El costumbrismo en la literatura filipino-hispana durante la segunda mitad del siglo XIX

El costumbrismo en la literatura filipino-hispana durante la segunda mitad del siglo XIX Mignette M. Garvida Ryerson University [email protected] R...
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El costumbrismo en la literatura filipino-hispana durante la segunda mitad del siglo XIX Mignette M. Garvida Ryerson University [email protected]

Resumen Desde sus inicios, el costumbrismo guardó una estrecha relación con la prensa y el mundo empresarial. Con la democratización de la imprenta filipina promovida por el gobernador general Pascual de Enrile en 1830 salieron a la luz un sinnúmero de periódicos, aunque con un sólo objetivo: informar al pueblo de los últimos avances en las ciencias y las artes, siendo la sección literaria una de las de mayor éxito. Sin embargo, poco a poco la gente empezó a exigir obras de autores autóctonos. Los escritores costumbristas se propusieron seguir de cerca a aquellos “tipos de ciudadanos” que ejercían más poder e influencia sobre la vida del país. La literatura de este período adquiere, por ende, un doble propósito. Por un lado, los autores buscaban realzar el encanto de lo auténtico filipino para darlo a conocer en España y Europa. Por otro lado, intentaban retratar la sociedad con sus virtudes y defectos para que el pueblo tomara conciencia y exigiera reformas políticas. En este estudio nos centraremos en el análisis de tres novelas costumbristas: Ninay y Noli Me Tengere, por ser las obras más conocidas de los escritores filipinos – Pedro Paterno y José Rizal – respectivamente, y Cinco horas en el limbo o Nuestras tataranietas, de José Felipe del Pan, escritor español y uno de los primeros en cultivar y promover este género a través de su periódico La Oceanía Española. En dicho trabajo haremos una comparación de los tipos; Manila y sus alrededores; las costumbres y léxicos filipinos.

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I. El costumbrismo El siglo XIX coincide con el desarrollo de las ciudades, la migración de la población hacia los centros urbanos y el apogeo de la clase media. La influencia de la burguesía no sólo repercutió en el ámbito comercial, financiero e industrial sino también en las artes, especialmente en la literatura. Los escritores y lectores, por consiguiente, se hicieron cómplices al apoyar las percepciones de su clase. De hecho, muchos coinciden en llamar a esta época el “siglo de la burguesía en auge”. Por su parte, el poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer la calificó como “siglo del materialismo y el prosaísmo.” (Iris Zavala 65) Las obras costumbristas reflejan la vida cotidiana de la burguesía, sus aspiraciones y los conflictos que experimenta en una sociedad activa. Asimismo, se pueden observar sus inquietudes y cómo reacciona ésta ante los acontecimientos que tienen lugar en Europa y en las colonias españolas. En general, los temas del costumbrismo incluyen los tipos, costumbres, escenas, incidentes, lugares o instituciones de la vida contemporánea – la contemporaneidad es una nota imprescindible. En cuanto a la tendencia de su contenido, presenta un carácter variable: “puede ser satírico o didáctico, con propósito de reforma moral o de la sociedad; o ser pintoresco, humorístico o realista descriptivo, sin preocupación ulterior del puro entretenimiento. En su fondo y forma representa una fusión feliz del ensayo y del cuento.” (Juan Luis Alborg 713) Desde el punto de vista histórico, este estilo artístico germinó y fue muy cultivado en Francia. Siempre se le ha relacionado con la “littérature de moeurs” francesa, la cual trata de los valores y resortes morales del hombre y la sociedad. Sin embargo, cuando este género llega a España, la palabra “moeurs” no encuentra su equivalente exacto en castellano, por lo que los autores deciden emplear en su lugar “costumbres”, que era el vocablo más apropiado para referirse a los modos de ser y las costumbres de las personas y la sociedad. En cuanto a su significado, la voz costumbre se usa para describir la conducta de las personas, ya sea correcta o detestable. Es decir, “pintan a uno con buenas o malas costumbres.” (Montesinos 48-49) El momento culminante del costumbrismo llega con la publicación, en 1843, de Los españoles pintados por sí mismos, una colección de costumbres escritas por una treintena de autores. A partir de esta fecha, el cuadro de costumbres, que era por entonces una mezcla de ensayo y cuento, empezó a encaminarse hacia la narrativa novelística, que a su vez se acercaba al realismo. En esta nueva narrativa, el escritor costumbrista representaba una concepción de la literatura que reflejaba la realidad tal como era. Los escritores españoles dieron testimonio de los cambios que habían ocurrido en su país y proporcionaron aspectos de la realidad coetánea que habían escapado a los historiadores. Además, intentaron influir en los ciudadanos para que tomaran conciencia de su entorno y de la situación que atravesaba la sociedad, aunque el concepto de nación aún se asociaba con la clase media. Entre los escritores más importantes de la novela costumbrista podemos citar a Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán y, por supuesto, a Benito Pérez Galdós. Estos novelistas, dotados de un “genio observador”, plasmaron en sus obras el peculiar carácter y la fisonomía de su pueblo, provincia o país, ya que para ellos dieron vida a la novela a

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través de su perspicaz observación. Además, no sólo escribían las costumbres de sus propios pueblos, sino también las de otros lugares foráneos, aunque aparecieran presentados como impresiones de viaje (Juan Luis Alborg 709-719).

II. El costumbrismo filipino En Filipinas, este género se introdujo gracias a diversos sucesos que tuvieron lugar en la ex colonia española durante una buena parte de ese siglo. Entre ellos podemos citar, la apertura del país al comercio mundial tras casi doscientos años de exclusión, así como el incremento del número de inmigrantes españoles en el país. Precisamente, el arraigo de este género romántico en el archipiélago del sudeste asiático es una prueba de la madurez y el interés de los filipinos por querer abrazar las nuevas corrientes e ideas de Europa. Cabe recordar que, aprovechando la democratización de la imprenta promovida por el gobernador general Pascual de Enrile en 1830, la cual, al mismo tiempo, ayudó a la publicación de obras traducidas, el periodismo filipino comenzó a trazar su camino en la historia nacional (Antonio Molina 205). Muy pronto salieron a la luz nuevos periódicos, aunque con un mismo fin: poner al corriente a los ciudadanos de los últimos acontecimientos y avances en diferentes ramas de las ciencias, las artes y la sociedad en general. Sin duda, al referirse al siglo XIX, Iris Zavala señala que “como vehículo de comunicación, la prensa fue central en la transformación de mentalidades.” La acogida de estas lecturas fue de tal magnitud, que los directores de los periódicos se vieron casi obligados a afrontar el reto de publicar obras originales. El auge del costumbrismo en Filipinas se produce entre 1875 y 1893, coincidiendo con dos hechos muy importantes: el desarrollo del periodismo y el nacimiento de ideales y sentimientos nacionalistas entre los ciudadanos filipinos (Resil Mojares 125). Gracias a estos escritores costumbristas, podemos tener una imagen de la realidad filipina y una idea de cómo eran los tipos de ciudadanos de una época concreta del país, cuáles eran sus aspiraciones y sus valores. Por otro lado, los autores costumbristas, consciente o inconscientemente, se valieron de este género “chico” del romanticismo para corregir una opinión, casi generalizada, y a veces injusta, que se tenía de Filipinas en el extranjero. Los escritores enfrascados en esta tarea se propusieron seguir de cerca a aquellos “tipos” que ejercían más poder e influencia sobre la vida social del país. No es de extrañar que la literatura de este período adquiriera un doble propósito. Por un lado, buscaba realzar el encanto de todo lo auténtico y típico filipino; y por otro, retrataba la sociedad de aquella época con sus virtudes y defectos para que el pueblo tomara conciencia y exigiera cambios o reformas políticas.

III. Las novelas costumbristas más relevantes en la literatura filipino-hispana del siglo XIX Nos centraremos en tres novelas costumbristas: Ninay y Noli Me Tangere, por ser las obras más conocidas de los escritores filipinos, Pedro Paterno y José Rizal, y Cinco horas en el limbo o Nuestras tataranietas de José Felipe del Pan, escritor español y uno de los primeros en

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cultivar y promover este género en Filipinas a través de su periódico La Oceanía Española. Estos tres escritores valoraban muy bien el papel de la prensa en la sociedad no sólo por publicar las noticias del día sino también las investigaciones y opiniones sobre las ciencias sociales, la filosofía, la cultura y las artes. La novela Ninay de Pedro Paterno narra, a través de Taric, un filipino que regresa a redescubrir su país tras muchos años en el extranjero, la vida de Ninay y las desgracias que sufren su familia y su prometido. En ella se exponen las mejores costumbres filipinas y toda la belleza y naturaleza del país para mostrar a todos, especialmente a los extranjeros, y concretamente a los españoles, que Filipinas es un país donde predomina no sólo la belleza natural, sino también la de su pueblo, su tradición y su cultura. Paterno, describiendo a la protagonista Ninay y exaltando al mismo tiempo el cielo de su país natal, escribe: “A sus ojos desenvolvió el espléndido panorama del cielo de Filipinas en que sobre un océano purísimo azul, navegan a la par los astros más ricos, más preciosos del universo sideral.” (32-33) La novela está dividida en nueve capítulos que corresponden a los nueve días de velada del muerto, en la que los familiares y amigos acuden a la casa mortuoria con donativos que sufraguen los gastos del funeral. La novela está llena de alusiones familiares de los protagonistas, ya que en Filipinas tales vínculos tienen una importancia extraordinaria. Por ello, se puede afirmar que la vida social filipina empieza en el hogar de cada ciudadano. Por su parte, en la novela Noli José Rizal expone sus ideas, principalmente a través del protagonista Crisóstomo Ibarra, sobre la educación, el progreso y el fanatismo religioso. La obra, dedicada por Rizal a su patria, desvela, por un lado, el cáncer que padece Filipinas, y por el otro, las flaquezas de sus compatriotas y los sufrimientos que experimentan bajo el poder de los religiosos y los colonizadores. El título de la novela fue tomado del evangelio de S. Juan, capítulo 20, y significa literalmente “no me toques”. En una de sus cartas, Rizal explica la decisión del título de su obra: Yo he levantado la cortina para demostrar lo que está detrás de las palabras engañosas y brillantes de nuestro gobierno; yo he dicho a nuestros compatriotas nuestros defectos, nuestros vicios, nuestras culpables complacencias con las miserias de allá. Dondequiera que he visto la virtud la he proclamado para rendirle homenaje, y si bien no he llorado al hablar de nuestros infortunios, me he reído porque ninguno quiere llorar conmigo sobre las desdichas de nuestra patria, y la risa es siempre buena para ocultar las penas. (Ante Radaic 21-22) Y por último, como hiciera Jules Vernes en su obra París en el siglo XX, José Felipe del Pan en su novelita Cinco horas en el limbo o Nuestras tataranietas habla de un futuro nunca antes visto por nadie. Se trata del futuro papel de las mujeres en la sociedad, y de cómo éstas irían adueñándose de las profesiones que hasta entonces ocupaban exclusivamente los hombres, y de cómo ellos, a su vez, irían reemplazándolas en sus oficios de modistas, costureras, comadronas o tenderas. (22) A través de las ciencias sociales, muy de moda por entonces,

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el autor trató de explicar la razón de este cambio tan “revolucionario”. Opinaba que el predominio de las mujeres en tareas antes masculinas se debía “a su talento, patriotismo y buen sentido práctico, características necesarias que seguía perdiendo la generación viril de su época” (71) y este fallo se lo atribuyó a la mala costumbre de “cobrar diez veces más de lo que valían sus servicios” (72).

IV. Elementos costumbristas en las tres novelas A. Tipos Según ha quedado sugerido anteriormente, las novelas costumbristas son una galería de tipos, en la que sus autores hacen una fiel reproducción de unos caracteres típicos bajo unas circunstancias muy típicas también. No se refieren a ningún individuo en particular sino a las clases o categorías sociales que han ejercido una influencia más directa sobre la vida económica y social de Filipinas durante una buena parte del siglo XIX. Los personajes principales, como se esperaba, pertenecen a la clase media y son españoles o mestizos.1 Los protagonistas Crisóstomo Ibarra, de Noli, y Don Roque, de Cinco horas, insistían en la importancia de educarse tanto para el bien de cada ciudadano como para el progreso del país. Aunque lamentablemente, también había personas que preferían dejar sucumbir a gran parte de la población en la ignorancia para que no cuestionaran el poder de algunos individuos, en este caso, los frailes españoles, puesto que según ellos, “los que van a España, vuelven herejes.” (Noli) Por otra parte, las jóvenes protagonistas María Clara, de Noli, y Ninay, de la novela Ninay, representaban los ideales de la belleza filipina, y cómo debía comportarse una doncella e hija en la sociedad. Estaban llenas de fe e inocencia, de ternura, de amor y de bondad. Sufrían con una admirable resignación las desgracias que les deparaban las circunstancias del momento. Nunca dejaron de rogar a Dios, a la Virgen y a todos los Santos para que les ayudaran a superar los momentos difíciles por los que atravesaban sus vidas. Sin embargo, tras esa imagen de debilidad física, se escondían mujeres de carácter y dispuestas a sacrificar su propia felicidad por salvar el honor y la paz de la familia. Estos escritores costumbristas tampoco olvidaron incluir tipos que abundaban más o menos en la sociedad: personas ingenuas como doña Sinforosa (persona sin lucidez), doña Victorina o doña Consolación, todas ellas filipinas que quieren hacerse pasar por “orofeas” (por europeas) o por “peñinsulares” (por peninsulares).2 Y si las mujeres ideales de aquella época eran los tipos representados por María Clara y Ninay, las futuras mujeres ideales serían como las tataranietas de Don Roque: Ildegunda y Euxodia, totalmente opuestas a las mujeres que conoció en su época Del Pan: “Antiguamente, las mujeres, que son del régimen tradicional, no pedían cuentas sobre asuntos de interés públi1 Muchos estudiosos de la literatura filipino-hispana hasta ahora difieren en el por qué los protagonistas de Rizal y de Paterno eran mestizos/creoles. Sin embargo, es muy probable que esto se deba al hecho de pertenecer a la clase poderosa de aquella época, es decir, eran los que tenían la posibilidad de educarse o ilustrarse. A ellos se les conocía también como la clase ilustrada del país. 2 En la lengua tagala no existe la “f” ni la “ñ”. Los mestizos de aquella época, por quererse pasar por españoles nacidos en España, confundían casi siempre la “p” con la “f” y la “n” con la “ñ”.

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co. No las dejaban tener opiniones y, por consecuencia, no podían votar.” (87-88) Por el contrario, Ildegunda y Euxodia, eran miembros activos de la sociedad; exigían de sus colegas una alta calidad de profesionalismo y servicio al pueblo. Además, a pesar de lo exigente de su trabajo, a Ildegunda nunca se le olvidó su papel primordial como mujer: el ser madre. Ella llevaba al trabajo a su hijo para no dejar de darle el pecho, cuando era necesario. Esto siempre enfadaba o hacía reír a muchos de sus colegas, que según ellos: “el guisar y repasar la ropa, lo hacen las señoras en casa, por lo cual no deben venir a estos sitios.” (89) Mientras, Ildegunda les replicaba: “lo hacen las señoras dondequiera ocurría [la] necesidad de hacerlo, porque nunca valían más cuando lo hacían, y con más razón, si podían dar ejemplo; harto más interesa que vengan aquí a defender lo que está abandonado, que no emplear este tiempo luciendo galas en paseos y visitas, o corriendo tiendas, y en otros devaneos más o menos disculpables, porque, ni criar a sus hijos, ni guisar, ni repasar, hacen otras que el señor que habla por todas partes, su casa inclusive.” (89)

B. Manila y sus alrededores Como en todas partes, la capital de un país desempeña un papel muy importante en el desarrollo de una sociedad, puesto que aquí no sólo se encuentra la sede del gobierno colonial y es donde transcurre la mayoría de las actividades comerciales, artísticas e intelectuales, sino también es la primera receptora de cualquier novedad del extranjero. Manila, la capital amurallada de España en el Oriente, goza de este privilegio y es aquí donde la mayoría de la colonia española y los que pertenecían a la clase media fijaron su residencia. Ellos estaban relacionados más o menos con la vida y la organización del Estado, las instituciones y las artes. La casa típica de la clase media, según Rizal, era bastante grande y situada a escasos metros del río Pasig. Una ancha escalera… conduce desde el portal, enlosado de azulejos al piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales de losa china… Al subir hay una espaciosa estancia, llamada caída o patio interior… en las paredes están los abigarrados cuadros representando asuntos religiosos… (40) Del Pan, como un verdadero romántico que buscaba lo ideal en el más allá, ofreció a sus lectores de entonces la imagen de lo que sería Manila dentro de cien años, es decir, en 1980. Según él, la capital filipina “[seguiría] siendo el centro comercial del país comparable a otras grandes ciudades como Marsella, Liverpool o Hamburgo. [Mantendría] también varias dársenas o docks por la bahía y los ríos en los que [arribarían] los vapores. [Construirían] varios puentes magníficos sobre los ríos y muelles con carriles. Los hermosos y conservados edificios, por su valor arqueológico, [coexistirían] proporcionalmente con las nuevas construcciones. Todas las calles de la capital [serían] alumbradas por una luz clarísima aunque sin detalles, semejante a la que darían veinte lunas alumbradas a la vez.” (59-62)

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C. Las costumbres y léxicos filipinos Las costumbres y la lengua de una nación se identifican con determinados valores del espíritu nacional; de hecho, en ellas se reflejan el modo de vida de una u otra clase social, su comportamiento y manera de hablar. José Rizal, Pedro Paterno y José Felipe del Pan no sólo destacaron la naturaleza y algunos de los acontecimientos nacionales que ayudaron al progreso intelectual y económico del país, sino también describieron genialmente la mentalidad y la rutina de los filipinos en la capital. Para lograrlo, tomaron de la realidad nacional lo que a su juicio afectaba más al país: la educación y las reformas, para Rizal, la exaltación de la naturaleza filipina, para Paterno y el futuro papel de la mujer, para Del Pan. Además, sus obras están llenas de alusiones a las relaciones familiares de los protagonistas, ya que, como mencionamos anteriormente, la vida social en Filipinas empieza en el hogar de cada ciudadano. La familia es el núcleo más importante de la sociedad porque es aquí donde cada niño aprende de sus padres las buenas o malas costumbres. El padre de Crisóstomo Ibarra le envió a Europa para que se educara y éste, al regresar a Filipinas con una idea grande y noble, empezó a construir una escuela en memoria a su padre que le había enseñado la importancia de la educación como vehículo para alcanzar el progreso. Igualmente, Don Roque procuró enseñar a su mujer, Sinforosa, para que sus tataranietas, que serían unas profesionales distinguidas, no se avergonzaran de ella. A las filipinas, por otra parte, se las apreciaba por su fortaleza y su capacidad de persuasión en las decisiones familiares. Por ejemplo, Ninay y María Clara, a pesar de los ruegos de sus respectivas familias, se quedaron para vestir santos, respetando así la memoria de sus prometidos. Durante las fiestas religiosas, el pueblo entero se entregaba a una actividad exagerada en la casa, en la calle, en la iglesia y sobre todo en la gallera. Rizal compara al anfitrión filipino con Luculo, pero con mucha ironía: “Luculo no comía en casa de Luculo” (Noli 56).3 Aunque a las visitas había que insistirles para que empezaran a comer, ya que primero decían que no querían cuando en verdad era todo lo contrario. Era de costumbre también dejar la cabecera a los curas o a algún español de alto cargo político o militar. Además, en el proceso de interacción entre los nativos y los españoles, ambos intentaban comprender los matices de cada uno de los vocablos que utilizaban en la vida cotidiana. Por ejemplo, si llamaban a una persona filosofillo, abogadillo, estudiantillo o directorcillo, esto no quería decir que le tenían cariño, sino todo lo contrario, lo hacían para ridiculizarla. O cuando se encontraban en una situación difícil o inesperada, en lugar de nombrar por separado a Jesús, María y José, decían susmaryosep.

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La anécdota más conocida de Luculo da origen a la frase “Luculo cena en casa de Luculo”. Según Plutarco, cuando una vez Luculo cenaba solo, sin ningún invitado especial, le sirvieron una cena mediocre. Tras reprender a su mayordomo, éste le explicó que como no había ningún invitado en casa no había creído necesario servir una cena más suntuosa. A lo que respondió “Entonces, ¿no sabías que Luculo cenaba con Luculo?” (Manuel Ruíz de Luzuriaga).

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V. Conclusión Sin lugar a dudas, la literatura filipino-hispana logró su mayor desarrollo durante la segunda mitad del siglo XIX como resultado de los cambios económicos y sociales introducidos en el país. Gracias a todo esto, llegaron al archipiélago nuevas ideas de Europa y surgieron otras costumbres que facilitaron la participación de los filipinos en la cultura y el pensamiento europeo. Este hecho les permitió hacer un amplio intercambio de ideas, y con el tiempo, se fueron integrando completamente en la estructura social del país. Las obras de Paterno, Rizal y Del Pan son una prueba de su sinceridad y amor hacia Filipinas, de su deseo de ver a su país al mismo nivel que otras naciones desarrolladas. Paterno, además de escribir la vida de Ninay, nos proporciona unas extensas notas a pie de página o citas para describir mejor la naturaleza del país. Del Pan - aunque en la historia de la literatura existan algunos críticos que aún no lo consideren un escritor filipino-hispano por el simple hecho de ser “peninsular”- y Rizal consideran que la educación es fundamental para el avance y el progreso de la sociedad. Ambos utilizaron su pluma como arma para promover algunas reformas en el gobierno. Si hoy leemos los trabajos de Del Pan y nos fijamos detenidamente en la sociedad filipina del momento, descubrimos que este autor no se equivocó. Filipinas, que durante más de veinte años fue gobernada por Ferdinand Marcos, experimentó una transición hacia la democracia a mediados de los años 80, y fue precisamente una mujer – quizá alguna de esas de las que el escritor español hablaba en sus novelitas – la responsable de conducir al país por el camino del progreso hacia una sociedad plural. En la actualidad, ya a nadie le sorprende que en Filipinas, un país donde aún prevalecen rasgos de machismo como en cualquier otra nación hispana, una mujer ocupe cargos de tanta responsabilidad como puede ser, por ejemplo, el de la presidencia del país, o reciba unos ingresos superiores a los de su cónyuge. Pero en la época en que le tocó vivir al autor, estas realidades de hoy, estoy segura, habrían escandalizado a muchos hombres. Por último, Rizal, el gran unificador del alma del pueblo filipino, desde sus páginas alienta a sus compatriotas a instruirse, a estudiar las causas y los orígenes de los males del país y a procurar sus remedios. Estos consejos, como era de esperarse, representaban una amenaza constante para el poder colonial, en particular, el poder de los religiosos, que preferían dejar en la oscuridad a los nativos para que no cuestionaran sus abusos. Este fue el motivo precisamente por el que Rizal fue acusado de sublevación y más tarde condenado a muerte. Pero a pesar de morir, en 1896, sin llegar a ver su sueño hecho realidad, sus ideas siguieron vivas en la mente de sus compatriotas, que no dejaron de luchar hasta alcanzar la independencia de España. La influencia que ejerció Rizal sobre los filipinos la describe muy bien el poeta Cecilio Apóstol en unos de sus versos: “que si una bala destrozó tu cráneo, ¡también tu idea destrozó un imperio!”

© Mignette M. Garvida, 2007

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