EL ESCRITOR SOGIEDAD

C U A D E R N O S J U R I D I C O S Y S O C I ALES X VI11 EUGENIO ORREGO VICUÑA EL ESCRITOR Y LA S O G I E D A D De la ubicación social de los intel...
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C U A D E R N O S J U R I D I C O S Y S O C I ALES X VI11

EUGENIO ORREGO VICUÑA

EL ESCRITOR Y LA S O G I E D A D De la ubicación social de los intelectuales

UNIVERSIDAD

DE

GHILE

CUADERNOS

JURIDICOS

Y SOCIALES

XVII

EUGENIO ORREGO VICUÑA

EL ESCRITOR Y LA S O C I E D A D De la ubicación social de los intelectuales

UNIVERSIDAD

DE

CHILE

Tesis ipresentada al Congreso de Escritores de Chile, reunido en Marzo de 1936.

La importancia social de los intelectuales, desconocida casi siempre por los hombres de derecha y mal apreciada a menudo por los de izquierda, debe destacarse nítidamente en los comienzos de este tiempo nuevo, que es el nuestro, de la nueva sociedad en cuya construcción estamos trabajando. E l intelectual, apenas valorado por la sociedad burguesa en calidad de técnico, de especialista indispensable paca el funcionamiento de la explotación industrial, ha sido menospreciado e infinitamente subestimado en sus calidades puramente literarias o artísticas. Y esa subestimación y menosprecio le han puesto, generalmente, en triste situación económica, empujándolo a los bajos peldaños de la escala social. De ahí, mantenido y acrecentado en el correr del tiempo, un complejo de inferioridad que explica la poca validez moral y el servilismo de que el escritor suele dar muestras; de ahí sus vacilaciones y renuncios, en busca de reparo económico, en resguardo a menudo del propio pan, duramente conquistado en brega amarga y continua. Y a ese vacilar, a ese inclinar de la cerviz y prostitución de la conciencia, sólo han parecido escapar muy contados elementos en las épocas de crisis. ¿Cómo condenar, empero, a los que se rinden por razones de hambre, por incapacidad física de obtener el pan en un medio en que el escritor libre se encuentra en lucha abierta y casi continua con los poderosos, con la policía, con la banca, con la infinita red de los intereses

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creados? Si alguna razón asiste a quienes desconfían del intelectual consagrado a las letras o al arte, nadie debe desconocer que la máquina política, económica y social que es el estado moderno, sólo puede caminar empujada y dirigida por técnicos de alta capacidad; es decir, por intelectuales . El intelectual, en suma, cualquiera que sea el grado de confianza que se le atribuya, es el espíritu de la máquina, la esencia de cada sistema, el factor máximo de toda posibilidad realizadora. No olvidemos que si Platón expulsó al poeta de su República, dió implícitamente, en cambio, a los hombres de Estado que habían de regirla, todos los atributos del intelectual superior: la capacidad de pensamiento, el estudio hondo, la consagración integral, el desinterés, el espíritu de sacrificio. E r a el filósofo, en verdad, quien aparecía a la cabeza de la República Platónica. Esa apreciación de quien interpretó como ninguno el alma del pensamiento antiguo y la sabiduría pura, que vienen hasta nosotros desde el fondo de aquella Grecia eterna que fué la primavera de la historia de los hombres, se halla contenida en el Libro Quinto de El Estado o La República. E l maestro habla por boca de Socrátes y dice: " E n tanto que los filósofos no sean reyes en los Estados, o en tanto que aquellos a quienes hoy se da el título de soberanos y de reyes no sean seria y verdaderamente filósofos; mientras la fuerza política y la filosofía no se encuentren en el mismo sujeto; mientras una ley superior no aparte la multitud de aquellos que hoy se dirigen exclusivamente hacia la una o hacia la otra; no habrá remedio para los Estados, mi querido Glauco, y pienso que tampoco para la especie humana"... ¿ Quiénes son los filósofos % % Quiénes esos hombres que, según el pensamiento platoniano, constituyen la base del orden y del progreso posibles? Abramos el libro del maestro. Glauco interroga: "¿Cuáles son, entonces, en tu concepto, los verdaderos filósofos 1 ?" Y Socrátes responde: "Aquéllos a quienes agrada contemplar la verdad". Veinticinco siglos de combate nada han agregado a la hondura de estas palabras eternas.

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E n nuestra época, más que en ningúna otra de la historia humana, se realiza o tiende a realizarse la necesariedad intelectual establecida por Platón. Es urgente, pues, en el camino de las grandes construcciones humanas indicadas por el nuevo tiempo, restaurar el prestigio del intelectual, atacando las razones de fondo—siempre económicas—que han determinado su complejo de inferioridad. E n otros términos, cuando el intelectual se sienta en terreno firme, cuando su independencia económica y su dignidad moral se hallen garantizadas dentro de un estado justo y de una sociedad limpia de explotadores, podrá esperarse de él todo aquéllo que intuía el filósofo de Grecia. Esto en relación al intelectual considerado en el conjunto de su actividad. Tocante al pensador, es decir a aquél género de intelectuales donde debe incubarse el hombre de Estado, cabe reconocer que posee, aún en las épocas de más triste decadencia colectiva, cierto grado de defensa moral, lo que posibilita su rol directivo en las tareas de construcción de la nueva sociedad. E l caso del intelectual técnico admite diferenciaciones, pues su camino esta acechado por toda clase de tentadores y es objeto de continua presión de parte de los capitanes de la economía privada. Los intelectuales puros, en el terreno del pensamiento, son los que pueden responder mejor y en resumen son ellos los conductores de los partidos que hoy dividen al mundo en tremendo oleaje, en formidable marea de la cual cristalizarán las formas que perduren. Ahí están Marx en Alemania, Lenin en Rusia y Mussolini en Italia, para no citar sino a los más grandes. Puede afirmarse que sin el apoyo decidido de los técnicos y de los hombres de pensamiento no existirían los estados fascistas, como no existiría tampoco la Unión Soviética. La Revolución Rusa, determinada en gran parte por hechos económicos, acaso no hubiera logrado el contenido ideológico que tuvo, o por lo menos su trayectoria hubiese variado en forma considerable sin el concurso de los grandes intelectuales que la dirigieron y encausaron, intelectuales que fueron tan revolucionarios como intelectuales, y sin duda fueron revolucionarios porque eran hombres de pensamiento. Innumerables textos muestran en que forma han apreciado el aporte intelectual Lenin, Trotzky y Stalin. Y aún puede añadirse que el actual jefe del gobierno soviético ha calificado de

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"cerdos" a quienes niegan o pretendían negar el aporte de los intelectuales a la construcción socialista rusa. Al calificar ese aporte, creo que lia de estimarse en primer término a los hombres de pensamiento, a los economistas, a los sociólogos, a los escritores constructivos. % Qué cuota podría asignarse a los escritores propiamente tales y entre ellos a los artistas? Seguramente que esa cuota, si examinamos al escritor exclusivamente en su función de artista, sería pequeñísima, pero si consideramos al escritor en función de pensar, de escrutar horizontes, de observar realidades y de construir en consonancia con sus experiencias y con sus inducciones de orden filosófico y científico, la cuota sería importante. E n verdad, yo no concibo el socialismo (en la época de construcción, se entiende) sino como una construcción en que los obreros y los campesinos están en la base y los intelectuales actúan en la estructura superior, llenando las funciones de organizar, de educar, de disciplinar y de relacionar. E l movimiento proletario no tendría ninguna posibilidad de éxito definido en el tiempo, si no fuese orientado y dirigido por hombres de pensamiento; es decir, por intelectuales. P a r a ilustrar mejor este punto, cabe recordar el truts de cerebros de que se rodeó el Presidente Roosevelt al llegar a la Casa Blanca y el equipo encabezado por Lenin en el Instituto Smolny. Este último, por su trascendencia, es mucho más típico todavía, porque Lenin reunió un grupo de especialistas eminentes y les dió la necesaria autonomía, reglando la labores de construcción a la razonable y libre auto crítica de dichos colaboradores. Quiero decir que la dictadura de Lenin no f u é propiamente una dictadura personal; f u é la dictadura de un equipo capaz de ensayar las más audaces reformas económicas que ha conocido la historia humana. Basándome en la experiencia histórica, creo que el intelectual, singularmente el escritor orientado a la sociología, a la economía y a la política, debe gozar de una libertad razonable. El éxito de un gobierno reside en saber discreminar, en estudiar el pensamiento de los hombres de más alta capacidad, en asistirse de ellos seria y sinceramente; en darles toda oportunidad de expresarse, en el seno de los consejos directivos, con absoluta independencia de espíritu. El éxito permanente, el éxito real que perdura y cristaliza en el tiem-

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po, no consiste tanto en crear una mística revolucionaria como en armonizar una mística con el pensamiento libre de un equipo constructor en que no predomine una personalidad determinada (casos de Lenin y Rooseveelt, salvando las distancias posibles); entendiéndose que hasta ese equipo tienen acceso todas las mentalidades superiores. Si aún se quiere mayor claridad, medítese en el rol que cupo desempeñar al intelectual Marx, al filósofo Marx, al dirigente Marx en la organización del movimiento internacional obrero. Medítese en la influencia que el marxismo, producto neto del pensamiento filosófico, es decir, del trabajo intelectual, ha tenido en la lucha en pró de la emancipación económica de los hombres y en la formación de una nueva sociedad. Es necesario expresar estas ideas con honrada franqueza, con esa honradez fundamental que suele ser característica de los hombres que no ambicionan nada, de aquellos que no tienen necesidad de halagar a las masas y cuya misión— que recuerda el Cirano de la leyenda francesa—consiste en t r a b a j a r silenciosamente por las clases proletarias, en sondear las sombras, en bucear en las cosas y en las almas.

Esos hombres saben el valor social del intelectual, y saben que su misión, dentro de América, debe desarrollarse en un doble sentido: continental y nacional; que deben buscar en primer término la construcción nacional en sus países respectivos y proyectarla al exterior en un movimiento interamericano de rápida aproximación, en un movimiento cuya extrema consecuencia ha de ser la unidad. ¡ Cuán enorme en sus finalidades y en sus posibilidades se presenta a la actual generación de América esa tarea de construcción paralela que le permitirá buscar soluciones nacionales y americanas dentro de América, precindiendo de consejos y ayudas extrañas! Porque la juventud americana, a mi entender, tiene la plena conciencia de que su misión histórica inmediata es esencialmente continental y nacional. Debemos construir un Chile par a los chilenos, como los peruanos han de hacer un P e r ú para las gentes del Incario o los argentinos una Argentina para los hombres del Plata. E n la medida en que hagamos grandes a nuestras propias patrias y las vinculemos en una creciente

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interdependencia espiritual y material, liaremos grande a América, pues la grandeza de América está ligada formalmente al nuevo orden y a la nueva orientación solidaria de las repúblicas que la integran. Las particularidades de América, su geografía física, económica y racial, su contenido étnico, el grado de desenvolvimiento de este, y otros innúmeros factores que posibilitan la realización de una cultura y de una civilización americanas, condicionan la tarea de sus futuros constructores. Y esta misión, que atribuimos con absoluta certidumbre a las generaciones que aparecen ya en el escenario desolado y trágico de nuestra actual realidad, tiene un sentido social de orden y disciplina intelectualista, y sólo mediante el concurso de hombres de pensamiento con capacidad realizadora, podrá alcanzar éxito.

Esa misión está plena, sin duda, de contenido social y económico. Ello significa, aunque parezca redundancia el insistir, que los intelectuales tienen una tarea social que cumplir; que el radio de su pensamiento, en general, no puede aislarse de la realidad ni del medio, que su orientación y su labor implican fatalmente una finalidad social. Sólo exceptuamos a los hombres consagrados al culto puro del arte, porque su ubicación social exacta no lia sido establecida aún, ni todavía puede serlo de un modo riguroso. Puede parecer oscura para muchos la finalidad y oscuros los medios de acción de los intelectuales, pero, con todo, el objetivo básico y las corrientes que lo alimentan obran sobre ellos con la misma secreta e ineludible fuerza con que las leyes físicas actúan sobre las mareas o los ríos avanzan hacia el mar. Las propias fuerzas fascistas y conservadoras, sin saberlo o acaso sin querérselo confesar, caminan en el sentido fatalmente determinado por las leyes de la economía y de la historia... Pero dentro de esa orientación social general, cabe libertad ; cabe la necesaria, la indispensable libertad que requieren para proyectarse en la acción los hombres de pensamiento, los conductores, los grandes caudillos. Imagináos que Lenin, en un plano superior, o Mussolini, en plano menos grande,

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se hubiesen visto limitados por la coerción de tendencias mayoritarias... El pensamiento no puede tener límite fijo, pero su proyección pública está sin duda limitada por el interés social. Y ese interés social sólo deben determinarlo otros hombres de pensamiento constituidos en equipos de indiscutible solvencia moral y dentro de una democracia intelectual bien ordenada.

Muchos otros problemas, atingentes en especial al escritor, se derivan o relacionan en un plano de menor importancia. Del estudio sereno de esos problemas, analizados desde el punto de vista de la utilidad social, se desprende la necesidad de respetar la libertad intelectual de los hombres, y no poner a la expresión pública de su pensamiento otros límites que los aconsejados por la utilidad social; entendiéndose que su calificación debe hacerse con prudencia y altura de miras. Respecto al escritor que realiza obra de crítica, puede observarse que, si tiene genio, sus propios ataques al régimen dominante serán de utilidad social, pues proporcionan elementos críticos de calidad, que no siempre son capaces de percibir los hombres de gobierno, aun cuando constituyan equipos de primer orden. Si el ataque es mordaz e injusto, carece de crédito, y en todo caso, especialmente cuando existe una mística revolucionaria, el escritor se enfrenta con todos los riesgos de un desafío colectivo. E n cuanto al intelectual consagrado a labores puramente artísticas, aún cuando puedan tener trascendencia social— el novelista, el cuentista, el poeta, el dramaturgo, como en las otras artes el músico, el escultor y el pintor (se exceptúa al cineasta)—es indudable que debe gozar de plena libertad. No debe oponerse al artista barreras de ningún género, pues ya de por sí el clima social ejerce una coacción que puede ser excesiva. Su tarea es la de crear belleza, la de utilizar sus captaciones humanas en un plano de pura creación estética . P a r a su logro toda horma, todo molde predeterminado sería adverso. Esterilizar u obstaculizar la producción

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de belleza es atentar contra reservas del espíritu cuya exacta utilidad social nos parece difícil apreciar todavía. Nunca la libertad del artista, por excesiva que parezca, puede ser nociva socialmente. H a sido grave error de las revoluciones modernas el limitar la libertad de los escritores. La historia nos dice que ninguna gran revolución lia producido, en el terreno del arte, obras perdurables. Nada o casi nada nos dejó la Revolución Francesa, y en cuanto a la Rusa, si hacemos excepción de Mayakovsky, en quien concurrieron la inspiración con el clima social y con el propio sentido revolucionario del poeta, nada ha exhibido que pueda parangonarse con la obra montañosa de Dostoyewsky o de Tolstoy. Y si volvemos los ojos a Alemania, nos encontramos con el éxodo patético de todos los valores que un día la hicieron grande en el terreno del a r t e . . . E l arte puro no sólo ha de merecer respeto a las gentes de todas las tendencias, como una suprema expresión de la belleza que pueden alcanzar los hombres. H a y también utilidad social y política en no ponerle cortapisas ni censuras, ni ningún género de obsctáculos mezquinos, pues su desenvolvimiento libre marca el índice mínimo de cultura y de respeto a la personalidad humana que cabe esperar de una sociedad o de un régimen. Santiago, Marzo de 1937.

OBRAS DE EUGENIO ORREGO VICUÑA PUBLICADAS POR LA UNIVERSIDAD DE CHILE

VICUÑA MACKENNA. VIDA Y TRABAJOS. Un volumen, 1932. CARRERA. Un volumen, 1933. DON ANDRES BELLO. Un volumen, 1935. ICONOGRAFIA DE O HIGGINS. Un volumen, 1937. LOS PROBLEMAS DE LA UNIFICACION AMERICANA. 1933. VICUÑA MACKENNA EN LA UNIVERSIDAD DE CHILE. 1934. ANDRES BELLO Y SIMON BOLIVAR: CORRESPONDENCIA REUNIDA Y ANOTADA. 1935. SOCIEDAD DE NACIONES AMERICANAS. - (Cuadernos Jurídicos

y

Sociales. 7 ) . 1935. EL ESCRITOR Y LA SOCIEDAD. (Cuadernos Jurídicos y Sociales. XVIII),

1937.

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L.—Las Leyes de Esterilización. YABAS.—Estudio Económico sobre la Industria del Azufre en Cítale. E N R I Q U E ESCALA BARROS.—Bello y el Código Civil Chileno. JORGE GUSTAVO SILVA.—Síntesis del Georgismo. EUGENIO ORREGO VICUÑA.—Sociedad de Naciones Americanas. - Y I I I J U L I O H E I S E GONZÁLEZ. •— Las Doctrinas Económicas de "Werner Sombart. ARTURO ALESSANDRI RODRÍGUEZ.—De los regímenes matrimoniales en general. L U I S YICUÑA SUÁREZ.—La juventud Universitaria Chilena y sus Problemas. ALBERTO BALTRA CORTÉS.—La Economía Dirigida. J U A N ANDTIEZA

SANTIAGO MACCHIAVELLO

CARLOS ORREGO B A R R O S . — E r a s m u s .

MANDIOLA.—El Seguro contra el Paro Forzoso. R.—La Regulación Económica en Chile durante la Colonia. RAIMUNDO DEL RÍO.—Paralelo entre el progreso de las ciencias llamadas naturales y el de las ciencias sociales. ANÍBAL, BASCUÑÁN V.—Pre-Seminario de Derecho. Nociones fundamentales. GUILLERMO CAÑÓN T.—Ensayo de interpretación de los elementos constitutivos del Derecho Romano. EUGENIO ORREGO VICUÑA.—El escritor y la sociedad.

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