hombre, abrazada por otro, amada por otro, alguien imaginado o real a quien yo envidio por ocupar mi lugar, el lugar que yo abandoné derrotado. 23

Dejarla fue entonces mi única salida, pero ahora sé que en el infierno no hay salidas, sólo puertas, que al cruzarlas hacen más lento el dolor, también espejos donde los recuerdos se distorsionan, o se tornan espejismos. Estoy dando vueltas en un laberinto donde no hay señales, no hay guías, sólo caminos que discurren paralelos, a veces se cruzan, a veces giran, caminos, sólo eso, sin paradas, sin descanso.

El kéfir —¡Kéfir! –dijo Irena excitada y sorprendida, al mismo tiempo que saltaba de la silla. —Lo tengo en casa, el próximo día te traeré un poco, pero tienes que cuidarlo muy bien y lavarlo todos los días –le advirtió Jorge antes de concederle el capricho. Jorge era uno de mis mejores amigo. Después de romper con Laura se convirtió en un habitual de la Taberna, allí venía todas las tardes de verano a hablar conmigo. De esta manera mataba el tiempo y mataba también su soledad. El día que comentó lo del kéfir, Irena se sentía feliz, se acercaba el día de regresar a casa. Era fácil relacionar ambos acontecimientos, aunque ella lo negaba. Yo vivía mal esa alegría, no había conseguido llenar el hueco dejado por su país. Estando Irena alegre no había lugar para discusiones y la vida transcurría sobre raíles... 24

—¿Subes al tren Leno? —No estoy seguro, ¿podré bajarme cuando quiera? —¿Bajar?, ¿para qué?, ¡este tren te llevará al paraíso! —¿Pero existe el paraíso? —Pues claro, el paraíso existe, no te has dado cuenta de que está ahí esperando, en la próxima parada. —No sé qué decirte... —Como quieras Leno, el tren no espera. Irena siempre estaba yéndose. Aquella temporada había conocido muchos turistas rusos, el día del kéfir le dijo a Jorge: —Voy a hablar con las chicas del grupo para que vengan a la Taberna a conocerte. Según creo, los rusos bebían también kéfir, aunque no estoy seguro. Ella lo bebía y no era rusa pero era eslava y eran muy parecidos, a pesar de que la historia marcara profundas diferencias entre ellos. Después de la falsa revolución del ochenta y nueve, los checos (el pueblo de Irena) mostraron sin máscaras todo el odio guardado durante años hacia el pueblo ruso, por eso se negaron a hablar aquella lengua foránea que tan bien habían aprendido. También ella la negó, pero sólo durante un tiempo; cuando llegó a España y comenzó a ganar dinero preparando excursiones para sus vecinos eslavos, la checa recuperó sus recuerdos. Ahora sé que aquello fue una premonición: Jorge le regaló el kéfir a Irena y ella le entregó más tarde, a la rusa Natasha.

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El Doctor —No tengo nada nuevo que explicar... —O quizás tengas miedo de explicarlo. —Irena va a regresar a su país. —¿Y vas a ir con ella? —Ahora no puedo, me gustaría ir a buscarla después de las fiestas y regresar juntos. Pero no sé todavía lo que voy a hacer. —Sabes que debes tomar una decisión. (…) Aquella habitación había ido cambiando con el paso de los años, pero yo siempre la veía igual. Me tumbaba siempre de la misma forma y comenzaba siempre a hablar con las mismas muletillas. Del Doctor recuerdo su nombre y muchas cosas más que ahora quiero olvidar, aunque fue para mí el Doctor durante muchos años. Ahora vive en el mundo de fantasmas que pueblan mi cabeza. De su vida conozco poco; sé que viajó durante años y en uno de estos viajes conoció a su mujer... “Son los riesgos de este tipo de trabajo”, me dijo un día. Luego al casarse y comenzar las terapias no tuvo más remedio que dejar sus viajes. La mujer del Doctor es también eslava, de esto me enteré al principio cuando él mismo me lo dijo. Lo que pasó luego en su vida no lo supe hasta que Irena traicionó los secretos que él mismo le había revelado.

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El sueño —He tenido un sueño... –ella estaba a mi lado en la cama, tumbada boca abajo–. Estoy en un desierto y tengo sed, entonces lo veo. —¿A quién? –pregunté. —Tu doctor... Lleva una garrafa llena de agua, yo le pido un poco, tengo mucha sed, pero él se va, lleva el agua en su mano y no me la quiere dar. Yo le sigo, quiero ese agua, tengo sed, pero él no me la da... —¿Y luego...? —Luego él se gira, me mira sonriendo, abre la garrafa y derrama el agua en la arena. Permanecí en silencio, pensando en la noche anterior. Una vez más habíamos discutido, una vez más habíamos hablado de separarnos; Irena volvería a su país definitivamente. Ahora la mañana despertaba cubierta de una extraña ansiedad, aun despierto me sentía yo también, sumergido en un sueño de final imprevisible. —Tranquila, fue sólo una pesadilla. Intenté inútilmente tranquilizarla, ambos entendíamos aquel sueño. El Doctor había tenido durante mucho tiempo un papel protagonista en nuestras vidas. Nuestras charlas rozaban siempre la frágil barrera entre el análisis y la crítica. Se había convertido en el abogado del diablo y éste aparecía en forma de mujer extranjera que necesita sobrevivir en una tierra hostil. 27

Después de explicar su sueño permaneció callada, como hacía tantas veces, con lo ojos fijos pero perdidos, entonces ya no escuchaba; le volví a preguntar, me miró un instante y empezó a temblar. Fue ese mismo día que me explicó el secreto, un secreto guardado durante años, fue entonces que comencé mi viaje, a ninguna parte, un viaje sin retorno. Al día siguiente fui a ver al Doctor, subí la escalera como había hecho cientos de veces, aunque esta vez me temblaban las piernas, y mientras subía, recordaba, como hace muchos años siendo un niño, él me recogió como a un hijo. Irena había urdido bien su plan, de una sola vez acabó con el maestro, con el padre, con el amigo, y mató también al niño que aún había dentro de mí. —He hablado con ella, me lo ha explicado todo. —¿Qué significa todo? —Todo, desde el principio. He venido a despedirme.

Los recuerdos Observo a veces la foto colgada enfrente de mi cama, justo encima del escritorio, es una foto de Praga. En primer plano, Karlův most, de fondo la ciudad vieja de donde emergen los tejados en punta. Me la imagino como un mar lleno de peces espada jugando entre las olas. Mirando la foto, miro también los recuerdos de los viajes, ahora lejanos. Descubrí esta ciudad y otros lugares, pequeños paraísos que Irena compartió 28

conmigo. Descubrí un pueblo alegre pero rencoroso, desengañado y siempre desconfiado. Recuerdo la primera vez que estuve allí. Éramos yo y aquellos amigos de entonces. Como llegamos expectantes a Praga y como me reencontré con ella. Ahora la recuerdo tan lejana; su silencio, su frío al recibirme, y como mi calor y mis palabras fueron suficientes para los dos. Con ese calor hicimos el amor la primera noche, escondidos en el coche prestado de un amigo en la colina de Petřín. Volviendo a casa, la policía nos paró; Irena reía, mientras a mí me obligaban a soplar por un aparato extraño que yo no entendía. Los policías nos miraban sorprendidos, porque aquel aparato no marcaba nada; en realidad, se equivocaron por unos días, poco después descubriría la cerveza checa, rubia y amarga como lo era ella. Todo ha cambiado desde entonces, los compañeros de viaje desaparecieron en el tiempo, a Irena la perdí sin haberla tenido nunca, pero la cerveza, esa sí, se quedó conmigo. Algunos días espero su llamada, la espero con dolor, sin esperanza, pero espero, y cada día pienso que es el último, aunque el tiempo no espera por ella. Luego al despertar todo parece un sueño y me pregunto si Irena fue real. A veces creo que no, que es sólo un icono de mi mente. Tenía, en cada reencuentro después de nuestras separaciones, la sensación de entrar en otra dimensión. Me parecía también que en esos distanciamientos la perdía, que un ser extraño se apoderaba de ella y luego al volver conmigo, ese ser volvía de nuevo a su caverna, 29

donde permanecía dormido esperando. Sí, tenía la sensación de que una “bestia” la poseía y ella no era dueña de sus acciones. En mis fantasías le pregunto por un día importante, algo para recordar en nuestra historia, a veces ella me pregunta pero ninguno responde. No hubo días importantes, sólo días de camino tortuoso o días de calma que precedían tormentas venideras. Esa fue mi relación con esta chica eslava a la que ahora debo olvidar. Debo alejarme tanto, que Irena no sea más que una estrella en el firmamento, sin luz, sin fuerza para quemarme, debo marchar. Ahora siento el pasado detrás de mí, sobre mí, pesadamente, mientras escucho esa canción en la radio... “Yo no puedo estar parado, con las manos tan vacías, tantas cosas quiero darle, antes de que llegue el día, y si ella está durmiendo, yo no puedo ya acostarme, para que cuando despierte, nunca más pueda olvidarme...”

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Barcelona, 10 de febrero 2004

El amigo – capítulo II Hoy apenas he tenido tiempo para leer a mi amigo, hace casi un año que me despedí de él y sus palabras siguen vivas en mi cabeza. Sé que abandonó su casa en Italia. Después de su última visita, le estuve llamando durante las primeras semanas, hasta que conseguí hablar con su vecina, la señora Luciana. Ni siquiera volvió allí después de visitarnos, aunque el piso sigue estando a su nombre y, al parecer, dejó todas sus cosas guardadas en el sótano. Cada día pasa la misma idea por mi cabeza, ¿y si viajara hasta el Veneto e intentara averiguar su paradero? Ése es el primer lugar que debería visitar. En cierto modo me siento culpable, a pesar de que hemos continuado siendo amigos, me fui separando de su mundo, casi sin querer. Rechazaba sus invitaciones cuando sabía que sus otros amigos estarían también. Ya en aquel primer viaje a Chequia, que cancelé en el último momento con tristeza, pero que podía hacer: la doble moral de Dani, el aislamiento emocional de Jordi, o la hipocresía de Alex... eso no iba conmigo. Tal vez si no me hubiera distanciado tanto, me habría dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Ahora he perdido sus huellas, tal vez, para siempre...

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—Cariño... ya estoy lista. —Dame sólo unos minutos. —Si prefieres podemos dejarlo para otro día. —Disculpa, se me ha pasado la hora, enseguida me cambio. —¿Estás de nuevo leyendo el libro de Leno? —Estaba apenas pensando... –Cristina llegó hasta mi escritorio y se sentó en mis piernas. —Sabes que yo también apreciaba a tu amigo, pero erais muy diferentes. Desde aquella noche que llegó bebido no volvió a ser el mismo, ya sabías que acabaría marchándose. —Pero no entiendo su silencio, ¿qué fue lo que le apartó de mí? —Él tenía miedo de algo... —Siempre fuimos sinceros el uno con el otro. —Pues algún fantasma le aterrorizaba. Su libro confirma que el año pasado vino sólo a despedirse. —¿Jose ya está durmiendo? —Está esperando que vayas a darle un beso, la niñera le está leyendo un cuento. —Leno adoraba los cuentos que nos leía mi madre. —Vamos cariño, quién sabe si uno de estos días te llama o aparece sin avisar, como el año pasado, el día de su cumpleaños. ¿Dónde estás Leno, dónde estás? Tengo que intentar encontrarte...

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El diario de Leno (En el país del Este) Irena Irena nació en un pequeño país eslavo, en la ciudad de Šumperk. En el país que parió a Kafka y Kundera, entre otros, esta mujer hablaba con Saint-Exupéry. Cuando apenas había cumplido los diez años escribió su primera carta y en el sobre con letras grandes escribió: Para el Principito Su infancia transcurrió entre esta ciudad y sus casas de campo. En el norte cerca de la frontera con Polonia vivían los padres de Janáček y en el sur, en un pueblo llamado Ochoz, vivía la madre de Helena. Janáček y Helena son los padres de Irena. Ella fue la primera hija de un matrimonio extraño. Su padre era una persona inteligente, pero hacía tiempo que había cedido a la voluntad de su mujer. La pareja se conoció, de forma brusca, en el comedor de la universidad, cuando Helena tropezó con Janá ček; la joven estudiante llevaba un plato de sopa que cayó encima del muchacho, quien sin tiempo para reaccionar, escuchó por primera vez la risa de su futura mujer. Ella se disculpó y reparó el accidente invitándole a tomar cerveza, luego todo 33

vino seguido. Salieron juntos el tiempo que duró la universidad, después de licenciarse, se casaron, y sobrevivieron como pudieron hasta que tuvieron su primera hija. Irena se convirtió en la excusa para distraer el escaso interés que sentían los padres mutuamente. Así fue hasta que nació Mihael, a partir de ese momento el pequeño ocupó el lugar de la hermana, él se convirtió en la excusa e Irena comenzó a crear su propio mundo, un mundo de fantasías, lleno de personajes de libros con los que ella hablaba, y así empezó también su afición por la escritura, dedicando cartas a sus personajes favoritos: “Querido príncipe, he decidido escribirte después de saber de tu aventura en nuestro planeta. Sé que no te hemos causado una buena impresión, por eso quería invitarte a pasar unos días en mi casa. Mi mamá dice que tú no existes, pero yo sé que lo dice sólo para entristecerme, a mi mamá no le gusta verme contenta. Yo sé que eres real, como yo, como mi papá que siempre dice que sí a todo, o como mi hermanito que ya ha comenzado a caminar. Desde que nació, mi mamá apenas tiene tiempo para mí. Cuando quiero jugar con ella, me dice que me vaya a jugar con mis amigas... ¿Sabes?, a veces siento mucha lástima por mi papá, mamá tampoco quiere jugar con él, entonces se encierra en su despacho y ya no le veo más hasta la hora de cenar. No sé cuánto tiempo tardará en llegar esta carta a tu planeta, pero creo que viviré aquí todavía muchos años, pero si tuviera que irme, prometo dejar mi nueva dirección a mi vecino 34

Nicolás, él siempre quiere jugar conmigo, me invita a su casa y me prepara chocolate para merendar, es muy cariñoso, siempre me da muchos besitos y caricias... Ahora tengo que dejarte, mi mamá no quiere que esté despierta hasta tan tarde... Te quiero principito. Tu amiga Irena.” (…) Desde pequeña se acostumbró a la soledad. Por la mañana, cuando despertaba en una casa en silencio, o por la tarde, cuando al salir de clase buscaba a mamá. Luego la noche, en que escondida entre las sábanas encendía su linterna y se quedaba leyendo hasta tarde. Después llegaron las largas ausencias con la mirada perdida, en que subida a lo alto de la ventana desafiaba la altura, esperando quizá, a su “pequeño príncipe”. (…) —¿Sabes Leno? –me dijo una vez–, ¿sabes por qué no me dan miedo las alturas? –yo desde pequeño sentía vértigo cada vez que mi vista se precipitaba al vacío desde cualquier lugar más allá de un primer piso–. Cuando era pequeña, me gustaba sentarme en el borde de mi ventana y pasar horas leyendo, pensaba que si un día me caía, ese día mi madre se sentiría muy mal. —¿Y por qué eso te parece tan atractivo? —Ella siempre está ocupada, y cuando no está ocupada, está bebiendo. —Me alegro de que nunca te hayas caído o no te habría conocido. 35

—¿Te alegras de haberme conocido? —Claro, yo te quiero, ¿todavía no te has dado cuenta? —Una vez casi me quedo dormida. —Me estás asustando... —Se me cayó el libro, por suerte no pasaba nadie por la calle –entonces sonrió. —¡Irena, por favor!, ¿pero por qué hacías esas cosas? —Me gusta la libertad, nada me haría sentir más libre que caer en el vacío. Ese día mis padres llorarían por mí –también yo, pensé entonces. Con Helena, su madre, nunca se relacionó de una forma tranquila, pero sí con su abuela, que a su vez no se llevaba bien con su hija, así que la familia estaba unida por puentes generacionales cuya pieza fundamental era la abuela; una mujer de carácter fuerte, como lo eran todas las mujeres eslavas, que los mantenía unidos. Cuando la abuela murió, la familia perdió su principal referencia y se disgregó. Helena aceptó un trabajo en Praga, el trabajo que tanto ansiaba, al cual había renunciado para estar cerca de su madre, el hermano marchó a Alemania a estudiar, e Irena aterrizó en España, como guía turística de la agencia de viajes Family Tours. Sólo el padre continuó su vida como si nada hubiera pasado, porque en realidad nada había pasado para él. Era el padre y el marido, pero podía haber sido cualquier otro en su lugar, nada habría cambiado; era una persona ignorada, borrado de la familia, como un mueble que se cambia de sitio, 36

aunque todo esto, a veces, no eran más que intenciones. En el mundo de Irena todo giraba en torno al padre, aquel cero sin decimales y, en realidad, el “ignorado” también la ignoraba. Si no podía ignorar a su mujer, la primera mujer, sí podía ignorar a la segunda, su hija, e Irena a su vez aprendió a ser ignorada y a ignorar. Ahora somos todos hijos de la ignorancia.

Mihael Su hermano percibió desde pequeño aquel desorden y huyó; no en cuerpo sino en espíritu. Decidió que no podía vivir en un mundo de papeles cambiados y creó uno propio. No, no es un loco, Mihael es quizás el más lúcido de todos. Percibe vibraciones que a los demás nos son imperceptibles, sus ojos ven en el aire como las personas vivimos rodeadas de energías, y distingue el color de sus halos: el de la bondad, el de la maldad, el de la sinceridad o el de la hipocresía. Aunque fumaba marihuana, la droga no era responsable de sus visiones. ¿Hay otra forma de escapar de la locura? Si tensamos una cuerda para romperla y la cuerda resiste, tiramos con más fuerza, pero si la cuerda comienza a ceder o se rompe, la fuerza cesa. Eso es la vida, romperse o ceder. Nadie tiraba de la cuerda de Mihael. Irena vivía cerca de él, compartía sus ideas, pero como en todos los asuntos de su vida, era ambigua, por eso era tan difícil aprehenderla. En un mundo de incertezas e ignorancia, las personas necesitan tener un asa donde agarrar37

se. Los dos hermanos eran hijos de un mismo padre “ignorado”, que dejaba un enorme hueco en sus vidas; fue por eso que otro padre, mucho más seguro y omnipresente, fue poco a poco ocupando ese lugar vacío. Aunque eso ocurrió, con millones de personas.

El Profeta Nadie sabe muy bien de donde vino, pero su nombre comenzó a sonar con fuerza en todos los medios de comunicación hace ya más de veinte años. Ahora, ni su nombre se conoce con certeza, simplemente sabemos que es: el Profeta. La primera vez que lo vi en televisión, tuve una buena impresión, me pareció una mente brillante, y no estaba equivocado en lo que decía. Con mucha elocuencia denunciaba los peligros que se cernían sobre un cielo ya nublado. A lo largo de la historia han aparecido regularmente personajes así, pero él tenía algo especial; su tranquilidad, su habilidad para comunicar y un rasgo inconfundible: su mirada. No era humana, o al menos, no todo lo humana que puede llegar a ser una mirada, eso fue lo que me llamó la atención. En esa primera entrevista que presencié, denunciaba varias empresas internacionales que habían quebrado el último “Tratado Medioambiental”; las denunciaba con nombres y cifras exactas, y lo que fue más sorprendente, citaba y relacionaba 38

cada uno de los políticos que estaban implicados con las empresas. Veía al periodista que esquivaba la mirada del entrevista-do, buscando probablemente al realizador, esperando que una mano le ordenase parar la retransmisión, pero, o no hubo mano ejecutora o el presentador no la vio. El Profeta continuó refiriendo nombres y más cifras, advirtiendo de las consecuencias que se derivarían de todo aquello. Estaba sorprendido, porque eso no suele ocurrir, además era un programa internacional, emitido en todo el mundo y el Profeta, en un ejercicio de malabarismo, combinó en poco menos de una hora los principales idiomas: inglés, español, francés, alemán... y algunos más de los que no estoy seguro su origen. Yo me concentraba en los subtítulos y en su mirada, impenetrable. Mostraba una seguridad y confianza que desarmaba cualquier ataque externo. Nadie podía en ese momento sospechar nada, porque además, todo lo que dijo era cierto, el problema es que nadie antes se había atrevido a decirlo tan claro. Cómo sabía todo eso y cómo iba a quedar impune a la reacción de los poderosos, era una incógnita. Descubrí al Profeta, mucho antes de ser adulto, cuando apenas comenzaba a ser un adolescente, pero eso puede malinterpretarse. La adolescencia tiene unos años marcados, antes o después de los cuales no puede existir; ser adulto, sin embargo, no tiene edad. Puede llegar al cumplir los dieciocho, puede llegar un poco más tarde, pasados los treinta o, simplemente, no llegar nunca. 39

Yo me hice adulto el día que Irena me contó el secreto; ese día me pareció escuchar de nuevo al Profeta en aquella primera entrevista, hablando cosas que en realidad ya sabía, intuía, pero que me había negado a ver durante los años que estuve con ella. Por eso, además de hacerme mayor en pocos segundos, también sentí que mi mundo se tambaleaba, cayendo sobre mí; al igual que un derrumbe controlado, donde los cimientos son dinamitados y el edificio cae convertido en polvo. Para cuando esto ocurrió, todas las profecías de este hombre iluminado se habían cumplido, y su poder era ya mucho mayor que el de las corporaciones que él denunciaba, e incluso más que muchos gobiernos. Le gustaba el lujo, disponía de varias residencias en todo el mundo, que ocupaba de forma rotativa. Se sabía que no estaba casado, nunca se le había visto en compañía de nadie y se rumoreaba, que detrás de su apariencia de hombre seguro y confiado, existían graves problemas de comunicación a nivel emocional. El resto era un misterio: de dónde era, dónde creció, dónde estuvo antes de darse a conocer o con quién estuvo... Nadie lo sabía, o al menos nadie que quisiera explicarlo, o tal vez… nadie que pudiera ya explicarlo. Irena lo adoraba, al igual que de pequeña adoraba al Principito, sólo que el pequeño príncipe no podía cambiar el rumbo de la historia, a pesar de haber entrado en la conciencia de millones de personas, el Profeta sí. Nunca discutimos por ello, ella me mantenía informado a diario, de esa o aquella otra 40

profecía; yo la escuchaba siempre escéptico, hasta un día, en que tuve un extraño sueño que le explicaría al Doctor más tarde. Relacioné de inmediato el sueño con las profecías, y amablemente le pedí a Irena, que dejara de hablarme de ese ser “iluminado”, por supuesto no me escuchó. En el sueño me despertaba cubierto de sudor, una mujer desconocida dormía a mi lado… . 41

En ese momento desperté, como en el sueño, empapado en sudor, y la chica que había a mi lado no era una desconocida, era Irena, durmiendo también un sueño profundo del que no quise despertarla. Ese mismo día partía de nuevo hacia su país, donde me reuniría con ella una semana más tarde.

El inicio Irena y yo nos habíamos conocido un año antes en el hotel donde yo trabajaba. No fue un encuentro muy especial, no al menos, como sucedió luego con Lucie, pero ocurre siempre que las cosas más insignificantes acaban por cambiar nuestras vidas. La primera vez que la vi vestía medias largas de lana y una minifalda gris, hablaba con el recepcionista del hotel, y entre frase y frase giraba su cabeza hacia la pared desde donde yo la observaba callado. Basta una mirada dicen, para enamorarse, o una sonrisa. Ella me miraba y me sonreía, mientras hablaba cualquier cosa con el chico de la recepción… —A ver David ¿para ti qué es lo más importante en una pareja? –y David reía. —Para mí... pues… ¡la cama! –ahora reían los dos. —¿Y para ti? –Irena se giró ahora sí, sin disimulo hacía mí, mientras intentaba buscar una explicación a por qué sus piernas cubiertas de lana habían hipnotizado mi mirada perdida.

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—Para mí lo más importante es la confianza –contesté sin dudar –. Yo estoy seguro de que nunca voy a engañar a la mujer que quiero. —¡Oh, oh... qué filósofo! –exclamó David soltando una carcajada. Pero ella quedó callada, y finalmente añadió… —No es filosofía, es coherencia. La recepción de aquel hotel estaba presidida por una enorme mesa de leño macizo del siglo XVIII, una obra de arte que hoy en día sería imposible de construir. En una esquina, ejerciendo de anfitrión, perdía color una estatua de madera de Fernando VII, que además de color había perdido también su espada, pero en su mano izquierda mantenía aún en su poder el globo terráqueo, donde podía enseñar a los ignorantes lo que un día fue su imperio. Justo detrás de mí, dos ángeles tan grandes como el propio rey auguraban la bienvenida a los clientes. (…) —No lo entiendo, no entiendo que las personas se engañen unas a otras... —¡Ah! así es la vida –respondía David detrás del mostrador. —Yo por lo menos estoy segura de que mi padre no ha engañado nunca a mi madre. —¿Y tú cómo lo sabes? —Mi padre está enamorado... (...) Esa misma noche, vino a mi cuarto para ver mi colección de discos. Los clientes tenían prohibida la entrada en las depen43

dencias del personal, pero daba igual, nadie nos vería. Miraba los discos sin interés, mientras me preguntaba sobre mi afición a la música. —Hace años que toco el piano y la guitarra, pero comencé muy tarde, si hubiera empezado desde pequeño ahora podría ganarme la vida como concertista. —¿Y por qué no empezaste antes? —Eso es largo de explicar y no creo que sea muy divertido. —¿Vives con tus padres? —No, vivo aquí mismo en el hotel, mis padres murieron hace años. —Lo siento… Ella preguntaba mientras pasaba un disco tras otro, casi sin mirar. Estaba todo tan claro, pero mi timidez y la desconfianza que me rodeaba en mis encuentros con las mujeres, bloqueaban las palabras que se quemaban en mi garganta; entonces, como dictan las leyes de la insinuación femenina, Irena dio por acabada su visita y se despidió: “Nos veremos por aquí por el hotel otro día, buenas noches Leno”. Esa fue la primera vez que sentí que la perdía, escuché la puerta cerrarse como el martillo del juez que dicta sentencia, y me sentí culpable, por dejar que mis miedos me venciesen de nuevo. Sentí que si dejaba pasar aquella noche sin decirle nada, la perdería para siempre. Así que esperé unos minutos, le di el tiempo de llegar a su habitación, quitarse la ropa, tomar una ducha, tumbarse en la cama para relajarse leyendo una novela

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de Milan Kundera: El libro de los amores ridículos. Entonces busqué su número en el registro del hotel... 409, la llamé: —Soy yo, Leno, tengo que decirte una cosa, ¿puedo subir a tu cuarto? —Sube… Allí comenzó todo, esa misma noche dormimos bajo el mismo cielo, un cielo plagado de estrellas. Mis palabras corrieron más que mi prudencia y en los brazos de un ángel soñé... , y al menos al despertar, el sueño pareció real. A esa noche la siguieron muchas más. Después de pasar un año juntos en España, ella marchó a su país. Yo la seguí una semana más tarde con tres amigos. Nos presentamos por sorpresa en la casa de campo del señor Janáček, donde nos esperaba Irena y su hermano Mihael, aunque más que a él, recuerdo a una chica joven y hermosa que se movía compulsivamente sobre sus piernas, pero a decir verdad ¿fue realmente así?

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Terezín y San Segimón Era uno de los primeros veranos después de la caída del comunismo. Habíamos estado cuatro días en Praga, en el apartamento de Verónica, situado justo debajo de la fortaleza de Hradčany. Verónica era una chica de bien que había conocido a Irena en la universidad y ahora eran muy buenas amigas. Aquel apartamento era de su padre, pero lo utilizaba sólo en contadas ocasiones, (según nos explicó, por motivos de trabajo). Sea como fuere, nos sirvió de refugio para conocer la ciudad. El día antes de dejar Praga, Irena marchó a la casa de campo del norte para asistir al cumpleaños de su madre. Nos dejó con Verónica y con su mejor amiga: Amalka –para una persona introvertida como ella, Amalka es la excepción, es la amiga a la que explica todos sus secretos y probablemente la única persona en la que confía –. —Mañana por la noche os espero con mi hermano y su novia en la casa de Litice, ya le he explicado a Dani el camino que debe seguir. —Deberías haber hablado conmigo, ya sabes que Dani no es muy bueno para orientarse. —Toma, te he apuntado el nombre del pueblo donde está la casa: Litice, y el nombre del pueblo que hay al lado: Polevy. Si os perdéis, debéis preguntar por el segundo, porque el otro es demasiado pequeño y casi nadie lo conoce. Os estaré esperando en la hospoda a las ocho de la tarde. —Felicita a tu madre de mi parte. 46

Esa noche cenamos en un restaurante de la capital checa con sus dos amigas. Amalka entendía un poco nuestro idioma, Verónica sólo hablaba francés. ¿Qué queda de aquella noche? Sólo el recuerdo. Alex comenzó un pequeño idilio con Verónica, que duró hasta el final de las vacaciones, Dani, por su parte, no fue capaz de adaptarse a la comida checa, hecha a base de Knedliky, Brambory y queso frito, y Jordi... él no estuvo nunca allí, su mujer lo había abandonado recientemente y su mente había decidido quedarse en España. Luego yo, en medio de ninguna parte, comenzaba a sentirme preso de un sueño, un sueño a ratos dulce... —¿Qué son todos estos potingues? –Dani metía el tenedor una y otra vez en la salsa y me miraba. —El mío está bueno –dije sonriendo. —A ti lo que te pasa es que te han lavado el cerebro y ya eres uno de ellos. —Qu’est-ce qu’il passe? –interrumpió Verónica. —Dani, que es un tipo raro. Verónica miró a Amalka para que le tradujera y luego se rieron, haciendo que Dani se sintiera todavía más ridículo. —No os riáis de Dani que luego querrá vengarse –añadió Alex, que no dejaba de mirar a Verónica. Amalka intentó tranquilizarlo. —Dani, estás en Chequia y tienes que acostumbrarte a nuestras cosas.

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No entendí entonces el significado de aquella frase, ¿cuáles eran las cosas de los checos? A la mañana siguiente, el día que debíamos encontrarnos con Irena, Dani nos propuso visitar antes, el antiguo campo de prisioneros de Terezín. Dani siempre se sentía atraído por los lugares oscuros. Un día, en España, nos llevó sin saberlo a un monasterio abandonado en las montañas del Montseny: el monasterio de San Segimón. Terezín y San Segimón eran parecidos, en el primero habían muerto cientos de personas durante la Segunda Guerra Mundial, había marcas en los muros donde los prisioneros habían sido emparedados, también una piscina donde se bañaban los hijos de los mandos alemanes, marcas de balas por todas partes y cuartos vacíos, donde uno podía imaginarse las escenas no tan lejanas. En el monasterio del Montseny todo parecía un poco cómico; allí había dibujos extraños que invocaban a fuerzas oscuras, restos de hogueras, paredes pintadas de negro, pero no sentí ganas de reírme. Qué raro era Dani, empezó a excavar en una pared y encontró un hueso, el hueso de un animal pequeño, tal vez una cabra, aunque hicimos otras suposiciones. ¿Era quizás el sexto sentido que tenía también el hermano de Irena?, ¿quién le había informado de que el hueso estaba exactamente allí? Dani, sin duda, percibía las energías que circundan nuestro entorno, si no, como entender que un día, hace muchos años, el día que murió su vecina, tuviera este extraño sueño que nos explicó: 48

[Vuelvo del instituto y me entretengo jugando en el cementerio, están conmigo los hermanos Caña. Es el último día de escuela antes de las vacaciones de Navidad, el vigilante del cementerio nos ve y nos echa, está disfrazado de Papa Noel. Me río y le pregunto qué hace así vestido, me contesta que esta noche me dará un regalo. Antes de llegar a casa nos paramos en el pueblo de la Torreta, allí están todavía los restos de una excavación donde un niño cayó hace algunos años. Ahora está vacía, los trabajadores han abandonado la obra. Oigo gritos y al asomarme veo al niño que cayó, me llama... —¡Dani! ven, baja a ayudarme –. Pero no le ayudo, me voy corriendo. Llego a casa asustado y mi madre ha preparado un pastel, ella me pregunta... —¿Hijo, por qué no has ayudado al niño que se cayó? El pastel era para él –. No tengo tiempo para contestar, suena el timbre y voy a abrir la puerta, mi madre continúa hablando –. ¿Para quién será ahora el pastel? -al abrir la puerta me encuentro con Papa Noel, es el vigilante del cementerio que sonriendo dice... —Por fin te encuentro, he traído un regalo para ti, es de tu vecina, ella sabe que has encontrado al niño y quiere que vayas a su casa. —¿A su casa, para qué? —Esta noche, ella va a morir y antes quiere darte las gracias. —¿Las gracias por qué? —Ella cree que has salvado al niño...]

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A la mañana siguiente explicó el sueño a su madre, fueron entonces a llamar a la puerta de la vecina; fue en vano, la anciana no podía ya escuchar el timbre. Qué extraños acontecimientos, Dani guardó el hueso encontrado en el monasterio durante todo un año, hasta que un día interpretó que su hallazgo le había traído mala suerte, una especie de maldición, y lo tiró. Esa mañana en Terezín apenas hablamos; nuestras cabezas salieron aturdidas de aquel lugar maldito. Al comenzar la tarde partimos en busca de Litice, el pueblo donde Irena nos esperaba, pero Dani no entendió las explicaciones que ella le había dado. Lo que nos ocurrió esa noche se convertiría meses después, en una suerte de guión de cine. El motivo fue un curso de escritura: Taller de guión cinematográfico, que dejé sin acabar cuando la supuesta profesora quiso convencerme de que había que dar al lector lo que quería, (en su opinión lo que el lector quería eran los libros que estaban de moda, razonamiento lógico por otra parte) entonces le respondí: “¿Quiere que trate a los lectores como burros, quiere que hagamos del arte una fábrica de latas en conserva?”. La respuesta de la profesora fue muy adecuada para una persona que sabe que tiene el poder: “No, tú estás aquí para aprender, y tú no vas a saber más que yo”. No esperé a que acabara la clase; me levanté, fui a la secretaría de la escuela y me di de baja ese mismo día, aun así, recibí mi 50

primer y único trabajo ya corregido por correo. La profesora Anna Méndez (nunca olvido el nombre de los malos), aprovechó para ensañarse conmigo, aunque sus correcciones no las voy a reproducir aquí. Éste fue mi único intento de entrar en el mundo de la literatura. Nunca sabré si realmente ella sabía más que yo, nunca más intenté ganarme la vida escribiendo. Ahora las páginas del guión están marchitas, las conservo como una reliquia, al igual que tantas otras historias que nacieron como flores en un día cualquiera de primavera y perdieron sus pétalos en las primeras horas del anochecer. Puede que el motivo del suspenso, en ése mi primer trabajo literario, además de los errores de forma, fuera la falta de imaginación, porque nada, absolutamente nada de aquella historia fue inventado. Una historia con cuatro actores españoles protagonistas y varias comparsas checas, donde nadie, (ahora lo sé) era lo que parecía.

Litice (el guión) 1ª Escena Cuatro españoles en una carretera secundaria de Chequia. Dani conduce un Volvo 470, Alex y Jordi detrás, miran el paisaje; Leno, en el asiento del copiloto, comienza a pensar que algo no va bien (se rasca la barbilla). Han salido a las cinco de

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la tarde de Terezín, son las siete y no han encontrado Polevy, a las ocho han quedado con Irena. Leno Nos hemos desviado, éste no es el pueblodonde nos espera Irena. Dani (sin dudar) No te preocupes, estuvo hablando conmigo y vamos bien. Leno Pero a mí me dio este papel, y aquí pone Litice Alex (metiendo baza) Leno, tú haz caso a Dani, que es el que conduce y es él quien ha hablado con Irena. Entonces Leno, enfadado, rompe el papel que Irena le había dado. Son las ocho de la noche, está oscuro y está nublado, los cuatro españoles llegan a Polevy, ven un letrero donde pone Hospoda, (más tarde sabrán que hospoda es algo parecido a una fonda, pero en aquel momento creen que hospoda es el nombre particular de un bar). Leno entra solo, la gente se gira con cara de sorpresa, es evidente que es extranjero. Se dirige a la mujer que hay detrás de la barra, un hombre sentado en una mesa, su marido (intuye Leno), lo observa algo enfadado.

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Leno (dirigiéndose a la mujer) “Kde je hospoda?” (¿Dónde está la hospoda?). La mujer “To je hospoda” (Esto es una hospoda). Leno (ignorante insiste) “Ne, tady ne” (No, aquí no) La mujer mira enfadada y el español se marcha. Al llegar al coche explica a sus amigos que se han equivocado. Ninguno recuerda el nombre del otro pueblo. Los trozos del papel que Leno había roto están desperdigados por el coche, entonces se asustan y comienzan a buscarlos desesperados. Finalmente consiguen reconstruir el papel donde parece decir: Litice. Cuatro españoles salen de Polevy, y esta vez comienzan a buscar Litice, pero por entonces todavía no saben que la “c” checa se pronuncia “ts”, y la pronuncian mal, como la “c” española. En la carretera secundaria ven la primera indicación correcta: Vamperk; continúan y más adelante otro pueblo: Zamberk. Entre Vamperk y Zamberk se encuentra Litice, pero ninguno ha visto todavía el letrero. Son las nueve de la noche. Dan la vuelta de nuevo en dirección a Vamperk. Por el medio de la calzada, por el mismo lugar que pasan los coches, viene una pequeña tropa de soldados, los españoles se paran, de nuevo Leno se baja para preguntar pero pronuncia mal Litice, ningún soldado conoce el pueblo. Entonces tiene lugar 53

una discusión subida de tono dentro del coche. Leno se enfada con sus amigos porque no han querido escucharle, Dani suspira varias veces, Alex echa la culpa a Dani por no haber atendido bien las indicaciones de Irena, Jordi permanece callado. Dani La culpa es de Leno, que se busca mujeres raras. Leno Mejor que te calles amigo. Dani Es verdad, Irena está loca. Leno sale del coche dando un fuerte portazo, Dani enfadado acelera, dejando en la carretera a Leno, que se sienta tranquilamente en la cuneta a esperar. Después de unos minutos aparece el volvo 470, Leno vuelve a entrar, Dani gesticula, dando una pequeña bronca a Leno, quien mirando hacia otro lado ignora a su amigo. Continúan el viaje, media hora después llegan a Vamperk, ni rastro de Litice. Se acercan a un restaurante que está a punto de cerrar, de nuevo Leno es el elegido para preguntar y de nuevo pronuncia mal la “c” checa; en el restaurante nadie conoce el pueblo. Retoman el camino de vuelta hacia Zamberk, Alex y Jordi están nerviosos, Dani y Leno también, pero no hablan...

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Alex Y si no llegamos nunca. Jordi Deberíamos volver a Praga. Alex Pero ¿cómo vamos a volver?, ¿tú sabes a qué distancia estamos? Jordi Pues no sé qué vamos a hacer, el pueblo ese no existe. Alex ¿Estás seguro de que se llama Litice? Leno Vamos a ir una vez más hasta Zamberk y si no lo encontramos, buscamos un lugar para aparcar y nos esperamos hasta mañana por la mañana. Son las once de la noche, por la carretera secundaria ya no pasa ningún coche. Circulan a menos de treinta kilómetros por hora, siguen sin ver la indicación de Litice, quedan apenas diez kilómetros para llegar a Zamberk. De repente delante de ellos se enciende una luz, débil, tenue, es posiblemente la última oportunidad de encontrar el pueblo perdido. El coche llega hasta la luz y ven entonces un hombre que empuja su bicicleta caminando con esfuerzo. Al pasar por su lado tocan la bocina,

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el hombre se gira y se detiene, de nuevo Leno se baja para preguntar, de nuevo pronuncia mal la “c”checa. Leno Kde je Litice? El hombre mira al extranjero y comienza a tambalearse, la bicicleta se escapa de sus manos y cae al suelo, el hombre se ríe, está borracho, luego habla. El borracho No, no, ja vim kde je (Sí, sí, yo sé dónde está). Leno cree haberle entendido, quiere que le sigan. Primero duda, es evidente que está ebrio, pero no tienen nada que perder. Hace una indicación a Dani para que les siga y continúa a pie junto al borracho, que explica cosas que no entiende pero asiente con la cabeza. Cuatro españoles perdidos y un checo borracho en una carretera secundaria de montaña, cerca de la frontera con Polonia. El borracho les ha llevado hasta un cruce, entonces, contra todo pronóstico, sucede... A la derecha, tapado por un arbusto hay un letrero, Leno desvía las ramas y lee: Zachlumí, y debajo, Litice. Leno no sabe cómo agradecer al señor borracho y le da la mano, diciendo lo único apropiado para esa ocasión.

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Leno “Dekuj moc” (Muchas gracias). Mientras se alejan del cruce miran hacia atrás y ven a un hombre que nació con las cartas marcadas, que mueve los brazos despidiéndose, mientras su mente continúa un diálogo sordo con la conciencia. Cuatro españoles llegan a Litice, son las doce de la noche, encuentran una casa donde pone: Hospoda, está cerrada, e Irena, en algún lugar, cerca de la frontera con Polonia, posiblemente duerme... en un sueño feliz donde el principito de Saint-Exupéry habla con ella: El principito Irena, ¿qué haces dormida? Irena Es hora de dormir. El principito Pero, ¿y tus amigos, y tu novio? Todavía no han encontrado Litice. Irena Lo encontrarán, no te preocupes, Leno es muy inteligente. El principito Yo no me preocupo, eres tú quien debería preocuparse. Leno vino hasta Chequia 57

para estar contigo y no parece que le estés haciendo mucho caso. Irena ¡Vaya principito! Ahora me has salido “removedor” de conciencias. El principito ¡Qué pena me dais los adultos!, valoráis tan poco los sentimientos. Irena Principito, hay cosas más importantes que hacer, que preocuparse. El principito Preocuparse no es una cosa importante, es algo inevitable cuando hay sentimientos. Irena ¿Y quién te ha dicho que los haya? El principito Eso es verdad, sigue durmiendo Irena, ¡qué pena me dais los adultos! (En la casa de Litice no había teléfono. Irena les dio una dirección confusa, el nombre de un pueblo: Polevy, y el nombre del lugar donde les esperaba: Hospoda, luego de manera desapercibida: Litice, el pueblo donde realmente debía encontrarlos. Esa confusión en el orden de las cosas era típica de Irena, 58

porque... ¿deseaba que llegaran hasta allí? Cuando la noche que espera en la hospoda, deduce que no van a llegar ¿qué piensa?, ¿se asusta?, ¿piensa quizás en avisar a la policía?).

2º Escena Litice, doce de la noche, la hospoda está cerrada. Los cuatro extranjeros esperan dentro del coche mientras deciden qué hacer. De nuevo aparece una luz... no, ahora son dos luces y detrás, dos más. Son dos coches que pasan junto a ellos y suben una pequeña rampa, se detienen junto a un par de casas adosadas. No queda otra opción que seguirlos, esta vez bajan todos. Los ocupantes de los coches son dos parejas, una mayor y otra más joven, están abriendo el garaje y no parecen sorprendidos. De nuevo Leno practica sus pocos conocimientos del idioma checo. Leno Jsme spanelsky, hledame Irena Salnikovà, znate? (Somos españoles, buscamos a Irena Salnikovà ¿la conocen?) Uno de los hombres contesta, pero ninguno sabe el qué. Pasan unos segundos sin palabras que parecen horas, entonces comienza a llover... (¿Tendrá el Dios de los checos piedad de ellos?), entonces sucede... algo que en España sería impensable. 59

La mujer mayor hace un gesto, les invita a pasar, pero se tendrán que separar, Dani y Alex siguen a la mujer mayor a su casa, mientras Jordi y Leno siguen a la pareja joven, luego les muestran un cuarto pequeño pero suficiente, con dos camas también pequeñas... “Adelante, os estamos dando cobijo, aquí tenéis vuestras camas, ahora dormid, mañana intentaremos encontrar a vuestra amiga”, parece decir la chica. Así pasan la noche, cuatro españoles en la casa de una familia checa, familiar y desconocida. En la pared del cuarto hay un reloj que celebra las horas con demasiada alegría, por lo que Leno se levanta en mitad de la noche, retira las pilas del reloj y ahora sí, duerme... y en su sueño encuentra una mujer de rostro desconocido que le espera sentada en la sala, con palomitas recién hechas y una sonrisa sin máscara. Se sienta junto a ella, la besa, ella lo abraza y apoya su cabeza en su pecho, mientras en la pantalla comienza una película: Antes del amanecer. Por la mañana, la mujer mayor prepara el desayuno para sus huéspedes. Leno prueba por primera vez el café turco, (los otros no se atreven), las tostadas con sobrasada, cebolla y pimiento, que sus amigos ni miran, pero él no sabe ser descortés. Luego la señora le coge su mano, sale de la casa con el español, mientras pronuncia una y otra vez la palabra “cubansky”. (Sí, a pocos metros de aquella casa vive Carlos, un cubano que fue a Rusia a estudiar y por cosas del destino acabó

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aparcando su vida en esta esquina del mundo). Carlos se acaba de despertar: Leno (con una sonrisa inmensa) Hola, ¿hablas español? Carlos Sí claro, soy cubano, ¿qué haces aquí en este rincón chiquito del mundo? Leno Hemos venido a ver a una amiga, pero nos hemos perdido, ¿tú no conocerás a una chica que se llama Irena Salnikovà? Carlos No, no la conozco, pero os puedo ayudar a encontrarla. Deja que me vista, voy a llamar al trabajo para avisar que llegaré tarde. Carlos acompaña a su nuevo amigo de vuelta hasta la casa de la mujer, le explica durante el camino que han dormido en la casa del alcalde del pueblo. Los españoles se despiden del alcalde, su mujer y sus hijos, prometiendo volver algún día a visitarles, (y lo cierto es que Leno volverá cinco años más tarde allí). Después se alejan con Carlos. 61

Carlos (habla despacio, su castellano ha perdido fluidez, pero conserva todavía la cadencia sudamericana) Hay un archivo en el pueblo, donde tienen registradas todas las casas de campo de los alrededores, preguntaremos allí.

3ª Escena La casa de registro es en realidad un módulo improvisado en medio del pueblo, con paredes y techo de aluminio. Carlos explica al encargado que los extranjeros necesitan encontrar a una amiga, que tiene una casa de campo en los alrededores de Litice. Carlos ¿Cómo dijiste que era su apellido? Leno Salnikovà. El comunismo, como todo, también tuvo sus cosas buenas. En el libro de aquel registro están todas las casas de los alrededores junto a su historia: el nombre del primer propietario, el nombre del segundo, del tercero, y a la vez la vida de cada uno de ellos detallada: cuándo vino, cuánto tiempo estuvo, 62

cuándo marchó y hacia dónde marchó. El hombre busca, pero no aparece la familia Salnik. Leno Creo que la casa está registrada a nombre de los abuelos. Carlos ¿No sabes si son por parte de padre? Leno Sí, pero la casa era de la abuela, mucho antes de casarse. (El destino había querido que encontraran al borracho en la carretera y les llevó hasta la casa de una familia hospitalaria, después, tal vez Dios les puso a Carlos en el camino. Ahora sólo había que esperar...). El hombre del registro pregunta a través del cubano... Carlos ¿No conocerás algún detalle de sus abuelos? Leno piensa y entonces, sucede... Leno Creo recordar que marcharon a Praga, hace unos diez años.

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El hombre del registro ¡Ya está!, aquí hay una casa que perteneció a una pareja que marchó a la capital en 1984. La casa está pasado el cementerio, subid esta cuesta y seguid el camino estrecho que pasa al lado del rio. Es la quinta casa después del puente. Así fue como a las nueve de la mañana cuatro españoles se presentan en la casa de campo de la familia Salnik. Y vuelven a la escena en que una chica, joven y hermosa, se convulsiona encima de Mihael, y un detalle imperceptible: encima de la mesa, Irena ha dejado un reloj, el reloj que Leno le regaló en España.

Fin del guión – Veleta Cuando llegamos a la casa, Irena estaba aún durmiendo, bajó la escalera bostezando. Ésas son las señales que nos alertan de que algo va mal pero que nuestra mente se niega a aceptar, porque un programa organiza nuestra vida, llevándonos por caminos que no queremos recorrer, buscando razones para justificar nuestras decisiones, e inventamos excusas: “Es que la quiero mucho...”, “yo no sabía que ella...”, “las personas cambian...”, 64

“es que...”. Así perdemos media vida, defendiendo nuestras decisiones ante el mundo, mientras nuestra mente, escondida, ríe complacida; porque en el fondo sabemos que todo es un programa y ella, la mente, siempre manda. Por eso besé a Irena cuando llegué a la casa y acepté su despreocupación como una costumbre checa, al igual que acepté sus besos de aprendiz como una nueva forma de besar, “es que los checos besan así”, pensaba siempre que no encontraba su boca. ¿Qué es más fuerte que el destino?, dando por supuesto que éste existe; sin duda alguna nuestro origen. No somos lo que seremos sino lo que hemos sido. Las sentencias populares se obstinan en hacernos creer que hay que olvidar el pasado o que el pasado no tiene importancia. No la tiene, siempre y cuando hayamos pensado tanto en él que lo hayamos conseguido mimetizar con el resto de nuestra conciencia. Es la difícil lucha de cada uno de nosotros, mantener ese equilibrio entre lo que hemos sido y lo que queremos ser, (pocas veces percibimos lo que realmente somos). Cuando una de estas corrientes es más fuerte que la otra, entramos en un desequilibrio emocional que nos hace infelices. Cuántas personas han muerto ahogadas por sus propios sueños y cuántas ahogadas por su pasado. La obsesión por Irena se transformaría con el tiempo hasta convertirse en un “quiste” en mi cabeza, que ya no dolía, pero había pasado a formar parte de mí. Recuerdo la gata del hotel donde crecí, que no por casualidad se llamaba Veleta, tal 65

vez porque había sido la única superviviente a través de los años y los accidentes o, tal vez, porque al igual que las veletas, se movía a merced del viento sin oponer resistencia; yo debería haber aprendido de ella. Una vez en el veterinario le hicieron una radiografía y descubrimos que tenía más de una docena de perdigones incrustados en la piel, pero al acariciarla eras incapaz de detectarlos y a ella, por supuesto, no le molestaban. Ahora, cada vez que me miro en el espejo, veo como mi semblante ha ido cambiando con el tiempo; me había convertido en un buen actor que mostraba alegría y que algunos días era descubierto por una de esas personas despierta y transgresora que me recordaba mi tristeza: “Sonríes pero por dentro estás lleno de tristeza...”, me habían dicho alguna vez. Ésta era mi historia, o casi, hasta el momento de volver a escribir. A veces pasan meses antes de que mis recuerdos vuelvan a bullir y ser capaz de ponerlos en orden. Ahora, vagamente, vuelve a mí la noche que celebramos el encuentro con Carlos, comiendo salchichas y escuchando salsa, o... ¿eran salchichas con salsa?

La noche en Chequia La vida a veces es un teatro (el teatro de la vida), donde todo el mundo usa máscara. Otras es un río que te aprisiona en su camino hacia el mar, llevándote por aguas turbulentas de las 66

que es imposible escapar. A veces la vida es un bosque frondoso, neblinoso y oscuro, que te atrapa en un laberinto. Y otras es un desierto con sólo arena y sol. A veces en el teatro hay un público entregado que nos aplaude, otras nos abuchea, a veces en el rio flota un tronco donde puedes apenas descansar, o en el bosque encuentras una cueva donde dormir, esperando que al despertar, la niebla haya desaparecido. Y en el desierto, que tal vez sea el peor escenario, algunas veces encontramos un oasis para saciar nuestra sed. He conocido personas que se perdieron en el desierto, que se olvidaron de buscar un oasis para beber, o apenas se olvidaron de que estaban en un desierto del que debían salir. Estas personas estaban condenadas, no importaba que de repente encontraran aquello que buscaban cuando eran jóvenes, o cuando eran simplemente “soñadores”. Después de caminar largos años sin rumbo, corremos el riesgo de olvidar de dónde venimos, olvidar a dónde vamos, olvidar incluso, que estamos apenas perdidos, en un teatro vacío, en un rio de aguas turbulentas, en un bosque con niebla, en un mar de arena... Nuestra quinta noche en Chequia fue un oasis en mi vida y, aun sin querer, esa noche creí en Dios, el mismo Dios al que rezaba todos los días antes de hacer mi primera comunión, al que abandoné cuando sentí que yo no era su preferido. Los caminos del señor deben ser inescrutables sí, porque la noche que compartimos con Carlos y Dana, nunca hubiera existido si no se hubieran sucedido, una tras otra, casualidades que ni el 67

mejor guionista habría sido capaz de imaginar, a pesar de que a la profesora Méndez, aquello le pareciera poco menos que un “cuento chino”. Así fue; la despreocupación de Irena, la impaciencia de Alex, el aislamiento de Jordi, la irritabilidad de Dani, la adicción de un pobre checo a la droga del alcohol y, luego, la generosidad de una humilde familia, nos llevó sin querer hasta el único hombre que hablaba español en los confines de Chequia, en la frontera con Polonia, donde además, él había caído por error; donde también cuatro españoles habían ido a parar por error, yo más que ninguno. Esa noche fue un oasis en mi travesía por el desierto; aun así, todos continuábamos siendo parte de un teatro, el eterno teatro de la vida... — Si cuando llegué aquí alguien me hubiera dicho que iba a conocer a cuatro españoles perdidos, le hubiera llamado ¡loco... ja, ja, ja...! –Carlos reía lleno de felicidad. Nosotros le observábamos dichosos. Éramos felices, sí, ignorantes y felices. — Carlos, dime... ¿Os habéis planteado la posibilidad de volver a Cuba? — No puedo hermano, si Fidel se entera de que he pisado tierra caribeña, me hace arrestar y me paso el resto de mi vida sin ver el sol. — ¡Entonces quédate aquí! –reímos todos. Dentro de la casa de campo, Irena se entretenía conversando con Dana y Verónica, -que apareció por sorpresa esa misma tarde, haciendo el trayecto que nosotros habíamos hecho un 68

día antes, (ella sin perderse)-. A mi lado Dani observaba callado a Carlos explicándonos su vida, al tiempo que dibujaba con un palo extrañas formas en un suelo extranjero; mientras Jordi, apoyando la mano en un árbol, fumaba uno tras otro, cigarrillos llenos de melancolía y en su cabeza, como un aguacero impiedoso, llovían los recuerdos borrosos de su mujer, la mujer que dos años antes le había prometido amor eterno, la misma que un año después de la boda le dio una hija, recuerdos de una “extraña” que justo una semana antes del segundo aniversario de boda, olvidó que su marido merecía respeto, por el mero hecho de ser una persona, o por el simple hecho de ser él, la persona elegida para compartir su vida, pero de todo ello se olvidó la mujer el día que invitó al amante a su casa, y Dios, una vez más, quiso reírse de sus hijos, haciendo que el esposo volviera antes del trabajo, encontrando al diablo reencarnado en lujuria. Yo reía con Carlos, aun adivinando los pensamientos de Jordi, reía; todos reíamos, hasta el hombre traicionado reía, al menos lo intentaba. Tumbado en la hierba, tan lejos de Jordi, Alex viajaba al paraíso, donde una chica pelirroja le había abierto la puerta (y algo más), sin saber cuándo ni cómo la cerraría, pero eso no importaba. Tampoco importaba para mí que Irena apenas me prestara atención aquella noche... ¡Era feliz! Sabiendo que todo era un teatro, aun así, era feliz... —¿Cuántos días vais a quedaros en este rincón del mundo? —Nos queda una semana de vacaciones y hemos planeado visitar la otra casa de campo que Irena tiene en Brno. 69

—¿Y cuándo os casáis hermano? –me preguntó Carlos sin remordimiento. —¡Ja, ja, ja! ¿cuándo...? ¡buena pregunta! Mientras buscaba una respuesta a mi ignorancia, las tres mujeres salieron de la casa y vinieron a nuestro encuentro. Era nuestra fiesta, una fiesta iberoamericana en un país eslavo que poco o nada tenía que ver con nosotros. Irena por fin se sentó a mi lado y apoyó su cabeza en mi hombro, entonces la sentía tan cerca, y dolía tanto después cuando se distanciaba. — Carlos, tu mujer me ha dicho que estás buscando trabajo en las agencias de viaje. — Sí, el trabajo en la fábrica está muy mal pagado y creo que yo podría ser un buen guía turístico, ¿me vas a echar una mano? Irena no respondió, acostumbraba “no” hacerlo, simplemente dejaba los ojos fijos en un punto inexistente del espacio que la rodeaba, aunque esta vez su cabeza continuaba apoyada en mi hombro, lo cual me permitía ser su escudero. — Cuenta con ello amigo –le dije a Carlos sin dudar. Luego brindamos, por nuestro encuentro y por el futuro. Yo miraba a mi compañera, abstraída en la nada; David. el cielo despejado de aquella noche; Alex hipnotizado por la piel blanca de Verónica consiguió levantar la copa y beber un sorbo más de ignorancia, al tiempo que Jordi apagó su enésimo cigarrillo, suspiró con esfuerzo y expulsó el aire contaminado de nicotina e incomprensión; mientras Dana, sólo podía mirar al hombre de su vida, quien con los ojos rojos me hacía un 70

guiño, a mí y al futuro, un guiño burlesco donde parecía decir: “Te entiendo amigo, por donde tú has comenzado a caminar, hace tiempo que yo pasé, y mira donde estoy, en un rincón chiquito, olvidado de la mano de Dios... Esperando que el azar me traiga cuatro españoles perdidos, que cuando vuelvan a su país no se olviden de mí, del amigo Carlos, y me ayuden a salir del agujero en el fango donde fui a parar...” — ¡Por nuestra amistad! –exclamó Carlos. — ¡Por Chequia! –exclamó Alex extasiado. — ¡Por nuestro nuevo amigo cubano que nos salvó! –exclamé yo, y todos reímos, un montón, mientras yo me preguntaba, ¿Cómo puede un hombre extraviarse así?

El cubano Carlos era del otro lado del mundo. Su pueblo, Camagüey, estaba muy lejos de la Rusia roja y blanca del Este. Sin embargo la obsesión de unas pocas personas marcó el destino de pueblos enteros. Poco tiene que ver su infancia con todo aquello. Carlos fue un niño feliz. Cada semana, al menos una vez, cogía su bicicleta y recorría más de cien kilómetros para ir a la playa. Después de nadar y jugar a pelota volvía a su casa ya de noche. Todos los demás días ayudaba a su padre en el taller; así fue hasta que tuvo diecisiete años.

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El comunismo permitió a Carlos viajar a Rusia y acabar sus estudios de ingeniería. Aprendió pronto aquel idioma extraño, pero le costó más acostumbrarse al carácter ruso. En la universidad conoció a Dana, una chica venida de la Chequia comunista, con la que pudo compartir su soledad extranjera. Carlos prometió a Dana que se casarían al acabar la Universidad, pero apareció Natasha y aunque antes hubo muchas otras, ella fue la primera que Dana descubrió, mucho antes de que Natasha se convirtiera en la esposa de Jorge. Esa noche, que pasamos juntos, Carlos reía, disimulaba su tristeza entre el frío checo y el calor español. En torno a la hoguera nos contaba su vida, marcada como todas las vidas por el azar, pero que poco tenía que ver con la verdadera historia que me contaría muchos años después, durante mi segunda visita. Carlos y Dana habían decidido vivir en Cuba, trabajaron duro los años que pasaron estudiando en Rusia, compraron los muebles que mandaron a la casa de los padres en la isla y compraron los billetes de avión con varios meses de antelación. No podía ser de otra manera, aunque es cierto que el gobierno cubano pagaba la carrera de los “hijos pródigos”, nada en este mundo es gratuito y menos cuando el regalo procede de un gobierno paternal. El joven estudiante, que cinco años antes había aceptado la generosidad de su “padre protector”, había adquirido también un compromiso ineludible: debería volver a Cuba, y con su trabajo devolver poco a poco el 72

favor al país; eso (según me contaron hace tiempo), se llama comunismo. Pero en la roja Rusia, las cosas no sucedieron según lo previsto. Dana quedó embarazada poco antes del viaje, algo que no hubiera sido impedimento para volar, pero sí lo fue que unos días antes de partir apareciera en escena una rusa, que había dejado hace mucho tiempo de ser comunista, para irse a trabajar al Oeste y con su esfuerzo mantener a sus familiares de la fría región de Luhanska Oblast, en Ucrania. Apareció de improviso en la vida de la pareja cuando una fría mañana de septiembre, Natasha marcó el número de su viejo amigo cubano; fue Dana quien respondió. Como buena madre, después de descubrir que su futuro marido no era como ella lo había imaginado, decidió que no podía arriesgar el futuro de su familia yendo a un país desconocido como lo era Cuba, pero en Chequia tenía su familia, sus costumbres, su idioma, y Carlos, a pesar de todo, la amaba. La pareja cambió su destino pocos días antes de la partida, decidieron tirar por la borda todos los planes construidos durante años, abandonaron la cálida Cuba por un pueblo perdido en el norte de Chequia, cerca de la frontera con Polonia, el pueblo que cuatro españoles buscaron con ahínco una larga noche de agosto de 1993, Litice. La noche que Irena y yo compartimos con Carlos y Dana, pude percibir que nuestra vida está movida por hilos invisibles, manejados por alguna entidad oculta. El Doctor me hablaba siempre de la mente, de su poder, de como dentro de nosotros 73

existe un programa que delimita nuestra libertad. Cuántas veces hacemos algo de lo que nos arrepentimos profundamente, apenas segundos después de haberlo hecho, buscando entonces una explicación, o lo que es peor, una justificación al “pecado” recién cometido. La religión conoce muy bien la mente humana y a sabiendas de que la mente es más poderosa que el individuo, intenta limitar su poder con el miedo y el castigo, pero la historia nos demuestra, siglo tras siglo, que en este juego la religión sólo sirve para castigar, culpar, y en el mejor de los casos, perdonar. Por eso Carlos amaba a Dana y a pesar de ello inició una historia con Natasha, un pasado que descubrí en mi segundo viaje al país del Este, pues en esa primera incursión, todos usábamos máscara. Durante ese primer encuentro con Carlos, sólo descubrí sus ojos tristes de emigrante. Reía con nosotros mientras explicábamos nuestra aventura buscando un pueblo que nadie conocía. Irena también reía, mientras yo me sentía dichoso, ¿qué más podía pedir? Tenía a mi lado a la mujer que amaba, compartiendo una de las pocas noches cálidas que el tiempo regala a la pobre Chequia, con mis amigos, animado por las expectativas de un futuro en España, donde Irena volvería acabados sus estudios. E imaginaba una familia que me esperaría cada noche al volver del trabajo, para abrazarme, para decirme... “Cuánto te quiero papá...”, y ella con un beso buscaría mi mejor sonrisa que yo le daría con prisa, pues la estaba esperando desde el inicio del día. Yo soñaba aquel futuro, pero sabía que una sombra inquietante comenzaba a 74

ocultar ya, el brillo del oro con que mis sueños pintaban el porvenir... —Leno, ¿no te gustaría vivir aquí? –me preguntó Irena aquella noche. —La verdad, yo ni siquiera sabía que existiese este país antes de conocerte. —Te voy a echar de menos cuando os vayáis. —Yo también, pero voy a esperarte, no tengas dudas. —Lo sé, ¿vas a venir en diciembre? —Sí, te lo prometo. Al final de la noche, Carlos me habló de una amiga que había conocido en la universidad, pero me pidió que no comentara nada delante de Dana, pues tenía celos infundados de su amiga. Me dijo que había ido a España a trabajar, pero no tenía conocidos allí. Irena hablaba ruso y pensó que sería una buena idea que, al regresar, quedáramos con ella para ofrecerle nuestra amistad. A la mañana siguiente, nos despedimos de Carlos y Dana, y una semana más tarde, yo me despedí de Irena. Así lo habíamos planeado, ella se quedaría en su país hasta acabar la universidad y yo la esperaría. Y tal como habíamos prometido a Carlos, algunos meses más tarde, cuando Irena regresó a España, conocimos a Natasha. Al principio todo pareció normal, la rusa y la checa se hicieron muy buenas amigas, Natasha comenzó a venir más y más por el hotel, hasta que un día ella y Jorge se encontraron. 75

El ingenuo El primer día que Natasha vino al hotel nos habló poco de su vida, y como yo no entendía nada, me conformé con las pocas frases que Irena quiso traducir. Bebimos Vodka a su salud y comimos pepinillos en vinagre, (costumbre rusa que ayuda a saborear mejor el alcohol). Al final del día nos bañamos en la piscina del hotel que esa noche tenía las luces encendidas. En el reflejo de las luces con el agua veía dos mujeres rubias que se contorneaban caprichosamente, el eco de sus risas rebotaba en el agua, apagándose como la espuma de una cerveza, mientras algunos clientes nos miraban, a mí seguramente con envidia. — ¿Hace mucho que conoces a Carlos? –Natasha me preguntaba a través de Irena. — Nos conocimos el verano pasado, cuando buscábamos un pueblo perdido. — ¿Cómo es su mujer?, todavía no la he conocido. — Es una persona encantadora –le dije despistado o despistando. Natasha continuó haciendo preguntas sobre Carlos, preguntas de amiga que era fácil malinterpretar, pero la noche era cálida, mi amor por Irena era intenso, la ignorancia era inmensa y la juventud era nuestro más preciado tesoro. Todo parece acepta-

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ble cuando nos quedan tantos años por vivir, el problema llega después. Irena y yo habíamos pasado casi medio año separados, nos habíamos despedido en septiembre y nos reencontramos al entrar la primavera; en medio, cientos de cartas. Yo le escribía casi a diario, cartas de amor joven, de amor inocente, algunos poemas... Era un trovador entusiasmado que escribía odas a la alegría. Ese invierno, no pude visitarla por navidad, tal como le había prometido, así que decidí hacerle un regalo muy especial. Abrí de nuevo mi maleta de escritor frustrado y nadando contracorriente, escribí un cuento, después lo hice encuadernar y puse en la portada una foto de Irena, una foto en un lago de Chequia, donde ella daba un trozo de pan a un hermoso cisne que se alzaba hasta la altura de su cabeza para comer de su mano; se lo mandé poco antes del día veinticinco. No había escogido aquella foto por casualidad, el día que se la hice, una imagen casi surrealista pasó ante mis ojos. Como un espejismo, me vi a mí mismo haciendo aquel movimiento acrobático, en lugar del cisne era yo quien daba un salto para atrapar las miajas que ella lanzaba al vacío. Pero por entonces no podía entender aquella imagen; era al inicio de nuestra relación, soñábamos despiertos, no entendía porque mi mente me avisaba. Ahora sé que la mente es poderosa, que controla nuestra vida pero siempre nos deja un camino por donde continuar caminando. La mente es el carcelero amigo que cierra la puerta 77

de la celda, pero que a veces, cuando es necesario, finge que está durmiendo y nos deja la puerta entreabierta, para que podamos salir un rato, a estirar las piernas, a ver el cielo azul, a nadar en una piscina iluminada donde dos rubias se contornean risueñas. En definitiva, a dejar que sigas soñando para no morir. Nuestros encuentros con Natasha fueron aumentando conforme avanzaba el verano, Irena hablaba con ella todos los días, hasta el punto de comenzar a tener celos. ¿Celos de una amiga?, ¿cómo podía ser? No, en realidad no eran celos, Irena no iba a dejarme por una amiga, (el abandono, ese terrible fantasma). Lo que yo sentía era envidia, una envidia enferma, de ver que el rostro de la mujer que amaba se transformaba a su regreso de la casa de Natasha. La capacidad de Irena para cambiar de carácter era increíble, el problema es que conmigo sólo mostraba uno de los múltiples que tenía. La simpática, la encantadora, la siempre disponible, éste lo guardaba para su trabajo; la confidente, la atenta, la comprensiva, éste lo guardaba para sus amigos; la triste, desconfiada, introvertida, éste lo guardaba siempre para mí. Y yo me sentía culpable, la terrible culpa que me acompañaba desde pequeño, cuando en realidad, ¿qué culpa podía tener yo de los cambios de Irena? ¿O de los cambios que viví siendo un niño? Que Irena amase el dinero no era culpa mía, sí lo era el hecho de haber crecido en el comunismo, donde atesorar riqueza estaba mal visto. Por eso ella usaba todos los días de la semana para curtir ese amor, 78

preparaba excursiones a diario, de lunes a domingo, volvía agotada al hotel, entonces ya sólo me quedaban las miajas. También me sentí culpable cuando mi padre comenzó a cambiarnos de sitio, me sentí culpable el día que lloraba en su habitación y yo le miraba desde el pasillo. Culpar al niño es fácil, no puede defenderse, y pobre de quien ose decir lo contrario. Escuché durante muchos años esa frase: “Pobre madre, lo que sufre por su hijo”. Aquí se da a entender que es el hijo quien hace sufrir a la madre. También el hombre tiene la culpa de que Dios esté cansado de sus hijos; él, el creador, el ser perfecto que nos creó a su imagen y semejanza, nos culpa ahora de nuestro extravío, ¡o peor aun!, ¡culpa a la mujer! ¿No fue ella quién incitó al pecado al pobre Adán? ¿Por qué un Dios todopoderoso, que todo lo sabe y todo lo puede creó dos criaturas tan imperfectas? ¿No será que Dios en el fondo se aburría? Quién puede imaginarse un mundo donde las personas se amasen unas a las otras, donde no se matase, no se envidiase al prójimo, donde (esto es lo peor) obedeciéramos siempre a los padres... Ese mundo sería perfecto, no existiría la religión, porque no habría necesidad de enmendar caminos ni purgar almas, todos tendríamos vidas perfectas, ¡un mundo feliz! ¿Pero soportaría un Dios eterno semejante aburrimiento? Él tiene toda la eternidad por delante y si creó el hombre para distraerse, sería absurdo hacerlo perfecto, porque entonces se vería obligado a hacerle zancadillas para reírse de sus caídas, ¿no es eso lo que realmente hace? ¿No es eso lo que muchos padres hacen a sus hijos? “¡Es broma...!”, exclaman luego, 79

cuando el hijo ya cayó en el charco de barro y ensució su cara y su dignidad. Luego la sociedad los perdona, “no hay nada más feo que pegar a un padre”, dicen. Yo me pregunto, ¿por qué no hay nada más feo que pegar a un hijo? ¿No es eso peor? Pegar a quien nada puede, a quien es sangre de tu sangre, al ser que diste la vida para cuidarlo y amarlo. ¡Ojalá!, los padres tuvieran hijos para cuidarlos, porque ¿si no te cuidan tus padres que te dieron la vida? ¿quién te va a cuidar? A finales del segundo verano, el amor por Irena comenzaba a desgastarse, fue también cuando otro amor comenzó a nacer. Allí, en la Taberna del hotel, compadecía a mi amigo Jorge que se acababa de separar, también Irena lo compadecía, por eso decidió presentarle su amiga, la rusa Natasha. Jorge sintió un flechazo, aquella misma noche se fueron juntos a un parque de atracciones cerca de Barcelona y cuando el día siguiente volvió a la Taberna, ya no era el mismo. Me pregunto, ¿cómo consiguieron entenderse? Natasha todavía no hablaba castellano y Jorge, evidentemente, no hablaba ruso. Una semana más tarde y después de un solo encuentro, Natasha tuvo que volver a Rusia a resolver unos asuntos, sin saber cuándo ni si volvería. Jorge no perdió el tiempo, escribió una larga carta de amor que Irena tradujo y como “message in a bottle”, la envió con el sello de urgente a la fría región de Luhanska Oblast. Fue después de conocer a Natasha que Jorge comenzó a venir más asiduamente a la Taberna, pero poco le importaba ya nuestra amistad, su objetivo ahora era otro, y para conseguirlo 80

necesitaba un aliado, alguien que conociese su idioma y sus costumbres, ésta era Irena. Como buen borderline que era, Jorge no tenía un solo objetivo. Venía a la Taberna a hacerme compañía, eso era cierto, pero cuando se está tan “jodido”, uno no se conforma con el propio mal, también desea el mal ajeno, por eso usaba sus artes diplomáticas para conseguir dos cosas, acercarse más a la aliada checa y alejarme a mí, definitivamente, de ella. Detrás de la barra, mientras servía cubalibres a los clientes, escuchaba a mi amigo. — ¿Todavía no ha llegado Irena hoy? — Creo que han ido a Andorra, tardará en volver. — ¿Hace excursiones todos los días? — Todos los días sí, ya hice un trato con ella, para tener por lo menos un día libre por semana, pero... — ¿Y cómo lo aguantas? –me interrumpió Jorge. — Bueno, cuando acabe el verano... — Cuando acabe el verano volverá a su país –me interrumpió de nuevo. — Ella me ha dicho que no. — Pero si la agencia no le da trabajo, ¿de qué va a vivir? — Oye, ¿ya te ha contestado tu amiga? — ¿Natasha? Creo que voy a olvidarla, Laura y yo estamos viéndonos otra vez, le voy a pedir que vuelva conmigo. — Creía que no ya no la querías. — Y no la quiero, pero tampoco quiero estar solo. — Entiendo.

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Jorge era un chico majo, algunas clientas lo miraban al entrar, sin embargo tenía una mirada extraña, que tal vez las asustaba. Cuando hablaba conmigo me miraba fijamente, mientras con la lengua humedecía los labios sin parar. Más que conversaciones parecían misivas, pero no entendía con qué objetivo. — Leno –me dijo –, yo de ti tendría más cuidado con Irena. — ¿Por qué dices eso? — La he visto intimando con los conductores del autobús. Podría haberle mandado que se callara, podría haber saltado la barra y darle un empujón para echarlo de mi recinto, donde yo mandaba; podría haber hecho tantas cosas, pero no hice nada, sólo seguí escuchando. —No sé a qué te refieres. —El otro día la vi salir de la habitación de uno de ellos. —¿Qué hacías tú en los pisos? —Yo trabajaba aquí, ¿no te acuerdas? Subí a saludar a las camareras. —Ya... —Leno... —¿Qué...? —No te enfades, yo sólo... —¿Tú sólo...? Permanecí callado, era mi amigo, o al menos eso pensaba, pero algo ocurrió; tenía en mi mano un vaso de tubo donde colocaba los cubitos de hielo, lo sostenía en el aire, lejos de cualquier otro objeto, pero el vaso estalló haciéndose añicos; 82

¿era el poder de la mente? No lo sé, Jorge se asustó igual que yo, luego al final de la noche Irena apareció cansada por la puerta, como todas las noches lo hacía, con una salvedad: su mano sangraba. Le pregunté qué había pasado. —Me he cortado con un cristal. Al final del verano, Jorge recibió una carta y vino raudo a la Taberna a esperar que su aliada volviera de la excursión; cuando llegó, cerca de las doce de la noche, Jorge la abordó impaciente. — Dime que ha respondido –. La checa sonriendo, desplegó ante nosotros una hoja con letra nerviosa, escrita probablemente con prisa, donde yo atisbé una frase escrita en inglés al final de la carta: I love you. — Natasha te pide disculpas por la demora, pero ha tenido muchos problemas y estaba confusa. Ha dejado pasar el tiempo con la esperanza de que éste le trajera la verdad de sus sentimientos... — ¿Después de tres meses? Tiempo ha tenido desde luego– Yo también sabía ser un “capullo” cuando quería. Irena continuó... — Dice que el día que fuísteis juntos al parque de atracciones, ella también se sintió muy atraída por ti y que sintió miedo de sus sentimientos, pero que ahora no puede seguir engañando su corazón... y que... — ¿Qué más? –la apremió Jorge. — No se entiende muy bien, espera... 83

Tenía la sensación de que Irena estaba actuando, en realidad siempre tenía esa sensación, leía la carta con una sonrisa iluminada, pero no sabía cuál era el fondo, ¿sonreía feliz porque su amiga se disponía a volver?, ¿sonreía irónicamente reconociendo la hipocresía de la carta?, ¿sonreía porque vislumbraba el futuro? Creo que sonreía porque entendía hasta la última letra de la carta, su significado y sus consecuencias. Después de varios esfuerzos por entender la escritura nerviosa de Natasha... — Dice que está dispuesta a volver a España, pero no tiene dinero para el pasaje y... que no quiere bromear contigo, Jorge, que si toma una decisión así, le gustaría ver una prueba de tu amor. Te pregunta si... si... espera... ¡vale!, ya lo leo... te pregunta si estarías dispuesto a casarte con ella. Mientras yo acababa de servir a los últimos clientes, los dos se fueron juntos a un rincón apartado del bar. Jorge respondió que sí aquella misma noche, que sí a la boda, que sí a comprarle el billete de vuelta, que sí a viajar al infierno... y entre los dos prepararon lo que sería... “la más triste boda que jamás se haya celebrado”. Vagamente recordé a Carlos, esa noche; me alegré de que su historia con Natasha hubiera sido sólo una aventura, y que acabara el mismo día en que recibió su llamada.

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Dana El día que Natasha llamó a Carlos, Dana dormía a su lado. Ella era hija única de un general del ejército checo y una dirigente del partido, lo cual le permitió gozar siempre de privilegios que otros ni podían imaginar. El amor que sentía por Carlos era verdadero, como todos los amores, (porque ¿puede un amor no ser verdadero?). Además Dana era una mujer con mucha energía, bendecida con un don especial: leía el interior de las personas y transmitía tranquilidad, un bien cada vez más preciado para el ser humano. Cuando se fijó en Carlos, supo enseguida que él era su hombre y tranquilamente lo conquistó. Yo la conocí en aquél, mi primer viaje al país del Este, pero no fue hasta unos años después, cuando Dana me transmitió todo el saber que guardaba en sus manos. Ahora sé que fue este segundo viaje –en el que volví solo –, el verdadero, cuando la verdad se mostró sin miedo ante mis ojos. Los ecos del descubrimiento de Chequia se habían apagado ya, ahogados por el tiempo, mientras que el amor por Irena era poco más que una tenue luz que apenas se distinguía en la niebla que rodeaba mi vida. Habían pasado cinco años desde la aventura de Litice y de nuevo, la mirada triste de Carlos me susurraba un “réquiem” mudo, en el silencio de la noche checa. Lejos quedaban ahora los recuerdos de Dani, Alex y Jorge, y aún más lejos, el aroma de la mujer eslava de

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palabra fácil y labios fugitivos. Mientras explicaba a mis amigos los cambios en mi vida, Dana cogió mi mano: —Te siento perdido –me dijo mirándome a los ojos. —Llevo años perdido. —¿Y ahora quieres irte a Italia para encontrar tu lugar? —Sí, quiero dejar los fantasmas. —Ellos volverán una y otra vez, hasta que consigas matarlos. —Continuaré viajando. —Y ellos te seguirán. Resoplé, sabía que tenía razón... —¿Qué puedo hacer? —Relájate –Carlos asintió con la cabeza y añadió... —Deja que ella te lea. Dana cerró los ojos; me temblaban las manos, ella las apretó con fuerza y una calma desconocida me invadió. Sentía sus manos ardientes que iban absorbiendo mis recuerdos, como si de repente, todo el pasado no hubiese sido más que un sueño. Salí por unos segundos de la cárcel en que vivía... —Tienes mucho dolor dentro de ti –me dijo al tiempo que abría los ojos. —Bueno... con el tiempo... —Leno, tu daño no es poco, no debes frivolizarlo, tienes que encontrar tu propio yo, tu identidad, algo que creo, nunca has conseguido. —No tuve un pasado fácil. —Y eso te aprisiona, lo sabes. 86

—Sí, lo sé, pero... –Dana, me hizo un gesto con los ojos pidiéndome silencio. Yo me entregué a sus manos y me entregué al silencio, dejando que su energía fluyera dentro de mí. Comencé a sentirme triste, y en la tristeza encontré de nuevo al niño abandonado que murió desamparado. Ahora lo miraba allí, indefenso, mirando a su alrededor, intentando entender lo incomprensible, viendo como un enorme peso caía encima de él, sabiendo que eso le aplastaría... Cuando la tristeza se hizo insoportable, abrí los ojos; Dana estaba sudando y sus manos ardían, como si la lava de un volcán hubiese pasado por ellas. Después de mucho tiempo, o por primera vez en mi vida, sentí paz en mi interior, no sabía cuánto duraría. Esa noche Carlos me invitó a tomar unas cervezas. Fue entonces que me explicó la verdadera historia de Natasha y me pidió un favor. En ésa, la segunda noche que Carlos y yo brindábamos juntos, todo era diferente. Hacía más frío, era invierno, y desde que había salido de España no había conseguido ver el asfalto negro de la autopista; fue el invierno más frío en Europa después de muchos años. También dentro de mí sentía frío, un frío glacial que se había instalado después de terminar con Irena y descubrir el “secreto” custodiado durante años. Los viajes se habían convertido en una “morfina” que amortiguaba el dolor; por eso y por desafío fue que decidir volver al origen de todo, a la Chequia poscomunista que ahora sí, se mostraba tal cual era: un país blanco, frío, triste y falto de autoestima. 87

No hubo secuelas de aquel viaje, a no ser en mi coche que padeció la sal de las carreteras y las temperaturas bajo cero, pero en mí no podía quedar ya, secuela de nada.

¡Ivana! En el bar Fontána, en la carretera que lleva a Zachlumi, Carlos me hablaba nervioso: — Me alegro mucho de que estés aquí, pero siento vuestra separación, hacíais muy buena pareja. — Ya sabes amigo que el tiempo lo cura todo... pero tu mujer tiene razón, voy a intentar dar un cambio a mi vida. — Leno, quería hablarte de algo, aunque sé que no es el mejor momento... — Cuenta conmigo, te prometí que te ayudaría en lo que pudiera, ¡tú nos salvaste la vida! –reímos mi exageración. Entonces Carlos se volvió a colocar en su silla y echando sus brazos encima de la mesa continuó... — Necesito tu ayuda. — ¿Qué sucede?, ¿va todo bien con Dana? — Sí, con ella no tengo problemas, pero hay una historia que no te conté cuando nos conocimos... ¿Recuerdas que te dije que estuve una vez en España? — Fuiste para intentar conseguir la doble nacionalidad. — Era mentira, no tengo familiares españoles, entonces no podía explicarte la verdad. 88

— Explícamela ahora, si quieres... — Hace tiempo, cuando estudiaba en Moscú... — Sí... — Trabajé para la mafia. — Bueno, eso no es tan grave, necesitabas dinero... –Carlos me interrumpió. — Fue entonces que conocí a Natasha, no es una amiga de la universidad. Una vez más apareció ante mí el fantasma del engaño. Aunque no me tocara directamente, sí afectaba mi visión del futuro. En el único encuentros que había tenido con Carlos y Dana, había comenzado a apreciarlos, podía ver en ellos un referente de la normalidad: la pareja de estudiantes que se enamoran, se casan, tienen hijos y viven una plácida vida juntos, con amor y en armonía. Ése era tal vez, el principal motivo de haber vuelto allí, respirar el aire puro de una pareja feliz, un aire que ahora estaba irreversiblemente contaminado. Intenté disimular mi disgusto, di un largo trago a la cerveza y busqué de nuevo en mi maleta de actor, encontré rápidamente la máscara que necesitaba: Amigo comprensivo, me la coloqué lo mejor que pude... — Soy todo oídos, cuéntame ¿qué pasó? — No quiero que te lleves una opinión equivocada sobre mí. — ¡Carlos!, yo sé el tipo de persona que eres, errores cometemos todos, sé que no eres de esos –¿Quiénes eran esos?, me reí en mi interior.

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— Tuve una historia con ella, aunque hace tiempo que acabó, pero el otro día me llamó de nuevo. — La última noticia que tengo es que sigue en España. — Sí, me ha pedido dinero y había pensado... — Quieres que se lo lleve, cuenta conmigo. — Pero es que Natasha no tiene un trabajo normal. Carlos miraba a ambos lados de nuestra mesa. A su izquierda tenía una camarera de larga melena negra que nos miraba sin parar, a quien yo intentaba en vano no prestar demasiada atención, pero era tan difícil... A su derecha, detrás del cristal, la farola alumbraba una noche gélida, adornada con copos de nieve tan grandes como nuestras manos. Algunos de ellos se tocaban y rebotaban con otros copos, lo que me hacía pensar que si fuera capaz de golpearlos desde el suelo para mandarlos de vuelta al cielo, podría jugar con el Creador una partida de “copos de nieve” y que después de esa partida, me habría ganado su confianza; podría pedirle entonces que me echara una mano, que nunca estaría de más. — Sabes que puedes confiar en mí –le dije. — Ella está trabajando en un club, ella es en realidad... una prostituta. Nos inundó el silencio. Veía a la morena de la barra mover los labios centrando sus ojos en mí, había alguien a su lado pero no conseguía desviar mi mirada de su melena negra. Sabía que le estaba faltando al respeto a mi amigo, ¿cómo podía pensar siquiera en tener una aventura con otra checa, cuando todavía no había cerrado la herida de la primera? No 90

me inmuté, le dije algo así como que no importaban los detalles, que iría hasta el club, preguntaría por Natasha y le daría el dinero. Continuamos hablando varias horas, él me habló de su amor por Dana, de cómo se sentía orgulloso de sus hijos, de cómo pasa el tiempo y de cómo la vida te da sorpresas, (entonces comenzamos los dos a cantar la canción de Rubén Blades). Luego, cuando ya estaba hipnotizado por los ojos rasgados de la amazona de larga cabellera y labios sedientos de pecado, cogí a Carlos por la mano y le dije al oído: “Preséntame a esa mujer o acabaré haciendo una locura...”. Lo que luego ocurrió, no puedo prometer que fuera real, aunque sé que no fue un sueño; sin embargo, el alcohol de las muchas rubias que había bebido esa noche habían acabado con miles de neuronas de mi memoria, que tardaría semanas en recuperar y que apenas retuvieron los momentos más espectaculares de la noche. Como el tráiler de una película recuerdo esto: La morena me dijo que se llamaba Ivana, que le habían llamado la atención mis “ojos color de miel”, que valía la pena haber aprendido inglés para poder conocer a un extranjero como yo, que si iba a quedarme muchos días... — Parto mañana. — Entonces no puedes perderte la misa que se celebra esta noche, es en honor a un mártir de la revolución, pero no me preguntes el nombre. — ¿A estas horas? 91

— Se celebra una vez al año. Vamos, ya están todos dentro. Entramos en una iglesia pequeña situada al final del pueblo, separada de los creyentes por cientos de escalones (eso me pareció, aunque debían ser bastantes menos). Ivana me explicó algunos pormenores de la ceremonia, que cantarían algunas canciones folklóricas de Moravia, que el organista tocaría una misa al finalizar, que había que llevar flores (nosotros no llevábamos)... Nos sentamos en la última fila, nuestras piernas se tocaron y a pesar del frío sentí calor; un calor que circulaba por cada parte de mi cuerpo, también sentía cosquillas en los pies (eso sí, por el efecto de la baja temperatura), y tenía escalofríos. —Estás temblando –me dijo Ivana sorprendida. —Sí, pero no es por el frío. —¿Te pongo nervioso? —Fue entonces que salió de mi boca sin pensar (¿será que sucedió de verdad?): Ivana. —¿Qué? —¡Qué guapa eres! —¡Tchsss, que nos van a echar...! —Ivana... —¿Qué? —Quiero hacerte el amor... Ivana me fulminó con sus ojos negros, cogió mi mano que colocó encima de su pierna, luego la ocultó con su abrigo de lana roja y la movió... Lo recuerdo sí, la movió hasta llegar cerca de su cintura, entonces la deslizó, cayendo en un desnivel 92

que me llevaba, a mí y a mi mano, directamente a un pozo donde me sumergí de cabeza, un pozo de agua caliente. Ella notó que mi pantalón cambiaba de forma, la miré a los ojos, no hizo falta decir nada, nos levantamos, los feligreses giraron todos la cabeza, nosotros no. Salimos de la casa del Señor, pensé en ese momento que había vuelto a perder su confianza y que la partida de “copos de nieve” no había servido de nada. Caminamos cogidos por la cintura, ella riendo, yo sonriendo feliz. Apresuramos el paso. —¿Adónde me llevas? — Te llevo en un tren al paraíso, ¿quieres subir? –¡Ah!, apareció de nuevo la sombra del pasado. ¡Qué ironía!, pensé, hasta en la dicha me visita su fantasma. Pero el alcohol era mi aliado y de un salto sobrepasé aquel recuerdo que comenzaba a enmohecerse con el tiempo. Ahora deseaba a Ivana, ¡cómo la deseaba! ¿Por qué mis conquistas en Chequia eran siempre tan fulminantes? — Una vez una chica me dijo lo mismo –Ivana no paraba de reír. — ¿Y subiste al tren? — No, el billete era muy caro... — Vamos, conmigo no tienes que pagar pasaje, iremos caminando. ¡Allí está mi casa! Entré, sí, entré en el paraíso aquella noche. Ivana me envolvió con palabras cariñosas y caricias lentas, me llenó de saliva el alma que estaba seca, soñé que vivía de nuevo o tal vez viví de verdad. Cuando la madrugada se intuía, caímos 93

exhaustos, uno en los brazos del otro, me acurruqué en su espalda y respirando su olor, me dormí. Al día siguiente inicié mi camino de vuelta a España donde me esperaban los preparativos de una nueva vida, debía preparar mi mudanza al país alpino, pero antes tenía que encontrarme con una persona.

Natasha Luhanska es un pueblo a dos días de tren de la capital ucraniana. Natasha vive en una vieja casa de campo a más de media hora de Luhanska. Ella vive en la segunda planta, en la última habitación, al final de un largo pasillo enmoquetado de rojo. Cada mañana acompaña a su abuela hasta el pueblo y hacen las compras. En realidad casi nunca compran nada pero su abuela insiste en hacer aquel camino a diario. La abuela de Natasha es un producto del hambre ruso. Siendo niña vivió la gran guerra que masacró a su gente y aprendió a vivir en la miseria; aprendió a aprender, ese es el saber que quiere transmitir a su nieta. Ella sin embargo no la entiende, no entiende por qué su abuela guarda restos de comida en una bolsa que luego mantiene fresca en la despensa hasta el día siguiente. Natasha nació sola. Ese día su padre llegó borracho a casa y encontró a la abuela durmiendo. Cuando entró en la 94

habitación vio a su mujer llorando, gimoteaba sincopadamente, ahogando la voz y ahogando el corazón en la oscuridad de la noche. Junto a ella, ya dormida, estaba Natasha, pequeña y desamparada. Los gritos de su abuela y el llanto de su madre fueron los primeros sonidos que escuchó la niña, las manos sucias de su padre fueron las primeras manos de hombre que tocaron su cuerpo, también fue el primer aliento de borracho que aspiró su boca; Natasha comenzó a llorar. Aquellos sonidos y aquellas manos la acompañaron hasta los cuatro años, luego su padre marchó un día al pueblo para no volver nunca jamás. Cuando tenía doce años escuchó por primera vez una historia acerca de aquel hombre. Fue una vendedora que la reconoció. —Tu eres la hija del “Emigrante”. —Mi madre me ha pedido que compre medio kilo de café y un kilo de azúcar. —Hace tiempo que no veo a tu abuela. ¿Continúa con los dolores en las piernas? —Quiero el café señora, mi mamá quiere que vuelva pronto a casa. —Sí cariño, enseguida... ¡Ay tu madre!, desde que marchó tu padre no ha vuelto a ser la misma –la mujer buscaba la pala del café mientras miraba a Natasha –; ¿echas de menos a papá, pequeña? El cabrón se gastaba todo el sueldo en aquella furcia. —¿Qué es una furcia? –preguntó Natasha. —¿Sabes lo que es una puta? 95

—Creo que sí. —Pues eso hija, ¡una puta! Natasha salió corriendo de la tienda, sin el café y sin el azúcar. Luego cayendo, luego corriendo, y de nuevo llorando llegó hasta su casa. No dijo nada a su madre, subió a su habitación y en ella permaneció el resto del día. Desde entonces Natasha aprendió a callar, y callando aprendió a cargar el peso de la vida. La hija del “Emigrante” no estudió nunca en la universidad, casi todo lo que sabía se lo había enseñado su abuela y el resto lo aprendió en la calle. Su vida cambió el día que murió su vieja maestra, la muerte se la llevó, no sin esfuerzo. Un día, el frío que fue especialmente intenso, caló hondo en los huesos de la abuela. Hizo como siempre el camino hasta el pueblo, pero ese día, su nieta no pudo acompañarla. Durante el regreso, sus piernas y el viento la obligaron a parar muchas veces; Natasha, al ver que su abuela no llegaba, fue a su encuentro y cuando la halló, la anciana apenas la reconocía. Como pudo, se apoyó en su nieta y juntas anduvieron aquel infierno. Al llegar a casa, ya de noche, el frío había invadido el cuerpo de la mujer, y allí permaneció hasta su muerte. Ese día, Natasha, atravesó para siempre el umbral hacia otra vida. Se culpaba por la muerte de su abuela y se culpaba por la marcha de su padre, ahora sólo le quedaba su madre, una mujer invisible que la había parido en el fango. Con ese peso decidió tirar del carro.

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Cuando volvió al trabajo en la fábrica, volvió a escuchar las voces que le pedían favores ocultos, de nuevo le pidieron prestado su cuerpo, pero esta vez no dudó en entregarlo. Se entregó a sus compañeros y comenzó así a vender su vida. Natasha buscaba al hombre borracho que llegaba siempre tarde a casa, quería ser la mujer que rompió su infancia, que dejó a su madre sin marido y a ella sin padre. Se convirtió así en una puta más, de las muchas que había en aquel país roído por la corrupción y la miseria. Luego la mafia hizo la conexión entre Natasha y Carlos. Una vez dentro del entramado, las chicas tardaban muy poco en recibir ofertas para trabajar en el extranjero. Las mafias se ocupaban de todo: los papeles de la empresa, el visado, el billete de avión... Así fue como ellos se conocieron. Carlos empezó a hacer pequeños trabajos para individuos sin identidad, hasta que sin darse cuenta se encontró sin salida. Todavía no había acabado los estudios cuando le ofrecieron un trabajo especial: sería el guía de un grupo de chicas que se dirigía a España. Al principio para un par de meses, luego regresaría solo y podría volver a su vida normal. El buen humor de Natasha la convirtió pronto en la protagonista del grupo y como a Carlos le recordaba a las mujeres de Cuba, se hizo su mejor amigo al principio, luego su amante. Natasha no tenía ni idea de español, ni tampoco de los españoles, pero ella reía y la risa es internacional, riendo conseguía muchos clientes. Durante los dos primeros meses no 97

vio el dinero que su cuerpo ganaba, todo iba para su jefe. Sólo después de muchos trabajos, éste comenzó a repartir las ganancias; al principio un poco, luego la mitad. Natasha pasó los siete primeros meses en Benidorm, después de haber hecho más de una docena de “plazas” la trasladaron a Catalunya. Fue allí donde se decidió a plantar cara a su explotador. Un día, después del servicio, le dio todo el dinero que tenía, le dijo que la deuda estaba saldada y cuando éste le dijo que no, ella comenzó a gritar, le amenazó con provocar un escándalo, el jefe alzó la mano, Natasha empezó a dar golpes, estrelló su teléfono contra la pared, luego el bolso, luego... el jefe le dio una bofetada, Natasha se calmó. El hombre se dio media vuelta y se largó, comprendió que no había nada que hacer y que forzarla sólo podía traerle problemas. Natasha se libró así de la mafia pero también se había quedado sola, debería comenzar de cero. Necesitaba en esos momentos sentir una voz amiga cerca de ella. Del golpe en la pared su teléfono se rompió, así que corrió a su habitación, despertó a su compañera, le pidió su móvil para poder llamar. Sólo podía contar con una persona, su amigo Carlos, que dormía un sueño frío en una residencia universitaria cerca del palacio del Zar. El día que llamó Natasha, Carlos y Dana acababan de hacer el amor, ella apoyaba entonces su cabeza sobre el pecho de él, mientras acariciaba sus brazos; ese día le susurró al oído:

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“Quiero que tengamos un hijo...”; Carlos permaneció callado, luego se durmieron. ***

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Barcelona, 15 de febrero, 2004

El amigo – capítulo III Un año más acabaron las fiestas en Barcelona. Esta mañana encontré la ciudad desierta, y mientras conversaba con el viejo conocido del kiosco, observé como una chica se detenía justo a mi lado. Me recordó por unos segundos a Irena, aunque estaba claro que la chica no era extranjera. El día que llamó preguntando por sus libros tuve el deseo de quedar con ella, me hubiese podido aclarar muchas cosas y quién sabe si conoce el paradero de Leno, pero sabía que no habría aceptado. Irena nunca se sintió cómoda con mi presencia. Me veía como a un enemigo, a pesar de que nunca intenté convencer a mi amigo para que la dejase, aun sabiendo que esa relación lo estaba destruyendo, pero que más daba. En el caso improbable de que Leno la hubiese dejado, habría vuelto más tarde con ella, o tal vez habría buscado una sustituta y nunca se sabe que habría sido peor. Por eso cuando me pedía consejo, siempre le respondía lo mismo: “Haz lo que tu mente te pida, si quieres comerte ese pastel, cómetelo, aunque luego te siente mal”, entonces se reía y siempre, acabábamos brindando por nuestra amistad. Sé que soy una excepción en mi profesión. Todos mis colegas engañan más o menos conscientemente a sus pacientes, 101

haciéndoles perder el tiempo, analizando sueños, hablando de cosas fútiles; es sólo una manera de retrasar el final de la terapia. Yo voy directo al grano; en el psicoanálisis no hay tiempo que perder, está en juego la vida de una persona. Por eso sabía que Leno no acabaría nunca la terapia con su doctor, lo que no podía imaginar fue el terrible secreto que acabó con su confianza, precipitando los acontecimientos. Aquello hizo que el final de su relación con Irena, cayese como una piedra pesada sobre sus espaldas. Un día llegó a las dos de la madrugada a casa, estaba borracho. Cuando abrí la puerta se lanzó sobre mí abrazándome, entonces comenzó a llorar. — Amigo, déjame dormir aquí esta noche, por favor... —Tranquilo, sabes que puedes quedarte, pero cuéntame, ¿qué ha ocurrido? —Irena... —¿Qué ha pasado con ella? —Ella estuvo allí, fue a verle, ella lo sabía, lo sabía... me lo ocultó todo. No entendía nada, pensé que era mejor dejarle dormir, pero Leno necesitaba soltar el fuego que había comenzado a arder en su cabeza. Se levantó con furia del sofá que le ofrecí como refugio, se fue corriendo al cuarto de baño donde expulsó el veneno que tomó para amortiguar el golpe... luego me lo contó. Intenté una vez ponerme en contacto con el Doctor, pero una mujer que parecía extranjera me dijo que estaba de viaje, y 102

no sabía cuándo volvería. No insistí, Leno me pidió que no removiera ese asunto. Estoy seguro de que este hombre no tenía intención de hacerle daño. Me pregunto qué habrá sido de él después de aquello... ***

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El Doctor – capítulo I Un día cualquiera en Barcelona Primer intento: — Hola, ¿puedo hablar con la señora Lidia? — Sí, dígame, soy yo. — Quería saber como funciona esto. — Mire señor, esto no funciona, no somos una máquina, nosotros aquí relacionamos personas, tratamos con el corazón y con la cabeza. A partir de aquí, usted dirá. — Bueno, quería saber cuánto me costaría. — El precio son cien euros, puede venir de once de la mañana a ocho de la noche, usted hace una vez el amor y estamos todos los días abiertos. Tengo chicas desde veinticinco a cuarenta años, rubias, morenas, altas, bajas, gorditas, delgadas, todas muy simpáticas y dedicadas, a partir de aquí usted dirá, ¿qué es lo que prefiere? — ¿Tiene chicas asiáticas? — ¡Uy, señor!, bastante problemas tengo para entenderme con las españolas como para hacerlo con las extranjeras. No señor, no tengo asiáticas, gracias por su llamada, adiós. Segundo intento: —Hola, perdone, he llamado hace un momento, —Sí señor, pero lo que usted me pide no puedo ofrecérselo, 104

—En realidad me da igual, también me apetece hablar. —¿Y se las busca usted asiáticas? —¿Quien me recomienda? —Rubia, morena, alta, baja, gordita, delgada, de veinticinco o de cuarenta señor. —Quisiera una chica joven, simpática, que fuera agradable y me hiciera sentir bien. —Pues a ver... le puedo ofrecer a Paula una chica delgada, muy mona, jovencita, a la que Dios ha dado unos atributos fuera de lo normal, yo la llamo Sandra Bullock, es idéntica a ella; hoy está también Nuri, la abogada; tengo otra chica que parece italiana, monísima, muy espléndida. Usted dirá. —No sé, no sé, la verdad... —Bien, mire, vamos a hacer una cosa... Yo voy a hacer unas gestiones, usted me llama dentro de un rato y quedamos en algo concreto. Puede que durante el tiempo que estuvo esperando, el Doctor tuviera algunas dudas, pero estaba más desesperado de lo que pensaba, tenía un hambre inmenso, de piel, de besos, hambre de ternura, hambre de mujer. Cuando por fin volvió a llamar, la señora Lidia le confirmó que vendría una de sus mejores chicas, ella mencionó que era abogada y por supuesto muy atenta, le pidió que fuera puntual y que en caso de que surgiera algún inconveniente, avisara por teléfono.

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Barcelona estaba vacía. Como cada año en agosto, los indómitos habitantes de la urbe habían cargado sus mulas y se habían engullido en el proceso automático de la huida, hacia ningún lugar, siempre hacia ningún lugar. El Doctor se sentía feliz esa tarde, el aspecto desértico de las calles abonaba esa felicidad, su mujer había partido de nuevo con su jefe de viaje (menos mal que él no era celoso), y la cita a ciegas que le aguardaba había desatado en su cabeza, toda clase de emociones. Una vez arriba, la señora Lidia le abrió en persona la puerta, le hizo entrar en una habitación y con mucha simpatía le invitó a un refresco. —Parece que tarda un poco, pero no se preocupe usted, seguro que ha encontrado un poco de tráfico. —No tengo prisa, hoy es mi día libre. Nuri hizo del encuentro algo cálido y cariñoso. Así fue que los encuentros se repitieron durante meses. Finalmente un día el Doctor se decidió hablar con ella. Estaban en la mejor habitación del piso; la madamme poseía casi todo el edificio y al ser ya un cliente fijo pasó a tener mejor trato. Cuando Nuri empezó a desnudarse, el Doctor la detuvo... —Hoy sólo he venido a hablar. —¿Has venido a hablar? ¡Pues hablemos! –Nurí sonrió y se sentó en la cama. —Voy a dejar de venir. —¿Por qué? Ya no te gusto. 106

—No, no, al contrario... Me gustas mucho y me he empezado a encariñar –Nuri lo miró ahora con una sonrisa infantil. —¡Ay, los hombres...! —¿Por qué haces esto? –esa pregunta le pareció estúpida, estaba claro porque lo hacía. —Lo hago porque quiero, nadie me obliga. —Verás... lo que me gustaría es que nos viéramos fuera de aquí, ir a tomar algo y simplemente charlar, pasear... –la chica no le dejó acabar la frase. —Mira... Ya estuve colada por un tío y no me va a volver a pasar. Esto es sexo, nada más, pero contigo me siento bien, lo hago todo muy cálido y acogedor, pero no voy a dejarlo por nadie –el Doctor comenzó a sonrojarse. —Pero esto no te lleva a ninguna parte, te estás autodestruyendo. —Todos lo hacemos un poco –tenía razón, también él lo hacía, más veces de las que deseaba –. Y además... –continuó –, ¿sabes cuántos años tengo? —Lidia me dijo que tenías treinta años –y al decir esto, Nuri comenzó a reír, a carcajada limpia. —Tengo cuarenta y cinco –continuó riendo, y abría mucho la boca al hacerlo. Nuri mostraba toda su dentadura desgastada por la anorexia que sufrió antes de caer en las redes de la Madamme. El Doctor se fijó también en sus arrugas y se sorprendió de no haberlas visto antes. Entonces se puso todavía mas rojo y se dio cuenta de su estupidez. Veía los dientes negros de Nuri y 107

su cara arrugada; no eran arrugas de la edad, ahora le pareció que tenía más de cien años, escuchaba su risa, y sus palabras seguían resonando en las paredes. El tiempo había cumplido, el hombre sacó su cartera, pagó y se fue. Lo último que ella le dijo es que era mejor no verse más, no quería hacerle daño, aunque tampoco podía, él no estaba enamorado de ella. Luego volvió corriendo a su despacho. Abrió un cajón donde guardaba unas hojas escritas a máquina. Desde aquel maldito día en que destrozó la terapia de su paciente, necesitaba descargar su conciencia. Él no era un hombre malo, su único error fue la soberbia, que le hizo desafiar las reglas básicas del psicoanálisis. Recordó la primera vez que vinieron los padres del chico a hablar con él, preocupados por lo que estaba siendo una terapia demasiado cara... “No quiero asustarles, pero cuando vuestro hijo llegó aquí, y no exagero... Era como si lo hubieran lanzado desde un avión y yo lo hubiese recogido del suelo. Hemos progresado mucho...” El Doctor comenzó a escribir de nuevo, o a descargar su conciencia, o a confesar su pecado ante un Dios, ya cansado de sus hijos...

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El niño ante la Bestia “Fue un domingo cuando sucedió, cuando el niño vio una luz al final de un túnel oscuro por donde había entrado su vida hace años. Desde hacía meses, el dolor era inmenso, no encontraba la paz, ni en sus juegos, ni en los encuentros con sus amigos, que cada vez más, le daban de lado. Debía tener por entonces unos doce años. El niño sentía que algo extraño sucedía dentro de su cabeza, porque tanto dolor no era normal. Había sido siempre un niño ejemplar, nunca protestaba, era el mejor estudiante con diferencia, por eso le era tan difícil abrir la boca para decir: “¡Esta boca es mía!”. La primera vez que percibió que su mundo se tambaleaba fue el día que descubrió a su padre llorando junto a su madre, luego las continuas mudanzas precipitaron la degradación de su mente. Una vez ceden las columnas más sólidas, el resto se desmorona sin esfuerzo y sin ruido. Nadie fue consciente de su trastorno hasta aquel domingo. La familia se había trasladado definitivamente al hotel donde trabajaba el padre. Podía haber sido otro día cualquiera, podía no haber sido nunca, pero hasta en el más negro infierno hay siempre una luz, y si la vemos, es necesario seguirla, sin dudarlo. El dolor se había hecho intenso en los últimos meses, entonces sólo hallaba descanso durante el sueño, por eso el despertar se convertía en una pesadilla. Ese domingo también lo fue. Despertó y al principio, como solía pasar, los primeros minutos parecían normales, como si nada ocurriese dentro de él; a veces cinco minutos, a veces diez, luego sin remedio, el niño sentía el peso de cien toneladas cayendo sobre su cabeza, entonces recordaba que vivía en un infierno. Como todos los 109

domingos, el hotel estaba vacío, los clientes habían partido temprano, y su madre apenas engañaba el tiempo cosiendo en una silla olvidada en la casa adosada que tenían junto al hotel. — Mamá, necesito hablar contigo. — ¿Qué quieres hijo? — Me siento mal. — ¿Qué te pasa? — Creo que me estoy volviendo loco. — Qué estás diciendo hijo, ¿a qué viene eso? — Mamá, yo no estoy bien, de verdad, no estoy bien. En los manicomios no hay niños, por eso no podía volverse loco, por eso era todavía más grave la devastación a la que había sido sometida su vida. La madre tampoco lo entendía e intentó calmar a su hijo, que por primera vez, abría la boca para pedir: — Anda hijo, no digas tonterías, vete a jugar y distráete, mañana se te habrá pasado. — ¡No mamá, no! –el niño comenzó a llorar, hasta que consiguió decirlo –. ¡Necesito ayuda! El padre buscó al día siguiente por toda la ciudad un profesional. Allí, en la Riera, encontró un cartel donde una clínica atendía “enfermos del alma” (curiosa metáfora). Ese día, vi enseguida, que no tenía todas las cartas conmigo, que el caso que afrontaba sería probablemente, el más difícil de mi carrera.”

***

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El diario de Leno Regreso a Barcelona ¿Por qué me era siempre tan difícil cumplir mis sueños? Lo tenía todo planeado para marchar, para dejar definitivamente la madre patria que me había ignorado, pero yo nunca sé ser descortés. Ahora tenía conmigo un favor que devolver, un sobre con dinero y una dirección. Había dejado atrás el frío checo pero el calor de la última noche aún circulaba por mi sangre, sin embargo mi realidad volvía a estar llena de fantasmas. Qué poco duran los placeres para quien no está acostumbrado a ellos. El Profeta habló esta mañana antes de la hora habitual. Desde hace algunos años, los desastres naturales acontecen con mayor frecuencia, por ello el Profeta tiene más fuerza que nunca. Sólo una vez tuve uno de sus libros en las manos, Irena lo dejó olvidado cuando marchó, y en medio del dolor comencé a leerlo. También comencé al mismo tiempo a escuchar de nuevo las canciones de los Beatles, los ídolos de juventud que había abandonado por miedo a disolverme entre la masa enfervorecida de sus fans. A veces soy así, me distancio de lo fácil para no perderme entre la multitud, en la distancia me elevo intentando adivinar los excesos, luego desciendo para 111

volverme a posar donde tantos se han posado ya. Por eso me negué a escuchar a aquellos chicos simpáticos que cantaban canciones en blanco y negro. Luego, cuando comenzó la caída, se rompieron todos los esquemas, entonces necesité algo sólido, algo eterno que hubiese perdurado con el paso de los años; los Beatles lo eran. Me empapé de ellos hasta que se convirtieron en una obsesión, en ellos no escuchaba ni un suspiro de Irena. Mi otra “piedra” firme, fue Lobo, mi fiel amigo. Ahora entiendo como las piezas de la vida acaban siempre encajando. Un día, comenté con el Doctor, que un compañero del trabajo me había ofrecido un cachorro de Perro Lobo; Irena no volvería hasta el verano siguiente, las horas pasaban lentas; entonces el Doctor me lo aconsejó, casi como una receta. Él sabía lo que me esperaba, al menos lo intuía y tal vez, porque también me quería, quiso darme un “salvavidas” para cuando comenzase el naufragio. El libro del Profeta no produjo el mismo efecto; era el segundo de su primera trilogía: Cuando los dioses lloran. En las primera páginas se insinuaba optimista, narraba algunos episodios recientes de su transformada vida. En ellos se mostraba como un bebé que descubre el mundo. Qué extraño parecía todo. ¿Por qué la persona que todo lo sabía, quería aparecer como un ser recién nacido?, ignorante, asombrado, ¿virgen? ¿Será que ese hombre no tuvo infancia y llegó directamente al mundo en 112

estado adulto? Sin embargo, el optimismo inicial del libro fue dando paso a un lenguaje agresivo y directo, como el que usaba en sus discursos; casi diseccionaba a los “malos” del planeta, uno por uno, sin compasión. Cada detalle, cada defecto, cada paso que habían dado aparecía descrito como si él mismo lo hubiese dado. Entonces se me ocurrió por primera vez una teoría: ¿No sería ese hombre la reencarnación de la mente humana en persona? No de una, sino de todas. El ser humano, en su degradación, habría ido desprendiendo halos de energía que se escapaban de la “hoguera de las vanidades”, para reunirse en un solo ser, día tras día, año tras año, siglo tras siglo, hasta transformarse en algo tangente, que hablaba y vivía, en un hombre llamado el Profeta. Cómo me hubiera gustado conversar con Mihael sobre ello. Él podría, sin duda, ver los halos de energía que desprendía aquel ser iluminado. Un detalle desmoronó toda mi teoría, en la contraportada del libro aparecía su rostro y como la primera vez que lo vi, cuando yo era apenas un adolescente, me llamó de nuevo la atención... su mirada. Esa mirada que no parecía humana, por lo menos, no todo lo humana que puede llegar a ser una mirada. La dirección que Carlos me había dado era de un pueblo del interior, cerca de Ciudad del Mar. Recordaba haber estado alguna vez allí, en el mercado que se celebra los domingos. Sabía que el lugar donde trabajaba Natasha sería conocido por los habitantes del pueblo, era cuestión de armarse de valor y 113

esperar a que anocheciera, pues nadie va allí habiendo luz en el cielo. Yo también había mentido a mi amigo, en realidad algunas cosas ya las sabía, fue Jorge quien me las explicó, pero antes de eso, pasó por un verdadero calvario; sentí verdadera lástima por él y, por supuesto, olvidé enseguida todas sus provocaciones. Desde que me separé de Irena habían pasado dos años, dos largos años para todos, en que parecíamos ser parte de una obra de teatro. El decorado era siempre el mismo, un hotel cerca de la playa, donde el agua y el cielo eran siempre azules. Mis viajes eran apenas, unas pocas escenas rodadas en exteriores, donde un personaje optimista y aventurero, con una enorme carga sobre sus espaldas, no entendía lo que había sucedido. Un hombre que huía del pasado, del presente, y de los fantasmas que vivían en aquel castillo, el lugar que marcó mi vida. Aquí comenzó todo, mis primeros besos, mis primeras noches sin dormir, aquí nació mi historia con Irena y aquí también murió. Ésa y otras historias que acabarán en el olvido.

El Castillo El hotel es el castillo sobre el que se construyeron mis sueños. Aquellos primeros días en que recorría sus largos pasillos y descubría sus escondrijos parecían ser eso, la culminación de los sueños de un niño. La novedad es una luz brillante que nos 114

deslumbra, ocultando las sombras y, en este caso, los fantasmas que habitan siempre en los castillos. El primer dueño, el señor Llusá, levantó el hotel en los años 60, buscando una manera de gastar su fortuna; era entonces, una de las personas más ricas de Barcelona, y en aquello años, parecía que los turistas se multiplicaban sin parar. Era el turismo una mina de oro, que la acomplejada España explotaba sin control, pero de todo se cansan los hombres, hasta del sol y la playa de un país tercermundista que había pasado en poco más de un siglo, de ser el Rey a ser el bufón, o lo que es peor, el retrete de Europa, aunque eso sí, para usarlo tuvieran que pagar. Con el fin de los Beatles y el comienzo de la psicodelia, (aunque nada tenga que ver eso con España), coincidió el fin de la época dorada del turismo. El señor Llusá de eso no se enteró y su fortuna se fue gastando poco a poco, al igual que su sonrisa, y así, una y otra fueron menguando hasta que murió en la miseria. Unos años antes había vendido su propiedad a la poderosa cadena Husa. La cadena lo explotó durante un tiempo, sin conseguir evitar que se convirtiera en un hotel de citas; entonces pasó a manos de un abogado mafioso de Barcelona, el señor Sánchez Bosch, del que tengo un vago recuerdo, pues tenía la costumbre de visitar su castillo los fines de semana, siempre con una rubia diferente. Ellas pasaban el día en la piscina y se ponían tan coloradas, que hasta el sol que las pintaba, sentía vergüenza de su propia obra. Un día, el señor Llusá, al que ya nadie recordaba, volvió al hotel para hablar 115

con el mafioso, quería recuperar algunas de las obras de arte con las que él mismo había decorado el hotel, pero no sólo no consiguió nada, sino que el hombre con la rubia en la cintura le pidió que no volviera más por allí, que el hotel ya no le pertenecía. El señor Llusá murió pocas semanas después, el hotel era sin duda su gran amor. Cuando yo comencé a vivir aquí, animado por la novedad, me distraía buscando pistas sobre aquel rico extravagante que un día imaginó que su fortuna era eterna. He visto algunos cuadros que pintó, tengo una imagen clara de que como debió ser, pero nunca lo he podido corroborar. Me han explicado historias, personas que llegaban al hotel y con aire melancólico, miraban los retablos y las estatuas que lo adornaban, intentando convencerse de que nada había cambiado y comenzaban a recordar. Me enteré así de las fiestas que el señor Llusá celebraba, de como el dinero iba poco a poco fundiéndose en comida, en alcohol, en mujeres... y de como su esposa, alejada de aquella vida, ocupaba el tiempo esculpiendo figuras de madera, que aún hoy custodian el hotel. Extrañas personas los ricos, viviendo siempre diferente a los demás, tan lejos de nuestro mundo. A este lugar me trajeron mis padres hace ya muchos años. Antes de eso, éramos una familia más o menos típica. Raramente veía al cabeza de familia entre semana, así que cuando llegaba el día de fiesta, nos íbamos los tres juntos. Repetíamos siempre los mismos lugares, durante años; por la 116

mañana la playa, luego por la tarde el bosque; siempre la misma playa y siempre el mismo bosque. Como una película, recuerdo a mi padre llorando, a su lado estaba mi madre, los dos sentados en la cama. El hombre hacía dos meses que no trabajaba y su mujer lo consolaba. Recuerdo como la luz entraba en la habitación con la persiana a media altura, alumbrando dos siluetas de espaldas a mí. Yo contemplaba la escena desde el pasillo y aquellos segundos que pasaron veloces han arraigado en mi memoria, cobrando una importancia ¿desproporcionada? No, aquellos recuerdos siguen vivos porque mi padre lloraba, aquella figura idolatrada, poderosa, ¡todopoderosa!, lloraba, y mostraba sin máscara toda su debilidad, y al mostrarla descubría también la mía. Ahí sentí que mi mundo se tambaleaba y que la vida se construye a veces, sobre todo en los niños, con pilares de barro. A la semana siguiente mi padre encontró trabajo en este hotel. Entonces llegó el cambio, entre promesas de una vida mejor, yo perdí todo lo que tenía. Cambié de escuela, cambié de casa, cambié de amigos, y mi vida cambió irreversiblemente. También cambió la vida para Tim, nuestro primer perro. Su destino fue peor que el mío. Le ataron a una cadena y le construyeron una casa de cemento, y allí junto a él, me sentaba cada día. Acariciaba aquella cabecita que no entendía nada, miraba sus ojos, ya tristes e incomprendidos. Luego al irme, Tim gemía, hasta que cansado callaba de nuevo. Tim murió al cabo de un año, la humedad de la tierra y el cemento de su nueva casa llenaron su cuerpo de hongos que no tuvieron 117

piedad de él. Él fue la primera víctima, pero hubo bastantes más.

Los gatos del hotel “Ya casi no quedan gatos en este hotel, tan sólo algunos recuerdos de nuestro ayer...”

Esos eran los primeros versos de una canción que nunca acabé. La música fue, junto a la escritura, mi segunda gran frustración. Siendo niño heredé por sorpresa, la guitarra vieja que otro niño dejó tirada en el estacionamiento del hotel; sería porque el chiquillo era rico, o porque le estorbaba la guitarra en el coche, el caso es que la tiró a la basura, como quien tira un zapato viejo. Mi padre que la vio, la recogió, le hizo cuatro remiendos y me la dejó al lado de la cama durante la noche, así que al despertar ese día, me sentí el niño más feliz del mundo; qué triste ilusión. Aquella guitarra, en realidad, era un juguete roto, el juguete usado de un niño rico; mi padre le puso las cuerdas que le faltaban, pero no consiguió arreglar el mástil, ni consiguió tapar el agujero en el aro, así que de pura miseria su sonido era único. A pesar de todo, lo que ocurrió esa mañana fue único también, único en mi vida de niño fantasma; mi padre me había hecho un regalo. Mis ojos se abrieron más que nunca esa mañana al despertar, porque no me lo podía creer. Sería tal vez por eso, porque la guitarra procedía de él, que casi me 118

quemé las yemas de los dedos intentando aprender a tocarla. Allí encerrado en mi cuarto, repetía los acordes de mis canciones preferidas... “Is there anybody going to listen to my history all about a girl who came to stay... Oh girl, snif...”

Los ídolos de mi padre fueron también los míos. Eso ocurre en todos los hijos que sienten falta del hombre que los engendró, idolatran todo lo que llega de él; a falta de pan, las miajas se convierten en diamantes que se conservan en un palacio de cristal. Por eso intentaba imitar a los Fabulosos Cuatro, componiendo canciones, y como en el hotel no había muchos motivos de inspiración, me basé en la historia de los gatos para componer una canción inacabada: Los gatos del hotel. La escribí un día al comprobar que realmente apenas quedaban gatos allí. La excepción fue mi querida Veleta, la única gata que sobrevivió al monstruo del asfalto y a los perdigones de los desaprensivos. Veleta vivió más de diez años con nosotros y cada año tenía un mínimo de dos camadas, así que la pobre debió sufrir lo indecible, perdiendo hijos y más hijos, pero los reponía con una facilidad pasmosa. No es necesario decir que aquí hubo de todo, que la iglesia la perdone, pero sí, la gata cometió más de una vez pecado, con hijos, nietos y hasta con bisnietos. Era blanca con manchas negras y su inteligencia la salvó de morir prematuramente. Conocía el hotel como la palma de 119

su mano (o su patita), aun cerrando todas las puertas conseguía entrar para dormir en sus rincones, que en realidad le pertenecían; otros no tuvieron su fuerza ni su inteligencia. Cada semana aparecían uno, a veces dos, muertos en la calzada de aquella carretera asesina tan cerca de la entrada. Otras veces, el vecino soltaba a su perro, que sólo se detenía cuando sus fauces rompían la espalda de alguno de nuestros gatos. Sí, conocí desde muy pequeño el juego de la vida y la muerte. Y cuando pensaba que el juego había acabado, ocurrió la peor tragedia… pero siento que aún no estoy preparado para recordarlo.

Las ocasiones perdidas El hotel es un lugar de paso y por allí pasaron muchas personas. Recuerdo un jardinero al que llamábamos “Algarrobo”. No sé si alguna vez dijo su nombre, pero todos le llamábamos así por su brutalidad. No tenía carnet de identidad, ni fecha de nacimiento, ni nada de nada... Bueno sí, tenía recuerdos y tenía fuerza, esas eran su señas de identidad. Aquella fuerza animal y primitiva le permitía ganarse la vida, mientras los recuerdos lo mantenían vivo. Tenía pues pasado y también presente, pero carecía de futuro, su cabeza no estaba preparada para eso. Todo el dinero lo gastaba en el juego y en mujeres de vida errada. Una de ellas venía cada principio de mes y en apenas dos días lo dejaba de nuevo en blanco. Ahora, recordándole 120

pienso de nuevo en nuestro destino, ¿realmente tenemos nuestro camino marcado?, ¿por qué a él le había tocado ese camino y no otro? Algarrobo, como todos, tuvo sus oportunidades. Una tarde, mientras tomaba café en la cocina del hotel, me explicó una historia: —Sabes... que yo de joven conocí muchas mujeres –. Yo le escuchaba pero no le contesté –. Recuerdo un verano trabajando en la playa, conocí a una mujer... ¡hermosa!, me enamoré enseguida. Venía cada día donde yo estaba, hasta que un día me dije: “Debo conquistarla”, y comencé a rondarla. Me acercaba donde ella estaba, la saludaba, ella me sonreía pero no decía nada; así un día y al día siguiente y al otro. Luego comencé a jugar, ella se ponía cerca de la orilla sin bañarse, yo me acercaba y con los pies la salpicaba un poco (Algarrobo hacía el gesto con la pierna). “Tiene usted miedo al agua”, le dije. “No, pero está muy fría”, me contestó. Ahí ya empecé a sentir la victoria, la rondé todavía varios días, hasta que al final le pedí una cita. Empezamos a salir juntos; era una mujer con clase, ¡con mucha clase! –. Algarrobo quedó entonces callado, miraba al suelo, movía la pierna de nuevo, imaginando que aquella mujer continuaba a su lado en la playa. —¿Qué pasó luego? —Nos peleábamos a menudo, no me gustaba que los demás la mirasen. Un día en el cine le dije que no quería volver a verla, me fui de la sala dejándola allí sola. Al día siguiente fui a buscarla... se había marchado. Le dije que se fuera a la... –quedó 121

callado unos segundos –, pero no pensé que lo haría, no la he vuelto a ver. Algarrobo no habló más esa tarde. Me había explicado aquella historia como una anécdota en su vida, pero no lo fue. No fue una simple historia, fue “la historia” que marcó su vida, un cruce de caminos en el que no supo elegir. Ahora en la lejanía del tiempo sólo quedaba el recuerdo y cubriendo el recuerdo: la incomprensión. Algarrobo no había entendido nada. En su memoria se había enamorado de una mujer que no supo comprenderle ni perdonarle, una mala mujer que lo abandonó. Aquel hombre nunca reconocería su error, de haberlo hecho, el mismo día que ella marchó, habría ido detrás; la habría buscado donde fuera, habría gastado el tiempo que fuera necesario, hasta convencerla de nuevo de que una vida juntos era posible y que de no ser así, su vida iba a carecer de sentido. La vida de Algarrobo, donde quiera que esté, carece ahora de sentido. Al igual que él, yo también pude escoger, y probablemente escogí el camino equivocado cuando Lucie apareció en mi vida...

Na shledanou (Adiós Irena, adiós) La noche que conocí a Lucie, Irena no vino a verme, casi nunca venía. Era verano, porque sólo en verano ella recuperaba su amor por mí y, sobre todo, por el dinero que ganaba guiando 122

grupos de turistas que cargaban en sus maletas ingenuidad. Ése era el cuarto verano en que Irena apareció de nuevo al tiempo que lo hacía el calor. Yo seguía siendo, en mis horas libres, un simpático barman que servía sangría a unos extranjeros profanadores de la fiesta hispana, de nuestro sol y nuestras playas. A veces ella llegaba de sus excursiones poco antes de cerrar el bar, me daba un beso y me explicaba sus historias con los turistas. Un día se emocionó al ver como checos y rusos, animados probablemente por el alcohol, cantaban juntos en el autobús; nadie recordó entonces el pasado. A diferencia de mí, ella sí se creía su papel, asumía con gusto ser el centro de aquella gente, dependientes de su atención; tenía el control y eso la hacía sentirse fuerte. Conmigo nunca fue así, por eso yo intentaba escapar, por eso en la Taberna mis ojos se perdían entre las luces de la sala de baile, y cuando ya el corazón dejaba escuchar los últimos suspiros de un amor envenenado, apareció Lucie. La Taberna me trae el recuerdo de esa noche, cuando una joven, blanca y hermosa, comenzó a entrar en el bar. La primera vez para pedirme una cerveza, luego vino a buscar un poco de hielo, otra... me fijé en sus hombros desnudos y en sus piernas, - Irena entraba y salía de mi vida de forma inmaterial, era un fantasma que jugaba conmigo caprichosamente-, Lucie entró entonces en mi vida como un ángel que me indicaba un camino. Tuve miedo, ahora lo sé, miedo a equivocarme, a desviarme del sendero por el que Irena me guiaba. Yo seguía 123

aquel rebaño en el que íbamos tantos hombres, camino de un destino fijo, inerte, estéril, desolador... donde esperaban la familia, la casa y una compañera, fiel o no, hasta la muerte; una muerte que cada día, un poco más, entraba en mí. Eso era lo que Irena me ofrecía, y yo, pobre de mí, acepté durante años. Lucie entró por cuarta vez y ahora sí, esquivando la mirada preguntó: “Dancing?”. Hice un gesto de aprobación, en el aire sonaban los primeros acordes de Lost in love... Entramos en la pista de baile, nos abrazamos, estábamos solos, me dejé llevar... apoyé mi labios en sus mejillas, olí su perfume que me embriagaba, apreté su mano con firmeza, ella me respondió, (guardo ese instante en mi memoria), luego le dije en aquel idioma eslavo... “mam te rad (me gustas)”, ella entre risas... “ty také na me (tú también)”... entonces nos besamos, busqué su cuerpo con hambre, la apoyé contra la pared, la besé otra vez, buscando su boca con el miedo de perderla, sentía su humedad... mis manos resbalando por sus piernas desnudas, subían y bajaban... dentro comenzó a fluir un río de sangre, como un volcán... me apreté contra ella, que suspiraba... mis labios la buscaron así, ansiosamente, nutriendo su piel, tierna y distinta, besé su cuello blanco y sus manos suaves, mordí su boca, llena de obscenidad, chupé sus pechos abiertos, Lucie quedó desnuda, completamente desnuda... apoyé sus piernas en mi espalda, respiré su olor, comencé a beberla, luego ella gritó... una vez, varias veces, luego yo que suspiraba... apreté con fuerza, hasta el fondo del túnel, queriendo hacerlo más profundo, hasta que un volcán estalló... un río de lava quemó 124

mi piel y la suya, la miré a los ojos, volví a comer su boca, apuré los últimos sorbos de Lucie... Nos bebimos mutuamente, hasta la última gota, hasta emborracharnos de pasión. Sonaban los últimos acordes de Lost in love... You know you can't fool me I've been loving you too long It started so easy You want to carry on…

Ésa fue la única noche en que estuvimos juntos, al día siguiente nos despedimos; yo le prometí escribirle pero no lo hice y cuando pasados unos meses “el recuerdo” me llamó, Irena estaba a mi lado. Y yo que escuchaba una voz extranjera que no entendía, le pasé el teléfono, sin imaginar que al otro lado estaba Lucie. —Es para ti –le dije. Irena extrañada permaneció varios segundos escuchando la voz de una chica apasionada, entonces se levantó... —No, ¡es para ti! A pesar de que ya habíamos decidido separarnos, la vida siempre se precipita antes que los pensamientos. Irena salió llorando de la habitación, luego la busqué durante horas hasta que di con ella. Escondida debajo de una palmera, en el jardín del hotel, Irena lloraba su última representación. —Vamos a hablar... –su mirada se había ya perdido en el vacío. 125

—¿Estuviste con ella, no?, ¡dímelo! —No... –le mentí –, no he tenido nada. No podía decirle que sí había tenido algo, que en realidad lo había tenido todo, que durante los pocos minutos que sentí el cuerpo de Lucie había volado más alto que en todos los años con ella. Que me había sentido vivo de nuevo, que durante esos minutos no recordé, ni por un instante, que mi mente estaba enferma, dependiente de una droga llamada desamor, ausencia, ignorancia, una droga llamada maltrato. A la mañana siguiente me explicó el “secreto”, ésa fue su venganza, que en realidad había sido preparada mucho antes. Por eso la mujer es diferente al hombre, más despierta, más lista; cuando el hombre va, ella siempre está de vuelta. La culpabilidad que me arrasó después de conocer a Lucie desapareció ese día, me arrepentí de no haber aceptado la invitación que me mandó en su primera carta, invitándome a ir a Praga por navidad. Entonces podría haber cambiado mi destino, pero era tarde; la mujer herida no perdona y era evidente que los segundos en que Lucie escuchó la voz de otra mujer al otro lado del teléfono, habían acabado con su ilusión, también con la mía. Sin embargo lo que me ataba a Irena era más fuerte, aunque ya no fuera amor. Por eso, a pesar de descubrir la terrible verdad que me ocultó durante años, que era lo peor que podría pasarme, a pesar de eso no conseguí dejar de pensar en ella, hasta ese punto estaba drogado de Irena, hasta los límites de la ceguera. Por eso la busqué después de separarnos, sí, la busqué desesperado, como un drogadicto que busca el 126

chute que le devuelva la tranquilidad. Y la encontré, primero un día cualquiera, sin importancia, entonces ella se alegró y me recibió con un beso, luego esperé la llamada que me había prometido, que no llegó nunca y la busqué de nuevo, ahora sí, agonizando. Esa fue la última vez; era tarde, pasaban las doce de la noche, llegué a su apartamento, llamé varias veces, hasta que Irena bajó enfadada: —¿Qué haces aquí?, has despertado a Natasha. —¿Está Natasha contigo? —Sí, ha terminado con Jorge y le he ofrecido quedarse conmigo hasta que encuentre algo. —Ya imaginaba que acabarían así, pero ¿y lo nuestro? He estado esperando tu llamada, dijiste que me llamarías. —No he tenido tiempo, he estado muy ocupada. —Por favor, no empieces con eso, ¿por qué me besaste el otro día si ya no quieres nada conmigo? —Mira Leno, hacía tres meses que no te veía y sentí ese deseo, pero ahora no sé lo que siento. Lo he pasado muy mal y me ha costado mucho rehacer mi vida, quiero estar tranquila, dame tiempo. —¿No soy yo quien debería estar dolido? Me ocultaste esa “mierda” durante años. —¿Y tú amiga, por qué no vas a verla? —Yo te quiero a ti –qué absurdo me sentí. —Necesito tiempo. —¿Has conocido a alguien?

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Irena quedó callada, como el día del sueño. La miraba, buscaba sus ojos descontrolados, perdidos en la nada, buscaba una señal para volver a amarla, pero en su mirada no había ya nada. La bestia había vuelto a aparecer, y esta vez, se la había llevado para siempre.

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Aeropuerto del Prat, 20 de febrero, 2004

El amigo – capítulo IV — Disculpe, señorita, ¿saben ya cuánto tiempo se va a retrasar la salida? — Ha habido un problema con unas maletas, pero en menos de dos horas ya podrá embarcar. Los políticos de esta pobre ciudad se empeñan en hacer de ella una ciudad europea, pero le queda tanto todavía. De todas formas vale la pena el esfuerzo. La situación de Leno, donde quiera que esté, no puede ser muy plácida. Me llamó su vecina para informarme del embargo de su casa en Padova, es lo mínimo que le debo. Dudo que consiga dar con él pero al menos voy a evitar que pierda lo único que probablemente le queda. No sé lo que me espera allí, nunca fui tan aventurero como él, pero una excitación desconocida me acompaña desde que decidí hacer una pausa en mi trabajo y comenzar a atar cabos. Cristina no está de acuerdo con este viaje, cree que me estoy obsesionando con el libro de Leno, pero respeta mi decisión. Lástima, hubiera querido que ella viniera conmigo, pero mi madre no puede quedarse tanto tiempo con Jose y menos ahora, con mi padre en el hospital. Como me gustaría que ellos me explicaran lo que realmente sucedió con los 129

padres Leno, nunca más hablaron de ellos después del accidente, a pesar de que se conocían desde que yo tengo memoria. Esa fue la primera vez que marchó. Al quedarse huérfano le mandaron a vivir con sus tíos del sur, pero le quedaba ya poco para cumplir la mayoría de edad, por eso, apenas hizo los dieciocho, viajó de vuelta a Barcelona y recuperó su puesto en el hotel. Ese lugar era su refugio, siempre que pienso en él, vienen a mí las imágenes de la última película que vimos juntos: La leyenda del pianista del océano. Yo pensaba, que si algún día echaran abajo el hotel, Leno, al igual que el pianista, permanecería escondido en algún rincón de su Castillo y le sería fiel hasta la muerte. Por eso me sorprendió, una vez más, cuando nos dio la noticia. Nos gustaba salir juntos, los cuatros pasábamos veladas inolvidables. Después del cine, nos íbamos siempre a cenar, entonces charlábamos durante horas, hasta que el dueño del local venía a saludarnos y amablemente, nos invitaba a continuar experimentando su adorable comida casera en los próximos días. — Leno –le dije esa noche después de ver la película –. ¿Ya has pensado lo que pasaría si desapareciera el hotel? — Continuaría sobreviviendo, eso es lo que he hecho siempre –me dijo con una sonrisa fingida. Entonces mi mujer me golpeó la pierna por debajo de la mesa e intenté cambiar de asunto, pero sin querer había encendido una llama dentro de él–. Ahora es un buen momento para daros la noticia – continuó. Tuve, en ese momento, la sensación de que todo el 130

restaurante se había quedado en silencio de repente, así fue al menos en mi cabeza. — ¿Os vais a casar? –le pregunté, espoleado por el alcohol que comenzaba a hacer efecto. Comenzamos a reír, una risa que ahora la recuerdo envenenada y premonitoria. — No amigo, ya sabes que Irena y yo vivimos un amor platónico –. Reímos de nuevo, reímos mucho, como si fuera la última risa que compartíamos, hasta que las paredes dejaron de rebotar el eco de nuestra embriaguez, entonces añadió –. Hemos decidido irnos a Italia. Me dolió, sin saber muy bien por qué. Siempre me había sentido como un padre protector, desde las noches en que dormíamos con las manos dadas encima del cajón abierto de la mesilla, después de que murieran sus padres, aun cuando apareció Irena, siempre quise protegerle. Por eso no entendía que hubiese guardado sus planes en secreto y aparecía, ahora ante mí, como un hombre que se revuelve contra su destino, que levanta la piedra que la vida colocó sobre su espalda, que hubiera acabado con cualquier otro, pero que no sólo no acabó con él, sino que ahora era capaz de alzarla por encima de su cabeza y hundirla en el mar, sí, en el mismo mar que había justo enfrente del hotel, el hotel que le había dado todo, a quien ahora Leno desafiaba. Evidentemente, una piedra pesada como aquella hundiéndose en el mar, iba a provocar enormes olas. —Eso sí que es una sorpresa, ¿lo habéis pensado bien? – dijo Cristina. 131

—Tenemos unos ahorros. Irena va a seguir trabajando como guía turística y un cliente me ha ofrecido un puesto en su hotel. De todas formas, todavía faltan algunos meses para irnos. — ¿Qué vas a hacer con Lobo? –pregunté sin saber muy bien por qué, pues conocía la respuesta. —Se viene con nosotros, donde yo vaya, va él. —Me alegro por ti, de verdad –le dije entonces –aunque os vamos a echar de menos. Irena nunca llegó a pisar a Italia y Lobo emprendería un viaje mucho más lejos pocos años después. El destino, ese falso amigo que acompañaba a Leno desde su infancia, continuaba jugando una partida de póker, donde todas las cartas estaban marcadas, y donde la suerte era una crupier que se había dejado sobornar. “Los pasajeros del vuelo JD13, con destino Venecia, diríjanse a la puerta 26 para el embarque” Un año después, me encuentro siguiendo los pasos de Leno, misma ciudad de origen: Barcelona, y mismo destino: “Marco Polo”; bonito nombre para un aeropuerto, aunque fuera sólo por su fantasía, no hay mejor lugar para mi amigo que Italia.

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El diario de Leno

Margarita Había pasado todo el día encerrado en un hotel de Ciudad del Mar. No tenía ya casa donde dormir, ni pretendía retrasar mi partida a Italia. El viaje a Chequia no fue más que otra despedida, ahora lo sé, pero le debo ese favor a Carlos. Ayer me despedí de mi amigo, él es el único motivo por el que seguiré volviendo a este país, aunque me ha pronosticado que un día dejaré de venir, imagino que está preocupado por mí, como siempre. Desde pequeño ya me protegía, y cada vez que le explicaba una de mis historias, parecía querer inmunizarme contra el dolor, entonces me anestesiaba con teorías sobre el maltrato, las carencias, las adicciones de la mente. Él ha tenido éxito en todo lo que ha hecho. Cuando comenzó a ejercer como psicoanalista me sorprendí, me dijo sin rodeos que estaba perdiendo el tiempo, que nunca iba a acabar mi terapia con el Doctor, esto fue mucho antes de descubrir su secreto. Reconozco que me encantaba escucharle, me hablaba sobre los padres, de su influencia casi divina en los hijos, de como ellos programan nuestra mente y luego el programa se reproduce una y otra vez en nuestras vidas, con una exactitud casi perfecta, que digo casi, ¡totalmente perfecta! Luego yo mismo comencé a empaparme de libros que hablaban sobre ello, el problema era que él no podía ayudarme, debido a 133

nuestra amistad. Cuando descubrí lo que Irena me había ocultado tantos años, no quise confiar en nadie más. De todas formas obré mal, yo le confesé mis secretos, fui completamente sincero con él respecto a mi vida, pero no lo fui respecto a la suya. Sé que obre mal, pero es mejor así, no puedo decirle que en el mundo donde él vive, tan distinto al mío, también hay secretos que ocultar. No, no quiero verle junto a mí, en un mundo en el que yo me muevo como pez en el agua, él no pertenece aquí, él no forma parte del mundo animal. No me quedaba nada más que hacer, salvo encontrar a Natasha y darle el sobre con el dinero. Llegué temprano, el pueblo estaba apenas a unos dos kilómetros de Ciudad del Mar y en la primera gasolinera que encontré, me indicaron como llegar. Me dijeron que el local se llenaba siempre a partir de media noche y que no valía la pena ir ahora. Pero las ganas de volver a mi cuarto a descansar eran muchas, así que fui allí, sin pensar más en los fantasmas. Un cartel luminoso eclipsaba las pocas estrellas de una noche nublada: Hotel Club Margarita. Eran apenas las ocho y media; en la gasolinera tenían razón, el lugar estaba vacío. Me senté en una esquina, algo apartado de las miradas y pedí una cerveza. “Via del Campo c’è una puttana, gli occhi grandi color di soglia, se di amarla ti vien la voglia, basta prenderla per la mano. E ti sembra di andar lontano, lei ti guarda con un sorriso, non credevi che il paradiso, fosse solo lì al primo piano”. 134

Tatareaba la canción de Fabrizio de André, mientras una chica morena me observaba desde la escalera que subía al “paraíso”. Qué extraño teatro... Había visitado un lugar parecido hace años en la despedida de soltero de Dani, ésa fue la última vez que lo vi. Nuestra amistad se había desgastado con el tiempo, ya durante el viaje a Chequia sentía que nos alejábamos uno del otro, pero nunca lo afrontamos abiertamente. Una semana antes de su boda invitó a todos sus amigos a cenar, a todos excepto a mí. Pero en las falsas amistades hay mucha envidia, por eso Alex no perdió tiempo en venir a mi casa para preguntarme sobre la cena, fingiendo que no sabía lo que yo realmente no sabía, que había invitado a todos menos a mí. Yo tampoco perdí tiempo en telefonear a Dani y preguntarle el motivo de semejante olvido. No había nada que hacer, un maltratador nunca reconoce el maltrato. Dani me maltrataba no invitándome, como lo hizo Irena todo el tiempo que duró la relación, como lo hacía la señorita Ana, mi primera profesora, que reía con todos los niños, menos con uno, el “patito feo” que la observaba con envidia, o como lo hacía mi abuela, cada vez que nos preparaba el pan con chocolate para merendar, que distribuía generosamente entre mis primos, y cuando ya todos habían acabado de comer, se levantaba asustada del sillón y exclamaba: “¡Ay, cariño...!, no te había visto, pobre hijo, que no te he preparado la merienda, espera, que ahora te la traigo...”, yo la creía y la perdonaba. Dani, al teléfono, me dijo lo mismo que mi abuela: se había olvidado. En ese momento 135

decidí que ya había aguantado bastante pero no siempre podemos realizar nuestros deseos en el instante en que aparecen. La madre de Dani estaba muy enferma y yo adoraba a aquella mujer que, siendo niños, nos preparaba cada tarde churros con chocolate y nunca se olvidaba de mí. Por eso acepté sus disculpas, para no entristecer a su madre. Fui a la cena y aguanté como pude hasta el final. Su despedida fue un acto sucio de traición al amor... “¡Hay que divertirse!”, exclamaban todos, incluido Dani, ya borracho. Llegamos a un conocido bar de carretera, continuamos bebiendo un poco más, y como las moscas, comenzaron a llegar las mujeres. Ese día demostré una vez más que amaba a Irena, podía haber hecho como ellos, podría haber subido con una de esas putas a desahogarme; estaba todo justificado, estábamos borrachos, era la despedida de soltero de un amigo, Irena me ignoraba. Pero no, me quedé sentado en una butaca, inmóvil, bebiendo aún más, sorbos de ignorancia y de desprecio, que me ofrecían las personas que vivían a mi alrededor. Me quedé callado observándoles, en su bestialidad, en su embriaguez machista, en su estúpida pose varonil, uno tras otro fueron subiendo, Dani también, ese día subió con dos... “¡Quiero experimentarlo antes de morir... ja, ja, ja!”, decía el mono mientras reía. La chica que había a mi lado no tardó en dejarme solo al ver mi falta de interés. Esa noche, al volver a casa, vomité. ... Sin darme cuenta, la morena de la escalera se había sentado a mi lado, era un hermoso ejemplar de ojos verdes y piel oscura. 136

— Me lo estoy imaginando o me estás mirando fijamente. — Te estoy mirando, sí, eres guapísima. — Muchas gracias, ¿cómo te llamas? — Eso no tiene importancia. — Si tenemos que hacer el amor, me gustaría saber antes tu nombre. — No vamos a hacer el amor, estoy buscando una chica. — ¡Ah! Tienes una amiga. — Más o menos, se llama Natasha. — Sí, la conozco, pero qué pena... Natasha va a llegar hoy más tarde, pero yo no voy a dejar que te aburras esperándola. Soy Ana. Así sería que empezaba todo; cómo te llamas, luego dos besos, uno en cada mejilla y luego pide un deseo.... No tenía nada que perder, sólo dinero, invité a Ana a una copa, pues el tiempo de una puta vale oro, y hablamos durante horas, hablamos sin parar. Me explicó que era de São Paulo, un estado federal con más de cuarenta y dos millones de personas, casi las mismas que había en España, que había estudiado comercio exterior y dentro de pocos días volvía a casa de su hermana, en algún lugar de la costa española. Me sentí feliz, bebimos juntos; entre cerveza y champagne, extraña mezcla, reímos. La primera copa se multiplicó por tres o cuatro, ella era una cazadora y yo su presa, y poco importaba si subía o no la escalera que llevaba al paraíso; mi dinero compraba su tiempo sin importar para que lo usara. Ana me explicó historias de su infancia, como había salido con un chico desde los quince años 137

y como después de cuatro años juntos, hicieron el amor; me explicó entonces una de sus primeras decepciones. Aquel día que hizo el amor con su novio, fue también el primer día que su madre le dijo que era una puta. Cuando la hija le explicó a la madre que lo había hecho, ésta le preguntó: — ¿Qué has hecho? — Eso mamá, lo he hecho con él. — ¿Que has hecho el qué? No te entiendo. — He hecho el amor, mamá, con mi novio... Entonces la madre sacó un cable del armario, el mismo que había usado su padre con sus hermanos, le levantó la camiseta y lo blandió con fuerza en el cuerpo de Ana, luego la insultó: — ¡Eres una puta, una maldita puta! Aquel día, no sólo se oscureció la piel de Ana, también se oscureció su vida, su inocencia y quién sabe si su futuro. Más tarde abandonó a su novio y marchó a España a buscar fortuna, o a huir del pasado. Y luego pasaron cosas que quizás es mejor no recordar, hasta que llegó a este sucio bar. Ahí me encontraba yo, junto a ella, en una fábrica de sueños, e imaginé que amaba a esa chica de ojos verdes, como la amaba el novio que abandonó en São Paulo, y estoy seguro, que por el efecto del alcohol, la amé de verdad. A las once de la noche apareció Natasha, estaba espléndida disfrazada de furcia. Nada tenía que ver con la pobre rusa emigrante que se casó con un español generoso, un español ingenuo que se enfadó cuando intenté convencerle de su error. 138

En su cabeza, una mujer había aceptado dejarlo todo, movida por un amor, que quién sabe de dónde había llegado a su corazón, un amor que la hizo sacrificarse, dejando la fría Rusia por una tierra bendecida por el sol. Apenas me vio, Natasha se acercó con cara de asco, no hizo falta que le dijera nada, sabía perfectamente por qué estaba allí. Me saludó sin ganas, me preguntó si no iba a subir con mi amiga, le dije que no, le di la donación de Carlos a las causas perdidas, me despedí de Ana y me fui, pero cuando estaba a punto de salir por la puerta, retrocedí... Seguía allí, en mi mente, su recuerdo, su fantasma, llegué hasta Natasha y le pregunté por ella: — ¿Sabes algo de Irena? –Natasha me sonrió, como sonríe el diablo. — ¿No lo sabes? — ¿Saber el qué? — Se ha casado, y tiene un hijo… guapísimo. Es muy feliz, ¡es muy feliz Leno!... Esa frase continuó sonando en mi cabeza toda la noche... “es muy feliz, es muy feliz, es muy feliz...”. Como las campanas que redoblan por los muertos. Me despedí de nuevo de Ana, que pasó por mi lado. Me miró como un cachorro abandonado, con ojos de quien ya no espera nada de la vida, más que seguir sobreviviendo. Esa última mirada fue la más real que Ana me dedicó en toda la noche, debió ser la misma mirada con que dejó clavados los ojos de su novio, cuando en el aeropuerto Guarulhos de São 139

Paulo, le dijo que volvería en un par de meses. Detrás de sus ojos, Ana dejó deslizar su mano, y mis dedos la buscaron. Quería llevarme de allí al menos una caricia, sus dedos y los míos se entrelazaron un instante. Sí, esa era la verdadera Ana, la Ana que estaba oculta bajo cien capas de incomprensión e ignorancia. Yo no podía hacer nada por ella, salvo respetar ese instante, ese segundo de sinceridad, el segundo en que nuestros dedos se entrelazaron. Al soltar su mano, dejé paso al abandono. Sentí otra vez rabia. Eran los sentimientos que se rebelaban contra la razón, se negaban a olvidar a Irena y la llamaban. Los sentimientos siempre son inmaduros, viven una infancia eterna. Los míos tenían a su madre Irena y esos niños querían ver a su madre, la madre que los había abandonado, que había adoptado los niños de otro hombre. Pero los sentimientos son también sordos y ciegos. La razón no podía explicar a los sentimientos que su madre nunca volvería, que debían buscar otra mamá. Los habría matado en ese momento, quería pedirles que se callarán, que no llamarán más a su madre, pero no podía hacerlo, debía esperar a que ellos perecieran por inanición. Y una vez muertos esos niños, hijos de Irena, nacerían entonces otros nuevos, hijos de otra mujer.

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El secreto Con esos pensamientos llegué a la cama del hotel que me esperaba vacía y al encontrarme con la siempre despiadada soledad, llegó con toda su fuerza un recuerdo, el recuerdo de la venganza, el día que descubrí el secreto. (…) — No podemos seguir así, lo sabes. — Sí, lo sé, ¿qué quieres que hagamos? — Creo que es mejor que lo dejemos. — ¿Quieres dejarme? ¿Es eso? Muy bien Leno, pues vamos a dejarlo si es lo que quieres. — Es lo mejor para los dos. — ¿Y tú vas a seguir con tu terapia, no? Con tu maldito Doctor, que todo lo sabe... — Él no tiene nada que ver con nosotros. — ¿Como que no? ¡Ja! –no fue una risa, fue un simple “Ja” que precedía a la broma pesada que estaba a punto de llegar –. ¿Y vas a ir a Praga a visitar a tu “bailarina”? — Sabes que no tuve nada con ella... — ¡Ja! –la mentira es contagiosa, pensé –. Pues si vamos a acabar, entonces quiero que sepas la verdad. — ¿Qué verdad, de qué estás hablando? — De tu Doctor. — Continúas teniendo celos de él.

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— ¡Claro! Si llevas años explicándoselo todo, hasta cuando follamos. — Estás hablando tonterías. — ¡Ja! –de nuevo ese maldito “Ja”, que me recordaba su risa nerviosa que tanto me incomodaba, pero ese “Ja”, era peor. — Despidámonos como amigos –. Me sentí inmensamente imbécil después de decir eso. — No Leno, no vamos a ser amigos, ni tampoco tu Doctor te va ayudar a salir de tu infierno –. No entendía nada, absolutamente nada de lo que estaba insinuando, pero ella continuó y recordé entonces el último día que escuché a mi padre hablar–. ¿Recuerdas la primera vez que cortamos? — Sí, hacía dos años que estábamos juntos. — Después que me dejaste, fui a verle. — ¿A quién? — A tu doctor, Leno, a tu doctor. — ¿A verle, para qué? — Necesitaba ayuda, yo era extranjera, estaba sin trabajo, ¿qué hacía yo sola en España sin trabajo? ¡Sin nada! — Podrías haber vuelto a tu país, estabas siempre quejándote de lo mucho que lo echabas de menos, ¿qué mejor ocasión? — Sí, desde luego, volví a mi país, ¡qué remedio!, pero antes también me despedí del Doctor. — Las palabras me estaban dejando aturdido, me temía lo peor, pero como suelen decir: “la realidad supera siempre la

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ficción”, sólo que esta vez, la realidad hizo de mí, apenas el títere usado de un teatro olvidado. — ¡Para!, no quiero que sigas hablando. — No, tienes que saber la verdad –. Y así habló Zaratrusta... “La misma semana que me dejaste, fui a verle, le llamé por teléfono a su despacho, le expliqué lo que había pasado, le dije que me sentía muy mal, que no tenía nadie con quien hablar, y él me invitó a pasar a última hora. Me abrió la puerta todo elegante, como cuando fuimos juntos para hablar de tus celos, ¿no te diste cuenta de que ese día no paraba de mirarme? Él no debería haber dejado que yo entrara en tu terapia; ¿por qué lo hizo? Mmm... quién sabe... Así que cuando abrió la puerta, aquel hombre, todo elegante... me lancé a sus brazos. Él me apretó contra su pecho... ¡Ah! Me apretaba mucho, y sus manos se perdían en mi espalda. Yo lloraba desconsolada y él me apretaba todavía más, tenía a tu doctor en la palma de mi mano. No hizo falta que dijera nada, le miré a los ojos, como una ovejita desprotegida y....” —¡Para, para de hablar! —No cariño, no he terminado... “Luego volví a mi país, sí, pero al poco tiempo regresé a España, como bien sabes. Y tú me estabas esperando, tú que me habías dejado, volviste a mí como un niño arrepentido. ¡Y cómo no!, aproveché para saludar también a mis “viejos amigos”, fui a ver de nuevo a tu Doctor. A partir de ese día nos hicimos íntimos, ahora os tenía a los dos en la palma de mi 143

mano. Él me invitaba a comer y a veces me explicaba algún detalle de tus sesiones, pero siempre evitaba hablar de ti, me decía que nuestra amistad no tenía nada que ver contigo, que yo le gustaba porque le recordaba a su mujer cuando era joven. Pero cariño, tú sabes que yo te quería, así que cuando volvieron nuestras discusiones yo quise arreglarlo, por eso un día me presenté en el despacho sin avisar, poco antes de tu visita, le dije que me dejara entrar para que habláramos los tres juntos, entonces me pidió que esperara en la habitación de al lado. Él prometió llamarme, pero no lo hizo y permanecí allí toda la sesión, luego cuando te fuiste me preguntó: “¿No le has oído?, ha hablado de ti todo el tiempo...”. Le dije que no, que no había oído nada. Entonces me explicó como me odias, que ya no puedes estar conmigo, que buscas otras mujeres para escapar de mí... Ahora mi recuerdo te acompañará toda la vida, hasta la muerte, Leno, hasta la muerte te acordarás de mí...”

Más allá del mar No había nada más que hacer en España, era sólo cuestión de cerrar los ojos y dejarme llevar por el sueño, agotar mi última noche en los brazos de esta “mala” madre en que se ha convertido mi país, una madre que me negó su reconocimiento, que me dio la espalda, que me ignoró... Aunque yo quiera amarla, eso no importa, ella me muestra su desprecio una y otra vez. Ahora, Sueño, envuélveme con tus brazos... 144

—¿Qué

me hace diferente de aquél de allí arriba? –pregunto a Morfeo que está sentado junto a mí. —¿Quién? —Aquél, aquél que me mira de reojo... —¿El que nos sonríe? —Sí, a veces, con sonrisa hipócrita. —¡Ah!, pero es que a ése le costó mucho llegar hasta ahí. —¿Mucho? Dime cuánto... —¡Uf !, de pequeñito se pasaba horas y horas cantando. —¡Ah! pero ¿le escuchaban sus padres? —Claro, ahí estaba su madre dándole a las palmas mientras su retoño emocionado entonaba "Maria de la O". —Ya, espera que voy a buscar un video de cuando hice un recital en la escuela de música. —¡Anda, pero si eres tú! no sabía que tocaste ese día. —Mis padres tampoco. —Parece que hay rencor en tus palabras. —¿Rencor? que va, les estoy eternamente agradecido, me trajeron al mundo. —¿Y qué paso con tus clases de música? —Solía tocar en casa tres o cuatro horas diarias, hasta que me rompí el escafoides practicando artes marciales. —¿Una persona tan sensible como tú, practicaba deportes tan violentos? —Ya ves, me gustaba Bruce Lee, él era una estrella. —¿Y entonces qué pasó?

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—Estuve

tres meses con la mano escayolada y un año sin

poder tocar. —Joder, que putada tío... pero bueno, accidentes así los tiene todo el mundo. —Sí, eso no fue nada, ese año no me examiné, pero lo hice al año siguiente. —¡Pero si yo estaba allí, te escuché!. Les gustaste mucho a los del Liceo, dijeron que nunca habían escuchado a nadie interpretar a Bach como tú. —¡Vaya!, eso no lo sabía... Pero en fin… Amigo, me gustaría seguir hablando contigo, pero tengo que irme, hoy estoy de entierro. —Vaya hombre, lo siento, ¿quién era? —Un desconocido pero entrañable personaje, un hombre ingenuo que nació creyendo que todo el campo era orégano y se despertó cubierto de fango. —¿Nos volveremos a ver? —No lo sé, después del entierro salgo de viaje. —¿Adónde vas? —Sólo hay un lugar adonde puedo ir. —¿Más allá del mar? —Más allá del mar, sí señor. —A propósito, un beso y una flor para tu amigo. —De tu parte.

Barcelona, marzo de 1998 146

Intermezzo -en Italia-

1999... Don't give up —Tengo aquí el coche, ¿no quieres que te lleve a casa? —¿Y luego...? —Luego nos despedimos como buenos amigos –. La chica me sonrió, reconociendo la hipocresía de mis palabras. —No estaría bien que nos enrolláramos en nuestra primera noche. —Creo que lo que no está bien es poner puertas al campo. —¿Y después de esta noche?, ¿cuándo nos volveremos a ver? —Cuando tú quieras. —¿Me lo prometes? —Te lo prometo. —Puedo llegar a enamorarme de ti, te pido que no juegues con mis sentimientos, por favor Leno. —No estoy jugando, tranquila... ¿Por dónde se va a tu casa? —¿Conoces la Riviera del Brenta? —Ni idea, apenas llevo aquí tres meses. Al entrar en el coche, ella me miró sin el mínimo sentimiento de culpabilidad y eso me hacía sentir bien. —Pide un deseo. —Ya está. —Ahora cierra los ojos. —Pronto... ¿Y ahora? —Ahora dame un beso bobo...

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Puede que todos los hombres sean iguales, pero yo quería ser diferente. La chica que acababa de conocer es la primera mujer que me habla de sentimientos después de mucho tiempo. La luna blanca es la misma que me iluminaba en España, pero el cielo parece estar adornado con nuevas estrellas. Seguía con atención las indicaciones de mi nueva compañera, pero no podía evitar que mi mirada se perdiese entre sus ojos, negros y brillantes como dos granos de café incrustados en dos diamantes, y sus piernas cruzadas, que parecían querer desafiar la ley de la gravedad, elevando el ánimo de un hombre más allá de las estrellas. —Estás muy callada. —Estaba pensando, dime, ¿qué has venido a hacer exactamente aquí? —¿A Italia? —Sí, a Padova, a Italia... Éste es un país caótico, y todavía entiendo menos cómo has podido cambiar Barcelona por una ciudad tan aburrida como Padova. —Yo odio Barcelona. —Madonna santa!, yo daría cualquier cosa por vivir allí. —Pues ya ves, a mí me encanta esta ciudad. Mi sueño era vivir un día en Padova. —Ya lo has conseguido. —Me queda todo por hacer, apenas tengo un trabajo y una habitación de alquiler en las afueras de la ciudad. —¡También tienes tu perrito! —Lobo es mi hijo. 150

—¡Ja, ja, ja...!, hablando de hijos ¿no será que me estás engañando y tienes tu mujer y tus hijos esperándote en España? —¿Tengo yo pinta de turista? —Tienes pinta de español, lo que eres. —¿Turista español? —De español perdido. —¿Y por qué no me ayudas a encontrarme? —De momento voy a ayudarte a encontrar mi casa, pero si no prestas más atención a la carretera vamos a tener un accidente. —Entonces no me provoques. —¡Ja, ja, ja...! Ése era el consejo que me daba siempre mi padre, “hazlas reír”, de hecho es lo único que me aconsejó en toda su vida, y luego ellas no paran de repetirlo. Como la famosa de turno que con la cara manchada de polvo y rímel, sonríe a la cámara mientras intenta no olvidar las tres frases que su manager le ha obligado a aprender de memoria... . Y mientras ella intenta recordar las frases mágicas, una periodista con gafas de intelectual y sonrisa manchada de café le pregunta: La famosa entonces sale de su letargo, da un grito... . La periodista se da media vuelta, se va a tomar otro café para seguir manchando su sonrisa, y por mi cabeza pasa siempre la misma pregunta, ¿por qué las mujeres no buscan al hombre ideal en el circo? —Hemos llegado. —¿Qué pueblo es éste? —Estamos en Strà. —Parece tranquilo, me gusta. Otro día voy a volver, quien sabe si encuentro algún apartamento por esta zona. —¿Sólo a eso vas a volver? —Y a verte a ti, claro. —¡Ay, ay, los hombres! Todavía no sé si dejarte entrar, tengo la impresión de que te quieres aprovechar de mí. —Podemos aprovecharnos mutuamente, así no te sentirás una mujer víctima. —En el fondo me gusta. —¿Sentirte víctima? —Tal vez... —Cierra los ojos y pide un deseo. —Ya está, ¿y ahora? —Ahora dame un beso y las llaves de tu casa, vamos adentro. Ella me dio la mano cuando bajó del coche y nos dirigimos piano piano a la primera puerta que me separaba del objetivo. Estando tan cerca de conquistarlo era mejor reducir la velocidad, apenas una farola con bombillas de bajo consumo 152

alumbraba el campo de batalla que ahora aparecía ya desprovisto de defensas. En el portal, mientras ella intentaba abrir la puerta sin perder mis manos de vista, acabé por derribar los últimos muros de contención. Era apenas una conquista más, pero eso ella lo averiguaría después; en el fulgor de la batalla yo mismo me creía mi papel, por eso le repetía una y otra vez que la quería, lo cual era (por cuestión de tiempo) imposible, y quien diga lo contrario miente. — Nunca me había pasado esto con nadie –dijo ella suspirando. — A mí tampoco. — Bésame, cariño, bésame, quiero sentirte muy cerca. — Vamos arriba, o vamos a despertar al vecindario. Una vez dentro y con la puerta del piso cerrada a mis espaldas, no había nada que temer, atemperé las aguas que bajaban turbulentas, la plaza estaba conquistada, era el momento de saborear las mieles de la victoria. — ¿Quieres beber algo? — Quiero beberte a ti. — ¿Toda? — Hasta la última gota. — ¿Y a qué estás esperando? Fue entonces que ella encendió el televisor. Era la hora de las salas vacías, la hora de los insomnes, la hora en que es posible usar la televisión para algo más que para contaminarse con imbecilidad y mal gusto. Era la hora en que los directores de las cadenas de televisión están durmiendo, y por tanto, dan 153

un descanso a sus “cruzadas” para idiotizar a la raza humana. Lejos de millones de miradas, aparecieron ante mí, un hombre y una mujer abrazados, eran Peter Gabriel y Kate Bush interpretando una canción: Don't give up. No era la primera vez que veía ese video musical, pero sí la primera vez que removió mi conciencia, haciendo que de repente me sintiera... tan sucio. En la pantalla, Peter y Kate abrazados, cantaban al amor y de fondo, una luna que iba menguando. Apenas una imagen inmóvil de un hombre y una mujer abrazados, y una música tan deliciosa que amansó la bestia que vivía dentro de mí. Miré a mi compañera con ternura, por primera vez en toda la noche. — Tienes razón. — ¿En qué, a qué te refieres Leno? — No estaría bien que nos enrolláramos en nuestra primera noche, para eso ya habrá tiempo, si el tiempo así lo decide, pero me gustaría quedarme a dormir contigo. — ¿No te gusto? — Sí, claro que me gustas, es sólo que... — Ven, no te preocupes, vamos a dormir. ¿Qué culpa tenía ella de mi rabia? No era justo para ninguno de los dos, sabía perfectamente que el único sentimiento que circulaba dentro de mí esa noche era la venganza. Yo tenía que ser mejor que ellos, que todos los demás; si me dejaba llevar por la rabia, los fantasmas ganarían de nuevo la partida, porque eso era lo que querían, continuar controlando mi vida para llevarme por caminos que yo no quería recorrer. Una cosa 154

era conquistar para amar y otra, muy distinta, conquistar para odiar. ¿Qué culpa tenía ella? Con esos pensamientos me dormí en los brazos de una chica desconocida. — Buenas noches, español misterioso... — Buenas noches princesa, ¿sabes que me pareces una persona estupenda? — Y tú eres muy gentil, ahora duerme... En un lugar especial de mi memoria guardé el beso en la mejilla con que su boca me deseó felices sueños.

2000... Lobo . — Hola mi niño... ¿cómo has dormido? — — Ven aquí, toma... — — ¿Quieres uno? Dame la patita... — “Por la raja de tu falda, yo tuve un siniestro con un seat Panda...”

“Yo no puedo estar parado, con las manos tan vacías...”

. 156

Qué, Lobo!, ¿nos vamos a dar una vuelta? — . — ¡Lobo! — . — He pensado que podemos ir hoy a las colinas Eugenei. Nunca he estado allí y sería una buena ocasión para hacer fotos. — . (…) ¿Quién quiere ser inmortal? Lobo observa la montaña que se eleva enfrente de nosotros, luego levanta su nariz buscando olores que yo ni siquiera puedo imaginar, se adelanta. Voy detrás de él, silencioso, no quiero distraerle... Comprendo que sólo la naturaleza es la reina de este planeta. A mis espaldas voy dejando la ciudad que se despide suspirando, al tiempo que su garganta desgarrada tose un humo negro imposible de disimular. Lobo, de vez en cuando se gira, esperando mi confirmación: “¡sí, vámonos!” La montaña no tiene dueño, a pesar de su cordialidad, su enigmática simpatía; es indomable. Unas veces te hospeda con una sonrisa, otras, enferma, te avisa sin doblez; las veces que está enfadada protesta con la fuerza de quien sabe que tiene razón. Lobo camina con firmeza, absorbiendo la energía de su anfitriona, mientras yo, simple aprendiz, observo. Caminamos por un bosque, sonrío, veo mi sombra balancearse, de vez en cuando me giro y llamo a mi compañero que llega corriendo y a su vez también sonríe. Escucho el canto de los pájaros, a lo lejos diviso la cola de un conejo que 158

salta asustado, espoleado por el olor del depredador. Frente a mí, las montañas, promontorios verdes que se prolonan hasta el mar. Canturreo una canción, Lobo corre tras su presa, pero es sólo un juego; el conejo desaparece en la foresta y mi amigo gruñe enfadado. Aquí en el bosque hay otro amigo, un gigante de más de cinco metros de altura, es un amigo mudo que me cobija bajo su copa. Desde que descubrí este lugar, realizo siempre el mismo camino y al llegar a este árbol inmenso, me siento apoyando la espalda en su tronco, ahí recupero la calma. El árbol me da la paz que no encuentro entre las personas, quizá porque las raíces del árbol son profundas e inamovibles, quizá porque sé que a pesar de las inclemencias, a pesar de todo, el árbol estará siempre allí, esperándome, como mi amigo Lobo; al igual que el árbol, él estará siempre ahí, incondicionalmente, bajo un pacto sin firma y silencios llenos de comprensión. Al atardecer regresamos a casa, me despido de la montaña que comienza a vestirse de negro, preparándose para una cena de gala con su amiga la Luna, que a veces la ilumina radiante, y otras tímidamente recubre su faz de sombras inquietantes que mantienen alejados a los curiosos, y en vela a los escritores, para inventar nuevas historias de terror con que asustar las almas sedientas de adrenalina. —¡Vamos Lobo, es hora de volver a casa! —. 159

2001... Tiempos extraños ¿Alguien no se ha dado cuenta de que vivimos tiempos extraños? Hay demasiado ruido ahí fuera y quizá Dios debería dar un golpe en la mesa para que todos calláramos de golpe, pero entonces tal vez nos volveríamos todos locos al darnos cuenta del absurdo en el que vivimos, si es que no lo estamos ya. Desde que llegué a Italia, en mi empeño de buscar nuevos horizontes, comencé a estudiar análisis financiero, así que desde hace tres años observo cada día el movimiento de los mercados de inversión, y no puedo evitar relacionar esos movimientos con nuestra sociedad. En los mercados hay tendencias alcistas, bajistas y laterales, donde aparentemente nada se mueve, aunque todo está en continuo movimiento, porque mientras el gráfico dibuja una línea más o menos recta, grandes inversores han comenzado ya a invertir en valores que en un futuro cercano subirán como la espuma, (o supuestamente lo harán), pero en el gráfico esto todavía no se ve. Mi vida se acostumbró desde pequeño a la tendencia bajista, y ahora en Italia, parecía haber entrado en una tendencia lateral, donde aparentemente, nada se mueve. Voy y vuelvo del trabajo con la misma expresión en el rostro, reflejo del tedio. Mi gran 160

amor, la música, parece también haber entrado en un eterno movimiento lateral que dura ya casi dos décadas. De vez en cuando hay un pico y luego todo vuelve donde estaba. Nada parece moverse, cada año surge una nueva banda en el mercado que va a revolucionar el mundo de la música, pero su subida es tan efímera como su repercusión en el arte; lástima que nadie recuerde que los Beatles estuvieron muchos años en la sombra antes de comenzar a tener éxito. Para comenzar se fueron a tocar a un club de Hamburgo, cuando eran un grupo del montón, y allí estuvieron un año tocando ocho horas diarias o más, para transformarse en lo que fueron y en lo que son, a base de trabajar, de tocar todos los días. Otra cosa que nadie recuerda es que consiguieron su primer número uno, Please please me, siendo unos perfectos desconocidos, y que antes de grabarlo, George Martin les “amenazó” con obligarles a cantar un tema ajeno, de un compositor de éxito que les garantizaría ese número uno deseado. Y hablando de ruido, tal vez sea cierto que ellos fueron impulsores del ruido, el de las fans que no dejaban de chillar en sus conciertos, pero sus fans de entonces están ahora cobrando la pensión o en algún sitio peor, y sus canciones en cambio, con el paso del tiempo son siempre mejores. Además ellos rechazaron ese ruido, retirándose de los escenarios para ser fieles a la música. Gracias a eso, después de su retiro grabaron tres álbumes inolvidables que encuadran su “lustro de oro”: Rubber Soul, Revolver y Sargent Pepper's Lonely Heart Club

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Band. Si hubieran continuado rodeándose de ruido de buen seguro que no hubieran grabado nunca esas obras maestras. Con los Beatles comenzó un movimiento alcista que duró un par de décadas, pero al igual que la bolsa, con caídas cada vez más grandes y prolongadas, hasta caer en una tendencia bajista que nos lleva hasta nuestros días, y ahí estamos, formando un suelo de donde creo, es imposible llegar más abajo, que evoluciona, al igual que mi vida, en un eterno movimiento lateral donde aparentemente nada se mueve. Pero repito, aparentemente, porque estoy seguro de que algo se está moviendo detrás de tanto ruido y fuegos artificiales, pero mientras el ruido lo inunde todo, es difícil salirse de ese ciclo anodino e insubstancial. También aprendí que en los mercados financieros, cuanto más fuerte parece una tendencia, (entre los economistas llaman a esa fase, éxtasis), más cerca está su final. Espero que estemos llegando al éxtasis del absurdo y el sin sentido porque eso querrá decir que nos espera un periodo realmente creativo en el mundo de la música. Mientras tanto seguimos con el festival de fuegos artificiales, y no puedo sacar de mi cabeza un poema de Juan Dios de Peza dedicado al actor y dramaturgo británico, David Garrick: Reír llorando. Yo intento parecerme a él, sin ser poeta quiero escribir poesía, y volcar en ella mi tristeza, o mi alegría...

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Poema 1 (del amor y la mentira) En este mar de dudas donde vivo, escucho latidos en el silencio, de un amor perdido hace tiempo que ya no ríe junto a mí. Me despierto a medianoche y camino, entre flores de un sueño, ahora callado, escondido... en un bosque de mentiras, te recuerdo.

Poema 2 (del amor y el desencuentro) Cuéntame aquel cuento que inventamos para amar. Háblame de mi tristeza, háblame de tu alegría. Te recuerdo, tan lejana, y al escribir te fundes con el tiempo, ¿dejarás de estar en mi recuerdo? O cantaremos siempre tu canción, la canción del desencuentro.

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Poema 3 (del amor y la despedida) Abre las puertas de par en par y deja entrar el aire, abre los ojos, ocultos tras el miedo y mira al cielo. Abre las manos que tocan mis labios y dime adiós Escucha el llanto entre la risa y luego espera... Recoge al niño abandonado, y luego vete, y luego olvida.

2002... The Beatles . (…) —Diga... —Leno, soy Giuliana, ¿va todo bien? —Sí, ¿por qué? —Hace semanas que no sé nada de ti. —Trabajar de noche me consume, y después no me quedan ya ganas de nada. 170

—¿No has cambiado de idea? —¿Sobre? —Tu marcha. —No, lo tengo decidido. —¿Y qué tal tu viaje a España? Me prometiste que me llamarías cuando volvieras, ¿viste a tu amigo? —Sí, pasamos todo el día de mi cumpleaños juntos, realmente me sentó bien volver a casa, lo necesitaba. —También te he llamado para invitarte esta noche a tomar unas copas con unos amigos, creo que hoy es tu día libre. —Claro, cuenta conmigo.

Fin del intermezzo

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El diario de Leno

En Italia 2003 ¡Qué extraña la niebla en esta ciudad! Ella está sólo a unos centímetros de mí, mientras habla mueve sus manos y a veces riendo me da un empujoncito; yo me balanceo pero debido a la ley de la gravedad me coloco de nuevo en vertical y en paralelo al origen de la fuerza que provocó el movimiento, llámese Giuliana. ¡Ah! si todos los empujones fueran como los de Giuliana... Si todos los empujones fueran así de inofensivos, el mundo no sería el que es, porque según nos cuenta la Biblia el origen de todos los males está en el empujoncito que Eva dio a Adán incitándole a comer la manzana. No hay constancia de ello, pero intuyo que la mujer animó al primer varón poniendo su mano sobre su brazo, del mismo modo que Giuliana hace conmigo y esto bastaría para demostrar que la estupidez del hombre no tiene remedio, que después de miles de años seguimos cometiendo el mismo error. Porque sé que Giuliana me ofrece una manzana envenenada y a pesar de ello la acepto, por eso río cuando ella ríe y me balanceo con una fuerza proporcional a sus embistes. Entre risa y risa mi vista se 173

pierde por la ventana empañada y en la calle la niebla lo envuelve todo, lo cual es reconfortante, porque dentro estoy en un pub irlandés de la ciudad del santo, pero fuera puede ser cualquier lugar, cualquier tiempo. Fuera el tiempo puede haberse detenido a esperar que un día me dé cuenta de mi error y decida volver, pero... ¿volver a dónde?, ¿volver a quién? Cinco años puede ser poco tiempo o puede ser una vida entera. Los primeros cinco años son los más importantes en la vida de una persona, dicen; en ellos aprendemos a ser buenos o comenzamos a cultivar las semillas de las que van a crecer las malas hierbas, ésas que cuestan más de cortar con el paso del tiempo: la envidia quizás, la ambición, el egoísmo, la hipocresía, o el odio, semilla que está en cada uno de nosotros pero a la que es mejor no dar ni una gota de agua. Se comienza odiando al primero de la clase y se acaba conspirando contra el presidente del gobierno. Cinco años en Italia pueden servir para aprender o pueden servir... para morir. En el pub irlandés de la ciudad del Santo observo a los italianos sentados en torno a las mesas de madera gastada. Giuliana apura los últimos sorbos de un té de frutas tropicales y yo la acompaño bebiendo cerveza checa, ¡somos todos internacionales! Enfrente una pareja que dicen ser sus amigos ríen complacidos, ajenos a mis miradas, ajenos también a las palabras de Giuliana que en vano intenta llamar su atención; los dos se fueron hace tiempo a una isla desierta donde nutrirse uno del otro: "Ahora te toco la pierna, ahora la nariz, 174

ahora te sonrío y tú me sonríes, ahora te miro y tú me miras, yo hablo y tú ríes, y ahora... y después...” ¿Y los demás? ¿Y el pub irlandés? ¿Y el mundo? Vaffanculo! Ahora mientras Giuliana me pregunta cuántos días voy a quedarme yo miro el reloj y pienso que ya es demasiado tarde, que llevo cinco años de retraso, pero no puedo ser tan sincero con mi amiga. —El tiempo de preparar las cosas y dejar todos los asuntos cerrados. —Pero... ¿tienes que irte a la fuerza? —Ya lo he decidido. —Lástima, creo que hay muchas cosas que esta ciudad puede ofrecerte todavía pero quizá no has encontrado a las personas adecuadas. —Quizás... Luego sonrío a esta mujer italiana de ojos brillantes y sonrisa deliciosa; lo demás no importa, los ojos de Giuliana me dicen que la vida ha sido injusta con ella, que no tuvo padres que la ayudaran a crecer, que su primer amor murió antes de poder vivirlo y el último acabó con su juventud. En el pub irlandés es hora de cerrar y el protocolo dice que el tiempo para una cita entre amigos ha terminado. —¡Brindemos! –exclama Giuliana de improviso. —¡A tu salud! –grito yo —¡Por el amor! —¡Por el amor! –repito, sin saber por qué. 175

—¡Por el amor! –repiten los amigos de Giuliana, que han regresado de la isla desierta. La ciudad está casi vacía, de nuevo llueve. Miro detrás de la pequeña ventana de mi cuarto y me imagino que a través de la lluvia veo aparecer a Lobo, mojado y divertido. Trota con paso alegre, dando saltos, salpicándose el agua una y otra vez, hasta llegar apenas a un metro de mí, entonces salta hasta la altura de mi cintura, esperando una vez más mis caricias; sí, lo echo de menos. Cinco años más tarde, no hay nada que hacer, tengo todo el día por delante y todo el tiempo del mundo, y eso es malo para mí, porque el recuerdo aprovecha cualquier momento para volver, con rabia, con rencor. Ese es el peligro de esperar, volver a recordar. Padova parece estar lejos de Ciudad del Mar, pero es sólo una distancia física, en realidad todo está tan lejos como quieran nuestros recuerdos. Nadie entiende porque estoy aquí, puede que yo tampoco. Y sin embargo, continúo, sumergido en la niebla de Pratto della Valle. Veo a mi alrededor como los padres en patines siguen a sus hijos, dando vueltas en torno a las estatuas, que miran pero no ven. Cada día, por la mañana, por la tarde, turistas que llegan para honrar los restos de San Antonio, turistas grotescos con sus cámaras compactas, que hacen fotos al aire, donde a veces se refleja una sonrisa o unos ojos que parpadean, justo en el momento en que se produce el scatto. Mientras de fondo, la catedral, la estatua de Dante, el 176

palacio rojo veneciano, se mantienen día tras día, tras meses, tras años de soportar la misma escena; una, dos, decenas, cientos, miles de veces. Los millones de scattos lanzados al aire resuenan en las piedras, suena el eco del disparo y el eco de la risa sin país, sin origen, una risa internacional, vacía y denunciante de la pobreza, de la tristeza del extranjero que viaja sin saber adónde va; sólo sabe que va, que está y que luego regresa de nuevo a su casa, para explicar entonces que estuvo allí y que ha podido volver para contarlo; al vecino, al familiar, al amigo que se sorprenderá. Eso es el turismo, contar lo que no se ha vivido, contar lo que el otro no ha visto, para ser escuchado, quizás admirado y por supuesto, envidiado. Paseaba por el centro de Pratto della Valle y observaba, yo también con envidia, como algunas parejas estiradas en la hierba se tocaban. Hace tiempo que no practico esos juegos y tengo miedo del mañana que me llama cada día un poco más fuerte, y a veces se alía con la soledad para llamar a mi puerta, con un golpe seco e implacable. Llegué a la altura del hotel Buenos Aires, me detuve en la puerta, allí conocí a Robaina. Miré hacia el mostrador de la recepción, donde una chica desconocida me saludaba, debe ser nueva, pienso. Decido seguir, pasar de nuevo por la basílica de San Antonio, no me santiguo, no creo en cruces y santos. Seguiré subiendo las calles de esta ciudad vieja hasta llegar a Piazza dell’Erbe, ahora ya sé dónde está.

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Robaina era albanesa, llegó a Italia con trece años y seis años después todavía no había conseguido la nacionalidad italiana, continuaba siendo una extranjera. Me explicó que fue adoptada por una familia, pero no por qué no estaba ahora con ellos. Poco sabía de ella, sólo retales de su corta pero al parecer intensa vida, que además sospechaba no fueran del todo ciertos. Si lo eran, todavía no había perdonado a su familia, (la abandonaron), no quería saber nada de ellos. Ahora su familia era un grupo de amigos, dos chicas y un chico, que compartían con ella la habitación de un hotel y que iban juntos a todas partes. Trabajaban para un hombre mayor, un representante de muebles, me dijo o me mintió; me explicó también que tenía una historia con él. — Ma non è una “storia importante”... –añadió, y entonces empecé a cantar imitando la voz de Eros... — “Tantas cosas he aprendido hoy, pero siento que aún... una historia importante...” –ella se rio. De nuevo apareció la niebla. Al igual que Robaina, siento que nunca he vivido el momento que me corresponde. Mis padres segaron mi infancia cuando tenía once años, así que siendo un adolescente aun sentía añoranza por juguetes y juegos que ya no me pertenecían; mi madre dilapidó lo poco que aún tenía cuando regaló todos mis juguetes a un primo más pequeño que yo, ni siquiera me pidió permiso. Más tarde, cuando aún me envolvía la nostalgia por la infancia, comencé a sentir la fuerza que inevitablemente me llevaba a las mujeres, y entre 178

estas dos aguas comenzó el infierno. En medio de ese infierno de la adolescencia, en media de la nostalgia por el pasado perdido, y aún, cuando el futuro era una nube oscura de tormenta, en medio de todo eso, los perdí a ellos, las personas que se suponía, debían cuidar de mí. Desde el día que comencé a escribir este extraño libro, he estado evitando hablar de ello, no quiero recordarlo, pero si no lo hago, su recuerdo seguirá insistiendo para salir. Acabemos de una vez con esto. Estoy cansado de tener miedo, acabemos con el recuerdo del día en que todo acabó y todo empezó al mismo tiempo.

El día D Mi amigo se salvó de la quema ese trágico día, mi amigo... cómo lo echo de menos. Él fue la excepción en mi vida, no pertenecía al grupo de personas con las que yo me relacionaba, aunque siempre estaba invitado. Por eso no vino aquel verano a descubrir Chequia, no le gustaban mis amigos, tampoco Irena le gustaba, pero la respetaba; en realidad respetaba mi vida e Irena era parte de ella. Sólo una vez conseguí que viniera al hotel, ese día vino con Cristina, su mujer. Hacían una magnífica pareja, ¡qué distintos éramos! Esa noche me fijé como ella lo trataba, me fijé en la sinceridad de sus gestos, en que no había palabras fingidas, no había

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exageraciones, sólo amor, simple y puro, entonces mi relación parecía una caricatura. Éramos diferentes, sí, tan diferentes. La noche de hace veinte años, nuestras vidas todavía corrían paralelas. Iba a quedarme a dormir en su casa, como hacía siempre el día de su cumpleaños. Me presenté con mis padres a primera hora de la tarde para ayudar a preparar la fiesta, él llegaría más tarde. Nuestra amistad es casi genética, nuestros padres ya eran amigos desde la infancia, luego lo fuimos él y yo, y si tuviera un hijo, sería sin duda el mejor amigo de Jose. Nada hacía prever el trágico final de aquel día, un día que se prometía feliz para todos, hasta para mí que comenzaba a sentir una calma desconocida después de años de terapia. Mi padre parecía salir del foso oscuro del alcohol, y los moratones en el cuerpo de mi madre se espaciaban cada vez más en el tiempo. Así que llegamos los tres sonrientes. A las cinco de la tarde, el sol aún dominaba sobre las montañas, pero si hubiera mirado al Oeste, habría visto que unas nubes negras presagiaban tormenta. Colocaba los últimos platos en la mesa, charlaba cariñosamente con quien yo consideraba una segunda madre, la única mujer que leía cuentos para dormir. Allí en la cocina, se escucharon los primeros truenos, era la voz de mi padre, que aprovechaba las ocasiones especiales para dar un descanso a la abstinencia, mientras mi madre se abstraía viendo un programa de televisión, donde un hermano gritaba a otro hermano, ante millones de personas: “Me la vas a pagar 180

cabrón... que de mi nadie se burla...”. Millones de personas al igual que mi madre se abstraían viendo un circo donde los payasos ya no hacen el payaso, sino el imbécil; un circo donde los niños ya no ríen, ahora lloran, porque los adultos les han quitado el puesto en la primera fila, para no perder detalle de la función. Al igual que millones de personas, mi madre no quería escuchar, ella intuía lo que estaba a punto de pasar… — Tú te crees siempre muy listo, lo sabes todo –. Fui corriendo hasta la sala, los dos hombres estaban uno enfrente del otro. — Papá, por favor, cálmate, hemos venido al cumpleaños de mi amigo. — ¡Cállate niñato!, estás siempre en medio de todos los follones, esto no va contigo. — Eso sí que sabes hacerlo, insultar a tu hijo, a tu mujer, y pegar, eres muy valiente con los niños y las mujeres. — Te voy a romper la cara como no te calles. — No, no vas a hacer nada, ahora mismo te vas a ir de mi casa, ya me he cansado de aguantarte. — ¡Vaya con el señor!, ¿así que me aguantas? Mi padre comenzó a reír, conocía esa risa, la estaba escuchando desde que tengo memoria, normalmente era el preliminar de la próxima paliza, que nunca se sabía sobre quien iba a caer. Fue entonces que lo dijo (…) soltó aquellas palabras al aire, como si fueran sólo unas palabras más, pero no lo eran, y fue, como si realmente un rayo partiese la casa por la mitad. Y después de decirlo, mi padre continuaba 181

riendo; mi madre, “mis madres”, las dos comenzaron a llorar. Mi amigo, que entró por la puerta, quedó paralizado, esperaba un pastel de bienvenida y llegó justo a tiempo para asistir al “canto del cisne”. Mi padre reía, lleno de vida, lleno de odio hacia quien había sido su amigo, sentía el peso de sus palabras golpeando la cabeza de su contrincante. Nunca más he visto una pelea tan desigual, donde las palabras golpearan a alguien con tanta fuerza. El destino, ese extraño personaje inventado por el hombre, me ordenó esa noche quedarme allí cuando mi padre victorioso cogió a mi madre de la mano y salieron por la puerta. Estaba eufórico, había vencido por KO y en ese momento no le quedaban ganas ni para atizarme de nuevo. Así que me dejó, en el campo de batalla humeante, como había hecho tantas veces; cuando volvía borracho a casa, cuando dejaba a mi madre llorando en el suelo o cuando la dejaba apaleada en un rincón oscuro, una vez más me dejó recogiendo sus estragos. Antes de salir, mi padre tuvo la dudosa amabilidad de felicitar a mi amigo... “Feliz cumpleaños, hijo... qué pases un lindo día...”, luego le sonrió sin malicia y vi por última vez su espalda. No era la primera vez que conducía borracho, pero sí fue la última. Mientras mi amigo y yo nos íbamos al piso de arriba a ver una película, y él me preguntaba qué había ocurrido antes de su llegada, el coche de mis padres derrapó en una curva de la carretera de Mata; parece ser que la muerte fue instantánea.

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— Nada, nada importante, pero ya conoces a mi padre, apenas bebe un poco no sabe lo que dice. Fue la primera y única mentira que le conté. Al día siguiente vino la policía a darnos la noticia, y unos días después me mandaron al sur, a vivir a casa de mis tíos. Qué extraño, apenas siento nada por haberlos perdido tan pronto. Sentía más dolor por las últimas palabras que mi padre pronunció, aunque no fueran dirigidas a mí. Desde entonces, cada vez que hablo con mi amigo, tengo miedo, a que le asalte la curiosidad y me pregunte de nuevo, y yo no tenga coraje para mentirle otra vez. Aquel día cambiaron las tornas, por primera vez sentí que era yo el protector y no dejaría que mi amigo entrase en el mundo en el que yo vivo, el mundo donde las madres no leen cuentos a sus hijos, el mundo donde el padre llega a casa y pasa por tu lado sin mirarte, y casi te pisa; o te entrega indefenso a un mundo lleno de lobos, sin ni siquiera una pequeña navaja para defenderte, o te regala apenas un puñal negro de goma, ya resquebrajado, que el niño de otros padres ha dejado olvidado en la mesa de un restaurante. Y ese único regalo, ya usado, ya abandonado por otro niño, lo conviertes en un tesoro, en el mayor tesoro que un niño puede tener de su padre, un puñal negro de goma usado, luego te lanza al mundo: “Ahora camina, hijo, camina por el mundo y defiéndete de los lobos, con el puñal negro de goma usado...”

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Ése es el mundo animal que me ha tocado vivir, un mundo de fuerza y selección, donde no hay lugar para miedos ni dudas. Sólo gana el más seguro, no el más bueno ni el mejor, ni siquiera el más fuerte, sólo el más convencido o el más agresivo; por eso el mundo “civilizado” se despedaza, se destruye generación tras generación. En este mundo la mujer tiene mucho que decir, esa mujer que dice estar en plena revolución, pero... ¿qué revolución? ¿Acaso ellas dan alguna posibilidad al hombre que llora, al hombre que canta al amor o simplemente, al hombre que aún es capaz de vibrar por el roce de una mano femenina? La noche está llena de zombis que saltan al ritmo de una música automática, el hombre mono ha vuelto a nacer y da saltos enfrente de la hembra amazona, ambos se miran sin saber que ven, son animales que se tocan, gruñen, gritan, pero no vibran, porque la nada lo envuelve todo. Esta noche me había prometido escribir a mi amigo, pero una vez más el sueño me sirve de excusa para no hacerlo, tal vez mañana, tal vez... encuentre el valor.

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Veneto, 21 de febrero, 2004

El amigo – capítulo V “Me quedan muchas cosas que contar, quedan secretos por

descubrir, pero por ahora ya hay bastante. Tal vez un día, cuando también aquí me rodeen los fantasmas, me decida a escribir de nuevo. Cuando abandone la tierra prometida, tal vez entonces deje mi recuerdo por escrito de lo que fueron, o serán, mis últimos días en la ciudad del Santo. Leno, Padova, agosto 2003 ”.

Pieno, per favore –. Las últimas palabras que Leno escribió, continuaban en mi cabeza dando vueltas. Es la primera vez que hago algo sin pensar, como él acostumbraba hacer, ahora debo encontrarlo antes de que pierda su pista –. Scusi, parla inglese? — Usted è spagnolo? ¡Hola! Io hablo español... sono descendiente de arllentinos. ¿En qué posso ayudarli? — Verá… Estoy buscando un pueblo llamado Strà. — ¿Strà?, me suena, credo que está antes de arrivare a Padova. Déje que mire il mapa –. El hombre fue a la oficina y volvió con un viejo papel arrugado –Eccoliquà! Es muy piccolino, debe continuare, toda la strada antigua del Brenta, vai —

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encontrar prima otro pueblo più grande chiamato Dolo, está un poco dopo di Dolo. ¿Prima volta en Italia? — No, ésta es mi segunda visita, ya estuve antes hace unos años. — ¿Gusta... gusta Italia? — Italia è bella, si... Pero me diga, ¿hace siempre tanto frío aquí? — Dipende señor, pero lei ha venido en la mejor época. — ¿Cómo así...? — ¡Estamos en Carnevale! ¿Nunca prima qui, por Carnevale? — Sí, una vez, hace años, pero ahora ni había caído en la cuenta. — Allora non è venuto per il carnevale?Ma signore! Non puede ser, tiene que divertirse. — Grazie, lo intentaré. — E non haga atenzione a quello que ha dicho il Profeta, ¡tutto bugie, tutto! — Bugie? — ¡Mentiras!, tutto mentiras señor, questo hombre sempre miente. Podría preguntar al amable hombre de la gasolinera si ya había hablado antes con otro español, una pregunta estúpida por otra parte. Está claro que sí, por su situación, esta gasolinera debe ser frecuentada por turistas, y no sólo españoles, pero quién sabe si conoce a Leno. Probablemente esta es la misma

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carretera que él cogía para ir al trabajo, pero ¿desde cuándo será que no pasa más por aquí? Había olvidado ese detalle, el carnaval, ¿qué sería lo que el Profeta había predicho esta vez? Tal vez Cristina tenía razón, debería haber esperado hasta agosto para venir aquí, pero desde que acabé de leer su libro, una extraña ansiedad me acompaña, y luego esa última sentencia con la que Leno finiquitó sus escritos. Lo cierto es que no puedo ni llamarlo libro, lo que Leno me dio eran páginas inconexas, con historias, anécdotas, tragedias, ¿cómo es posible que todo lo que explica sea real?

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El diario de Leno

Regreso a Ciudad del Mar (Fantasías, sueños, fantasmas del mundo animal...) El día había pasado como tantos otros, seguía acumulando ropa sucia en la habitación. Había dormido poco, los vecinos, imagino que sin querer, no cesaban en su empeño de despertarme, luego cuando bajé al garaje entró Alexia, la única hija de la señora Luciana. Llevaba puestas unas gafas de sol y se había recogido el pelo en una coleta espectacular. Sentía lástima por ella, la miré a través de sus gafas y apenas pude distinguir un gesto de desprecio. Le pregunté por la lavadora, de nuevo estaba ocupada, me dijo que debería esperar a que volviera su madre, subí a mi apartamento e intenté dormir, quedaban pocas horas para la noche, que para mí era sinónimo de desvelo. Al anochecer, camino del trabajo, recorro los mismos lugares por la carretera del Brenta. Sigo el curso del río hasta llegar a la zona industrial de Marghera, allí, en una avenida larga, las prostitutas negras esperan la llegada de algún iluso. En el primer semáforo una chica golpea el cristal: “Vuoi scopare?”, le digo que no con la cabeza, luego sigue preguntando en los otros coches. 188

Al llegar al hotel, Coco me sonríe, “Come va spagnolo?”, me pregunta cada noche, y yo le digo que “Bene, tutto bene...”. Luego las “conseñas” y de nuevo la oscuridad que se cierne sobre mí, cada día un poco más. Con la llamada de los primeros rayos del sol acaba mi turno y mientras el mundo se prepara para un nuevo día, yo vuelvo a mi cuarto vacío, cierro la ventana obligando al sol a salir de mi vida, me tumbo en la cama que había dejado sin hacer, dejando que mi mente viaje a cualquier lugar antes de que el sueño me aprisione de nuevo en su silencio. Hace dos semanas que Giuliana marchó a Berlín, me ofrecí a llevarla al aeropuerto, pero luego me di cuenta de que había sido un error, no se puede ser tan generoso con una mujer. Giuliana no ha llamado desde su marcha, aunque es probable que lo haga antes de volver, y es probable que yo vaya a su encuentro. Ella fue la primera persona que me ayudó cuando llegué aquí. Me ofreció su casa, pero no podía aceptar su proposición; vine a Italia buscando la libertad, qué triste parodia habría sido mi viaje si le hubiera dicho que sí. Con ese pensamiento mis ojos se van cerrando, entrando en la dimensión en que la realidad se confunde con la fantasía... Allí sí, puedo ir a cualquier lugar, puedo volver a España e ir de nuevo a Ciudad del Mar o imaginar que estoy en la habitación del hotel Buenos Aires, en mi primer viaje a Padova, escuchando la risa de Robaina en la habitación de arriba... (La 189

escucho sí... Sus pasos denotan agitación, luego pone la música más fuerte y bromea con su compañera...). Allí la conocí, Lobo estaba aún conmigo y ella se apartó al verlo... “Che bestione!” dijo, y se giró para verlo mejor; luego vino a buscarme, (y digo vino porque así fue). Robaina salió detrás de mí para preguntarme por una plaza, la Piazza dell’Erbe. Que podía saber un extranjero recién llegado de ninguna piazza. Yo sólo sabía que estaba allí para huir, del mundo que me rodeaba en España, un mundo que intuía comenzaba a rodearme también en Padova, porque es inútil escapar de nosotros mismos, el programa se repite una y otra vez. Luego me ofrecí a acompañarla, Lobo también, y los tres nos fuimos en busca de la Piazza dell’Erbe, en busca de la Piazza de la compañía, de la charla amigable, en busca de un lugar donde el recuerdo permanecería para siempre, donde sólo dos horas permanecerían grabadas en la memoria para siempre jamás. Así fue, pasé con Robaina apenas dos horas; no encontramos ninguna plaza, tan sólo dos almas solitarias que una noche de verano en Padova buscaban compañía. El tiempo parece haberse detenido en una escena, en una terraza. Olvidé porque estaba allí, olvidé que el sueño acaba siempre sin avisar, bruscamente, olvidé que todo, absolutamente todo, es un sueño del que hay que despertar. Entre volver a Ciudad del Mar o volver a la habitación del hotel Buenos Aires, elijo la segunda opción, donde se repiten las escenas del último día que escuché su voz, cuando habíamos marcado nuestra segunda cita. Esta vez, en mi 190

fantasía, no voy a perderla, no voy a esperar a que ella venga a mí, seré yo quien suba hasta su cuarto y le recuerde nuestro compromiso, el pacto oculto que habíamos firmado en silencio para cambiar nuestros destinos. Sin embargo, el programa es implacable, aun no encuentro la fuerza para subir y llamar a su puerta. Sin saber por qué, mi mente viaja a otro lugar, mucho más lejos... — Déjame sólo unos minutos para avisar a Robaina de que estoy aquí. — Tenemos cosas pendientes Leno. — ¿Pero quién eres tú para hablarme así? — Soy tu mente, soy quien manda en tu vida, ¿todavía crees que eres libre? — Es tan fácil, sólo necesito abrir la puerta, subir unas decenas de escalones y golpear la puerta de su cuarto. — Yo no fui programada para cosas fáciles, si lo hubiera sido, a estas alturas serías un hombre feliz. — No te entiendo, ¿por qué quieres siempre “joderme” la vida? — Bueno, no creas que me gusta, en realidad yo también lo paso mal, pero no puedo evitarlo. — No quiero que sigas controlándome. — Leno, tú no puedes hacer nada, los únicos que pueden programarme ya murieron. — Está bien, voy a dejarme llevar por ti esta noche, pero voy a vencerte, conseguiré dominarte.

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— Acepto el desafío, no tengo miedo. Entre otras cosas también me programaron para eso, para no tener miedo a nada. A propósito, ¿recuerdas el primer día que viste a Irena? — Claro, claro que lo recuerdo. — ¿Qué le dijiste a tu compañero? — Le dije sonriendo que sentía lástima por quien sea que fuera el novio de aquella chica. — Entonces... ¿quién crees que te llevo hasta ella? — Imagino que el azar. — ¡Cómo me divierto con vosotros!, ¡me encanta!, me encanta que busquéis justificación para todo, eso me lo hace mucho más fácil. — Eres perversa. — Sí, lo reconozco, me enseñaron desde bien pequeña a serlo, me inyectaban cada día grandes dosis de desamor, desamparo, desconfianza, un montón de “des”... — Descarada también. — Eso es lo que más soy, realmente nunca doy la cara, estoy tan escondida que campo a mis anchas, pero bueno dime ¿sabes ya quién te llevo hasta Irena? — Fuiste tú, pero no sé por qué. — Quienes me programaron querían verte bien jodido. — No te entiendo. — Claro que me entiendes, lo que pasa es que no quieres verlo. — Entonces, ¿no vas a dejarme ir a ver a Robaina?

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— No, el programa dice que tenemos que volver a Ciudad del Mar. — ¿Después de todo el esfuerzo que hice para venir a Italia y librarme del pasado? — Yo no tengo la culpa, eso díselo a quienes me programaron. Después de descubrir que ni siquiera soy dueño de mi fantasía, me dejo llevar, en un viaje improbable que acabará inevitablemente en Ciudad del Mar, pero que al menos en el comienzo, parece continuar navegando entre los recuerdos.

I Van pasando los minutos, sumergido en los recuerdos del primer amor y del último, porque el más importante no es el primero, sino el último, el que nos deja todavía el sabor amargo de la derrota, el que se suma a la frustración acumulada. El primero es el más inocente porque no sabemos nada, el corazón está tierno, la huella es profunda pero sana pronto, pero el último... El último es siempre el peor, el más cruel. Sabía que esta noche, mi primera noche libre después de dos semanas, no podría dormir, lo sabía perfectamente y salí de casa, ¿pero qué casa era ésta? Ya no era mi pequeño apartamento italiano, ésta era la casa en España que había dejado cerrada con los fantasmas junto al recuerdo de Irena... Al salir 193

saludé a los vecinos que como de costumbre se reunían todos los sábados por la tarde y hablaban de no sé qué exactamente, pero hablaban, aunque fuera lo mismo que habían hablado la semana anterior. Dejé atrás la plaza y las voces callaron. El pueblo estaba vacío, era verano y los ricos pasaban estos meses de calor en algún lugar escogido donde hacer más grande su autocomplacencia. Cuando llegué al coche me di cuenta de que había olvidado las llaves, pero ya no quise volver, empecé a caminar hacia la playa y no me detuve hasta llegar al borde mismo de la carretera, había anochecido. La parada de autobús no esperaba por mí, estaba cerrada, así que pasé el paso subterráneo para llegar a la estación de tren. La luna roja se levantaba en el horizonte oscuro, lleno de mar, negro y anónimo. Me apresuré a sacar el billete hacia una próxima estación, el tren estaba a punto de salir, me senté al final del vagón y me dejé llevar. Desde hace años practico esta extraña costumbre. Los días en que la mente es incapaz de detenerse, el cuerpo la acompaña en su viaje a ninguna parte. Los altavoces anunciaban: “Tren con destino Ciudad del Mar, próxima parada: Las Almas...”

Miré por la ventana, la luna se había elevado sobre todas las luces, dentro de una o dos horas terminaría su transformación, perdería su velo rojo para volver a ser la luna triste y pálida que tantas y tantas veces observo desde mi casa. 194

—Buenas noches, su billete por favor... Tardé unos segundos en reaccionar. Un hombre con uniforme me rescató de mis recuerdos. Miré de nuevo por la ventana. Sí, ese mar es el Mediterráneo.

II Naufragando llegué a Ciudad del Mar. Hubiera preferido continuar pero bajé del tren y observé una vez más la luna; había perdido su velo, había perdido su vergüenza y allá en lo alto colgada me alumbraba. Me dispuse a hacer mi papel, la función debía continuar. Bajé rápidamente la escalera de la estación y comencé a andar por el largo paseo marítimo. La ciudad había cambiado, la iluminación de las calles apenas reflejaba el cansancio de sus casas gastadas. Pasaron varios minutos hasta que me crucé con los primeros turistas, también éstos habían cambiado. Era una pareja anciana que caminaba despacio, ella arrastraba al hombre que apenas podía caminar con la ayuda de un bastón. Al pasar por mi lado la mujer me saludó, pero no la entendí. Continué sin devolver el saludo, mientras la mujer hablaba con el hombre y me sonreía. Después de muchos años me dirigía nuevamente al apartamento de Irena, pero ahora no sabía para qué; recordaba el día que se marchó llorando del coche, el día que la bestia nos separó por última vez. Cada paso que daba hacía mover las 195

escenas de esa noche, y así iba reproduciendo aquel encuentro, al mismo tiempo que comenzaban a caer, como gotas de lluvia: la duda, el miedo, la curiosidad, la angustia... Estaba dispuesto a dar el último paso y pedir a Irena que volviese conmigo, en realidad estaba dispuesto a mucho más, iba a pedir su mano. Antes de separarnos habíamos hablado de ello. Su madre que había venido a España a pasar unos días, iba a ser la primera en saberlo. Decidimos el momento y el lugar, un restaurante en la montaña, lejos del ruido y de los turistas. Aquel día hablamos sobre la cocina española, nos explicó lo bien que se sentía, de cómo se alegraba de vernos juntos. Irena y yo éramos buenos actores, ambos habíamos aprendido a aparentar esa felicidad superficial que desprenden los profesionales del turismo. Cuando acabó la comida nos miramos en silencio, era el momento en que el alcohol daba ya señales en Helena, era el momento en que podíamos hablar de todo, pero callé, Irena también, y al callar dimos paso a una nueva etapa, dimos paso al final. Aquel silencio expresó más que todas las palabras que hubiera podido decir, callando pronuncié la sentencia de nuestra separación. Atrapado por esta idea aceleré el ritmo, hasta llegar a pocos metros de su apartamento. En la entrada observé perturbado mi rostro reflejado en el cristal, miraba unos ojos asustados, pero no me reconocía. Llamé una vez, no contestó nadie, llamé otra vez, esperé... —Allo? –era la voz del señor Janáček, el padre de Irena, (qué extraño, no recuerdo que él hubiera estado en España). —To je Irena? (¿Está Irena?) 196

—Ne, Irena

není (No, Irena no está) —Kdyz bude tady (Cuando estará). —Nevím, nevim... (No sé, no sé...). —Jsem Leno (Soy Leno). —No, no, ja vim (Sí, sí, ya lo sé). Cerré los ojos, luego miré una vez más en el cristal intentando encontrarme; volvió a mi aquella sensación de náusea. Me di media vuelta, la función había terminado. Para olvidar o para mentirme una vez más, me dirigí de nuevo al bar Diana.

III “Yo te quiero, más que a nadie en este mundo y no puedo estar sin ti, es por eso que te escribo. Me estoy volviendo loco de esperar, y vivir sin tus mentiras, despertar y al mirarme descubrir, que ya te has ido, de escucharte preguntar: - ¿por qué es salado el mar? Ni las aves, ni el viento saben la respuesta sólo tú que te marchaste sin decir adiós y me dejaste acompañado con un gato y mi tristeza. Quiero preguntar a quien encuentre en el camino, si te vieron llegar al mar y acercarme allá, a mirar la luna, de noche, y en silencio amar, regresar a mi celda y permanecer dormido cien años o más, si más dura mi tristeza, 197

dejar en paz mi corazón y descansar. Ahora es hora de dormir, de soñar contigo.

—¿Te ha gustado? –la chica de la barra me miraba con aire compasivo. —Será mejor que no bebas más, seguro que no tienes motivo –ahora hablaba con tono maternal. —¿Qué ha ocurrido en este pueblo? —¿Qué quieres decir? —Está cambiado y apenas he visto gente por la calle. —Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que viniste, ¿dónde has estado? —Por ahí... —Me dijeron que te fuiste a Italia —¿Italia? sí, hace algunos años –. No tenía ganas de hablar sobre mi viaje y desvié la vista hacia la calle. Seguía vacía, también el bar lo estaba, a excepción de un hombre que fumaba un puro y apuraba una copa de coñac al otro lado de la barra. –¿Dónde están hoy los clientes? La chica me sonrió, luego me contestó con otra pregunta: —¿Por qué no has venido hoy con tu amigo? ahora ya seríais dos –. No le respondí, no me había portado bien con él, pero sabía que debería ir a su encuentro antes de marchar, debo decirle algo. Eran las fiestas de Ciudad del Mar. En el bar vi anunciado el próximo concierto que acababa de comenzar. Me despedí de la 198

chica y su ironía, y me dirigí hacia allí. A lo lejos escuchaba la música... “Es inútil continuar, no sóc més que un joc per tú, et segueixo allá on vas, sóc com un gós perdut....”

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Iba cantando mientras caminaba, sabía que había bebido demasiado... “Les noticies, diuen que ha arribat, de molt lluny aquest matí, el setembre sense pietat...”

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Llegué al campo de futbol, con esfuerzo conseguí introducirme entre la masa de gente, a empujones llegué cerca del escenario, allí estaban mis ídolos de juventud... Sau. “Si no vas massa apressa, i mires al teu voltant veurés portes obertes, que et conviden a passar...”

3

1

“Es inútil continuar, no soy más que un juego para ti, te sigo allí donde vas, soy como un perro perdido” 2

“Las noticias dicen que ha llegado, desde muy lejos esta mañana, el septiembre sin piedad…” 3

“Si no vas muy deprisa, y miras a tu alrededor, verás puertas abiertas que te invitan a pasar…” 199

Permanecí allí más de dos horas, quieto, escuchando una canción tras otra. Miraba a los músicos, miraba a la gente bailar, gritar, algunos cantaban... Estuve en ese trance y fui feliz. Me seguían gustando, a pesar de los años y las experiencias vividas durante ese tiempo, seguía vibrando con sus canciones de letra pegadiza. Allí estuve hace años con mi primera novia, esa noche hicimos el amor; ahí recuerdo... ella dijo que me quería. Cuando los músicos comenzaron a despedirse inicié, yo también, el camino de vuelta a casa, antes de salir del recinto miré una vez más hacia atrás, Pep Sala y Carles Sabater se despedían (Carles, te echamos de menos) 4, levanté las manos, les saludé; desde lo lejos me devolvieron el saludo, me distinguieron entre la multitud, levantando los brazos para decirme: “Adiós Leno, ten cuidado, a partir de ahora empieza una nueva vida, te esperamos en el próximo concierto”. Comencé a caminar de vuelta a la estación, en el cielo la luna alumbraba todavía Ciudad del Mar, pero la niebla en mi cabeza no me dejaba continuar, así que me senté en un banco a esperar que el alcohol se disolviese con la sangre.

4

Carles Sabater, cantante de Sau, murió el 13 de febrero de 1999, después de un concierto. 200

IV Pasaron algunos minutos, o tal vez fueron horas, hasta que una joven que por su aspecto no parecía ser turista, se sentó a mi lado. Intentaba disimular mi mareo cuando escuché su voz: —Leno, necesito que me ayudes –abrí los ojos sorprendido. —¿Cómo sabes mi nombre? —Necesito cumplir una misión, ¿me das tu mano? –la joven abrió su mano y me miró a los ojos sonriendo. Lo hice sin inmutarme, cogí su mano sudorosa y comencé a caminar junto a ella –. Tenemos que llegar hasta la plaza de los recuerdos. —¿Quieres que te acompañe? —Debo ir contigo. En mi cabeza sonaban aún las canciones de Sau y pensé que aquella chica quizás había salido de una de ellas, que había traspasado la barrera de la fantasía. Empecé a recordar las letras intentando encontrarla pero enseguida me dio un apretón que me devolvió a la realidad, o al menos a esa realidad en que me había introducido. —No conozco ninguna plaza de los recuerdos y he paseado mucho por esta ciudad. —Debemos ir más deprisa o no llegaremos nunca. —¿Está muy lejos? —Tan lejos como estén tus recuerdos... Seguí sin preguntar. Me fijé de nuevo en ella, la luna iluminaba su pelo que se veía así radiante. Debía tener mi edad, aunque aparentaba algunos más por su manera de hablar. 201

—Así que me conoces... —Tú me conoces a mí, me has estado buscando. —¡Vaya! —Mi madre hace tiempo que te espera, antes incluso de conocer a Irena. —Entonces todo forma parte del mismo sueño, ella, tú, esta maldita ciudad. —No te preocupes si es sueño o no lo es, quién puede saberlo y a quién le importa. Tan sólo importa la verdad, la que estás buscando, la que necesitas encontrar –. Al decir esto sonrió sin malicia, me miró de nuevo a los ojos y le devolví la sonrisa. Fuimos caminando cogidos de la mano. Sentí durante ese paseo que volvía a estar acompañado y me sentí feliz atrapado en mi fantasía. Después de unos minutos llegamos a una plaza antigua, en el centro de la cual se levantaba un enorme porche de columnas dóricas, nos detuvimos allí. Enseguida me di cuenta de lo extraño de la situación, había estado muchas veces en ese lugar, lo conocía perfectamente; pero esa plaza no pertenecía a Ciudad del Mar, me giré hacia mi amiga sorprendido. —¿Dónde estamos? —¿No reconoces ya este lugar? —Sí, claro que sí, pero es imposible que estemos aquí, creo que todavía no me he vuelto loco.

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—Tranquilo, no estás loco, el loco no sabe de su locura, al contrario, ni siquiera la cuestiona. El loco ya ha dejado de padecer, ha atravesado el umbral que lo separa de la realidad para no volver a atravesarlo nunca más. La plaza que yo conocía era el corazón de mi pueblo natal, sabía que no había otra igual en ningún lugar. Solté la mano de mi compañera, comencé a tener frío. —No le des más vueltas. Saliste de tu casa y cogiste un tren, él te ha traído hasta aquí. Se dio media vuelta y quedó callada. Aproveché para mirar de nuevo la plaza. Imaginaba ahora el centro de mi pueblo desnudo sin su porche medieval, habían vendido su alma a Ciudad del Mar. Vuelta de espaldas, mi nueva amiga también me resultaba familiar, quise creer que pertenecía a mi pasado. Sin ver su rostro, podía imaginar que era cualquier persona e imaginé entonces que era la amiga que dejé en mi pueblo sin despedirme, la amiga que me acompañaba cada día a la escuela, que el día que cumplí ocho años me regaló un libro de aventuras de Enid Blyton: Los Cinco en el cerro del contrabandista; la amiga de la cual no me despedí, porque hacerlo era reconocer que la perdía y entonces pensé: “Si no me despido, nunca la voy a perder”. —Quiero irme de aquí –le dije como un niño impaciente que quiere marchar siempre antes de tiempo. —Todavía no puedes irte. Estoy aquí porque tú me has buscado, igual que buscabas a Irena, igual que buscas también volver al pueblo donde naciste. Todo lo que buscas está aquí. 203

—E Irena, ¿por qué no abrió la puerta? —En realidad hace tiempo que su puerta está cerrada, aunque habéis continuado juntos vuestras puertas estaban cerradas hace mucho tiempo y ya no tenéis la llave. ¿De verdad pensabas casarte con ella? ¿Hasta dónde llega tu ignorancia? La miré con lástima, lástima de mí mismo, de mi debilidad y de todos mis prejuicios. Ella me observaba impasible y empecé a llorar. Con los ojos llorosos vi como mi nueva amiga se alejaba e imaginé que con ella se iba también mi inocencia, le quise gritar que me esperara pero la voz quedó ahogada. Sólo observé como su figura se iba haciendo cada vez más pequeña hasta girar la esquina y desaparecer. Me quedé solo mirando hacia el porche. Allí compré una vez un cuadro, un viejo cuadro que con el tiempo se convirtió en mi preferido. En él había una niña y entre sus brazos, un pequeño gato siempre dispuesto a salir del marco para venir a dormir a mi regazo. La niña de aquel cuadro me había observado durante años, me conocía bien, aunque nunca dijo nada. Siempre tenía su gato acunado en sus brazos y ambos me miraban esperando. No me dijeron lo que esperaban que yo hiciera, tampoco ninguna de las mujeres que conocí me lo dijeron, sólo pedían, cada vez más y cuando lo tuvieron todo, se marcharon.

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V Bajo el gran porche medieval habían montado ya el mercado. Fui hacía allí, observé que los artículos no eran diferentes a los de cada semana: libros viejos, novelas, enciclopedias antiguas, cursos de idiomas, comics, juguetes, cuadros, pósteres, algún mueble viejo y un sinfín de cosas, algunas sin utilidad, que se iban amontonando sin orden en cada puesto. —¿Busca algo joven? –una mujer que por su edad podría ser mi madre me detuvo en mi paseo. —En realidad lo que estoy buscando no está aquí —Quizás yo le pueda ayudar a encontrarlo, soy más vieja que usted, podría ser su madre. —Sí, eso ya lo sé, pero de todas formas no tengo apenas dinero para comprarle nada. —No le he pedido dinero –me interrumpió –, de hecho todavía no le he pedido nada, al contrario, le estoy dando… Pero usted parece que se obstina en no coger lo que los demás le ofrecen y en cambio busca aquello que no puede conseguir, para poder así despreciar lo que realmente desea y renegar de su suerte. Es usted muy desdichado –. La mujer que podría ser mi madre, al decir esto murmuró algo para sí misma, escuché otra vez aquel idioma extraño que hablaban la pareja de ancianos, luego acabó de acomodarse en su silla y continuó –. Usted es infeliz, pero aun así despierta en mí un gran aprecio, me recuerda usted a mi hijo.

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Escuchaba a la mujer y observaba a las personas caminar distraídas a mi alrededor, me dejé contagiar por aquella extraña normalidad. Una pareja se detuvo a mi lado para comprar y aproveché para observar a la vendedora; hablaba con los jóvenes sin parar de mover sus manos, unas manos grandes, encallecidas; hablaba lentamente, su cuerpo era menudo, sus ojos negros, como su pelo, y vestía una falda larga y ancha que la cubría hasta los tobillos. —Así que tiene un hijo –pregunté a la mujer que estaba envolviendo un cuadro de Venezia que acababa de comprar la pareja. —Hace ya mucho tiempo que partió –luego dirigiéndose a ellos –. Recuerden que un barquero es el testigo del amor y la suerte habla el mismo idioma que el destino. Protejan este cuadro de los ojos del necio –. La pareja asintió con la cabeza. —Me parece que alguien se está burlando de mí, no entiendo nada de lo que escucho. —¿Qué le ha parecido mi hija? —¿Ella es la chica que me ha traído aquí? —Es una niña muy inteligente, ¡y muy bondadosa!, es incapaz de hacer daño a nadie pero... —¿Pero...? —Los seres humanos... Somos tan complicados. Ella les ayuda, les guía en esta ciudad de almas abandonadas, pero hay personas que no saben interpretar el camino y luego... —¿Luego...? —Luego no vuelven jamás a sus casas. 206

—¿Y mueren? —¡Uy, no!, pero qué barbaridad, aquí no matamos a nadie, sólo les mostramos el camino de salida... Y otra cosa joven, aquí no existe la mentira, por eso no encontrará a Irena, ella ya no vive aquí. —Pero tengo su dirección. —La mentira y el engaño no tienen casa, viajan con el viento y como las hojas de un árbol se posan rápidamente en cualquier lugar, luego igual de rápido se van. Oía el murmullo de la gente del extraño mercado. Miré a la mujer buscando una respuesta; no quería irme con las manos vacías y le hablé convencido: —Ya sé lo que quiero. —Sírvase usted mismo caballero –la mujer extendió sus brazos abriendo al mismo tiempo sus grandes manos, abarcando toda la mesa. Allí tenía cuadros y un montón de libros. Algunos cuadros eran paisajes de ciudades europeas, pero los libros me eran desconocidos. Observé con nostalgia los cuadros de Italia, me vino a la mente una pregunta... —¿Puedo recuperar la inocencia? –la mujer me miró, me sonrió, también ella como su hija, con una sonrisa compasiva. —Eso depende de usted, pero le voy a hacer un regalo. La mujer cogió dos libros de una pequeña caja, los envolvió con un papel amarillo y me los entregó. —Son suyos joven, en su interior quizás se encuentre a usted mismo o quizás no, quizás encuentre su perdición... –. 207

Escuché aquella palabra repetida hasta perderse en los arcos del porche... “perdición... perdición... perdición...”. Mientras me alejaba del mercado escuchaba hablar, pero no entendía nada, era de nuevo aquel idioma desconocido, luego miré por última vez el porche medieval antes de girar la esquina y perder de vista, quizá para siempre, mi pueblo. Estaba en un lugar desconocido, con personas desconocidas y yo mismo me sentía también un extraño. Tenía dos libros en la mano y el deseo de regresar a casa. Comenzaba a amanecer, la luz de la farola luchaba por no morir ante la salida del sol. Bajo esa lucha me senté en un banco y desenvolví el papel amarillo. Aquella mujer me había regalado un cuento, pero no era un cuento cualquiera, era el Cuento del hombre pobre. Yo mismo lo había escrito y se lo había enviado a Irena a su país. No sabía cómo había llegado al mercado y no podía creer que ella hubiera sido capaz de venderlo. Miré entonces el otro libro; no tenía título, sólo páginas vacías marcadas con las letras del abecedario: a,b,c,d,e, f, g, h, i... El cuento, escrito muchos años atrás, guardaba todavía su inocencia, y decía así...

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Cuento del hombre pobre Cuentan las leyendas del reino de Catalonia que hace muchos años, reinaba allí junto al mar, un hombre pobre al que llamaban Popelavy. Dicen quienes allí estuvieron que nunca antes habían visto un mar como aquél, contemplarlo hacía dichoso al más desdichado, pero Popelavy cada mañana se levantaba y mirando al mar pensaba: —Soy pobre. Cuentan que en aquel lugar el sol llenaba el cielo durante el día, un cielo tan bello y azul que las personas cantaban de alegría al contemplarlo. Y de noche las estrellas eran perlas gigantes que llenaban de magia la oscuridad, pero cada noche antes de dormir, Popelavy, el hombre pobre, mirando al cielo pensaba: —Soy pobre. Así transcurrió la vida durante años para Popelavy, que vivió convencido de su desgracia. Y esta historia bien podría ser la historia de tantos hombres pobres que habitan el mundo, pero el hombre del reino de Catalonia era diferente, así que prosigamos nuestro relato con lo que un día aconteció...

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Ocurrió que un día llegó al castillo un viejo mercader, venido de un largo viaje por el mundo y al llegar al reino de Popelavy pidió alojamiento durante el tiempo suficiente para descansar y vender algunas antiguallas. Popelavy no puso ningún impedimento y acogió al mercader en su castillo. El rey de Catalonia y el viajero se hicieron grandes amigos y así, el día de la partida: —Voy a marchar. —¿Te volveremos a ver por aquí? –preguntó Popelavy —Nunca regreso, mi destino lo ha marcado así. Debo viajar hasta encontrar una señal. —¿Cómo sabrás distinguirla? —Eso son cosas que distingue el corazón, no la cabeza, amigo Popelavy –dijo entonces el mercader –. A pesar de que nunca más volveremos a vernos, tu recuerdo y tu amistad permanecerán hasta el final de mis días. Pero antes de partir quiero que aceptes un regalo. El mercader sacó de su baúl un cuadro, un lienzo pintado en Venezia cuatrocientos años antes; la fecha estaba escrita en el marco y, a pesar del tiempo, los colores permanecían inalterados. —Amigo, he llevado este cuadro conmigo durante los diez últimos años y aunque yo continúe mi camino, sé que su destino está aquí, en el reino de Catalonia junto a ti. El hombre pobre agradeció al mercader su generosidad y le acompañó hasta los límites del reino, luego como era

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habitual en aquellas tierras, aullaron los lobos. Era señal de que alguien dejaba el reino de Catalonia para siempre. Popelavy durmió esa noche mirando el cuadro veneciano; una niña vestida con una hermosa polonesa y una enorme pamela azul, lo observaba desde el lienzo, y entre los brazos de la niña, un pequeño gato con los ojos sorprendidos lo miraba también. El hombre quedó así profundamente dormido. Y así lo volvió a hacer los días siguientes, de forma que la niña y el gato se convirtieron en compañeros de sus sueños. Pasaron así los meses. Popelavy siguió sumido en la más profunda soledad; sufría en silencio su dolor, tan grande, que los retratos de los cuadros de su castillo (según cuenta la leyenda) habían apagado su sonrisa. Hasta que un día cuando pasaba ya la medianoche, (la hora que divide la realidad del sueño), pasó lo siguiente... Se encontraba Popelavy mirando frío la noche y fría le devolvía ésta su mirada, apesadumbrado y cabizbajo repetía una y otra vez su desgracia: —Soy pobre. Ocurrió de repente, que una voz atravesó el silencio y pronunció este viejo proverbio: —Si lloras porque no ves el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas. Popelavy se giró asustado buscando la procedencia de la voz, dulce y tierna, pero no vio más que la luna brillando en el cielo, una luna blanca y llena. 211

—Si esto fuera un sueño pensaría que fue la luna quien me habló –dijo en voz alta. —¿Todavía dudas?, ¡señor pobre!, soy yo quien te habla. —Fue entonces cuando al darse la vuelta vio a la niña con el gato entre sus brazos. —¿Eres tú quien está hablando?, ¡tengo de nuevo pesadillas! —¿Pesadillas?, ¿todavía quieres más en tu vida?–. Popelavy se desmayó… Cuando pasados unos minutos despertó… —Creo haber tenido un sueño –el hombre pobre miró de nuevo. —¿Has dormido bien? –preguntó la niña. Popelavy volvió a desmayarse. Esta vez pasaron varias horas hasta que la niña finalmente decidió despertarlo. —Escucha hombrecito, me queda poco tiempo, las estrellas comienzan a retirarse y si me quedo hasta el amanecer el sol me quemará sin piedad. Entonces no podré salvarte –Popelavy se puso en pie e intentó mirar a la niña sin miedo. —No sé quién eres, pero no necesito tu ayuda. Tú en cambio sí pareces necesitar la mía. —No te creas, yo vivo encerrada en este cuadro, pero he aceptado mi desgracia. Además he viajado mucho, he estado en Oriente, en la lejana China y he vivido en el palacio del Zar de Rusia. ¿Sabes que conocí a Marco Polo? —¡Vaya!, ¿y era tan buena persona como dicen? —Era un poco engreído, pero sí, era un buen hombre. —¡Ojalá yo pudiera viajar como él lo hizo...! 212

—¡Ay, Popelavy! –suspiró la niña –, qué lástima me das. Voy a hacer un trato contigo. Me voy a quedar en este castillo mucho tiempo, así que cada noche vamos a salir juntos. Vamos a viajar por el mundo como hizo Marco Polo, hasta que encuentres tu destino. —Pero no puedo, tengo vértigo y me dan miedo las alturas. —¡Hombrecito!, ¿de qué pasta estás hecho?, te desmayas, te quejas todo el día, tienes miedo a volar... —El hombre no puede volar. —Nosotros sí, mañana vendré a buscarte antes de que la luna llegue a su punto más alto. La niña volvió de nuevo a su cuadro y permaneció allí el resto de la noche, mientras que Popelavy se durmió finalmente sin dejar de mirar hacia el cuadro. A la mañana siguiente, como suele pasar en estos casos, el hombre pobre pensó que había sido sólo un sueño y no dio ninguna importancia a lo que había sucedido. Pero al llegar la noche, comenzó a tener dudas, ¿aparecería de nuevo aquella niña para llevarle de viaje? Popelavy se durmió, aun con miedo o quizá con deseo de que viniera su pequeña amiga. La luna inició su recorrido nocturno, y tal como predijo la niña, cuando estaba llegando a su punto más alto... — ¡Popelavy, Popelavy... despierta! –el hombre pobre abrió los ojos –. Y no te desmayes, por favor, tenemos que irnos. — ¡Creía que eras un sueño! — Venga, dame tu mano. 213

Así iniciaron el hombre, la niña y el gato su primer viaje. Fueron varias horas, pero Popelavy creyó viajar durante días. Visitaron París, donde la niña le llevó hasta las puertas de Notre Dame y asistieron a la boda de una joven princesa con un caballero andante que en su regreso de la guerra de los Hombres sin casa, había traído la alegría al pueblo. —Yo nunca conoceré una princesa –susurró con tristeza Popelavy, pero la niña, que le escuchó, no dijo nada. Cuando volvieron al castillo, la niña le contó la historia de la princesa y el caballero. Como el caballero que había nacido sin noble linaje, se había enamorado desde que era un niño de la princesa, pero ella lo había ignorado. El chico no podía ni aprender a luchar para convertirse un día en un soldado y vivir en el castillo donde moraba su amada, por eso decidió irse de casa siendo muy joven, viajar fuera del reino y embarcarse en el primer navío que se echase a la mar, sin rumbo ni destino. Fue entonces que la princesa comenzó a echar en falta al muchacho que cada día en su paseo, la observaba en la distancia, echaba en falta el brillo de sus ojos y comenzó a sentirse desdichada... “¿Cómo yo?” –dijo el hombre pobre –. “Sí, como tú” –respondió la niña. Fue en su ausencia que el amor se hizo presente, (esto ocurre desde que el hombre inventó la rueda). Con el tiempo el joven se convirtió en un caballero, conquistó tierras y llevó la paz a los pueblos, entonces volvió a París, se presentó ante la princesa que lo 214

reconoció de inmediato por el brillo de sus ojos y antes de que el caballero abriera la boca, le dijo: “Sí, sí quiero...quiero ser tu esposa”. —¡Vaya! –exclamó Popelavy. —Ahora hay que dormir, mañana vas a estar muy cansado y yo tengo que volver a mi cuadro. Así acabó la primera noche de viajes. Popelavy durmió un sueño dulce donde se imaginaba cabalgando fuera de su reino en busca de pueblos oprimidos que liberar y princesas tristes, deseosas de amar. Al día siguiente, el hombre pobre, animado por el viaje nocturno se sintió feliz; cogió su caballo blanco y en él cabalgó todo el día por su reino... “Qué extraño, no recuerdo estos árboles hermosos que custodian la puerta de mi castillo...”, “...qué extraño, no recuerdo esas montañas imponentes que se elevan en los confines de mi reino, ¡qué bonitas son!...”, “...que extraño, nunca había pasado por este puente de piedra adornado con estatuas de mármol, parecen esculpidas por el mísmisimo Nencatacoa...”. Nada había cambiado en el reino de Catalonia, pero algo había cambiado en el interior de Popelavy. Cuando llegó la noche, sin embargo, al volver a su castillo, el hombre pobre se sintió desanimado. Sus pies comenzaron a sentir el cansancio acumulado durante todo el día, la alegría fue desapareciendo poco a poco de su rostro, hasta que al llegar a su aposento y mirarse en el espejo, Popelavy suspiró y dijo: — Soy pobre. 215

Y se fue a descansar, mirando el cuadro donde la niña con su gato continuaba observándole impasible... “Ha sido todo un sueño, como me hubiera gustado que la niña hubiese salido realmente de su cuadro para llevarme volando a visitar lugares lejanos”, luego se durmió. No fue un sueño dulce como había sido la noche anterior. Popelavy se vio solo en su castillo, con una larga barba blanca que le llegaba hasta los pies, mientras los personajes de los cuadros de su castillo (tal vez celosos de la niña), habían salido de su encierro y se sentaban a su mesa sin hablar, sólo miraban al hombre pobre y luego reían. En el peor momento del sueño, cuando los personajes habían comenzado a incendiar el castillo, una voz le salvó de su pesadilla: — Vamos hombrecito, ¿creías que iba a abandonarte? - los ojos de Popelavy se abrieron llenos de luz. — ¡Cómo me alegro de verte! En esa segunda noche, el gato no quiso viajar, estaba un poco mareado por la noche anterior y decidió quedarse jugando con algunos juguetes que Popelavy conservaba, juguetes que su padre el rey, había hecho traer de la tierra de los Toimen. La niña y el hombre pobre viajaron hasta Padly Vody, era éste un reino rodeado de agua, también conocido como el Reino de los canales. La ciudad estaba vacía, caminaron por ella y Popelavy que no había estado nunca allí quedó fascinado al ver tanta belleza.

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— Amiga – dijo el hombre pobre durante el paseo –, estos palacios son únicos en el mundo, pero el agua parece querer hundirlos en el mar. — Hombrecito –le dijo la niña –, el agua que ves no procede del mar. — ¿No? — Mira, allí hay un viejo barquero, él debe saber la historia de esta ciudad. La niña primero le preguntó por qué la ciudad estaba vacía, a lo que el barquero respondió que todo el mundo había ido a celebrar el aniversario del nacimiento del Príncipe pianista de la máscara de cera. La niña, que conocía la historia, pidió al barquero si podía explicarla para su amigo Popelavy. El hombre, quitándose su sombrero procedió a explicar la historia: “Hace muchos, pero muchos años, nació en el reino de Padly Vody un príncipe bendecido con un don especial, tocaba el piano como nunca nadie lo había hecho, pero su don era al mismo tiempo una maldición, pues producía en las personas un efecto extraño: lloraban al escuchar su piano. El príncipe al ver la tristeza de la gente no podía evitar también llorar y acontecía que sus lágrimas se transformaban en cera que se incrustaba en la piel de su rostro. Así fue que sus padres los reyes, asustados por la maldición, decidieron alejar a su hijo de Padly Vody, llevándole a una isla abandonada en medio del

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mar, allí hicieron construir un castillo en cuya torre más alta lo encerraron, dejando con él, sólo un piano. El príncipe desde su ventana divisaba el mar, un mar de olas bipolares, que tan pronto eran caricias en la arena como lamentos en las rocas. Si el joven tocaba su piano, los pájaros cantaban y el mar se calmaba. Pero como en todos los castillos, allí también vivía una bruja, una bruja que en su tiempo había sido una hermosa princesa, pero que por cosas del destino no encontró su príncipe, y eso es lo que les ocurre a las princesas que no encuentran su príncipe, se vuelven brujas. Esto lo descubrí cuando era niño (aclaró el barquero). El pobre príncipe vivía solo la mayor parte del tiempo, pero era el heredero de una codiciada corona y su leyenda traspasó las paredes de su torre, llegando hasta todos los reinos del mundo, donde había muchas princesas deseosas de conseguir reinar en Padly Vody. Sé, porque mi abuelo así me lo contó, que muchas pretendientes al trono de la ciudad venían a hablar con el príncipe, pero nunca se quedaban más de un día. Las jóvenes subían hasta la torre, admiraban la belleza de sus manos, Manos de Oro le llamaban, pero nunca conseguían ver su rostro, estaba oculto tras la máscara de cera que se incrustaba en la piel del joven, dejando sólo sus ojos y su boca al descubierto. Entonces ocurría siempre igual; las jóvenes se quedaban más y más apasionadas por el príncipe pianista, pedían entonces a la bruja permiso para hablar con él, pero he aquí lo que la bruja les contaba… 218

—Jovencitas –decía–, este príncipe está marcado desde pequeño por un destino fatal –las jóvenes entonces comenzaban a murmurar entre ellas–, nunca va a poder encontrar la felicidad, por lo que cualquiera de vosotras que se casara con él, estaría condenada a ser eternamente infeliz. El joven, que sí podía hablar pero nunca lo hacía, escuchaba esas palabras lanzadas con alevosía al vacío y lloraba, pero sus lágrimas se fundían con la cera de su máscara y ésta se hacía un poco más gruesa, así ocurría desde que él tenía recuerdos. Ninguna de las jovencitas quería irse de allí sin conversar antes con él, entonces la bruja, que estaba llena de rencor por no haber encontrado nunca a su príncipe, decía: —Está bien, está bien, vais a poder hablar con él, pero antes el príncipe quiere daros la bienvenida con su piano –. Entonces obligaba al príncipe a tocar, recordándole que en caso de negarse lo lanzaría al mar. A veces el príncipe conseguía tocar varias notas sin que la alegría desapareciese del todo del rostro de las pretendientes, pero inevitablemente, al cabo de cuatro, cinco compases, todas las jóvenes comenzaban a llorar y la tristeza invadía sus corazones. Era entonces que emprendían el viaje de vuelta a sus respectivos reinos, dejando al príncipe de nuevo solo, con su maldición y su máscara un poco más gruesa. La bruja siempre reía y disfrutaba mucho al ver aquello. Pasaron los años, durante los cuales llegaron muchas princesas a la isla abandonada para conocer al príncipe, pues nadie creía 219

que su leyenda fuese cierta, pero todas huían al escuchar las primeras notas del piano. Por entonces en Padly Vody se había instalado el caos y la destrucción, pues los reyes se habían vuelto corruptos y usaban su riqueza para celebrar fiestas de lujuria y depravación. — Ese príncipe era muy pobre –exclamó Popelavy –, casi tanto como yo. — Sí extranjero, pero he aquí lo que un día aconteció... – prosiguió el barquero. Había, en un reino de las lejanas tierras de los Hudebnicos, una princesa que no conocía los colores, pues nació ciega, pero a la que la naturaleza había dotado de una sensibilidad especial; podía distinguir el olor de la rosa más hermosa en los prados de su reino, sentía la más leve brisa de la mañana que acariciaba con sus manos, y escuchaba el más bello canto de ruiseñor a cientos de kilómetros del jardín de su castillo. La princesa nunca se había sentido desdichada, pero sentía que algo faltaba en su interior. Había recibido a los más apuestos príncipes de todos los reinos del mundo, a los más valientes, a los más divertidos, a los más ricos, pero ni su corazón se aceleraba al escucharlos, ni su piel sentía el más mínimo calor cuando ellos besaban su mano. Un día, conversando con su padre el rey, le confesó la desesperanza que inundaba su alma, entonces el rey, que la quería mucho, (como todos los padres deberían querer a sus hijos) le contó la leyenda que un mensajero le había dado a conocer: 220

— Hija mía –dijo –, existe un príncipe en un reino lejano que nunca va a venir a visitarte. — ¿Por qué papá? — Vive encerrado en un castillo en una isla abandonada en medio del mar –. La princesa se estremeció al escuchar la historia. — Padre, quiero ir a conocerle. — No merece la pena, hija. Una bruja no te dejará hablar con él sin antes escuchar su piano, y si escuchas su música, tu corazón se llenará de tristeza y llorarás sin parar. — Aun así, quiero conocer al príncipe pianista. Así fue que la princesa partió, atravesó desiertos inclementes, navegó por mares tempestuosos, viajó sin parar hasta llegar a Padly Vody. Allí conoció a los padres del príncipe que se burlaron de ella. — Pensaba que no quedaban más princesas ambiciosas en el mundo, deseosas de heredar mi trono –dijo la reina riéndose. Pero la princesa no respondió, pidió un guía para poder llegar hasta la isla y se despidió. Por entonces, la máscara de cera que ocultaba el rostro del príncipe, se había hecho más y más gruesa con el paso de los años, y la bruja se había vuelto más y más mala, también más fea. La princesa llegó al castillo de la isla abandonada, ella era la última princesa del mundo que todavía no había conocido al príncipe pianista. La bruja rio mucho al verla llegar. — ¡Así que faltabas tú! –exclamó la bruja. 221

— Quiero hablar con el príncipe –pidió la princesa. — Hablarás con él, pero antes quiere darte la bienvenida con su piano. La princesa se sentó muy cerca de él, pues era la única princesa en la sala. El príncipe, que nunca hablaba, se dispuso a tocar el piano, pero la princesa le interrumpió. — Príncipe –le dijo –, yo no puedo verte, pero he oído decir que tus manos son las más hermosas, sólo tocándolas, yo podré verlas. La princesa cogió las manos del príncipe, que por primera vez sintieron el calor de una caricia y ella a su vez, sintió por primera vez unas manos que transmitían calor. —Toca príncipe, toca el piano para la princesa –gritó la bruja –. Agora! (este extranjerismo se debió a que la bruja descendía del rey portugués Miguel I, el absoluto) El príncipe comenzó a tocar su piano, tocaron sus manos la más hermosa música que nadie había escuchado jamás, haciendo que los pájaros cantaran y el mar se calmara, y como siempre había ocurrido también, el príncipe imaginó que la princesa que le escuchaba habría salido ya de la sala y huía llena de tristeza de la isla abandonada. Pero ocurrió que entonces escuchó. — Continúa tocando príncipe, nunca había escuchado una música tan bonita. La princesa no sólo no lloraba sino que su rostro se había iluminado de esperanza. El príncipe continuó tocando su piano, afuera los pájaros hicieron un coro con sus voces 222

formando una magnífica sinfonía que atravesó las nubes más oscuras inundando el aire de alegría. La música viajó sin barreras cientos de kilómetros hasta llegar al reino de Padly Vody, donde los reyes corruptos celebraban ebrios una de sus fiestas populares. La música del príncipe pianista comenzó a llegar a todos los rincones de la ciudad... Al vagabundo ignorado que buscaba un trozo de pan para alimentar su existencia vacía, al loco encerrado que escribía su nombre en la pared de una habitación olvidada, a la viuda falsa que vertía lágrimas fingidas sobre un recuerdo ya enterrado; todos sin excepción, al escuchar aquella música divina, comenzaron a llorar; lloraban sin pausa, un llanto doloroso que emergía de sus almas hundidas. También los reyes lloraban, reconocían las manos de su hijo allá a lo lejos, en la isla abandonada, pero esta vez no podían ordenarle que parase. El Príncipe pianista, por primera vez en su vida se sentía dichoso, tenía a su lado un alma gemela que entendía su música. No paró de tocar el resto del día, tocó durante horas y horas, continuaban llegando pájaros a su ventana que se unían al piano, y en el reino de Padly Vody, todo el mundo lloraba, así fue que las calles de la ciudad comenzaron a llenarse de lágrimas, al principio unas pocas, luego millares de lágrimas... Las calles se inundaron de ríos de lágrimas. Mientras en la isla abandonada, la bruja no podía creer lo que estaba sucediendo, ella también lloraba, pero su caso era peor, pues las brujas no pueden llorar y cuando lo hacen se disuelven en las lágrimas y desaparecen, así que la bruja 223

comenzó a hacerse más y más pequeña, hasta que fue un bebé, luego, desapareció en la nada. Al acabar el día el príncipe paró de tocar, se sentía feliz por primera vez en su vida, la princesa estaba a su lado, pero aún conservaba su máscara de cera, ¡cómo deseaba besar a la bella princesa!, pero no podía. — Vamos –dijo el príncipe pianista –, no hay tiempo que perder. Cogió la mano de la heredera del reino de los Hudebnicos y subieron en la barca que les llevaría de regreso a Padly Vody. Cuando llegaron estaba ya amaneciendo, el príncipe apenas reconocía la ciudad que le vio crecer, sus calles eran ahora canales de agua hechos de lágrimas y se dirigió rápidamente al palacio de los reyes, (pues el príncipe, como buen hijo que era, continuaba amando a sus padres). En el salón central estaban el rey y la reina hablando con los consejeros sobre la terrible desgracia que asolaba el reino y se sorprendieron mucho cuando vieron llegar a su hijo acompañado de la bella princesa. — Madre, padre... He regresado a mi hogar y quiero quedarme. Ella es la princesa de los Hudebnicos y quiero hacerla mi esposa. Quiero vuestro consentimiento. Los reyes, que se habían vuelto muy malos, no tenían ya ese día ganas de reír, y tampoco podían llorar. En realidad, nadie del reino podía ya llorar, pues habían agotado todas sus

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lágrimas durante los días anteriores, entonces exclamó la reina: — ¡Mi querido hijo!, ya me explicarás como piensas vivir con una máscara de cera ocultando tu rostro, ahora es ya tan gruesa que no podrás nunca besar a tu esposa. — Madre, os pido que acabéis con la maldición de la máscara, haced que desaparezca de mi rostro. — Eso es imposible. El silencio inundó la sala... Entonces hasta el rey miró compungido a su esposa, y parece ser que le susurró algo así: “Cariño, ¿no crees que ya ha sufrido bastante nuestro hijo?”, nadie sabe lo que ella respondió al marido, pero sabemos que la reina se levantó bruscamente de su trono real y lanzó la siguiente sentencia: — Esa máscara es eterna, es producto de tus lágrimas y forma ya parte de ti. Nunca podrás besar a tu esposa. En ese momento, (cuenta la leyenda), el príncipe comenzó a llorar de nuevo, con lo cual su máscara se hizo todavía más gruesa. — No llores amor –le dijo la bella princesa –, yo te besaré. — Pero ¿cómo?, mi máscara es ya tan gruesa que ni mis dedos pueden ya tocar mis labios. Allí en la sala, perdía color un viejo piano de cola, que después del encierro del príncipe, nunca más había sido tocado, entonces dijo la princesa: — Tocad para mí de nuevo, príncipe.

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Todos se asustaron mucho, sobre todo los consejeros de la reina, (los malos se asustan mucho cuando algo bueno va a pasar), pero el pianista de la máscara de cera no tenía ya miedo a nada. Comenzó a tocar: sonatas, fugas, nocturnos, valses... y entonces, contra todo pronóstico, las personas allí presentes comenzaron a reír, reían mucho, una risa contagiosa que se propagaba rápidamente por todo el reino, mientras el piano continuaba sonando y fue entonces que sucedió... por primera vez... el príncipe rio... — ¡Ja, ja, ja... ja, ja, ja... ja, ja, ja...! –ésta era su risa. Y a los pies del príncipe comenzaron a caer gotas de cera, primero unas pocas, luego cientos de gotas... La máscara de cera había comenzado a deshacerse, hasta que después de varias horas, la última gota cayó y ante todos apareció el rostro del pianista de la máscara de cera. — ¿Cómo sabías que la risa fundiría la cera? –preguntó el príncipe a la princesa. — Las personas que escucharon por primera vez la música de tu piano, no estaban acostumbradas a tanta sensibilidad; cuando los días pasados, lloraron y lloraron sin parar, lo que hicieron fue acostumbrar su corazón a los sentimientos, porque no era de tristeza que lloraban, sino porque por primera vez, sentían alguna emoción. Las personas se niegan a sentir porque tienen miedo de llorar, pero no saben que si lloran mucho, la tristeza desaparece de sus corazones y pueden entonces comenzar a disfrutar de verdaderos sentimientos. Por 226

eso sabía, que ahora tu música les haría reír, y si tus lágrimas se transformaban en cera, la risa transformaría de nuevo la cera en lágrimas. Así era, bajo los pies del príncipe corría un río de lágrimas que salieron de la sala, descendieron por la escalera y fueron a parar al canal, juntándose con las lágrimas de los habitantes del reino. El príncipe besó a la princesa. Al día siguiente se casaron, con la bendición de los reyes, quienes arrepentidos de haber encerrado a su propio hijo, le pidieron perdón y le ofrecieron la corona del reino de Padly Vody. Desde entonces, todo el mundo es feliz en la reino de los canales.” — ¡Vaya! –exclamó Popelavy –, ¡qué bonito!, entonces estos canales están hechos de lágrimas. — Así es, y ahora tenemos que volver a Catalonia. La niña agradeció al barquero que hubiese explicado la historia para su amigo, luego rápidamente emprendieron el viaje de vuelta, pues faltaba ya poco para el amanecer y la niña debía volver a su cuadro. — Hay una cosa que no entiendo –le dijo el hombre pobre a su amiga antes de dormir –. Yo creía que en el mundo no había padres malos. La niña no respondió, cogió su gatito que se había quedado dormido encima de la cama de su amigo y volvió a su

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cuadro. Los tres durmieron profundamente después de las emociones vividas. Fue el día siguiente, uno de esos días en que el mundo parece detenerse, un día en el que el sol brillaba de un modo especial. No se escuchaba el canto de los pájaros en los jardines del castillo y el agua del río que bendecía las tierras de Catalonía mantenía una extraña calma, donde los peces parecían celebrar una reunión en el lodo del fondo. Se despertó Popelavy como todos los días, sintiendo que en su cuerpo llevaba una pesada armadura, se miró en el espejo y dijo: — Soy pobre. Miró el cuadro que le acompañaba desde hacía ya varios meses y sintió en ese momento que nada ni nadie podría sacarle jamás de su pobreza. No entendía Popelavy como una niña de un cuadro podía ayudarle a salir de su triste vida. Es en esos momentos de oscuridad, los momentos antes del amanecer, en que la luz parece más distante y, es sin embargo, en esos momentos, cuando el sol está a punto de salir; pero eso el hombre pobre no lo sabía. Volvió a recorrer el reino en su caballo blanco, pero esta vez ni vio los árboles que custodiaban la puerta de su castillo, ni divisó las imponentes montañas en los confines de su reino, ni apreció las estatuas que adornaban el puente de piedra. Popelavy se sentía muy pobre. 228

Pasó todo el día cabalgando, recordaba su infancia en el castillo, como sus padres le inundaban de juguetes, ¡cómo los echaba de menos! Pero recordaba también como siendo un niño siempre fracasaba en su empeño de jugar con su papá, pues el rey era un hombre muy ocupado; por eso el niño iba a buscar a su madre, que pasaba horas y horas con las doncellas, maquillando su rostro, peinando sus cabellos o ultimando los detalles de la próxima fiesta, entonces ella le decía: “Hijo mío, ¿te imaginas lo que pensarían los súbditos si vieran a su reina arrastrarse por el suelo para acompañar a su hijo en juegos infantiles? Eso no está bien visto cariño”. Con estos pensamientos llegó la noche y el hombre pobre se dispuso a dormir, no sin antes despedirse de su amiga, sin saber si ella lo escucharía: — Amiga, si puedes oírme, no vengas a buscarme esta noche, me siento muy pobre y nadie conseguirá nunca sacarme de mi tristeza. Buenas noches –. Luego se durmió. Pero la niña fiel a su trato, cuando la luna estaba llegando a su punto más alto: — Popelavy, despierta, tenemos que irnos. El hombre pobre salió de sus pesadillas, sus ojos estaban todavía cansados después de dos noches de viajes pero se alegró mucho de que la niña no hubiera escuchado su petición. — ¿Adónde me llevarás hoy? — Hoy vamos a viajar al reino de Catalonia — Pero ya estamos aquí. — Regresaremos a un lugar que ya no existe, hace muchos, muchos años... 229

El gato está vez tampoco quiso acompañarles, pues era muy dormilón y había pasado toda la noche anterior jugando sin dormir. La niña cogió al hombre pobre de la mano, abrieron la puerta de la estancia y comenzaron a descender por la escalera. El hombre pobre miraba los personajes de los cuadros que un día antes habían intentado incendiar el castillo, entonces escuchó una voz que le era sorprendentemente familiar, pero hacía mucho tiempo que no escuchaba... — Cariño, mañana tendremos más de mil invitados a la fiesta de cumpleaños de nuestro hijo y el sastre todavía no ha acabado mi vestido. ¡Quiero que lo despidas! — Pero querida, es el mejor sastre del reino. — ¡Mamá, papá! - Popelavy no pudo reprimir su alegría al ver de nuevo a sus padres. — No te molestes, ellos no pueden oírte. Los perdiste cuando estabas dejando de ser un niño y tuviste que aprender a reinar antes de aprender a crecer. Popelavy, el hombre pobre, comenzó a llorar desconsolado. Recordaba aquella fiesta, cuando cumplió dieciséis años, fue la última fiesta que sus padres prepararon para él. — ¿Por qué me has traído aquí? Yo no quería recordar el pasado. — Lo sé, pero tampoco puedes huir de él. Por eso eres inmensamente pobre, a pesar de ser el hombre más rico del reino.

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— Pero fui un niño feliz, mi padres preparaban grandes fiestas para mí, y tuve siempre todos los juguetes que deseaba... — Popelavy... –la niña miró con lástima a su amigo –, todavía no has entendido tu pobreza. El príncipe que comenzó a reinar antes de tiempo escuchaba las voces de sus padres que discutían los detalles de la fiesta. Recordaba perfectamente aquel día; vinieron muchos invitados y recibió muchos regalos, el mejor de todos fue un caballo blanco que todavía hoy cabalgaba, pero entonces comenzó a recordar también que el día después de la fiesta, cuando se dispuso a montar por primera vez su caballo... Pidió a su padre que le acompañase, pero el rey estaba muy ocupado impartiendo justicia en el castillo, y recordó cuanto triste fue cabalgar sin la compañía de su padre. Luego al regresar al castillo, fue corriendo al aposento de la reina para describirle la sensación de libertad que había sentido a lomos de su caballo, pero su madre estaba esa tarde conversando con sus amigas y no tuvo tiempo para escucharle. — Mis padres nunca tenían tiempo para mí –susurró Popelavy –, pero ellos me querían. — Todos los padres quieren a sus hijos, pero el amor es como el sol, de nada sirve que exista si no se muestra; por eso la noche es oscura, por eso el hombre vive durante el día.

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Popelavy irrumpió a llorar, lloró mucho, casi más que el príncipe pianista de la máscara de cera, mientras la niña lo observaba en silencio. Luego regresaron al tiempo presente. — ¿Qué será de mí ahora? –preguntó el hombre pobre a la niña. — Sólo duerme, ya no hay nada que temer. Hoy se hicieron presentes tus fantasmas, que ya nunca volverán. La niña volvió con el gato a su cuadro y Popelavy se durmió mirando hacia el mar enfrente de su castillo, por donde un día vio alejarse a sus padres, sin saber que nunca iban a volver pues una tempestad les hizo fundirse con las aguas azules que lo acunaban desde niño. Y cuentan, (aunque esto no quedó escrito), que Popelavy nunca más volvió a sentirse pobre, que dejó de sentir miedo por el futuro y nunca más miró al pasado. Que las noches que había luna llena salía con su barca para ofrecer una corona de flores a la madre mar que cuidaba de los reyes. Cuentan... que viajó hasta un reino lejano en busca del saber y encontró entre los pueblos una mujer, que sintió la llama del amor al besar su mano y con ella se casó... y cuentan, aunque ya nadie sabe si es verdad... Que la niña y el gato vivieron muchos años junto a él, que algunas noches salían de su cuadro para conversar y que un día llegó al castillo otro mercader, que al marchar entregó a Popelavy un cuadro, donde un niño lo observaba sin hablar, que una noche el niño salió de su cuadro para no volver nunca

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jamás, pues se fue a vivir con la niña que en sus brazos tenía un gato, siempre a punto de saltar...

Fin del cuento del hombre pobre

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Era mattina sul mondo... Estaba de nuevo en mi casa italiana, todavía era de noche. Sentía como un eco en mi cabeza, las voces del príncipe pianista y del hombre pobre que se iban apagando poco a poco. Ése era el cuento que envié a Irena en mi lugar, aquella primera navidad que pasamos separados. Nada en él era casualidad; el Doctor se dedicó durante muchos años a tratar mi dependencia maternal. Ignoraba o quería ignorar, como yo también lo hacía, que detrás de la “malvada” del cuento que encerró a su hijo en la torre de un castillo, había un rey, un “tirano” que reinaba con mano de hierro, un hombre que lanzaba la piedra y escondía la mano, o la usaba (su mano justiciera) para señalar a la reina que estaba a su lado, entonces decía: “Ha sido ella, yo no he hecho nada”. El Doctor, eso lo sabía, pero hacerlo evidente era poner todas las cartas sobre la mesa, con lo cual la partida habría acabado en poco tiempo, algo que (económicamente) no le convenía. Por eso hablábamos de Irena, de sus absurdas ausencias, de los celos que su ingenuidad me provocaban. Ella era así, una niña en un cuerpo de mujer, o al menos eso aparentaba; el tiempo demostró que las apariencias engañan. Ahora sé, que aquellas sesiones en que el Doctor ejercía de abogado de Irena, fueron una pérdida de tiempo. Ella en realidad, no era más que una copia, un reflejo de otra realidad 234

mucho más imponente y demoledora. Qué absurda es la vida, deseamos hacernos mayores para librarnos de las cadenas que los adultos nos imponen y cuando finalmente podemos ser libres, acabamos buscando lo mismo que nos dieron siendo niños. Sí, Irena era una mala copia de la “reina malvada” que encerró a su hijo en el castillo con la ayuda del rey, y conocerme le vino como anillo al dedo para ejercer su papel. Irena había estudiado historia, pero no había aprendido la lección, y en ese examen no estaba sola. Después de cientos, miles de años, la humanidad entera sigue ciega. La historia, no de los números, ni de las guerras, ni siquiera la de las conquistas, la historia de los hombres se repite una y otra vez. Cada uno de nosotros tenemos marcado un camino, el que han marcado nuestros padres, y a la vez ellos siguen el que han marcado nuestros abuelos, y a la vez éstos, el de sus padres, nuestros bisabuelos, y así los caminos se repiten en la eternidad, caminos paralelos que sin variar se detienen en el mismo cruce e invariablemente deciden el mismo desvío. Esto ocurre en cada uno de nosotros. De repente me asalta el pánico: ¿Qué ocurriría si los millones de víctimas de maltrato en la infancia descubrieran que todo fue culpa de ellos? ¿Y quiénes son ellos? Ellos son el peor monstruo que puede haber en la infancia de un niño; ni lobos, ni brujas, ni “hombres del saco”... Ellos son papá y mamá. Todo lo que había hecho durante los últimos años era seguir señales engañosas, me había alejado tanto de mí mismo 235

que ahora estaba perdido, me sentía indefenso, vulnerable, alienado. “Era matina sul mondo, quando il primo di voi, di vergogna tremò...”

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Strà , 24 de febrero, 2004

El amigo – capítulo VI Comenzaba a anochecer. Encontré su casa sin mucha dificultad y me sorprendí del orden reinante. Por segunda vez, después de muchos años, me encontraba en la casa de Leno, aunque había una diferencia, él ya no estaba allí. Ahora, sentado en su sofá lo imagino junto a mí, explicándome su última desventura, pues eso era lo que él tenía, desventuras, una tras otra. He traído sus escritos conmigo, cuyas hojas sueltas leo una y otra vez, intentando encontrar un sentido a su historia. Creía conocerle muy bien y ahora, después de su marcha, de tantos años de amistad, me daba cuenta de que era un extraño para mí. Leno amaba Italia, amaba su música, sus monumentos y el desorden en armonía, por eso vino aquí. Estaba claro que no iba a volver a su casa, ni siquiera sabía si continuaba en Italia, pero en Venezia los carnavales han comenzado sin él y puesto que no hay nada mejor que hacer, ¿quién sabe si detrás de alguna máscara encuentro el rostro sorprendido de mi amigo? Con esa idea acelerando mis neuronas, tomé un baño y me precipité a la carretera a esperar que pasara el autobús. Saludé a la señora Luciana, que conversaba con quien debía ser su marido en los jardines del edificio. 237

Mientras esperaba en la parada comencé a recordar. Eso es lo único que podía hacer con Leno, recordar... . Después de más paradas de las que esperaba llegué a Venecia. ***

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El diario de Leno

Marco Polo Me levanté de la cama sin demasiado convencimiento; el sueño, como siempre, tardaba en llegar. Me acerqué a la ventana buscando las últimas parejas en la terraza del bar. En la casa de enfrente vuelve a haber gente; una italiana, rubia y contorneada, marca formas con su vestido de noche, ha salido sólo para fumar un cigarro y, a pesar de que dispone de una larguísima terraza, ella usa apenas un metro cuadrado de la misma. Los adornos del balcón indican que se acaba de casar -curiosa cuanto menos la costumbre de dar a conocer a todo el mundo los acontecimientos importantes de nuestra vida-. A los pocos minutos aparece el marido, ni rubio ni contorneado como ella, más bien redondo y pesado. Voy a la cocina a preparar el café, me topo con el calendario que amenazante me muestra una fecha marcada en rojo, me froto los ojos, deseando que lo que veo no sea verdad, entonces aparece claramente: “Aeroporto – Giuliana”, lo había olvidado, el café tendrá que esperar. Por alguna razón que no adivino, la niebla me acompaña a lo largo de mi vida. Fue mi compañera en mis primeros años de escuela, cuando subía la montaña de la Torreta acompañado de 241

mis primeros amigos. Entonces me daba miedo y ahora me inspira ternura. En el aeropuerto Marco Polo la niebla se ha convertido en la reina. Estaba aquí cuando traje a Giuliana hace quince días y parece haberse quedado esperando por ella. Al igual que yo, que sin saber muy bien por qué, me ofrecí a traerla y, por supuesto, a esperarla el día de su regreso. Y eso no está bien, porque sé que ella también me espera, aunque nunca lo diga, y en su caso, para algo más que un trayecto en coche. Hubiera sido mejor no ser tan educado, porque en la generosidad a veces se confunden los sentimientos. Giuliana aparece por la puerta de Llegadas, me sonríe, levanta la mano... no hay duda, ha regresado feliz de su viaje. Al llegar a mi altura, casi me tropiezo con su boca que con agilidad me esquiva, aterrizando en mi mejilla; nos decimos las frases educadas, me ofrezco a ayudarla con su maleta, pero Giuliana es una mujer de acción y amablemente rechaza mi caballerosidad. Caminamos lentamente a través del aeropuerto, hoy será nuestro último encuentro, aunque ella no lo sabe ni lo sabrá nunca, porque después de despedirnos, le diré que nos veremos dentro de poco, que no es un adiós, sino, un “hasta luego”. Ella, claro está, lo intuye pero es tan fácil engañarnos... y además, ¿qué importa?... Qué importa si el español que llegó hace cinco años a su país, no vuelve nunca más. Entonces llegó perdido, huyendo de los fantasmas y consiguió, durante algunos años, esconderse de ellos. Giuliana fue la primera persona que me acogió, tenía siempre una pizza 242

preparada para recibirme en mis peores noches, que eran las únicas en las que yo aparecía. En el trayecto de vuelta, Giuliana apenas habla, miro sus ojos una y otra vez, intentando verme reflejado en ellos, pero ¿por qué ahora? ¿Por qué ahora me importan sus ojos? Desde que llegué a Italia, esta mujer me mostró las cartas y yo, simplemente, me dediqué a jugar con ellas. Siempre tenía un “as” guardado en la manga para dejarla esperando, un día más, una semana más... así han pasado cinco años. El silencio se rompe cuando le pregunto por su viaje, ella deja de mirar el paisaje para responder con apenas un susurro... “todo muy bien, tal como esperaba”. Luego callo, porque sé que en su silencio hay algo más que tristeza. Llegamos a su casa, que hoy veré por última vez. — Me imagino que no quieres subir. — Tengo que acabar de preparar las cosas, pero si quieres mañana... — No importa, déjalo, es mejor que nos despidamos ahora. — Te llamaré antes de irme. — Promete que te cuidarás. — Te lo prometo. — Ok, dame un abrazo anda, español misterioso -y en el abrazo, Giuliana deja escapar un suspiro del alma –. ¿Te vas ya para casa? — Voy a dar antes un paseo por la ciudad, necesito despedirme de las piedras.

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Padova La primera vez que visité esta ciudad era un extranjero fascinado por la novedad y parecía que el pasado se había quedado en España para siempre. Hoy esos días me parecen cercanos, parecen la semana anterior, quizá porque en este tiempo no he pensado en otra cosa que en huir. Hoy es como el primer día que llegué aquí, la niebla lo envuelve todo, una niebla endeble, tímida, que me permite verlo todo pero no deja nada en libertad. Padova parece ser la hermana pobre de Venezia, o la prima lejana. Enamorarse de Venezia es fácil, todos lo hacen, y aunque yo también lo he intentado, no consigo engañarme. Venezia es una ciudad triste, donde es inútil escapar de uno mismo. Allí descubrí de forma casual, lo que siempre he sabido, que mi vida estaba vacía; lo descubrí cuando paseaba de la mano con Agnese, ésa fue la primera vez que intuí que los fantasmas seguían a mi lado. El día que cogió el vaporetto y se despidió con un beso en la mejilla, supe que no la volvería a ver, entonces me pregunté, una vez más, si me había vuelto a equivocar. La vida es complicada cuando debemos estar continuamente preguntándonos si lo que hacemos está bien, buscando una razón a todo lo que hacemos. La vida carece de lógica, la historia está movida a golpe de sentimientos, heroicidades y saltos mortales sin red, pero es complicada si la llenamos de miedos y falsas perspectivas. 244

Más allá del vago sentimiento de amor que pudiera sentir hacia las mujeres, existía un sentimiento más real. Huía de la soledad, buscaba un alma, más que una persona; porque exista o no exista alma, hay algo en nuestro interior que nos hace ser diferente a los demás. Eso es lo que yo buscaba, es también lo que no encontré nunca en Irena, porque no existía, luego, no se puede construir, es intrínseco desde que nacemos. Hay quien crece sin llegar nunca a conocer su “yo”, personas que siegan su vida porque han reconocido la imposibilidad de llegar a conocer su propia alma y, evidentemente, aquí se incluyen también los temerosos de encontrarla, que descubren la falsedad de la que están cubiertos, que descubren al fin que han castrado su propia naturaleza, su “yo”, su alma, y por ello el único castigo posible es el suicidio, aunque a veces éste ocurra de forma inconsciente y a veces, la mayoría, lentamente. Así que no tenía ninguna intención de volver a la ciudad de los canales. En cambio en Padova siento que estoy en casa y ellas, las estatuas, son mis amigas. Hice el mismo camino de siempre, llegué al mismo lugar de siempre: Pratto della Valle, me senté una vez más a observar la plaza. Aquellas estatuas habían tenido alguna vez un alma, habían cubierto una etapa y un proyecto, luego habían dejado en el mundo el hueco de su vida. Yo me sentía en un mundo cada vez más vacío, lleno de cientos, miles de huecos dejados por grandes almas, grandes personas que luego no encontraron relevo, esa es el vacío que inunda el mundo, un mundo 245

“repleto” de huecos sin rellenar. Ahora en esta vieja ciudad buscaba el alma de las personas olvidadas; si aquella estatuas hablaran les preguntaría, una por una, si saben dónde están, si las habían visto en un día de mercado, o un jueves por la noche de luna llena, como el día que conocí a Robaina. El día que dos almas se encuentran, algo vibra dentro de nosotros, duran sólo unos segundos; el alma reacciona antes que la cabeza, antes que el corazón, nos da una señal, pero ese primer momento pasa desapercibido. Luego, cuando se establece la relación, cuando las mentes conectan, ese momento retorna a la memoria. La historia de Irena aparecía ahora lejana, rodeada de la misma tímida niebla que invadía Padova.

La noche en Italia Subiendo Via del Santo llegué hasta Via Altinate. El cine, que tantas veces me sirvió de refugio, había desaparecido. En su lugar encontré una sala de baile. Mientras me acercaba pasaron por mi lado varios cowboys, personas disfrazadas con botas camperas y sombreros de John Wayne, que a juzgar por sus sonrisas, habían hecho algo más que bailar. Me detuve en la entrada, no conseguía ver su interior, al final de una escalera que bajaba desde la calle, pero oía música en directo, ritmo de salsa y voces negras. Me atreví a atravesar el humo que ascendía desde la sala y me adentré en aquella gruta misteriosa. 246

Era un bar pequeño con mucha gente, donde apenas podía moverme. Enseguida me encontré con el escenario: un baterista, un bajista, un guitarrista, un saxofonista, un coro de tres voces femeninas y la cantante; también había un piano, pero no el pianista. Pedí una cerveza y me senté lo más cerca posible del escenario. —Signore e signori, adesso vogliamo cantare una canzone per una persona di nome... sconosciutto! Ma che è adesso qui andiamo cantare... Margherita! “Io non posso stare fermo con le mani nelle mani tante cose devo fare prima che venga domani...”

Estaba sorprendido, no ya por escuchar esa canción que yo adoraba con un ritmo inusual, sino porque hubiera coincidido con mi entrada en el bar. Daba por supuesto que el tema no formaba parte del repertorio del grupo. La cantante era negra, no un poco negra, sino negra, pero el resto de los músicos eran blancos, como copos de nieve. Quedé hipnotizado por la música y me vi sumergido en un sueño… “…la cantante me hizo entonces una señal; moviendo la cabeza me indicó el piano vacío y algo debía tener en su mirada, que no fui capaz de negarme, a pesar de mi timidez. Me senté al piano e intenté atrapar el ritmo que ya sonaba desbocado. Estaba sentado de espaldas al resto de la banda pero enfrente de mí, un espejo me permitía seguir los movimientos de 247

caderas de la que se había convertido en la reina de la noche, una reina negra de un poder seductor (parece ser) sin límites. Lentamente comenzó a acercarse a cada uno de los músicos, primero al baterista que inmediatamente dejó sus baquetas en el suelo; nos habíamos quedado sin batería; le besó, dejando saliva en sus labios, luego le obligó a desnudarse y le indicó con el dedo una mujer sentada en la barra que observaba la escena con devoción, la mujer al verse señalada se desnudó también, el músico se dirigió hacia ella, comenzaron a abrazarse... Luego se acercó al guitarrista por detrás y se apretó a su espalda, mientras con su mano izquierda acariciaba el mástil de su guitarra y con la derecha buscaba con empeño la cremallera; en un rápido movimiento le bajó los pantalones; miró hacia el público que estaba ya entregado e hizo una señal a una rubia platino con minifalda y escote exagerado que observaba algo asustada; la chica se acercó hasta el escenario, hasta que su cabeza quedó a la altura de las piernas del músico que había sido despojado de su instrumento, entonces la diosa de ébano, los acabó de juntar... Uno a uno todos los componentes del grupo fueron cediendo al control de la cantante; a mi alrededor nadie permanecía ajeno a la situación, nadie excepto yo, que continuaba hipnotizado. No podía dejar de mirar el espejo, donde una mujer cantaba con voz de deseo; la música de Margarita era ya apenas unos acordes de piano, pero ella dominaba el escenario, ella y un extranjero desconocido que había cometido el error de creerse inmune a la

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noche, un extranjero que no sabía que durante la noche, todo es posible. La reina negra miraba mis ojos clavados en el espejo. Se acercó por detrás, no abrió la boca, pero parecía decir: “Toca otra vez viejo perdedor... haces que me sienta bien...”

No quería desobedecerla, si había que tocar el piano se tocaba. La música continuaba sonando, aunque los músicos habían cambiado de instrumento hacía rato. El humo dejaba entrever algunas escenas; me fijé en las tres coristas que jugaban solas y no podía distinguir donde empezaba una ni donde acababa la otra. El rostro de la cantante se ocultaba tras un velo de seda blanco. Cuando la sentí a sólo unos centímetros de mí, paré de tocar, me giré... La chica era una oda a la hermosura, sus piernas negras y esbeltas acababan justo en mis narices, la miré de abajo a arriba, tuve vértigo. La diosa negra y el humano infiel, uno frente al otro, la mujer desde la altura del poder me obligó a sentarme en el suelo, debajo de ella, se giró. Comenzó entonces a bajar, muy despacio, sus nalgas que ardían, frotaban mi pecho y llegaban justo hasta donde no deberían seguir bajando; fue en ese momento que apoyando sus manos en mis hombros cruzó la frontera, y lo hizo de espaldas a mí, una espalda hermosa de terciopelo negro. Cogió mis manos indecisas y las postró sobre sus muslos, me mantuve inmóvil 249

mientras la mujer de ébano seguía bajando... Se dio la vuelta, me miró a los ojos, me obligó a entrar en ella y yo, siempre obediente pensé... “Si hay que entrar, se entra...”, primero dulcemente, luego con ímpetu, luego... recordé de nuevo cuando un hombre ama a una mujer.”

La basílica Desperté solo, había dormido durante horas y no recordaba haber regresado a mi cuarto. Pero estaba allí, en aquella habitación de techo alto, decorada con estilo barroco. No había conseguido ver el rostro de la reina de la noche. Continuaba la niebla del día anterior, tanto fuera como dentro. Ni siquiera esa noche había conseguido acabar la canción, una canción que sabía de memoria, al igual que los cientos de canciones que comencé a componer y dejaba siempre a medias. Me daba cuenta de que las mujeres eran esas canciones inacabadas que tenía grabadas en cientos de cintas, habían sido aquella primera fuerza inspiradora y nada más. Conseguí con ellas, acaso completar una secuencia de tres o cuatro acordes, pero no hubo estribillos que cantar. Necesitaba tomar el aire. Una vez fuera me dirigí hacía la catedral, me había prometido poner una vela al patrón de la ciudad antes de marchar y no era cuestión de esperar al último día. La catedral estaba vacía, 250

inusualmente vacía, pues siempre está llena, de turistas y mendigos. Estuve allí de pie, mirando la escultura de Donatello, preguntándole si había valido la pena mi viaje. Pero aquel pobre jinete, que además era un farsante (al verdadero hace tiempo que lo escondieron de los curiosos), parecía preocuparle poco el hecho de que mi vida se encontrara de nuevo en un callejón sin salida. Me decidí por fin a entrar y me dirigí directamente al altar. Cuando llegué a la altura del órgano me detuve, la puerta estaba abierta, subí la escalera. ¡Era maravilloso!, me hallaba sentado frente a aquel viejo teclado, no podía ni quería vencer la tentación, me senté y comencé a tocarlo. Permanecí allí mucho tiempo improvisando y mientras tocaba imaginaba al público; entre mis oyentes estaba mi madre que lloraba emocionada, mi padre sorprendido, mis amigos, que entre susurros denunciaban admiración y envidia, detrás, los grandes maestros, entre ellos Bach, asentían con la cabeza... De repente escuché voces, me levanté de mi asiento y vi que la entrada estaba ahora abarrotada, se iba a celebrar una boda. La gente había comenzado a sentarse y no parecía que los novios iban a tardar mucho en aparecer. Debajo de mí, vi salir un capellán que sin percatarse de mi presencia se dirigió hacia la puerta de enfrente y volvió a desaparecer. Algunas cabezas se giraron hacia donde yo estaba, para entonces ya había dejado de tocar, no quería que me echaran y tenía curiosidad por ver a la novia. Rápidamente bajé y me situé al final de los bancos.

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Había pasado cerca de media hora, cuando todos empezaron a girarse, allí a lo lejos, como dos soldados aparecieron la novia y el padre. Caminaban despacio, el sol daba justo en sus espalda, apenas se podía distinguir el rostro de la prometida, oculto bajo un velo, ¡un velo blanco como la reina negra!, pensé. Me desplacé de mi rincón y fui hacia el pasillo, quería ver a la chica afortunada. Me situé entonces justo en medio de la catedral, creando un poco de desconcierto entre las personas que se veían desplazadas. El órgano, tocado ahora por manos más expertas que las mías, reproducía la célebre marcha de Mendelhsson. Fijé mi mirada en los ojos de la novia, intentaba atravesar aquel velo blanco que ocultaba su rostro, pero apenas podía distinguir un tímido parpadeo que ni siquiera iba dedicado a mí, pasó por mi lado y acerté sólo a ver su pelo negro. El hombre que la acompañaba no era mucho mayor que ella y más parecía su hermano que su padre. Sentí un bienestar olvidado, perdido durante años, los años que había durado mi batalla particular. Pasaron varias imágenes por mi cabeza, recordé el día de mi primera comunión y aquel sentimiento de indiferencia que sentía ante todos, me imaginé también en mi bautizo y aun sin recordarlo me pareció sentir el frío sobre mi cabeza y comencé a imaginar que en la basílica de San Antonio se celebraba mi boda, que yo estaba allí en el altar, que sonreía feliz a la novia, que ella me miraba con ternura, que cogía su mano y aquella mano era hermosa. Volví a la realidad, la música había callado, el cura había comenzado la ceremonia, me acordé de la vela que debía 252

encender y del hambre que tenía; me aparté como pude y abandoné aquel lugar bendito. Ver de nuevo el sol me sentó bien y me hizo olvidar mis fantasías, lo más real en aquel momento era el hambre, que en estas tierras extranjeras era siempre mal saciado; aquí no saben que más allá de la pasta, también hay vida. A parte de huir, no tenía nada que hacer en esta ciudad. Padova me gustó desde el primer día que llegué. Es una ciudad tranquila, hermosa. La descubrí hace más de diez años, durante mis primeras vacaciones en Italia; fue mi última parada después de visitar el sur y comprobé que en este país, el sur también existe. Del caótico Nápoles a la mística Padova fue pasar del negro al blanco; la diferencia es que por entonces eran siempre viajes de ida y vuelta, ahora sólo huía. Por esta razón, por Irena, por encontrar un sentido a mi vida, por Lucie, por Robaina, por todos los sueños rotos de la niñez... por todo eso me encontraba de vuelta aquí. Inmediatamente me sumergí en Pratto della Valle, pedí permiso a las estatuas, me senté en la hierba. El sol caía justo encima de mi cabeza, se agradecía. Mi vida, mi vida pasada surgía a borbotones. A veces el fuego ardía lento y los recuerdos pasaban con soportable agonía, otras, la llama era más intensa y en un gesto automático me detenía ante el dolor, temía quemarme. La música y los libros eran entonces un bálsamo, era el agua fría en el caldero que prolonga un poco más la cocción. Y en ese 253

hervidero estaban todas las mujeres, también los amigos, la familia, todas las relaciones abortadas, envueltas de incomprensión. Recordé el mercado de Ciudad del Mar, sentí miedo de volver a encontrar a aquella mujer o a su hija y tener que rendir cuentas por el tiempo perdido, pedir disculpas por no haber sido capaz de ser feliz como el Príncipe pianista de la máscara de cera, o por no haber podido empezar a escribir el libro con las paginas vacías, y preguntar de nuevo, ¿en qué realidad vivo? Entre España, Italia, Chequia; la realidad se confundía, ¿no era todo una Europa distorsionada? Sí, la realidad se distorsiona, a veces se cambia por completo y la sociedad, la gran sociedad europea, su Señoría Europa cae poco a poco en un pesado sueño, en un trance hipnótico. Somos los niños del flautista de Hamelin siguiendo el sonido de una flauta invisible que nos lleva al final del camino a una dulce muerte, intuida, pronosticada, pero no por eso menos efectiva. Desde que llegué a Padova sentía al mismo tiempo la añoranza de esta ciudad, tal como la soñaba en mis primeros viajes, y sentía añoranza por el bienestar de mi propia casa; sentía aún el recuerdo de Irena, sí, aún lo sentía, y sentía la añoranza de un amor desconocido y por conocer, también me sentía solo. En medio de estos recuerdos, como una sombra, aparecía el fantasma del Doctor; todavía no he conseguido perdonarlo, es posible que no lo haga nunca...

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El Doctor – capítulo II Nietzsche En un amplio apartamento de la calle Balmes, un hombre, un doctor que de joven había desafiado a los mismísimos herederos de Nietzsche consume las últimas horas del día conversando con su conciencia... “Como pasa el tiempo... No he vuelto a saber nada de él, yo no quería hacerle daño, pero ahora ya es tarde. ¿Y mi mujer?, ¿dónde está su comprensión? Cuando la conocí era tan distinta, tan auténtica... Yo la amaba, ¡por Dios que la amaba! Ahora, ¿qué nos queda?, poco o casi nada diría yo. Hoy amaneció como siempre, pero todo es diferente esta mañana. La mujer que yo amaba ha cambiado. Nunca más volveré a estar protegido por su brazos, y eso me da miedo, porque enfrente hay un desierto donde mi sombra se alarga hasta los límites de mi visión, pero el miedo es mejor que la mentira, porque contra el miedo podemos luchar, contra la mentira no podemos más que huir. Luego, en medio de la nada apareció ella, no pude evitarlo, me recordaba tanto a mi mujer. Mis días ahora están vacíos, apenas aguardo la noche, cuando mi única compañera es la televisión, esa pequeña pantalla de los horrores. Esta semana las noticias llegan del Este, nos hablan de una Rusia en continuo declive, donde oscuras prácticas de supervivencia emergen en el mercado negro. Dónde está la esperanza en un lado y en otro. España se ha 255

llenado de mujeres rusas sin papeles y por tanto con una única posibilidad de ganar dinero. Huyen de la miseria, saben lo que no tienen e hipotecan su cuerpo para sobrevivir. En España en cambio, nadie huye, porque aparentemente no hay nada de lo que huir. Ahora pienso en la trágica comedia de nuestra sociedad; auto complacida, aletargada, hipernutrida, ahogada por la abundancia y ciega, como los ciegos de Saramago. Vivo en una sociedad ciega de su propia miseria. A este punto envidio a las prostitutas rusas, pues mientras ellas conocen su miseria, nosotros no somos conscientes de la nuestra. Mal van las cosas cuando el amor se busca en un bar de alterne. Y esa miseria es la que me está ahogando, la miseria de la ignorancia”.

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Venezia, noche del 24 de febrero, 2004

El amigo – capítulo VII Es curioso como la ciudad es vulnerable a los cambios de luz. De la ciudad luminosa que visité cuando Leno y yo éramos inseparables, a la ciudad disfrazada que se presentaba ante mí, había cientos de años de distancia. Aquella primera vez, además de la luz, nos inundaba la alegría; a Leno, que volvía a ser el amigo risueño de la niñez, a Cristina, con su eterna inocencia, a Jose, que quedó fascinado por las góndolas, y a mí, que me sentía un elegido por tenerlos a los tres a mi lado. Ahora, mientras Cristina me aconseja que abra la puerta del olvido, mi pequeño Jose, continúa preguntando... “¿Cuándo va a volver, papá?...” y yo nunca sé responder mirándole a los ojos... “Dentro de poco hijo...”. Si un niño se acerca a ti, es porque tu alma es pura y no creo que haya en el mundo otra alma como la de Leno. Son apenas las ocho de la noche, escucho música de violines que provienen de una casa iluminada al otro lado del canal; enfrente de la estación los turistas se agolpan esperando el vaporetto, en un intento desesperado de no perderse la fiesta. Detrás de mí, dos chicas jóvenes se dan un beso, la que parece ser el hombre le estira suavemente a la mujer de su melena rubia, ésta sonríe y le da una bofetada de mentira que resuena 257

en el aire como un suspiro. Bajando la escalera me tropiezo con Dante que ha tirado sus libros encima de unas latas vacías de cerveza, pero llenas de ignorancia. Yo sigo la línea invisible que trazan los violines en el aire, atravieso el primer puente que marca la frontera entre la realidad y la fantasía. Una puerta de hierro me separa de la casa de los violines, un hombre disfrazado de verdugo la abre para dejar pasar tres arlequines que cantan música napolitana, mientras un perro me olisquea los zapatos donde reconoce el olor de un alienígena. Escucho ahora los violines despedazando el Nocturno de Chopin, mientras risas borrachas corean el nombre de quien sea posiblemente el anfitrión... “Domenico, Domenico, se tu ci fosse stato, lei non sarebbe andata... Domenico, Domenico, non andare via, non andare via...”. Sonrío al verdugo y le dejo con su puerta y sus narices, continúo caminando, perdido, entre luces a media asta y gritos desmedidos. Ya no sigo ninguna línea, simplemente camino, intentando volver sobre los pasos de la memoria, intentando descubrir qué fue lo que me trajo aquí, además de encontrar a Leno. Ésa es la pregunta que comenzó a golpearme las sienes desde que cogí el avión ¿qué es lo que realmente vine a buscar a Italia? Sabía que la probabilidad de encontrar a Leno era trágicamente remota. Por algún motivo que desconozco, evitó hablar conmigo después de nuestra despedida en Ciudad del Mar. Luego esperé meses antes de leer sus escritos, con miedo a tener miedo.

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Con estos pensamientos llegué a la plaza San Marco. Me cruzo con una reina que ha perdido su corona, y detrás dos soldados medievales, apenas custodian su vergüenza. Uno de ellos, el que parece más joven, escupe al aire un insulto, que probablemente vaya dirigido a mí... “Vaffanculo turisti, andatene via, vaffanculo...”, recojo el guante que amablemente le devuelvo... “Caballero, se le ha caído esto...”, el joven se gira y encuentra mi mano que ha perdido todos los dedos menos uno, el más largo que apunta al cielo; el joven me mira, las mentes, que se leen, mantienen un diálogo sordo donde sólo se delatan los ojos, ahora agachados, del soldado medieval denunciando su cobardía. No necesito ensañarme con él, continúo hasta el Campanile, ahora cerrado, y luego por fin consigo ver el mar, que lleva años prisionero entre los muros de esta ciudad maldita. Éste es un mar de mentira, sin olas, sin peces y oscuro, teñido con la tristeza de sus habitantes. Allí, sentado en el embarcadero hay un hombre vestido de negro, es el padre de Mozart que parece esperar a su hijo; no tengo miedo, llego hasta él, se gira, probablemente me sonría, pero su máscara es negra como la noche sin luna que cubre Venezia. Me siento a su lado, a su izquierda una caja de cervezas, a mi derecha sólo agua, yo soy zurdo... No queda nada más que hacer, no puedo dejar pasar la ocasión de brindar con el padre de Mozart... Seis cervezas más tarde por fin abro la boca para algo más que para beber y sea quien sea el hombre de negro que brinda conmigo, yo necesito hablar con Leno: — Amigo... Necesito preguntarte una cosa. 259

— Hace tiempo que te espero, dime... — Yo también Leno, llevo meses esperando tu llamada, estamos preocupados por ti, ¿por qué no has dado noticias? — Quería hacerlo, te lo prometo, pero tenía miedo. — ¿Miedo de qué? Sabes que puedes confiar en mí, yo no soy como tus otros amigos, siempre te respeté. — Lo sé, por eso tenía miedo de hablar contigo. — Yo siempre he intentado comprenderte, desde pequeño que jugábamos juntos y a veces te enfadabas cuando perdías. — Nunca fui un buen perdedor y ya ves, la vida no ha hecho más que darme cartas marcadas. — ¿Has conseguido olvidar ya el pasado? — He olvidado lo que necesitaba olvidar, pero los “perdigones” siguen ahí. — Vuelve conmigo a España, allí nos tienes a nosotros que somos tu verdadera familia. — Sabes que no puedo amigo, aunque a veces la nostalgia duele tanto que no me deja ni respirar. — ¿Y cuáles son tus planes? — Estoy preparando de nuevo las maletas. — Y no vas a decirme adónde vas, ¿no es así? — No puedo, ni yo mismo lo sé. — Está bien Leno, si cambias de idea estaré en tu casa un par de días más. He llegado a un acuerdo con el banco para ir pagando las letras atrasadas, voy a conservar tu casa para cuando vuelvas. — Gracias amigo. 260

— A propósito, todo el mundo aquí en el Veneto anda preocupado con la última profecía. ¿Qué nos espera ahora? — Venezia se hunde. — ¡Ja, ja, ja...! pero eso ya lo sabemos hace tiempo. — Ya, pero ahora el Profeta ha puesto fecha, será dentro de cien años… — Pues tu casa no queda muy lejos de aquí. — No había pensado en eso, por cierto ¿has estado en el sótano? — No, no he tenido tiempo. — Es mejor que no vayas. — ¿Qué hay ahí? — Hay fantasmas que es mejor no despertar, viven allí desde aquel día de tu cumpleaños, el día del accidente. — Nadie me explicó nunca lo que pasó antes de que yo llegara. — Hazme caso amigo, no despiertes a los fantasmas, ahora dame un abrazo. — Cuídate Leno, sabes que te quiero. — Lo sé, yo también te quiero. ***

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El diario de Leno

El Dios de los hombres El sol no se dejó ver esta mañana. Hace frío y un cielo oscuro pronostica una próxima tormenta. El reloj marca una hora extraña, son las cinco de la mañana y ya ha amanecido. Éste es un pueblo tranquilo, tan tranquilo que los jóvenes huyen a buscar aventuras. Yo amo esta tranquilidad, echaré de menos este lugar. Ahora siento que estoy rezagado en la carrera hacia el bienestar. Miro la televisión, donde aún recibo noticias de España; hablan de unos jóvenes cantantes que han conseguido el éxito, que ahora sólo es fama y dinero. Miles de personas compran sus discos, sus pósteres, sus narices de payaso. Miro después el anuncio de sus canciones, entre paréntesis leo: (El hombre del piano, versionado por La Diva de España). Cierro entonces los ojos, parpadeo varias veces, para aclarar la vista y la conciencia, cambio de canal... El Profeta habla al pueblo, nos dice que todo va bien, que todo va a ir bien a partir de ahora. Es el aniversario de su llegada al poder, la masa aplaude, el Profeta levanta los brazos, sonríe, de su bigote gotea sudor, ¿a quién me recuerda? pienso... Cierro de nuevo los ojos, apago el televisor y comienzo a soñar... 262

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Los libros del mercado de Ciudad del Mar Hay días en las vidas de las personas en que algo sucede sin esperar, un cambio casi imperceptible, que no se sabe con certeza de dónde viene, ni adónde va a llevarnos, es... ¿cómo llamarlo?... un click en la mente. El momento es lo de menos, lo importante es el resultado final, porque ese click llega siempre después de mucho tiempo; tras años de soportar a tu pareja (¿por qué soportamos a quién deberíamos amar?), tras años de aguantar a tu jefe, tras años de ver la misma mierda repetida en la televisión; nos levantamos, hacemos click con el mando a distancia y se acabó... Hay días, sí, en que nuestra mente hace click, algo se despierta en ella y decide (siempre es nuestra mente que decide) que ya es hora de acabar. Sólo que a veces lo que termina es algo más que el circo para adultos de la televisión. 264

Los locos son sólo eso, mentes que se cansaron de aguantar y desconectaron el canal de la realidad para no seguir sufriendo, mientras los suicidas, quién sabe si más fuertes, apagaron el canal de la vida para no seguir malviviendo. Porque, ¿qué sentido tiene la vida cuando millones de personas observan impasibles como dos hermanos se insultan, no sólo ante el mundo entero, sino incluso ante Dios? Y lo que es peor, ¿qué sentido tiene la vida cuando Dios que los observa, no hace nada? ¿O hizo algo cuando Caín mató a Abel? Y él sabía lo que iba a pasar. Por eso puedo entender al loco que no quiere seguir viviendo en la realidad, y puedo perdonar al suicida que decide marchar antes de tiempo, consciente de que si la vida es: “vivir jodidos”, no vale la pena esperar. Ahora bien, ocurre a veces, que ese click no es el final, puede ser que ese click sea simplemente el inicio. Puede ser que después de mucho golpear en la bombilla, el insecto consiga entrar, que entonces se ilumine su vida, que la luz penetre en su cuerpo y con el brillo resplandezca más que los demás, mucho más, y el insecto se convierta después de mucho tiempo, en algo más que un insecto. Tenía en el escritorio, ante mí, los libros que una mujer me había regalado en un mercado de Ciudad del Mar; tenía de vuelta el único cuento que fui capaz de escribir: El cuento del hombre pobre. Sólo me quedaba rellenar aquel otro libro, cuyas

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páginas no entendía: a, b, c, d, e, f... Tal vez era cuestión de hacer simplemente... Click... y empezar a recordar...

Alciony Alciony era una buena amiga, vivía cerca de mi casa y yo frecuentaba el bar donde trabajaba, fue mi última aventura antes de partir hacia Italia. Cuando la conocí, llevaba tres años en España y mezclaba las palabras extranjeras en nuestras charlas. Al principio se interesó por mi soledad, era muy amable, luego me dio su número de teléfono y comencé a cortejarla. Al poco tiempo empezamos a salir. Esta historia duró poco, hasta que partí a la tierra prometida. Alciony tenía su cuerpo dividido en dos; por encima de la ingle, justo debajo de su ombligo, una cicatriz cruzaba de lado a lado su cintura; se había hecho una reducción de estómago para perder cuarenta kilos. Alciony era feliz, tenía un bello cuerpo, dividido, pero bello al fin y al cabo.

Barcelona En Barcelona hace tiempo que se olvidaron de reír. Esta ciudad cosmopolita, palabra que no entiendo muy bien, está llena de gente trabajadora, o de gente ocupada, tan ocupada, que no tienen tiempo de mirar a su lado, donde otras personas 266

también ocupadas, buscan, más o menos, el mismo objetivo. Si alguien quiere ser feliz, no se queda en Barcelona. Ahora que ha muerto el gorila blanco, la ciudad se ha quedado sin su hijo predilecto. Entre Alciony y Copito, el gorila, no hay mucho parecido, salvo que ambos eran emigrantes y que Alciony por la noche, se vestía con un pijama blanco; entonces yo cariñosamente la llamaba, Copito de nieve. Luego a veces hacíamos el amor. Barcelona fue la ciudad olímpica hace muchos años, cuando Copito todavía vivía, y el planeta entero le rindió homenaje. Después la ciudad continuó como su gente, ocupada; mirándose el ombligo a ratos, y a ratos mirándose en el espejo al que preguntaba: “Espejo, espejito, ¿cuál es la ciudad más hermosa...?”. Y el espejo, que entre otras cosas no deja pasar la luz, refleja la realidad que tiene delante. La ciudad se ve a sí misma distorsionada; en ocasiones, vestida con sus mejores galas y en ocasiones, desnuda, mostrando su miseria, pero como en el cuento, nadie tiene valor de denunciarlo porque los niños continúan jugando en la entrada del colegio. Muchos años después de las Olimpiadas, decidí marchar de la ciudad desnuda, una ciudad que me resulta indiferente, inexistente. La ciudad está ahí, pero eso da igual; no siento nada por ella, excepto lástima. Ahora vivo lejos de Barcelona, lejos de Alciony, lejos de tantos recuerdos que han dejado de serlo para convertirse en 267

estalactitas, de un mismo color y diferentes formas. El frío que me rodea ayuda a que estos trozos de hielo no se fundan jamás y puedo así proseguir mi camino, sin miedo a que los recuerdos se conviertan en piedras, que pesen toneladas y no pueda levantar. Esto es lo que les ocurre a muchas personas, que no pueden levantar sus recuerdos y viven con ellos, anclados en un mismo tiempo, un mismo lugar, viendo pasar los años mientras se preguntan: “¿Qué ha sido del mañana?”. El mañana viene y se va, pero el que vive en el pasado no lo sabe, y no lo ve pasar.

Catarsis Alciony fue la última mujer que conocí en Barcelona, pero no la más importante, tampoco la primera lo fue. Algunos se obstinan en decir lo contrario. La primera es sólo eso, la primera, y por eso ocupa un lugar privilegiado para el cual no ha hecho méritos suficientes. Pero así es la realidad que nos rodea, una realidad hecha de números ordinales: el primero de la fila, el último de la fila, el segundo puesto, el tercero (lugar casi siempre preferible al segundo), la segunda guerra mundial, el cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre, la segunda República, la segunda enmienda de los Estado Unidos: ¡Derecho a poseer armas!, el cuarto jinete del Apocalipsis, el séptimo día (que descansó nuestro Padre), el tercer Reich, la primera esposa (lo que indica que existe una 268

segunda), el séptimo de caballería, el décimo de lotería, el decimonono y el arte decimonónico, y los reyes son también ordinales (a veces ordinarios): Juan Carlos primero, Felipe segundo, Alfonso trece o decimotercero, Fernando séptimo (que custodiaba mi castillo)... Pero ahí está la prima donna y su lugar de privilegio, porque nos guste o no, quedará para siempre en la memoria y es poco probable que se convierta en estalactita; eso le puede suceder a la segunda, a la tercera, pero no a la primera y tampoco a la última. La primera y la última son piedras pesadas que llevamos siempre con nosotros. La ciudad donde vivo apareció en medio de la nada, huía de una mujer extraña que con el paso del tiempo se convirtió en estalactita, pero antes de eso fue la lava de un volcán que quema las emociones y todo lo que en ellas habita. Aquí he conocido a otras personas, pero dudo que mi recuerdo persista en sus memorias. Mi casa está ahora llena de estalactitas, y sería injusto pasar por alto a la mujer volcánica. Fueron cuatro años de erupciones que produjeron en mí una catarsis. Después de ella, nada volvió a ser como antes. De su país, Chequía, no puedo asegurarlo, pero sospecho que es el país con mayor número de borrachos por metro cuadrado. Ella, claro, también lo era, pero se negaba a aceptarlo. Se puede estar borracho sin ser alcohólico, se puede enloquecer sin haber estado nunca loco, y para morir, es circunstancia sine qua non: no estar muerto. La mujer volcánica 269

hablaba con Saint-Exupéry, no es extraño, pues su hermano tenía contactos con el más allá, pero conmigo casi no hablaba, y cuando lo hacía, era algo así: — ¿Qué te pasa? –le preguntaba. — Estoy triste. — ¿Es por mi culpa? — No, tú no tienes nada que ver. — Entonces... — No sé, es que... — ¿Quieres volver a tu país? — ¿Tú quieres que me vaya? — Yo quiero que seas feliz. — Pero yo quiero estar a tu lado. — ¿Y por qué estás triste? — No sé, es que... — ¿Quieres volver a Chequia? — Sí.

Dios El mundo está lleno de iglesias. Las he visitado pocas veces, aunque nunca para rezar. Sin embargo son lugares tranquilos, lejos del murmullo de la gente, donde se puede pensar. Los católicos sufrieron un duro revés cuando murió el último Papa. Ahora sin autoridad resisten como pueden el poder del Profeta, pero la fe es una de las armas más poderosas del 270

pueblo y aunque quizá no mueva montañas, sí mueve la historia. Yo no tengo fe, pero sí historia, movida por unos hilos invisibles que han hecho de mí lo que ahora soy... “Dios, yo no puedo hablar contigo, porque no te conozco, y perdona, pero yo no hablo con desconocidos, así que si alguna vez quieres decirme algo, aquí estoy; sólo tienes que llamar a la puerta de mi casa. No tiene ningún parecido con una iglesia, por no haber no hay ni cruces, pero hay estalactitas, y hace frío como en las iglesias”. La checa lloraba en la casa del Señor, no sé si entonces era consciente de sus pecados o era porque Dios le susurraba al oído: “Hija, te perdono”. Cuando la mujer volcánica desapareció de mi vida, fue el momento en que decidí cambiarla. Cambiar el escenario, los actores, el guión, el vestuario... todo menos los fantasmas. Fue entonces que llegué a Italia: “Buongiorno Italia con la pasta al dente, e un partigiano come presidente...”

Emozioni Antes de llegar a Italia, escuchaba a sus músicos que habían invadido la península con sus canciones. Así fue que conocí a Battisti, un hombre que después del éxito cayó en un abismo profundo donde podía conversar en silencio con la soledad: 271

“Inseguendo una libellula in un pratto, un giorno che avevo rotto col passato... cuando ya creía haberlo conseguido... me he caído”.

Hace aproximadamente veinte años se comenzó a hablar de la inteligencia emocional. Fue el descubrimiento del siglo, decían. Así fue que todos los esquemas parecían romperse: no más jefes déspotas, no más estatuas a las cabezas cuadradas de las matemáticas; ahora lo importante son las emociones, la capacidad de sentir, comprender, elaborar los sentimientos, eso debía ser lo más importante. Pero el hombre es pariente del primate, somos animales, y el descubrimiento se ha cubierto de escarcha.

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Final

(El escritor) El Doctor En un pueblo cercano a Ciudad del Mar, un hombre, un Doctor, un experto en la mente humana, se dirige de nuevo a un bar, pero esta vez es diferente. Situado a pie de carretera, como tantos otros, es un lugar muy frecuentado y bastante conocido fuera de la comarca. Allí había conocido a varias chicas rusas: Valeria, Joana, alguna húngara como María y una chica colombiana que le aseguraba siempre que estaba enamorada, ésta era Liliana. La historia con Liliana duró poco, hasta el día en que ella se acercó a otro cliente estando él delante. Siempre le había dado atención en exclusiva, así que después de ese día no volvió a subir con ella. Era la tarde de un día gris, el hombre siempre iba allí en días grises y la carretera estaba mojada por la lluvia fina de primavera. Por su cabeza pasaban muchas caras distintas, recordaba sonrisas y guiños de caras desconocidas e intentaba encajarlas en aquellos cuerpos de alquiler. Era temprano y no había demasiados clientes, las chicas se entretenían hablando entre ellas; pasaron muchos minutos hasta que se acercó la primera, una chica de pelo muy corto. —Hola, ¿vos como estáis...? —Pues no muy bien, cuando vengo aquí nunca estoy bien. 273

—¿Así que venís mucho por aquí? —Alguna vez, tú debes ser nueva. —Hace dos semanas que llegué, pero ya estuve antes durante seis meses. —Vaya... La chica era sudamericana, quizás argentina o venezolana. El hombre la miraba, -siempre las examinaba-, intentaba apartarse para verla entera. Ocurría que ellas se acercaban tanto que a veces necesitaba de varios quiebros para poder observarles las piernas. —¿De dónde eres? —Soy uruguaya, ¿y tú? —Yo soy de aquí... de aquí cerca. En aquel rincón del bar se perdía su mirada. Alejandra, la uruguaya, se mecía encima de él y le susurraba palabras obscenas, le metía también la mano entre las piernas, le decía que le quería follar, que le gustaba mucho... El hombre permanecía más o menos distraído, miraba hacia el final de la barra, su mirada se había fijado en un cuerpo. A media luz, sus ojos se habían detenido en una melena rubia y su mente había comenzado a viajar hacia atrás. De nuevo comenzaba a dudar, como el día que destrozó la terapia del que había sido su paciente durante años, de nuevo se sintió preso de un sueño. Era su pelo, allí al final de la barra el hombre creyó ver una cara conocida. Mientras Alejandra seguía en su empeño, le acariciaba la cremallera y le susurraba al oído... 274

— Vamos a hacer el amor, me estás poniendo cachonda... No respondió, no merecía la pena, sabía aquella comedia de memoria. Se levantó por fin de su rincón y con muchas dudas empezó a caminar. En el trayecto recordó a la chica de la melena rubia, recordó el primer día que la vio, cuando entró en su consulta acompañada de su paciente; ella tenía entonces los pechos hinchados por la cerveza y él no pudo dejar de mirarlos durante toda la hora. Después el día que ella volvió sola y se lanzó a sus brazos llorando, ese día... él se declaró, ella sólo sonrió, luego se besaron, luego... el olvido. El hombre llegó hasta el final de la barra, llamó a la chica por su nombre. —Hola Irena... –la chica se giró sorprendida. —¡Hola...!, ¿cómo sabes tú mi nombre? —¿No te acuerdas de mí? —Si te hubiera visto antes me acordaría, eres un hombre muy guapo. —Continúo buscando una respuesta a tu pregunta, ¿por qué es salado el mar? —Y dime, ¿ya lo sabes? —Tal vez el mar se formó con los millones de lágrimas que los hombres lloraron durante siglos. —¡Vaya!, no está mal... ¿y qué hace por aquí un hombre tan inteligente? —Vengo buscando algo, pero no sé el qué. —Yo te puedo dar algo, ¿quieres tú algo de mí?

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El hombre permaneció allí junto a la chica mucho tiempo, en aquella extraña dimensión. Hablaba de su vida, de su familia, de las carencias que le rodeaban, de como buscaba el amor en sitios de alquiler... Mientras, ella, escuchaba en silencio, asintiendo con la cabeza al ritmo de las palabras. Luego pagó los cincuenta euros y subieron juntos. Hicieron el amor durante treinta minutos pero fueron muchos más. Cuando acabaron, el hombre quedó en la cama abrazado a aquel cuerpo. Irena acercó su boca y le besó. El hombre quedó profundamente dormido.

El amigo En Barcelona, en una casa de doble planta, un hombre acaba de llegar de un largo viaje. Su rostro refleja no sólo el cansancio, también la tristeza, un sentimiento que se confunde ahora con la alegría de volver al hogar, de volver a ver a su retoño, de abrazar de nuevo a la mujer que ama, a la única mujer que ha amado toda su vida. Ella escucha el ruido del motor del taxi y sale corriendo a su encuentro, el rostro del hombre agotado intenta esconderse entre los cabellos de la mujer que le abraza, mientras su boca busca una piel tierna donde descansar. — ¿Le has encontrado? — No lo sé... estoy aturdido. — Vamos dentro, descansa un poco y luego me cuentas. — Tengo que decirte algo... 276

— Dime cariño. — Soy el hombre más feliz del mundo por tenerte a mi lado. — Vamos dentro, estás cansado por el viaje. — ¿Y Jose? — Lo he dejado esta noche con su abuela, quería estar a solas contigo. Le he prometido que mañana lo llevarías tú al colegio. Te hemos echado mucho de menos. — Sólo he estado fuera unos días. — Me han parecido años... — A mí también. El hombre se tumba en una cama a medio hacer, donde el calor de su mujer le da la bienvenida, harán el amor, a pesar del cansancio, y a pesar del sueño se despertará aturdido durante la madrugada, en que se abrazará como un niño a la mujer que ama, buscando el consuelo de quien siempre le entiende. Le explicará que estuvo en la casa de su amigo, donde sólo encontró recuerdos, que siguió sus pasos hasta donde pudo, o hasta donde su corazón le dijo, que está triste porque parece que perdió para siempre a quien fue su fiel amigo; todo eso se lo explicará mirándola a los ojos, luego de nuevo se tumbarán en la cama, que retiene los olores de la primavera, ella apoyará la cabeza en su pecho, ahora marcado, y con los ojos mirando al techo le dirá todo lo demás, pero en silencio, como si de verdad ella le estuviera escuchando.

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Le dirá que el hombre que salió de casa no va a volver jamás, que buscando a su amigo se encontró a él mismo: primero desdibujado, luego humillado, luego perdonado. Porque él es una persona sensata, equilibrada, un hombre que controla su mente y no deja espacio para los fracasos. Él y su voluntad son una misma cosa, sin más; por eso es feliz, a pesar de descubrir que hasta en la casa más dichosa existen fantasmas. Los mismos que acosaban a su amigo Leno, que continuaban vivos en un sótano olvidado en un pequeño pueblo cerca de Padova, donde unas cartas se tornaban amarillas; pero que ironía esa naturaleza muerta, que sin embargo mantenía tanta vida entre sus letras. Él no buscaba aquello, ni siquiera el Profeta podría haberlo previsto. Desde pequeño sentía ese vínculo de la amistad que unía su destino al de Leno, destinos tan diferentes, pero que parecían seguir dos líneas paralelas que a veces se confundían y, (sólo ahora es consciente), intuía que había algo más, mucho más fuerte que una amistad, un lazo que es inquebrantable e irreversible. Continuaba hablando en silencio con su mujer ya dormida, mirando el techo de su habitación que de repente había cambiado para siempre, porque él ya nunca sería el mismo... “Cariño, te lo explicaré todo. Fui hasta la casa de Leno, pero él ya no estaba allí. Conseguí hablar con su vecina, la señora Luciana, que me dejó todavía más confundido de lo que estaba. Me explicó que lo había visto volver un día por la noche, pero luego lo vio marchar temprano de madrugada; que vinieron 278

los hombres del banco, entonces fue cuando me llamó. Le pedí que me dejara ver el piso, me dio entonces las llaves, me pidió también que me las quedara, así que subí. Pasé la última semana allí. Sí, lo confieso, estuve registrando entre sus cosas, buscaba... qué sé yo... otro libro quizás, un diario, alguna nota... pero en el piso no había apenas huellas de él. Decidí entonces bajar al sótano. Parecía que aquel lugar estaba abandonado, estaba todo cubierto de polvo, pero cuando comencé a excavar entre aquellas ruinas, descubrí los tesoros de Leno: su colección de discos, sus libros, estanterías llenas de películas... Lo sabes que Leno era un devorador de cultura. Encontré también alguna talla de madera que probablemente se llevó como recuerdo del hotel; hasta sus cascos, aquel primer casco que se compró con el dibujo del águila de Kenny Roberts, ¡ja, ja, ja...!, hasta eso encontré en el sótano. Pero hallé algo más, es lo que no quería que supieras, por eso he esperado este momento, en que puedo hablar contigo en silencio, ahora que duermes feliz porque he regresado. Entre todos sus tesoros encontré una caja con cartas, muchas cartas... Como puedes imaginar la mayoría eran de Irena, tenía un par de cartas de su amigo Carlos, y alguna mía; no entiendo por qué no me respondió, entonces comprobé que las había recibido, pero no se lo voy a tener en cuenta, (no amigo, la amistad no descuenta los errores ni los defectos). Cristina, lo que quiero explicarte, es que entre aquellas cartas encontré una que no debería estar allí, era la que tenía la fecha 279

más antigua, era... ¿cómo te lo puedo explicar?, yo mismo no me lo explico. El remitente de la carta era la última persona del mundo que podía estar allí... era de mi madre. Al principio no me pareció extraño, ella podía haberle escrito, fue casi como una segunda madre para él, o incluso lo único parecido a una madre que conoció, pero en los nombres del sobre había algo desafinado que me perturbó profundamente, la carta no iba dirigida a Leno. Allí había otro nombre, también equivocado: era una carta dirigida a su padre. Sí, ya sé lo que estás pensando, que no hay nada sospechoso en que mi madre le hubiera escrito una carta al padre de Leno; podría ser una simple invitación a mi comunión... Entonces, con las manos temblorosas comencé a leer, una simple hoja, con la letra firme típica de tu suegra. Te voy a leer sólo el último párrafo: [No tenemos nada más que hablar. Él es también mi amigo, y cada vez que me dejabas llorando, él estaba a mi lado. No sabe nada de lo nuestro, está enamorado de mí y quiere que seamos novios, así que ¿para qué voy a explicarle toda la verdad? Mi hijo necesitará un padre, y yo no puedo obligarte a asumir tu responsabilidad. Por eso te pido que por lo menos respetes éste, nuestro secreto. Hazlo por tu amigo, que merece ser feliz, y hazlo por nuestro hijo, él no debe saber nunca quien es su verdadero padre. Mi pequeño, que comienzo a sentir ya dentro de mí...] Sabes que nunca lloro, pero ese día estaba allí, solo, sin ti, sin mi amigo que podría haberme explicado algo más, pero nada 280

habría cambiado. Sólo cambió una cosa, de repente apareció como un relámpago ante mí, la respuesta a una intuición, entendí porque Leno y yo teníamos un vínculo tan fuerte, sí Cristina, los dos somos fruto de la misma bestia... Ahora abrázame fuerte, lo necesito, lo necesito más que nunca”.

El extranjero En el lado opuesto de Europa, un extranjero acaba de llegar a un pequeño pueblo cerca de la frontera con Polonia, un pueblo llamado Litice. Es casi medianoche y se dirige al único bar que continúa abierto. En la barra una joven de ojos rasgados y larga cabellera negra mira sorprendida hacia la puerta, el extranjero sonríe, la camarera ilumina su rostro con una sonrisa, heredada probablemente de las diosas del Olimpo. — ¡Creía que no te volvería a ver! — Dejé olvidado algo la última vez que vine. — ¿Y ya lo has encontrado? — Creo que sí. — Estaba comenzando a cansarme de mirar todos los días hacia la puerta, esperando verte entrar. Has tardado mucho en volver, ¿y si me hubiera ido? — Te habría buscado, como he hecho toda mi vida, ¿a qué hora acabas? — Ya estoy cerrando... — ¿Quieres venir a dar un paseo? –la chica sonríe... 281

— ¿A la iglesia?, ¿sabes que hoy es el día de todos los santos?¿Para qué vamos a mezclarnos con los muertos? Esta vez quiero ir directamente a tu casa. Por la mente del extranjero aparece vagamente la imagen de un niño que de grande quería ser escritor, que inventaba historias de ciencia ficción donde el mundo se precipitaba al final de su existencia. Luego el niño creció y encontró en sus recuerdos la fuerza para viajar, sin saber que no viajaba, sólo huía, y en la huida se perdía, entre abrazos fingidos y besos robados, o encontraba una isla donde apenas descansar. — ¿Cuántos días vas a quedarte? –el extranjero sin responder, coge la mano de Ivana que comienza a temblar. — Estás tiritando. — Sí, pero no es por el frío. — ¿Te pongo nerviosa? — No me has contestado, ¿cuántos días vas a quedarte? El extranjero suspira, recuerda el día que dejó su casa en Barcelona, la imagen de su mano cerrando la puerta por última vez, recuerda el hotel que en realidad era un castillo, donde vivió encerrado más de cien años. Mira a Ivana, y por un momento su rostro se transforma: en la joven que le guió una vez por Ciudad del Mar, en la refugiada albanesa que soñaba con una historia importante, en la turista extasiada que intentó enseñarle a bailar... Uno tras otro, sus rostros se confunden con el de Ivana, hasta que aparece ante él una imagen desenfocada que no consigue reconocer, asustado se frota los ojos, 282

distingue entonces una boca que se agrieta con el paso de los años por el desgaste de las mentiras, unos ojos azules pero sin vida que le observan indiferentes y escucha el eco de una risa nerviosa que se acciona con apenas el chasquido de unos dedos. Asombrado, se da cuenta por primera vez, que no recuerda ya su rostro, el rostro de la mujer que marcó su vida. El extranjero ríe, ríe como nunca lo había hecho, una risa limpia que sale del fondo del alma. Entonces aparece de nuevo el rostro de Ivana, al tiempo que desaparecen los fantasmas. — ¡Brindemos! –exclama el extranjero. — El día que te conocí no estabas tan contento. — El día que nos conocimos yo no existía. — Sigues sin responderme, ¿cuántos días vas a quedarte? — Nunca he estado en ningún otro lugar, hoy es en realidad el primer día de mi vida. Si tú quieres... –la muchacha no le deja acabar la frase, se abraza a él susurrándole al oído... — Sí quiero... quiero que te quedes... Afuera el Creador, continúa jugando una partida de copos de nieve en solitario, en la iglesia se celebra una misa en honor de todos los santos y en el bar de un pequeño pueblo, cerca de la frontera con Polonia, un hombre acaba de nacer. Por primera vez, Leno... respira.

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….. …. … .. .

Globalización En la televisión, todos los canales interrumpen su programación para dar una noticia: “El Profeta ha sido víctima de un atentado, su vida corre grave peligro, les mantendremos informados. Ahora les dejamos de nuevo... con el circo de los payasos”.

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Historia de un Mundo Animal (Epílogo) Pasados ya algunos años desde que comenzara a transformar los escritos de Leno, y sin saber si algún día volverán a las manos de su autor, no me queda más que encomendarme al tiempo y a la suerte para desear que sea cual sea su destino, estas hojas no caigan nunca en el olvido y desear también, que los fantasmas que las habitan, permanezcan en ellas, fieles a las personas que los crearon, para seguir formando parte de un mundo, diferente o no al nuestro, real o imaginario, pero en definitiva, formando parte de nuestra vida.

José Durán Granollers, 14 junio de 2011.

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Sobre el autor José Durán es, ante todo, un artista, que encuentra en las letras y en la música sus principales fuentes de inspiración. Desde pequeño estudió piano a través del conservatorio de Barcelona, para comenzar, más tarde el estudio de técnicas de canto con el profesor Enric Illana, de Mataró. Después de seis años dedicados a la música clásica, decide enriquecerse de otras fuentes, como el blues y el jazz, encontrando apoyo en la escuela Jamsession de Barcelona, junto a la cantante Sweet Little Montse y el pianista Juan José. En 2002, todavía con la resaca del milenio, marcha a Padova (Italia), donde continúa sus estudios de canto en La Casa della Música. Es aquí en Italia donde nace el escritor y comienza a tomar forma su primer libro: Cuentos italianos, que saldría publicado en 2011, cuya primera edición se agotó en poco menos de un año. En 2008 vuelve a España y fija su residencia en Badajoz, tierra de sus ancestros, donde permanece 3 años, importantísimos para el autor, por ser aquí donde conoce a la que considera su maestra, la persona que le ayudaría a zanjar las cuentas pendientes con el pasado y le permitiría dar un nuevo rumbo a su vida. Es aquí donde concluye la novela Historia de un Mundo Animal, que había comenzado a escribir diez años atrás y donde nace también su vocación por el psicoanálisis. Actualmente reside en Brasil, donde ejerce como psicoanalista y continúa sus actividades como músico y escritor.

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